LOS NIÑOS DE HOY Y LA PARENTALIDAD CONTEMPORÁNEA[1]

Conferencia en la Facultad de Psicología UBA

Por Éric Laurent

Buenos Aires, 18 de mayo del 2018


Entonces, con este título de hoy “Niños de Hoy, parentalidades contemporáneas”, ¿de qué entonces se trata cuando hablo de “niños de hoy”? ¿De qué “contemporáneo” se trata cuando hablamos de parentalidad? Se puede responder a esta pregunta de manera descriptiva, demográfica o bien de manera psicoanalítica.

Primero desde un punto de vista descriptivo, un estudio reciente permite captar profundas transformaciones de este campo en Francia. El caso francés es sin duda particular, no puede ser generalizado para todo el planeta, pero indica tendencias que funcionan globalmente. El punto fundamental es la articulación con las ciencias de las modalidades de hacer familia que evolucionaron gracias a las nuevas libertades abiertas por las leyes sobre paridad e igualdad de género. Los progresos de la medicina hicieron aumentar en los últimos 50 años la esperanza de vida en Francia de 11 años, para alcanzar 82 años de promedio con la diferencia que se reduce entre hombres y mujeres. Entonces, la población envejece. Los menores de 20 años son solamente un cuarto de la población. Hay menos niños y nacen más tardíamente. La edad media de las mujeres aumentó 5 años. Y el índice de fecundidad bajó un poco, aunque sea un poco más elevado que la media europea. Un tercio de las mujeres se vuelven madres después de los 30 años. Estos cambios se deben, por supuesto, a la generalización de la contracepción. Esto produce que la obsolescencia de la forma de unión conocida sobre la forma matrimonio tradicional sea más marcada. Los niños nacidos fuera del matrimonio son la mayoría, casi 60%. Lo que es nuevo es que estos niños son masivamente reconocidos por los padres, solo 4% no lo son. Es decir que, a pesar de la obsolescencia del matrimonio, la paternidad permanece como un instrumento jurídico que funciona. Hay muchos matrimonios, entre ellos muchos son matrimonios de nuevo. Y el número de divorcios se multiplicó por 4. Por el contrario, el matrimonio se concretó por otras formas de unión que incluyen a las parejas homosexuales, el pacto civil de solidaridad desde el ’99 y el equivalente de la unión civil de Argentina y el matrimonio para todos desde el 2013, que es el matrimonio igualitario en Argentina.

La articulación de la familia con la ciencia y las nuevas ficciones jurídicas desplazó las preguntas sobre los niños y sus padres. Ya no se habla más de “familia” frente a la dificultad de calificarla, sino de “parentalidad”. “Parentalidad” es un neologismo de finales del siglo XX que tiene numerosos campos de aplicación, en las leyes, en lo social, en el discurso del amo en general.

Padre, o los padres o ser padres define un estatuto legal, un estatuto simbólico. La parentalidad desborda el estatuto, está más bien del lado de lo real. Hablar de parentalidad no es fascinarse por el estatuto, sino que vuelve a poner el acento sobre la interacción del niño con sus padres en su variedad.

Para definir la contemporaneidad se podría decir que el niño de hoy nace en un mundo que ya no está estructurado por el a priori del amor del padre. Con su doble vertiente, tan particular a la construcción del rol del padre en el mundo occidental, aquel que es al mismo tiempo amado y que es él quien priva de goce. Esta particularidad fragiliza su construcción sobre todo por que el niño contemporáneo está confrontado a formas de goce adictivas que testimonia la clínica. El niño está confrontado sin mediación a lo que no cesa de repetirse tanto en la vertiente del “demasiado lleno” o el “demasiado vacío”, como en las adicciones que conciernen a todos los circuitos pulsionales: el oral, anorexia bulimia, las sustancias; el anal, retención-expulsión, agresividad; lo escópico, juegos de video y pantallas múltiples; y lo vocal, el objeto voz con las intolerancias a los mandamientos en general. Agreguemos la clínica ligada a la imposibilidad de habitar un cuerpo y de fijarlo en una imagen. Todo esto que queda agrupado en el comodín del ADDH. Consideramos también la imposibilidad de habitar un sexo conveniente en el género asignado. En fin, una serie de síntomas difíciles de considerar como neuróticos sin por ello ser poder calificados apresuradamente de “psicosis”. Estos nuevos síntomas definen una clínica que subrayan una fragilidad del padre. Ella empujó a ciertos psicoanalistas a abandonar su estatuto en el olvido de la historia y decidirse en la sociedad sin padres diversamente calificada.

No es el caso de Lacan, que transformó radicalmente el estatuto del padre freudiano abandonando la referencia edípica para situarlo, no en relación con la madre y al incesto materno, sino en relación con ‘una’ mujer como tal.

Dado el tiempo voy a dejar, ya que ustedes están en buenas manos y sus profes están ya a la altura de transmitir lo que fue la elaboración lacaniana del padre freudiano, voy a pasar al segundo tiempo; en el cual el esfuerzo de Lacan puede pensar al niño el lazo con los padres y la pasión amor-odio dirigida en su elaboración hacia el padre por fuera del padre como universal. Como lo mostró Jacques-Alain Miller: “No se trata por lo tanto de pasarse del padre sino de poner el acento sobre el padre en tanto que existencia particular”. Lacan utilizó de manera radical la disyunción operada en la lógica moderna que se separa de la lógica de Aristóteles distinguiendo la definición de un término de su existencia. Así que, por un lado, Lacan enuncia o reformula la idea freudiana según la cual el modelo de Dios es el padre, la relación de la primera identificación fundamental del amor al padre. Lacan reformula esto diciendo que la definición “Todo padre es Dios” debe estar acompañada de la condición de que en su existencia “Ningún padre sea Dios”. Las dos al mismo tiempo. Se verifica que “Todo padre es Dios” a condición de verificar la inexistencia de tal padre.

Y, por otro lado, Lacan utilizó también otra vía. Verifica también la existencia del padre en tanto que rechaza toda norma, todo estándar, todo “Para todo x”. Esta puesta en tensión de los dos niveles forma parte de la báscula radicalmente antihegeliana de Lacan el momento en que él rechaza reducir las existencias particulares a ser partes de un todo. Esta báscula antihegeliana se enuncia radicalmente en el Seminario “Introducción a los nombres del padre” en el cual dice: “Toda la dialéctica hegeliana apunta a colmar la falla entre la existencia y el todo y mostrar en una prodigiosa transmutación cómo lo universal puede llegar a particularizarse por el camino de la escansión de la Aufhebung”. Es este camino de la Aufhebung, del camino de la particularidad hacia lo universal que Lacan rechaza. Y este desajuste se prosigue cuando comienza a definir el Nombre del Padre a partir de una función. La gran ventaja de una función es, no la definir un todo, sino solo un dominio de aplicación. La función, entonces, solo es definible a partir de las realizaciones de las variables que constituyen su desarrollo. Entonces Lacan parte de los casos particulares de los padres para hablar del Padre. Ser un padre es ser uno de los modelos de la realización, uno de los valores de la función. Dice entonces: “El padre, en tanto que agente de la castración, solo puede ser el modelo de la función”. Lacan, entonces, parte del uno por uno de aquellos que se volvieron padres. Habla, con el chiste francés difícil de traducir, de “père-version” que utiliza perversiones, pero al revés, como versiones del padre. Y define el padre así: “Un padre no tiene derecho al respeto -y subrayo que Lacan empieza por respeto y no por amor- sino al amor más que si el dicho respeto, el dicho amor está perversamente orientado, es decir hace de una mujer el objeto a que causa su deseo”[2]. Hace tambalear un poco las cosas, pero felizmente es una frase que fue suficientemente para que ahora estemos más sentados en nuestras y podamos escuchar esto sin estar horrorizados. Pero la idea de utilizar perversamente orientado, es decir que hace de una mujer que causa el deseo, de lo que parecía el menos perverso posible, al revés. Era para despertar un poco al público a la función del goce como tal. Notemos el quiasma normalmente según la estructura del deseo masculino. El hombre se ata a los objetos a que causan su deseo, el fetichismo, el estilo fetichismo del amor masculino. Al revés, Lacan define el nuevo padre a través de un fetichismo particular. No se trata de un objeto como el falo materno que existe sino del objeto que una mujer produjo. El niño como objeto a de la madre en tanto que objeto real. De este objeto a, el padre debe tomar un cuidado particular que se dice “paterno”. Este cuidado lo deja este hombre que se ocupa de los objetos a de una mujer, lo deja en lugar de síntoma. Es el único punto en el cual el hombre puede volverse síntoma de una mujer si ya es madre. Mientras que, en el caso general, es mas bien una mujer que es síntoma de un hombre. El padre perverso se sitúa a nivel de la particularidad del síntoma, de la particularidad de su goce. Jacques-Alain Miller dice: “Resulta esencial que no sea Dios precisamente. Freud mostró la raíz de la función religiosa en la función del padre y Lacan, por el contrario, marca el espejismo divino que es propiamente psicotizante o mortífero cuando está soportado por el padre. La père-version paterna es precisamente que el deseo del padre esté ligado a una mujer entre todas -es decir una mujer como única”. En un mundo en el cual cada uno puede volverse padre, si cada uno puede creerse, por ser el valor de esta función excepcional, si cada uno se toma por Dios o por el guardián de los ideales o por el padre de la norma ideal, entonces se produce el efecto psicotizante. No una psicosis en todos los casos, sino más bien la idea de efecto psicotizante. El padre de la père-version no garantiza el acceso al goce “para todas las mujeres” como el Padre-Dios del modelo freudiano. Es por ello por lo que Lacan insiste en el “sin garantía”, según el cual se trata ahora de hacer de una mujer la causa de la pere-version paterna. Es a través de la performace particular, de la mostración particular que el Padre puede dar al sujeto el acceso a lo real del goce en juego. Dice: “El papá no es de ningún modo forzosamente aquel que -es el caso de decirlo- el padre real en el sentido de la animalidad. El padre es función que se refiere a lo real de lo verdadero -lo que es distinto- y no es forzosamente lo verdadero de lo real. Esto no impide que lo real del padre sea absolutamente fundamental en el análisis”. Ahora no les pido forzosamente distinguir lo verdadero de lo real y lo real de lo verdadero, etc., pero por lo menos solamente esto, que es a través -no de una definición universal sino de una performance particular, una mostración particular que el padre en acto da acceso a lo real del goce en juego. Y no a partir de una definición verdadera, universal del padre. Al distinguir el padre real en el sentido de la animalidad, es decir el padre biológico, es siempre el padre en el sacrificio de Abraham es siempre el cordero que pasa por ahí. Lacan lo había ubicado como el padre en el sentido de la animalidad, de la biología. Y hay que separarlo entonces del padre que toca a lo real, es decir al goce. Y esto nos da una indicación valiosa sobre el lugar del padre en las familias recompuestas. La oposición entre lo verdadero y lo real resuena aquí de una manera particular.

¿Cómo alcanzar lo real del goce? Al reverso de la vía ideal o verdadera, Lacan da una idea de realizar el tipo de la función de manera divertida. Dice: “Épater su familia”. Hemos discutido con Silvia, y Silvia Tendlarz con sus colegas para saber cómo traducir esto constatando que no se puede. Lo que en francés se utiliza es el “é” privativo y “pater” de padre. Lacan utiliza al mismo tiempo la significación que es “impresionar”, “vislumbrar” y el significante como tal que incluye un privativo de la función de pater. Épater es a la vez producir una especie de admiración, pero pasando al revés del ideal de pater familias. Es una operación en la que se trata de obtener un efecto particular que consiste en mantenerse a distancia de la creencia según la cual un padre puede ser para todos.

La mejor manera de traducir esto es la función del carisma. Es como en un líder hay la función, el estatuto como tal y es imprescindible en una democracia o en un régimen autoritario que el líder tenga el carisma. Uno por uno. Esto no es universal. No se puede definir. Por ejemplo, si me permiten, se puede constatar que Chávez tenía un carisma que no tiene Maduro. Entonces esas cosas se van al carajo. Y esto no es una función universal. Es uno por uno. No se puede definir por un comité, no se puede decidir. Hay o no hay. El carisma puede ser para lo bueno o puede ser para lo peor. Por ejemplo, el tipo en Chile, el obispo que da tantos problemas al papa Francisco, era un obispo carismático. Tenía un carisma excepcional. No es necesariamente una virtud tener carisma. Pero es otra cosa que lo universal.

Y entonces, Lacan define la función del padre a partir de esto: “El padre es el que tiene o no tiene un carisma para la familia”. Y Lacan es prudente, dice: “En cualquier plano, el padre es el que debe impactar –épater– la familia”. Si el padre ya no impacta a la familia, naturalmente se encontrará algo mejor. No es obligatorio que sea el padre carnal -dice Lacan-, siempre habrá uno impactará a la familia. Habrá otros que la impacten”.

Entonces, tenemos aquí una desconexión suplementaria entre el padre carnal y el que podrá hacer el tipo de padre. Esta indicación del acento sobre el carisma está en el reverso de hacer de legislador. Tampoco es querer hacer el hombre, es algo diferente.  Lacan lo indica con antelación un poco, que del lado de las mujeres se sitúa la denuncia de las antiguas formas de machismo y el llamado a nuevas formas de masculinidad deseantes de la buena manera. Cito a Lacan: “Si el hombre es todo lo que ustedes quieran del estilo virtuoso, listo para tirar, tirar cuando quieras -son declinaciones burlonas de lo viril-, lo viril, si es de un lado, es del lado de la mujer, es la única que cree en esto. Ella es incluso lo que la caracteriza”. Fue una de las orientaciones fundamentales de definir en los últimos años de su enseñanza, dice “Es del lado de la mujer”, antes decía “Es del lado de la histeria”. Pero es esta misma indicación, que es del mismo punto de vista de la identificación viril de la histeria que se sostiene un ideal renovado de masculinidad. Esto también puede aproximarse a lo que Lacan declaró en su Seminario XIX: “El Uno hacia el ser como la histérica hacia el hombre. Esto es lo que alimenta cierta infatuación creativista”.

            Hay que distinguir entonces, entre el padre por un lado que responde la nombre, al Nombre del Padre, que está del lado de lo simbólico y, por otra parte, el que señala la relación del padre con lo real. Esta oposición recorta la distinción entre la familia como real y el Nombre del Padre como simbólico. Es esto lo que Lacan ponía en juego en su “Nota sobre el niño”, la oposición de la familia como residuo real y Nombre del Padre.

Tenía un final sobre las diferencias en las conferencias del ’75 sobre la relación del Padre y del medio Dios, etc., etc., pero dado el tiempo, más bien voy a terminar con el programa de trabajo que les voy a proponer. A veces se dice que es difícil dar forma a problemas precisos en el psicoanálisis, que es difícil encontrar a veces los problemas cruciales para el psicoanálisis, como lo dice Lacan en un título de su Seminario. Es la razón por la cual quisiera proponer un programa de investigación. Se trata de buscar caso por caso en las parentalidades de hoy y con los problemas clínicos con los que las familias se confrontan qué es lo que actúa suficientemente como excepción del lado mujer y del lado hombre para definir un carisma necesario que sorprenda a la familia. Propongo entonces, como investigación, buscar en estas dos vertientes, femenina y masculino, cómo se encuentra lo que hace de padre en la configuración de los goces de hoy.

Gracias.


[1] Transcripción de la Conferencia en la UBA extraída de Internet: https://www.youtube.com/watch?v=j-Y89V6ofHo. Último acceso: 2018-05-18.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro XXII, R.S.I.. París: Éditions de l’Association Lacanienne Internationale, p. 63.