LA INTERPRETACIÓN AL REVÉS[1]

Jacques-Alain Miller


Ah sí, digo algo. Digo que la interpretación ha quedado atrás nuestro.

Es lo que todos dicen, pero sin saberlo todavía. Y es por ello que estas Jornadas sobre la interpretación tenían necesidad de una interpretación.

La edad de la interpretación ha quedado atrás nuestro. Es lo que sabía Lacan, pero no lo decía: lo hacía entender y empezamos solo a leerlo.

Decimos “la interpretación”, no tenemos otra palabra en la boca, nos asegura de que, en nosotros, la “historia” del psicoanálisis prosigue. Pero decimos “la interpretación” como decimos “el inconsciente”, sin pensar ya en la consciencia, y en negarla. “El inconsciente”, “la interpretación”, son las palabras de la tribu, a cubierto de las cuales se insinúa el sentido nuevo que se anticipa enmascarado.

¿Qué es el inconsciente? ¿Cómo se interpreta su concepto -cuando no lo refiero ya a la conciencia sino a la función de la palabra en el campo del lenguaje? ¿Quién no sabe que el inconsciente se encuentra entonces por entero en el décalage? -el desfase que se repite desde lo que quiero decir hasta lo que digo- como si el significante desviara la trayectoria programada del significado, y es eso lo que da materia para interpretar –como si el significante interpretara a su manera lo que quiero decir. Es aquí, en este décalage, donde Freud sitúa lo que denominó “el inconsciente” –como si ese querer decir mío, que es mi “intención de significación”, fuese sustituido por un querer decir distinto que sería el del significante mismo, y que Lacan designó como “el deseo del Otro”.

¡Qué simple es esto! ¡Qué conocido resulta! ¿Por qué la conclusión que se inscribe con estos dichos ha tardado entonces en aparecer a la luz del día -a saber, que la interpretación no es otra cosa que el inconsciente, que la interpretación es el inconsciente mismo?

¿Por qué Lacan no cuenta a la interpretación en el rango de los conceptos fundamentales? -sino porque está incluida en el concepto mismo de inconsciente. La equivalencia del inconsciente y de la interpretación, ¿no es eso lo que surge al final del Seminario del “Deseo y su interpretación”, -en esta paradoja-, el deseo inconsciente es su interpretación? La equivalencia inconsciente interpretación, ¿no es lo que vuelve a decir bajo la forma del concepto de sujeto supuesto saber? ¿Será algo adquirido finalmente, lo vuelva a decir yo una vez más?

Es un señuelo, hasta un callejón sin salida, unilateralizar la interpretación del lado del analista, como su intervención, su acción, su acto, su dicho, su decir. Sin duda, ha habido demasiada fascinación por el speech act del analista como para percibir la equivalencia de la que hablaba, la del inconsciente, en el sentido subjetivo del genitivo -es el inconsciente el que interpreta. La interpretación analítica viene en segundo lugar, se funda en la interpretación del inconsciente, de ahí proviene el error de creer que es el inconsciente del analista el que interpreta.

A falta de partir a priori de que el inconsciente interpreta, se vuelve siempre, se diga lo que se diga, a hacer del inconsciente un lenguaje-objeto y de la interpretación un metalenguaje. Pero la interpretación no está estratificada en relación al inconsciente, no es de otro orden, se inscribe en el mismo registro, es constitutiva de este registro. Cuando el analista toma su relevo, no hace otra cosa que lo que hace el inconsciente, se inscribe a continuación suyo, solo hace pasar la interpretación desde el estado salvaje, en el que se demuestra que está en el inconsciente, al estado razonado al que intenta llevarla.

Hacer resonar, hacer alusión, sobreentender, hacer silencio, hacer de oráculo, citar, hacer enigma, medio-decir, revelar, pero, ¿quién hace eso? ¿Quién hace eso mejor que nosotros? ¿Quién maneja esa retórica como si fuera de nacimiento, mientras que ustedes se rompen el espinazo para aprender sus rudimentos? ¿Quién sino el inconsciente mismo?

Toda la teoría de la interpretación no ha tenido nunca más que un objetivo -enseñarles a hablar como el inconsciente.

La interpretación minimalista, el “yo no te lo hago decir”, ¿qué es eso entonces sino colocar las comillas de la cita en lo dicho, descontextualizarlo, para hacer aparecer un nuevo sentido? ¿Pero no es lo que hace el inconsciente con el sueño -como descubrió Freud con lo que llamó “los retos diurnos”?

El inconsciente interpreta. Y el analista, si interpreta, interpreta a continuación suyo. ¿Qué otra vía le queda abierta a fin de cuentas sino es la de identificarse con el inconsciente mismo? Es el principio de un nuevo narcisismo, que no es ya el del yo fuerte. “¿Usted no dice nada?” Sin duda. Callarse es aquí un mal menor. Porque interpretar, el inconsciente nunca ha hecho otra cosa, y lo hace mejor, por regla general, que el analista. Si el analista se calla, es que el inconsciente interpreta.

Sin embargo, el inconsciente también quiere ser interpretado. Se ofrece a serlo. Si el inconsciente no quisiera ser interpretado, si el deseo inconsciente del sueño no fuera, en su fase más profunda, deseo de ser interpretado -Lacan lo dice-, deseo de tomar sentido, no existiría el analista.

Entremos en la paradoja. El inconsciente interpreta y quiere ser interpretado. Solo hay contradicción para un concepto somero de la interpretación. La interpretación, en efecto, requiere siempre la interpretación.

Digámoslo de otra manera: interpretar es descifrar. Pero descifrar es cifrar de nuevo. El movimiento solo se detiene en una satisfacción.

Freud no dice otra cosa cuando inscribe el sueño como discurso en el registro del proceso primario, como una realización de deseo. Y Lacan los descifra para nosotros diciendo que el goce está en el ciframiento.

Pero aún ahí, ¿cómo está el goce en el ciframiento? ¿De qué ser es el ciframiento? ¿De qué ser es en el ciframiento? ¿Y qué lugar habita en el ciframiento?

Digámoslo de manera abrupta, tal como conviene a estas comunicaciones breves que son el estilo y la sal de estas Jornadas -no hay nada en la estructura de lenguaje que permita responder correctamente a la pregunta que planteo, salvo si se corrige esta estructura.

El año pasado fatigué al auditorio de mi curso haciéndole seguir los meandros que se obligó Lacan para integrar la libido freudiana en la estructura del lenguaje. Y precisamente, en lugar del significado, dando al goce, si puedo decirlo así, el ser mismo de sentido.

Escandí los momentos principales de esta elaboración, que son cinco. Al final, es la descalificación misma del objeto a minúscula.

De esta manera, lo que Lacan bautizó con el nombre del objeto a minúscula es el desecho último de una tentativa grandiosa: integrar el goce a la estructura de lenguaje, incluso si se amplía ésta hasta la estructura de discurso.

Más allá, se abre una dimensión distinta, donde la propia estructura de lenguaje se relativiza y solo aparece como una elaboración de saber sobre “lalengua”. El término de significante desfallece al captar aquello de lo que se trata -ya que está hecho para captar el efecto de significado, y tiene dificultades para dar cuenta del producto de goce.

A partir de ahí, la interpretación ya no será nunca más la que era. La edad de la interpretación, la edad en la que Freud conmocionaba al discurso universal con la interpretación, se ha cerrado.

Freud empezó por el sueño, que desde siempre se prestaba a la interpretación. Prosiguió con el síntoma, concebido sobre el modelo del sueño, como mensaje que debe descifrarse. Ya había encontrado por el camino la reacción terapéutica negativa, el masoquismo y el fantasma.

Lo que Lacan sigue llamando “la interpretación” ya no es esa interpretación, aunque más no fuera porque no se ordena con el síntoma sino con el fantasma. ¿Y no repetimos nosotros que el fantasma no se interpreta, sino que se construye?

El fantasma es una frase que se goza, mensaje cifrado que encubre el goce. El síntoma mismo debe pensarse a partir del fantasma, lo que Lacan llama el “sinthoma”.

Una práctica que en el sujeto apunta al sinthoma no interpreta a la manera del inconsciente. Interpretar a la manera del inconsciente es quedar al servicio del principio del placer. Ponerse al servicio del principio de realidad no cambia nada, porque el propio principio de realidad está al servicio del principio del placer.

Interpretar al servicio del principio de placer -no busquen en otra parte el principio del análisis s interminable. No está allí lo que Lacan llama “la vía de un verdadero despertar para el sujeto”.

Queda por decir qué podría ser interpretar más allá del principio del placer, interpretar en sentido contrario del inconsciente. Aquí, la palabra “interpretación” solo vale como sustituta de otra, que no puede ser el silencio.

Al igual que nos es preciso, como referencia, abandonar el síntoma por el fantasma, pensar el síntoma a partir del fantasma, de la misma manera no es preciso aquí abandonar la neurosis por la psicosis, pensar la neurosis a partir de la psicosis.

El significante como tal, es decir como la cifra, como separado de los efectos de significación, llama en tanto tal a la interpretación. El significante solo es siempre un enigma, y es por ello que está falto de interpretación. Esta interpretación necesita la implicación de otro significante, de donde emerge un sentido nuevo.

Es la estructura que hice resaltar hace un mes en la Sección Clínica de Buenos Aires, en un coloquio que trataba sobre el delirio y el fenómeno elemental.

El fenómeno elemental pone en evidencia, de una manera particularmente pura, la presencia del significante solo, en suspenso -a la espera de otro significante que le daría un sentido -y, por regla general, aparece el significante binario del saber que no esconde en este caso su naturaleza de delirio. Lo dicen muy bien -el delirio de interpretación.

Es la vía de cualquier interpretación: la interpretación tiene estructura de delirio, y es por ello que Freud no duda en poner en el mismo plano, sin estratificar, el delirio de Schreber y la teoría de la libido.

Si la interpretación que el analista tiene para ofrecer al paciente es del orden del delirio, entonces en efecto, sin duda es mejor callarse. Máxima prudencia.

Hay otra vía, que no es la del delirio ni la del silencio de la prudencia. Se seguirá llamando a esta vía, si se quiere, “interpretación”, aunque no tenga nada que ver con el sistema de la interpretación, sino por su reverso.

Para decirlo con la concisión que exigen estas Jornadas, la otra vía consiste en retener S2, en no añadirlo con los fines de cernir S1. Es reconducir al sujeto a los significantes propiamente elementales sobre los que, en su neurosis, ha delirado.

El significante unario, insensato como tal, quiere decir que el fenómeno elemental es primordial. El reverso de la interpretación consiste en cernir al significante como fenómeno elemental del sujeto, y como anterior a que se hay articulado en la formación del inconsciente que le da sentido de delirio.

Cuando la interpretación se hace el émulo del inconsciente, cuando moviliza los recursos más sutiles de la retórica, cuando se moldea con la estructura de las formaciones del inconsciente, -entonces nutre ese delirio- ahí donde se trata de dejarlo hambriento.

Si hay aquí desciframiento, es un desciframiento que no da sentido.

La psicosis, aquí como en otras partes, pone la estructura al descubierto. Así como el automatismo mental pone en evidencia la xenofobia profunda de la palabra, el fenómeno elemental está ahí para manifestar el estado original de la relación del sujeto con lalengua. Sabe que lo dicho le concierne, que hay significación, no sabe cuál.

Es por ello que, precisamente aquí, anticipándose en esta dimensión de la interpretación, Lacan recurre a Finnegans Wake, es decir a un texto que, jugando incesantemente con las relaciones de la palabra y de la escritura, del sonido y del sentido, tejido de condensaciones, de equívocos, de homofonías, no tiene con todo nada que ver con el viejo inconsciente. Cualquier punto de capitonado se ha hecho caduco. Es por eso que no se presta a interpretación, ni a traducción -a pesar de esfuerzos heroicos. No es él mismo una interpretación y reconduce maravillosamente al sujeto de la lectura a la perplejidad como fenómeno elemental del sujeto en la lengua.

Digamos que ahí S1 absorbe siempre a S2. Las palabras que traducirían su sentido en una lengua distinta son como devoradas por adelantado por ese texto mismo, como si se autotradujera y, por ese hecho, la relación del significante y del significado no toma forma de inconsciente. No podrán separar nunca lo que Joyce quería decir de lo que dijo -transmisión integral, pero de un modo inverso al matema.

El efecto cero del fenómeno elemental se obtiene aquí a través de un efecto alef, que se abre al infinito semántico, o mejor dicho todavía, a la fuga de sentido.

Lo que llamamos todavía “interpretación”, aunque la práctica analítica sea siempre más bien postinterpretativa, revela algo, sin duda, pero ¿qué? -sino una opacidad irreductible en la relación del sujeto con lalengua. Y es por eso que la interpretación -esa postinterpretación- no es ya, hablando exactamente, puntuación.

La puntuación pertenece al sistema de la significación, es siempre semántica, efectúa siempre un punto de capitonado. Es por eso que la práctica postinterpretativa, que de hecho toma cada día el relevo de la interpretación, se sitúa no con la puntuación sino con el corte.

Imaginemos este corte por el momento como una separación entre S1 y S2, esa misma que se inscribe en la línea inferior del matema del discurso analítico: S2//S1.

Las consecuencias son fundamentales para la construcción misma de lo que llamamos la “sesión analítica”.

La cuestión no es saber si la sesión es larga o breve, silencios o charlatana. O bien la sesión es una unidad semántica, en la que S2 viene a hacer de puntuación a la elaboración -delirio al servicio del Nombre del Padre-, muchas sesiones son así. O bien la sesión analítica es una unidad a-semántica que reconduce al sujeto a la opacidad de su goce. Ello supone que antes de ser cerrada en bucle sea cortada.

Opongo pues aquí, a la vía de la elaboración, la vía de la perplejidad. La elaboración, no se preocupen por eso, siempre habrá elaboración sobreañadida.

Propongo pues a la reflexión de estas Jornadas que la interpretación propiamente analítica -conservemos la palabra- funciona al revés del inconsciente.

Viene a continuación un resumen de una de las respuestas de Jacques-Alain Miller a las preguntas de la asistencia.

Hemos partido del diagnóstico planteado por Serge Cottet, “el declive de la interpretación” -que dio en el blanco después de que la recogí el año pasado en su exposición en la Sección Clínica. Él señalaba dificultades que clasificaba en el orden de un cierto síntoma. A este término de “declive”, que nos captura en el sintagma “grandeza y decadencia”, a ese lado de sombra, he intentado darle el lado de luz. Positivizo lo que puede situarse en un primer análisis como un declive de la interpretación. Sublimo este declive de la interpretación en práctica posinterpretativa. ¿Cuándo empezó, pues, esta práctica? Con Freud mismo, no se puede dejar de percibirlo.


NOTA: Esta comunicación fue anunciada por mí en el programa de las Jornadas bajo el título “El reverso de la interpretación” (L’envers de l’interprétation) y presentada con tres frases: “La interpretación está muerta. No la resucitaremos. Si la práctica es una práctica de hoy, sin saberlo bien todavía, es ineluctablemente postinterpretativa”. Hecha para tomar del revés una opinión media, esta comunicación oral se dirigía al efecto de sorpresa; lo obtuvo, y con creces. Un éxito pues -o tal vez no…- porque virando a barlovento se ahogó el pescado. Cf. Al respecto una primera reflexión, “L’oubli de l’interprétation”, aparecido en La Lettre mensuelle, no 144, diciembre de 1955, pp. 1-2.

El presente texto, establecido al cuidado de C. Bonninge fue releído por mí: he corregido poco. J.-A.M.


[1] J.-A. Miller. « L’envers de l’interprétation », in La cause freudienne, no 32, febrero, 1996.

Traducido por Miquel Bassols.