Neurociencias y Psicoanálisis: Una Falsa Controversia – por Iván Sandoval Carrión – 2020-12-09

NEUROCIENCIAS Y PSICOANÁLISIS: UNA FALSA CONTROVERSIA[1]

Por Iván Sandoval Carrión

2020-12-09


Muchas gracias, Maritza. Buenas tardes con todos. Quisiera, en primer lugar, expresar mi agradecimiento a la Facultad de Psicología de la Universidad Central del Ecuador, mi alma mater. Yo estudié medicina en la facultad de Medicina de la Universidad Central del Ecuador y posteriormente hice mi postgrado en Psiquiatría en la misma facultad. Gracias particularmente a la doctora Cecilia Bravo por la invitación. Estoy muy agradecido por Maritza Crespo por la presentación. Tengo muy gratos recuerdos de Maritza. Nos conocimos hace x años en la Facultad de Psicología de la PUCE. Ella fue una de las mejores estudiantes de su generación. La recuerdo con mucho afecto y mucha estimación. Y estoy seguro de que hoy, sin duda, es una magnífica psicóloga y docente.

Cuando la doctora Bravo me propuso esta invitación, me sugirió que considerara decir algo en relación con la pandemia del Covid y las consecuencias psicológicas que este azote ha tenido sobre la comunidad y la población. Por un momento pensé hacerlo porque me parece que cada clínico, o que cada uno de nosotros, los clínicos -psicólogos clínicos, psiquiatras, psicoterapeutas, psicoanalistas- estamos verificando que esta pandemia y todas las condiciones que impone han tenido ciertos efectos sobre las personas a través de la expresión de diferentes problemas y trastornos. Pero, por otro lado, pensé que probablemente es un tema que será mejor abordado por algunos de los panelistas y por eso más bien yo he optado por este otro tema: la relación entre las neurociencias y el psicoanálisis. Es un tema que a mí me provoca, es un tema que me ha suscitado interés y una cantidad de reflexión desde hace mucho tiempo. Por un lado, es por mi doble pertenencia y práctica en cuanto médico-psiquiatra y psicoanalista. Es decir, una formación médica, biologista, posteriormente la especialización de Psiquiatría en la misma línea y luego, finalmente, mi formación como psicoanalista y mi práctica clínica como psicoanalista. Y la otra razón por la que me suscita interés poder decir algo sobre este tema es por el hecho de que encuentro en nuestra sociedad, en nuestro medio, en nuestro ámbito universitario permanentes confrontaciones que yo considero inapropiadas o innecesarias de impugnaciones mutuas, recíprocas entre colegas que trabajan de un lado en las neurociencias y la psicología cognitiva y de otro lado, en el psicoanálisis, en la clínica psicoanalítica. En general, considero que tal como se llevan este tipo de disputas, son innecesarias, inútiles, una pérdida de tiempo y además no aportan beneficios a los estudiantes y mucho menos a los pacientes, que es aquello que nos interesa. Entonces, por ese motivo he propuesto este tema: Neurociencias y psicoanálisis, la falsa controversia, el falso debate.

Voy a empezar leyendo una cita: “Una de las aportaciones del conocimiento moderno de los estados de consciencia es el hecho de que Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, tenía razón. No es posible comprender la consciencia sin antes comprender que una serie de complejos procesos inconscientes impregnan el pensamiento consciente. La percepción consciente depende en su totalidad de procesos inconscientes”. Esto es que los procesos inconscientes determinan los conscientes, determinan la consciencia. ¿Quién ha escrito esto? Esto no lo escribió un psicoanalista. Esto lo escribió un distinguido neurocientífico, uno de los más importantes de la actualidad: Eric Richard Kandel, médico-psiquiatra, neurocientífico, investigador premiado con el Nobel de la Fisiología y Medicina en el año 2000. Esto que hace referencia al descubrimiento de Freud y a la importancia de los procesos inconscientes, lo dijo un neurocientífico, lo escribió un neurocientífico. Kandel no escribió esto hace 60 años. Kandel actualmente tiene 91 años, sigue activo, sigue escribiendo, sigue publicando y sigue investigando. Kandel no escribió esto hace 60 años, cuando estaba haciendo su postgrado de Psiquiatría, cuando estaba enamorado de la hija de un psicoanalista neoyorquino famoso y cuando pensaba que iba a ser psiquiatra y psicoanalista. Eric Kandel escribió esto hace 2 años en su último libro Una nueva biología de la mente, traducido al español y publicado el año pasado en el 2019. Un libro que recoge muchas de las ideas previas de Kandel y además una recopilación que ha hecho Kandel de la actualidad de las investigaciones sobre el tema de las Neurociencias, de la biología de la mente y de la consciencia en las últimas dos décadas. Entonces, es importante anotar esto: el hecho de que un distinguido neurocientífico, uno de los más importantes de la actualidad es alguien que valora, aprecia el psicoanálisis y además desde hace décadas es un lector de Freud y del psicoanálisis.

Quisiera hacer referencia a los orígenes y voy a proponer un año particular, el año de 1895. Esto es hace 125 años. 1895 fue un año fundamental para el desarrollo de diferentes ciencias y disciplinas. En 1895, surgió la teoría de Max Planck, la teoría de los quanta que modificó la física y es el origen de la moderna física cuántica. La física moderna nace con Max Planck en 1895. En 1895, Wilhem Roentgen descubre los rayos X. Aparece la radiografía, modificando sustancialmente los exámenes de imagen en la práctica médica. Además, 1895 es el año en el que se afirma y se consolida la teoría neuronal, el descubrimiento de la neurona, todas sus estructuras, la relación entre las neuronas, la separación entre las neuronas, algo que lo descubre Santiago Ramón y Cajal; estas hendiduras que dos años después, en 1897 serán llamadas sinapsis. Entonces, en 1895 aparece la teoría neuronal por parte, principalmente, de Santiago Ramón y Cajal y secundariamente de Camillo Golgi. Pero, además, 1895 -si quiere fechar un origen- es un punto de inflexión y de nacimiento del psicoanálisis. Esto es el año en el que Freud da inicio a su concepción del inconsciente del psicoanálisis a partir del análisis del sueño de la inyección de Irma, su propio sueño -un sueño que estamos trabajando o lo hemos hecho en semanas anteriores con los estudiantes de la maestría de la Universidad Católica. Por otro lado, es el año que Freud, a partir de la clínica de las neurosis -en ese tiempo histerias, fobias, neurosis obsesivas- le da un giro a su práctica clínica, a su técnica, lo que también le permitirá afirmar su descubrimiento o su preposición del inconsciente freudiano. Y en el verano de 1895, Sigmund Freud, que era un importante neruopatólogo y neurólogo clínico, es decir un neurocientífico de ese tiempo, escribe su famoso proyecto, llamado el Proyecto de una neuropsicología científica o Proyecto de una psicología para neurólogos donde Freud apela a la flamante teoría neuronal para proponer una psicología que tenga fundamento en la teoría neuronal. El llamado Proyecto de Freud es un escrito que, décadas después, será uno de los elementos que inspiraron a Eric Kandel desde los años ’60 y particularmente en los ’70 en sus investigaciones, aquellas que le permitieron desarrollar una teoría de la memoria, todo lo cual le valió un premio Nobel en el año 2000.

Entonces, fíjense en esta cosa tan curiosa, a partir de 1895 y a partir de la teoría neuronal, surgen estas dos disciplinas, estos dos saberes: las neurociencias o las neurociencias modernas y, por otro lado, el psicoanálisis en este punto de origen común. A partir de este punto común surge una disyunción, una separación: cada disciplina, cada campo del saber sigue su propio camino, construye su propio camino. En este camino, las Neurociencias se afirman como una ciencia verdadera, una ciencia fáctico-natural, una de las ciencias duras, una verdadera práctica científica. Una práctica científica que se ocupa fundamentalmente de la investigación de cómo aquellos procesos del cerebro, de las neuronas, de las sinapsis, de las redes y circuitos neuronales, producen principalmente la consciencia y toda la vida mental. Es importante que los términos mente y mental pertenecen al vocabulario de las Neurociencias y de la Psicología Cognitiva. Además, las Neurociencias abordan un problema muy complicado. Abordan el problema, el viejo problema, el todavía irresuelto y pendiente problema filosófico y científico de lo que se llama la relación mente-cuerpo o la relación mente-cerebro, un problema tan antiguo como la medicina hipocrática hace 2400 años y todavía vigente y activo hasta el presente.

El psicoanálisis, el algún sentido, esquiva o no se ocupa directamente de ese viejo problema: mente-cuerpo, mente-cerebro, o lo hace a su manera. El psicoanálisis no es una ciencia. El psicoanálisis es “apenas” -y le pongo comillas a ese “apenas”- una práctica clínica, una práctica clínica que se ha ocupado de tratamientos de terapia a través de su propio método; y se ha ocupado de proponer sus teorías acerca de aquello que mencionaba en esta cita de Kandel que introdujimos al comienzo. El psicoanálisis se ocupa de cómo los procesos inconscientes determinan la consciencia, la consciencia en tanto efecto o producto de procesos inconscientes, es decir de aquello que es uno de los temas esenciales de investigación de las Neurociencias actuales.

Si volvemos a esta proposición original de Eric Richard Kandel, de hace dos años, podríamos encontrar en ella un acuerdo con la hipótesis fundamental del psicoanálisis. ¿Cuál es esta? El inconsciente freudiano y el lacaniano, esto es el inconsciente del psicoanálisis, es pensamiento. El inconsciente es “allí” donde realmente pensamos. El inconsciente no es un lugar anatómico aislado y definido. El inconsciente es relación entre diferentes lugares. Citando a Freud en este pasaje del capítulo 7 de La interpretación de los sueños: “El inconsciente no es ni está en ningún lugar anatómico sino entre los lugares”, en la relación entre los lugares, en la brecha, en la hiancia que existe entre esos diferentes lugares.

Entonces, por un lado, tenemos una verdadera ciencia y una práctica científica que son las neurociencias. Y por otro lado, tenemos algo que es una ciencia ni pretende pasar por ella. Es más bien una práctica clínica, una teoría y a su manera un método de investigación, el psicoanálisis. Dicho de otra manera, como lo planteó Freud en el primer párrafo de uno de sus escritos más importantes, el decía: “No hay una batalla posible entre el oso y la ballena”, porque cada uno está en su propio elemento, en su propio campo. Entonces no hay confrontación posible. Esto es las neurociencias tienen su campo, su método y el psicoanálisis el suyo.

Repasando en las diferentes epistemologías son ciencias y el psicoanálisis no lo es, o por lo menos no es una ciencia en ese mismo sentido. Las condiciones para hablar de una ciencia es que una ciencia produzca verdades y proposiciones que sean demostrables, falseables -como decía Popper-, esto es que se puedan refutar; universales -es decir que deben ser válidas para todos los casos, individuos y sujetos; reproducibles en experiencias y, además -esto es fundamental- libres de toda subjetividad. La ciencia es del orden de lo objetivo, no de lo subjetivo. Estas condiciones que son las condiciones más comunes de las diferentes corrientes epistemológicas para determinar lo que es una ciencia y lo que no lo es, son condiciones que las neurociencias cumplen a cabalidad. En cambio, el psicoanálisis no cumple estas condiciones porque no hay ciencia de la subjetividad ni de los casos particulares ni aislados. No hay ciencia de la subjetividad y el psicoanálisis y el psicoanálisis se ocupa de eso, precisamente, de la subjetividad, del sujeto, de cierto tipo de tipo de sujeto, o de cierta concepción del sujeto. Entonces, si no hay batalla, si no hay guerra entre el psicoanálisis y las neurociencias, ¿por qué los profesores y los clínicos ecuatorianos nos las arreglamos para inventar una batalla? Teniendo como escenario principalmente a las universidades y especialmente a los estudiantes de Psicología, a los estudiantes de Medicina y, lo que es más grave, a los pacientes: a los pacientes de la psicología clínica, de la psicología general, a los pacientes de la psiquiatría, a los pacientes del psicoanálisis, en este sentido que hablamos de hablarle mal del otro campo, de la otra disciplina.

¿Por qué ocurre esto acá? Quizá esto se debe al hecho de que las ciencias en general, casi cualquier ciencia, y las prácticas también -incluyendo las prácticas clínicas como la psicología, la medicina, la psiquiatría y el psicoanálisis- no están exentas de la posibilidad de que sean utilizadas y convertidas en ideologías. Sobre todo se convierten en ideologías el momento en que se afirman, se extienden, se difunden y se establecen dentro de la sociedad. Entonces, siendo originalmente ciencias y prácticas clínicas, finalmente las convertimos en ideologías. Como ideologías son lecturas particulares de la realidad social, económica, política, de los pueblos, que se proponen como verdades o como únicas verdades, haciendo gala de una presunción de saber; y que al mismo tiempo reclaman hegemonía sobre otras ideologías, disciplinas, prácticas o propuestas. Así es como aparecen los -ismos, este sufijo que denota la pretensión de superioridad o predominio sobre otros campos, teorías, corrientes, lo que sea. Los -ismos en general son más reconocibles en el campo de la vida política. Pero tampoco son ajenos a aquel tema que propongo para hoy. Entonces tenemos el neurocientificismo y el psicoanalismo, que no son lo mismo que las neurociencias y el psicoanálisis. En tanto ideologías que demandan hegemonía, el neurocientificismo y el psicoanalismo entran en lucha, en disputa política -no necesariamente científica ni argumentada- para ocupar espacios de poder y dirección en aquellos recintos que supuestamente acogen a todos los campos del saber, sean o no sean ciencias. Estas son las universidades y de esta manera pretenden la exclusión de los otros, de los diferentes, de esos lugares. Por esta vía llevan sus peleas a las políticas universitarias de los Estados y llevan sus conflictos al Estado ecuatoriano, en este caso que nos interesa; como si el Estado tuviera que arbitrar y dirimir esta falsa controversia, esta falsa controversia de superioridad vs inferioridad, o de supuesta superioridad vs supuesta inferioridad; de supuesta actualidad vs supuesta obsolescencia; de aparente efectividad vs aparente ineficacia; esta pugna o este conflicto de objetividad vs subjetividad, de cientificidad vs no cientificidad, y así por el estilo. Entonces la “ciencia” y la presunción del saber son convocadas para arbitrar y definir esta batalla.

Esta es una pelea infinita, tediosa, inútil, desgastante, indefinible. En esta pelea, olvidamos aquello que constituye el objeto en tanto finalidad a dónde va dirigida la enseñanza universitaria y cualquier práctica clínica. Y entonces ahí voy a decir algo que parece paradójico: ese objeto es el sujeto. Caemos y nos estancamos en la objetivación del sujeto. Y esto nos lleva a una proposición enigmática de Jacques Lacan, psicoanalista, tan enigmática como suelen ser las proposiciones de Lacan -tomada de un escrito muy importante del año ’65-’66 que se llama La ciencia y la verdad-. Voy a leer la cita de Lacan: “Decir que el sujeto sobre el que operamos en psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia puede parecer una paradoja”. Hasta aquí la cita. Dicho de manera más simple, el sujeto del psicoanálisis es el mismo sujeto de la ciencia. Hay más de una lectura posible de esta proposición de Lacan. Se pueden plantear varias lecturas y probablemente todas ellas son válidas, pero me voy a adherir a aquella lectura que desarrolla un psicoanalista francés importante que se llama Gérard Pommier. Gérard Pommier desarrolla esta proposición a lo largo de varias páginas en un libro muy importante que se llama Cómo las neurociencias demuestran al psicoanálisis, un libro del año 2010.

Me voy a permitir mejor ilustrar esta proposición brevemente con viñetas o con dichos tomados de nuestras consultas, de aquellos sujetos objetivados o de aquellos sujetos desubjetivados que vienen a nuestras consultas, a las consultas de psicólogos clínicos y de psicoanalistas; a las consultas de psicólogos cognitivos y psicoanalistas. Por ejemplo, está ese señor que dice: “Vengo acá porque soy bipolar. Soy bipolar porque tengo un déficit de serotonina y el doctor Fulano -mi psiquiatra- me dice que necesito una psicoterapia además de la fluoxetina y del valproato”, que es lo que este paciente está tomando. Es algo como una demanda que solemos escuchar en nuestras consultas como efecto de esas derivaciones; o aquellas otras demandas de esas otras madres de familia que dicen lo siguiente: “Tengo un hijo que es TDA”, fíjense qué interesante, qué rico eso. No es que dicen: “Tengo un hijo que se llama Carlitos y que tiene 7 años”. Dicen: “Tengo un hijo que es TDA y en la escuela me dijeron que le lleve a la psicóloga y que me dé un certificado de que está viniendo acá porque si no llevo ese certificado ya no puede seguir yendo a clases”. Supongo que por lo menos alguna de ustedes ha escuchado ese tipo de demandas. En estas demandas se condensa esto que estamos diciendo a partir de la cita de Lacan: “El sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia”. La ciencia opera una objetivación del sujeto o una desubjetivación, es decir, una eliminación de su condición de sujeto, de sujeto de su propia palabra, de sujeto de su propio deseo, de sujeto de su propio decir, de sujeto de su propio inconsciente tal como lo propone el psicoanálisis. El sujeto del psicoanálisis, este sujeto sujetado al lenguaje y al inconsciente, un inconsciente que está estructurado como un lenguaje, sometido a ciertas reglas y a cierta lógica.

Pero, además, en este tipo de demandas advertimos de qué manera, de qué modo los hechos en esta clínica psi -en esta clínica que nos ocupa a los psicólogos generales, a los psicólogos clínicos, a los psiquiatras y a los psicoanalistas-, el sujeto objetivado está afectado por un discurso que deviene ideología y que se extiende más allá del consultorio, hacia la sociedad, hacia el mercado, hacia los intereses de las farmacéuticas, hacia los intereses políticos y hacia el Estado en general. En estas condiciones y ante este tipo de demandas, el trabajo clínico del psicoanalista y del psicoterapeuta es el de restituir, devolver la condición de sujeto, producir el sujeto. Y esto no es lo mismo que el yo. Para el psicoanálisis, el sujeto no es lo mismo que el yo. El yo, aunque tiene una parte inconsciente, es fundamentalmente consciencia, es la representación que cada uno tiene de sí mismo. Es muchas otras cosas más que dice el psicoanálisis, que dice la psicología, que dice la psicología cognitiva, pero que no es el sujeto. El sujeto es eso que se distingue del yo y del cual solo podemos entrever algo a veces en los lapsus, en los actos fallidos, en las equivocaciones, en los olvidos; el momento que llamamos a nuestra pareja por el nombre de la anterior pareja, se produce un corte, nos quedamos “cortados” y ahí se entrevé algo del sujeto, del sujeto de lo inconsciente. Pero en ese momento el yo intenta recuperarse rápidamente y entonces dice: “Ah, es que Carolina y Catalina se parecen, suenan igual, suenan parecido. El que tiene boca se equivoca.” No, no. Carolina no se traga eso. Carolina se da cuenta de que allí se deslizó algo. Ahí salió algo de una verdad del inconsciente. Entonces, el yo no es lo mismo que el sujeto. Esta restitución de la condición del sujeto se hace mediante una cura por la palabra. Y una cura por la palabra no es lo mismo que la información porque la palabra no es lo mismo que la información. Esto lo sabe cualquiera que haya ido a un servicio médico del IESS. Esto es, en la clínica médica o en ese tipo de clínicas médicas, ¿de qué se trata? Se trata de la información, se trata de un aporte de datos o de una demanda de datos que permitan hacer un diagnóstico o una presunción diagnóstica y ordenar exámenes, pedir exámenes o prescribir un tratamiento. La palabra es otra cosa. La palabra es aquello que va del sujeto al Otro donde se juega su deseo y donde existe la demanda de que del lado del Otro haya una devolución y un reconocimiento de su condición de sujeto y de su deseo.

Además, este tipo de demandas ponen en evidencia una falla lógica. La falla lógica que tiene que ver con la forma que a veces usamos los descubrimientos de las neurociencias. Esta falla lógica es lo que dos autores importantes, contemporáneos como Bennett y Hacker -Bennett, un neurocientífico australiano y Hacker, un filósofo inglés. Se juntaron para escribir un libro fundamental: Fundamentos filosóficos de la neurociencia, donde Bennett y Hacker hacen una revisión y un análisis de todas las preposiciones de los neurocientíficos actuales. Bennett y Hacker proponen algo que ellos llaman la falacia mereológica. ¿Qué es la falacia mereológica? En primer lugar, la mereología es un capítulo de la lógica desde los tiempos de Aristóteles, desde los tiempos de la lógica aristotélica. La mereología se ocupa de la relación entre las partes y el todo. ¿En qué consiste la falacia mereológica? Voy a citar a Bennett y Hacker: “Los predicados o proposiciones psicológicos son predicados que se aplican a la viviente total -o mejor dicho al ser hablante total- y no a alguna o una de sus partes como el cerebro, la amígdala o una porción de la corteza”. Entonces, esto que a veces escuchamos del cerebro bipolar o del cerebro maníaco es un ejemplo de una falacia mereológica. El ser en su totalidad tiene una conducta, unos comportamientos, unos procesos de pensamiento, unos síntomas -si se prefiere llamarlos así- que nos hacen pensar en un trastorno bipolar. Pero eso no es lo mismo que hablar de un “cerebro bipolar”. Podríamos invertir el problema de la falacia mereológica también para anotar lo inverso, de que aquellos errores son los que a veces adjudicamos al animal viviente total, esto es al ser hablante o al sujeto -porque estamos hablando del sujeto- las propiedades o funciones de una sola de sus partes, aisladas del resto, por ejemplo, la amígdala, el hipocampo o la corteza frontotemporal. Sabemos que el cerebro y todas sus estructuras tienen regiones especializadas en diferentes funciones: la corteza frontotemporal, la amígdala, el hipocampo, el área de Broca, etc. Sabemos que la lesión de esas zonas produce cuadros clínicos definidos, identificados, cuadros clínicos que conciernen al campo de la neurología clínica, de la neuropsicología, de la psicorehabilitación y en algunos casos de la neurocirugía. Pero estas lesiones, además -en muchos casos- producen modificaciones afectivas, trastornos de la conducta, síntomas y todo esto lo sabemos a partir de un descubrimiento muy importante, o de una comprobación muy importante; de una comprobación que viene desde hace siglos y que viene sobre todo de un hermoso tema, de un caso famoso, un caso célebre a mediados del siglo XIX: el famoso caso de Phineas Gages, un obrero norteamericano que tuvo un accidente. En una explosión, una barra de hierro le atravesó la órbita, le perforó el cráneo, destruyó el lóbulo o la porción anteriores del lóbulo frontal. Y a partir de eso, Gages tuvo convulsiones y sobre todo mostró cambios irreversibles en su conducta, afectividad y comportamiento. El caso de Phineas Gages lo recomiendo que lo consulten ha sido revisitado hace 25 años -creo- por dos neurocientíficos importantes: Antonio Damasio y su esposa Hanna Damasio. Pero todo no debe llevarnos a producir aseveraciones apresuradas sobre el ser hablante a partir de una sola de sus partes.

Yo me pregunto si el psicoanálisis está exento de las falacias mereológicas, de estas falacias lógicas, por el hecho de que no se preocupa de la biología, del cerebro. Probablemente el psicoanálisis, a su manera, tampoco está exento, o mejor dicho, los psicoanalistas no estamos exentos pero tendría que pensar en esto un poco más. Pero el psicoanálisis no está exonerado de eso que yo he llamado el psicoanalismo. Y lo llamé así en una conferencia en la Universidad Católica por la maestría hace poco más de un año. ¿Qué es el psicoanalismo? Es una ideología que afecta sobre todo a las personas más jóvenes, a aquellas que incursionan en el psicoanálisis, por un lado por su experiencia en el diván, o su primer tratamiento en el diván y además por esa transferencia universitaria no trabajada, no elaborada que pueden tener con algunos y algunas profesoras. El psicoanalismo es esa euforia de un lacanismo militante y fundamentalista que los lleva a menospreciar otras corrientes, otras prácticas y clínicas, que los lleva a creerse mejores, más inteligentes que los compañeros que no están en el psicoanálisis; que los lleva a suponer que el psicoanálisis es una panacea para todos los males de los sujetos y para el malestar de la cultura, como decía Freud. Quizás todos o casi todos los que tenemos esta edad y estamos en la clínica psicoanalítica pasamos hace 30 o más años por el psicoanalismo, pero felizmente nos hemos curado gracias a nuestro propio análisis, a nuestra práctica clínica, a nuestra edad, a nuestros fracasos terapéuticos, a nuestros fracasos sociales, existenciales, amorosos y otros fracasos, los mismos que nos llevan a deponer ese psicoanalismo inicial. Estas palabras de ninguna manera agotan el tema. Son apenas una introducción, una invitación a una interlocución; no a un debate ni a una controversia, sobre todo en esa vía de la falsa controversia. La falsa controversia que es esa impugnación y descalificación de la otra posición, esa actitud de mal gusto.

Pero si estamos hablando de una falsa controversia, eso sugiere que quizás haya una buena controversia, una verdadera controversia. ¿Y cuál creo que es esa buena controversia? Me parece que la verdadera controversia, la subsistencia e irresuelta que mantiene ocupados a los neurocientíficos, a los filósofos de la mente, a los psicólogos cognitivos acerca del viejo y milenario problema de la relación mente-cuerpo o mente-cerebro; esa que desde los años ’30, ’40 divide esas posiciones del monismo vs el dualismo, y a su vez las diversas posiciones en relación ceon el monismo en la filosofía de la mente. Esa controversia verdadera y productiva que vamos a decirle de una mejor manera. Vamos a enunciarla a la manera de Eric Kandel. Cito nuevamente: “Determinar la naturaleza de la consciencia -que no es lo mismo que la vigilia para este caso-, esto es cómo adquirimos nuestro sentido de identidad a partir de la cerebración inconsciente es uno de los mayores retos científicos del siglo XXI, de modo que las respuestas no surgirán de manera rápida y sencilla.” Este problema es un tema del que no se ha ocupado mucho el psicoanálisis, pero pienso que debería o podría empezar a planteárselo a su propio modo. Esta interlocución que propongo no es necesaria, pero sería muy rica para todos y para las dos partes porque después de todo si los grandes neurocientíficos del presente o del pasado reciente, como Kandel, Damasio, Michael Gazzaniga, el desaparecido Gerard Edelman, y tantos otros, han sido lectores de Freud, han sido lectores del Proyecto de 1895. Ellos asumen la hipótesis del inconsciente del psicoanálisis y en algunos casos como en el caso de Edelman, se ocuparon de proponer teorías explicativas para el inconsciente freudiano desde su propio campo, el campo de las neurociencias. Si estos investigadores sabios y científicos tan importantes asumen el inconsciente, ¿por qué nuestro talento nacional neurocientífico tendría que desestimar, descalificar o atacar el saber del psicoanálisis en cuanto al inconsciente? Viceversa, si Sigmund Freud fue un neuropatólogo y neurólogo clínico destacado en sus comienzos, si Jacques Lacan -el famoso psicoanalista francés- tuvo una sólida formación inicial en psiquiatría clínica y en neurología, y si Gérard Pommier -este psicoanalista al que hice referencia hace un momento, un psicoanalista muy reconocido, muy importante y además es un lector autorizado, erudito y crítico de las neurociencias-, ¿por qué nuestro talento nacional psicoanalítico debería presumir de su ignorancia respecto a las neurociencias? No se trata de hacer un mix, un combo y mucho menos el predicar el eclecticismo, no se trata de eso. Es verdad que hay autores como uno llamado Mark Solms, un sudafricano, que es psiquiatra, neurólogo, neurocientífico y además psicoanalista que proponen el llamado neuropsicoanálisis. Solms ha escrito unos libros bien interesantes en la vía de lo que él llama el neuropsicoanálisis; libros interesantes, ricos en preguntas, que vale la pena leer. No se trata de hacer estos combos, pero sí se trata de salir de los guetos del saber hacia la sociedad. No es necesario hacerlo. Después de todo “caduno, caduno” como dicen nuestros jóvenes. Esto es, podríamos sostenernos indefinidamente en nuestros espléndidos aislamientos alabando nuestro propio queso rancio. El problema es que esa actitud y esa posición nos lleva inevitablemente a este tipo de broncas de cantina, supuestamente académicas, en las que utilizamos las aulas universitarias y las redes sociales para descalificar a los otros. ¿No les parece que nuestros estudiantes, pacientes, analizantes, usuarios o como los llamemos merecen algo mejor que eso? Muchas gracias.


[1] Intervención para la Facultad de Psicología de la UCE en las Jornadas Internacionales de Psicología vía Zoom.

Iván Sandoval es médico, psiquiatra, psicoanalista de la Association Lacanienne Internationale, miembro de a..b..c..dario Freud↔Lacan y columnista del diario El Universo.

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