El Diván. Siglo XXI. ¿Mañana la Mundialización de los Divanes? Hacia el Cuerpo Portátil – por Jacques-Alain Miller – 1999-07-03

EL DIVÁN. SIGLO XXI. ¿MAÑANA MUNDIALIZACIÓN DE LOS DIVANES? HACIA EL CUERPO PORTÁTIL[1]

Entrevista a Jacques-Alain Miller

1999-07-03


¿Cuál es el papel del diván en psicoanálisis?

El diván es ciertamente el objeto emblemático del psicoanálisis. Al mismo tiempo, el diván no define al psicoanálisis. Hay análisis que se desarrollan perfectamente cara a cara, estando el paciente sentado en un sillón. Para algunos pacientes es incluso necesario que sea así. Por ejemplo, cuando el diván toma la significación de estar a merced del otro, de estar librado a su capricho. Es un fantasma. Pero, bueno, es cierto que el paciente se desplaza hasta el analista, que está en posición de demanda, que ésta comporta cierta dimisión, cierta sumisión al otro, y que el diván puede representar eso.

¿El diván es sin embargo el objeto el psicoanálisis?

El objeto en psicoanálisis es más bien el psicoanalista mismo. Él tiene su lugar en vuestra serie, al lado del Bic y de la píldora. Freud inventó un objeto nuevo, alguien capaz de hacerse este objeto. Un objeto muy particular que permite a otro experimentarse, él, en tanto sujeto, como hablando sin saber lo que quiere, ni lo que dice, ni incluso a quien. El diván representa el umbral de este mundo de los limbos. Pero el objeto duro es el psicoanalista. Es la novedad. Aunque la clínica siempre se ha hecho cerca de una cama.

¿El diván solo sería entonces una cama?

Sí, el diván es siempre una especie de cama. Es una cama que no tiene interior: uno no se desliza entre sus sábanas, se extiende sobre su superficie. Como un yacente, con las evocaciones mortíferas que pueden girar alrededor suyo. Es el verso de Baudelaire: “Divanes profundos como tumbas”. La cama es de ordinario el lugar donde uno reencuentra su cuerpo, el cuerpo que ha olvidado en la vida activa, se encuentra también allí el cuerpo de un otro. El diván es por el contrario una cama en un lugar. Hace presente la relación sexual, y al mismo tiempo pone de manifiesto su ausencia. Quizás podría decirse que el diván es un vestidor donde se deposita el cuerpo, donde uno se despoja del cuerpo activo, donde se abandona también el cuerpo imaginario, la imagen de sí. Queda entonces un tercer cuerpo, el cuerpo que es nuestro harapo, ese desecho que el sujeto arrastra tras suyo, y que le es tan querido.

Finalmente, el diván se revela más importante que previsto…

En tanto que mueble, el diván es importante, como el cubo de basura de Beckett. Encarna la siguiente paradoja: es preciso aportar su cuerpo a la sesión, y al mismo tiempo, hay que despojarlo. El diván es una máquina, una multiguillotina, que amputa el cuerpo de su motricidad, de su capacidad de actuar, de su estatura erigida, de su visibilidad. Materializa el cuerpo abandonado, el cuerpo quebrado, el cuerpo abatido. Estirarse en el diván es devenir puro hablante, todo y haciendo la experiencia de sí como cuerpo parasitado por la palabra, pobre cuerpo enfermo de la enfermedad de los hablantes.

¿Cuál es el porvenir del diván?

La tecnología elabora modos de presencia inéditos. El contacto a distancia en tiempo real se ha banalizado en el curso del siglo. Ya sea el teléfono, ahora el portátil, Internet, la videoconferencia. Esto continuará, se multiplicará, se hará omnipresente. Pero ¿la presencia virtual tendrá finalmente una incidencia fundamental sobre la sesión analítica? No. Verse y hablar no constituye una sesión analítica. En la sesión, hay dos juntos, sincronizados, pero ellos no están allí para verse, como pone de manifiesto el uso del diván. La copresencia en carne y hueso es necesaria, aunque solo fuera para hacer surgir la no relación sexual. Si se sabotea lo real, la paradoja se desvanece. Todos los modos de presencia virtual, incluso los más sofisticados, encontrarán ahí su tope.

En suma, el diván permanecerá

La presencia permanecerá. Y cuando más se banalice la presencia real, más preciosa será la presencia real. Entonces, el gran cambio lo veo más bien en relación con los transportes: la aceleración de los desplazamientos, el bajo precio, con el avión de fuselaje amplio, el TGV, todo lo que convierta cada vez más al cuerpo propio en “portátil”. Antes, hacerse analizar por Freud exigía residir en Viena o en Londres. Hoy en día se puede vivir en Milán o incluso en Buenos Aires, y hacerse analizar en París, o viceversa. ¿Está próximo el transporte supersónico de masas? Eso sería la mundialización de los divanes.


[1] Entrevista realizada por Éric Faverau y publicada en el diario Libération, París, 3 de julio de 1999. Traducción de Margarita Álvarez.

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