Un Caso de Escuela – por Jacques-Alain Miller – 2000-05-01

UN CASO DE ESCUELA[1]

Por Jacques-Alain Miller

Mayo, 2000

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He aquí una transcripción de una presentación de enfermos en el cuadro de la Sección Clínica de Paris-Saint-Denis, en el Hospital Val-de-Grâce, en el servicio del Dr. Guy Briole.

Algunos puntos alrededor de un colapso

            Este paciente de cuarenta y dos años, en el desempleo desde hace dos años, divorciado, padre de dos niños de ocho y de diez años, vive solo en un estudio que le presta su padre. Ya no tiene recursos y tiene dificultades para encontrar empleo. Su universo se reduce a aquel de los bistrós, donde el alcohol y los encuentros representan por el momento la única solución que ha podido encontrar para apaciguar un profundo malestar. Es su segunda hospitalización.

            La primera data de hace dos años cuando acabada de volverse licenciado y de haber sido dejado por la chica con la cual vivía desde hace un año. Pasaba sus días y sus noches buscándola en París, con el sentimiento agobiante que “se lo querían impedir”. Durante un episodio pasional, el delirio se enriquece de interpretaciones sobre las circunstancias que lo habían llevado a perder su trabajo. Ingeniero agrónomo, había sostenido la idea de una reforma a gran escala, acerca de las orientaciones de la política agrícola común. Eso lo había empujado a tomar contacto con un consejero del Palacio del Elíseo, para hacerle conocer el interés de su proyecto y de su determinación para sostener el desarrollo de la cultura de los cultivos proteicos. Poco después, fue llevado a dejar su empleo. En esa época, y después de unos años, estaba en análisis con un psicoanalista de “renombre” y tomaba un tratamiento psicotrópico a base de timorreguladores, prescrito por un psiquiatra. El psicoanalista, quien pensaba que el tratamiento médico hacía obstáculo al trabajo analítico, pidió una opinión sobre su pertinencia.

            Esa primera hospitalización será la ocasión para precisar en este paciente, hasta entonces considerado como un sujeto neurótico, la estructura psicótica y de enfatizar la emergencia de la psicosis en la adolescencia: tenía 18 años. El desencadenamiento se produjo brutalmente por la ruptura de una relación amorosa, consecutiva de la muerte del padre de su amiga: un hombre que ocupada para él un lugar esencial. Vive un verdadero colapso y, después de un sueño donde surgía la imagen de una fusión en el cuerpo de “Mónica”, sigue un período de gran exaltación donde todo le parecía posible: iba a tener un gran destino, lograr grandes cosas, crear como Leonardo de Vinci. La salida de ese estado es terrible y cae en un apragmatismo que lo obliga a interrumpir sus estudios. No podrá retomarlos que después de algunos meses de tratamiento, pero, enseguida, el programa académico se desarrollará sin contratiempos hasta lograr el diploma de ingeniero agrónomo.

            Luego de dos años, su vida está marcada por dificultades mayores en sus relaciones con los otros de los cuales se siente “desfasado” y con la necesidad imperativa de “vivir una pasión amorosa”. Dice que siempre debe estar enamorado de una mujer; todas aquellas que ha encontrado, lo más a menudo, ha sido0 en bares. Raramente son relaciones logradas, son siempre conflictivas y sin futuro. Es siempre, e imperativamente, algo que hay que volver a comenzar. Los fracasos afectivos se siguen y su exclusión del mundo profesional agrava su marginalización. Pidió ser hospitalizado para protegerse del aceleramiento vertiginoso que experimenta y que sabe que no puede parar solo. Dice que su presencia en la “presentación” participa de la ayuda que le puede ser aportada. Es así que aborda la entrevista con Jacques-Alain Miller.  

El señor A se explica

Jacques-Alain Miller acoge al señor A en la puerta de la sala, lo acompaña y lo invita a sentarse en frente de él. La relación enseguida se establece, y A se muestra completamente dispuesto para la entrevista.

JAM: Bueno. Dígame qué lo trae aquí.

A : ¿A Val-de-Grâce? Una extraña enfermedad que llamo “paranoia”. Todo se liga en contra de mí: hay conversaciones telefónicas, no puedo ya caminar en la calle…

JAM: Hábleme de eso.

A: Algunos años de entrar a Val-de-Grâce […] (habría participado en la política). Todo el mundo me reprochaba. Había denunciado chanchullos de dinero. En la televisión, las películas estaban dirigidas hacia mí. Descodificaba las letras de las placas de los vehículos, y de allí deducía lo que debía hacer. (Su mirada fija en el horizonte) Se me tenía bajo escucha telefónica, aún en mi celular.

Vivía con mi padre. Iba a la Muette para telefonear, porque, en la muette [mudez], no sería escuchado.

JAM: ¿Escuchado por quién?

A: Los políticos.

JAM: ¡En efecto, escuchan mucho!

A: Sí. Estaba muy preocupado. Estaba loco. Cuando llegué a Val-de-Grâce, acababa de perder a mi novia.

JAM: ¿Cuánto tiempo duró eso?

A: Dos meses. Yo trabajaba en un instituto que se encarga de cuestiones de agricultura. Tenía responsabilidades. Se me estaban zafando los cables. Interpretaba todo lo que me decían.

JAM: ¿Fue antes?

A: Sí, antes de Val-de-Grâce. Durante mi trabajo me enviaron a una clínica de convalecencia. Estaba aborrecido. Me escapé. Fue en Ginebra. Estaba seguro de que tenía un ticket de avión para ir a Bruselas, llamado por un gran hombre político. Estaba chiflado. Regresé directamente a Val-de-Grâce.

JAM: ¿Cuál fue el primer momento de ese período?

A: Un resurgimiento de una crisis que había ocurrido antes. (Habla de una mujer que había denunciado por enriquecimiento personal y por el hecho de haber sido puesto en relación con el Palacio del Elíseo para defender el sector donde trabaja). Ya no soportaba a los dirigentes. Comprendí que mi departamento financiaba proyectos dudosos. Allí también pensé que estaba por algo. Las personas a quien denunciaba eran amigos con la dirigente de mi sociedad. Imaginé que ella pensó que yo estaban en el origen de esta desgracia. Ya no podía mirar a esas personas a la cara. Parece que tengo un talento formidable para ser un chivo expiatorio.

JAM: ¿Hay algo antes del primer episodio?

A: Era la primera vez que estaba con un psiquiatra, luego de la denuncia de enriquecimiento personal. Interpelé a políticos para defender el sector que yo dirigía: los cultivos proteicos. En 1992, hubo una gran reforma de la política agrícola común. Francia tuvo suerte. Obtuvimos la victoria. Hasta allí fui Presidente de la República. Hubiera podido llegar más alto. Veía que había incompetentes. Mi padre conocía al Presidente de la República, bueno, su secretaria. Fue por ella que pude entrar en contacto con el Palacio del Elíseo. Hice un escándalo. Me quejé.

JAM: Para los cultivos proteicos.

A: ¡Sí! ¡Hay que ser conchudo! Escribí en mi pizarrón: “Un sueño en que yo asesino”.

JAM: ¿A partir de esa entrevista?

A: […] Estaba chiflado. No era paranoia. Vino cuando escribí a la presidencia: la denuncia por enriquecimiento personal.

JAM: Nada que ver con los cultivos proteicos.

A: Al final de la entrevista con el consejero agrícola, me dije que, si era necesario que denuncie, pues lo haría.

JAM: Hizo que le teman.

A: Jugué al aprendiz de brujo. Es un episodio.

JAM: ¿Antes?

A: Iba a decir: todo estaba bien, pero no es verdad.

JAM: ¿Hubo episodios bizarros?

A: Bastantes. Cuando tenía 15 años, me enamoré de una joven de mi edad, Mónica, y amaba mucho a su padre, Martín. Me hice adoptar por esa familia. La mía estaba relegada a algo que no tenía ya sentido. Martín murió a los 41 años. Es mi edad hoy en día. Mónica me dejó en ese torbellino. Tenía 17 años.

Viví entonces un período extraño durante seis, ocho años. Hubo el dolor de perder a Mónica, luego una ola de cambio muy extraña. Dejé a mis padres. Decidí ir a vivir en una ciudad, reconstruirme, aunque era un alumno brillante, dejé el liceo. Entonces en (una ciudad de Francia), viví una experiencia de una intensidad inusitada. Si creía en Dios, creí que era él. Fue luego de un sueño que tuve de Mónica. Luego ¡paf! Me fui de hocico.

Fueron tres, cuatro días de felicidad, de beatitud, de plenitud total.

JAM: ¿De los cuáles aún recuerda?

A: Luego, hice 10 años de análisis. Lo decortiqué. Terminé perdiendo el sentido de esa experiencia. Fue una de una gran belleza.

JAM: ¿Fue una visión?

A: Sí. Si ese vocablo no me planteara problemas, lo utilizaría de buena gana. Luego, el colapso.

JAM: ¿Algo que explique este colapso?

A: En el análisis, decía que era Martín. Mi psicoanalista decía: “Usted es como Martín”. Tenía la impresión de que yo era otro, Martín, que estaba muerto.

JAM: ¿Él remplazó a su padre?

A: Sí, después… ¿cómo decirlo? A partir del momento que conocí a Mónica y a Martín, hubo una ruptura fuerte con mi familia, que rechacé. Es un problema que no está arreglado. Me siento extranjero con respecto a mi familia de origen.

JAM: A un momento dado, usted vio a su padre en Martín y en otro momento usted fue Martín.

A: Es un período importante. Todas las molestias comenzaron allí. No es del todo cierto.

JAM: ¿Antes qué hubo?

A: Nada. […] Era un alumno inteligente, brillante, pero un poco bobalicón, y que hacía sus deberes.

JAM: Dejó de ser bobalicón con el episodio de M.

A: Viví allí. Antes de ese episodio de M., me puse a leer Freud. Leyendo Freud, sentía las premisas de lo que iba a suceder. Leí Introducción al psicoanálisis, sobre el lapsus. Es el hecho de descubrir la dimensión de lo inconsciente.

JAM: ¿Qué sintió?

A: Una liberación, algo que sucede en la nuca. Yo me desasí, me liberaba.

JAM: ¿Martín murió?

A: Sí.

JAM: ¿Después de cuánto tiempo?

A: Ocho años. Comprendí que fue una persona importante, esencial. Pensaba siempre en él. Lo tenía en la cabeza.

JAM: Su padre no estaba en su cabeza.

A: Mi familia no está en mi familia. Mi padre no es mi padre.

JAM: ¿Usted se dio cuenta de esos sentimientos antes de Mónica y de Martín?

A: […]

JAM: ¿Antes?

A: Recibí una educación estricta, severa, dura.

JAM: ¿Por parte de quién?

A: Los dos. Mi madre era una mujer seca, dura, no era tierna. Los dos eran muy católicos. Eso no ayudaba. De mi infancia hasta los 11 años, no me acuerdo. A los 13 años, hacía tonteras, no iba más al liceo.

JAM: ¿Qué sucedió?

A: Mis padres se separaron.

JAM: ¿Eso fue un extravío para usted?

A: No creo que esté ligado a eso. Es el misterio íntegro. No comprendía nada de lo que sucedía.

JAM: ¿Aparte de eso?

A: Soy hijo de un diplomático. Viajé […] a Río, aprendí a caminar. Mi padre fue cónsul. Embajador.

JAM: Era una persona importante.

A: Sí. Su ausencia me jugó malas pasadas. Él vivía en otro universo, tenía una vida fácil, una buena cerrera.

JAM: ¿Él mismo era hijo de…?

A: Su padre era abogado, su suegro era diplomático. Eso hace parte de las cosas de las cuales sospecho. Se casó con la hija de su patrón. Mi madre se enamoró de mi padre. Sospechaba que mi padre debió ser arribista.

JAM: ¿Una sospecha?

A: Prefirió una mujer que le pudiera ayudar en su carrera antes que una buena madre para sus hijos. Tenía que decirlo. Yo me casé con una mujer cuya principal característica es de ser “una buena madre”.

JAM: Es su padre el pivote de su discurso. ¿No tenía nada que decir a su madre?

A: Lamento que mi madre ya no esté aquí. Me gustaría decirle: una inmensa necesidad de amor.

JAM: ¿Y al padre?

A: Algo parecido, creo.

JAM: ¿Usted hizo un análisis?

A: Terminé mi análisis en 1993. Vine al Val-de-Grâce en 1997. Recomencé un nuevo análisis con el primer psi.

JAM: ¿Qué aprendió?

A: No mucho, a decir verdad.

JAM: ¿Usted se recostó en el diván?

A: Sí. Tenía el sentimiento de ser un poco injusto.

JAM: ¿Con el analista o con usted mismo?

A: Con el análisis. Aprendí a hablar mejor de mí. Iba rigurosamente tres veces por semana. Tenía muchas cosas que aportar.

JAM: ¿Estuvo bien durante el análisis?

A: Sí. Fue muy fácil. No pienso haber hablado de cosas mayores: mi padre, mi madre. En las entrevistas con el Dr. V., hay momentos en los que lloro, en los que pierdo el control. Es necesario que pase por esos momentos. Es necesario que algo se desquebraje, que no salga bien. En el análisis, no había achacamientos de culpa.

JAM: En ese análisis, ¿habló mucho de Mónica y Martín?

A: Sí, y de esa experiencia divina. Era mi motor. Ahora, mi motor ya no marcha.

JAM: ¿Quiere rencontrarlo?

A: Renuncié a ello.

JAM: Era lo más precioso.

JAM: Renuncié a mi propia vida. ¿Mi vida aún tiene sentido? He visto de todo un poco […] Quería tener los hijos más lindos del mundo, y luego, un impase total. Soy incapaz de hacer cualquier cosa. No tengo ganas de trabajar. No tengo ya ganas de entrar en el medio, ese circuito. Al hecho de concentrarse, de fijarse a una tarea, de querer terminarla, ya no alcanzo.

Y hay algo más que aún no le he dicho. Después de mi entrada a Val-de-Grâce, me puse a darle a bebida.

JAM: ¿Cómo?

A: Al vino. Solo vino. Es el síntoma de una cierta desesperanza, de una incapacidad de vivir.

JAM: ¿Se hizo sacar de su trabajo? ¿No logró encontrar algo?

A: No me puse a buscar.

JAM: ¿Y las mujeres?

A: Es lo único que sigue teniendo sentido. Soy inteligente, pero me enamoro muy fácilmente. Desde que me cruzo con una mujer, le escribo. Usted sabe, como el poema de Aragón: “Chico de quién escribir…”. Es lo que me pasa.

JAM: ¿Y funciona?

A: No del todo. No estoy seguro de que tengo ganas de que funcione. No me siento capaz de tener una relación normal con una mujer, salvo con una mujer que me soporte. Me contento con el enamoramiento. Intento ser encantador.

JAM: ¿Ha estado casado?

A: Sí. Tengo hijos. Tuve una amiga, C., durante siete años. Me dejó. Se fue con mi mejor amigo. Es un poco mi culpa. Organicé todo eso. Estaba harto. Le dije a mi amigo: Tú te vas a ocupar de ella. Estaba traumatizado. Hablaba todo el tiempo de ellos en análisis. Y no había más que el silencio de muerte del analista.

JAM: Era de la vieja escuela. ¿Eso le ayudó?

A: El silencio no me ayudó.

Luego me cruzo con una secretaria magnífica, muy linda. Me digo: la necesito. Logro tenerla. Nos separaba todo: los intereses, la belleza, la edad. Algunos años después (tenía 29 años, ella 22), me dice: “Estoy esperando un hijo”. Quise tener ese hijo. Me dije: N. será una buena madre, logrará ocuparse bien de mis hijos; si flaqueo -ya lo preveía-, con ella no les faltará nada.

JAM: ¿Estaba interesado?

A: No por mí, por mis hijos.

JAM: ¿Los cuidó?

A:  Sí, hasta el momento en que se me soltaron los cables (el episodio en el Palacio del Elíseo). Entonces N. decidió divorciarse. Hoy en día, me digo que ella hizo bien en hacerlo. En ese momento fue muy doloroso. Se lo reprochaba terriblemente. Ahora, ya estoy mejor. La quise mucho, ciertamente muy mal.

JAM: Cuando ella partió…

A: Fue horrible. Yo era incapaz de trabajar. Le llamaba diez veces por día. Hacía lo contrario de lo que debía hacer.

JAM: ¿Tuvo sueños de ella?

A: Pocos. En ciertos momentos, los olvido. Tengo un hermano apasionado por los sueños: me dice que hay que anotarlos. En el último sueño que recuerdo, había caballos, estaba mi madre, una mudanza.

JAM: ¿Alguien se mudaba?

A: Sí.

JAM: ¿Dónde le conduce todo esto? ¿Qué le faltó en cierto momento?

A: Le voy a dar una respuesta boba: amor cuando era pequeño.

Es lo misterioso: por qué me rebelé cuando encontré a Mónica y a Martín.

JAM: ¿Mónica?

A: Era muy linda. Era una jovencita.

JAM: ¿La primera?

A: La primera un poco en serio.

JAM: ¿Usted la amó?

A: Sí.

JAM: ¿Qué tenía ella que no tuvieran las otras?

A: Belleza. N. y M. se parecían. Pensaba en la pregunta: ¿ahora a dónde vamos? Es el impase.

JAM: Usted se salió del sistema.

A: Sí. Quiero evitarlo. Lo detesto.

JAM: No está dispuesto a hacer esfuerzos. Se tambaleó. ¿Qué le falta? Aún no es claro.

A: Una mujer que ame y que me ame.

JAM: Es Verlaine.

A: Eso me daría un poco de fuerza para seguir adelante.

JAM: Es lo que usted encontró en Mónica.

A: Sí. Y también en C.

JAM: Y también en el padre de Mónica.

A: Era un hombre formidable, al contrario de mi padre. Era un libertario. Mi padre era un católico chapado a la antigua. Martín tenía un pensamiento libre, era la libertad.

JAM: ¿De qué frases de él se acuerda?

A: Me hace una pregunta difícil. Es más bien una actitud. Por ejemplo, enseñaba a su hija a conducir. Ella se cayó con el carro en un hueco. Si hubiera sido yo, mi padre hubiera dicho: “Eres un tarado”. Martín, en cambio, no dijo nada. No se cabreó. Hay otra historia, tal vez paradojal. Me hice sermonear una vez por Martín, el día de mi cumpleaños en Bourgogne. Había bebido mucho, estaba mal. Entonces, me sermoneó: “Tú vas demasiado lejos”. Sentí una especie de satisfacción al ser enderezado por un hombre. Mi padre seguramente trató de hacerlo.

JAM: Habría necesitado eso. ¿En qué circunstancia falleció?

A: Tuvo una crisis cardíaca a los 41 años. Hace 23 años. ¡El doctor me dijo que debía para de beber!

JAM: Eso está mal. ¿Cuánto?

A: No lo sé. Tres litros, o un litro, según mi libertad o semi-libertad en Val-de-Grâce. Es mucho.

JAM: ¿Dependería todo de un encuentro?

A: De todas formas, sería necesario un encuentro. Hay tantos quehaceres pendientes.

JAM: ¿En su cabeza las cosas son confusas o están en orden?

A: Confusas.

JAM: ¿Sobre qué?

A: Sobre mi futuro, beber, no beber.

JAM: ¿Beber es una satisfacción?

A: Beber vino tinto cara a cara con una mujer, o escribiendo a una mujer. Beber es el mejor momento del día.

JAM: ¿Desde cuándo la relación carnal le interesa menos?

A: Es el alcohol.

JAM: Sus intereses se relacionan con el alcohol.

A: No había pensado en eso.

JAM: ¿En qué pensó?

A: Estoy cansado.

JAM: Lo voy a dejar ir.

“Es un caso de escuela”

Es un caso de escuela. Todo está desplegado. La cosa está allí. ¡No es del todo que el Dr. V. lo formateó para nosotros esta mañana!

Es la psicosis tal como Lacan nos la enseño a detectar. Es asombroso. No forzamos nada. Lo dice él mismo: “Mi padre no es mi padre”. No podemos sino aprender.

A los 17 años, después de haber leído a Freud, lo que más le hizo mal -no es el único- es vivir una experiencia mística de tres días. Enseguida, diez años de análisis, para hablar de Mónica y de Martín. Y esa experiencia para él es algo inolvidable, constituye la referencia central de su existencia.

Es un personaje muy francés, del estilo de los años ’50, al estilo Gabin, con un aire de insolencia, un ligero acento parisino. Es el tipo mañoso, que se las sabe todas, al que no se lo tima. Es su mecánico, el plomero perfecto. Piensa que se quiere timar por todo lado, hasta en las altas esferas del Estado. Solamente, él, se hace el bueno en el Palacio del Elíseo para salvar a los cultivos proteicos franceses y denunciar los embustes. La amenaza que lanza entonces, a buen entendedor, hace enseguida retorno sobre él, y lo horroriza.

Dice: “Yo era Martín”, y en un sueño, se convierte en el cuerpo de Mónica. Aparte de eso, nada. La experiencia que vivió a los 17 años se queda como algo único, pero la psicosis está allí. Se lo pudo haber tomado como histérico a pesar de esa emergencia paranoica: tiene el gusto por lo femenino, está pegado a su padre, el analista lo escuchó durante diez años pensando que era un histérico, cuando su interés por su experiencia de tres días debió ser constante.

Tenemos aquí una forclusión clásica, con compensación por un padre de reemplazo, el Padre-Ersatz. En un primer momento, se sostiene, es brillante, a la francesa, ingeniero. Luego, es una continuación misteriosa de colapsos, de desencadenamientos sociales, que lo llevan a Val-de-Grâce, sino no habría estado lejos de ser un indigente. Es un caso que permite comprender muchas cosas: la forclusión está allí, el desencadenamiento también, pero no se trata de un gran delirio, solamente un extravío irresistible, puntuado por episodios delirantes muy relevantes, taponados por la transferencia y la medicación. Esto se presenta como una psicosis ordinaria, salvo que este caso no da lugar a ninguna duda diagnóstica.

El encuentra Un-Padre, pero éste, en un primer momento, le hace bien. Es un padre que es uno, un verdadero padre, que no llora. El desencadenamiento tiene lugar en la retroacción de la desaparición de este Un-Padre, y de la desaparición de su hija. El fenómeno de duelo tiene un desarrollo delirante, hasta el “re-nacimiento”. Describe muy bien el mecanismo freudiano: se identifica con el objeto perdido, a aquel que soportaba el Ideal del yo. Solamente que, esta identificación, él la vive, la siente, la experimenta como tal: “Yo soy él”. Esto nos aclara la historia del mundo. Se puede comparar esta experiencia con aquello del éxtasis de la Edad Media. Hoy en día, cuando un sujeto experimenta eso, se lo trata mediante entrevistas. Esa experiencia mística que lo subvirtió, evidentemente, se mantiene como algo vívido para él años más tarde, y por ende fue machacada en análisis durante diez años.

Sus padres: nunca tuvo el sentimiento de ser de esa familia. Un neurótico puede decir eso, pero entonces se cuenta pequeñas historias, una “novela familiar”, y no dice simplemente, de manera seca: “No soy de esa familia”. Y, Sobre todo, el encuentra su familia, su delirio familiar, entre Un-Padre y su hija. Luego viene el fallecimiento, el duelo, la identificación delirante, muerte del sujeto, renacimiento, renovación, momento megalomaníaco. En ese episodio sale a flote lo que llama “una inmensa necesidad de amor”. He ahí todo lo que queda de ese mundo sumergido: un sintagma fijado, un estereotipo, únicamente para expresar la nostalgia de esa experiencia inefable y perdida. Las palabras que le vinieron para describirla son aquellas de la belleza, felicidad, beatitud. Es una experiencia sobrenatural, de plenitud y de iluminación, sin falta. Después de todo, Lacan enfatiza que tres guiños de Beatriz habían sido suficientes para dar a Dante la idea de estar en contacto con Dios. Es la misma estructura formal aquí. Tal vez Dante se dice entonces: si me mantengo en este estado, ¡me convertiré en Dante Alighieri! ¡Y se convirtió en ello! Si estaba loco, ¡nadie se dio cuenta de ello!

Fue a ver al Padre-Presidente para salvar los cultivos proteicos. Se diría que se identificó con los cultivos proteicos. Fue a decir: “Hay algo podrido en la República francesa”. Hoy en día no evoca sin burla su paranoia, o el momento paranoico de su psicosis, mantiene una distancia en relación a ella, mientras que, en lo que concierne su experiencia mística, al contrario, se trata de algo serio, de respeto. Aún si esta afirmación, él lo sabe, puede hacer sonreír al otro, tiene su certeza: “Me habría convertido en Leonardo”.

Se fue algo cansado. En efecto, nos dio muchas cosas.

¿Cuál es la tonalidad de su vida actual? “La carne está triste”, no son las relaciones carnales las que le dan la experiencia del goce, sino la embriaguez. Es en la ebriedad que encuentra algo del goce de su experiencia mística. Es el mejor momento del día: “beber vino tinto con una mujer cara a cara”. Es el resto que es tragado, el analogon, la condensación y la parodia de la experiencia inolvidable.

“¿Cuál es para usted el mejor momento del día?”. He ahí una pregunta siempre importante, y un tema que habría que tratar.

Algo de lo inefable se mantiene para él, algo de lo adorable, en la manera en que Martín lo sermoneó el día en que se embriagó. ¿Sería necesario ahora buscar hacerle gozar sermoneándolo para alejarlo de la necesidad y “encuadrarlo”? Un lazo transferencial para haberlo sostenido durante muchos años. Espera aún, me dice, algo de un psicoanalista.


[1] J.-A. Miller. “Un cas d’école”, in L’essai. Revue clinique annuelle, No 3. Publicada por el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad Paris VIII, mayo de 2000.

Traducción por Patricio Moreno Parra.

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