Una Introducción a la Lectura del Seminario VI – por Jacques-Alain Miller – 2013-05-26

UNA INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DEL

SEMINARIO VI*

Por Jacques-Alain Miller

2013-05-26


He aquí un libro que, en la edición que acabo de adquirir, tiene seiscientas páginas y se divide en veinticuatro capítulos[1]. Este grosor hace que sea difícil de resumirlo, sobre todo porque todo su precio reside en los análisis de los detalles. Además, este libro, al igual que otros libros del Seminario, no es un tratado. No constituye la exposición de una concepción acabada. No es un texto cuyo fin sería contemporáneo del comienzo. Es un texto que demanda ser leído teniendo en cuenta su tejido temporal que es universitario. Hay, por lo tanto, de una lección a la siguiente, avances, correcciones, cambios de perspectiva que deben ser enfatizados, anotados, precisados cada vez. Y hay fórmulas de Lacan que a veces son afiladas, que parecen definitivas, y que ya no serán retomadas ya por él, ni en un Seminario ni en una escrito. Por lo tanto, se trata de saber, cada vez para quién lee, si lo que se lee es una pepita, un término que vale la pena enfatizar y difundir, en desarrollo o si, por el contrario, es dejado de lado, un resbalón que se corrige enseguida.

Y al hojear este Seminario de nuevo, esta vez en forma de libro, me di cuenta de a qué punto la pregunta podía plantear mediante numerosas frases, incluidas las palabras. Cuando Lacan define un término aquí o allá de una manera que seguirá siendo única, ¿debería acentuársela en nuestra reflexión? ¿Debe ésta ser retomada, porque allí habría revelado un aspecto poco conocido, o se trata de un resbalón, de una deriva que enseguida se corrige? Y el ejercicio de la lectura de un Seminario, para quien lo lee, para quien lo redacta -habiéndolo redactado, yo estoy también y de nuevo leyéndolo-, es saber que, de la primera vez a la siguiente, la perspectiva se transforma, se desplaza y que se hacen correcciones, a menudo tácitas.

El hilo de la fantasma fundamental

Entonces aquí, en esta masa de significantes, voy a tirar de un hilo, uno solo. Es un hilo que, al comienzo del Seminario, es muy delgado. Se pierde en una madeja, pero, a medida que avanza la elaboración, este hilo se espesa y finalmente se convierte en una cuerda que ya no puede ser ignorada. Este hilo es aquel del fantasma.

Este Seminario se titula El deseo y su Interpretación y es en efecto en la cuestión de la interpretación del deseo que éste toma su punto de partida y, a medida que avanza el Seminario, resulta ser diferente. Se transforma continuamente. Como se ve en las figuras topológicas, cambia de forma sin desgarrarse. Y, al final, ofrece una configuración significativamente diferente de lo que es al principio. No conocemos un libro así. En cualquier caso, en este momento, no veo ninguno comparable. Hay otros ejemplos de ello en el Seminario de Lacan, pero este libro sigue siendo de un tipo muy especial. Para ir rápido, yo diría que este Seminario contiene, elabora la primera lógica del fantasma que Lacan construyó.

Más tarde habrá el Seminario XIV que llevará este título “La lógica del fantasma”. Esta segunda lógica del fantasma, la verdadera si se quiere, será respaldada por este artículo estudiado por muchos, llamado “Posición del Inconsciente” y que Lacan comentó en su Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, a partir de la pareja de la alienación y la separación. En una nota en la edición de los Escritos, Lacan señala que este escrito “Posición del inconsciente” constituye el complemento y casi el reinicio de lo que había abierto con su texto inaugural “Función y campo de la palabra y el lenguaje”. Una vez me había preguntado sobre el valor eminente que Lacan dio a este texto, que fue redactado en el momento en que pronunciaba su seminario XI y cuyos comentarios incluyó en el curso de este Seminario.

El Seminario VI, como la primera lógica de la fantasma, permanece en el hilo de “Función y campo de la palabra y el lenguaje” y poco a poco se centra en la fórmula que Lacan da del fantasma: $ ◊ a. Podemos completar inmediatamente el vocablo fantasma con un adjetivo que aparece en su lugar esencialmente en el capítulo XX, página 403, el adjetivo “fundamental”. Esta expresión ya, cuando Lacan la pronuncia aquí, figuró bajo su pluma, especialmente en el escrito que precede exactamente al Seminario VI, a saber: “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Este informe se publicó en julio de 1958 y Lacan comenzó su Seminario VI en noviembre del mismo año. El Seminario VI amplía así el tema de “La dirección de la cura… ” y, en particular, su conclusión sobre la interpretación del deseo. Es en este hilo que se abre este Seminario VI. Lo que se afirma al final del escrito se problematiza al comienzo del Seminario que toma el relevo. Lacan concluye su artículo, reabre la pregunta y precisamente la desplaza. La expresión de fantasma fundamental, que ya aparece dos veces en “La dirección de la cura…” todavía no tiene la precisión que se encuentra en el Seminario VI. Me pareció merecer ser referida como el título del Capítulo XX.

En Lacan, el fantasma fundamental se dice sólo en singular -no se lo cambia en forma de fantasmas fundamentales; cuando aparece en su discurso, es usado para el singular. ¿En qué es fundamental? Es una pregunta que una vez nos planteamos en un cierto círculo y no disponíamos de un texto en ese momento que nos permitiera decidir sobre el valor dado a ese adjetivo. Creo que ahora podemos dar esta respuesta: el fantasma es fundamental en lo que tiene de mínimo, es decir, que se escribe con los dos términos de la fórmula y la relación de doble entrada que los une. Esta relación es bidireccional porque se puede leer en un sentido y en el otro. Se puede decir que se trata de una estructura mínima del fantasma en el sentido de que más tarde Lacan dará la estructura mínima de la cadena significante escribiendo: S1 – S2.

Está aún más justificado acercar estas dos estructuras mínimas que más tarde Lacan las reagrupará, las articulará en la fórmula del discurso del amo, punto de partida, esbozo del cuarteto de sus discursos. Incluso antes de la memorable escritura de este discurso del amo, ya encontramos, desde el Seminario XI, adjuntos estos dos pares de términos mínimos.

En esta misma página 434, Lacan presenta esta fórmula mínima como la verdadera forma de la pretendida relación de objeto, y allí no es un hápax, se dice no una sino varias durante este Seminario. La verdadera relación de objeto que fue el tema del Seminario IV se encuentra a nivel del fantasma. Esta es una aserción que no debe aceptarse como una cuestión obvia. Quiere decir, en el sentido de Lacan, que la relación del objeto no se sitúa al nivel de la pulsión. ¿Por qué? ¿Por qué, en esta fecha, no hay, estrictamente hablando, el objeto pulsional en Lacan? Es que, en este momento del desarrollo de Lacan, la pulsión tiene el estatus de una demanda, aún más imperativa porque es inconsciente. Como se demanda, no está unida a objetos, sino a significantes. A veces hay variaciones de Lacan en este punto, pero creo que puedo decir que la pulsión, en el Seminario VI, como en “La dirección de la cura… ” designa una relación inconsciente con el significante y no con el objeto. La relación con el objeto está al nivel, no de la pulsión, sino del deseo, y esto, a través del fantasma. Por lo tanto, en su grafo, Lacan hace de la pulsión el vocabulario, o más precisamente el código -es el término que utiliza en esa época- de la demanda inconsciente, escribe $ ◊ D, mientras que el fantasma se escribe $ ◊ a, a siendo el objeto.

En otras palabras -curiosamente para aquellos que siguen el curso de la enseñanza de Lacan y a veces han entrado a través de su última enseñanza-, con la pulsión tal como lo es cuando se la lee en el Seminario VI, uno no se sale del significante. Es sólo con el deseo que uno tiene una relación con el objeto a través del fantasma. En cierto modo, mientras Lacan admita objetos sino imaginarios, no habrá ningún objeto, estrictamente hablando, sino en el fantasma. No se da vuelta la hoja sino hasta el final del Seminario VI.

Al mismo tiempo que se da vuelta la hoja, Lacan deja de lado su grafo de dos pisos que supone esta brecha entre la pulsión y el fantasma. En tanto Lacan admita sólo objetos imaginarios, en tanto admita objetos siempre y cuando procedan del estadio del espejo, en tanto admita objetos sólo derivados de la imagen del otro, es decir, la imagen del propio cuerpo, el objeto es aquel del fantasma. Por lo tanto, la dificultad para aquellos que leerán el Seminario VI al haber sido formados por la enseñanza posterior de Lacan es ponerse en una posición de lectura y estudio que implique que este Seminario se elabora en la brecha entre la pulsión y el fantasma, e incluso en una brecha tan grande que el fantasma eclipsa la pulsión.

Es sólo al final que Lacan da una especie de giro con un movimiento brusco que se produce hacia el capítulo XXII. En el hilo, comenzamos a ver a la pulsión retomar sus derechos y ser evocado un estatuto del objeto que es real, del objeto como real. Y esto se mantendrá tan incierto que, incluso en su Seminario XIV, “La Lógica del Fantasma”, Lacan sorprenderá a su auditorio diciendo que el estatuto del objeto a, es un estatuto real. Esto ya está en estas pocas líneas del Seminario VI.

Esencialmente, este giro es tal que no fue grabado por el auditorio de Lacan y que él mismo no lo consolidó como su concepción del objeto, durante años, permaneció arraigado en lo imaginario y precisamente en la relación especular, en el estadio del espejo, en la relación del yo y el pequeño otro. Lo que se puede señalar de este giro no será desplegado y sancionado sino hasta años más tarde.

Entre fantasma y pulsión

Evidentemente, los llevo a otra época, es decir, a las bases mismas de los discursos que tenemos. No sé si estoy exagerando cuando digo que el término fantasma, que podría haber sido llamado en particular por muchas evocaciones clínicas que se hicieron en el coloquio que acabamos de celebrar, al contrario -se podría haber pensado- casi ha caído en desuso. Esto significa que no sólo debemos leer este Seminario como un testimonio de una época pasada, y que tal vez debamos encontrar primero algunos de los fundamentos de nuestro abordaje. Volveríamos a situar la precisión de nuestras evocaciones clínicas de hoy. Por ejemplo, en los debates que han tenido lugar sobre el género y las aspiraciones de los sujetos al cambio sobre los que Francisco Ansermet señaló correctamente que existe, en esencia, certeza, hay, si me permite decirlo, cincuenta matices de certeza -para retomar el título de una novela- y es cierto que, para precisar estos matices, referirse al fantasma sería de gran utilidad para la precisión de nuestras construcciones.

Es por un movimiento inverso en el que, más tarde, la pulsión recuperará su lugar y se adjuntará al fantasma, el objeto será reconocido como estando en el registro de lo real y que, en la última enseñanza de Lacan, fantasma y pulsión se fundirán en el sinthome como un modo de goce. En otras palabras, el ballet que esbozo entre fantasma y pulsión es de gran futuro en la enseñanza de Lacan, hasta el punto de que los dos términos se encontrarán entremezclados en su uso del término sinthome. Así que cuando uno se introduce a Lacan a través de su última enseñanza, se necesita un esfuerzo para acomodar la visión del Seminario VI y para poder ser enseñado por la perspectiva que ofrece sobre la experiencia del deseo.

La experiencia del deseo es un término que Lacan emplea en el Seminario VI. Para no dejarlo en segundo plano, voy a dar un primer ejemplo. Cuando el sujeto se ocupa de la opacidad del deseo del gran Otro y esta opacidad, su ilegibilidad, tiene el efecto de Hilflosigkeit freudiano, el desamparo del sujeto es entonces éste recurre al fantasma como una defensa. Esto se dice sólo una vez en el Seminario por Lacan, pero es algo que debe ser enfatizado. El sujeto utiliza al fantasma como defensa, es decir, se basa en los recursos del estadio del espejo que le ofrece toda una gama de posturas, desde el triunfo hasta la sumisión. Entonces, “el sujeto se defiende con su yo”, dice Lacan en la página 28. Es una experiencia que nos permite hablar del uso del fantasma que retomaremos enseguida. Debemos ver que esto está arraigado exactamente en este punto: el uso del fantasma como defensa frente a la opacidad del Otro, a esta experiencia nos permite hablar del uso del fantasma porque se utiliza en sí misma para remediar el desamparo. Lo que Lacan llama en este Seminario la experiencia del traumatismo está marcado por el uso del fantasma.

Christiane Alberti y Marie-Héléne Brousse dieron, en los documentos publicados para prepararse para las próximas Jornadas del ECF sobre el tema del traumatismo, las referencias al traumatismo en el Seminario VI -teniendo en aquel momento este Seminario en mi computadora, todos los capítulos juntos, sólo tuve que tipear en la computadora la palabra “traumatismo” o “trauma”, y pude comunicarles todas las ocurrencias. Por lo tanto, cabe esperar que desde ahora las Jornadas del ECF, los que participarán podrán leer el Seminario VI y no omitan, en estas Jornadas, en lo que se refiere al trauma, dar su lugar al uso del fantasma y, en particular, al uso del fantasma como defensa.

Me han dicho que los quinientos ejemplares, que habían sido traídas aquí ya que por el momento ninguna librería en Francia las tiene, ya han sido vendidas. Se puede esperar que el interés será mantenido por las construcciones de Lacan de épocas anteriores porque, finalmente, las nuevas construcciones de Lacan no anulan las antiguas, sino que las prolongan. Pero a veces las nuevas perspectivas borran los relieves que las viejas destacaron, y creo que, con respecto al fantasma, éste es el caso. Aunque el fantasma haya sido reactualizado por el Seminario XIV titulado “La lógica del fantasma”, es un término -nuestro actual coloquio es una evidencia al respecto- un poco caído en desuso que recuperará su dignidad después del estudio de este Seminario y, en todo caso, después del hilo que propongo.

Voy a relacionar este pasaje de la página 29 a otro en la página 100, donde Lacan aísla lo que él llama el “punto pánico” del sujeto. Allí, el término punto no es negación. El punto señala lo que normalmente se obtiene cortando dos líneas. Este punto de pánico del sujeto es aquel donde el sujeto se desvanece detrás de un significante. No debe entenderse por este desvanecimiento que el sujeto está identificado, sino que está algo borrado: este es el punto donde ya no puede decir nada de sí mismo, donde es reducido al silencio, y es cuando se aferra al objeto del deseo. La misma lógica del fantasma opera a nivel del inconsciente donde el sujeto no tiene la posibilidad de designarse a sí mismo, donde se enfrenta a la ausencia de su nombre de sujeto. Es entonces al fantasma a lo que recurre y es en su relación con el objeto del deseo que yace la verdad de su ser.

Lo que explora el Seminario VI es un campo poco explorado, que se encuentra más allá del significante y que es designado como el de fantasma. Se articula, dice Lacan, a partir de una conciliación entre lo simbólico y lo imaginario. Esta conciliación se evidenciada en la escritura en sí $ ◊ a. El objeto a viene de lo imaginario, se toma prestado desde el estadio del espejo, del espejismo de la relación especular, mientras que el sujeto barrado es el sujeto del significante, el sujeto de la palabra. Los dos elementos se reconcilian aquí. Se sabe que Lacan más tarde dará, en el Seminario IX sobre “La identificación”, una articulación topológica de esta añadidura de dos elementos heterogéneos. Pero se puede decir, por referencia a la enseñanza posterior de Lacan, que este campo del fantasma funciona como un real.

El fantasma del sueño

Este término de real va a imponerse gradualmente en la última parte del Seminario. Este es claramente el caso en la primera parte del Seminario VI, esencialmente consagrado al análisis del famoso sueño del padre muerto. Les recuerdo el texto de este sueño que Freud incluyó primeramente en su “Formulación sobre los dos principios” y que luego incorporó a La interpretación de los sueños. El padre aún vivo, está hablando con su hijo que es el soñador. El hijo tiene el doloroso sentimiento de que su padre ya está muerto, pero que el padre no sabe nada de ello. Lacan detalla, incluyendo en su grafo, cómo Freud trata el sueño por el significante y lo interpreta restituyendo las cláusulas que él estima que están elididas por el texto del sueño y en particular el famoso “según su deseo”.

Está el tratamiento de Freud de este sueño, que Lacan retoma, y el tratamiento de Lacan de ese sueño. Lacan esencialmente trata este sueño por el objeto y no por el significante. Y, tratando el sueño por el objeto, implica el fantasma en el sueño -lo verán en particular la página 70. Se plantea la pregunta: esta confrontación entre padre e hijo, esta escena estructurada, este escenario, ¿qué es? ¿Es un fantasma? Se plantean otras preguntas, pero una respuesta viene, dicha una vez por Lacan, que es efectivamente un fantasma. Aquí afirma que nos encontramos frente a un fantasma del sueño. Por lo tanto, Lacan es conducido, en la interpretación del sueño, no a realizar un análisis significante, sino a asumir la representación imaginaria que ofrece el sueño y a calificarla como fantasma, una categoría de fantasma que es el fantasma del sueño. Admite que un fantasma ha pasado al sueño. Esto tiene sentido, precisamente porque estamos a nivel de representaciones imaginarias, hasta el punto de que Lacan puede decir que este fantasma mantiene la misma estructura y significación en otro contexto, que ya no se trata de Verneinung sino Verwerfung, que ya no se trata de negación sino de forclusión, que ya no es un sueño sino una psicosis.

En otras palabras, aquí tenemos el comienzo de una gradación, de un matizar el fantasma donde tienen el fantasma del sueño, pero también tienen el fantasma de la psicosis. Mutatis mutandis, da de ello un ejemplo llamativo: será en la psicosis el sentimiento de estar con alguien que ya está muerto, pero que no lo sabe. Allí, la unidad de fantasma puede desplazarse del sueño a la psicosis. Incluso añade que, después de todo, se puede tener esto en la vida cotidiana cuando se frecuenta gente mortificada y se siente que ellos no lo saben, pero que ya están agotados -entonces se puede pensar que él tiene en mente a los que eran entonces sus adversarios en el psicoanálisis.

La conclusión de la interpretación freudiana es que este sueño es claramente un sueño edípico y que el último deseo de un sueño edípico es en relación con el padre, es el deseo de la castración del padre. ¡Para nada! Esta conclusión no es la de Lacan, ya que considera que el fantasma, concebido como la última respuesta al punto de pánico, va más allá del deseo edípico. Vemos que el Edipo todavía está en el campo del significante y que Lacan piensa que con el fantasma tocamos más allá de lo que es incluso el Edipo. Lo dice: el fantasma aquí va mucho más allá del deseo edípico. Van a leer esto en la página 109. Más esencial, más profundo que el sufrimiento del hijo, está su confrontación a imagen del padre como rival, como una fijación imaginaria. En otras palabras, la última interpretación apunta al fantasma, apunta a la presencia irreductible de la imagen. Esta función de resto es justamente el índice de lo real del que se ve afectada esta imagen. Siempre hay un punto de pánico en el sujeto, en la medida en que hay en la relación del sujeto al significante un impase esencial que hace -aquí, cito Lacan, página 119- que “no hay otro signo del sujeto que el signo de su abolición como sujeto” y por eso se aferra al objeto imaginario.

La segunda parte del Seminario VI está constituido por un sueño analizado por la psicoanalista inglesa Ella Sharpe. Encuentran allí una dialéctica entre el sueño y el fantasma. Recuerdo el episodio que precede al análisis del sueño y la comunicación del sueño al analista: el sujeto tiene la costumbre, desde hace algún tiempo, de toser antes de entrar en el gabinete del analista. Me refiero a las páginas 166-167. El sujeto informa de un fantasma que tenía y Lacan de hecho valida que es un fantasma. Lo que se trata de analizar, dice, es el fantasma, y sin comprenderlo, es decir, encontrando allí la estructura que revela. En el Capítulo X, Lacan lleva a cabo una evaluación metódica del fantasma y el sueño y, en las página 195, encuentra entre el fantasma y el sueño una estructura simétrica e inversa. Esta dialéctica del fantasma y el sueño es aún más apremiante porque, en la página 250, señala que se puede distinguir el nivel del fantasma y el del sueño. “También cabe decir que hay fantasma por los dos lados – los fantasmas del sueño y los del sueño diurno.” La expresión fantasma del sueño se encuentra allí por segunda vez en el Seminario, y esto es lo que los invito a encontrar en la lectura.

Esta dialéctica del sueño y del fantasma hace de los análisis de sueños que encontramos en este Seminario la especificidad que los desplaza bastante de aquellos que se encuentran, por ejemplo, en el Seminario V. La originalidad de estas interpretaciones de sueño es que implican al fantasma y esta singular categoría de fantasma que es la fantasma del sueño. Aquí se desprende un dinamismo de la categoría del fantasma: tan pronto como hay representación, hay fantasma y, en la misma línea, se podría decir que el sueño es un fantasma. Lacan irá aún más lejos, para decir que la realidad es fantasma. Esta categoría tiene un gran dinamismo y nuestro uso no explota su vitalidad conceptual propia, que es aquí bastante evidente. Tengan en cuenta, páginas 254-255, que la última palabra en la interpretación del sueño que Lacan propone recae sobre el sueño del paciente de Ella Sharpe. Ella analizó este sueño muy completamente, y Lacan lo sobreinterpretó. La sobreinterpretación lacaniana de este sueño es que es un fantasma, y es acerca del fantasma que termina esta parte.

El fantasma como una interpretación del deseo

Acerca de Hamlet, hay siete lecciones -que no voy a retomarlas. Está claro que en esta ocasión Lacan amplía el concepto del objeto a más allá del otro imaginario, que admite que toda una cadena, todo un escenario puede ser inscribirse en el fantasma, y al mismo tiempo reconoce el objeto como el elemento estructural de las perversiones, que se abre, página 348, sobre la distinción clínica de fantasía en neurosis y perversión.

El criterio que Lacan propone es el tiempo. El fantasma de la perversión está fuera de tiempo, digamos simplificando, y el fantasma de la neurosis está, por el contrario, sustentado por la relación del sujeto con el tiempo, el objeto que cobra en este caso de la significación de la hora de la verdad. Esto es lo que aparece en el conocido fenómeno de la procrastinación de Hamlet. En Hamlet, y a través de las lecciones de Hamlet, el fantasma se indica como el término de la pregunta del sujeto, como el lugar donde la pregunta del sujeto sobre su deseo encuentra su respuesta, es decir, como el nec plus ultra del deseo.

Y aquí es donde Lacan determina dónde, para él, se jugará el final del análisis cuando defina el pase. Hay una cierta paradoja de que, en nuestra clínica, el término fantasma ha sido borrado de alguna manera, mientras que al mismo tiempo nos apasiona cernir e identificar el final del análisis como si, por un clivaje, nos reservamos la cuestión del fantasma al final del análisis y que se la borraría del lado de la clínica. Este es el lugar donde para Lacan se jugará el final del análisis, cuando defina el pase como la solución al impase esencial del sujeto en su relación con el significante.

En Hamlet, también verán que el fantasma juega un papel esencial. Hay dos personajes que vienen a interpretar el papel del objeto a: el personaje esperado, Ofelia, objeto sublime del deseo, que luego se vuelve, por una oscilación, objeto desecho, pero también Laertes, su hermano. Lacan acentúa, puntúa, el momento en que este hermano, después de haber saltado a la tumba de su hermana, se une a Hamlet y se enfrenta aquí, como a su doble, a este personaje. En otras palabras, debemos releer las siete lecciones de Hamlet que están enmarcadas por estas dos emergencias esenciales del fantasma.

La última parte, que consta de ocho capítulos, nos permite comprender lo que llevó a Lacan aquí: explica, en el capítulo XX, que es el primero de la última parte, y trata de “El fantasma fundamental”, que es un límite de interpretación como él mismo había planteado en conclusión en su artículo sobre “La dirección de la cura… “, a saber, cito: “todo ejercicio de interpretación tiene un carácter de remisión de anhelo en anhelo.”[2] Tenemos una sucesión de deseos y eso es lo que ha quedado de los análisis, por ejemplo, el del sueño de la bella carnicera, etc. De ahí el efecto de renvío del deseo indefinidamente.

En el Seminario VI se retoma la cuestión de saber cómo interpretar el deseo si el deseo es esencialmente metónímico. Ahora, lo que se planteó en el escrito de “La dirección de la cura… ” en el que Lacan conectó su Seminario, de hecho, era que el deseo no tenía objeto propiamente hablando. El deseo, como lo constituye la quinta y última parte de este escrito, se define -es una cita- como “metonimia de la carencia de ser”[3]. Antes del Seminario VI, el deseo era precisamente planteado como absolutamente insustancial, pero como la repercusión de una falta. Es por eso por lo que Lacan había fijado esa imagen del San Juan de Leonardo, a menudo comentada, con el dedo levantado hacia otro lugar.

Esto nos detuvo en una definición de la interpretación: interpretar, es hacer signo hacia otro lugar, y por lo tanto la alusión sería el modo enunciativo privilegiado de la interpretación. Esto es precisamente lo que en el Seminario El deseo y su interpretación está hecho para impugnar y rebatir, planteando al contrario que el deseo implica una relación con el objeto a través del fantasma y que es posible interpretar el fantasma. Argumenta que el fantasma es en sí la interpretación del deseo, a condición de partir de la diacronía del deseo, de la sucesión, juntando todo en la sincronía, y ese es el valor de la fórmula $ ◊ D. Lacan propone esos dos registros, la diacronía y la sincronía. Está claro que privilegió el aspecto metonímico del deseo, pero lo completa con la sincronía que se articula en la relación del sujeto barrado y el objeto a.

El corte de lo real

Si los reenvío a la página 418, encontrarán la lógica del fantasma tal como está desplegada y articulada en este Seminario. En primer lugar, el sujeto se encuentra en el Otro un vacío articulado. Este vacío se define por la negación –no hay Otro del Otro– que desmiente una categoría que había sido creada en el Seminario V y deja al sujeto sin un marcador de nominación. En segundo lugar, el sujeto entonces trae del registro imaginario -es el uso, la instrumentación de lo imaginario- una parte de sí mismo comprometida en la relación especular con el pequeño otro. En tercer lugar, este objeto tiene una función de suplencia en relación con la carencia esencial del significante. Es entonces cuando Lacan se interesa en lo que es propiamente la estructura del sujeto y lo encuentra en el intervalo de la cadena significante, en el corte. El corte será básicamente la última palabra de este Seminario.

Pero lo que es y que debe crear una sorpresa para alguien que ha captado la coherencia de la construcción de Lacan hasta ahora es que en el capítulo XXII, cuando Lacan cuestiona de nuevo acerca del hombre-objeto que corresponde a un sujeto-corte, trae el objeto pregenital que ha estado, durante todo el Seminario, ausente del registro fantasmático, abandonado a la pulsión y considerado esencialmente como un significante. El objeto pregenital está aquí implicado en el fantasma como objeto de corte y es un giro sensacional que Lacan da a la orientación del Seminario, como si nada hubiera pasado. Descubrimos que este objeto a no sólo está arraigado en lo imaginario, sino que es tanto el seno, a partir del destete en tanto objeto de corte, como el excremento, que es expulsado y cortado del cuerpo, y Lacan añade la voz, especialmente la voz interrumpida, y todos los objetos de la estructura fálica que están implicados en la estructura de corte por mutilación y separación.

Sorprendentemente, con un efecto de corte en este caso, al final, en el capítulo XXII, vemos regresar a lo real, ya que Lacan plantea la pregunta: ¿qué son aquí estos objetos pregenitales que son los objetos del fantasma, si no son objetos reales? Y de repente, se toma una nueva orientación. Lacan señala que se trata de objetos reales que están estrechamente relacionados con la pulsión vital del sujeto. No va a volver a eso, pero ya es aquí donde se introduce la función del goce. Éste prepara cómo Lacan dará cuenta de la construcción de este Seminario dos años más tarde, cuando planteará que el je inconsciente está a nivel del goce.

A partir de ahí, Lacan estudia, con una precisión clínica que no tiene equivalente en ningún otro lugar, el fantasma perverso en el pasaje al acto del exhibicionista y del voyerista y lo compara con el fantasma en la neurosis. La última palabra del Seminario es el corte, que sería, dice Lacan, sin duda el modo de interpretación más eficaz, a condición de que no sea mecánico. También es el corte que hace la unión entre lo simbólico y lo real como, al comienzo del Seminario, fue el fantasma que era el encargado de hacer la unión entre lo simbólico y lo imaginario. Esto es para Lacan reconectar con el inicio de su enseñanza, con el Seminario consagrado al más allá del principio del placer y a la estructura de la cadena significante, de donde ya emergía que lo simbólico encuentra su fundamento en el corte.

Simultáneamente, el final del Seminario del deseo se abre sobre el de La ética del psicoanálisis, que partirá de la instancia de lo real. También será un Seminario que dará por sentado la unión entre fantasma y pulsión, condición para que pueda surgir, como tal, la instancia del goce.

Terminaré leyendo un pasaje del último capítulo del Seminario del deseo que consuena extrañamente con lo que se produce ante nuestros ojos este año, a saber, la reorganización de los conformismos, o incluso su estallido. Por eso no me pareció excesivo, al presentar este Seminario, escribir que, alejado en el tiempo por medio siglo, no obstante Lacan hablaba de nosotros hoy en día.

He aquí el extracto, página 534, que leeré para concluir esta presentación del Seminario VI en este contexto en el que pensé en hablar a los lectores de Lacan:

Si hay una experiencia que debería enseñarnos cuán problemáticas son esas normas sociales, cuánto hay que interrogarlas, qué lejos de su función de adaptación se encuentra su determinación, es la del analista. En esa experiencia del sujeto lógico que nos es propia, se nos revela una dimensión que siempre está latente, aunque también siempre presente, en toda relación intersubjetiva. Esa dimensión, la del deseo, tiene una relación de interacción, de intercambio, con todo lo que a partir de allí se cristaliza en la estructura social. Si sabemos tenerla en cuenta, debemos arribar, poco más o menos, a la siguiente concepción. Lo que designo mediante el término cultura – que aprecio poco, incluso nada- es cierta historia del sujeto en su relación con el lógos. Con certeza, esa instancia – la relación con el lógos– permaneció enmascarada a lo largo del tiempo, y en la época en que vivimos es difícil dejar de ver qué brecha representa, a qué distancia se sitúa, con respecto a cierta inercia social. Por esa razón el freudismo existe en nuestra época. Algo de lo que denominamos cultura pasa por la sociedad. De manera provisoria, podemos definir la relación entre ambas como una relación de entropía, en la medida en que lo que de la cultura pasa por la sociedad siempre incluye alguna función de desagregación. Lo que en la sociedad se presenta como cultura -y que a diversos títulos entró entonces en cierto número de condiciones estables, latentes también, que determinan los circuitos de los intercambios en el interior del rebaño- instaura en ella un movimiento, una dialéctica, que deja abierta la misma brecha que aquella en cuyo interior situamos la función del deseo. En este sentido, podemos plantear que lo que, en el nivel del sujeto lógico, se produce como perversión, refleja la protesta contra lo que el sujeto padece en el nivel de la identificación, en la medida en que ésta es la relación que instaura y ordena las normas de la estabilización social de las diferentes funciones. […] En síntesis, podríamos decir que algo se instaura como un circuito que gira entre, por un lado, el conformismo, o las formas socialmente adecuadas, de la llamada actividad cultural -aquí la expresión se torna excelente para definir todo lo que de la cultura se intercambia y se aliena en la sociedad- y, por otro lado, la perversión, en la medida en que en el nivel del sujeto lógico representa, mediante una serie de gradaciones, la protesta que, con respecto a la normalización, se eleva en la dimensión del deseo, dado que el deseo es relación del sujeto con su ser.

Allí, Lacan promete hablar más tarde sobre la sublimación y eso será La ética del psicoanálisis. Y Lacan concluye diciendo, página 536:

La sublimación se sitúa como tal en el nivel del sujeto lógico, donde se instaura y se despliega todo lo que en sentido estricto es trabajo creador dentro del orden del lógos. De allí vienen más o menos a insertarse en la sociedad, vienen más o menos a encontrar su lugar en el nivel social, las actividades culturales, con todas las incidencias y todos los riesgos que conllevan, y hasta la remodelación de los conformismos antes instaurados, e incluso su estallido.

Hoy es 26 de mayo, y París está en el proceso, lo verán al salir[4], de vivir en efecto la reorganización de los conformismos anteriores, su estallido, y esto es precisamente lo que Lacan nos anunció ya hace medio siglo.

Gracias.


*Esta intervención fue pronunciada el 26 de mayo de 2013, en ocasión de la publicación del Seminario VI, El deseo y su interpretación, de Jacques Lacan, en el cuadro del coloquio UFORCA-Universidad Jacques Lacan, “Le désir et la loi”, en la Maison de la Mutualité en París.

Traducido por Patricio Moreno Parra.

[1] J. Lacan. El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós, 2017.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro VI, op. cit., p. 398.

[3] J. Lacan. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, in Escritos, tomo 2. México: Siglo XXI, 2009, p. 593.

[4] Ese día tenía lugar una manifestación de opositores al proyecto de ley de matrimonio de personas del mismo sexo, llamado matrimonio para todos.

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