EL DESEO DEL ANALISTA
Por Jean-Luc Cacciali
2025/01/26
Desde que existen los psicoanalistas, su formación y reconocimiento han sido un problema. Con Lacan, en su expresión, el deseo del psicoanalista tendrá prioridad sobre todas las demás consideraciones, la didáctica se reduce a una retroacción. Pero ¿habría hecho acto Lacan con respecto al deseo del analista?
En el Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, evoca muy directamente esta cuestión del deseo del analista. Al principio y al final del seminario. Se pregunta desde el principio: ¿cuál debe ser el deseo del analista para que opere de manera correcta? Una pregunta necesaria porque la formación la hace. El análisis didáctico no puede servir para otro propósito que para este punto que designo en mi álgebra del deseo del analista.
Y, al final del mismo seminario, dice que el propósito de su enseñanza ha sido y sigue siendo formar analistas. La formación del psicoanalista requiere que sepa, en el proceso en el que conduce a su paciente, en torno a qué gira el movimiento. Este punto central es el que designo de una manera que, creo que ya a ustedes les parece suficientemente motivada, bajo el nombre del deseo del psicoanalista.
Sobre lo que se le debe transmitir, y en una experiencia, sabemos que tres años después, propondrá la experiencia del pase. El pase implica que hay del psicoanalista[1] y que hay algo posible que es del orden de la transmisión del psicoanálisis. Él se sentirá decepcionado, de ahí su expresión concisa: “No hay formación del psicoanalista, sólo hay formaciones del inconsciente.”
Y esto tiene consecuencias muy importantes en lo que respecta a la clínica. La clínica analítica es lo que se dice en un análisis y punto. ¿No es esto descartar toda nosografía?
Y en las últimas frases del Seminario XI, dice que el deseo del psicoanalista no es un deseo puro, sino que es un deseo de obtener la diferencia absoluta. La que interviene cuando, enfrentado al significante primordial, el sujeto se encuentra por primera vez en condiciones de someterse a él.
Por lo tanto, una casi definición del deseo del psicoanalista como un deseo de obtener la diferencia absoluta.
Introduce este deseo particular como respuesta a la creciente conceptualización de la noción de contratransferencia entre los analistas postfreudianos y, en particular, en el psicoanálisis inglés. Los afectos contratransferenciales deben ser utilizados como palanca para la interpretación analítica. Este se convierte en el punto de inflexión en torno al cual gira el análisis. En Francia, por ejemplo, Serge Lebovici puede decir que el análisis da lugar al ser del psicoanalista.
Lacan consideró que esto achaca la culpa al inconsciente mismo, en favor de una dinámica intersubjetiva, una especie de diálogo afectivo especulado donde la transferencia del paciente y su analista se responden mutuamente. Una relación, por supuesto, de reciprocidad imaginaria que anula la tercera posición del significante en el discurso. Insisto en este momento en que él comprende el peligro para el análisis, para la realización de la cura y para el análisis mismo, de la promoción a la IPA de la contratransferencia como operador de un psicoanálisis.
Entonces, ¿cómo abordar de nuevo esta cuestión del deseo del analista? Lo haremos de dos maneras. Si el analista cuando opera está ahí como sujeto, no sabe lo que quiere, es decir que en cierto modo, es como todos los demás, no sabe lo que desea. Por otro lado, sabe lo que quiere. Sabe lo que quiere porque le llega del otro, del pequeño otro, el que recibe y que viene a verlo para una pregunta sobre el síntoma. Y lo que puede querer es la resolución del síntoma. Pero lo que comprobará en la cura es que lo que hace el hueso de este síntoma y lo que hace que el sujeto se aferre a él es el punto fijo de la escritura de su fantasma. Y la situación singular con la que se enfrenta el psicoanalista, y que este punto fijo el analizante se aferra a él, porque, aunque mantenga el síntoma, renunciar a él sería correr el riesgo de la despersonalización.
Habría que preguntarse si este momento al final de la cura, en el que lo que el analizante ha venido a buscar en el análisis no ha sido respondido con la mayor exactitud posible, no pasa para el analista esta vez por este momento que Lacan llamó con ocasión del pase, una destitución subjetiva, no una despersonalización, sino un momento de depresión. Por lo tanto, podríamos decir que el analista sabe lo que quiere respondiendo a la demanda que le ha hecho el analizante.
En lo que concierne a su deseo. Para operar, hasta el final del análisis, debe prestarse a ser el representante del objeto pequeño (a), para representarlo y no ser este objeto. La famosa x del deseo del psicoanalista puede, por lo tanto, conducir a las preguntas clásicas de su deseo, de su fantasma y de su goce. El suyo cuando opera.
A este respecto, Melman se preguntaba si, en estas condiciones, el goce del psicoanalista no sería el que se haría oír en este lugar, es decir el del objeto, el goce masoquista de estar en la posición de objeto, el objeto de un golpe inaugural.
Pero, ¿sería esta nuestra fatalidad? Podemos acercarnos al deseo del analista de una manera muy diferente. Hay una segunda escritura propuesta por Lacan, que es la del nudo borromeo. Ya no es la escritura del fantasma, el soporte de un deseo. Para Melman, la escritura del nudo borromeo es el intento de Lacan de responder al fracaso del pase.
Lacan pudo decir que un deseo no es concebible sin su nudo borromeo. Con la escritura del nudo, la escritura del fantasma ya no se sostiene, el objeto que es la causa del deseo, ya no es el objeto causado por un golpe inaugural, se vincula a un estrechamiento de las tres dimensiones del lenguaje: real, simbólico, imaginario. El objeto que es la causa del deseo ya no es el efecto de un corte sino el efecto de una calzadura, que es muy diferente.
El nudo nos permite vislumbrar una posibilidad de constitución subjetiva que ya no es aquella permitida con el fantasma. Si esto es posible, él mismo no lo ha decidido, será en el seminario de El sinthome donde reabra la cuestión. ¿Pero la clínica actual nos anima a tomar en serio esta posibilidad? En cualquier caso, este es el trabajo actual de nuestro grupo.
Y esta nueva escritura tiene consecuencias para una posible nueva forma de concebir el deseo del psicoanalista. El deseo está en el centro de la práctica del psicoanálisis, pero al postular un deseo del analista, Lacan postularía un deseo diferente de todos los demás deseos. Un nuevo deseo, que ya no está orientado por el gran Otro, ni por la verdad. Una nueva función para la realización de la cura y su finalización. Un punto de inflexión en torno al cual gira el movimiento, para usar su expresión.
Si el deseo del analista ya no está sujeto al deseo del Otro, para el que se va a autorizar como psicoanalista, el acto es necesario porque no espera ya la autorización de una instancia en el Otro, ni su nominación, entonces no le queda sino la opción de autorizarse a sí mismo. Con el riesgo de pensar en el análisis terminado como una tentativa de forclusión de la instancia paterna, ya que no se trata sino de autorizarse a sí mismo.
Pero es con esta condición que puede autorizarse a ocupar el lugar del agente que es en el discurso analítico el del objeto pequeño a. Esto significa que cuando el analista opera en su función, no está allí como sujeto, ya que representa al objeto (a). Y, entonces, podemos decir que el deseo del analista no es el deseo de un sujeto, así como podemos decir que el saber inconsciente es un saber sin sujeto. No es el deseo de un sujeto lo que el fantasma sostendría, pero no es un deseo sin lógica. Es un operador, y a diferencia de la contratransferencia, cuando el analista opera en su función, no está allí como sujeto.
Sin embargo, alguien debe encarnar este deseo. El pasaje al analista produce una transformación, la de un sujeto animado por un fantasma y que desea pero, como todos, no sabe lo que desea, a un deseo que no es el deseo de un sujeto en el sentido de que es una función necesaria para que el análisis se haga y llegue a su término.
Para el analista, hay un desplazamiento de su propio deseo como sujeto hacia otro deseo que, en cierto modo, ya no es el suyo. La sustancia del analista no está hecha del Nombre-del-Padre, es decir, a partir de un uno, sino a partir del objeto pequeño a que está en función. Para ello, debe haber un saber del analista, el de saber ser un desecho, dice Lacan. Y hará de la figura del santo la figura del analista, pero el santo que no da caridad y no el de la aureola, sino el que hace el desecho. Y el deseo del analista lleva la marca de que este saber ser un desecho.
El analista se presta así a representar un objeto que no es especularizable y cuya irrupción en el campo de la realidad puede tener incluso efectos patológicos y que, por lo tanto, debemos escribir para poder tenerlo en cuenta. El deseo del analista no se refiere a un fantasma como otros deseos. Sin embargo, se refiere a un objeto a como los demás deseos, pero un objeto cuyo soporte es la letra y que es el efecto de una calzadura.
Vuelvo a la proposición de Lacan de que el deseo del analista es el deseo de obtener la diferencia absoluta. ¿Cómo podemos entenderla? Hay la diferencia significante. Es simbólica, pero también podríamos concebir que la diferencia absoluta sería real y ya no simbólica. El significante ya no remite a otro significante, sino a la letra, la letra como precipitación del significante. Una diferencia absoluta que se asemeja a lo simbólico y que es la marca de lo real. Volverá a esta noción de diferencia absoluta en El Sinthome en que no es la diferencia de los tres registros, sino que es común a los tres registros.
Una diferencia que podemos abordar a partir de la separación que hace Lacan entre lo dicho y el decir. Para que un dicho sea verdadero, hay que decirlo, es decir, tiene que haber un dicho cuyo lugar sea lo real. La apuesta del inconsciente es que el habla nos da para oír, la verdad de un enunciado es su real, lo real de un decir. Un decir que no se dice, sino que se da para ser escuchado.
Lo simbólico habla, pero miente porque la palabra es engañosa. Lo real dice la verdad, pero no habla. Se recusa de cualquier nominación, solo puede llegar a sí mismo con la letra
El deseo del analista apunta al decir que está en lo real, pero no para que pueda hablar, para que se escriba. Para que el decir se escriba en la palabra.
Apunta a la escritura del decir, es decir, a reintroducir la letra en la palabra, la letra que la palabra da para ser escuchada. Lo real está soportado, constituido por un agujero, ¿y este agujero es el de la letra en la medida en que falta o en la medida en que es abusiva?
Un análisis lacaniano dirige la cura desde la relación del sujeto con lo real, es decir, que no es sólo una experiencia de subjetivación, es decir, de simbolización de lo real, sino que apunta al núcleo mismo de lo real. La orientación por lo real es necesaria para que la experiencia de subjetivación no sea una infinitud, sino que pueda concluirse en uno, no es eso, ya que, en el lugar del objeto de deseo, hay un agujero. Es decir, un lugar vacío y que todo el mundo tiene que arreglárselas con él.
La sesión de análisis no es una sesión de escucha, sino una sesión de lectura. Leer el decir que está escrito, pero también que se puede escribir en el decir de una manera inédita. Lo que ya está ahí y lo que no tiene precedentes. La clínica ya no es la de la nosografía, sino la de la temporalidad.
Es decir, un deseo que no es sin incluir lo imposible, pero que implica otra dimensión más que el fantasma para ser su soporte.
Lacan pudo decir que nada puede ser apretado adecuadamente excepto a partir de la posición del sujeto. El deseo del analista sólo se demuestra en retroacción, de su efecto, es entonces de la efectuación del acto analítico, es decir, como en todo acto, ya no es el mismo sujeto después del acto. El acto analítico permite decir que el deseo del analista ha operado. El acto analítico no necesita ser pensado para ser un acto, es un decir. El deseo del analista y el acto analítico se articulan en el decir.
El nudo borromeo permite concebir la constitución en la cura de un sujeto engendrado por el lenguaje, un sujeto que ya no sería el mismo que antes del acto analítico, un sujeto que ya no estaría necesariamente suspendido en un golpe inaugural. Un sujeto que ya no sería el efecto de un corte, sino el efecto de una calzadura. Es decir, la posibilidad de la constitución de un sujeto, siempre falto de ser, pero que es también sujeto de lo real del goce.
¿Cuál es, entonces, la implicación del goce en la cura cuando (a) es el efecto de una calzadura y no de un corte? El habla es un modo específico de goce y esto tiene repercusiones en la cura en sí. La cuestión se convierte entonces en su límite. De ahí la importancia de las sesiones de duración variable y más bien cortas para cortar el goce del habla, en el goce del blablablá. El tiempo ya no es el del reloj, donde el goce estaría regulado por la conciencia de la duración del analizante.
Y luego está la presencia del cuerpo, la del analizante y la del analista, ya que el goce pasa siempre por el cuerpo. El analista en su presencia y su silencio limita su propio goce. El silencio del analista es un decir mudo. El deseo del analista y el acto analítico tienen en común el decir.
* Caccaili J.-L., Le désir de l’analyste – Association Lacanienne Internationale
Psicoanaista de la Asociación Lacaniana Internacional.
[1] N.d.t.: il a du psychanalyste en el original.
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