El Transexualismo Objeta al Transgenerismo – por Jean-Claude Maleval – 2021-05-21

EL TRANSEXUALISMO OBJETA

AL TRANSGENERISMO

Por Jean-Claude Maleval

2021-05-21


Cécile Favreau: Acogemos esta noche a Jean-Claude Maleval por tercera vez en los Seminarios de Intercambio en el cuadro del Ciclo de Conferencias. El hilo conductor de estos seminarios de intercambio es explorar los giros conceptuales a los cuales nos tenemos que vérnoslas hoy en día. Y el ciclo de conferencias de Jean-Claude Maleval apunta más específicamente en explorar esas reorganizaciones conceptuales en la clínica. Para recordar, en marzo del 2020 la primera conferencia nos introdujo en la clínica de la psicosis ordinaria; la segunda conferencia fue en febrero del 2021, acerca del abordaje psicoanalítico del borde autístico; y esta noche, con la tercera y última conferencia, Jean-Claude Maleval aborda el tema actual de la disforia de género, la cuestión trans. Y nos propone un título para este abordaje: Transexualismo binario no es disforia de género. Paso la palabra a André Soueix.

André Soueix: Gracias. Comienza siempre por un malentendido. Yo no tengo el mismo título. ¿Tú tampoco, Jean-Claude?

Jean-Claude Maleval: Tenía un premier título que modifiqué. Bueno, entonces, los dos están bien.

Cécile Favreau: Disculpas, me enredé con eso. Disculpas, Jean-Claude.

André Soueix: En febrero fue nuestro último encuentro. Desde entonces, en cuanto al tema que nos ocupa, el transexualismo, muchas cosas han pasado. Jacques-Alain Miller nos despertó con un poco de ironía señalando que la crisis trans está encima de nosotros. Luego, tuvimos una cadena de televisión donde muchas intervenciones pertinentes como la suya han dado lugar al debate. Entonces, esta noche en título El transexualismo objeta al transgenerismo hay una tesis. Vamos a escucharte y después con nuestros camaradas vamos a discutirlo. Adelante.

Jean-Claude Maleval: Gracias por esta tercera invitación. Entonces, el segundo título que di es El transexualismo objeta al transgenerismo.

Más que cualquier conducta humana, el transexualismo pone de relieve una desconexión entre la sexuación psíquica y el cuerpo biológico, de ahí la recepción inicialmente benévola dada a los transexuales por la teoría del género, cuyas bases fueron planteadas en 1990 por Judith Butler en Gender Trouble. Al promover el género como “una elección voluntaria y cotidiana”[1], invita a una despatologización de la transidentidad, de modo que el fenómeno transexual, que surgió anteriormente, se integra fácilmente en la militancia crítica de los defensores de una deconstrucción social del género. Sin embargo, poco a poco se está haciendo evidente que la integración no está funcionando bien. Los transexuales siguen estando fuertemente apegados a una concepción binaria del sexo arraigada en la biología, mientras que las personas transgénero se esfuerzan por implementar la fluidez de los géneros socialmente construidos. Estos últimos denuncian que el concepto de sexo sirve de base naturalizada a las estrategias patriarcales de dominación. Su práctica de la variación de género, concebida como una empresa política de subversión, no puede estar limitada por una concepción esencialista del sexo.

Los debates pueden ser vehementes entre transexuales y transgénero. Estos últimos consideran que los transexuales no han asimilado lo que las intersexuales nos enseñan, a saber, que en última instancia el sexo en sí mismo es una construcción social. De ahí la observación de Paul B. Preciado de que la diferencia entre “cuerpos biogénero” y “cuerpos transgénero” parece por el momento “abisal y dramática”. Sin embargo, según él, es “más político que somático”, por lo que cree que puede predecir que “quedará obsoleto en los próximos siglos”[2], es decir, cuando la teoría del género hará consenso. Esta no es la opinión de una transexual reivindicada como Marie Édith Cypris. Ella objeta que la identidad multigénero no es sino una “binariedad caricaturizada”[3], las variaciones de género se reducen según ella a lo masculino-femenino sacudido en una coctelera.

Los activistas queer están en camino de hacer adoptar el punto de vista de P.B. Preciado que apunta a hacer del transexualismo una noción obsoleta. Este enfoque está respaldado por el DSM-5 que decide fusionar el transexualismo en la disforia de género. El Manual todavía menciona rápidamente una vaga diferencia en los grados entre transgénero y transexual, pero se trata más un recordatorio histórico que de una tentativa de diferenciarlos. Todo el mundo está de acuerdo en que la desaparición de la transexualidad está programada.

La hipercrítica de la teoría de género no exceptúa al psicoanálisis, acusado de apoyar la concepción dominante de la binaridad sexual biológica. Sin embargo, no solo comparte el constructivismo de la teoría de género en lo que concierne a la diferencia masculino-femenino, sino que procedió mucho antes que él a una desnaturalización de la sexuación. En su conferencia de 1932 sobre “La feminidad”, Freud invita a familiarizarse ” la idea de que la proporción en que lo masculino y lo femenino se mezclan en el individuo sufre oscilaciones muy notables”[4]. Sin embargo, permanece parcialmente apegado a la noción, formulada previamente, según la cual “la anatomía es el destino”[5]. Lacan la recusa explícitamente: “anatomía”, dice, “que Freud se equivoca cuando dice sin otra precisión que es el destino”[6]. Señala que cuando Freud busca en el psiquismo mediante qué el sujeto puede situarse como macho o hembra, sólo discierne equivalentes, actividad y pasividad, “para metaforizar lo que sigue siendo insondable en la diferencia sexual”[7]. Regresó a este punto muchas veces en su enseñanza. Se burla de “todos los que creen que el hombre y la mujer existen”, especificando: “es imposible dar sentido, me refiero a un significado analítico, a los términos de masculino y femenino”[8]. Él insiste en que “lo que he denominado los hombres, las mujeres […], nada quiere decir como realidad prediscursiva. Los hombres, las mujeres y los niños no son más que significantes”[9]. No omite que “el ser del cuerpo, ciertamente, es sexuado”[10], pero cuando se trata de estudiar la sexuación del parlêtre considera que esto es “secundario”, porque ésta resulta en primer lugar de hechos del habla, a los que los órganos deben (o no) ajustarse.

En resumen, el binarismo esencialista de lo transexual se basa sin duda en un señuelo. Sin embargo, no se puede desconocer que su discurso y sus sentimientos lo distinguen radicalmente de las personas transgénero. “El verdadero transexual”, dice Jacques-Alain Miller, “no se hace burdamente. El fluid gender, muy poco para él. Es a la diferencia entre los sexos que él cree tan duro como el hierro, y a los estereotipos de género inmóviles que, a sus ojos, van con él. Pide en la parte superior de sus pulmones que vaya al otro lado, que modifique sus características sexuales secundarias, incluso primarias, y no duda en movilizar al Mister Bistouri y a Milady Hormone para este propósito”. De allí, J.-A. Miller considera que el transexual es “un verdadero obstáculo epistemológico” para los defensores de la teoría de género “ya que nadie cree más en la diferencia sexual que un verdadero transexual.”[11]

La disforia de género un comodín sobrediagnosticado

La existencia de este “verdadero” transexual es fácilmente discutida por aquellos que quieren convertirlo en un precursor de la fluidez del género. A menudo se afirma que es sólo una forma extrema de este último. Sin embargo, el propio enfoque conductual del DSM-5 discierne una dificultad: nos incita a no confundir la disforia de género con la “no conformidad con los roles de género”. Se requiere un “sufrimiento” psíquico para identificar a la primera. “La disforia de género”, dice el Manual, “debe distinguirse de la mera no-conformidad con los estereotipos conductuales de género por la presencia de un fuerte deseo de ser de un sexo distinto del atribuido y por la amplitud y omnipresencia de las actividades e intereses relacionados con las diferencias de género. El diagnóstico [de disforia de género] no está destinado a describir simplemente la no-conformidad con los estereotipos de los comportamientos de los roles ligados al género (por ejemplo, “marimachas” en las niñas; comportamiento “afeminado” en los niños; travestismo ocasional en los hombres adultos). Dada la mayor apertura de las expresiones de género atípicas en toda la gama del espectro transgénero, es importante que el diagnóstico clínico se limite a las personas que presentan el sufrimiento y la discapacidad especificadas en los criterios de diagnóstico”[12]. En resumen, la disforia de género del DSM-5 se caracteriza esencialmente por un sufrimiento clínico significativo y duradero causado por una no-congruencia entre el sexo expresado y el sexo asignado inicialmente. Conviene distinguirlo de la inconformidad ligada al género, la cual no sería un sufrimiento mental, sino una rareza, o incluso una elección política. Es de tan poco interés para el clínico que rápidamente olvida su existencia. Sin embargo, en la práctica, la mera demanda a la medicina es suficiente para ocupar el lugar de lo “clínicamente significativo”, cuyo umbral de apreciación se deja al sentimiento de cada uno. La presión que experimentan con frecuencia los empleados de las Gender Identity Clinics los incita a no ser demasiado exigentes acerca de este umbral. De hecho, la distinción pertinente hecha en el DSM-5 no tiene ninguna importancia práctica, es suficiente que la demanda de fluidez del tipo pase a través de la medicina, en primer lugar, a través de la prescripción de hormonas, para que se registre un sufrimiento duradero. En un campo donde el autodiagnóstico se ha convertido en regla, ponerlo en duda regularmente choca con fuertes reacciones. Impugnarlo invocando el párrafo sobre la inconformidad de género es exponerse a la acusación final de “transfobia”. La disforia de género se convierte entonces en un comodín heterogéneo y sobrediagnosticado.

El intento del DSM-5 de limitar la disforia de género a aquellos que experimentan sufrimientos “significativos” está demostrando ser un fracaso. Sin embargo, es en esta dirección que un transexual se involucra cuando trata de diferenciar su vivencia de la de las personas transgénero. “Difícilmente puedo concebir”, afirma ella, “que uno pueda desearse un proceso tan doloroso y antinatural, declarándose saludable a nivel psíquico”. “En el transexualismo “, continúa, “hay una condición patológica que lleva a esta petición de cambiar de sexo que está claramente identificada: el sufrimiento”. Según ella, nada que ver con el proceso “en principio puramente voluntario” de las personas transgénero que “no conocen ningún requerimiento mental comparable al de los transexuales”. Por ello, propone seguir utilizando el término “transexuales” para las pacientes que se consideran a sí mismos con transexualidad y que experimentan este estado como una patología, y reservar el término “transgénero” para aquellas que no se consideran bajo los efectos de una psicopatología, y postulan en su mayor parte a la adquisición de un género híbrido.

Sería un error suponer a este respecto que la cirugía puede ser una línea divisoria. Es común que los hombres transgénero que se masculinizan recurran a la mastectomía. Es ciertamente más raro que vayan tan lejos como a intervenciones en los órganos genitales, pero esto no se excluye.

Especificidad clínica del transexualismo

¿Cómo distinguir por tanto el transexualismo y el transgenerismo? ¿Cómo aclarar la intuición expresada por el Sr. É. Cypris según la cual “ciertas motivaciones que dan lugar a vocaciones voluntarias de identidad sexual híbrida ciertamente no están relacionadas con el estado de necesidad vital que sienten los transexuales”[13]?

Parece que se presta demasiada atención al proceso transidentitario como factor común. Más bien, es más conveniente discernir que el punto de partida del sufrimiento no es idéntico: el transexual rechaza una imagen que lo horroriza. Al no vivir en ella, expresa un déficit de identidad. Además, una certeza sobre el tratamiento posible de su dolor severo se le impone. Por otro lado, el transgénero quiere mejorar una imagen que él asume, no se queja de su base de identidad, y tiene el sentimiento de dominar un proceso que lo conduce a variar voluntariamente su género.

Lacan consideraba que el psicótico tenía el objeto a en la bolsa[14]. Este no es el caso del transexual, por otro lado, este parece tener el objeto a pegado a su imagen. Regularmente lo describe como un horror: asqueroso, insalubre, bestial, inhumano, con un pedazo de farsante entre las piernas, etc. Sabemos que esta experiencia resulta ser si angustiante que puede causar automutilaciones. La serenidad con la que los transexuales entregan sus cuerpos a la cirugía es bastante notable e indicativa del alivio esperado. El intenso dolor psíquico que despierta su imagen evoca una especie de proceso melancólico ligado al horror de la misma. “El cuerpo de hombre”, dice uno, “me repugna tanto que extrañamente está presente aún más odiosamente cuando lo ‘disfrazo’ como una mujer”. A veces es sólo un cuerpo que “no encaja”, que deja “perplejo”, que enmascara “el ser en toda su pureza”. Se le asocia regularmente con lo que el Sr. E. Cypris llama “una descompensación persistente de la identidad de sexual”[15]. La imagen del transexual, desprovista de brillo fálica, no está investida, de manera que le da la sensación de falta de identidad. “No tenía una identidad sexual”, afirma Sylviane Dullak, “y ninguna identidad en absoluto”[16], mientras que después de su reasignación, señala: “‘Yo soy’, mientras que antes mi definición era similar a lo impersonal”[17]. “En realidad estaba privada de identidad”, dice Jan Morris, “atrofiada, mi hombría no tenía sentido”[18]. Tal posición subjetiva suele ir acompañada de una vida sexual bastante pobre. “Sentía que mi cuerpo no era realmente mío”, dice Morris, “y eso me incitaba a buscar placeres que no dependían ni del pene ni de la vagina”[19]. La dinámica de la transfeminización en el transexual parece ser similar a la observación de Lacan según la cual “debido a no poder ser el falo del que carece la madre”, sigue siendo para algunos sujetos “la solución de ser la mujer de la que falta a los hombres”[20]. La imagen del cuerpo no solo es inútil, incluso repugnante, sino que es una coraza que enmascara “la pureza del ser” o que dificulta el advenimiento de “su yo puro, verdaderamente íntimo”.

Por lo tanto, uno podría verse tentado a discernir en el rechazo de la imagen del cuerpo el principio inicial y principal del proceso transexual. Sin embargo, tal vez sería demasiado precipitado, ahora es inseparable de una intuición de la solución propia al malestar, por lo que parece vano favorecer a uno u otro. «Mi autodiagnóstico” dice el Sr. É. Cypris con finura, “fue motivado en su mayor parte por lo que lleva al rojo vivo la necesidad imperiosa de cambiar de sexo: la detestación de ser un hombre y el deseo de ser una mujer, a la imagen del diseño simétrico pero indivisible del logotipo del yin y el yang. Estos dos sentimientos no sólo eran de profundo poder, sino que también parecían tenerlo por igual; sus efectos combinados establecen una fiebre ardiente, una náusea de sí mismo, generalizada y continua”[21]. El Sr. Cypris nació pocos años después de la metamorfosis de Christine Jorgensen, quien hizo saber al mundo que los avances en la medicina ahora hacían posible considerar el cambio de sexo. Pero para quien nació en 1915, como Jeanne Nolais, en su infancia la transexualización ni siquiera era concebible, y fue entonces solamente el odio a su sexo resultaba ser el tormento prevalente: “No podía saber: esta cosa enorme e inimaginable, querer otro sexo, ni siquiera conocía la posibilidad de ello, así que no podía imaginarlo. Me contentaba con rechazar mi sexo, con todas mis fuerzas y de todas las maneras posibles”[22].

El transexual moderno ha integrado la existencia de una solución al rechazo de su imagen, de modo que el odio a ser hombre y el deseo de ser mujer se han convertido, en palabras del señor É. Cypris, como el logotipo indisociable del yin y el yang. Probablemente no siempre ha sido así. Hoy en día los dos sentimientos combinados dan lugar a un requerimiento mental, que se presenta como un imperativo anclado en la anatomía y que toma la forma de una certeza irreprimible de la que el sujeto no tiene la sensación de estar en la iniciativa. “Proclamo”, dice J. Morris, “mi inocencia e irresponsabilidad en el error que se me impuso al nacer”[23]. La elección del transexual no está atravesada por la duda. “De todos nuestros compañeros de la desgracia”, dice Morris, “somos los más decididos. Nada nos detiene, ni el miedo al ridículo, ni el de la pobreza, ni la amenaza del aislamiento, ni siquiera la perspectiva de la muerte […] si me encarcelan de nuevo en esta jaula, nada me distraería de mi objetivo, por aterradores que sean las perspectivas futuras, por muy desesperado que sea lo que esté en juego. Buscaría cirujanos en toda la tierra, compraría barberos o abortistas, tomaría un cuchillo y lo haría yo mismo, sin miedo, sin asco, sin segundas intenciones.[24]

Diversidad de los transgénero

Centrémonos ahora en la experiencia de dos de las personas transgénero más características, ya que están tratando de impulsar el enfoque transgenérico hasta sus límites actuales. Uno, P.B. Preciado, se abstiene de cualquier dirección a la medicina para asumir lógicamente su proyecto político voluntario; el otro, Thomas Beatie, por la llegada de “el hombre encinta” que logra una androginia lograda. A pesar de su cambio de estado civil, ninguno de los dos es etiquetado como “transexual”, no son defensores de la concepción binaria del sexo, sino que trabajan para hacerlo más fluido.

P.B. Preciado busca “hacer visible la belleza de la androginia”[25], de manera que no rechaza su imagen, todo lo contrario: la cultiva. «Ocupo alternativamente dos extremos del género”, explica. “Por un lado, mis prácticas de masculinización intencional, gimnasia somatopolítica ejercida contra la educación recibida, contra los programas de género que dominan la representación, a veces incluso contra mi propio deseo; por otro, los cuidados femeninos del cuerpo: peluquería, manicura, peeling, masaje, pedicura, depilación”[26]. Su proyecto, afirma, no es transformarse en un hombre, ni transexualizarse, si toma testosterona, sin pasar por un pedido a la medicina, es por “arrogancia política”[27] y para traicionar lo que la sociedad ha querido hacer con él. P.B. Preciado nunca tuvo la sensación de que su identidad sexual estaba desprovista de brillo fálica: por el contrario, se refiere a una “carrera sexual de conquistador sin pija”[28], iniciada desde su más tierna infancia. La voluntad de variar su género, su reivindicación de un “virtuosismo de género”[29] no se basan en un mandato mental al que le hubiera resultado difícil resistirse: afirma altamente que se trata de un enfoque político voluntario y no de una cuestión vital basada en un sufrimiento intenso. Su sexo de asignación no le convenía, debido a su fijeza, pero no lo horrorizaba: “Siempre he sido un cuerpo andrógino”[30]. Su imagen es asumida: no la siente inicialmente como extranjera, sino más bien como algo que necesita ser mejorada. Todas estas características propias de oponerse punto por punto al transexual y al transgénero se encuentran en T. Beatie.

Se lo conoce por convertirse en 2008 en el primer hombre en dar legal y públicamente a luz a un niño. No fue el primer transgénero en dar a luz, pero fue el primero en publicitar su acto y querer que se le reconociera legalmente. T. Beatie considera que ha desafiado “la más inmutable de todas las obviedades sobre el género”[31], a saber, que es una mujer la que da a luz a un hijo y da vida al mundo. Según ella, “tener un hijo no es un deseo masculino ni femenino, es un deseo humano”.[32]

No fue el rechazo de una imagen corporal angustiante lo que motivó su cambio de sexo, sino la voluntad de hacerse “una vida mejor” y el “sentimiento de estar más cómoda en [su] piel como hombre que como mujer”[33]. Como P.B. Preciado, T. Beatie era una marimacha[34] para quien su imagen no era ni extraña ni horrible. La había adoptado y se sentía capaz de mejorarlo. Incluso antes de tomar hormonas, había trabajado para cultivarla convirtiéndose en un excelente karateka. “La verdad”, dice, “es que tenía exactamente el cuerpo que necesitaba para vivir. Era un buen cuerpo, delgado y fornido, fuerte y duradero. No me molestaban las rodillas desolladas, los codos rascados, los dedos de los pies aplastados, incluso los brazos rotos”[35]. Después de su mastectomía, dice que no necesita ninguna otra operación quirúrgica para sentirse hombre porque ya tiene todo lo que necesita para “ser feliz con su cuerpo”[36]. T. Beatie no experimenta un déficit de identidad. Su imagen corporal no le impide sentirse como un hombre. “Nunca pensé que nací en el cuerpo equivocado”, afirma, “y nunca quise ser otra persona. Estaba feliz de ser yo, porque sabía quién era yo por dentro. Nunca me he confundido acerca de mi identidad de género – siempre supe, mucho antes de que pudiera expresarlo, que yo era realmente un hombre”[37]. Subrayemos que el cuerpo de T. Beatie no es “malo”, en lo que difiere claramente de aquel del transexual. A pesar de sus imperfecciones, lo aprecia. No busca de ninguna manera destruir su imagen: al contrario, se esfuerza por perfeccionarla.

Muchos transexuales afirman estar atrapados en el cuerpo equivocado debido a un error de la naturaleza. No es así como se sienten las personas transgénero: para Kate Bornstein, que aboga por un “Gender Outlaw“, tal expresión sólo puede ser una “metáfora desafortunada”[38] y no un reflejo auténtico de los sentimientos transgénero. La causa de la transidentidad radica en la biología para algunos, en lo social para otros.

T. Beatie no menciona ni un dolor intenso, ni un mandato irreprimible al principio de su proceso. “Hacer estos cambios”, dice, “no significaba que estuviera infeliz o confundido antes de hacerlos. Más bien, eran formas prácticas de fortalecer la imagen de mí mismo y facilitar la adaptación en un mundo que define estrictamente el género”[39]. Algo relacionado estaba la confidencia, que seguía siendo memorable para mí, que un sujeto transgénero me dio, después de su masculinización, y dijo que había estado motivado por la voluntad de “ascender de rango”. Esta afirmación ciertamente no es compatible con los ideales de la teoría de género derivados de las luchas feministas. Sin embargo, matizaba su declaración políticamente muy incorrecta al señalar que estaba “un poco decepcionado.”

El accionar de T. Beatie se ancla menos en el sufrimiento que en la voluntad de enfatizar que el embarazo puede disociarse de las identidades de género y del sexo. “No dejé que el embarazo definiera quién era”, dice. No dije: “Estoy embarazada, así que soy una mujer”. Tuve una sólida identidad de género masculino a lo largo de todo esto y eso demuestra simplemente que madre y padre son términos sociales. No es necesario tener un lazo biológico con un hijo para ser madre o padre”[40]. En resumen, ha logrado una puesta en acto lograda de las consecuencias de la teoría de género.

La identificación masculina “sólida” de T. Beatie y P.B. Preciado es oponible a la identificación afirmada ciertamente, pero obstaculizada, de la cual hacen referencia los transexuales. El robusto atuendo fálico de algunos se opone a la imagen inicialmente triste de otros -con déficit de identidad. Hay en el transexual una discrepancia entre su ser y su imagen dolorosa, mientras que el transgénero asume su imagen imperfecta. El mandato a transexualizarse no tiene las mismas raíces que el deseo de variar su género. Tanto los transgénero como los transexuales sufren el estigma social del cual son objeto, pero estos últimos también experimentan dolor, a menudo intenso, causado por su imagen corporal. “Los transexuales”, dijo Harry Benjamin en 1964, “se encuentran entre las personas más desdichadas que jamás haya conocido”[41]. Esta observación se ha repetido muchas veces desde entonces, incluso si esta desdicha presenta grados, no siempre empujándolos a actos extremos.

En definitiva, un acercamiento cuidadoso al discurso de estos sujetos lleva a discernir diferencias en la percepción de su identidad, en cuanto al origen de la iniciativa transidentitaria, y en cuanto a la intensidad del sufrimiento psíquico, mientras que la clínica conductual del DSM opera su amalgama confusa en la disforia de género.

La identidad tal como la conciben las personas transgénero, tras la deconstrucción llevada a cabo por la crítica butleriana, que hace tabula rasa de sí, del sujeto, de la persona, del cogito, etc., no se refiere sino a a un “Yo”[Je], que, según J. Butler, es una práctica en perpetua construcción / deconstrucción, no designa nada que preexista a su significación, conoce poca permanencia, de manera que sus elecciones sexuales deben ser tan maleables como las de género. Además, T. Beatie apoya una posición poco ortodoxa al respecto, considerando que la sexualidad y el género no responden a la misma lógica. Le gustaban las mujeres antes de su transición, esto no cambió después de ésta. Estando firmemente identificada desde la infancia con un hombre, siempre ha vivido como heterosexual, ya que desea a las mujeres, y no como lesbiana. Su constatación respecto a este punto de vista es la más frecuente: aquel que se siente atraído por los hombres sigue siéndolo después de su transición, así como los que se sienten atraídos por las mujeres. P.B. Preciado es un defensor más ortodoxo de la teoría queer: se inclina a considerar que las variaciones el género deben ir acompañadas de un aumento de las posibilidades de elección sexual, de una desaparición de la heterosexualidad y la aparición de un “cuerpo pansexual”[42]. Sin embargo, siendo él mismo bisexual, seductor de chicas en su infancia, luego teniendo como su amante a Víctor, antes de vivir una pasión con Virgine D., etc., es difícil establecer con su ejemplo que las variaciones de género expanden las opciones sexuales.

El psicoanálisis incita a dar crédito a la observación de T. Beatie: toda la sexualidad no se rige por la elección del género. Los muchos fracasos del deseo, la frecuente disociación de éste y del amor, el apego a partenaires sexuales violentos, o desaprobados conscientemente, etc., todo esto atestigua que el modo de goce responde a una lógica inconsciente que va más allá de las elecciones voluntarias. El sujeto del inconsciente es remachado por su sinthome a un modo de goce que se impone sobre él y lo orienta. En esta perspectiva, el transexual está bien nombrado ya que su mayor goce consiste en cambiar el sexo concebido por él como una esencia arraigada en la biología. Esto tiene prioridad para él sobre el encuentro sexual. No siempre trata de evitarlo, pero es soso en vista del requisito imperativo de transición.

Entre los primeros transexuales, se constató un fuerte predominio de transfeminización. Sin embargo, poco a poco, en los albores del siglo XXI, la transmasculinización se ha vuelto más frecuente. Hoy en día la ocurrencia de ambos parece más o menos equivalente. Estas progresiones disímiles sugieren una lógica diferente en marcha. Es probable que la aparición de la teoría del género haya contribuido al desarrollo de la transmasculinización incluso más que el de la transfeminización. El proceso voluntario de los transgénero es particularmente sensible a los fenómenos culturales; el de los transexuales también lo es, pero su proceso impuesto depende menos de las mutaciones sociales.

La mayoría de los que tienen experiencia en la demanda de transidentidad constatan una disimetría significativa entre los sujetos que son transfeminizan y los que transmasculinizan. Encontramos más a menudo entre estos últimos sujetos que se diferencian netamente de los transexuales al testimoniar que no se sienten del otro sexo, sino que aspiran a convertirse en uno. Además, su inserción social es mejor y los trastornos asociados son más raros. Muchos clínicos consideran que no son los mismos mecanismos psíquicos los que en general gobiernan estos dos modos de transidentidad. Predominantemente la transexualización toma la forma de un transfeminización que parece encontrar su partida en una deficiencia del vestimento fálico de la imagen corporal; por otro lado, entre los que son transmasculinizan los transgénero son más numerosos y su proceso a menudo parece encontrar su dinámica en lo que Lacan llamó “la incertidumbre con respecto al sexo propio”[43].

Si nos centramos solo en los comportamientos más manifiestos, el transexualismo aparece como la forma extrema de la disforia de género y del proceso transgénero; tener en cuenta la palabra de los sujetos revela por el contrario el transexualismo como un tipo clínico bien caracterizado y no comparable a una de las variedades de transgenerismo. Da testimonio de una lógica de un orden diferente que se impone al sujeto. Evidencia el impasse que hace la teoría del género acerca del sujeto del inconsciente y sus modos de goce. J. Butler no se equivocó ahí: la gran figura clínica del “Gender trouble” no es Christine Jorgensen, el transexualismo apenas se menciona en este libro, sino Herculine Barbin, intersexual, cuya trágica historia ha exhumado Michel Foucault, destacando la determinación social del género.

Mantener la confusión entre los diferentes modos de funcionamiento de los transgénero y los transexuales, englobados en el comodín de la disforia de género, confunde la recepción de sus demandas cuando se dirigen al médico, al psicólogo o al psicoanalista. Por supuesto, cada transidentitario debe ser entendido sobre todo en su singularidad, pero, en favor de la psicoterapia, el transgénero puede cuestionar su proceso, a veces modificarlo, modularlo, incluso fortalecerlo, aquel del transexual es más radical, está establecido que la solución que él prevé es para tomarla en cuenta, muchas veces para acompañarla. Recordemos que esto se hace a condición de que esté en edad para medir las consecuencias de ello. Sucede que un acompañamiento informado permite una mitigación del rigor de su solución.


*Intervención vía Zoom para la ACF Midi-Pyrénées el 21 de mayo de 2021.

[1] Butler J., Trouble dans le genre. Le féminisme et la subversion de l’identité, Paris, La découverte, 2019.

[2] Cfr. Preciado P. B., Testo-Junkie. Sexe, drogue et politique, Paris, Grasset, 2008, p. 105.

[3] Cypris M. É., Mémoires d’une transsexuelle. La belle au moi dormant, Paris, PUF, 2012, p. 311.

[4] Freud S., « 33a Conferencia : La feminidad» (1931), in Obras completas, tomo XXII. Buenos Aires : Amorrortu, 2003, p. 106.

[5] Freud S., «El sepultamiento del complejo de Edipo», in Obras completas, tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu, 2003, p. 185.

[6] Lacan J., El Seminario, libro X, La angustia. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 192.

[7] Lacan J., El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 199.

[8] Lacan J., El Seminario, libro XIV, « La lógica del fantasma », lección del 19 de abril de 1967, inédito.

[9] Lacan J., El Seminario, libro XX, Aún, Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 44.

[10] Ibíd., p. 13.

[11] Marty É. et Miller J.-A. [En línea] : Entrevista sobre “El sexo de los Modernos” de Éric Marty – por Jacques-Alain Miller – 2021-03-21 – PSICOANÁLISIS LACANIANO (psicoanalisislacaniano.com)

[12] DSM-5. Manuel diagnostique et statistique des troubles mentaux, American Psychiatric Association, 2013, p. 602.

[13] Cypris M. É., op. cit., p. 20.

[14] Cf. Lacan J., « Petit discours aux psychiatres », conférence au Cercle d’études dirigé par Henry Ey, 1967, inédito.

[15] Cypris M. É., op. cit., p. 307.

[16] Dullak S., Je serai elle. Mon odyssée transsexuelle, Paris, Presses de la cité, 1983, p. 53.

[17] Ibíd., p. 148.

[18] Morris J., L’énigme, Paris, Gallimard, 1974. (Conundrum, London, Faber and Faber, 1974, p. 42-55-97.)

[19] Ibíd., p. 54.

[20] Lacan J., «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis», in Escritos, tomo 2. México: Siglo XXI, 2009, p. 541.

[21] Cypris M. É., op. cit., p. 79.

[22] Rihoit C., Nolais J., Histoire de Jeanne transsexuelle, Paris, Opera Mundi, 1980.

[23] Morris J., op. cit.

[24] Ibíd., p. 155.

[25] Preciado P. B., op. cit., p. 302.

[26] Ibíd., p. 289.

[27] Ibíd., p. 58.

[28] Ibíd., p. 87.

[29] Ibíd., p. 369.

[30] Ibíd., p. 134.

[31] Beatie T., Labor of love. The story of one man’s extraordinary pregnancy, Berkeley, Seal Press, 2008, p. 250.

[32] Ibíd., p. 197.

[33] Ibíd., p. 153.

[34] Ibíd., p. 82.

[35] Ibíd., p. 82.

[36] Ibíd., p. 161.

[37] Ibíd., p. 6.

[38] Bornstein K., Gender Outlaw : on Men, Women and the Rest of Us, New York, Vintage book, 1994, p. 66.

[39] Beatie T., op. cit., p. 7.

[40] Ibíd.

[41] Benjamin H., The transsexual Phenomenon, New York, The Julian Press, 1966, p. 30.

[42] Preciado P. B., op. cit., p. 42.

[43] Lacan J., « De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis », op. cit., p. 522.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

@pachuko84

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