La Vida Desnuda – Por Juliane Casarin – 2026/10/29

La vida desnuda

Por Juliane Casarin

2026/10/29


En Amor, un relato de su colección Lazos de familia, Clarice Lispector muestra cómo incluso un pequeño acontecimiento puede revelar la magnitud de la extrañeza fundamental de lo vivo.

La vida de Ana se basa en un orden discreto: gestos repetidos, cuidados prestados, atención a sus seres queridos. Ser esposa y madre, cuidar del hogar, constituye sostenes que suplen su «desorden íntimo»[1] y aseguran una continuidad tranquilizadora. Este orden de rutinas y lazos roza lo que podría surgir como un vacío. En el corazón de esta organización bien engrasada permanece lo que la autora llama «la hora peligrosa»[2], el momento en que la casa vacía ya no responde a lo que sostiene su existencia.

Surgimiento de la mirada

Es entonces cuando una escena banal de la vida cotidiana altera el equilibrio de Ana. En un tranvía, ve a un hombre ciego mascando chicle. Él no la ve, y sin embargo ella siente que la están observando. Algo insiste más allá de lo visible: una mirada sin ojos. Esta mirada, en el sentido de que Lacan la aísla como un objeto, no es cuestión de percepción sino de un encuentro con un punto de opacidad que la ataca. La extrañeza tiene menos que ver con la escena que con lo que atraviesa a Ana. Lo que encuentra no tiene ni sentido ni rostro – solo una presencia casi insoportable, la de la crueldad silenciosa del mundo.

Un trastorno mareante se cola, y todo sale mal. El mundo conocido y familiar pierde su dulzura. Al perder su parada de tranvía, Ana se encuentra en un jardín botánico donde la vida prolifera sin límites. Esta exuberancia provoca náuseas que llegan a un punto de opacidad en ella. Lo que antes sostenía flaquea: la vida sana de sus ataduras parece una construcción frágil, casi sin sentido. La culpa intenta suturar la grieta, llevándola de vuelta a su hogar, con la sensación de una catástrofe inminente. Frente a su hijo, Ana siente el deseo de abandonarlo todo.

Un mundo compartido

Por la tarde, algo se reorganiza. Las voces, la mesa acomodada, el calor doméstico recomponen un marco simbólico. El temblor no se borra, sino que queda cubierto por los semblantes que hacen la vida habitable. Una relación con el mundo se restablece gracias a significantes compartidos. Ana se aferra a ello, aprovechando un momento de felicidad justo antes de que se le escape. De este modo, una vez más, se distancia del peligro de vivir: este punto donde la vida, despojada de sus velos, se presentaría en los aspectos que tiene de insoportable.


*Casarin J., La vida desnuda – J56

[1] Lispector C., Amour, en Liens de famille, París, Éd. des femmes, 1989, p. 24.

[2] Ibid., p. 26.

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