Psicología, psiquiatría y psicoanálisis: una interlocución necesaria
Por Iván Sandoval Carrión
2026/10/07
Buenas noches. […]
Quiero aclarar que esto no será ni una clase magistral, ni una conferencia académica. Será -espero y aspiro que así sea- una charla y una conversación. Entonces, no tengo un papel, un documento para leer, no tengo gráficos. Voy a hablar más bien desde mis impresiones, mi experiencia para poder conversar sobre el sentido de esta maestría.
Cuando se me invitó a realizar este evento, esta intervención, yo acepté inmediatamente por varias razones. He sido docente desde hace casi cuarenta años de estudiantes de psicología a nivel de pregrado y, posteriormente, en la maestría. Además, he sido docente desde hace 20 años de médicos psiquiatras del postgrado de psiquiatría de la Universidad Central. Adicionalmente, he trabajado en grupos de enseñanza sobre psicoanálisis. Entonces, me pareció muy rica y tentadora la invitación para poder decir algo que a mí me interesa y me preocupa.
Por un lado, esta maestría surge hace 9 años más o menos cuando un grupo de psicólogos y psicoanalistas de acá de Quito, docentes de la Pontificia Universidad Católica, establecen una relación con psicoanalistas de la Asociación Lacaniana Internacional con sede en París y con EPHEP, la Escuela Práctica de Altos Estudios de Psicopatología. Ahí surge la idea de instaurar o establecer esta maestría. Esta maestría, por su mismo título me parece importante: Maestría en psicología clínica con mención en psicopatología y psicoanálisis. Es decir, en el título de la maestría está la articulación entre 3 prácticas clínicas fundamentales: la psicología clínica, la psiquiatría a través del fundamento de la psicopatología -esa disciplina clásica que surgió desde comienzos del siglo XIX que es el fundamento semiológico de la práctica de la psiquiatría- y, finalmente, el psicoanálisis.
Entonces, me pareció importante y muy rico en participar porque vi la posibilidad de que esta maestría sea un espacio propicio para aquello que hace falta en nuestro medio: una interlocución entre la psicología clínica, la psiquiatría y el psicoanálisis -algo que no es frecuente en nuestro medio-. Me parece que acá carecemos de esos espacios de interlocución. Es un vacío. Cada disciplina clínica está encerrada en sus propios reductos, en sus propias actividades. Los psicólogos clínicos rara vez invitan a los psiquiatras. Estos nunca invitan a los psicoanalistas o excepcionalmente lo hacen -creo que nunca- y viceversa. Entonces, cada una de estas tres prácticas clínicas está encerrada en su propio reducto. Esto es lo que yo he observado desde 1980, desde hace 46 años.
En 1980, yo empecé mi curso de postgrado en psiquiatría. Previamente, yo había tenido ciertas lecturas de psicoanálisis, había visto películas de psicoanálisis -de Alfred Hitchcock, por ejemplo, Cuéntame tu vida-. Y, entonces, estaba muy curioso por saber algo más, pero el momento que cursé el postgrado de psiquiatría, me di cuenta de que ahí no había espacio para poder hablar de psicoanálisis. Fue al terminar el postgrado que, con un grupo de colegas, empezamos un grupo de estudio de lecturas sobre la obra de Sigmund Freud y otros autores.
Entonces, cuando me invitaron a ser docente de esta maestría hace exactamente 8 años, en el 2018, yo acepté inmediatamente porque, empezando por el título, me pareció que quizás este curso iba a ser un espacio para poder llenar ese vacío, para que se dé esa interlocución. ¿En qué medida se ha cumplido mi expectativa? Eso lo dejo para el final. En todo caso, hasta el momento hay 7 cohortes o 7 promociones de esta maestría, lo cual es un récord, es un éxito completo, es un referente importante de las maestrías en la Universidad Católica y es un referente importante de maestrías en este género de las clínicas psi, precisamente por esta invitación a la interlocución. […]
Ahora bien, ¿por qué es necesario un espacio de interlocución y cuáles son los problemas generados por ese vacío en nuestro medio? En primer lugar, recordando que el día de hoy es el día de la salud mental[1]. La salud mental es esa noción propuesta por la Organización Mundial de la Salud que habla de la condición de poder sentirse bien, el bienestar subjetivo, en primer lugar; el poder establecer relaciones adecuadas con sus semejantes, con la comunidad; y, en tercer lugar, la productividad. En ese sentido, los así llamados «trastornos mentales» implican, por un lado, sufrimiento subjetivo y familiar. Sufrimiento subjetivo a través de los síntomas -depresión, angustia, fobias, problemas de conducta-; por otro lado, dificultades en las relaciones sociales, en las relaciones familiares; problemas económicos ligados a la falta de productividad y, además, a los gastos importantes que generan los trastornos mentales frente a los cuales el Estado ecuatoriano lamentablemente no aporta los fondos suficientes como para poder cubrir esas demandas de la población en las instituciones de salud pública.
¿Cuál es la causalidad? ¿A qué se deben los trastornos mentales? Ahí ya empieza un problema que tiene que ver con el «cómo». Cada una de estas tres prácticas clínicas interpreta el tema de la causalidad, pero tendríamos que decir que la causalidad es múltiple, no es una sola. En primer lugar, no podemos descartar el hecho de que haya factores genéticos, factores orgánicos. En cuanto a la genética, un psiquiatra y neurocientífico norteamericano junto con dos alemanes acaban de ser premiados con el Nobel de medicina del 2026 precisamente por sus investigaciones en neurociencias y en clínica psiquiátrica acerca de la posibilidad de que, a través de haces de luz, ondas de luz, se pueda modificar el curso del flujo de transmisión en las redes y circuitos neuronales y ésta pueda ser una modalidad de tratamiento para diferentes trastornos tales como la psicosis esquizofrénica, el autismo y trastornos neurológicos como el Parkinson y otros. Entonces, hay problemas orgánicos -no podemos descartarlos- cuando una persona está deprimida. Aparte de su sensación afectiva y subjetiva, algo va a pasar inevitablemente en sus redes y circuitos neuronales. Se van a activar cierto tipo de recuerdos y de pensamientos. Cuando una persona está angustiada, inevitablemente hay modificaciones en la bioquímica cerebral.
Además, hay la hipótesis de la determinación genética. Todavía no se ha podido establecer una sola anomalía genética para cada uno de los trastornos psicóticos, pero hay investigaciones que apuntan a la determinación multigénica en el caso de las psicosis esquizofrénicas y en el caso del trastorno bipolar.
Por otra parte, la historia del sujeto, la estructura familiar, la organización familiar, la dinámica familiar, la relación con los padres, los eventos tempranos, la posibilidad de traumas infantiles, abusos, la condición socioeconómica de la cual vienen los sujetos -es muy determinante en violencia-, experiencias traumáticas, las estructuras subjetivas individuales, las historias vitales de cada uno hacen que, en determinado momento -en la infancia, en la adolescencia o en la adultez- se produzca el desencadenamiento de algún tipo de trastorno mental.
Entonces, si hay una multicausalidad -que debemos admitirla-, lo cual no desmiente las hipótesis de la psicología ni las de la psiquiatría ni las del psicoanálisis, ¿cuál será el tipo de práctica clínica más apropiada para el tratamiento de un determinado sujeto? Ahí aparece un primer problema. Nuestra población habitualmente no está enterada de esto, no está informada de esto, no pueden establecer claramente las diferencias entre un psicólogo clínico y un psiquiatra. Más o menos pueden tener la idea de que los psiquiatras recetan medicamentos y los psicólogos hablan, pero, definitivamente, no tienen la menor idea de lo que hace un psicoanalista, de cómo trabajan los psicoanalistas. Entonces, cuando una persona tiene algún tipo de padecimiento o sufrimiento, el sujeto y sus familiares no saben a quién dirigirse y no tienen por qué saber eso. Y, entonces, la pregunta: ¿cuál de estas tres prácticas clínicas será la más apropiada para una demanda particular?
Entonces, hablemos de estas tres prácticas clínicas. Insisto, no son ciencias. Esa es una discusión epistemológica que podemos dejar para otro momento, pero, en todo caso, ¿cuál será la práctica clínica más adecuada? ¿A dónde deberán dirigirse los sujetos y sus familiares?
Para poder hablar de esto, quiero hablar de algo previo. Los que estamos en este campo que, de un modo general, voy a llamar «de las clínicas psi», ¿por qué estamos en este campo? ¿Será por eso por lo que dicen y llaman «vocación»? ¿Será por una suerte de interés científico? ¿Será por condiciones de simpatías humanitarias? ¿Será porque nos interesa saber cómo funciona el cerebro? ¿No tendrá eso que ver con algo más subjetivo y más personal de aquellos que estamos en las prácticas clínicas psi? ¿En qué medida el haber elegido psicología clínica, psiquiatría o psicoanálisis dice algo del mismo sujeto, de su propio sufrimiento, de sus propias inquietudes, de las preguntas acerca de sí mismo y de su historia que no tenían respuesta en los libros y que lo llevaron en determinado momento a pensar que si elegía alguna de estas prácticas clínicas podía encontrar ahí la respuesta a sus propias preguntas?
¿Por qué me permito plantear esto? Porque eso fue lo que me pasó a mí. Yo estudiaba medicina. Me interesó mucho la genética, la hematología, pero también me interesó la psiquiatría. Tuve muy buenos profesores de psiquiatría. Además, veía esas películas -como dije hace un momento-, pero, además, yo tenía angustia, sufrimiento, dolor. Y, entonces, yo creí, yo pensé que, si me dedicaba a la psiquiatría, la psiquiatría iba a ser mi curación. Yo me iba a curar especializándome en psiquiatría. Además, mientras hacía la medicina rural, muchos pacientes se quedaban conversando, se quedaban contándome sus temas, sus problemas. Y yo les escuchaba y les decía alguna cosa. Entonces, al volver de la medicina rural, yo decidí que iba a especializarme en psiquiatría y que iba a aspirar entrar al primer curso de postgrado de psiquiatría que se abrió aquí en el país en el año 1980. Logré entrar junto con muchos colegas. Hicimos este curso. Y, a lo largo del curso, yo me di cuenta de que estudiar psiquiatría no hace que uno se cure de la neurosis. Para saber algo y tener alguna respuesta a las inquietudes de uno mismo tuve que ir al diván, tuve primero que ir a la psicología clínica. Hice psicología clínica durante un año. Me ayudó muchísimo, me alivió muchísimo. Y, después, empecé mi proceso psicoanalítico con diván y todo. Ahí pude plantearme todas esas inquietudes.
Entonces, todo eso me permite a mí establecer la importancia y el valor de esa interlocución y establecer la idea de que la elección de una práctica clínica psi, cualquiera de estas tres, es, en cierto sentido, un síntoma de cada sujeto que elige una de estas clínicas, un síntoma en el buen sentido del término. Es algo de lo que habla un psicoanalista llamado Jacques Lacan. No es una fobia, no es una obsesión, nada de eso, pero es algo que, por un lado, permite sostener al sujeto y permite trabajar con otras personas que sufren y padecen. Entonces, por ese motivo, en primer lugar, elegimos estas carreras. No solamente por interés científico, por vocación o por un afán humanitario.
Ahora bien, a partir de todo esto, volvemos a la pregunta: ¿cuál será la práctica clínica más apropiada y más adecuada para un determinado sujeto? Ahí nos topamos con un problema derivado de la falta de interlocución. Esta falta de interlocución entre los clínicos de las tres prácticas no es casual, tiene una vieja historia acá en nuestro medio, es algo que nunca ha podido establecerse de un modo adecuado y suficiente y, entonces, eso ha determinado que cada uno de los practicantes -ya sean psicólogos clínicos, psiquiatras o psicoanalistas- estemos más o menos encerrados en nuestros grupos, en nuestros eventos, en nuestras mesas redondas y no sepamos muy bien cómo trabajan los otros, no tengamos mucha información acerca de eso. Entonces, el efecto de ese desconocimiento es que, a veces, incurrimos en el error de desestimar la práctica de los otros, ya sea la práctica de los psicólogos o de los psiquiatras o de los psicoanalistas. Desde cada uno de estos tres sectores desestimamos, desvalorizamos por falta de conocimiento, por falta de diálogo, por no estar suficientemente informados. Esto puede terminar en que, en determinadas circunstancias, si un paciente requiriese tomar medicación, a veces nos abstengamos de sugerirle si es que estamos en otro campo. He escuchado cómo muchas veces psicólogos jóvenes o psicoanalistas jóvenes desaconsejan a sus pacientes tomar medicación si ya la están tomando; o, desde la psiquiatría, considerar que el psicoanálisis no es científico, es obsoleto, está desactualizado y, entonces, no tiene valor, no vale la pena hacer un análisis.
Por otra parte, mi experiencia hospitalaria, no solamente en la carrera de Medicina y en los hospitales generales, sino también cuando hice el postgrado de psiquiatría en los hospitales psiquiátricos -que ahora ya no quieren llamarse hospitales psiquiátricos- me permitió ver cómo muchas veces los médicos, a veces, incurrimos en el error de considerar que los psicólogos son auxiliares o ayudantes, paramédicos. No les damos el mismo estatuto. Y por ese motivo no nos permitimos la interlocución.
Todo esto implica una especie de narcisismo. Sí. Hay un narcisismo, un creer que lo que uno hace es superior a la práctica ajena y a las disciplinas ajenas. A veces, nos sostenemos en esa posición narcisista en lo que tiene que ver con nuestra práctica clínica. Y, desde esa posición, ignoramos los límites que tiene cada una de nuestras prácticas clínicas. Los límites. Con el psicoanálisis no se puede atender ni trabajar con todos los pacientes; igual con la psiquiatría; igual con la psicología clínica.
El efecto de todo esto es una mala calidad de la práctica clínica general en nuestro medio ecuatoriano en lo que tiene que ver con el tema de la salud mental, lo cual es importante subrayarlo ya que -como decía hace algún momento- se supone que hoy es el día de la salud mental en el Ecuador. El efecto de esta burbuja narcisista en la que nos encerramos es una mala calidad general de la atención a los pacientes que requieren servicios de salud mental -con excepciones, por supuesto- y sobre todo en el sector público.
Ahora bien, con estos antecedentes y para no extenderme demasiado y dar lugar más bien a los intereses y preguntas que puedan tener las personas que amablemente se han conectado, ¿qué tanto esta propuesta de la maestría contribuye a esa interlocución necesaria? Esta maestría no va a permitir que los graduados en esta maestría puedan trabajar en cualquiera de estas tres prácticas clínicas, puedan hacer de psicólogos clínicos, puedan hacer de psicoanalistas y puedan hacer de psiquiatras.
No necesariamente. Hace 20 años más o menos, cuando yo era profesor de pregrado en psicología en la Católica, estuve conversando con un profesor joven que había ingresado recién a dar clases en la Facultad de Psicología. Entonces, estábamos conversando de nuestra práctica y él decía: “Lo que es yo, cuando viene un paciente que requiere conductismo, yo le trato con un método conductista; cuando veo que el paciente es más bien apto para una psicología de Gestalt, yo le trato con la psicología de la Gestalt; cuando viene otro paciente que requiere psicoanálisis, yo le hago psicoanálisis.” Y así, sucesivamente. Entonces, era un joven psicólogo que practicaba supuestamente alrededor de 8 o 10 clínicas psi diferentes. Bueno, no fue profesor mucho tiempo en la facultad. No se trata de eso. Se trata de preguntarse -reitero la interrogación- en qué medida esta maestría ha sido un espacio para la interlocución.
Después de 7 promociones durante las cuales los estudiantes, los maestrantes han tenido la oportunidad de recibir clases, de trabajar con docentes de psicología clínica de distintas ramas, con psicoanalistas de distintas asociaciones de acá de Quito, con docentes franceses que vienen dos por cada semestre a dar un seminario intensivo cada uno de ellos sobre psicoanálisis, sobre clínica psicoanalítica, sobre clínica psiquiátrica, con psiquiatras de acá que tienen cursos sobre psiquiatría clínica, que dictan cursos sobre neurociencias, me parece que, quienes cursan esta maestría tienen la oportunidad y el privilegio de poder escuchar diferentes discursos y poder establecer diálogos e interlocuciones. En ese sentido, esa maestría me parece ejemplar, me parece un espacio privilegiado para que los cursantes puedan establecer esos discursos, puedan escuchar, puedan aprender.
Hay jóvenes psicólogos que vienen sin haber escuchado nada de psicoanálisis y pocas cosas de psiquiatría y neurociencias; hay otros que ya han estado en grupos de enseñanza de las asociaciones psicoanalíticas de nuestro medio y han tenido la oportunidad de leer a Freud, de leer a Lacan. En todo caso, van a aprender muchas cosas en esta maestría. El objeto de esta maestría no es graduarles de psicoanalistas ni de especialistas en psicología cognitiva, aunque haya profesores de psicología cognitiva, ni de psicólogos especialistas en psicología de niños, etc. porque para eso se requiere seguir trabajando y seguir estudiando. El propósito de esta maestría es que los cursantes puedan definir, a través de esa interlocución, a qué rama de las prácticas clínicas psi van a dedicarse o prefieren dedicarse. Como resultado de eso, algunos de ellos decidirán hacer un doctorado o se integrarán a las asociaciones psicoanalíticas de nuestro medio o seguirán trabajando en psicología cognitiva, psicología cognitivo-conductual, terapia sistémica, etc. porque esta maestría les ha permitido abrir el panorama.
Entonces, eso es lo que da como efecto o tiene como efecto el trajinar por esta maestría. Entonces, vuelvo a los motivos iniciales por los cuales, yo, hace 8 años, acepté la invitación para ser docente. Decía que uno de los argumentos míos o intereses míos era verificar si aquí se va a dar esa interlocución. Y me parece que sí, sí se ha dado, pero no es suficiente. Hay que seguir sosteniéndola. Y, por otra parte, los psicólogos clínicos, los psiquiatras, los psicoanalistas sería bueno que salgamos de nuestros guetos. Una vez, una colega psicoanalista a quien aprecio mucho se molestó porque usé la palabra «gueto», pero la vuelvo a decir. A veces nos encerramos. Hay que abrirse. Hay que escuchar. Hay que seguir aprendiendo. Se aprende toda la vida. No se trata solamente de entender esto. La vida misma, lo que atravesemos en nuestras experiencias personales contribuyen fundamentalmente a nuestra formación y a definir o afirmar nuestras definiciones en este sentido.
Quisiera, en este punto, hacer un alto. Me parece que, por el momento, no voy a decir más porque quizás hay preguntas o inquietudes.
Gracias.
*Iván Sandoval es médico psiquiatra, psicoanalista miembro de la Asociación Lacaniana Internacional. Intervención vía Zoom. Inédito.
[1] El día de la salud mental se conmemora el 10 de octubre.

Deja un comentario