Pintar el fresco de la vida
Por Élisabeth Marion
2026/09/17
Edvard Munch fue afectado desde la infancia por el deceso de su madre y hermana, que marcaron su vida y su obra. Pintó a su hermana enferma o a su madre moribunda en numerosas ocasiones, buscando expresar el sufrimiento y la angustia que experimentó en aquel momento. «En verdad», dijo, «mi arte es […] un intento de aclarar, para mí mismo, mi relación con la vida.»[1] Por tanto, fue «a partir del afecto del cuerpo»[2] que forjó su escabel.
Un poema de vida
Su proyecto era exponer sus pinturas para que representaran El Fresco de la Vida, que sería concebido «como un poema de vida, amor y muerte». [3] Su primera exposición en Berlín en 1892 causó un escándalo, ya que sus pinturas se consideraban descuidadas y su tema violento. Sin embargo, lo que le convirtió en precursor del expresionismo fueron estos temas y procesos técnicos. Dejó visible la textura del soporte, como el relieve de la madera sin tratar o la huella de su trabajo preparatorio. Expuso sus pinturas al clima para que su pintura quedara marcada. Fue tras este escándalo cuando pintó El grito en 1893. Describe su inspiración en estos términos: «Caminaba por el camino con dos amigos – fue entonces cuando el sol se puso – el cielo de repente se volvió rojo, del color de la sangre […] Todavía temblaba de angustia – y sentía que la naturaleza estaba cruzada por un largo y infinito grito».[4] Este grito, como señala Lacan, «no necesita ser emitido para ser un grito»[5] porque el grito del ser y el de la naturaleza se unen. Exhibida en 1895 en Oslo, esta pintura no fue bien recibida y E. Munch fue tratado como un loco. A continuación, él mismo escribió en el reverso del lienzo «Solo pudo haber sido pintado por un loco». Sin embargo, no desistió de organizar una nueva versión de El fresco de la vida en Berlín en 1902, donde presentó El niño enfermo y El grito.
Hacerse un nombre
Si, siguiendo a Freud, Lacan pudo adoptar el término sublimación, especialmente en el Seminario VII, más tarde lo reemplazaría por el término escabel. Con el concepto de escabel, escribe «S.K.bello»[6], se burla de la belleza y reduce el arte con el que el parlêtre se eleva en el escenario del mundo a un peldaño. El peldaño de E. Munch es esta pintura El grito donde, a partir de lo que le afecta íntimamente, dibuja una obra que le permite hacerse un nombre. También adopta la actitud de este ser, con las manos sobre las orejas, en las versiones sucesivas de La madre muerta y el niño, lidiando así una y otra vez con este acontecimiento de su infancia.
*Marion E., Peindre la fresque de la vie – J56
[1] Munch E., citado por U. Bischoff, en Edvard Munch, 1863-1944, Des images de vie et de mort, Colonia, Taschen, 2004, p. 42.
[2] Miller J.-A., «Pièces détachées», La Cause freudienne, n°61, octubre de 2005, p. 135.
[3] Munch E., cité par U. Bischoff, en Edvard Munch…, op. cit. , p. 50.
[4] Ibid., p. 53.
[5] Lacan J., El Seminario, libro XVI, De un Otro al otro, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 206.
[6] Lacan J., “Joyce el Síntoma”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2021, p. 592.
; cfr. Miller J.-A., «Pièces détachées», La Cause freudienne, n°62, marzo de 2006, pp. 75-83.
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