Diversidad de Conversaciones Sobre el Goce con Sujetos con Funcionamiento Psicótico – Por Jean-Claude Maleval – 2026/09/05

Diversidad de conversaciones sobre le goce con sujetos con funcionamiento psicótico

Por Jean-Claude Maleval

2026/09/02


Daniel Aksman:

Vamos a dar comienzo a la actividad especial de hoy. Tengan un buen día a todos. Buen día, acá en la Argentina. Buenas tardes allá a los colegas. Decirles, antes de comenzar, que esta actividad se enmarca en las actividades del Departamento de Estudios de Psiquiatría y Psicoanálisis del CICBA-ICdeBA, Instituto Clínico de Buenos Aires de la EOL. Esta actividad se desarrolla los segundos y cuartos lunes de cada mes. Si quieren inscribirse en las actividades del Departamento […]

Entonces, para ir al tema de hoy. Es un honor para mí y para todos nuestros colegas. Es un honor y una alegría contar por primera vez en el Departamento con Jean-Claude Maleval. Muchos de nosotros lo conocemos hace mucho, seguimos sus textos desde que publicó sobre Las locuras histéricas, venimos siguiendo sus trabajos. Realmente es un placer escucharlo y conversar con él hoy.

Para quienes no lo conocen, Jean-Claude Maleval es psicoanalista, practica el psicoanálisis en Francia, en París. ¿Cierto?

Jean-Claude Maleval:

Más bien en Rennes.

Daniel Aksman:

Conozco Rennes. Hermoso. Preciosa ciudad.

Es miembro de la ECF. Es profesor honorario de la Universidad Rennes de psicología clínica. Es autor de varias obras sobre las psicosis y el autismo, en particular La forclusión del Nombre-del-Padre. También escribió La lógica del delirio, La Diferencia autística, De la estructura autísticas y de los falsos autistas. Y decir que ejerce el psicoanálisis desde hace 51 años.

Entonces, presentado el profesor y colega, le paso la palabra.

Jean-Claude Maleval:

Entonces, les agradezco por esta invitación para hablar en Buenos Aires. También por haber hecho referencia a mi trabajo de 1981 sobre Las locuras histéricas. Es un trabajo que criticaré hoy mucho. Extendí demasiado la locura histérica en ese antiguo trabajo. Al contrario, el trabajo que presento hoy podría ser también una introducción a mi último libro que se llama Conversaciones sobre el goce con sujetos psicóticos ordinarios y extraordinarios.

Entonces, el título de mi intervención hoy es “Diversidad de las conversaciones sobre el goce con sujetos con funcionamiento psicótico”.

Lacan termina “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible sobre la psicosis” afirmando “utilizar la técnica que él instituyó, fuera de la experiencia a la que se aplica, es tan estúpido como dejar el alma en el remo cuando el navío está en la arena”[1]. Se puede deducir que los trabajos de los pioneros de la cura de psicóticos no le parecieron probatorios y anhelaba un centramiento diferente. Fue necesario esperar a los años 1980 para que imponga la noción de que la cura del psicótico podía intentarse, no mediante una interpretación del goce, sino por medio de una maniobra de transferencia para poder regularlo. Michel Silvestre condensa esta fórmula, esta maniobra de transferencia de la siguiente manera: “Si en la demanda inicial”, decía en 1984, “el psicótico espera del analista significantes capaces de organizar las perturbaciones de su mundo, en la segunda demanda, la que va a orientar la transferencia, el psicótico propone su goce al analista para que él establezca las reglas”.

Sin embargo, hoy en día es cada vez más frecuente escuchar que se promueva una promoción de la cura transestructural que ya no tendría que preocuparse por la estructura subjetiva. Este discurso transestructural se apoya en general en referencias múltiples, todas posteriores a la enseñanza de Lacan y mezclando forclusión generalizada, abordaje continuista y psicosis ordinaria. Su argumentación más sólida se apoya en la trasversalidad del sinthome. Este último encierra lo que el sujeto tiene en sí de más singular de manera que toda cura debería orientarse por éste. A nivel del sinthome, la distinción entre estructuras clínicas no tendría sentido. No hay otra clínica que la clínica de lo real, la que apuntaría al fuera-de-sentido y la puesta en evidencia del punto de retorno donde se produce una alianza entre el significante y el goce.

Ahora bien, si el S1 está congelado en el autista, el sinthome, ¿no sería más bien algo a construir que a analizar? Y, sobre todo, ¿cómo hacer con el desabonamiento de lo inconsciente del sinthome psicótico? ¿Cómo interpretar el síntoma en la psicosis en una clínica que, en ocasiones, parece “hacer jugar el inconsciente a cielo abierto”[2]? Cómo depurar el sentido ligado a un síntoma cuando en la psicosis este nunca está “más claramente articulado en la estructura misma”[3]? ¿S puede dirigir la cura de la misma manera cuando el síntoma está recubierto por S2 que cuando el S1 es inmediatamente discernible? ¿Cómo hacer cuando es tan vacilante, flotante que el significante-amo no parece en función?

La enseñanza de Lacan da algunos índices de lo que se podría esperar de un trabajo con un psicótico: una identificación por la cual el sujeto ha asumido el deseo de la madre, una muleta imaginaria, identificaciones puramente conformistas, un apoyo en un partenaire, incluso un delirio enquistado compatible con el buen orden. Sin embargo, su elaboración más desarrollada respecto de la estabilización de un psicótico se refiere al ego de Joyce. Lacan considera que en Finnegans Wake, la escritura de éste último ha logrado poner en evidencia lo que se puede esperar al término de un análisis: significantes fuera-de-sentido desabonados del inconsciente que muestran el síntoma al desnudo. No hay necesidad alguna de un psicoanálisis, por lo tanto, para Joyce. Su escritura de S1 no inmersos en el Otro está consagrada principalmente a inmortalizar su nombre, a forjarse como artista, a escabelizar. Su arte suple su dominio fálico. Gracias a él ensambla su ego logrando darse un cuerpo que se sostiene de la escritura. El ego, la idea de sí mismo como cuerpo, es una noción que se opone a la de sujeto dividido. El ego es una formación imaginaria débil que enmascara las determinaciones que el parlêtre debe a lo simbólico y a lo real. Sin embargo, el ego de artista de Joyce toma tal consistencia que, a pesar de la falla, del atolladero de lo imaginario, surge de lo imaginaria resultando capaz de anudar sólidamente los elementos de su estructura subjetiva. Por intermedio de su ego, se instaura una suplencia que permite el advenimiento de un anudamiento no-borromeo de lo imaginario, lo simbólico y lo real.

La escritura de Joyce es excepcional, pero el ejemplo de su estabilización no lo es. Un empuje a la escritura y un empuje a la creación son de observación frecuente en los sujetos psicóticos. Las producciones escritas o artísticas no siempre están al servicio de recomponer el ego, pero la mayor parte de ellas vienen acompañadas de efectos de apaciguamiento. Joyce enseña, por querer hacerse un nombre, cómo logra por medio de su trabajo “hacer una compensación de la carencia paterna”. Una inmersión del sentido en una formación imaginaria producida por el sujeto mismo parece haber tenido una función de estabilización. Él supo arreglárselas con su sinthome.

No todos los sujetos psicóticos tienen esa capacidad. Hay quienes se presentan radicalmente sin brújula alguna, flotando en la existencia sin nada que los guíe. Jacques-Alain Miller propuso el término «enfermedades de la mentalidad» para designar algunos de ellos. Para ilustrarlos se apoya en una presentación de enfermos efectuada por Lacan de una paciente, la Srta. Brigitte, quien se presenta como “interina de sí misma”. Ella decía:

“Estoy a la búsqueda de un lugar en la sociedad. No tengo lugar. No soy ni una verdadera ni una falsa enferma. Me he identificado a distintas personas que no se parecen a mí. Me gustaría vivir como un vestido.”

Lacan dice: “Todo lo que dice no tiene peso. No hay ninguna articulación en lo que ella dice”. La única indicación dada por Lacan para trabajar con ella es: “Ella quiere valorizarse, que se la valorice si se puede”. Esta indicación de Lacan orienta más hacia el sostén de alguna identificación imaginaria que a la búsqueda del punto de retorno entre significante y real. Miller constata que para ella no hay significante amo: “No es más que un espejo colgado en todas partes, pero sin nada que lo sostenga. Pura mentalidad desenfrenada”. Brigitte fue observada y atendida en un hospital psiquiátrico. El analista podía recibir en su consultorio a pacientes en quienes la función del significante-amo no opera.

Un sujeto en la “nebulosa” recibido por Hervé Castanet alcanzaría para para establecer que no es así. De entrada, él le confió: “No sé lo que espero. Es muy molesto”. Aparece muy rápidamente que su pensamiento angustiante carece de anclaje. Dice:

“Me debato con alguna cosa. No sé qué es, no sé con qué. En el momento de hablar, ya no estoy seguro de nada. No sé lo que me pasa. Me esfuerzo por decir algo. Pienso y viene la contra. Eso me da vuelta a la cabeza. Lo que digo no tiene sustento. Entonces, ¿para qué decirlo? Mi pensamiento es rechazado incluso antes de aparecer. Cuando hablo es una mescolanza.”

Durante una cura de 7 años, a pesar de los cambios de táctica del analista, todo fue sin efecto. La nebulosa no se levantó jamás.

En estos sujetos fuera-de-discurso para quienes la palabra carece de fundamento, en estos sujetos para quienes domina el significante no-articulado, ¿cómo plantearse la conducción de la cura hacia la depuración de aquello que ordena el sentido dado que su falta de funcionamiento es precisamente uno de los elementos principales de la queja? “Para que el sujeto vomite significante-amos”, señala Miller, “primero tiene que haber sido marcado por él”.

Identificar la estructura subjetiva -sea neurótica, autística o psicótica- no es establecer un diagnóstico pues eso no implica ninguna suposición sobre la causalidad de los trastornos, no determina tratamiento farmacológico y no incide en el pronóstico. En cambio, esta identificación de la estructura constituye un dato fundamental para la conducción de la cura psicoanalítica. Ciertos psicoanalistas pasan por alto esta identificación -la de la diferencia de estructura- tomando un enfoque transestructural o una clínica continuista, lo que incita a confiar en la histerización del sujeto y que se orienta en toda circunstancia en un desciframiento del inconsciente. Este no parece operante en lo que concierte a sujetos de funcionamiento psicótico ni tampoco, por cierto, por los estructurados en forma autística.

Muchos analistas constatan que, con sujetos psicóticos ordinarios o extraordinarios, ellos son incitados a intervenir bajo el modo de la conversación. En una de sus entrevistas con Aimée, Lacan confiesa haber mantenido intercambios sin hilo, de manera desordenada. En lo sucesivo de su enseñanza, en particular en sus últimos años, centrada sobre una axiomática del goce, permitió precisar las modalidades de esta conversación, incitando a orientarla esencialmente hacia la búsqueda de regular el goce del sujeto y preservarlo de su convicción de estar enfrentado al goce amenazante del Otro.

De esta práctica se desprende una constatación: la diversidad en la conducción de las curas de sujetos con funcionamiento psicótico. Estas curas carecen de la brújula presente en la de los neuróticos que lleva a desentrañar, más allá de las identificaciones, los significantes del síntoma fundamental que fijan el goce del sujeto y tienden a convertirlo. La interpretación contribuye al desciframiento del síntoma. La conversación sobre el goce tiene otros objetivos, son múltiples, cambiantes y requieren una adaptación al modo del funcionamiento del sujeto. No obstante, en la diversidad de estas conversaciones aparece posible distinguir dos orientaciones principales producidas por los analizantes con funcionamiento psicótico. Una consiste en moderar el goce de los fenómenos elementales, dotándolos de sentido, lo que puede llevar a forjar un mito construido conjuntamente que, a veces, adopta la forma de un delirio enquistado. La otra se esfuerza por contener el goce en exceso, ya sea mediante el apoyo estabilizador en un partenaire o en una identificación imaginaria, o a través de una producción que genere una suplencia mediante una obra escrita, artística, profesional o de otro tipo.

Posicionarse como amo aplastante, depositario de un saber totalizante sobre el sujeto es propicio para suscitar una erotomanía de transferencia en ocasión de la cual el paciente se percibe como un sujeto sometido a la maldad de un Otro gozador. Diversos pasajes al acto pueden resultar de ello, poniendo en peligro la consecución del trabajo. ¿Cómo evitar que el psicótico se enfrente de forma inmediata al goce tanto en la cura como en su funcionamiento? Para lograrlo, la mayoría de analistas lacanianos buscan sostenerse no en una posición de semblante de objeto a, lo cual puede inducir un silencio sentido como inquietante, incluso como amenazante, sino en una posición de semejante con el fin de entablar una conversación. “Nosotros tratamos de establecer las condiciones de la conversación con el psicótico”, indica Jacques-Alain Miller, “y nos ofrecemos para que él se sirva de nosotros”. Ménard señala: “Mantener una conversación de apariencia banal, evitando todo lo que pudiera funcionar como una interpretación”. Éric Laurent constata: “Para definir los tratamientos de la psicosis, es fundamental una especie de conversación sobre el goce”. Éric Laurent precisa: “Es importante sostener una empresa de traducción constante de lo que excede la significación”. Esta implica una actividad bastante importante por parte de quien ocupa el lugar de garante de la traducción posible. A partir de ahí la conversación se orienta más hacia una búsqueda de capitonado que a un desciframiento de los síntomas.

La conversación sobre el goce, cuando es dirigida por un analista, debe tener en cuenta ciertos principios. En particular, se debe operar una maniobra de transferencia para que el analizante no encarne un objeto sometido a influencias amenazantes. Evitar las interpretaciones ambiguas que hacen resonar el cristal de lalengua, no proponer el diván sino con prudencia puede contribuir a ello. La localización de la coyuntura desencadenante o de las situaciones que desestabilizan al sujeto es de una importancia fundamental. Se trata, además, de actuar para atemperar el goce excesivo asociado a menudo a los fenómenos elementales. La cesión de goce producida por las restricciones de la cura y por los decires del sujeto no siempre son suficiente para ello.

En un pasaje poco citado hoy en día de “De una cuestión preliminar”, Lacan señala a los daños graves o efectos catastróficos de ciertas intervenciones relacionadas con la interpretación de una homosexualidad latente en el sujeto psicótico[4]. Se muestra muy tajante, muy afirmativo en este punto que considera cierto y que ha observado constantemente. Viniendo de un clínico de su calibre, tales indicaciones merecen ser tomadas en serio.

Sin duda, Lacan no ignoraba una viñeta clínica relatada por Ferenczi, en 1914, que atestigua de manera clara y original los efectos devastadores que puede tener en un sujeto psicótico una interpretación que dé consistencia a fantasmas homosexuales. Ferenczi accedió a la demanda de un joven de inteligencia superior, megalómano y perseguido. Aunque era despreciado por sus colegas, cumplía puntualmente con sus responsabilidades profesionales. Ferenczi apreciaba sus poemas hasta tal punto que había intentado llamar la atención de personalidades eminentes sobre ellos -los poemas-, por lo que el otro habría mostrado agradecimiento. Luego de esto, acudía a hablarle más o menos una vez por mes durante varios años para contarle sus penas como a un confesor. Se marchaba aliviado, por lo general. Su escaso deseo sexual iba de la mano de convicciones erotomaníacas. Ferenczi no buscaba en lo absoluto emprender con él un análisis clásico que, en su opinión, no ofrecía ninguna perspectiva para este caso. Lo que sucedió después lo confirmó.

Fue en el duodécimo año de estas conversaciones mensuales, en las que el médico se limitaba en escuchar al visitante -sin ponerlo en el diván, sin pedirle asociación libre y sin interpretar- cuándo se produjo el colapso del paciente. Indignado por unos supuestos acosos, se lanzó a agredir a su jefe de servicio. Sin embargo, por esa época, había comenzado a mostrar un interés creciente por la literatura analítica hasta el punto de que había caído en sus manos un artículo de Ferenczi argumentando la tesis freudiana sobre la relación entre paranoia y homosexual. La idea de que él mismo fuera paranoico y homosexual le pareció al principio cómica, pero, poco a poco, fue adoptando esa interpretación. Ferenczi señala:

“Hasta entonces, había sufrido de una manía persecutoria, pero ahora comprendía por una especie de iluminación que, en el fondo, era -hablando con propiedad- un homosexual. Al día siguiente estuvo muy angustiado, atormentado por insoportables fantasmas homosexuales. Unos días más tarde, tenía alucinaciones, hablaba solo, hacía escándalos. Luego, entró en un estado catatónico en el que permaneció varias semanas. Tuvo que ser atendido en una clínica psiquiátrica.”

En consecuencia, hay que constatar que una actitud de no-intervención mantenida durante más de diez años había evitado la psicosis desencadenada. Pero fue suficiente la lectura de un artículo escrito por el analista para que el sujeto estuviera desequilibrado de forma duradera. Esta lectura dio lugar a una interpretación. Sugirió al sujeto que era capaz de haber traspasado el límite heterosexual del goce, lo que muy pronto lo atormentó y probablemente provocó comentarios burlones atribuidos a sus compañeros. Todo permite suponer que fue llevado a armar un escándalo para defenderse de estas acusaciones. La interpretación inesperada actuó en el sentido de una apertura hacia un goce desenfrenado, aunque se esperaba que se mantuviera contenida.

Sin embargo, ¿por qué el sujeto psicótico se vería tan amenazado por una interpretación de un fantasma homosexual sabiendo que algunos de ellos tienen una práctica asumida de la homosexualidad? Conviene, sin duda, aprehender la indicación de Lacan en un marco más amplio, pero también restringirla. No es solo la interpretación de la homosexualidad lo que resulta desestabilizador para algunos, sino, en un sentido más amplio, las interpretaciones que se viven como una autorización para un goce excesivo. Pueden referirse a la homosexualidad, pero también a fantasías incestuosas, pedófilas, zoófilas, homicidas, etc.

Cuando el temor a cruzar uno de esos límites atormenta a un sujeto psicótico y cuando percibe en las palabras del analista una posible confirmación a tal modo de goce -algo que, a veces, suscita la simple invitación a interrogarlo-, pues bien, se observa de manera corriente que estos pueden efectos catastróficos entre los que se destacan con mayor frecuencia el de avivar una erotomanía de transferencia que puede llegar incluso a provocar la interrupción de la cura. Sin duda, conviene ser un poco menos radical que Lacan en cuanto a los constantemente observados efectos catastróficos por intervenciones que desconocen la necesidad de un encuadramiento del goce en exceso, goce no-fálico. No obstante, se me ha dado más de una vez la oportunidad de recoger testimonios que confirman esos daños.

A la inversa, un ejemplo simple y probatorio de una intervención orientada hacia la contención del goce desregulado fue relatado por un analista de la siguiente manera. Relata:

“No olvido haber, para mi sorpresa debo decir, frenado una crisis de pánico suicida que no parecía dejar otra alternativa que la hospitalización inmediata con esta simple frase de autoridad en relación con las palabras de un perseguidor del momento: “Él no tiene derecho”. Efecto asombroso de calma.”

Es cierto que la consecuencia no siempre es tan espectacular, pero es característica de lo que se espera en estas circunstancias para aliviar la angustia.

Una conversación esclarecedora en el marco del tratamiento de un sujeto psicótico debe orientarse hacia la contención de la desregulación real o fantaseada del goce. Además, conviene que evite recurrir a interpretaciones ambiguas que pueden llevar al analizante psicótico a suponer que el analista posee un saber sobre él.

Uno de los principales problemas que surgen en el análisis de los psicóticos, según Rossenfeld -analista kleiniano-, es que a veces el paciente se siente humillado porque el analista lo comprende mucho mejor que sí mismo. Ciertamente, la práctica kleiniana que recurre profusamente a la interpretación, amplifica el fenómeno. Sin embargo, la observación tiene alcance general. Una simple pregunta que dé a entender que, detrás de lo que dice el sujeto, se le escapa una significación que el analista posee presenta a este último como aquel que puede adivinar lo íntima, una situación propicia para que el psicótico se pregunte qué quiere el analista de él. Ahora bien, cuando surge la pregunta, la respuesta tiende habitualmente hacia la maldad.

Un paciente me relataba: “A menudo, no entendía lo que me decía mi amigo. Así que pensaba que era en mi contra o que se estaba burlando de mí”. Muchas curas de sujetos psicóticos han dado un giro a raíz de una interpretación ambigua que erige al analista en amo, poseedor de un saber desconocido para el paciente.

La conversación psicoanalítica con sujetos psicóticos no busca operar un atravesamiento del fantasma ni despejar el significante de un síntoma fundamental ni, incluso, descifrar los fenómenos elementales, sino que se esfuerza por contener el goce desbordante de éste último sea por una adjunción de sentido, sea captándola por intermedio de una invención fuertemente investida, sea frenándolo mediante la adhesión a un ideal o, incluso, ajustándose a los valores de un ser querido. Esas soluciones, a veces “elegantes” -según Lacan- se desarrollan por fuera de la norma edípica, son no-estándar. De ahí la diversidad que las caracteriza.

El sentido, aunque fuera el más fútil, el más absurdo o el más extravagante, puede a veces ser curativo para el psicótico. Nada lo ilustra mejor que la cura de una esquizofrénica por un analista paranoico. Cuando éste logra traducir los fenómenos elementales de su paciente, en los significantes de su delirio, acaba por apaciguar los trastornos de éste último.

En un capítulo sobre “La desagregación y desintegraciones esquizoides”, añadido en 1949, a la edición estadounidense de El análisis del carácter de Wilhelm Reich, se relata la cura de una joven irlandese de 32 años internada en una clínica psiquiátrica por esquizofrenia paranoide. Afirmaba estar en contacto con fuerzas a la vez diabólicas y atractivas que, en ocasiones, la incitaban al asesinato y a autolesionarse. Al término de la cura, después de 4 a 5 años de un trabajo entrecortado con interrupciones, Reich afirma:

“La paciente que había permanecido durante años en una institución psiquiátrica y cuyo estado se estaba deteriorando, vive en la actualidad, desde hace más de 6 años en libertad. Ha retomado su actividad profesional. El proceso patológico se ha detenido. Vuelve a desempeñar un papel positivo en la sociedad.”

Esta cura lograda fue dirigida según los siguientes principios. Reich precisa:

“Las funciones que aparecen en el esquizofrénico son funciones cósmicas, es decir funciones de la energía cósmica del orgón en el organismo bajo una forma directa y sin disimulo. No existe ningún síntoma esquizoide que sea comprensible si no se tiene en cuenta que la frontera precisa que separa al homo normalis del océano cósmico de orgón se ha derrumbado en el esquizofrénico.”

Reich prosigue: “Por consiguiente, varios de estos síntomas esquizofrénicos se deben a la realización intelectual de ese derrumbe. Otros son manifestaciones directas de la confluencia de la energía de orgón en el organismo y de la energía cósmica de orgón atmosférica.”

El tratamiento consiste en traducir las fuerzas, por tanto, en percepción de las corrientes orgonóticas para que la paciente logre vivir en estrecha unión con su bioenergía. Al ser esta unión, según Reich, “propia de los genios creadores”, la cura empuja el sujeto a tomar un lugar de excepción, lo que la lleva a identificarse temporalmente con la diosa Isis.

Más que ninguna otra, esta cura tiene como objetivo el inducir en el sujeto una paranoia dirigida, algo que denuncia Lacan cuando es dirigida por analistas demasiado inclinados a comprender y a interpretar. Ahora bien, Reich confiesa: “Le conté a la enferma todo lo que creía comprender de su estado”. Bercken señala: “Él se ubica como interlocutor de las fuerzas desde una posición divina”. Un dominio tan abrumador favorece la aparición de una erotomanía de transferencia. “Todo lo que ocurre”, afirma la paciente, “es usted quien me lo sugiere. Usted está confabulado con la fuerza. Mis pensamientos no son pensamientos, sino conocimientos impregnados dados a mi cabeza”.

En el trascurso de la cura, ella se precipitó sobre Reich con un cuchillo en mano. Sin embargo, un apego ambivalente hacia el terapeuta persistió a lo largo de los años, llevándole en ocasiones a hacerle saber que él era el primero en explicarle en forma comprensible los fenómenos que ella experimentaba.

A pesar de algunas interrupciones en la cura, la paciente considera a posteriori que ésta le hizo un bien intenso. Sin duda, para ello, fue necesario que lograra distanciarse de Reich. Le escribió después de finalizar su trabajo para decirle cuánto le había impresionado su libro Escucha, hombrecito. Ella precisa: “No podría afirmar que este libro me haya gustado, pues lo que usted dice de este hombrecito es a la vez tan verdadero y tan triste que he reconocido en ello mi propia historia”. El fenómeno de los pensamientos impregnados continúa pues, discretamente más allá de la terapia. Mucho después del final de ésta, ella aún encuentra frases consignadas en libros que saben cómo y por qué ella sufre.

La conducción de esta cura no es, sin duda, un modelo, pero resulta enseñante. Pone en evidencia que la interpretación de fenómenos elementales mediante un delirio parafrénico comprobado puede traer efectos de sedación en una psicosis cuando el sujeto se la apropia. La cura de la joven irlandese de Reich muestra que la co-construcción de un mito que da sentido a los fenómenos elementales puede ser apaciguadora a condición de que el goce del sujeto se movilice en una relación transferencial. También indica que, para contener la erotomanía de transferencia, las interpretaciones deben orientarse hacia una contención del goce y no hacia una liberación de lo pulsional.

La cura de una esquizofrénica por parte de un parafrénico lleva a los límites extremos de lo que puede producir una adición de sentido a los fenómenos elementales en la medida en que revela de manera evidente que una cura puede generar un delirio co-construido con efectos de apaciguamiento.

El psicótico, si hay que creer a Schreber, no busca, como el neurótico, una investidura que lo confrontaría con el poco peso del significante-amo, sino que busca más bien ser acompañado para que llegue un momento, a pesar de todo, “en el que el sinsentido pasará”. Ocurre que el psicótico logra calmarse cuando el significante desamarrado que lo perturba o amenaza logra sumergirse sólidamente en el Otro. Los fenómenos elementales no son interpretables, pero están a la espera de un sentido. Poco importa la veracidad de este sentido para que se obtenga un efecto terapéutico. Lo importante es que, gracias a la cura y a la transferencia, el sujeto adhiera al sentido que inventa o que co-construye.

No se trata, desde luego, de concluir que habría que fomentar el delirio con el psicótico. Las mejores estabilizaciones se obtienen mediante la construcción de una suplencia que pasa por la investidura de las producciones del sujeto. Sin embargo, la posición ética del analista implica que no desee nada para su paciente. Ahora bien, sucede a veces no tiene otra elección que acompañarlo en su trabajo sobre sus convicciones delirantes. Uno de los resultados posibles de una cura analítica es el delirio enquistado, es decir, un delirio que ya no se desarrolla, aunque sigue presente, pero del que el sujeto apenas menciona y, en este caso, es compatible con una vida social.

El delirio parafrénico se presta especialmente bien al enquistamiento debido a lo que D. Wallence denominaba la «diplopía», es decir una visión doble del mundo por parte del sujeto, una delirante y, la otra, convencional. Ambas se yuxtaponen sin oponerse. Un paciente que se creía Cristo podía, así, aceptar perfectamente la casa del médico-jefe del hospital. En esto, el parafrénico es muy diferente del paranoico; no busca en imponer al otro sus convicciones delirantes, se conforma con sus certezas megalómanas, sean o no compartidas.

Muchos psicóticos se las arreglan muy bien por sí mismos para sumergir el Uno en el Otro con el fin de construir un nuevo orden del mundo. Al final de la escala de los delirios, algunos logran una elaboración de saber que les satisface plenamente y los convierte en seres de excepción. Estos -los paranoicos y parafrénicos- ponen en evidencia que la psicosis no es un déficit del pensamiento, sino -como subraya Lacan- “un ensayo de rigor que a veces culmina en descubrimientos científicos” o en trabajos de gran valor.

El significante capaz de captar el goce de los fenómenos elementales es un signo lingüístico arbitario, sin vínculo con la cosa designada, por lo que no tiene necesariamente un correlato en la realidad. De ahí que pueda ponerse al servicio de diversas construcciones imaginarias. En este sentido, no sólo el delirio puede convertirse en estabilizador cuando es enquistado o cuando es ampliamente compartido -como en sectas, grupos políticos, etc.-. A veces, ciertas curas psicoanalíticas producen mitos construidos conjuntamente que genera un sentido apaciguador.

En la concepción kleiniana, Lacan opinaba que el análisis no podía ser otra cosa que la operación de un discurso sugestivo o incluso supuesto por el analista. Rossenfeld considera, en efecto, que “lo esencial de la cura de los sujetos psicóticos debe basarse en la interpretación de la identificación proyectiva” por la cual el sujeto se libera de pensamientos o sentimientos insoportables expulsados al interior del analista, de modo que este siente y comprende las experiencias del paciente siendo, entonces, su trabajo ponerlas en palabras, es decir verbalizar sus sentimientos. Gracias a esta verbalización de esta experiencia, el paciente puede, según dice Rossenfeld, “empezar a pensar en experiencias que antes carecían de sentido y eran aterradoras”. El analista kleiniano establece así unas condiciones especialmente propicias para una interpretación de los trastornos mediante la comunicación de un sistema imaginario al paciente.

Pero no es el único. En una cura conducida por Gisela Pankow, fundada en un método de estructuración dinámica de la imagen del cuerpo, Serge André observa que “finalmente, si algo del orden del fantasma logra construirse en la cura de Valerine, no es con los elementos de su historia, sino con los elementos de la cura”. ¿Cuál es el fantasma que tendrá Valerine si no es su psicoanálisis mismo?

El trabajo hecho por Kauffmann con Mitchell culmina, según éste último, en una especie de mito individual psicótico. Sin duda, sería posible multiplicar los ejemplos para poner en evidencia que la apropiación del sistema interpretativo del analista por parte del analizante psicótico funciona a veces como una traducción apaciguadora de esos fenómenos elementales. En ciertas curas, basadas en la hipótesis freudiana de la búsqueda de un núcleo de verdad histórica del delirio, el enfermo -como señala Perrier- “no exhuma su propia historia, sino que se crea una”. Sin embargo, sería demasiado reduccionista llevar las curas del psicótico a un trasplante o injerto de sentido. Algunos operan por otros medios, esencialmente mediante el establecimiento de suplencias o mediante la contribución a los apuntalamientos.

El aporte de Tellenbach a la clínica de los premelancólicos, es decir a una forma de psicosis ordinaria no-desencadenada, puso en evidencia la frecuencia de la estabilización de estos sujetos mediante una sobreidentificación con un rol social. A menudo, se trata de una identificación con el empleado modelo que acepta con gusto cargas de trabajo cada vez más pesadas de manera que llega un momento en que su cuerpo ya no puede seguir el ritmo de las exigencias que se impone. Entonces, cuando su rol ya no es posible de asumir, se desencadena la melancolía. Con tales sujetos, la dirección de la cura no consiste en tratar de dilucidar los determinismos de la elección de la sobreidentificación. Conviene, por el contrario, preservarla cuidando en moderar su rigor de modo que se mantenga enmarcando el goce y haciendo lazo social. No se trata aquí de producir un atravesamiento de las identificaciones narcisistas para que el sujeto se deshaga de ellas, sino, muy por el contrario, sostener algunas cuando dan consistencia al sujeto y contribuyen a frenar el goce mediante los ideales que portan. Estos ideales que sirven para canalizar el goce y orientar al sujeto, a veces los encuentra gracias a la cura, enlistándose en la vida militar, haciéndose monjes, militando en alcohólicos anónimos, etc.

El apuntalamiento en un ser querido, incluso en un analista, consiste en otra forma de estabilización bastante frecuente del sujeto con funcionamiento psicótico. Una de las más comunes es la que se encuentra en la estabilización de una pareja. La solución que conduce a un apuntalamiento en un ser querido, incluso en un analista, no es la más satisfactoria ya que éste permanece dependiente de la presencia y de la disponibilidad de éste último, así como de la aptitud para entregar una palabra apaciguadora. La solución más favorable en la cura de un sujeto psicótico es establecer una suplencia a través de una actividad artística, profesional, religiosa, deportiva u otra. La suplencia es una construcción del sujeto que enmarca su goce y que logra hacer lazo social. Son numerosos los ejemplos de elaboraciones terapéuticas producidas por escritores, pintores, compositores y otros artistas diversos. Hay casos en el que el tratamiento los acompaña y las respalda.

El psicoanálisis aplicado con el psicótico se beneficia si se orienta por el apaciguamiento del goce desregulado más que del desciframiento del inconsciente. Funciona mejor mediante la invención de suplencias o puntos de capitón no-convencionales que a través de la depuración del sentido para despejar un significante-amo. A veces, es necesario satisfacerse modestamente con un sostén en apuntalamientos.

Para que se instale una dinámica de cura, la posición de testigo en la que muchos psicóticos tratan de mantener al analista para protegerse de su deseo resulta insuficiente. El analista debe evitar ciertas interpretaciones desestabilizadoras que son aquellas que socavarían las identificaciones en las que se apoya el sujeto, aquellas que harían resonar el cristal de lalengua para interpretar un síntoma, aquellas que implicarían un empuje a La mujer como una pulsión sexual ignorada, etc.

Conviene además que el analista se forme una maniobra de transferencia esforzándose por orientar el goce, a veces de manera limitativa contrarrestando el goce desregulado, otras de manera positiva apoyando cierto ideales del sujeto. Oponerse a la tendencia de muchos psicóticos a encarnar el objeto caído de lo simbólico es una orientación fundamental de la cura que incita en ocasiones a decir “No” a conductas fuera de los límites; otras veces, a intentar desplazar la posición del sujeto frente a alucinaciones mortificantes y otras, incluso, en apoyar un trabajo creativo capaz de forjar un nudo sinthomático.

“Existe una situación analítica normalizada hacia la que se intenta conducir al neurótico”, constata Miller. “Muchas veces la gente nos utiliza de una manera que no está normalizada, no prevista en el modo de uso. A menudo surge la pregunta de que, si hay que aceptarlo, pero siempre debe considerarse al mismo tiempo lo otro. ¿Hay que imponer a toda costa nuestro ideal de tratamiento a un sujeto que se sirve de nosotros a su manera y que encuentra en ello su propia satisfacción? Hay usos más nobles. Nos gustaría que el paciente nos utilice de una mejor manera y, por supuesto, no hay que resignarse, pero hay que tener en cuenta también el otro lado. Seamos, en efecto, objetos lo suficientemente flexibles y tolerantes, lo suficientemente masoquistas -si se me permite- para que se hagan usos de nosotros que no están normalizados ni son completamente previsibles.”[1]

Queda por examinar un hecho indiscutible al que se recurre habitualmente para respalda una conducción transestructural de la cura. Hay psicóticos, principalmente psicóticos ordinarios, que se mantienen en un trabajo analítico sin que aparentemente los analistas actúen de forma diferente a como lo hacen con los neuróticos. La actitud de abstención silenciosa del analista predominante en la cura de los neuróticos, sin reducirse a ella, es propicia para ofrecer un espacio vacío de goce en el que el analizante puede trabajar sus construcciones. Para algunos sujetos psicóticos, el dispositivo les permite hace un trabajo de ciframiento de fenómenos elementales, a veces discretos, a veces no identificados como tales. No es el analista quien produce un injerto de simbólico, sino que lo acompaña cuando la maniobra de transferencia es adecuada. No se trata, desde luego, del injerto de un orden simbólico, sino de la instauración de fijaciones no-estándar apropiadas para hacer un capitonado no-borromeo de la estructura subjetiva. La cura puede permitir una traducción que dé sentido a significantes desarraigados o a intuiciones más o menos oscuras a partir de las cuales se ordena la realidad. Parece incluso conducir en ciertas circunstancias a la construcción de un delirio común, bajo una forma de una historización de la cura que, a veces, hace lazo social. Cuando el analizante psicótico produce el ciframiento de su goce con un saber analítico, el relato de la cura puede confundirse con el de un neurótico. No hay que excluir un ciframiento por el fuera-de-sentido. Todo desciframiento, efectivo o no, no es más que una nueva decodificación.

El psicótico -si creemos en Schreber- no busca un retroceso que lo confrontaría a la falta de peso del significante-amo; busca, más bien, ser acompañado para que llegue un momento “a pesar de todo en el que el sinsentido pasará”. El psicótico se apacigua cuando el Uno-solo que lo perturba y amenaza logra sumergirse sólidamente en el Otro.

Agradezco a los que me han escuchado hasta acá.

Daniel Aksman:

Gracias, Jean-Claude.


*Maleval J.-C., “Diversidad de las conversaciones con sujetos con funcionamiento psicótico”, intervención vía Zoom para el Departamento Psicoanálisis y Psiquiatría. 2026/09/05. Inédito. Disponible en: Facebook

**Esta transcripción/traducción agrega términos, referencias y citas que no aparecen en la traducción sucesiva de Alejandra Loray.

[1] Lacan J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos, tomo 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018, p. 557.

[2] Lacan J., El Seminario, libro III, Las psicosis, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2017, p. 89.

[3] Lacan J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos, tomo 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018, p. 514.

[4] Lacan J., “De una cuestión preliminar…”, op. cit., p. 522.

[1] Miller J.-A., La psicosis ordinaria, Buenos Aires, Paidós, 2017, p. 293.


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