DEL CONGELAMIENTO DEL EFECTO-SUJETO AL CONGELAMIENTO DEL S1 EN EL AUTISMO – Más allá de la mismidad en el autismo
Por Jean-Claude Maleval
2026/08/24
Silvia Tendlarz :
Bueno, hoy tenemos el gusto y el honor de tener con nosotros a Jean-Claude Maleval. Evidentemente, su nombre precede cualquier presentación que podamos hacer. No obstante, voy a tomar la pequeña presentación que hay en la contratapa de su último libro -que estuvimos trabajando acá en el DAP- que es De la estructura autística y los falsos autistas y a retomar la presentación.
Jean-Claude Maleval es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y profesor honorario de Psicología Clínica. Especialmente es el autor de La lógica del delirio, El autista y su voz, ¡Escuchen a los autistas!, Sorprendentes mistificaciones de la psicología autoritaria, Consideraciones para la psicosis ordinaria. Acá no está, pero también está La Diferencia autística y este último libro, De la estructura autística y los falsos autistas.
Pero, además de esta presentación, hay que decir que, para nosotros, Jean-Claude Maleval es una orientación, es una orientación de trabajo que nos ha permitido orientarnos especialmente con el trabajo del autismo. Así que hemos tenido la oportunidad de abrir el DAP con una conferencia de Jean-Claude Maleval antes de que publicara su primer libro. Acá está Patricio [Álvarez] conmigo también. Así que es fantástico. Hemos podido compartir otras actividades.
Patricio Álvarez :
2010 creo que fue.
Silvia Tendlarz:
2010 también estando en Ushuaia, en un congreso que hubo, pudimos compartir un trabajo con él. Así que la verdad es un enorme gusto y placer.
Jean-Claude, acabo de presentarte la presentación y, además, diciendo que estuviste en la apertura del DAP. La primera vez que abrimos el Departamento de Autismo, estuviste en Buenos Aires. Fue antes de la salida de tu libro. Hace ya bastante tiempo. Diciendo esto, te paso la palabra para tu conferencia sobre el “Del congelamiento del efecto-sujeto al congelamiento del S1 en el autismo.”[1] Jean-Claude, es tu turno de hablar.
Jean-Claude Maleval:
Bueno, muy bien. Les agradezco por su invitación para hablar de nuevo sobre el autismo en el Departamento. Voy a intervenir bajo el título “Del congelamiento del efecto-sujeto al congelamiento del S1 en el autismo – Más allá de la mismidad en el autismo.”
En una discusión en Ginebra, en 1975, Lacan plantea rápidamente que en el autismo hay “algo que se congela”[2], sin más precisión. Jacques-Alain Miller y Éric Laurent lo conciben hoy como un congelamiento del efecto-sujeto, mientras que yo formulo la hipótesis de un congelamiento del S1 solo. A primera vista, estas dos nociones pueden parecer equivalentes. Si el sujeto se define por aquello que un significante representa para otro significante, entonces el congelamiento del S1, el hecho de que no se articule con el S2, implica un congelamiento del efecto-sujeto. Sin embargo, como mostraremos, por una parte, la inversa no es verdadera, tal como lo atestigua la clínica de la esquizofrenia y, por otra parte, el congelamiento del S1 encierra potencialidades creadoras que el congelamiento del efecto-sujeto, referido a la iteración de lo mismo en el matema propuesto por Jacques-Alain Miller, no parece tomar en consideración.
Recordemos ese matema:
(S1)0 –> S1 S1 S1 S1…
Este escribe, en lo esencial, que la forclusión del Nombre-del-Padre tiene como consecuencia una iteración del S1 solo que ancla el funcionamiento del autista en la mismidad. Procura captar el funcionamiento de Kanner considerando que el de Asperger correspondería a otra estructura.
Por mi parte, intento formalizar la estructura del autismo espectral, aquel que se despliega en un espectro clínico que va desde los autistas de Kanner hasta los autistas de alto nivel, pasando por los autistas de Asperger, mediante el siguiente matema, derivado del precedente:

Falta tiempo para comentarlo aquí. Indiquemos solamente que este escribe que la forclusión del Nombre-del-Padre induce diversas modalidades de congelamiento del S1 solo, congelamiento anotado [S1], y la posibilidad de un descongelamiento, en los autistas de alto nivel, anotado S1. El descongelamiento del S1 va acompañado, en estos últimos, de un descongelamiento del efecto-sujeto, puesto que todos concuerdan en reconocer que ya no están fuera-de-discurso.
¿Por qué considerar que la clínica del autismo se despliega en un espectro en lugar de sostener, con Jacques-Alain Miller, la hipótesis de estructuras subjetivas diferentes dentro de ese espectro? Nuevamente, no puedo detenerme aquí en este punto que he desarrollado en otros lugares, en La Diferencia autística, sobre todo. Recordemos, no obstante, rápidamente los principales argumentos. Las formas de pasaje del autismo de Kanner al autismo de Asperger son numerosas. Entre los once primeros casos presentado por Kanner en 1943, dos se convirtieron en autistas de Asperger. El único caso de autismo comentado por Lacan, el de Dick, tratado por Mélanie Klein, evolucionó hacia el autismo de Asperger. Existen, además, casos mixtos, cuyo comportamiento es del de los autistas de Kanner, pero cuyas capacidades de lenguaje llevarían más bien a ubicarlos dentro del autismo de Asperger. Está, además, bien establecido que basta conocer el cuadro descrito por Kanner para identificar a un autista a un autista de Asperger; así lo demuestra el caso Joey, relatado por Bettelheim en La fortaleza vacía, quien, desde su ingreso en la Escuela Ortogénica de Chicago, manifiesta aptitudes para movilizar el lenguaje que habrían llevado a ubicarlo entre los autistas de Asperger si Bettelheim hubiera conocido los trabajos sobre Los psicópatas autísticos. No era así y, sin embargo, no dudó en considerar autista a Joey, aun disponiendo únicamente de las referencias clínicas de Kanner.
El S1 no está congelado en la esquizofrenia
La primera distinción que debe establecerse entre el congelamiento del efecto-sujeto y aquel del S1 nos lleva a detenernos en la clínica de la esquizofrenia, la cual, subraya Jacques-Alain Miller en 1983, está anclada en un “enjambre de significantes […] irremediablemente dispersos [que producen] una dispersión y una desaparición del significante-amo”[3]. Es notable que los términos utilizados en 2021 para comentar el matema del autismo de Kanner resulten muy semejantes, puesto que escribe que «la forclusión del S1 tendría como efecto su metamorfosis multiplicativa en un enjambre». La aproximación está tanto más justificada cuanto que, a propósito de la esquizofrenia, habló de “estado nativo del sujeto”[4] (1983) y, respecto del autismo, de “estatuto nativo del sujeto”[5], expresiones que remiten al primado del S1 solo en ambas clínicas y a aquello que la noción de congelamiento del efecto-sujeto intenta captar de otro modo.
En 2021, Jacques-Alain Miller no oculta que se pregunta si el autismo no comportaría “una cara psicótica”[6]. Sin embargo, observa al mismo tiempo que los cinco argumentos que enumero para excluir al autismo del campo de las psicosis son “inapelables”. Estos cinco argumentos son, aclaro, la ausencia de delirio y de alucinaciones verbales, la voluntad de inmutabilidad, la ausencia de desencadenamiento, la evolución del autismo hacia el autismo y la especificidad de los escritos de los autistas.
El matema propuesto por Jacques-Alain Miller es indudablemente pertinente para el autismo, sin embargo, lo es en igual medida, o incluso más, para la esquizofrenia. La aproximación resulta manifiesta cuando se subraya que, en ambos síndromes, puede ocurrir que los enunciados se reduzcan a una lalengua que solo solo deja oír un goce puro de las sonoridades. Sin embargo, cuando los sujetos intentan comunicarse, aparece que los S1 dispersos del autista y del esquizofrénico resultan diferenciables. El médico le pregunta su nombre a una mujer esquizofrénica. Ella responde: “Me llamo, yo, mi nombre. Usted es quien me debe un campo. En verdad soy el Padre eterno. Mi espíritu fue tallado para hacer de él un delantal”. Estas sucesiones de afirmaciones no sistematizadas no obedecen a ninguna lógica discernible. En cambio, cuando un niño autista kanneriano intenta expresarse, sus enunciados parecen más coherentes. Uno de ellos se planta delante de su madre y le dice: “La maestra puso a Richard en penitencia. Él lloró. Los niños salieron al recreo. Jugaron al fútbol”. No agrega nada ni espera respuesta. Es frecuente que informe así, de manera inesperada, constataciones puntuales de las que no extrae ninguna consecuencia. Tales enunciados, como los del esquizofrénico, están fuera de discurso y no pueden movilizarse en intercambios dialécticos; sin embargo, los del niño autista parecen un poco más consistentes, pues están anclados en percepciones visuales surgidas de las experiencias del niño. La dispersión de los S1 del esquizofrénico no conoce otros límites que las capacidades de invención del sujeto; en cambio, cuando el autista comienza a intentar comunicarse, sus S1 están inicialmente insertos en una lengua factual, lastrados por percepciones que los organizan. Si pueden iterar y no proliferar en enjambre es porque poseen un anclaje en las cosas.
Existen ciertamente puntos en común entre el autismo y la esquizofrenia, pero lo que nos importa aquí es delimitar sus diferencias: ¿en qué sentido la dispersión esquizofrénica responde a una lógica distinta de la iteración autística?
Lo más manifiesto es, ante todo, constatar que el S1 del esquizofrénico no se caracteriza por su iteración; ciertamente, pueden existir algunas ecolalias insistentes, pero el S1 que surge desamarrado en el fenómeno elemental no itera, mientras que una incoherencia fluctuante es propia del delirio paranoide.
Una de las características de los llamados esquizofrénicos, según la expresión de Lacan, consiste en acentuar resueltamente su posicionamiento fuera-de-discurso atacando la articulación S1 –> S2 por intermedio de una ironía devastadora. “Cuando tengan experiencia con el esquizofrénico -afirma Lacan a los estudiantes de filosofía-, conocerán la ironía que lo arma, dirigida a la raíz de toda relación social”[7]. Uno de ellos me confió: “Cuando alguien me dice algo, pienso en contra de mi voluntad: “Y tú, hermana, ¿por qué me dices eso? ¿Qué importancia tiene?”. En general -añadió-, me importa un bledo la situación política y todo lo que piensan los demás”. La ironía, subraya Jacques-Alain Miller, “no es del Otro, es del sujeto y va en contra del Otro. ¿Qué dice la ironía? Dice que el Otro no existe, que el lazo social es, en su fondo, una estafa, que no hay discurso que no sea del semblante […] La ironía es la forma cómica que adopta el saber de que el Otro no sabe, es decir, que, como Otro del saber, no es nada”[8]. Freud ya había captado un similar «retiro de creencia» y una «incredulidad» en la paranoia, en lo cual Lacan discernía ese esencial «rechazo de cierto apoyo en el orden simbólico» que denominó forclusión del Nombre-del-Padre.
Algunos esquizofrénicos llevan la ironía hasta atacar no ya los valores mismos, sino aquello que los sostiene y transmite, a saber, el lenguaje. Se dedican entonces a un trabajo de escritura orientado a descomponer la lengua. El efecto de ironía es inmediato cuando essentiel se escribe “et sent ciel” [“y huele a cielo”], Hitler, “It l’air”; Jesús, “J’ai su” [“supe”]; Nagasaki, “Na gaz à qui?” [“¿Gas a quién?”]. La ironía es más difusa, pero está muy presente en la incoherencia de afirmaciones yuxtapuestas. A veces impulsa la producción sostenida de lo que algunos denominan “escritos en bruto”, la mayoría de los cuales procura desbaratar los valores transportados por la lengua.
El autista puede encontrar satisfacción en jugar con las sonoridades de la lengua, pero no busca, como el esquizofrénico, atacar la lengua misma ni su aptitud para referir. Uno de ellos formula la pregunta: “¿Por qué yo tendría que hablar como tú?”.
La ironía corrosiva, que va contra el Otro y posiciona resueltamente al sujeto fuera-de-discurso, conduce a la desinserción social y, a veces, incluso a salir de manera todavía más radical de la escena del mundo. Muchos esquizofrénicos son capturados por la errancia de las personas sin hogar. De Clercq, quien dedicó una obra notable a los vagabundos de París, constata en la mayoría de ellos una actitud fundamentalmente irónica. Tienen, escribe, “esa altiva nobleza de no formular ya frases. De no creer -todo en su comportamiento lo demuestra- en el progreso, en los mañanas radiantes de los esfuerzos colectivos, en el porvenir del hombre. De no creer ya, en el fondo, en otra cosa que en la nada y la muerte”. Observa, además, que organizan su “propia desertificación”. “Esto -precisa- queda perfectamente ilustrado por un signo clínico típico de estos cuadros: la pérdida repetida, casi programada, de los documentos de identidad. Esta acarrea, evidentemente y de manera automática, una parálisis social del sujeto, quien queda, por ello mismo, fuera de juego respecto de cualquier gestión vinculada con la asistencia social. Doble movimiento mediante el cual el sujeto no solo extravía simbólicamente la reificación administrativa de su identidad, sino que también se proporciona un argumento irrefutable para demostrar que nada es posible para él”. Se empeñan, por lo tanto, no solo en obstaculizar la articulación del S1 con el S2 mediante una ironía cáustica, sino que, a veces, atacan incluso aquello que podría injertarse en una representación del sujeto por el S1, perdiendo repetidamente sus documentos de identidad. El esquizofrénico ataca no solo la articulación S1 à S2, sino también, a veces, el propio S1, de modo que parece trabajar no solamente para congelar el efecto-sujeto, sino incluso para socavarlo.
Sin embargo, en 2023, Jacques-Alain Miller no se detiene en comparar al autista con el esquizofrénico, sino que procura captar qué podría tener en común la iteración autística con la certeza delirante. La noción de iteración implica algo más que una dispersión esquizofrénica: requiere un lastrado del S1. En el autismo, cada uno de los S1 tiende a volver al mismo lugar; está ciertamente separado de los S2, pero es insistente. Puede serlo intensamente en conductas de inmutabilidad, en el predominio de términos-etiqueta en la lengua, en la asimilación de conocimientos ready-made aprendidos de memoria, etc. ¿Dónde encuentra el autista el anclaje de estas iteraciones? Jacques-Alain Miller propone una respuesta cuando señala que “la preferencia autística por los objetos y, especialmente, por las máquinas en detrimento de las personas” encuentra su raíz en el trabajo del autista destinado a consagrarse “a la creación de certezas”, porque está “desprovisto del asiento delirante de la certeza psicótica”[9]. En efecto, es esencial subrayar que el autista, al igual que el psicótico, es un sujeto que trabaja para encontrar certezas; muchos autistas afirman que buscan tener acceso a “reglas absolutas”. Ahora bien, estas reglas no las construyen componiendo un nuevo orden del mundo a partir de S1 desamarrados que surgen en exterioridad y generan fenómenos elementales. A diferencia del psicótico, el autista supone desde el comienzo que esas reglas existen. Ciertamente, se enfrenta a un Otro caótico en el que los S1 están dispersos, pero también están fijados, porque iteran, aparentemente determinados -escribe Jacques-Alain Miller- por un “algoritmo”. Tal suposición de la existencia de algoritmos que rigen el mundo y que habría que descubrir es, precisamente, la que hacen los autistas. Lo atestigua no solo la importancia de la búsqueda de fragmentos del orden de las cosas en los pequeños algoritmos constituidos por las reglas de inmutabilidad, sino también afirmaciones todavía más explícitas. Gunilla Gerland afirma creer en “la existencia de una única regla general aplicable a todos los ámbitos” que querría “descubrir”[10]. Birger Sellin afirma: “Yo mismo deseo valores más que absolutos”. Oliver Sacks constata que, para Temple Grandin, la ley “no era solamente la legislación de un país, sino también, en un sentido mucho más profundo, la expresión de una ley divina o cósmica cuya violación podía provocar consecuencias desastrosas, catástrofes que parecían desajustar la maquinaria misma de la naturaleza”, de modo que ella pensaba que existía en el universo “una fuerza organizadora […] una especie de potencia que crearía orden a partir del desorden”[11]. Bruno Bettelheim constata que Joey busca en “la ley absoluta de las máquinas” un “principio” que sea “permanente e inmutable”. ¿Dónde alojan los autistas la suposición de la existencia de esos algoritmos a los que no tienen acceso, pero que buscan en fragmentos de certeza? Algunos lo formulan con mucha claridad: en “el orden de las cosas”. En ese orden sitúan el lugar de la referencia y de la garantía: “Por razones importantes -escribe Sellin-, solo puedo encontrar seguridad en los objetos”[12]; “Solo me comprometía y me aplicaba respecto de las cosas -afirma Williams-, nunca de las personas”[13]; esto es lo que Temple Grandin ponía en acto al atravesar realmente puertas simbólicas para garantizar algunas de sus decisiones[14]. El psicótico construye sus certezas en el campo del significante; el autista se esfuerza por descubrirlas y lastrarlas en el de las cosas. La iteración autística está anclada en un objeto que gobierna su insistencia, a la manera de una máquina programada.
A diferencia del esquizofrénico, el autista no busca acentuar la disyunción de los S1 del Otro elemental, sino que se esfuerza, por el contrario, en fundar cada uno de ellos en lo que Jacques-Alain Miller denomina un “algoritmo”. El Otro elemental suscita una aprehensión caótica de la realidad. El autista no comprende el mundo en el que se desenvuelve. “Quiero acercarme a los demás -confiesa una niña-, pero no entiendo sus juegos”, lo cual confirma Higashida: “La verdad es que nos gusta mucho la compañía de la gente. Pero casi siempre termina mal”[15]. El Otro elemental no es malvado, como el del psicótico; es caótico e inquietante. Según Prizant, los autistas perciben el mundo no como amenazante, sino como “desestabilizador, imprevisible y abrumador”[16]. Para orientarse en ese caos inquietante, el autista busca identificar fragmentos del orden de las cosas a los que se esfuerza por aferrarse firmemente.
Las potencialidades creadoras inherentes al congela miento del S1
Anclar el autismo de Kanner en la iteración de lo mismo, tal como propone el matema de Jacques-Alain Miller, parece conducir a establecer un obstáculo para pensar cualquier posibilidad de cambia en esta clínica, lo cual es coherente con el rechazo del autismo espectral. Ahora bien, el propio Kanner constata que “hay progresos y mejorías” en la mayoría de los primeros autistas que describió. Observa que “el lenguaje se vuelve más comunicativo, primero en el sentido de ejercicios de preguntas y respuestas y, posteriormente, en el sentido de la formación espontánea de frases cada vez más largas”. Estos niños, escribe, procuran extender cautelosamente “seudópodos hacia un mundo en el que fueron totalmente extranjeros desde el comienzo”[17]. Aunque hace de la mismidad un elemento esencial del cuadro clínico, Kanner no fija el autismo en la iteración. Y Asperger aún menos, puesto que le impresiona aquello que denomina la “hipertrofia compensatoria” de sus psicópatas autísticos[18].
Sin embargo, la iteración del significante unario parece bloquear el devenir: “se desarrolla fuera de sentido y sin variación -escribe Jacques-Alain Miller-; es un movimiento, sin que haya por ello cambio. No es inmóvil, pero permanece inmutable […] El autista se baña siempre en el mismo río; de lo contrario, hay crisis, angustia, pánico”[19]. ¿Cómo pensar, entonces, los procesos de cambio ya discernibles desde el autismo de Kanner?
Contra toda evidencia, parece que el congelamiento del S1 es compatible con la introducción de variaciones y novedades en el seno mismo de la iteración. Es preciso suponer que, si esta se diferencia de la dispersión esquizofrénica, es porque algo insiste, aquello que Jacques-Alain Miller procura captar mediante la noción de “algoritmo”. Ahora bien, apoyándose en este, que parece clausurar toda evolución, el autista parece, sin embargo, capaz a veces de hacer surgir algo nuevo.
O. Sacks observó durante mucho tiempo a unos gemelos autistas que encontraban una gran satisfacción en intercambiar números primos de seis cifras. Entró en su juego gracias a una tabla de números primos, proponiéndoles uno de ocho cifras. Para los gemelos fuera una gran alegría identificar un número primo que nunca habían encontrado. Entraron en el juego y propusieron un número de nueve cifras que Sacks verificó como primo en su tabla. Consultándola discretamente, Sacks les lanzó entonces un número de diez cifras. Después de lo cual -relata- John, uno de los dos gemelos, “tras una prodigiosa contemplación interior, enunció un número de 12 cifras. No pude verificarlo ni proseguir el juego -comenta Sacks- porque mi libro -que, hasta donde yo sabía, era único en su género- no iba más allá de los números de diez cifras. Pero Michael sí pudo, aunque le llevó cinco minutos; y, una hora después, los gemelos intercambiaban números primos de veinte cifras, o al menso supuse, pues no tenía ningún medio de verificarlo. En aquella época -precisa-, en 1966, no había una manera sencilla de comprobarlo, salvo disponer de una computadora sofisticada. E incluso en ese caso, utilizando la criba de Eratóstenes o cualquier otro algoritmo, no habría sido fácil, porque no existe un método sencillo para calcular números primos de este orden y, sin embargo, los gemelos podían hacerlo”. Su búsqueda iterativa de números primos incluía, por lo tanto, la posibilidad de identificar otros nuevos, y no mediante la simple aplicación de un algoritmo, puesto que, precisamente, no existe una fórmula que permita encontrar el número primo inmediatamente superior a los números primos ya conocidos. Solo se sabe que hay una infinitud de ellos y que se vuelven más escasos a medida que avanza en los números enteros. Más aún, la identificación iterativa de números primos no podía consistir aquí en la simple memorización de una tabla de estos, puesto que, según Sacks, no existía ninguna que fuera más allá de diez cifras. Todo indica, por lo tanto, que el manejo iterativo de los números primos por parte de los gemelos integra una capacidad para hacer surgir algo nuevo. Esta capacidad no se funda en un algoritmo destinado a calcular su sucesión, sino en una especie de algoritmo que permite identificarlos. El interés de este ejemplo radica en que pone de manifiesto que la iteración o siempre está correlacionada con la mismidad.
Existen, por otra parte, autistas de Kanner capaces de realizar creaciones artísticas notables. Los dibujos de Lucile Notin-Bourdeau dieron lugar a numerosas exposiciones en Francia y en el extranjero. Son generados por una práctica iterativa de representación de cuerpos en movimiento, en posiciones variadas. Ahora bien, la novedad se introduce en esta iteración, puesto que el estilo evoluciona de manera muy manifiesta a medida que Lucile avanza en edad[20]. Lo mismo ocurre con las pinturas de Iris Grace, producidas iterativamente por una niña muy pequeña, sin cultura artística. Se trata de acuarelas y acrílicos de una originalidad y una belleza sorprendentes. Están reunidos en un magnífico libro en el que su madre señala que el estilo de Iris “evoluciona constantemente, al compás de sus experimentaciones con los diferentes materiales y herramientas”[21]. Estas aptitudes aparecieron sin aprendizaje y se despliegan en un aislamiento total respecto de la historia del arte, lo que autoriza a emparentar las producciones de Iris y de Lucile con S1 solos. Ahora bien, de su iteratividad emerge la novedad. La aptitud que las sostiene no las fija en la mismidad.
Si ahora nos detenemos en cada una de las cuatro grandes modalidades del congelamiento del S1, constataremos que todas integran potencialidades creadoras.
Esto resulta manifiesto en la primera de ellas, la más rara, la única que no intenta reificar la lengua, aquella que adopta la forma de fuertes expresiones puntuales. Este fenómeno llamó particularmente la atención cuando, para sorpresa del entorno, autistas mudos las pronuncian. Ya en 1946, Kanner constata que autistas “que parecen casi mudos” son, sin embargo, capaces de “proferir frases enteras en situaciones de urgencia”[22]. Así, la primera frase que pronunció Birger Sellin fue: “Devuélveme mi pelota”, dirigida a su padre, quien acababa de quitarle uno de sus objetos autísticos[23]. Un niño de cinco años -relata Berquez-, “a quien nadie le había oído pronunciar una sola palabra durante toda su vida, se sintió molesto cuando la piel de una ciruela se le pegó a paladar. Entonces exclamó claramente: “Quítenme esto” y luego volvió a su mutismo anterior. Otro niño mudo de cuatro años, mientras era examinado por un pediatra, gritó: “Quiero volver a casa” y, un año más tarde, durante una hospitalización por bronquitis, exclamó: “Quiero regresar”.”[24]
Estas fuertes expresiones puntuales son holofrases en las que el S1, el S2 y el a están compactados. Expresan violentamente la opinión del sujeto (S1), articulándose con la lengua del Otro (S2) y son portadoras de goce y de afectos. No dejan por ello de ser S1, pues la articulación con la lengua del Otro sigue siendo puntual: una vez pronunciadas tales frases, el sujeto no las comenta, no vuelve sobre ellas ni argumenta. Permanecen como surgimientos sorprendentes y sin continuación, separados de toda articulación dialéctica; por eso el S1 permanece allí congelado.
A menudo se considera que las frases espontáneas de los autistas mudos serían un fenómeno excepcional y propio de ellos, pero no es así: constituyen más bien un caso particular de una clínica observada con frecuencia en diversos niveles del espectro. Una autista de Kanner como Marcia, cuya lengua era escasa y estaba poco habitada, pudo, en una circunstancia en la que su educadora preferida le informó que se iría de vacaciones decirle “con fuerza” y repetirle varias veces: “Vete al diablo”[25]. Una emergencia semejante de una fuerte expresión puntual puede observarse en la lengua factual de autistas de Asperger. Cuando su madre se divirtió sorprendiendo a uno de ellos, Briac, haciendo “¡Buh!” al salir de un escondite, él se asustó mucho. Sus allegados tuvieron entonces la impresión de que hizo oír “su verdadera voz” cuando volvió hacia ella poco después y enunció con fuerza: “Ahora basta, no volverás a hacerlo… ¡No volverás a hacer “¡Buh!”.”[26]
El carácter sorprendente de estas fuertes expresiones puntuales, que surgen con mayor frecuencia en situaciones angustiantes, atestigua claramente que se inscriben en ruptura con la mismidad iterativa. Aunque el S1 permanezca congelado, el autista es capaz de producir en esa ocasión algo nuevo e inesperado.
La segunda modalidad del congelamiento del S1 se esfuerza por tratar la lengua como un objeto. Un lenguaje de loro anclado en ecolalias diferidas, describe Kanner; una lengua verbosa, observa Lacan; a veces está dirigida, pero sigue siendo fundamentalmente un soliloquio. Algunos autistas testimonian haber descubierto tardíamente que la lengua podía servir para comunicarse: durante mucho tiempo creyeron que era un objeto que producía sonoridades divertidas. La lengua-objeto es una amable compañera utilizada con frecuencia como protección frente a las interacciones de los demás. Ahora bien, ocurre que el niño autista adopta una actitud creadora respecto de esta lengua-objeto, inventando lenguas privadas neológicas. “Solo hay un sector en el que son creativos -observaba Hans Asperger-: cuando hacen juegos de palabras y de ingenio. Puede tratarse de modificaciones de palabras, de efectos sonoros para el oído, hasta llegar a expresiones formuladas con mucha claridad, inteligentes y divertidas”[27]. Asperger constató a este respecto, que son capaces de expresarse en una lengua muy original, “ya sea mediante palabras inusuales muy alejadas de la experiencia de estos niños, ya sea mediante expresiones nuevas o modificadas que suelen ser muy pertinentes y describen con precisión, pero que, la mayoría de las veces, no se adaptan al contexto”[28]. Esto puede adoptar la forma de lo que Donna Williams denomina “un lenguaje de poeta”, cuya finalidad es que quien lo escucha no pueda alcanzarla ni detectar sus intenciones a través de las palabras empleadas”[29]. Aunque la lengua-objeto se arraiga en ecolalias no subjetivadas, el autista es capaz de apropiársela de manera creativa. No obstante, el S1 permanece allí congelado, pues esta continúa, de manera evidente, fuera-de-discurso.
Las otras dos modalidades de congelamiento del S1 también intentan reificar la lengua, no considerándola como un objeto, sino procurando sumergirla en los objetos para que encuentre allí una garantía que le falta a causa de la forclusión del Nombre-del-Padre.
La primera opera mediante el desplazamiento de lo viviente hacia los objetos. La conducta común y sorprendente del niño autista consiste en tomar a un adulto de la mano para realizar una acción que él mismo, por lo general, podría efectuar perfectamente, solo es paradigmática de este modo de congelamiento del S1: este es producido esencialmente por el sujeto autista al darse la ilusión de que el lugar de emisión y de anclaje del goce es portado por un objeto, lo cual lo anima y le permite actuar, siendo la ganancia más inmediata descargarse de su implicación subjetiva en sus actos y en sus dichos. El autista que solo puede expresarse por intermedio de un objeto de ayuda a la comunicación, así como el niño-máquina, son particularmente característicos de este modo de funcionamiento. Ahora bien, bajo la protección de semejante objeto, algunos autistas han producido obras de autor que, en ocasiones, dieron lugar a publicaciones originales, concordantes en lo esencial en cuanto al relato del mundo interior de los autistas, pero redactas en estilos propios y testimoniando miradas singulares. El S1 permanece congelado debido a la delegación de la enunciación en un objeto, lo cual genera una expresión separada de los afectos y poco habitada subjetivamente; sin embargo, bajo esta protección emerge una aptitud para conectar el S1 con el S2. Los textos producidos en estas condiciones suelen ser capaces de debatir opiniones contradictorias sobre el autismo o sobre la comunicación facilitada (Sellin, Deshays); además, pueden articularse con la lectura de autores que los influyen. Annick Deshays comenta la Biblia, Babouillec cita a Artaud, quien constituye una referencia principal de su pensamiento, etc. Aunque ambas presentan formas severas de autismo no verbal, debe subrayarse que se muestran capaces de una creatividad que esboza un descongelamiento del S1 y comienza a erosionar el congelamiento del efecto-sujeto.
La cuarta forma de congelamiento del S1 comparte con la mismidad la búsqueda de una garantía en el orden de las cosas, y no en una enunciación subjetivada. Cuando el autista procura inicialmente comunicarse, lo hace por intermedio de una lengua factual que privilegia los términos monosémicos y cuyo ideal sería “una palabra/un sentido”[30]. Su anclaje en la concretud descansa en un esfuerzo por utilizar esencialmente solo palabras cuyo referente sea un objeto delimitable en la realidad.
Kanner había constatado en los niños autistas una propensión a utilizar el sentido de una palabra de manera “inflexible” de modo que esta no podía “ser utilizada con cualquier cosa, sino únicamente con la connotación adquirida originalmente”[31]. Desde entonces, muchos autores han insistido en la importancia, en la lengua de los autistas, de signos que quedan adheridos a la situación de aprendizaje. Las palabras tienden entonces a convertirse entonces en “términos-etiqueta”. Temple Grandin considera que esto puede generalizarse a los autistas de Kanner, quienes, según ella, “son incapaces de asimilar el menor apartamiento respecto de las imágenes almacenadas en su memoria”[32]. Este fenómeno encuentra una prolongación en lo que ella denomina el “pensar en imágenes” de los autistas. Muchos de ellos testimonian, en efecto, al igual que G. Gerland, que, cuando se le hablaba de cuestiones que no evocaban imágenes en su mente, las palabras no lograban aterrizar en su cabeza, salían volando para posarse en otro lugar […] y, si no estaban convertidas en imágenes, no ofrecían ninguna significación. “Mi vocabulario -precisa- era concreto y exacto”[33]. Donna Williams menciona que su “punto fuerte era expresarse mediante objetos. Cuando concretaba y visualizaba mis palabras -constata-, estas no volvían a caer al suelo”[34]. Este predominio de lo visual y lo concreto en relación con el lenguaje lleva a Temple Grandin a sugerir que las palabras constituirían su segunda lengua, mientras que la primera estaría anclada en las imágenes y se asemejaría a la de los animales[35]. No es así: los autistas testimonian claramente que son las palabras las que se traducen en imágenes y no a la inversa. Tito expresa con sutileza el fenómeno cuando relata que piensa en palabras, pero adapta los sonidos escuchados para construir una imagen alrededor de ellos: “Es difícil de explicar -precisa-, pero imagino las imágenes alrededor de los sonidos”[36]. Incluso los términos-etiqueta de los autistas de Kanner son tomados de un baño de lenguaje ya presente; sin embargo, para ser comprendidas, las palabras deben remitirse a imágenes que suelen proceder de la situación de aprendizaje.
Grandin logró desarrollar a tal punto su adquisición visual del lenguaje que puede convertir una página del Wall Street Journal en una especie de término-etiqueta que memoriza. La página enteramente como un S1 congelado, pues, aunque Grandin pueda recordarla lentamente y con exactitud, no está en condiciones de hacer retroactuar el saber contenido en ella sobre otros conocimientos. Estos últimos -confiesa- están guardados en su memoria en cintas independientes que no se fusionan. “Para recuperar información de mi memoria -afirma-, debo volverá a pasar la cinta de video. A veces es difícil recuperar ciertos datos porque tengo que probar diferentes cintas hasta encontrar la correcta. Y eso lleva tiempo”[37]. El saber adquirido en estas condiciones está inicialmente fuera-de-discurso y no subjetivado; sin embargo, mediante el aumente de la suma de conocimientos, permite poco a poco interactuar de manera apropiada con interlocutores. Más aún, hace posible la adquisición de competencias profesionales que, en ocasiones, dan al sujeto autista la posibilidad de genera lazos sociales, interactuar en ellos y articular entonces el S1 con el S2. Aunque su lengua permanezca anclada en la concretud, se vuelve posible un descongelamiento del S1, que se apoya la mayoría de las veces en una pericia relativa al interés específico y se sostiene en una extensión de la memorización.
Si el psicótico intenta compensar la forclusión del Nombre-del-Padre mediante un trabajo del significante que procura construir, por medio del delirio, una neorealidad, el autista se esfuerza en compensar la forclusión apoyándose en un supuesto orden de las cosas en el que aísla balizas para orientarse en un mundo caótico. Según Lacan, “el mundo de las palabras crea el mundo de las cosas”; el autista formula la hipótesis inversa: según él, es el mundo de las cosas el que sostiene el mundo de las palabras. Lo que denomino congelamiento del S1 solo, como una de las características principales del autismo, encuentra allí uno de sus fundamentos, puesto que la mayoría de las manifestaciones clínicas de este congelamiento procurar reificar la lengua.
Concluyamos, por una parte, que el congelamiento del efecto-sujeto no es específico del autismo, puesto que caracteriza igualmente el funcionamiento del esquizofrénico y, por otra parte, que la palabra congelamiento, empleada en referencia al congelamiento del efecto-sujeto, se entiende como un freno, mientras que el congelamiento del S1 designa más bien la latencia de una potencialidad de creación.
Bueno, les agradezco por haberme escuchado hasta acá. Si tienen preguntas…
*Maleval J.-C., “Del congelamiento del efecto-sujeto al congelamiento del S1 en el autismo”, conferencia impartida para el DAP. 2026/08/24. Inédito. Disponible en: (84) Jean-Claude Maleval presentando su nuevo libro – YouTube
[1] Jean-Claude Maleval dio una conferencia bajo el mismo título en la apertura del ciclo 2025-2026 del CERA. Inédito. Disponible en: Del Congelamiento del Efecto-Sujeto al Congelamiento del S1 en el Autismo – por Jean-Claude Maleval – 2025/09/27 – PSICOANÁLISIS LACANIANO
[2] Lacan J., “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 2001, p. 134.
[3] Miller J.-A., « Schizoprhénie et paranoïa », Quarto, n°10, febrero de 1983, p. 23.
[4] Miller J.-A., « S’il y a la psychanalyse, alors… », La Petite Girafe, n° 25, juin 2007, p. 8.
[5] Miller J.-A., El ultimísimo Lacan, Buenos Aires, Paidós, 2014, p. 119.
[6] Miller J.-A., “Prefacio”, in Maleval J.-C., La Diferencia autística, Olivos, Grama Ediciones, 2025, p. 29.
[7] Lacan J., “Respuestas a estudiantes de filosofía”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 227.
[8] Miller J.-A., « Clinique ironique », ouverture de la Ve Rencontre Internationale du Champ freudien, Buenos Aires, 1988, La Cause freudienne, n°23, 1993, p. 7
[9] Miller J.-A., “Prefacio”, in Maleval J.-C., La Diferencia autística, Olivos, Grama Ediciones, 2025, p. 31.
[10] Gunilla Gerland, Une Personne à part entière, op. cit., p. 138.
[11] Oliver Sacks, Un anthropologue sur Mars, op. cit., p. 384-385.
[12] Birger Sellin, Une Âme prisonnière. Grâce à la communication assistée, un jeune autiste nous révèle son univers, trad. Peter Schmidt, Paris, Robert Laffont, 1994, p. 140.
[13] Donna Williams, Si on me touche, je n’existe plus. Le témoignage exceptionnel d’une jeune autiste, op. cit., p. 89.
[14] “Empujar una puerta era mi manera de concretizar una decisión […] Franquear concretamente la puerta, era un poco como firmar un contrato con mí misma para contratarme. Así, mi decisión tomaba lugar en la realidad”, Temple Grandin et Margaret Scariano, Ma vie d’autiste, op. cit., p. 122-123.
[15] Naoki Higashida, Sais-tu pourquoi je saute ?, trad. Daniel Roche, Paris, Les Arènes, 2014, p. 53.
[16] Barry M. Prizant, Simplement unique. Un nouveau regard sur l’autisme, op. cit., p. 89.
[17] Kanner, L., «Trastornos autistas del contacto afectivo», óp. cit., р. 35.
[18] Hans Asperger, Les Psychopathes autistiques pendant l’enfance [1944], Le Plessis-Robinson, Institut Synthélabo, 1998, p. 142.
[19] Miller J.-A., “Prefacio”, in Maleval J.-C., La Diferencia autística, Olivos, Grama Ediciones, 2025, p. 30.
[20] Cfr. la página de Lucile Notin-Bourdeau en el website La Venture-Le Muz : https://lemuz.org/ exposition/lucile-notin-bourdeau-le-corps-en-mouvement/
[21] Arabella Carter-Johnson, Iris Grace. La petite fille qui s’ouvrit au monde grâce à un chat [2016], Paris, Presses de la Cité, 2017, p. 165.
[22] Leo Kanner, « Irrelevant and Metaphorical Language in Early Infantile Autism », American Journal of Psychiatry, n° 103, sept. 1946, p. 242-246.
[23] Sellin B., Une âme prisonnière, op. cit., p. 24.
[24] Gérard Berquez, L’Autisme infantile, op. cit., p. 107.
[25] Mira Rothenberg, Des Enfants au regard de pierre, op. cit., p. 37.
[26] Deborah Allio, Attention, a peur. Conversations avec la famille d’une jeune autiste, Paris, Imago, 2023, p. 77.
[27] Hans Asperger, Les Psychopathes autistiques pendant l’enfance, op. cit., p. 130.
[28] Ibíd., p. 112.
[29] Donna Williams, Si on me touche, je n’existe plus, op. cit., p. 55.
[30] Kamran Nazeer, Laissez entrer les idiots. Le témoignage fascinant d’un autiste, Paris, Oh Éditions, 2006, p. 26.
[31] Leo Kanner, « Troubles autistiques du contact affectif » [1943], dans Gérard Berquez, L’Autisme infantile, Paris, Presses universitaires de France, 1983, p. 256
[32] Robert et Rosine Lefort, La Distinction de l’autisme, Paris, Seuil, 2001, pp. 78-79
[33] Gunilla Gerland, Une personne à part entière [1996], Mougins, Autisme France Diffusion, 2004, p. 25.
[34] Donna Williams, Quelqu’un, quelque part, op. cit., p. 176
[35] «Mis esquemas de pensamientos visuales son, de hecho, más cercanos a aquellos de los animales que de los pensadores verbales.», Temple Grandin, Penser en images, op. cit., p. 184.
[36] Portia Iversen, Derrière le silence, op. cit., p. 147.
[37] Temple Grandin, Penser en images, op. cit., p. 33.

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