Enigma y Misterio – Por Sérgio de Mattos – 2026/08/06

Enigma y misterio

Por Sérgio de Mattos

2026/08/06


Un legado religioso

Enigma y misterio son palabras frecuentes en el psicoanálisis. Lo que evocan hace inevitable su uso en el campo en el que opera el psicoanálisis, cuando consideramos que nuestra práctica se desarrolla en torno a lo desconocido – das Ding – o, en otras palabras, el no saber, una condición constitutiva del inconsciente. Podemos añadir que practicamos una clínica de lo real, una clínica de lo que no es asimilable por lo simbólico y solo bordeado por el significante.

Freud, heredero de la cultura judía, estaba inmerso en el enigma y el misterio, lo que sin duda significaba el descubrimiento del inconsciente. El episodio de la zarza ardiente, en Éxodo 3:1-4:17, cuando Moisés encuentra una manifestación divina que no se consume (una llama que no se apaga), es la estructura de la religión judía y ejemplar el surgimiento y la experiencia con lo innombrable y lo impronunciable.

En el verso más famoso, traducido por A. Chouraqui (1985), esta es la respuesta dada sobre cuál es el nombre de YHWH:[1]

«Ehyeh Ascher Ehyeh» – «Yo sería quien sería» – «Serei quem serei» (Êxodo 3:14)

La forma hebrea (Ehyeh), en lo inacabado (imperfecto), se presenta en hebreo bíblico en una especie de polifonía, que expresa el presente, el futuro o una acción en curso. En esta forma, la revelación del nombre no se presenta como una respuesta definitiva y definitiva, ni como una esencia estática, sino como una presencia que se realiza en la propia palabra y en la promesa.

Lacan también hace uso, como veremos más adelante, de estos términos del marco religioso, pero no los mantiene idénticos a lo que eran en su origen. Aquí citaré algunos ejemplos importantes: la referencia al enigma en los oráculos de Delfos, al deseo de la madre y a su uso en la interpretación. En cuanto a los misterios, destaco dos momentos: cuando busca esclarecer la función del falo a partir de los misterios de Eleusis y, más tarde, cuando habla del misterio del cuerpo hablante: «Lo real, diría yo, es el misterio del cuerpo hablante, es el misterio del inconsciente» (LACAN, 1972-73/1985, p. 178).

Distinción: enigma, misterio

Diferenciar enigma y misterio no es solo una cuestión de distinción terminológica, porque nos permite diferenciar dos relaciones distintas con lo imposible.

El enigma exige descifrar; el misterio, en cambio, exige una posición frente a la experiencia de lo indescriptible. En este sentido, el acertijo supone que existe una solución, aunque aún no se haya encontrado: estamos en orden de descifrar. El ejemplo paradigmático es precisamente el enigma de la Esfinge: hay una respuesta correcta. Edipo triunfa porque sabe cómo responder, pero el triunfo del desciframiento no le salva; al contrario, inaugura el camino que le llevará a su propia[2] ruina – aquí se puede notar una lección clínica.

En Freud

Freud hereda algo de esta estructura. El síntoma se concibe inicialmente como una formación codificada, un texto para leer. El sueño, el lapsus, el acto fallido, todos tienen una lógica que la interpretación puede revelar. Existe una profunda afinidad entre el psicoanálisis freudiano y el desciframiento del enigma.

¿Pero qué hay de la relación de Freud con el misterio? El misterio —incluso en tradiciones religiosas y filosóficas— no es aquello para el que aún no hemos encontrado una respuesta, sino cuya verdad no se agota en una respuesta. El misterio no desaparece cuando hablamos de él, al contrario, se profundiza.

Quizá por eso Freud tenía menos afinidad con la categoría de misterio. Su apuesta metodológica supone que donde habría oscuridad, podría surgir inteligibilidad. El inconsciente se piensa como un escrito para leer, por lo que Freud tiende a abordar el misterio como aquello que la investigación analítica tendería a esclarecer, sin suponer que hubiera algo imposible ahí.

Sin embargo, algo cambia en su obra que apuntaría a esta dimensión imposible, cuando, al encontrarse con la compulsión a la repetición presente en Más allá del principio del placer, la roca de la castración en Análisis terminable e interminable, o el ombligo del sueño en La interpretación de los sueños, emerge algo que ya no parece reducible del todo a la lógica del enigma.

Este es el punto que legítimamente interesa a Lacan y sobre el que también recae su contribución en este asunto.

En Lacan

Se verifica hasta qué punto el enigma adquiere el estatus de un importante operador clínico. En un primer enfoque, podemos decir que, para Lacan, el enigma es la forma propia del inconsciente: el sueño, el lapsus, el chiste y todas las formaciones del inconsciente tienen la estructura de un enigma: dicen algo, pero no lo dicen directamente, la obra analítica consiste en producir una lectura. A continuación, se señala un cambio importante: el analista ya no es quien descifra el enigma, sino quien debe preservarlo. En este escenario, lo que se valora es sobre todo el enigma del deseo del Otro, «¿Che vuoi?», que, cuando se mantiene, guía y da lugar a la construcción del fantasma fundamental.

Esta situación frente al deseo del Otro afecta la forma en que se concibe la interpretación psicoanalítica. Una interpretación que cierra el sentido destruye precisamente lo que hace que el inconsciente funcione. En este entorno, una buena interpretación genera más preguntas que respuestas, aumenta el enigma, y para ello debe ser enigmática. Se concluye que, aquí, el enigma funciona como un operador de la falta de conocimiento en el camino analítico.

El siguiente paso lleva a Lacan a acercar el enigma al misterio. Ya no es tanto importante descifrar, sino localizar lo que permanece opaco. El síntoma ya no es solo un mensaje y se convierte en una forma de goce. Podemos decir que, con Lacan, el enigma conduce al límite del saber, y el misterio comienza donde ese límite no puede cruzarse. Así, el enigma es la forma en que Lacan trata el saber mientras conoce desde su propio límite. ¿Y el misterio? Es el nombre de lo que queda cuando la obra del acertijo ha llegado a su fin. Por esta razón, para Lacan, el enigma no debe eliminarse, sino que debe hacer que lo enigmático permanezca, porque su función es evitar que el saber se cierre sobre sí mismo.

El falo como símbolo de misterio

La cuestión del misterio estuvo involucrada para Lacan —desde el principio— con la noción del falo. En la obra «La significación del falo» (LACAN, 1958/1998), se citan los antiguos misterios como referencia fundamental, vinculándolos, en el Seminario 5 Las formaciones del inconsciente (LACAN, 1957-58/1999) con los misterios de Eleusis, cuando hace referencia a los frescos de la Villa dei Misteri («Villa de los Misterios»), en Pompeya, vinculados a la iniciación dionisíaca.[3]

En este texto, Lacan recurre a esta tradición, en la que el misterio es una iniciación en una verdad que solo puede experimentarse e encarnarse, y no enseñarse como conocimiento objetivo.[4] Deben destacarse dos puntos: por un lado, la función del velo; por otro, la presencia y experiencia en un cuerpo (encarnación). La distinción entre esta verdad encarnada y la adquisición del saber es decisiva, y es lo que interesa a Lacan en la cuestión del falo. El falo no es un objeto de saber. Tampoco es un significado último que resuelva los enigmas del sexo. El falo es aquello alrededor del cual se organiza una relación entre el sujeto, la falta y el deseo. Por eso está velado. Lo que interesa a Lacan es esta estructura y función del velo. La eficacia del falo depende de que no se muestre completamente: el velo no solo oculta, produce deseo.

Podemos decir que, en este sentido, Lacan busca mostrar que hay algo en la sexualidad humana que no puede transformarse en conocimiento transparente, y que esta falta de conocimiento constituye el impulso que mueve la experiencia de nuestra sexualidad y deseo.

El falo es, por tanto, el operador de la no-transparencia, es el nombre de esta función desconocida, de este velo, sin la cual el sujeto no podría desear. En este escenario, el misterio se acerca a lo que sería la causa del deseo, esta relación misteriosa con la carencia que lo constituye.

También hay otro punto vital en este texto. El falo también emerge como primer conector del significante con el cuerpo y, por tanto, con la vida, un problema tan querido para Lacan: ¿cómo unir significante y cuerpo vivo? El falo es el «látigo» (mostrado en los frescos de Pompeya), el significante que aflige al cuerpo, proporcionando una experiencia de corte, un corte que vivifica al animal que habla y lo vivifica de otra manera, instituyendo el sujeto deseante. Así, retrospectivamente, podemos decir que el falo es el semblante a través de la cual el sujeto mantiene una posible relación con aquello que en la sexualidad nunca podrá conocerse completamente. O, en forma condensada, el falo es la apariencia del misterio de la sexualidad.

El misterio como un semblante del límite del semblante

En Lacan, como sabemos, el semblante no es engañoso. Es aquello que hace posible algún acercamiento a lo real, precisamente porque lo real no puede ser abordado directamente. El semblante es, por tanto, una operación, un artefacto, una ficción necesaria, y podemos decir que el misterio también opera de esta manera.

Por tanto, es necesario hacer una distinción decisiva: el misterio no es lo real. Lo real permanece fuera del sentido, y el misterio es un semblante construido alrededor de ese punto donde el conocimiento falla. Supongamos que el misterio es una apariencia que preserva la existencia de lo imposible, siendo así la forma en que una cultura, una religión o un psicoanálisis circunscribe un punto de real sin intención de eliminarlo.

En este caso, podemos proponer que el misterio es un semblante que indica el límite de la función del propio semblante y, por tanto, podemos pensar en ella como una de las formas en que lo real se vuelve accesible, sin ser absorbido por el saber.

El misterio no debe tomarse como una apariencia de lo real —en el sentido de ser algo que cubra lo real— sino como una experiencia del límite de los semblantes frente a lo real. Es una diferencia sutil: el misterio no es una apariencia de lo real —en el sentido de ser una forma de tratar con lo real que lo cubre— sino más bien el nombre que se le da a la vacilación de los semblantes frente a lo real.

Es el nombre de lo que queda cuando explicaciones, interpretaciones, mitos e incluso el conocimiento científico han hecho su trabajo y, aun así, la pregunta permanece: ¿cómo puede existir un cuerpo que hable, goce, sufra y ame?

Un misterio lacaniano

Tal vez podamos proponer, basándonos en lo que hemos estado desarrollando, que, al usar la noción de misterio a lo largo de su enseñanza, Lacan otorgará a este término características específicas que podrían llevarnos a considerar la formulación de un preciso «misterio lacaniano». ¿Cómo distinguirlo?

Primero, porque en él hay una diferencia crucial entre los otros enfoques porque, en Lacan, el misterio no es religioso, ni esotérico, ni epistemológico, es estructural. El misterio lacaniano es el nombre de aquello que permanece irreduciblemente no-transparente, ya que proviene de la propia estructura del lenguaje y la sexuación. No es aquello que el lenguaje oculta, sino aquello que el lenguaje produce como su propio límite.

Pero la otra diferencia, aún más radical, es que vemos que, en las otras formas de misterio, siempre hay en el horizonte alguna posibilidad de reintegración a un orden superior, pero no en Lacan. Mientras que las tradiciones iniciadas hacen del misterio la mediación para un orden superior, en Lacan el misterio designa precisamente la inexistencia de cualquier orden último capaz de suturar al sujeto.

En este punto, vemos que surge un misterio propiamente lacaniano con esta última enseñanza, diferente del uso que él hace del misterio en sus escritos sobre la función del falo. La estructura del misterio no es la misma en estos dos momentos.

En Eleusis, el misterio está vinculado a una revelación. Aunque velada, presupone un sentido de un orden superior.[5] Existe un cosmos, en el que incluso lo imposible de conocer está integrado en una narrativa. Existe un orden en el que el iniciado recibe una respuesta ritual a la pérdida. Perséfone desaparece y regresa. La muerte encuentra un horizonte simbólico y la pérdida se integra en una narrativa. En este caso, el misterio sigue siendo un misterio porque supera la comprensión ordinaria, no porque carezca de sentido.

Desde esta perspectiva, tomemos el falo como un significante privilegiado: el significante de la ausencia en el Otro. Sigue perteneciéndose enteramente al registro simbólico. Por tanto, en esta construcción teórica de Lacan, existe una especie de orden superior – no en el sentido religioso, sino en el sentido estructural, el orden del lenguaje, de la ley de castración, en el que el falo organiza la circulación del deseo y da inteligibilidad a la experiencia subjetiva, reintegrando el goce de cierta manera en el campo del lenguaje.

En el último Lacan, ocurre casi lo contrario. El misterio del cuerpo hablante no se refiere a un orden superior. Se refiere al hecho bruto de que el lenguaje se centra en un cuerpo vivo. No hay garantía de sentido. No hay cosmos. No hay Otro del Otro.

El misterio no es el exceso de sentido. Es el exceso de goce.

En el ser hablante lacaniano ocurre algo muy diferente de lo que hemos visto en el escenario fálico vinculado a los antiguos misterios: la pérdida no se explica, la falta no se redime, la castración no se integra en un orden cósmico.

Quizá esta sea precisamente la mayor especificidad del misterio lacaniano.

No promete una reconciliación con un orden superior, sino que invita a cada sujeto a inventar una forma singular de habitar lo imposible, un sinthoma.

Esta formulación preserva la ruptura de Lacan con las tradiciones iniciáticas y, al mismo tiempo, evita reducir su posición a una filosofía de pura falta. El misterio permanece, pero la respuesta no es la revelación, es la invención.

Una sorpresa

¿Deberíamos seguir usando la palabra «misterio» si tenemos conceptos más precisos en el psicoanálisis para abordar lo imposible? Una respuesta podría ser: porque precisamente lo «real» no es un concepto experiencial, mientras que el enigma y el misterio nombran diferentes formas en que el sujeto se encuentra con lo real. En otras palabras, el enigma y el misterio son figuras clínicas de esta experiencia, formas vividas de cómo esta estructura aparece en la experiencia humana.

Así, la noción de «misterio» sigue siendo útil, incluso en una teoría que tiene un concepto tan riguroso como el de la real. El misterio permite nombrar algo de la experiencia vivida de este límite sin transformar lo real en un objeto de conocimiento o contemplación.

Lo real es el concepto y, estrictamente hablando, debemos ser cautelosos al suponer una experiencia de lo real porque en Lacan la expresión «experiencia de lo real» siempre es problemática. ¿Por qué?

Porque, estrictamente hablando, lo real no es un objeto de experiencia. Si lo fuera, ya estaría inscrito en alguna forma de representación, percepción o saber. No se experimenta lo imposible. Se experimentan las consecuencias de lo imposible. No se experimenta la inexistencia de la relación sexual. Se experimentan los estancamientos que resultan de ello.

Pero está, como vimos antes, la experiencia del límite de los semblantes.

El enigma y el misterio no sustituyen lo real; describen dos formas distintas en que lo real se presenta al hablante: modalidades de aproximación.

Lacan nunca utiliza la palabra «misterio» como concepto técnico; Lacan descartó los conceptos de real, goce, objeto a, acontecimiento de cuerpo, sinthoma, lalangua, etc. para estos fines. Sin embargo, podemos señalar que el término «misterio» aparece a menudo cuando quiere preservar algo del asombro frente a ciertos hechos fundamentales: que existe el lenguaje; que hay goce; que un cuerpo habla; que un significante afecta a la carne.

En estos casos, el «misterio» funciona casi como un antídoto a la ilusión de que nuestros conceptos pueden resolver todos los problemas, y también nos recuerda que debemos estar atormentados por los misterios del ser hablante.

Referencias

CHOURAQUI, A. La Biblia. París: Desclée de Brouwer, 1985.

Lacan J., El Seminario, libro XX, Aún, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2016.

Lacan J., “La significación del falo”, Escritos, tomo 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018.

Lacan J., El Seminario, libro V, Las formaciones del inconsciente, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2016.


*De Mattos S., Enigma e mistério

**PsicoanalistaMiembro de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis (EBP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) / sergioecmattos@hotmail.com

[1] Esta es una traducción decisiva en relación con la tradición latina – «Ego sum qui sum»: «Soy quien soy».

[2] Cuando, más tarde, Edipo insiste en descifrar otro enigma – ¿Quién mató a Layo? – su búsqueda obstinada de la verdad acaba revelando que el asesino es él mismo: la verdad le ciega, literalmente.

[3] La relación entre los misterios eleusinos y los dionisios es compleja, pero se considera, en la tradición clásica, que los misterios eleusinos son el paradigma de los «Misterios». A Lacan no le interesa la religión griega, sino extraer de estas tradiciones una estructura: hay un velo, una iniciación, hay algo que no se puede decir, hay una transformación subjetiva.

[4] En los «Misterios» de Eleusis, el iniciado no recibía una doctrina secreta comparable a un contenido esotérico, en el que lo esencial no era algo aprendido, sino algo visto, cruzado, vivido. Aristóteles decía que los iniciados no tenían tanto que aprender (mathein), sino que experimentar (pathein).

[5] La iniciación conduce a una verdad sobre la vida, la muerte, la fertilidad, la relación entre Deméter y Perséfone.

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