Huellas Freudianas en la Conceptualización Lacaniana de lo real – POr Osvaldo Delgado – 2026/07/17

Huellas freudianas en la conceptualización lacaniana de lo real

Osvaldo L. Delgado

2026/07/17


I. Introducción

Lacan, en su seminario 23 llamado El sinthome, va a decir:

En la medida en que Freud hizo verdaderamente un descubrimiento (suponiendo que este descubrimiento sea verdadero) puede decirse que lo real (la categoría de lo real, que es justamente de lo que retrata en este seminario sobre Joyce) es mi respuesta sintomática[1].

Lacan va a caracterizar a lo real como su respuesta a la elaboración freudiana del inconsciente. Respuesta que también le permitió decir que su único invento es la escritura de lo real, en la medida de responder a la disyunción en Freud de lo simbólico y lo imaginario. En la disyunción entre ambos, lo real, los anuda, pero no los une.

Esta formulación realizada en los finales de su enseñanza constituye en sí misma todo un programa de investigación. Las diversas conceptualizaciones, y los distintos modos de producción teórica al respecto, son solidarios de otras elaboraciones.

Implican tanto las diversas conceptualizaciones de lo que Freud llamó aparato psíquico, como las distintas orientaciones de lo que él mismo llamó “dirección de la cura” y formulaciones respecto a la cuestión del final de análisis, y de lo “inatrapable” del invento freudiano: el analista.

Por lo tanto, las “huellas freudianas” las hallamos en diversos giros de la conceptualización de lo real, y cuando de la “mano de Joyce” parece desprenderse de Freud, nos encontramos como ya fue dicho, con la llamada “respuesta sintomática”.

Debemos considerar, además, que, en los diferentes momentos de elaboración doctrinal, hay “disonancias” fecundas respecto a los conceptos privilegiados.

Estas “disonancias” y el estatuto de “respuesta sintomática” a la elaboración freudiana del inconsciente, implican que no hay una modalidad hegeliana de producción conceptual, como etapas que se superan unas a otras, más allá del “privilegio” acordado al llamado orden simbólico en un momento, y su depreciación posterior.

II.

Si como se ha dicho, la conceptualización de lo real por parte de Lacan es su respuesta sintomática al descubrimiento freudiano, veamos muy sucintamente ciertas huellas freudianas al respecto.

En principio, hallamos en Freud, diferentes rupturas de las categorías kantianas de espacio y tiempo.

Pese a las críticas en su momento por parte de Lacan, al esquema freudiano del aparato psíquico en el texto “El yo y el ello”, que Oscar Masotta lo denominó “un llamado a la topología de Lacan”.[2]

Los 3 freudianos de “Inhibición, síntoma y angustia” hallarán su preciso lugar en el Seminario 22. El primero, como intrusión de lo imaginario en lo simbólico; el segundo con la represión de la pulsión y la “extraterritorialidad”, y el tercero tomando la referencia de “Lo siniestro”.

La cuestión del yo y el cuerpo atraviesa la dimensión de la superficie en su estatuto de narcisismo, refiriéndose a las experiencias dolorosas como modalidad de “tener un cuerpo”, ordenando el caos autoerótico, sin suprimirlo.

Por su parte la urvergrängt, va a dar cuenta de lo real como imposible, y la realidad psíquica y el Edipo como cuarto, que anuda real, simbólico e imaginario.

La represión primaria articulada a la identificación primaria escupe un nombre, dando cuenta de la nominación real. Ambos conceptos freudianos son articulables por Lacan, para dar cuenta de la institución del sujeto.

Por su parte, los llamados restos síntomáticos, dan cuenta de un nombre de lo imposible en el final de análisis, y responden a las fijaciones tempranas, pero no nombradas como Fixierung (fijación), sino como niederschrift (transcripciones), tal como las de la “Carta 52”. Estas fijaciones (niederschrift) son primeras transcripciones de las percepciones. No hacen cadena S1 – S2. Su estatuto es de letra.

Sostienen, en términos freudianos, las condiciones del “spielerei” (jugueteo de significantes, sin articulación y que no están destinados a comunicar nada a nadie).

Ese es el verdadero estatuto del sueño, y su referencia es la escritura china como materia prima. En Freud, el sueño no quiere comunicar nada a nadie, su “spielerei” es una ganancia de placer “autística”.

Se trata radicalmente de la diferencia entre lo escrito y lo dicho.

En esta perspectiva, la referencia de los restos síntomáticos es la letra.

Otra importante referencia, es lo que Freud en el texto “Recordar, repetir y reelaborar”, va a denominar: piezas de vida real (stick realen lebens).

Estas piezas, que se presentan en el tratamiento, no son recuerdos efectos del retorno de lo reprimido, y son la causa del agieren (actuar en transferencia). Pueden tener el estatuto de transferencia negativa, y si el analista realiza un forzamiento simbólico de las mismas, la respuesta será la reacción terapéutica negativa.

Las referencias de esas “piezas”, no son ninguno de los que Freud agrupa en la “Psicopatología de la vida cotidiana”, ni el sueño, ni las fantasías, ya que no dan cuenta de un conflicto de instancias. Sino el “déjà vu”, el “déjà raconté”, el retorno de los restos visuales y auditivos del texto “Construcciones en psicoanálisis”, los instantes traumáticos de la “Conferencia 32” de Freud.

Pueden ser abordados desde “La negación” y el “déjà raconté” del fenómeno alucinatorio del “Hombre de los lobos”.

Los “instantes traumáticos” a los que refieren, no son escenas traumáticas, sino que dan cuenta de los efectos de lalengua en el cuerpo.

Estas “piezas”, anticipan el concepto del “ello freudiano” y nombran un real diverso a aquel enmarcado por el retorno de lo reprimido. No es un real como imposible, como carencia de material simbólico, como atestigua por ejemplo el ombligo de los sueños.

En estas referencias freudianas, a la conceptualización de lo real, por parte de Lacan, puedo mencionar el historial del Hombre de las ratas como paradigmático, aunque no exhaustivo. Aunque es un historial publicado en 1909, por lo tanto, anterior al gran giro de 1920, hallamos en estado práctico, numerosas producciones que anticipan los desarrollos posteriores y que han nutrido la última enseñanza de Lacan.

La represión de la pulsión, como beneficio primario, el modo de defensa llamado regresión como desligadura pulsional, el síntoma en su dimensión de extraterritorialidad, la “conciencia” como zona erógena, el yo como síntoma, la prohibición mortificante del superyó, el inconsciente económico y la dimensión compulsiva, la irrupción de la angustia ante la conmoción de la nominación imaginaria. La transferencia dando cuenta de la doble perspectiva del objeto (anal el de la demanda, escópico el del deseo), el masoquismo del fantasma con el significante ratten como fustigador.

III.

El modo en que Lacan aborda la dimensión de lo real, en los inicios de su elaboración, presenta diversas aristas. Quizás la que más se prestó a desorientación y equívocos, es aquella en la cual nos presenta el término “realidad”.

Este término suficientemente desplegado por la psicología y las ciencias sociales, sin embargo se presenta diverso en las primeras reflexiones de Lacan.

Incluso difiere en un índice con respecto al principio de realidad freudiano. Ya que, como el mismo Lacan lo formuló, en Freud se trata de la continuidad del principio placer-displacer.

Muy tempranamente, en el “Seminario sobre el Hombre de los Lobos”, la sexualidad se presenta como una realidad que se escapa a la simbolización, nombra un fracaso en simbolizar ciertas relaciones simbólicas.

Vemos por lo tanto, que esta realidad, se define por su no captura simbólica y que además refiere a la sexualidad. Ya en este punto difiere de la referencia psicológica de realidad.

En la misma perspectiva, en el Seminario 1[3], la “realidad pura y simple”, previa a la construcción de la vida fantasmática por parte del sujeto, objetos, instintos, deseos, tendencias, en una modalidad caótica y originaria.

El punto quizás más preciso, lo vamos a hallar en la clase 8 del mismo Seminario 1, en referencia al delirio alucinatorio. Cuestión ésta, que tendrá un destino luminoso en toda la obra de Lacan.

Respecto a una observación de la señora Lefort, va a decir:

Si la palabra alucinación significa algo, es ese sentimiento de realidad. En la alucinación hay algo que el paciente asume, verdaderamente, como real[4].

Vemos aquí con total precisión, el deslizamiento realidad-real.

El sentimiento de realidad en el fenómeno alucinatorio excluye en forma taxativa cualquier referencia psicológica del mismo.

Para no agotar referencias, indico las que ubico en “Variantes de la cura tipo”[5], cuando en la página 113 Lacan formula: “No hay, en efecto, más realidad que ese toque de la muerte cuya marca recibe al nacer”. Y en la misma página, para el sujeto “la realidad de su propia muerte no es ningún objeto imaginable”, más bien da cuenta de que es un ser prometido a la muerte. Cuestión a asumir en el curso de un análisis.

Jacques-Alain Miller va a tomar esta perspectiva, en su curso “El ser y el Uno”, cuando da cuenta de la manera en que Lacan trata a lo real, como aquello excluido de la experiencia:

(…) en tanto lo real-realidad está excluido de lo simbólico, lo que resulta wirklich, lo que se muestra como real eficaz, lo real en tanto de él se desprenden efectos[6].

Voy a aportar aquí, como lo demostraré luego, que es el fenómeno alucinatorio lo que da la matriz necesaria a tal fin.

Por su parte, en el curso “Sutilezas analíticas”[7] Miller, hablando de la experiencia en un análisis, se va a referir a otra realidad, que surge como piezas sueltas y perturba el relato de la realidad (digamos imaginaria) por parte del analizante.

Se trata, en palabras de Miller, de la narración que toma a su cargo lo que quedó como agujero en la realidad del sujeto. Hystorias que el sujeto se cuenta a partir del traumatismo de lalengua.

IV.

En el punto II me he referido a las “piezas de vida real”, ubicadas por Freud en “Recordar, repetir y reelaborar”. La puse en serie, entre otros, con el “deja raconte”, e hice mención del “deja raconte” del episodio alucinatorio del “Hombre de los lobos”.

No sólo que es un episodio sin Otro, sino que al relatarlo se le presenta el fenómeno de “lo ya contado”.

Dije que sólo podría ser abordado por los juicios de existencia y atribución del texto de Freud “La negación”, ya que no era un efecto del retorno de lo reprimido. Lacan, muy al comienzo de su enseñanza, se va a referir a un real que se presenta erráticamente, sin ley, respecto al fenómeno alucinatorio. No es un efecto de la verdad del inconsciente reprimido ni llama a la interpretación. No es hystorizable, ni opera con las leyes de la metáfora y metonimia, ya que es algo que no fue simbolizado. En este caso la castración genital efecto de la Verwerfung, que Lacan traduce como expulsión, rechazo, cercenamiento, forclusión.

La alucinación señala, por el contrario, un real que supera lo verdadero, un real que surge en lo verdadero. La alucinación es el fenómeno o la manifestación de un real surgiendo en la verdad[8].

Va a dar cuenta de un “sentimiento de irrealidad”, como fenómeno de franja.

Miquel Bassols va a afirmar que el fenómeno forclusivo, que Lacan llama retrancheé, en sus inicios, no se expresa sólo en los fenómenos alucinatorios sino en otros episodios, como por ejemplo en el acting-out.

Fundamentalmente, al generalizar el concepto de forclusión, hacemos de la neurosis una modalidad de suplencia, producida a través de la significación fálica[9].

Ese sujeto, nos dice Freud, de la castración no quería saber nada en el sentido de la represión, er von ihr nichts wissen wollte im sinne der Verdrängung. Y para designar este proceso emplea todo el término ‘cercenamiento’ (retranchement)[10].

Se trata en verdad, de que un sujeto puede rehusar el acceso a su mundo simbólico, a pesar de ser algo que ha experimentado.

Puedo, por lo tanto, señalar que, aunque Lacan utilice en su momento el término realidad como homólogo a real, a partir centralmente del fenómeno alucinatorio del “Hombre de los lobos”, su real tiene una especificidad por fuera de cualquier referencia a la realidad de la psicología y por fuera del principio de realidad. Este último da cuenta del inconsciente reprimido, de lo que existe como símbolo. La condición del principio de realidad es la Bejahung (afirmación).

Pero además el real que formula en la “Respuesta al comentario de J. Hyppolite”, es un real que se presenta fuera de toda ley, de todo orden, lo hace erráticamente. Esta característica tendrá un relieve fundamental, en la última enseñanza de Lacan.

Pero además de este modo errático de presentarse este real, Lacan va a formular que “el hombre de los lobos”, en el episodio alucinatorio:

No se animaba a decir nada a su criada que estaba sólo a unos pasos de él; se dejó caer sobre un banco y permaneció así, incapaz de lanzar una mirada más a su lado. Al fin se calmó, miró bien su dedo y -¡fíjense nomás!- estaba totalmente indemne[11].

Ambos caracteres, el presentarse erráticamente y el sin Otro – sin Otro, en tanto la alucinación no está en la trama simbólica, en la articulación significante, en la operatividad de la metáfora y la metonimia, ni puede historizarse.

Vemos de este modo como la “realidad”, en tanto lo que queda por fuera de la experiencia (simbólico-imaginario) nos habla de un real localizado de este modo.

V.

A partir del Seminario 7: La ética del psicoanálisis, Lacan comienza a coordinar el concepto de lo real, con el goce.

Son notables las referencias a la elaboración freudiana de la denominada segunda tópica.

Se trata de un retorno a Freud diverso del de la primera época, que tenía como huella a la “Interpretación de los sueños”, “Psicopatológica de la vida cotidiana” y “El chiste y su relación con el inconsciente”.

El giro freudiano de 1920 reordena el conjunto de la teoría, la orientación de la cura, la concepción del final de análisis y la posición del analista.

A esa altura, ya no se trataba de dar cuenta de cómo se producía una cura, sino cuales eran los obstáculos para tal finalidad.

Si la clínica con las pacientes histéricas le permitió a Freud construir su hipótesis del inconsciente, la tarea especialmente con las neurosis obsesivas implicó la necesidad de un giro completo de toda su elaboración.

El aparato psíquico pasa a estar regulado desde el más allá del principio de placer, cuestión que implica la producción del tercer modelo pulsional: pulsión de vida, pulsión de muerte. El problema del masoquismo como primario, las resistencias estructurales (del Ello y del Superyó) que llevaron a modificar la concepción del aparato psíquico: la necesidad de castigo en el núcleo del síntoma, la reacción terapéutica negativa, la respuesta estereotipada de los mecanismos de defensa, el factor compulsivo del síntoma localizado tempranamente por Freud, alcanza un relieve paradigmático, tanto es así, que la tendencia al conflicto no va a estar sostenido ni en lo reprimido, ni en la fantasía, sino en el llamado fragmento de agresión libre, fundamento de goce irreductible, incurable.

El das ding freudiano que se presenta como extraño y siniestro, será localizado por Lacan por fuera de lo simbólico y lo imaginario, por lo tanto, su referencia será real.

Incluso el imperativo categórico kantiano, que, siendo un enunciado simbólico, en su valor de superyó freudiano, se presenta como real.

El goce como real, es inaccesible a no ser por una trasgresión. Lo simbólico y lo imaginario funcionan como barreras para alcanzar lo real.

Que el goce sea real, y que se ubique en oposición al placer, va a determinar una disyunción absoluta del significante y el goce; a partir de ahí no habría posibilidad de articulación entre la dimensión del goce y la del Otro que, construido a partir de los primeros seminarios, encuentra aquí un impasse en su formalización.

El bien y lo bello tienen el estatuto de barreras frente al goce.

Lacan afirma, por otra parte, que:

Mi tesis es que la ley moral se articula con la mira de lo real como tal, de lo real que puede ser la garantía de la Cosa. Por eso les incito a interesarse en lo que podamos llamar el acmé de la crisis de la ética, que les designé, ya de entrada, como ligado con el momento en que aparece La crítica de la razón práctica[12].

Al mismo tiempo, si el bien es un obstáculo, para que el sujeto logre coordinarse con su deseo, lo bello no engaña, ya que más bien tiene una función de despertar, en la medida que su estructura es de señuelo.

Pero tanto lo simbólico como lo imaginario se instituyen como semblantes, haciendo las veces de barreras ante lo real.

Como ya he formulado, con “Recordar, repetir y reelaborar”, Freud va a anticipar el giro de 1920 a partir de separar dos modos de retornos en el curso de una cura, con un doble carácter de la insistencia repetitiva.

Los recuerdos que retornan como retorno de lo reprimido, vía la producción inconsciente que tiene como límite la represión primaria como un nombre de lo imposible, es un retorno que tiene una ley, un orden.

Por otro lado, da cuenta del retorno de lo que llama “piezas de vida real” (stick realen lebens) que son los que sostienen el agieren, el actuar en transferencia.

En el Seminario 11, que es donde se formaliza el invento del objeto petit a, Lacan va a dar cuenta de este modo de retorno bajo las especies de lo que va a denominar tyché y automatón, siguiendo las categorías aristotélicas. El encuentro fallido con lo real y el automatón de la insistencia significante. Lo real es nombrado objeto a, a pesar de que en la época del Seminario 11, lo real da cuenta de lo que vuelve siempre al mismo lugar, “las piezas de vida real” van a dar cuenta de un real que sólo en sus últimas elaboraciones van a adquirir el estatuto del real sin ley.

Para Miller, con el Seminario 11, Lacan da cuenta de que

Se empieza por el cuerpo fragmentado de las pulsiones parciales, por las zonas erógenas, que son autónomas y que no piensan más que en su propio bien; y luego, por el contrario, hay una integración que se realiza gracias al goce pulsional, goce automático obtenido en el trayecto normal de la pulsión, en su ida y vuelta, sin transgresión[13].

Miller lo va a nombrar “elementalización de la cosa”[14].

La repetición va a dar cuenta de la insistencia significante a partir del retorno de lo reprimido. Repetición nombrada como automatón.

Por otra parte, la tyché va a estar sostenida conceptualmente por los conceptos freudianos de trauma, el “in effigie in absentia” freudiano, y el paradigmático sueño del capítulo VII de La interpretación de los sueños, conocido en la literatura analítica como “padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”.

La crucial diferencia freudiana de “Recordar, repetir y reelaborar”, va a permitir nombrar la tyché como:

Lo real como encuentro -el encuentro tanto que puede ser fallido, en tanto que es, esencialmente el encuentro fallido- se presentó primero en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención- la del trauma[15].

Por lo tanto lo real, adquiere el nombre de lo inasimilable. Pero es un real con una regularidad, una ley. Lo que nombramos como “piezas de vida real” en términos freudianos van a implicar un real sin ley.

La tyché, como real será el soporte de lo que “no cesa de no escribirse”.

“El trauma es lo real, lo inasimilable, es un exceso de goce que escapa a la simbolización”[16].

Aquí se hallan las bases de lo que Lacan desarrollará en seminarios posteriores, como el 16 De un Otro al otro, y el 17 El reverso del psicoanálisis.

El objeto a, como plus de goce, se presenta como un suplemento de la pérdida de goce, articulado a los discursos. La repetición, como repetición de goce, viene al lugar que en el Seminario 7 ocupaba la transgresión. El plus de goce, es articulado por Lacan, tomando como referencia la plusvalía marxista.

Como dato fundamental de esta conceptualización y que tendrá un fundamental desarrollo futuro, es la articulación decisiva entre repetición y síntoma. Miller habla en los citados paradigmas del goce, de una constancia que difiere de la del fantasma fundamental. “Es una constancia, amplia, duradera”[17].

En el crucial capítulo XIII del Seminario 16: De un Otro al otro, Lacan va a definir a lo real como el goce absoluto, en tanto vuelve siempre al mismo lugar,

(…) y así revela (la histérica) la estructura lógica de la función del goce. (…) Justamente, la histérica es rechazada por plantear el goce como absoluto, por no poder responder más que desde el ángulo de un deseo insatisfecho respecto de ella misma[18].

El goce como real, y definido a esta altura como un absoluto, es lo que se encuentra en los límites freudianos para la conclusión de la cura tanto respecto a las resistencias estructurales (la del ello y la del superyó) como, y fundamentalmente, respecto a lo que en “Análisis terminable e interminable” se definirá como la “permanente injerencia de un fragmento de agresión libre” y los restos sintomáticos.

Pero esta conceptualización de goce como real, nos permite precisar de la mejor forma el historial clínico del “Hombre de las ratas”. La represión de la pulsión como beneficio primario, la regresión como desmezcla pulsional, el síntoma como lo extraterritorial, la conciencia como zona erógena, la paradoja de la prohibición superyoica, el inconsciente económico como sostén de la dimensión compulsiva, el aparato psíquico gobernado por el más allá del principio de placer (formulado antes del giro de 1920), la irrupción de la angustia ante la conmoción yoica (desestabilización de la nominación imaginaria).

La fijación (anal) orientada por las deudas del padre, la transferencia dando cuenta de la doble perspectiva del objeto (de la demanda: anal; del deseo: escópico), la pregunta por la existencia como un velo del matrimonio con la muerte, el fantasma masoquista en tanto hacerse golpear por los significantes (ratten), como ya he dicho.

VI.

El esquema del capítulo II del texto de Freud “El yo y el ello”, da cuenta tanto de una construcción por fuera de las categorías kantianas de espacio y tiempo, como de una figura en perspectiva topológica.

Es fundamental destacar en esa figura “surrealista” las líneas del inconsciente y el ello, que va a adquirir un gran relieve en el último Lacan.

Sabemos que el “ello” llega a Freud a través de Groddeck, proviniendo de Nietzsche.

Pero puedo destacar aquí que el antecedente en Schopenhauer. La “cosa en sí” kantiana, fue llamada por éste último “voluntad”. Esta voluntad, retomada como “sí mismo” por Nietzsche llegará a Freud como “ello”[19].

Ya para Schopenhauer, el cuerpo va a ser lo único en el mundo dado como voluntad.

Es este “ello”, que en el Seminario 20: Aun, de Lacan, se presentará como “eso habla, no sabe lo que dice pero goza”, y posteriormente “eso no habla, goza”.

Para Nietzsche, detrás de las ideas y los sentimientos reside el “sí mismo”; y este sí mismo es el cuerpo. Este “sí mismo” que reside en el cuerpo, explica Schopenhauer, da cuenta de una inmutabilidad en la vida de un individuo, que implica un camino absolutamente singular. Un forzamiento de ese camino determinado por la voluntad, sólo puede aparejar situaciones desgraciadas[20].

Pero es necesario aclarar que la voluntad no tiene sentido, en verdad el sentido es una respuesta a su presencia acéfala.

Aunque para T. Mann, la curación psicoanalítica se inscribe en la Ilustración, por el servilismo del espíritu respecto de las pasiones, y aunque en el último Lacan no hallamos en el final de análisis un saldo de saber, sí hay producción de un significante nuevo, por fuera de la repetición como síntoma, por fuera de un sentido gozado.

Esa producción de un nuevo significante se inscribe en el debate de la Ilustración, no por la vía del ser, sino por la ex-sistencia. Ya no es falta ontológica, sino que es una cuestión óntica.

Este giro se produce a partir del capítulo 8 del Seminario 20: Aún, donde el objeto petit a de ser la referencia misma de lo real, va a advenir al estatuto de semblante, produciendo así la formalización topológica de lo real.

“Por último, lo simbólico, al dirigirse hacia lo real, nos demuestra la verdadera naturaleza del objeto a. Si antes lo califiqué de semblante de ser, es porque semeja darnos el soporte del ser”[21].

Si en el Seminario 11, Lacan había formulado que el estatuto del inconsciente no es óntico sino ético. Esa ética es la que va a permitir y más allá del embrollo de lo verdadero, dar lugar a la dimensión óntica del “ex-siste”.

La lectura que va a realizar Jacques-Alain Miller, es que la formulación del goce femenino, por parte de Lacan, hace caer la ya formulada ontología.

La generalización del goce femenino, abre la puerta del último Lacan. Ya que la generalización del goce femenino, en verdad nombra al goce como tal, y por lo tanto el advenimiento del a como semblante y lo real como ex-sistencia.

Ya no se trata del goce edípico marcado por la castración, la prohibición y alcanzado “hegelianamente”, sino de un goce reducido al acontecimiento del cuerpo[22].

En el Seminario 23: El sinthome, la referencia ya no va a ser Freud, sino Joyce, para dar cuenta con total precisión del punto de arribo:

La buena manera es la que, habiendo reconocido la naturaleza del sinthome, no se priva de usarlo lógicamente, es decir, de usarlo hasta alcanzar su real, al cabo de lo cual él apaga su ser[23].

La palabra uso se encuentra así destacada, ya que da cuenta del estatuto pragmático en juego en relación a la cuestión de lo real y el sinthome.

El sinthome, escrito de este modo, viene a dar cuenta del cuarto nudo, que anuda real, simbólico e imaginario. Cuarto nudo, que ya había formulado en el Seminario 22: RSI, siguiendo las huellas freudianas de “Inhibición, síntoma y angustia”. Cuarto nudo que había referido tanto al Edipo como al concepto de realidad psíquica.

Recordemos que, por ejemplo, esa formación del inconsciente que es el sueño, anuda lo hipernítido pulsional, con el ciframiento inconsciente, y la puesta en imágenes (RSI). Formulación que le va a permitir dar cuenta de las pulsiones como del eco en el cuerpo del hecho que hay un decir.

A su vez, en su última enseñanza, Lacan va a decir que:

Esto es lo que caracteriza la letra con la que acompaño este objeto, a saber, la letra a minúscula. Si reduzco este objeto a, a esta a minúscula, es precisamente para marcar que la letra no hace en esta oportunidad más que mostrar la intrusión de una escritura en tanto otra (autre), con una a minúscula. La escritura en cuestión, viene de otra parte que del significante[24].

Cuestión fundamental para dar cuenta de los restos sintomáticos como un nombre de lo imposible al final del análisis. Restos de los cuales va a dar cuenta Freud en “Análisis terminable e interminable”, productos de la niederschrift (transcripción), primera transcripción de las percepciones en la “Carta 52” de Freud, que no constituye el inconsciente. Su estatuto es de letra. El inconsciente es una respuesta, arma cadena y otorga sentido.

Tomo esta referencia para dar cuenta del último escrito hallado de Lacan[25], donde habla del “esp. del lap” en cuanto se refiere a lo que va a llamar inconsciente real, inconsciente que habla para sí. Tan sin Otro como el Hombre de los lobos en el episodio alucinatorio.

J.A. Miller, en su curso inédito, del año 2011, va a dar cuenta del paso del “eso habla, no sabe lo que dice, pero goza” del Seminario 20 de Lacan, al “eso no habla pero goza”, a partir del concepto freudiano de ello, como ya lo formulé. Como va a decir Freud, el “ello” es la sede de las pulsiones mudas.

Destaca que el ello freudiano no es un ser sino el silencio de las pulsiones. Tampoco es el goce imaginario del narcisismo.

Destaco aquí algo muy preciso, del “El yo y el ello”, y es la cuestión de que Freud formula de que se constituye el cuerpo y por lo tanto el yo, a partir de algo semejante a una experiencia de dolor. La llamada nominación imaginaria que instituye al yo como operación respecto al autoerotismo, tiene como referencia la pulsión de muerte.

Miller destaca como cuestión fundamental, en el curso mencionado, que la fórmula freudiana es: “wo es war, soll ich werden”, y no “wo das es war, soll ich werden”. El “es”, el “ello”, no está presidido por el artículo “das” (el). O sea, no está objetivado. Y es este “ello” el que permite captar la autonomía del goce del cuerpo.

La cuestión es, por lo tanto, que a partir de separar el inconsciente del ello, ¿cómo podría operar el lenguaje sobre el cuerpo? Más aun si la doctrina clásica de la interpretación hace existir esa defensa que hoy llamamos inconsciente transferencial, que es el inconsciente freudiano dinámico. De este modo el ello, es goce y no quiere decir nada. Por lo tanto, la cuestión es óntica. 


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  • Nietzsche, F. (1984): Así habló Zaratustra. España, Sarde.
  • Schopenhauer, A. (2003): El mundo como voluntad y representación. Buenos Aires, Círculo de lectores.
  • Zack, O. (2014): “Tyché y automatón”. En Un real para el Siglo XXI. Silicet. Buenos Aires, Grama.

[1] Lacan, Seminario 23: El sinthome, p.130.

[2] Masotta, En Escansión.

[3] Lacan, Seminario 1: “Los escritos técnicos de Freud”, p. 128.

[4] Ibíd., p.163

[5] Lacan, “Variantes de la cura tipo”, p. 113.

[6] Miller, Sutilezas analíticas, p. 258

[7] Ibíd.

[8] Miller, El ultimísimo Lacan, p. 48.

[9] Bassols, Lógica y clínica de las suplencias, pp. 172-173.

[10] Lacan, “Respuesta al comentario de J. Hyppolite”, p. 147.

[11] Ibíd., p. 150.

[12] Lacan, Seminario 7: La ética del psicoanálisis. Op. Cit., p. 95.

[13] Miller, “Los seis paradigmas del goce”, pp. 27-28.

[14] Ibíd., pp. 31.

[15] Lacan, Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, p. 63.

[16] Zack, “Tyché y automatón”, p. 364

[17] Miller, “Los seis paradigmas del goce”. Op. Cit., p. 40.

[18] Lacan, Seminario 16: De otro al otro, p.195.

[19] Nietzsche, Así habló Zaratustra.

[20] Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación.

[21] Lacan, Seminario 20: Aun, p. 114.

[22] Miller, Curso “El ser y el Uno”. Inédito.

[23] Ibíd.

[24] Lacan, Seminario 23: El sinthome, p. 143.

[25] Lacan, “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11”.

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