¿Has dicho inconsciente?
Por Alexandre Stevens
2026/06/28
Una lectura atenta de Freud nos permite comprender cómo construía sus conceptos psicoanalíticos. Como Lacan, hace evolucionar su doctrina respondiéndose a sí mismo. A veces, de forma bastante brutal, cuando le escribe a Fliess que ya no cree en su neurótica, alterando así sus primeras concepciones sobre la presencia de un trauma que ocurrió en la realidad y se volvió inconsciente para explicar los síntomas. En otras ocasiones, es especificando un punto teórico, como cuando escribe su ensayo «Lo inconsciente» en su Metapsicología.
Un lugar llamado inconsciente
El inconsciente está presente antes de ese texto, desde las cartas a Fliess, y el aparato psíquico recibe una primera formulación en La Interpretación de los sueños. Se presenta en forma de un esquema en el que lo inconsciente parece estar formado por «huellas mnémicas», es decir, significantes. Este sería uno de los puntos de apoyo de Lacan para su retorno a Freud. Pero no fue hasta el texto de 1915, «Lo Inconsciente», que se constituyó en un sistema. En este texto, Freud justifica extensamente su hipótesis del inconsciente mostrando que es necesaria y legítima. De hecho, no hay otra manera, dice, de explicar ciertos actos psíquicos, especialmente los sintomáticos, lo cual es una prueba.
Sin embargo, una vez aceptada la hipótesis, aún necesita especificar la significación exacta de este término. Más allá de su sentido descriptivo, se trata de distinguir un sistema inconsciente del consciente y del preconsciente. «El psicoanálisis ha dado un paso más en la dirección que la aleja de la psicología»,[1] dice. Por tanto, ya no existe solo una dinámica de procesos psíquicos centrada en la represión, sino una tópica, un lugar lógico, que antes llamaba Otra escena. Apunta a precisar que este lugar no tiene nada que ver con una ubicación anatómica. Y Lacan añade que no es un contenido, sino un «área de lo no nacido.»[2]
Representación sujeta a principios
Lo que se reprime está compuesto únicamente por «representantes pulsionales», significantes y, por tanto, por mociones pulsionales. Por tanto, los afectos, sentimientos, sensaciones, no son inconscientes, aunque engañen con sus modificaciones y sus investiduras en otros significantes.
Freud añade una dimensión económica al sistema inconsciente, es decir, la investidura o contrainvestidura de la representación, que justifica la formación de síntomas. Las representaciones significantes están sujetas a procesos de desplazamiento y condensación, el inconsciente no conoce el tiempo y está gobernado por el principio del placer. Por encima de todo, no admite ni duda ni negación. Lacan verá además en esta suspensión del principio de no contradicción —un principio aristotélico— un primer enfoque para la división del sujeto[3]. Esto está, de hecho, al mismo nivel que la división introducida por Freud entre lo inconsciente y lo preconsciente porque el inconsciente no conoce la negación.
Orientación hacia lo real
Cuando en 1923 Freud formuló su segunda tópica en El yo y el ello, introdujo la pulsión de muerte que alteró la primacía del principio del placer como motor de la represión. Pero, sobre todo, introduce un inconsciente no reprimido que incluye una parte del yo y también del superyó. Por tanto, el inconsciente ya no debe ser descifrado solo a partir de los significantes que lo componen, ya que en todo el comienzo de la obra freudiana también presenta una parte de real.
Uno de los capítulos del Seminario XI se titula «El inconsciente freudiano y el nuestro». Podemos leer el inconsciente freudiano y comprender que el nuestro, el lacaniano, le añade una orientación hacia lo real, que Lacan ya vincula a Freud en parte por una referencia al ombligo de los sueños.
*Stevens A., Vous avez dit inconscient ? – L’HEBDO-BLOG
[1] Freud S., “Lo inconsciente (1915)”, Obras completas, tomo XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 2003, p. 170.
[2] Lacan, J., El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 30.
[3] Lacan J., Le Séminaire, livre XIII, L’Objet de la psychaanalyse, texto establecido por J.-A. Miller, París, Seuil & Le Champ freudien, 2026, pp. 192-193.
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