El Gusto de Vivir – Por Damien Guyonnet – 2026/06/16

El gusto de vivir

Por Damien Guyonnet

2026/06/16


¿Cuál es el apetito por la vida? ¿Cuál es el asco de vivir? ¿Con qué signos discretos se identifican? ¿Son permanentes o discontinuos? ¿Se ponen a prueba, se expresan o se demuestran? Además, ¿qué es el sentimiento de placer o dolor? El objetivo aquí es interesarse por la sal y el sabor de la vida sumergiéndose en las profundidades del gusto de vivir.

Una historia de gustos

Por cierto, ¿cómo podemos definir el gusto? ¿Se refiere a un juicio de orden lógico, moral o estético (Kant)? ¿No compete principalmente del registro del afecto? Sea como sea, supongamos que es el resultado de una elección o posición del sujeto que invoca el registro del goce cuya condición es la vida.

Introduzcamos entonces el objeto a, es decir, el registro pulsional. Y dado que este término «gusto» tiene fuertes resonancias con la dimensión culinaria, usemos aquí el registro de la oralidad, sin omitir el hecho de que el objeto oral como tal no se limita al alimento. Entra en escena esta configuración de los devoradores de vida, es decir, aquellos que se la comen de un mordisco, que hierven de energía, siempre en movimiento.

Si asociamos este objeto con otro, la mirada, podríamos captar esta otra configuración que Lacan designa, en el registro pictórico, frente a la pintura, como el «apetito del ojo en el observador»;[1] un paradigma de la introducción de un plus-de-goce generalizable (no solo eso está vinculado a lo visual), identificable tan pronto como un sujeto afirma: «Tengo gusto por…»

Mientras que la primera configuración suele invocar a un sujeto que debe vivir su vida intensamente, sin pausa, para sentirse vivo, la segunda ofrece una posición en la que el deseo entra en juego, despertando las ganas y trayendo placer y apaciguamiento.

La pérdida del gusto

Ciertos momentos de la vida pueden hacer que un sujeto pierda temporalmente la alegría de vivir: «Ya no tengo gusto por nada», se afirma así. Esto puede analizarse, por ejemplo, volviendo al contexto desencadenante, sus coordenadas, pero también, sobre todo, a las ramificaciones inconscientes subyacentes. Esto se puede superar. El sabor, la sal de la vida reaparece, la máquina deseante vuelve a arrancar, no sin antes enseñarle al sujeto su fantasma. Aquí medimos el hecho de que la sensación de vida nunca había abandonado el sujeto: apenas si se anestesió durante un tiempo. Tras esta vacilación, durante la cual ha sentido menos ganas de vivir, puede volver a usarla.[2]

El dolor de vivir

Lo más dramático es cuando esta pérdida aumenta en intensidad y se vuelve permanente. O incluso, cuando este estado siempre ha estado presente, constituyendo para un sujeto «el bajo continuo de la existencia subjetiva».[3] Evoquemos aquí el dolor de vivir, cercano al de existir. «El dolor de vivir, que tienes que vivir bien, merece la pena vivir», cantó Bárbara. Sí, pero ¿cómo? ¿Por qué medio(s) podemos (re)encontrar fragmentos de vida, «fragmentos del cuerpo vivo»[4] cuando lo que prevalece es la muerte? Es aquí donde la «clínica del gusto» que intentamos esbozar a partir del registro del objeto a, inseparable del cuerpo, puede resultar instructiva. ¿No deberíamos entonces preguntarnos cómo cada uno de ellos, el objeto oral y la mirada, a la que añadimos la voz, puede encontrar la manera de ser movilizados, mediante «pequeños botones[5]«? ¿Bajo qué condiciones? El clínico tendrá que identificar y sostener aquello que puede (de nuevo) hacer que el cuerpo «palpite» – incluso si consideramos que, en la psicosis, no hay extracción del objeto a. Eso sería algo que habría que problematizar…

Hacia la solución…

Supongamos que se pudiera elaborar un montaje pulsional, que se pudiera construir un principio de borde dentro del cual surgiría un punto donde lo libidinal se adhiere al vivo.

A condición de poder enunciarse, decirse a un Otro que reciba y valide estos pequeños estallidos de vida, que luego se activan y se vuelven operativos. Al principio serán eclipsados – hablamos de descubrimientos, invenciones – y luego podrán formar parte de una configuración sólida y permanente -entonces se hablarás de una solución sinthomática.

Dar el gusto por la palabra, aquella que compete del bien-decir, ¿no es la vía regia, la más ética para rencontrar el «gusto de vivir»? Nosotros, que recibimos, acompañamos y sostenemos a sujetos en «sufrimiento por el mal vivir»[6], tenemos una idea precisa de esto.


*Guyonnet D., Le goût de vivre – J56

[1] Lacan, J., El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 122.

[2] Aquí echo eco del argumento de Daniel Roy en el que expresa esta hermosa expresión: «aprovechar el gusto por la vida», Roy D., Argumento de las J56: «El Sentimiento de la VIda» – Por Daniel Roy – 2026/04/01 – PSICOANÁLISIS LACANIANO

[3] Expresión de J.-A. Miller para designar, a partir de una cuestión relacionada con los trastornos del estado de ánimo, el «trastorno provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida», Miller J.-A., en Miller J.-A. (s/dir), Variétés de l’humeur, París, Navarin, 2008, p. 74.

[4] Roy D., «Argument des J56», op. cit.

[5] Ídem.

[6] Alberti C., Discurso en el Cóctel de Apertura del XV Congreso de la AMP – por Christiane Alberti – 2026/04/28 – PSICOANÁLISIS LACANIANO

Deja un comentario