La Melancolía y la Práctica de los Cortes en el Cuerpo: ¿Síntoma o Tratamiento? – Por Josefina Dartiguelongue – 2026/05/22

LA MELANCOLÍA Y LA PRÁCTICA DE LOS CORTES EN EL CUERPO. ¿SÍNTOMA O TRATAMIENTO?

Por Josefina Dartiguelongue

2026/05/22


Débora Tejeda:

Ahí sí, ahí está. Arranco con el título de la clase que es “Melancolía y la práctica de los fuertes en el cuerpo. ¿Síntoma o tratamiento?”. Y hoy contamos con la participación de Josefina Dartiguelongue quien nos va a transmitir algunas cuestiones relativas a estas temáticas.

Gracias, Josefina, por estar presente y por acompañarnos en este curso. Te damos la palabra.

Josefina Dartiguelongue:

Bueno. Hola a todos. Buen día. ¿Cómo están?

En primer lugar, yo les agradezco a ustedes, especialmente a Débora, que es quien, además, me contacta, aunque he trabajado años también con otras de las organizadoras en el en supervisiones, en el Tobar y demás.

Bueno, bien, arranquemos. Como decía Débora, el título de este encuentro es “La melancolía y la práctica de los cortes en el cuerpo. ¿Síntoma o tratamiento?”. Antes de empezar, yo quisiera abordar una cuestión que es un poco explicar por qué elegí la melancolía para trabajar con ustedes en este curso sobre la psicosis y básicamente la elegí por tres razones. En primer lugar, creo que así como toda la clínica está cambiando, hablamos de la clínica contemporánea, de la subjetividad contemporánea, particularmente el campo de la psicosis también está cambiando y no solamente porque hace unos años para esta parte se ha instituido esta cuestión y está en debate de la psicosis ordinaria, sino también que hay otro cambio que es el avance de la melancolía, es el crecimiento de casos de la melancolía en el terreno de la psicosis. Quiere decir, hace un tiempo para esta parte ya no tenemos solamente como lo propio de la psicosis la descomposición del cuerpo y del lenguaje de la esquizofrenia, los edificios delirantes de la paranoia, sino que empezamos a toparnos en las consultas muchas, sino muchísimas veces con cuadros donde hay invasión de angustia, donde hay un dolor, un dolor de existir y una tristeza indialectizable, donde priman el vacío y el menosprecio incólume, inconmovible, donde hay un avance de la pulsión de muerte. Creo y coincidirán -después podremos conversar sobre esto- que nos encontramos cada vez más en la consulta con sujetos que no pueden con la vida, que están invadidos de negatividad.

Bueno, uno podría decir justamente si no opera o si está forcluida la castración, el falo, bueno, no hay significación, no hay sentido, no hay goce, no hay respiro para muchos de estos sujetos que empezamos a recibir y que a veces priman más, insisto, que otros cánones clásicos de la psicosis.

Entonces, elegir la melancolía primero por esto, por su gran extensión, cómo avanza en la consulta.

En segundo lugar, elegir la melancolía, me parece interesante trabajar con la melancolía porque creo que es la psicosis que tal vez más nos cuesta distinguir. Me parece que es la psicosis que más nos cuesta distinguir porque justamente no se caracteriza por los fenómenos clásicos de la psicosis, por los fenómenos tradicionales, por el fenómeno elemental, por el trastorno del lenguaje que son más propios -otra vez- de esquizofrenia de la paranoia.

Y, en tercer lugar, elegí la melancolía porque, además, me parece muy compleja, una psicosis muy compleja en sí misma, muy compleja en el sentido de que es muy variable. Y esto fue Freud el primero que ya lo vio. Freud es el que dice que la melancolía posee una variabilidad clínica. ¿Por qué? Dice -lo cito-: “La melancolía se presenta en múltiples formas clínicas y su síntesis en una unidad no puede ser comprobada.” Me parece que esto es con lo que nos topamos permanentemente la clínica. Y, además, como si esto no fuera poco, por supuesto, en la melancolía, como en toda psicosis, está este trabajo fundamental del analista de ubicar si un fenómeno -lo que trae el paciente- es síntoma o tratamiento. Lo voy a decir así. Además, nos encontramos con este desafío ineludible de si lo que trae un paciente es síntoma o sinthome. Lo llevo a los cánones de este curso: ¿es desarreglo o arreglo?

Por supuesto, sabemos perfectamente que ya Freud, de hecho, de entrada, sitúa en el fenómeno psicótico algún orden ya de respuesta al desgarro, de tratamiento -dijera Lacan- de agujero forclusivo. No obstante, aunque sabemos que todos los fenómenos tienen también este estatuto, no es lo mismo, nosotros lo sabemos muy bien, si un síntoma o más bien un padecimiento no tiene el mismo estatuto, si es pura invasión en lo real o si más bien escuchamos que ya es un artilugio, un recurso del sujeto para tratar lo que padece.

Ahora, los cortes en el cuerpo también es una práctica que se ha extendido vertiginosamente. Tenemos pacientes que recibimos, chicos, adolescentes que se cortan en todos los dispositivos de atención. Los vemos en las guardias, en las internaciones, en hospital de día, en consultorio. La psiquiatría americana ya de hecho hace mucho tiempo lo catalogó esta práctica como una epidemia y su profusión es tal que finalmente el DSM, imagínense cuáles serán las estadísticas, en su quinta edición, el DSM-5, lo incorpora en sus filas y lo llama «trastorno de autolesión no suicida».

Ahora, el punto y lo que quiero subrayar es no solamente que la cuestión de los cortes en el cuerpo es una consulta muy asidua, cada vez más asidua en salud mental, sino que para el mundo adolescente, no solamente es una consulta, para el mundo adolescente se trata de una práctica que ya está incorporada en la cultura, que se incorporó en la cultura, que se instituyó en el discurso, que circula en lo social. Si hoy a cualquier adolescente le preguntamos, nos dice, «Ah, sí, sí, Sofía se corta.» Como si nos dijera, Sofía se está tomando un café con leche, es decir, se ha instituido con una naturalidad supina este uso de la superficie del cuerpo.

Entonces, frente a esta extensión, frente a esta institución en el discurso, frente a esta circulación social, desafío clínico es el nuestro, porque además justamente esta práctica, estos cortes en el cuerpo, estas incisiones en la superficie de la piel son aptas para encarnar un síntoma, una manifestación sintomática o por el contrario, también son aptas para funcionar como un recurso para palear el síntoma. ¿Me siguen? Ya tenemos la complejidad, además que es lo suficientemente versátil la misma práctica, la ejecución de tajos sobre el cuerpo para ser una manifestación sintomática o, por lo contrario, intentar ser una salida del sufrimiento para el sujeto.

Por lo tanto, les voy a proponer tres casos distintos, tres presentaciones de cortes en la melancolía distintos en que esta operación, esta intervención, perdón, opera de manera diversa. ¿Se sigue? Bien. Les propongo que pensemos en primer lugar casos en la melancolía donde los cortes son expresión, la expresión de la agresión, son expresión de agresión. Muchos adolescentes se cortan para lastimarse donde el objeto es herirse, a diferencia de muchos otros casos. Bueno, yo les decía recién, es algo que, en la práctica, en la cultura adolescente está instalado, ¿no? Lo dicen con naturalidad total. Me sorprendí en los últimos meses de mi investigación de doctorado. Encontré, escuchen esto, porque es el culmine del adolescente, encontré un juego online, investigando en los cortes y virtualidad, un juego online de esto que se ha vuelto casi una adicción digital donde en el medio del juego un personaje se cortaba. En medio de esas luchas que arman, un personaje se cortaba y decía: «Es para sentirme mejor.» Impresionante, digamos. Ya llegó, ya hizo pie en el lugar de la máxima expresión de la cultura adolescente hoy.

Pero en todo caso subrayo, vuelvo a lo que estaba diciendo, voy a los cortes en la melancolía, donde es una expresión de agresión, donde los cortes se utilizan para lastimarse, para herirse. Quiero decir, a diferencia de muchos otros casos, porque bien como dice el juego virtual, en muchos casos es para sentirse mejor, no para lastimarse. Entonces, a diferencia de muchos otros casos, encontramos adolescentes que no, que en realidad se cortan para hacerse daño, que los cortes son heridas, que utilizan esta práctica que circula en la cultura, que utilizan el cutting, esta práctica estandarizada para agredirse. Te diré que en estos casos las incisiones más que ser cortes superficiales en la piel con una Gillette, como suele presentarse, tienen un poquito otro estatuto, ¿no? Una paciente se realizó cortes por más de un año con un clavo. Otra paciente se realizó cortes durante mucho tiempo con bordes de las latas, quiero decir, ya tiene otro tenor. Y cuando recorto casos en la melancolía donde los cortes son para agredirse en general, además – me dirán si ustedes lo ven de la misma forma en la clínica- los cortes no son algo aislado, que se presenta solo en el cuadro, sino que más bien está acompañado de adolescentes que se corten, pero además presentan cuadros de toxicomanías. Toxicomanías o por ahí más que una adicción, les diría, episodios de consumo destructivo, de reviente o cuadros que además de cortarse se acompañan de algún trastorno de la alimentación. Pero digo el trastorno de la alimentación cuando la chiquita está cadavérica, cuando ha llegado al peso de riesgo o cuadros donde, además, encontramos reiterados intentos de suicidio o ideación suicida u otro tipo de autolesiones como golpes, quemarse. Quiero decir, encontramos cuadros donde los cortes están en serie con, además, otras prácticas destructivas.

Bien, en el psicoanálisis conocemos esta manifestación destructiva. Freud es el primero que la isla y lo dice así. Es la pulsión de muerte. La pulsión de muerte se exterioriza como pulsión de destrucción. Y como ustedes saben, justamente precisamente la melancolía es la psicosis que se caracteriza por el resalto, por el avance puro de la pulsión de muerte. Porque acá el punto es que la pulsión de muerte es algo que es parte de la condición humana, lo sabemos. Pero justamente la maravilla de lo que descubre Freud es que la pulsión de muerte no opera aislada, no está sola, sino más bien entramada, mezclada con ¿qué? Con la pulsión de vida. Esto es lo que descubre Freud. Por supuesto,existe, pero no sola ni pura, entramada con la pulsión de vida, que es lo que él llamó la mezcla pulsional.

Ahora, lo que Freud mismo define para la melancolía es que se caracteriza por la desmezcla pulsional. En la melancolía está en juego la desmezcla pulsional.

Entonces encontramos el avance, el resalto de puro Tánatos, sin mediación, sin mezcla, sin defensa. De hecho, así lo dice Freud en “El yo y el ello”. Lo cito: “El componente erótico no tiene más fuerza para ligar la destrucción y esta se libera como inclinación a la agresión”. Y de hecho, Freud en “El yo y el ello” se pregunta cómo es que en la melancolía se llega a semejante desmezcla pulsional. ¿Y saben lo que dice?: “Es tan fuerte y es tan originaria que tal vez incluso se trate de una mezcla pulsional no consumada”. Es decir, que de hecho nunca se dio.

Bien, ahora el punto es que en la melancolía esta prevalencia que encontramos de la pulsión de muerte se expresa o se puede expresar no solamente en esa agresión directa: “Me lastimo, me corto, me daño”, sino que a veces esa pulsión de muerte encuentra otra vía, encuentra otra forma de incidencia que es, como sabemos en la melancolía, a través del superyó. Freud dice en “El yo y ello”: “El superyó”, para la melancolía estrictamente, “se

convierte en el cultivo puro de la pulsión de muerte. No por nada llamamos muchas veces a la melancolía la enfermedad del superyó.”

Entonces encontramos muchos jóvenes, muchos chiquitos, muchos adolescentes melancólicos bajo el imperio superyoico. Quiero decir, bajo el imperio de una crítica mordaz, crítica y culpa, culpa y castigo, como dice Lacan, bajo la influencia, bajo el influjo de esa voz áfona que hable en el sujeto, que retorne en lo real con injuria y culpa.

Y Freud lo dice muy precisamente en “El yo y ello”. Lo cito: “En la melancolía, el sentimiento de culpa es consciente, hiperintenso, particularmente severo y se abate con furia cruel, donde el yo no interpone ningún veto, se confiesa culpable y se somete al castigo.” Es clarísimo, es contundente.

En efecto, nosotros nos encontramos hoy en la práctica analítica muchas veces los cortes en el cuerpo jugados en este sentido o como una expresión directa contra el yo, ¿no? La pulsión de muerte en una expresión directa, destructiva, agresiva contra el yo, o ya sea los cortes por el castigo. Los cortes como una como un castigo, como un castigo a la culpa que invade, como los cortes como una forma de castigo a la culpa que se impone como certeza. Y son estos casos donde, como dice Freud, escuchamos en los chicos, escuchamos en los adolescentes casi sin ningún prurito -por eso digo, como dice Freud-, sin prurito, quiero decir, totalmente consciente y sin ningún veto que nos dicen: “A veces pienso en lastimarme y me corto. Me quiero lastimar y me corto. Cuando me siento mal, me quiero hacer mal. O me siento culpable, me corto. Siento culpa a cada rato y me lastimo.”

Otra chiquita de 16 años me explicaba hace un tiempo atrás: “Me agarra agresividad y me empiezo a cortar. Empiezo de a poco hasta que empiezo a sentir dolor. Me corto con un tramontina. Me quiero hacer daño a mí misma y pagar por las cosas que había hecho. Estaba enojada porque había hecho muchas cosas que no me gustaban, cosas a mis abuelos.”

¿Me siguen? ¿Se entiende el tipo de casos a los que me refiero?

Bueno, me parece que acá, como dice Freud, de forma consciente, hiperintensa y sin ningún veto, sin ningún prurito, acá los cortes aparecen como esa pura expresión de la pulsión de muerte. Lo voy a decir así, expresión de goce en la melancolía, porque son la vía del goce melancólico. Y esto ya lo advirtió Freud. Freud dice que el automartirio de la melancolía es inequívocamente gozoso. Lo cito: “Se trata de las satisfacciones, de tendencias sádicas y del odio que recae sobre el yo”. Es “Duelo y melancolía”. En efecto, en términos lacanianos que muchas veces encontramos como las prácticas perversas. es muy usual encontrar en la melancolía prácticas perversas, particularmente prácticas masoquistas. Claro, como una forma de obtención de goce, ¿no? Es la forma de obtención de goce a veces por excelencia en la melancolía.

Entonces, les decía al inicio, el punto de la melancolía es que puede tener distintas formas, puede tener distintas presentaciones clínicas, depende los casos, se acentúan alguna de sus coordenadas. Bueno, encontramos melancolías donde lo que está acentuado, lo que toma el cuadro es este imperio irrestricto de la pulsión de muerte, ya sea con el asedio de la autodestrucción directa, ya sea con el asedio de la culpa, culpa y castigo.

Me parece que en la actualidad muchos de los casos de la de melancolía, donde toma protagonismo esa pura pulsión de muerte, se utilizan los cortes como su expresión. Los cortes son expresión de la pulsión de muerte. Son la manifestación de Tánatos, son la manifestación de la estructura, son síntoma. La pulsión de muerte se sirve del cutting para su satisfacción. Acá el corte no es defensa, acá el corte no es tratamiento, sino la pura satisfacción del embargo destructivo.

Y así nos llegan muchos chiquitos que no tienen ningún trabajo ni ninguna salida sobre la pulsión de muerte que no sea la mera satisfacción y la mera satisfacción en el cuerpo.

Ahora les propongo también que veamos otro tipo de casos donde los cortes no son síntoma, sino que son recurso, intento de salida de algo que padece al sujeto. Me voy a referir en primer lugar a otro tipo de casos, casos en melancolía, lo voy a decir así, donde los cortes se articulan a la ausencia del sentimiento de la vida. ¿A qué me refiero? Colette Soler en su célebre libro ya desde hace varios años atrás, pero siempre actual, por supuesto, “Estudio sobre la psicosis”, ubica muy claramente que la melancolía es la psicosis donde predominan las consecuencias de la forclusión del falo, específicamente de la forclusión del falo. Claro, nosotros sabemos que la forclusión del falo es correlativa a la forclusión del Nombre-del-padre, pero en la melancolía encontramos específicamente las consecuencias de la forclusión del falo. Ahora, de todos los fenómenos que provienen de la forclusión del falo, hay melancolías donde prevalece uno de ellos, que es la ausencia del sentimiento de la vida. En efecto, nosotros sabemos, no nos sentimos vivos por el hecho de haber nacido, sino que el sentimiento de la vida deriva del falo, de la inscripción del falo. Pero esto ya lo dijo Lacan. Lo dijo Lacan, ustedes lo recordarán, en “De una cuestión preliminar”. ¿Se acuerdan cuando él establecía la relación de Φ0 y P0? Es decir, que el agujero en lo simbólico provocaba un agujero correlativo en la significación del falo. Y se acuerdan que dice que este carácter de forclusión que también toca el falo, es, y lo cito, “implica el desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida.» ¿Se acuerdan? Es decir, él sitúa justamente que cuando algo se forcluye a nivel del falo, encontramos este desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida.

Y en ese mismo escrito, en “De una cuestión preliminar”, más adelante, de hecho, dice que es por el falo como el sujeto, lo cito, “accede a su ser de vivo”. Si algo nos muestra que sentirnos vivos no viene de nacer, sino del falo, es la melancolía. De hecho, Lacan no solamente articula el falo de la sexuación, no solamente articula el falo de la significación fálica, al significante del deseo, al significante del goce, sino que también lo llama el significante de la vida.

Bien, con la forclusión del falo retorna, vemos retornar muchas veces esa inefable ausencia de la vivencia de existir, del sentimiento de la vida. En la clínica de la melancolía, esto puede aparecer de distintas formas. Hay pacientes, la cuestión más extrema, donde te hablan como muertos, ¿no? Como si ellos estuvieran muertos, que sienten la muerte en el cuerpo. Hay pacientes donde la cuestión no es la experiencia de la muerte, sino la nada, la invasión de la nada, como un retorno en lo real. Y hay pacientes que no es ni la experiencia del de la muerte ni la invasión de la nada, sino que hay pacientes donde justamente, tal como del limita Lacan, lo que encontramos es una perturbación en el sentimiento de la vida, en sentirse vivos, en sentir la existencia.

Y frente a esa insoportable experiencia de la ausencia del sentimiento de la vida, algunos se cortan. Ustedes habrán escuchado estos pacientes que dicen: «No siento nada”. Casi es una desesperación por “No siento nada”, pero “No siento nada” es “No siento la vida, no se siente la vida palpitar.» Y en muchos casos encontramos que para esto se cortan. Es decir, el corte como un recurso para sentir.

Miren, hace muchos años atendí una chiquita de 17 años que me lo dijo de la forma más clara imposible y ha sido memorable para mí. Ella me dice lo siguiente, por supuesto, es una paciente que se cortaba, dice lo siguiente: “Cortarme es un modo de sentir algo. Yo no siento nada de nada. Es como flotar en la vida”. Escuchen esto. “No me alcanza estar para existir.” Pareciera la máxima por un lado de la filosofía existencialista, por el otro lado de la melancolía. “No me alcanza estar para existir.”

Bueno, y ahí el corte como una intervención les diría que apela a la materialidad del cuerpo, a lo real del cuerpo, incluso al dolor del cuerpo para sentir.

Lacan dice en “Psicoanálisis y medicina”: “Es solo a nivel del dolor que pueden experimentarse toda una dimensión que de otra forma permanece velada.” El dolor, la intervención en el cuerpo como un modo de inyectar algo de vida. El corte acá como un recurso -¿escuchan diferencia?-, el corte acá como un recurso, el corte acá como un artilugio, un artilugio que se basa en generar un estímulo en el cuerpo que otorga -ahora después conversamos sobre eso, es muy interesante la pregunta, Débora, ¿me ayudas a que no se me vaya?-…

Pero hay una diferencia. En la melancolía, no se desarma el cuerpo.  Esto es lo que quiero diferenciar. Sí. Esta la esta intervención viene a intentar suplir el falo respecto a la existencia. No se le desarma el cuerpo, no es que no siente el cuerpo, dice flotar en la vida, no me alcanza para existir. Toca esa dimensión, por eso resalto esta dimensión del falo, que no es la del cuerpo ni la castración en el cuerpo, es la de la existencia. Apelan al cuerpo, usan el cuerpo. El cuerpo no está desarreglado, es un uso del cuerpo para intentar restituir aquello que solo da el falo. Yo diría, no es que acá el cuerpo se descompone, justamente por eso digo, es tan desafiante, porque la melancolía no se está hablando del cuerpo, nos está hablando de la existencia. ¿Qué es lo que hace todo el tiempo la melancolía? Habla del dolor de existir, de la tristeza moral, de lo insoportable de la vida o de la ausencia del sentimiento de la vida. Entonces es interesante porque tenemos que discriminar, ¿no? Porque acá el problema no está en el cuerpo, está en el falo.

Pero entonces acá no es síntoma. Lo encontramos más bien como les decía, esa salida, ese intento de tratamiento, ese artilugio que se basa en un estímulo del cuerpo para otorgarle, aunque sea por un instante algún sentimiento de lo vivo, algo que intente restituir la ausencia del sentimiento de la vida. Y miren qué interesante, ¿no? Porque los cortes tienen muy mala prensa y por supuesto no es algo deseable, pero esta paciente que yo les cuento de 17 años, a mí me la derivan justamente por los cortes, pero en realidad cuando la tomo, esta chiquita, 17 años, llevaba siete intentos de suicidio. Siete, siete veros. De esos siete, cuatro había estado internada meses en terapia intensiva. Y algo de eso se frena -por supuesto, otro movimiento en el análisis-, en realidad, a mí me llega así cuando comienza a cortarse. ¿Me explico? Y ahora vamos a volver a eso. Pero quiero decir, hay algo ahí de un artilugio. ¿El mejor, el logrado? No. Cuando digo un artilugio, un intento de solución, no estoy diciendo una suplencia. Esto no llega a ser suplencia, no llega a ser sinthome. Los cortes detienen momentáneamente la deriva de la vida, pero no la suplen, no suplen el falo.

Ahora paso a otro tipo de casos en la melancolía, casos donde los cortes están en relación a la angustia, donde los cortes se ejecutan, lo digo, de entrada, para frenar la angustia. Como verán, estamos hablando de figuras clínicas distintas, ¿no? No es estricta, aunque todo se relaciona, pero de todas formas no es estrictamente lo mismo la pulsión de muerte, el sentimiento de la vida y la angustia.

Bueno, por supuesto, la angustia puede ser una de las figuras clínicas que protagonicen o que se vuelvan prevalentes en ciertos cuadros de melancolía y en ciertas melancolías donde predomina esta angustia, una angustia que se vuelve insoportable, otra vez se cortan. Se cortan para aliviarse. Se cortan para aliviar la angustia. Se darán cuenta ya que cortarse para frenar la angustia no es lo mismo que cortarse para sentir algo porque la existencia no está bien. Hay otro tipo de casos -sigo en el marco de la psicosis melancólica- que no es para sentir, no es para lastimarse, sino que es para aliviar desesperadamente la angustia.

Lo primero que nos tenemos que preguntar es. “Bueno, ¿de qué angustia hablamos? ¿De qué angustia se trata?”. Bueno, hay que decir esto: se trata de esta angustia que invade, es decir, se trata de esta angustia que es retorno en lo real, que es abrumadora, que es desorganizante, que el sujeto necesita frenar. Una angustia que ni siquiera llamaría masiva, sino más bien invasiva. Invade, retorno en lo real. Bien, invasiva porque uno puede decir es lo propio de la psicosis. Justamente es invasiva porque se da allí donde no opera la función de la castración, donde no opera el límite.

Pero además de esto, de ser una angustia donde no está mediando el límite de la castración, hay una especificidad para la angustia en la melancolía. Y Freud lo dice en “El yo y ello”. Llama a la angustia de la melancolía “angustia de muerte” y la caracteriza como una angustia desmedidamente grande. ¿Y saben cómo la explica? Lo cito. Freud dice: «La angustia de muerte de la melancolía admite una sola explicación, que el yo se resigna a sí mismo.» Bueno, recordamos la hipótesis freudiana: que el yo se resigna como objeto es cuando el yo se identifica -¿se acuerdan?- con el objeto perdido, la sombra del objeto que cae sobre el yo, que es fundamentalmente lo que con Lacan ubicamos esa identificación al objeto como la identificación con el objeto a. La identificación con el objeto en tanto la identificación con el a, no es la causa, el a resto. Es decir, lo que está en juego en la melancolía es la identificación con el objeto a resto, deyecto, desecho. Esta es una de las coordenadas fundamentales de la melancolía.

Es interesante. Miller apunta también al grado de este tipo de angustia en la melancolía. Y adhiero clínicamente con lo que él dice, es una angustia grave, es una angustia crónica, es una angustia extrema. Y claro, lo entendemos porque es una angustia que erradica en esa identificación del sujeto con el deyecto. Insisto, es una de las coordenadas de la melancolía.

Ahora, permítame subrayar esto o subrayar algo de esta identificación del sujeto con el resto y lo hace Miller. Hay que subrayar que se trata de una identificación en lo real a lo real del resto, a lo real del a, a lo real del deyecto. Es una identificación a lo real en resto. Y eso es lo que explica que el melancólico tenga esa suerte de fijación, de identidad con el deyecto. Sí, se le arma esa identidad con el ser de desecho, con ese ser inmundo, que es lo que muchas veces nosotros encontramos en la clínica explícitamente -por ahí no tan explícitamente-, pero como esa certeza ineludible que ellos tienen de encarnar lo malo, lo rechazado, el kakon, el desperdicio, lo inmundo, esa certeza inclaudicable con la que nos topamos cuando nos topamos con algo que es del orden del retorno de lo real, ese punto inamovible de que hay algo malo, de que son lo  malo, de que no merecen nada, que hay algo del orden del desperdicio. Bueno, es porque es una identificación en lo real, es una identificación al resto que los vuelve identidad con el desecho.

Esta angustia es la expresión del retorno en lo real del objeto resto sobre el sujeto. Lacan, en el Seminario 10, lo llama «la reducción del sujeto a la exclusión», lo excluido, lo dejado o lo desechado. Es la reducción del sujeto a la exclusión fundamental en la que se siente. Al sujeto se le impone la identificación al resto y se le hace signo hace signo cualquier rechazo y su expresión es una angustia insoportable.

Ahora, encontramos muchos chicos, muchos adolescentes, muchas melancolías adolescentes que intentan defenderse de ese lugar de resto y de esa angustia, que intentan defenderse, que intentan salir de ese lugar de resto y de esa angustia concomitante y muchas veces lo hacen con los cortes.

Les voy a les voy a leer también unas pequeñas viñetas para que podamos distinguir lo más clínicamente los distintos casos. Hace unos años una chica de 15 años me decía:

«Me siento mal, sola, siempre sola, una basura, muy angustiada, me corto y me alivio. No me siento estable, constantemente estoy mal. Cualquier cosa me angustia, una angustia que no soporto. Pienso en tomar pastillas y cuando me angustio, si no tomo pastillas, me corto. Me baja la angustia, me siento mejor. Siempre me siento mal. Ahora estoy con X”, un nuevo novio, “pero yo sé que me va a rechazar. Va a ver lo que está en mí y me va a rechazar. Y ahí me angustio mal y me corto. Yo sé que es raro, pero me hace bien, me alivia.”

¿Han recibido este tipo de casos? ¿Lo escuchan? Sí, ahí me están diciendo. Bien, es decir, que ahí acuden a los cortes. No como en el primer caso para lastimarse, para incrementar esa basura, esa inmundicia, porque tenemos hay melancólicos que, en efecto, tienen la identificación con el resto, pero se consolidan en ese lugar haciendo una obtención de goce, un masoquismo atroz. Pero hay chicos que no quedan obteniendo goce en esa identificación del resto y buscan contrarrestarlo y contrarrestar los efectos, pero encontramos esto: que se valen una vez más de esto que circula en la cultura. Se cortan para salir de esa angustia, se cortan y se alivian.

Bueno, podemos preguntar: ¿cómo es esto? ¿Cómo hay algo en todo caso de caer en este lugar de resto tan angustiado, basura, porquería, sola, que angustia, que algo del corte alivia? Lo digo muy rápidamente porque no es el centro de la cuestión, pero me parece que en algunos casos, no en todos, en algunos casos probablemente de los tres casos que estoy recortando en melancolía sea este solamente, me parece que tal vez calma esta angustia porque acá se juega no solamente… Es otra pregunta interesantísima, me parece que sí, pero siempre que lo distingamos en psicosis después. Débora, ¿me ayudas? Me distraigo leyendo las preguntas.

Bueno, la pregunta es: ¿por qué calman algo de estos esta experiencia del resto de la angustia? Bueno, porque me parece que en estos casos no solamente está en juego la intervención real en el cuerpo como los otros dos, sino que tal vez en estos casos hay también en juego alguna dimensión simbólica. ¿Saben a qué voy? ¿Ustedes vieron? ¿Me confirman si es así? Es algo que vengo, bueno, es algo que sucede usualmente, que los cortes… Vieron que nunca son es uno, ¿no? Que los cortes vieron que siempre son una serie de líneas, como sucesivas, una al lado de otra, como si fueran palotes. “Sí”, me dicen con la cabeza. Es llamativo, siempre se presenta así, no es que alguien agarre un tenedor, ¿no?  Los cortes es una así: una serie de líneas como paralelas de como palotes. Ustedes saben que esto tal es así -es impresionante que se ha formado como paradigma-, que así incluso lo describe el DSM. El DSM, que es el reinado de la estadística, lo describe así: “El cutting es una serie de líneas”. Bueno, ellos que son una métrica, incluso midieron entre 1 y 2 mm en trajo y otro. O sea, vean de qué modo hay un paradigma de este modo de intervención en el cuerpo.

Bueno, me parece que, por el efecto que tiene, digamos, no solamente por este modo de intervención que digamos es tan extendido, es tan global, es tan masivo que hay que escuchar algo de esto, pero además por el efecto que tiene el sujeto, que se puede pensar que acá está en juego, como les decía, no es solamente una intervención real, sino también alguna dimensión simbólica. Lo digo rápido: lo que quiero decir es que tal vez si esto está siempre presentado así es que esos tajos en alguna medida valen como trazos. Es un conjunto de trazos y el trazo es el soporte del significante. Y el trazo, lo dice Lacan, desde el Seminario 9 hasta el 19: el trazo es la marca mínima del orden simbólico. Es la mínima marca, la primera, la más originaria de lo simbólico. Y vieron que el tajo nunca es uno, son varios y que cada trazo, además, cumple la función de distinguirse de otro, es decir, la función de la diferencia. Y la función de la diferencia también es lo propio de lo simbólico. La introducción de la diferencia en lo real es la función de lo simbólico.

Lo que estoy diciendo, ¡ojo!, no es que acá en estos cortes está en juego un significante, que está en juego en la inscripción de un significante. Para nada. No hay ningún significante en esa marca. No hay ningún significante particular. Lo que estoy diciendo es algo mucho más básico, mucho más rudimentario. Ese corte es el soporte. Es como si yo le dije, es la condición de posibilidad. Es lo es lo más rudimentario de lo simbólico. No llega a ser significante. No llega a ser un significante. Ni hablar de un S1, pero es el soporte de lo simbólico. Es la marca más simple de lo simbólico, que es lo que lo que Lacan llamó a partir del Seminario 9, el rasgo unario. Y lo retoma en el Seminario 17, lo retoma en el Seminario 19: la marca más elemental de lo simbólico.

Bueno, en todo caso lo que quiero situar es que me parece -no siempre, no en los otros casos, no siempre, pero en algunos casos- que los chicos, los jóvenes, los adolescentes acuden sin saberlo, por supuesto, sin saberlo, ignorando el mecanismo de acción, pero acuden a la marca más simple de lo simbólico. Lo voy a especificar así porque acá está la cuestión. Acuden a un recurso simbólico porque es el soporte del significante, pero es un recurso simbólico no discursivo. Esto es lo propio de la época y lo propio de los adolescentes y lo que se juega en la melancolía. Es un recurso simbólico no discursivo. Es decir, apela a lo simbólico, implica la marca más básica, más inaugural del lenguaje, pero es un simbólico tan básico que no implica significante, no implica articulación, no tiene, por lo tanto, ningún orden de significación, no tiene ningún sentido, no se puede leer. Sin embargo, es la estructura mínima del significante. Sin embargo, la marca, el trazo, es la estructura elemental de lo simbólico y es la estructura elemental de lo simbólico lo que permite apelar a la condición subjetiva y no al resto, porque, hasta nuevo aviso, por más cambios que haya, lo simbólico es el soporte del sujeto, no lo real y no el resto. Lo simbólico es lo que recorta un sujeto de lo real.

¿Me siguen? Quiero decir, es como si esta práctica frente a la invasión de lo real del resto, frente a la invasión de lo real de un de la angustia, reubica, reorienta de alguna forma al sujeto a lo simbólico, aún a lo esencial de lo simbólico y no lo real.

Pregunta: ¿Estos trazos, estas marcas pueden ser una intervención?

Vamos a ver, depende del caso. Yo creo que a veces no. Ahí vamos ahí porque la marca no se puede trabajar con la marca, la marca no habla. Este es el punto. Ahora eso no nos exime de leer la marca y ver por dónde podemos entrar a trabajar. No sé si llegaron a leer toda la pregunta, después la retomamos.

Pero en todo caso lo que quiero decir es una práctica que frente a la invasión de lo real, de la angustia y del resto, reubica, es una operación que reubica, reorienta respecto a lo simbólico, aunque sea lo simbólico más básico, más rudimentario, más primario.

Ahora, esto es una práctica -es genial- porque es una práctica en realidad, si lo pensamos bien, muy acorde para la melancolía. ¿Por qué digo muy acorde para la melancolía? Si nosotros recordamos, ubicamos el abordaje nodal de la topología nodal de los nudos de la melancolía, si nosotros pensamos en los nudos, el registro que se suelta en la melancolía es el registro simbólico. Y, de hecho, esto de alguna forma, no desde la topología nodal, pero de alguna forma lo encontramos en Lacan con aquello que dice en “Televisión”. Lacan, en realidad en “Televisión” habla estrictamente de la manía, pero en general lo hacemos extensivo a manía y melancolía. Y en “Televisión”, Lacan reserva para la manía, manía melancolía, el rechazo del inconsciente. Dice que se caracteriza por el rechazo del inconsciente, por el rechazo de lo simbólico, por el rechazo a guiarse por los significantes en la estructura. ¿Qué es? Condice con esta suelta justamente de lo simbólico del nudo.

Ahora, me parece que es genial porque justamente los cortes, el cutting en estos casos es una práctica que para reanudar lo simbólico acude a un recurso simbólico, pero es un recurso simbólico que le reasegura, sin embargo, mantener el rechazo del inconsciente, mantener el rechazo del decir, mantener el rechazo del significante. ¿Me siguen? Apela a un recurso simbólico para soltar lo simbólico, pero que mantiene que reasegura ese rechazo al trabajo por el significante porque es un recurso simbólico, pero mudo. Mudo, sin lectura, sin escritura, sin posibilidad de decir, sin significación, sin inscripción. ¿Me siguen? Entonces uno dice: “Claro, en realidad es muy acorde a la melancolía”. Ay, es muy interesante. Ahora después lo retomamos.

Entonces, es un recurso muy interesante porque logra tocar algo de simbólico, por eso algo de esa eficacia, pero no deja de mantener, no deja de reasegurarlo por fuera del decir, por fuera de la cadena, por fuera de la enunciación. Por supuesto, de todas formas, esto muestra el alcance de este tipo de cortes en el cuerpo. ¿Por qué? Porque a diferencia de los casos de neurosis, también encontramos en muchas neurosis este mismo proceder frente los chicos. Los adolescentes te cuentan un avasallamiento estado apremiante de angustia, se cortan y se alivian. Son neurosis -y retomo algo de las preguntas- claro, neurosis que seguramente tienen un rasgo, una dimensión melancólica. La histeria no hace eso y la neurosis obsesiva tampoco. Las neurosis tradicionales no hacen eso. Bueno, cierro el paréntesis. Pero quiero decir, en efecto, encontramos muchas neurosis que, en nuestros estados apremiantes, abrumadores de angustia se alivian y se cortan, perdón, se cortan y se alivian. Y en efecto, se alivian.

Pero ustedes escucharon esta viñeta que yo traje. Me parece que la diferencia con la melancolía, con la melancolía psicótica, es que en realidad se angustian y se cortan y ese corte calma -yo le diría así-, calma algo de lo agudo de la angustia. Pero, en realidad, en su fondo la angustia persiste. No saca, de hecho, no logra. Por eso digo, es un recurso simbólico que al apelar a lo simbólico reorienta al sujeto a lo simbólico, pero en realidad, la angustia persiste. Y claro, persiste porque en efecto acá estos cortes también intentan ser una salida, intentan ser un recurso, intentan ser un tratamiento, pero no son un tratamiento eficaz porque no tocan lo que está en juego, que es la identificación al resto. Es decir, la angustia en su fondo persiste porque esa fijación, esa identidad con el ser inmundo está intocada. Los cortes no van, no apuntan allí, no tocan el corazón de la causa. Claro, logra menguar algo de lo abrumador, de la angustia, porque hay una dimensión no solamente real y simbólica, pero dejan absolutamente inalterada lo que es en ese caso el meollo de la cuestión, que es la cuestión del deyecto, la identificación al deyecto.

Bueno. Cierro acá con los cortes, con los con la distinción de estos tres casos de cortes. Está, entonces, esta variabilidad que puede presentar la melancolía y está también en esto que les traigo articulada a la versatilidad que pueden tener los cortes, a las distintas funciones que puede cumplir la práctica de las autoincisiones. Y nuestra pregunta rectora para orientarnos en esto era -como les proponía-: pero entonces, ¿los cortes son síntoma o tratamiento? -llevado a los cánones de este curso-. ¿Son desarreglo o arreglo? Y esta es una diferencia nodal. A mí me parece fantástica que el curso proponga esta diferencia porque es una distinción ineludible. Es indispensable, ¿para qué? Para lo que nos importa, donde tenemos que ir, que es la dirección de la cura. Es una distinción ineludible para la dirección de la cura porque en efecto son muy distintas las orientaciones de la cura. Depende el caso del que se trate, depende el tipo de melancolía y depende la función del corte. En esto me parece muy orientador o muy rico como de alguna forma -lo voy a ser así-, pareciera que los cortes son útiles para indicarnos cuál es la forma clínica prevalente de la melancolía y que eso a su vez nos indica el lugar por donde entrar en la dirección de la cura. Lo digo así: si los cortes demuestran ser agresión, podemos sospechar algo de la prevalencia de la pulsión de muerte y hacer un trabajo pulsional. Ahora, si los cortes nos indican que en realidad es para sentir, porque alguien no lo que no siente es la vida, podemos sospechar que, en realidad, está siendo prevalente una de esas consecuencias del falo y apuntarnos en una suplencia al falo. O si los cortes te dicen tan desembozadamente que tienen una angustia agobiante que los calma de la angustia, podemos sospechar como una de las raíces de la angustia esa identificación al resto y tratar de trabajar con eso, con una torsión respecto del deyecto. ¿Me siguen?

Entonces me parece que ilumina bastante ver la especificidad, estar atentos no solamente a la versatilidad con la que se puede presentar los cuadros melancólicos y en la actualidad -aunque siempre, ¿no?, el primero que lo dijo fue Freud- y cómo la función de los cortes nos orienta en esa prevalencia y nos orienta para la cura.

En el primer caso, los cortes, yo les decía, son un medio para hacerse daño. Por supuesto, nosotros como analistas vamos a aspirar que los cortes interrumpan. Ahora, ¿el trabajo con los cortes? No. El trabajo no es con los cortes. El trabajo en este caso es con lo pulsional, con la pulsión de muerte. Si nosotros intentamos no trabajar con los cortes, cercenar los cortes, prohibir los cortes, intentar que no se corte, que es lo que muchas veces nos pasa, no conseguimos otra cosa más que tirar a la mierda la poquita dosis de transferencia que se logró gestar. Entonces, la cuestión no es trabajar con los cortes o para que no se corte. La cuestión es trabajar con la lo pulsional, la pulsión, la pulsión de muerte. Bueno, ¡vaya desafío! Trabajar en la melancolía con el avance de la pulsión de muerte.

Bueno, ahí bailamos, ¿no? Bailamos con lo más difícil, pero no es poco que en todo caso tengamos en cuenta esa orientación y seguramente la orientación para la cura -porque en definitiva es lo que nos importa- que pueda constituir en este tipo de casos un verdadero sinthome, un verdadero sinthome, probablemente sea lo que Freya nos enseñó, la sublimación. Sí, por ahí no haya salida más preciosa hablando de lo sublimatorio, de la posición de muerte que sea la sublimación, la creación sublimatoria.

Por supuesto, no siempre se logra y no es de primera mano y ahí nos tenemos nos tendremos que valar valer de algunas otras armas. Fue Freud también que dijo: «Valgámonos del humor”. El humor es un tratamiento por excelencia de la pulsión de muerte. También sabemos que introducir la falla, introducir la castración, aunque sea título imaginario de alguna manera -porque no vamos a lograr inscribir la castración en una estructura donde no se inscribió-, pero también sabemos que introducir algo de la dimensión de la falla, de la castración alivia, alivia al menos al superyó.

Sabemos, incluso a veces, o lo encontramos en la clínica, que estos pacientes melancólicos que de repente se vuelven medio paranoides, ¿no? Que de repente se vuelven medio paranoides. Bueno, ahí tenemos -hasta que alguien pueda llegar a sublimar en el mejor de los casos-, ahí tenemos ya alguna operación interesante donde entonces ese odio como pasión de ser -la melancolía es ese odio como pasión de ser, ese odio encarnizado en sí mismo- empezó a reventarse un poquito al otro. Y el compañero es una porquería. Quiero decir, distintos caminos y cada uno de nosotros tendremos que trabajar con distintos caminos para pensar cómo hacer para que la pulsión de muerte no sea pura satisfacción sobre el cuerpo, cortes en este caso.

Ahora, lo que quiero enfatizar sobre todo es lo siguiente. Si acabamos de decir que es importante tener cuidado con no intentar prohibir, de entrada, esta práctica en el cuerpo, no ir a anularla, no aspirar, no inmediatamente que el chico se deje de cortar -que además es la presión que tenemos en la institución del psiquiatra, de la familia, de todo-. Ahora, ¿cómo hacemos? Qué importante es tener cuidado de no ir directamente, no intentar lo único que el chico no se corte cuando es un síntoma -como decía recién, pura pulsión de Muerte-. Bueno, habrá que trabajar con la pulsión de muerte. Esto lleva un tiempo, ¿no? Pero digo, ¡qué cuidado tendremos que tener no solo si es un síntoma! Imagínense el cuidado que tendremos que tener si los cortes no son síntomas, incluso si son tratamiento. El cuidado que tendremos que tener de no intentar cancelar, reprimir, desbaratar de entrada los cortes si son para un sujeto un intento de salida, un intento de respuesta, un intento de rectilugio, un intento de tratamiento.

Lo voy a decir en otros términos. Ya Freud nos enseñó que el aparato psíquico no soporta el exceso. El aparato psíquico no soporta ni el exceso -exceso de angustia-, ni el vacío -vacío de vida-. La subjetividad no soporta ni el exceso ni el vacío. Y en los dos segundos casos que yo traje, vemos claramente cómo los cortes intentan ser un rústico paliativo, ya sea de frenar el exceso de angustia, ya sea de inyectar algo de vida frente a ese vacío inexorable donde no se siente respirar. Bueno, el aparato no soporta ni el exceso en el vacío. Si nosotros vamos a sacar ese exiguo tratamiento, bueno, corremos el riesgo de encontrarnos con lo que lamentablemente muchas veces nos encontramos en la clínica:  como el aparato psíquico no lo soporta, alguna salida encuentra y el riesgo en la salida es el pasaje al acto. Cuando nosotros vamos a intentar sacar, cercenar esa salida, no estamos dejando más salida que un pasaje al acto -cuando no un pasaje la acto suicida-.

No es menor esto que yo les contaba, la chiquita de 7 años. Llegan todos a las manos porque se corta, pero se cortó y dejó de ir por el octavo y noveno en tanto suicidio. Claro, por supuesto, ¿lo vamos a dejar que se corte? No. Es una solución fallida que se agota en el territorio de la piel, pero tenemos que entender la función del corte antes que ir a desprestigiarlo, desbaratarlo, etcétera.

Entonces, por ejemplo, en el segundo caso, bueno, más que trabajar con el corte, querer correr el corte, desbaratarlo, destituirlo, vayamos a la causa. La causa es la ausencia del sentimiento de la vida, es decir, ¿qué pasa con el falo? ¿Qué pasa con esa forclusión del falo? Y tal vez, insisto, en la cura -que es lo que nos importa-, tendremos que orientarnos -más que con los cortes-, con qué cosa puede venir a ser suplencia del falo, qué para cada uno, qué para cada paciente puede constituir algo, algo que venga de alguna forma venir a suplir de alguna manera la referencia del falo, qué cosa para cada quien puede venir a te dar sentido, significación, referencia, valor y tocar algo del goce -y no dejar el goce el en juego- ¿Qué cosa para cada quien?

Miren, para esta chiquita que yo decía 17 años, que me decía, «No alcanza estar para existir». Fue llamativo. Ella era bailarina. Tenía una proclividad de las artes preciosa. Ella era bailarina y cantante. Es una cosa impresionante. Nada de su solución pasó para ahí. Ella lo encontró después de un tiempo en la escritura. Para ella la escritura fue lo que ella llamó “un lugar”. Ella encontró su lugar, el recorte de un lugar, la inscripción de un lugar que la fincaba. En los momentos de desesperación, ella escribía. Ni bailaba, ni cantaba, quiero decir, alguien del Colón. Es, decir, no como podemos bailar y cantar cualquiera de nosotros mortales en la sala de tés. Cada uno tendrá que encontrar qué puede venir en cada singularidad al valor de referencia, de sentido, de significación y de goce frente a lo forcluido que está el falo.

Bien, pero otros casos serán muy distintos si lo que prima es la angustia, la angustia tras esa identificación con el deyecto. No creo yo que se trate de poner a trabajar las marcas porque las marcas no hablan, porque las marcas no son significantes, son puro trazo, no tienen nada que decir. Y no obstante eso, estamos trabajando con una melancolía que rechaza el inconsciente en el sentido de rechaza el trabajo por los significantes. Bueno, será por otro lado que tengamos que entrar. Por supuesto, es muy difícil también. Es uno de los desafíos más grandes. Bueno, ¿cuál es el movimiento con esta identificación en lo real, con esta fijación al deyecto? Bueno, yo no sé cuál es. Puedo decirles que sí he visto a lo largo de muchos años de trabajo con este tipo de casos una operación que me parece fantástica, una operación que alcanzan algunos chiquitos melancólicos que da una suerte de torsión -lo voy a decir así-, como una torsión a esa fijación, a esa identidad con el resto. Esta torsión consiste en alguna medida en hacer que el desecho, el desecho quede en otro lado, que haya otro u otra cosa que encarne el despojo, que encarne lo inmundo, que encarne el resto y que el sujeto tenga algún lugar. Es más, no solamente que el resto quede afuera, porque esto solo no se alcanza. El tema es que el sujeto tenga algún lugar de cuidado, de consideración, de rescate, de salvaguarda, de eso otro desechado, con lo cual el sujeto, además le permite cierto velo de lo útil, de lo valioso.

Miren, se los digo así. Hace muchos años, me acuerdo, me quedó grabado supervisando una paciente, no me acuerdo si en el Borda o el Mollano, una chica joven, una melancolía muy grave. Ella tomaba Lavandina y se arrancaba, me acuerdo perfecto, se arrancaba la piel de los talones de los pies. Digo, atentados contra sí y por supuesto no merecía vivir, no merecía nada. ¿Saben cuándo empieza a cambiar? Cuando se anota para estudiar y comienza a estudiar el magisterio, el magisterio para chicos con síndrome de Down.

Una paciente melancólica, la empiezo a atender de joven, estudiante de filosofía brillante, un placer escucharla, por supuesto, con un menosprecio inexorable, empieza a cambiar, algo no solamente con ella -era muy abocada a los gatos-, no solamente con sus gatos, sino cuando se empieza a dedicar a rescatar a los gatos abandonados del botánico. Esta paciente que yo les comentaba, “Me siento una basura sola, estoy siempre mal, me van a rechazar, me corto”, ¿saben cómo empieza a cambiar? Cuando empieza también a buscar gatos abandonados, a recoger gatos abandonados de la calle, pero ese movimiento lo lleva la lleva a anotarse en un curso para el cuidado de personas mayores. Empieza como ser como si yo le dijera acompañante terapéutico, pero de viejitos. El viejo es el paradigma del deterioro y la vulnerabilidad.

Supervisaba hace poco una paciente gravísima, una melancolía gravísima, una chica de 18 años, fotógrafa, se dedicado a la fotografía, no encontrábamos nada hasta que un día ella cuenta, el analista orienta también un poco ayuda en esta orientación hasta que la foto no pasó nada, pero sí pasó cuando la convocan a hacer un taller de fotografía con chiquitos de un comedor infantil de la provincia de Buenos Aires, lo más bonaerense y pobre de la provincia de Buenos Aires.

Por último, hace poco supervisaba un paciente con las residentes de Mollano en un caso precioso, un chico también con una cuestión de del resto encarnando, dándole cuerpo al resto de manera brutal, hasta que se empieza a dedicar a alojar a la gente en situación de calle de Constitución.

¿Me siguen lo que quiero decir? No sigo con los ejemplos. Hay algo donde evidentemente los chiquitos con síndrome de Down, los gatos abandonados, los viejos hechos pelota, los chicos muertos de hambre, la gente de Constitución, el resto, el deyecto, lo inmundo no queda afuera vía el sujeto, rescate, cuidado. Bueno, probablemente no será lo único, pero por lo menos es un intento de mostrar, compartir cómo, a pesar de que no queremos que se corten, no sé si logramos mucho yendo directamente ahí, sino que eso nos oriente, nos guíe para leer el tipo de presentación melancólica, ya que es tan versátil, ya que es tan cambiante y guiarnos para algo de esto.

Para terminar, vuelvo al inicio. Nos topamos con una clínica contemporánea, les diría, compleja, muy compleja, pero contamos con nuestro lugar y nuestro deseo, que Lacan llamó deseo del analista. Y si bien el deseo del analista está siempre, siempre en la base de un análisis, creo que es el resorte esencial para el trabajo, específicamente con la melancolía.

Me callo la boca. Nos quedaron pocos minutos. Perdón, Débora, pero podemos conversar un cachitín, ¿no?


*Transcripción de: J. Dartiguelongue «La melancolía y la práctica de los cortes en el cuerpo. Síntoma o tratamiento?»

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