Autismo y Psicosis en la Infancia: Diagnóstico Diferencial – Por Silvia Tendlarz – 2026/04/15

AUTISMO Y PSICOSIS EN LA INFANCIA: DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL

Por Silvia Tendlarz

2026/04/16


Tomás Arellano:

Buenas tardes. Mi nombre es Tomás Arellano. Quisiera presentar al resto de la coordinación del Hospital de Día Mafalda: Daniel Antonasio, Julieta Fernández y Alejandra Pérez. Y a nombre del resto del equipo, quiero agradecerles por el entusiasmo a todas las personas que se inscribieron en nuestro curso anual de posgrado. Han superado con creces nuestras expectativas. A la fecha, tenemos más de 2.400 personas inscritas a lo largo y ancho de toda la Argentina. También se anotaron colegas de Chile, Uruguay, Perú, Colombia, Ecuador, Venezuela. Me parece una cifra importante, más si entendemos el marco en el que se organiza este curso.

¿Qué es Mafalda? Para quienes no nos conozcan, Mafalda es un dispositivo de hospital de día destinado a la atención de niños con diagnóstico de autismo y psicosis. Funciona desde el 2013 en el Hospital General Doctor Teodoro Álvarez desde el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Somos el único hospital de día que atiende a niños con psicopatologías graves dentro de un hospital general en capital general. La organización de los niños la hicimos en dos grupos: el de los más pequeños -entre 3 a 5 años aproximadamente- y el de los más grandes -entre 6 y 9 años-. Estamos los lunes y los miércoles entre las 15h00 y las 18h00 en el pabellón I de la división de Salud Mental.

El psicoanálisis se posiciona en el centro de Mafalda a partir de la práctica entre varias, aquella modalidad de trabajo clínico nombrada en los ’90 por Jacques-Alain Miller y que venía llevando adelante desde los ’70 Antonio Di Ciaccia en la Antenne 110, Bruselas. Tendremos una clase específicamente sobre esto. No me quiero extender, pero es importante aclarar que dista del dispositivo tradicional. ¿Cómo? ¿Por qué? Se presentan una multiplicidad de intervinientes y de niños a la vez, en una misma sala. La práctica entre varios se plantea ante la problemática al cerramiento social de los sujetos autistas y psicóticos. Para ello, partimos de la premisa lacaniana de que el sujeto autista está en el lenguaje. La clínica Mafalda la pensamos a partir de la singularidad de los niños. Los talleres del dispositivo responden al establecimiento del lazo sutil con el sujeto, a hacerse su partenaire y, así, un dulce forzamiento o desplazamiento del neoborde, lo que permitirá la inclusión de nuevos elementos a la vez que se produzca algún tipo de cesión de goce.

Mafalda está compuesto por cuatro espacios: admisión, taller creativo -dentro los que tenemos entre varios e individuales-, familia, reunión de equipo. Además, de este curso anual del que estamos participando hoy, quiero aclarar algunas cuestione en relación con la cursada. […]

Sobre el curso del 2026, “Perspectivas clínicas actuales”, este año decidimos volver a la modalidad más clásica de un docente por clase. Pensamos importante esta decisión, al igual que enfocar este curso en el diagnóstico diferencial entre autismo y la psicosis en la infancia. Ya se habrán dado cuenta de que cada vez son más los diagnósticos del trastorno del espectro autista, TEA, desde el Manual Estadístico de los Trastornos Mentales, el DSM. La demanda de rápida atención a Mafalda, derivada de distintas instituciones profesionales de la salud, es sólo una pequeña pieza de una cadena que empieza su armado tiempo más atrás. Éric Laurent ya daba cuenta de esta epidemia diagnóstica hace más de una década atrás en La batalla del autismo. El incremento en los casos diagnosticados de TEA puede ser interpretado de diversas maneras: factores ambientales, culturales, artefacto estadístico o la combinación de alguno de ellos.

Desdibujar los límites de los criterios nosológicos ha incidido en dicha alza también. Así, se han desplazado unos diagnósticos hacia otros. A nadie le parece llamarle la atención de la psicosis en la infancia, las que han sido absorbidas por la amplitud del espectro autista. Parece ser, como dice Maleval, ya no es científico hacer un diagnóstico de psicosis infantil.

Entonces, pensamos crucial el diferenciar ambos diagnósticos pues de ello depende el tratamiento como también las modalidades de intervención en las escuelas. Además de psicología, psiquiatría y enfermería, muchos de ustedes deben venir del área de la psicopatología, la docencia, fonoaudiología, etc. Aquí radica otro de los fundamentos importantes en nuestro curso en este 2026. Las políticas de las instituciones de salud y educación están enmarcadas por la época. Hay un contexto socioeconómico que las sostienen. Ante la variada reconfiguración del autismo y la pujante irrupción del paradigma de la neurodiversidad, las neurociencias y la psicología basada en evidencia, el psicoanálisis debe de participar de este debate pues ocupa un lugar importante del saber actual. Como refiere Lauren en relación con la “Nota italiana” de Lacan, “afirmar que hay un saber en lo real es dar inicio a una batalla epistemológica”[1]. Entonces, resulta fundamental entender desde dónde conceptualizamos el autismo, las consecuencias que implican estas condiciones para la dirección del tratamiento. De esta última dependerán no sólo las intervenciones, las maniobras con la transferencia y las posiciones que el analista pueda ocupar, sino la política en la cual se enmarcan estos tratamientos. Esto más ahora que, en la Argentina, estamos en un cambio de la ley de salud mental. El desafío constante es hacer dialogar el discurso psicoanalítico en las instituciones de salud y educación pública. Aun así, y mientras perdure el deseo del analista en Mafalda y en el resto de las instituciones, en tanto no obturemos, sino que más bien preservemos ese vacío de saber, seguirá la clínica del borde y del goce en el dispositivo hospitalario que paret desde lo singular y apuesta al encuentro con el sujeto.

Los dejo invitados, entonces, para esta cursada que recién comienza. Recorreremos en estas ocho clases el diagnóstico diferencial entre autismo y psicosis en la infancia, la transferencia, el cuerpo, la práctica entre varios, la familia en el tratamiento, la escolarización, inclusión y muchísimo más.

Para esta primera clase, tenemos una invitada que me llena de alegría presentar, Silvia Tendlarz. Ella fue quien la Universidad de Buenos Aires, el mismo año que empezaba Mafalda, el 2013, estaba creando la primera y hasta ahora la única cátedra sobre la clínica del autismo y la psicosis en la infancia, donde también soy docente. Silvia fue profesora a cargo hasta el 2019. Silvia Elena Tendlarz es psicoanalista, analista miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana, EOL, y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, AMP. También es miembro de la Escuela de la Causa Freudiana en París, Francia. Doctora en psicoanálisis y Doctora en Psicología. Es docente y ha dictado clases en una infinidad de instituciones, de facultades y universidades. Tiene a su haber, numerosos libros y publicaciones. Es responsable del Departamento de Autismo y Psicosis en la Infancia, el DAP, el cual dio inicio antes de ayer, el lunes. Pertenece a la coordinación de la Red de Estudios sobre el Autismo en Latinoamérica, REAL, de la Federación Americana de Psicoanálisis de la Orientación Lacaniana, FAPOL. Sin más le cedo la palabra a Silvia y, quizás, antes de compartirnos algo alrededor del diagnóstico diferencial, podríamos contarles a quienes participan de esta clase de qué se trata un poco REAL.

Silvia Tendlarz:

Bueno, Tomás, antes que nada, muchas gracias por la invitación a hablar hoy con ustedes. Es para mí un gusto. Gracias, Daniela, Alejandra y todo el equipo de Mafalda por esta invitación. Estuve un poquito más que el 2019 en la Universidad. Estuvo muy bien porque se creó Mafalda al mismo tiempo que yo armaba la cátedra en la Universidad. Es a partir de ese momento que en la Universidad de Buenos Aires tuvimos un intercambio asiduo con ella y con Mafalda que tuve la oportunidad de invitarlos en cada una de las Jornadas de la Cátedra, también como en las Jornadas que hacíamos en ese momento en el Departamento de Autismo y Psicosis en la infancia. También van a ser invitados a la Diplomatura de autismo que este momento dirijo en la Universidad de San Martín.

Y, por supuesto, están todos invitados a REAL que es un organismo mínimo. Tenemos tres reuniones en un primer cuatrimestre, otras en el segundo cuatrimestre y no son clases. Se trata de presentaciones clínicas donde se discuten casos clínicos. O sea que es un dispositivo de investigación que reúne la Escuela de la Orientación Lacaniana, la NEL y la EBP. Y alcanza para inscribirse con pertenecer a una institución. Pueden pedir su ingreso o cartelizarse. Es un espacio clínico.

Me invitaron a hacer la presentación inicial de este tema, de la diferenciación entre autismo y psicosis. Es un tema de absoluta actualidad. Muchas cosas Tomás las ha dicho, pero las retomaré porque el diagnóstico de TEA psicopatologiza la infancia. Ese gran diagnóstico de la actualidad donde la mayoría de los casos son diagnosticados de TEA, aquellos que vienen a la consulta con sus dificultades. Y esto fue un crecimiento exponencial. Por eso, Tomás evocaba la epidemia diagnóstica y que tuvo distintas aristas. La pregunta era por qué de golpe tantos casos de autismo. Es una pregunta que ustedes pueden hacerse. Y si acaso es real o es una ficción que haya tantos casos de autismo. Diría, antes que nada, que las dos respuestas son ciertas, pero de distinta manera.

Las causas que se dan han sido variadas. Se habló de la vacuna contra la rubiola -que fue desmentida-, trastornos digestivos, envenenamiento con pesticidas. Hay una causalidad en particular en la que quiero detenerme. Me parece fundamental desmentirla. Es la que se creó a partir de los trabajos de Bruno Bettelhei que hablaba de niños criados sin amor y sin el deseo de sus madres. Armó el rumor de que los psicoanalistas pensábamos en que la causa del autismo eran las madres y los padres, que los niños eran autistas por culpa de sus padres. Eso me parece fundamental como punto de partida sobre todo ustedes quienes trabajan en distintos ámbitos, sobre todo psicológicos. Hay que desmentirlo: el autismo no es culpa de los padres de ninguna manera. Eso fue algo creado en su momento por este psicoanalista Bruno Bettelheim que llegó a hablar de las madres refrigeradoras y que hizo mucho mal al psicoanálisis. Piensen ustedes que lleguen las madres con su niñito, con la angustia que experimentan porque a su hijo le pasa algo que no pueden entender, que les resulta extraño y viene un profesional a decirle: “¿Pero usted realmente deseaba a su hijo? ¿Usted realmente lo quería?”. Es cruel diría el tomar una posición de acusar a las madres o a los padres de que su niño sea autista. Aparte les digo que no hace falta de que alguien los acuse porque cualquier mujer que sea madre u hombre que sea padre sabe que, si le pasa algo a su hijo y va a consultar, lo primero que se pregunta es: “¿Qué hice mal?”. O sea, no era necesario ningún psicoanalista que vaya a acusar y atormentar a los padres para que los padres se sientan en falta.

Entonces, lo primero que hay que eliminar es la hipótesis causalidad de los padres. No solamente no son culpables, sino que contamos con ellos para el trabajo con sus hijos. ¿Quiénes dicen lo que pasa en la vida cotidiana de sus niños? ¿Quiénes pueden hacer una historia? ¿Quiénes sostienen los tratamientos llevándolos a cada una de las consultas? Hay indicaciones muy precisas que muchas veces permiten entender de qué está hablando el niño. Por ejemplo, un niño decía: “¡Nos invaden los marcianos! ¡Hay que esconderse!” y repetía eso. Entonces, yo me preguntaba de qué estaría hablando y le pregunto a la madre qué es lo que mira. Ahí supe que él veía Lilo & Stich y que él estaba tomando un fragmento y que lo repetía, pero no repetía toda la serie, toda la película, sino que elegía un fragmento de acuerdo a sus intereses específicos.

Ya les digo que el primer mito que habría que eliminar es la causalidad de los padres. Al contrario, son nuestros aliados y es muy importante el trabajo con los padres porque ellos son los que tienen que trabajar. Si el niño tiene un episodio de excitación psicomotriz, ¿quién se ocupa de ellos? Bien, esa es la primera cuestión.

Y la segunda cuestión, es que se creen que hay causas neurológicas o genéticas. Hubo una inversión muy importante en dinero para hablar de causalidades genéticas. En el 2010, cuando se descifró el genoma humano, se encontró un gen autista, pero nunca era igual. O sea que no hubo posibilidad de decir que sea genético. Y, por lo demás, era muy delicado decir que era genético. Si genético es herencia, por ende, es culpa de los padres. En un momento se llegó a decir que, cuando el óvulo con el espermatozoide se juntan, por factores ambientales, se producía una mutación genética. Era una manera nuevamente de decir que no eran culpables los padres. ¿Se dan cuenta de que siempre se vuelve sobre lo mismo como una cuestión a tener en cuenta? Hasta la psicoanalista inglesa, Frances Tustin, después de armar toda su teoría en la que ella hablaba de la depresión materna, de cómo podía influenciar en el autismo de sus hijos. Y ella llega a decir: “¡Ojo! Pero sin culpa de nadie. Existe esto y junto con el niño, pero no es culpa de la madre”. O sea, tuvo que aclararlo en su último libro porque esto era un movimiento muy en contra.

Después está lo que está muy en boga, es buscar las localizaciones cerebrales. Esto es el efecto de Temple Grandin, quien fue una autista de alto nivel. Ella estuvo en Buenos Aires, no sé si alguno de ustedes la fue a escuchar; yo sí. Autistas de alto nivel se llaman a quienes acceden al lenguaje, quienes con sus intereses específicos logran una inserción social. Ella justamente armó un libro que se llama El cerebro autista donde habla de distintos trastornos que se pueden encontrar en el autismo y cómo eso corresponde a distintas localizaciones cerebrales. No voy a decir ni a favor ni en contra. Lo único que quiero observar es que una orientación de ese estilo se desentiende del sujeto porque, si se trata de un cuerpo enfermo, queda como un objeto de cuidado con una necesidad puramente educativa sin tomar en cuenta la presencia de un sujeto.

Y en el psicoanálisis tenemos una orientación diferente. Lacan habló en pocas oportunidades del autismo. No voy a desarrollarlo en este momento, pero él decía que hay algo que se detiene, hay algo que se congela. Y también dice que hay que escuchar lo que dice el niño autista, el sujeto autista porque, seguramente, hay algo para decirles[2]. Eso significa dos cosas. Fue nuestra orientación dentro de REAL. El año pasado pusimos el énfasis en “Hay algo para decirles”, o sea era qué intervención hacemos con el trabajo, lo que no significa una interpretación en búsqueda de sentido. Tal vez un pequeño movimiento, un corte, una aproximación, no necesariamente es tener un furor sanandi y ponerse a hacer un montón de cosas. A veces es una pequeña puntuación, un pequeño acto.

Y también “¡Escuchen a los autistas!” porque el punto es que hay algo que dicen y se trata de saber de dónde toman aquello que dicen. ¿Qué quiere decir esto? Que nosotros partimos de que el autismo es un funcionamiento subjetivo singular. No hay que tomarlo como una enfermedad. No es un niño enfermo, ni tampoco es una presentación que detrás se esconde un niño normal. ¿Por qué? Porque no hay niño normal, como tampoco ninguno de nosotros acá presentes somos normales. Cada uno es loco a su manera, tiene su pequeña chifladura. Pero no es que hay que buscar una normalidad que no existe. Es un paradigma viejo, es un paradigma del siglo XX. Canguilhem hablaba de lo normal y lo patológico y en ese paradigma se buscaba los normales y los locos. Hasta Byung-Chul Han, que es un filósofo coreano, hablaba de que era la era disciplinaria donde se podía distinguir los locos y los enfermos. Y que, en esta era contemporánea, el paradigma era diferente porque partimos de las diferencias. Cada uno es diferente -hasta la neurodiversidad piensa eso- y se trata de respetar las diferencias. O sea que tenemos que acercarnos a cada niño en singular, con su diferencia. Y es una posición ética el respetar esa diferencia.

Y a partir de eso, ver cómo se pueda trabajar para que pueda insertarse a su manera en su mundo y tener una vida en el respeto de cada uno de los sujetos. Para eso hay que escuchar lo que dicen. Uno puede decir: “Si no habla, ¿cómo escuchamos?”. Escuchar es ver sus pequeñas acciones, sus repeticiones, las diferencias dentro de aquello que parece exactamente lo mismo, sus variaciones e incluso ver de dónde toma lo que repiten porque también es una manera de contarnos cosas. Una niña a los 10 años cuando empezó su tratamiento siempre hablaba de dibujos animados y contaba cómo se cayó de un auto: “Y el auto se cayó”, “Y el auto se cayó”, “Y el auto se cayó” … Yo la escuché muchas veces. No localizaba de qué dibujo sería. Yo no lo conocía. Le pregunto a los padres y los padres me dicen que algunos años atrás habían tenido un accidente en auto. Entonces, la niña no paraba de contarme a su manera el accidente. Y escuchado esto, cambió de juego y pudo desplazarse para incluir otras cosas.

Cuando se habla de la descripción del autismo, en general, se toman los paradigmas de Leo Kanner. Leo Kanner es quien introdujo el autismo infantil precoz en 1943 estando en Estados Unidos y él se basó en el trabajo con once niños que había seguido durante cinco años y que tenían ciertas características. Si se les hablaba, ellos no contestaban, no pedían, tenían dificultades con el manejo de los esfínteres, ciertas dificultades con la comida -de una manera muy selectiva-, hablaban de una manera muy extraña, tenían ecolalias -o lenguaje de loro-, o algunos no hablaban, no jugaban, tenían conductas repetitivas, es como si no tuvieran cuerpo porque cuando se golpeaban no lloraban. Eso es muy llamativo. Entonces, él lo reduce a dos elementos que es la sameness y la aloneness, la mismidad o la repetición y la soledad o aislamiento.

Luego apareció Asperger hablando de niños un poco mayores, pero no mucho más de cinco años. Estamos hablando de la primera infancia, niños muy pequeñitos. Por eso entiendo que, hoy en día, están incluidos pediatras porque los niños son muy pequeñitos al inicio de lo que es el autismo. Asperger habló de otra cosa, habló de la psicopatía autista, pero se suponía que tenían más lenguaje y fueron retomados en los manuales diagnósticos de una manera creciente. Al comienzo, los que se interesaron por el autismo fueron los psicoanalistas que trabajaban con el tema del autismo pensado como un tipo del grupo de las esquizofrenias. Eso fue en 1911 por Bleuler. Y al mismo tiempo que se iban creando los manuales diagnósticos estaban los psicoanalistas que intentaban diferenciar o superponer el autismo con la psicosis que, durante muchos años, diría todo el siglo XX, estuvo superpuesto. La diferenciación del autismo con las psicosis -como lo señalaba Tomás- es algo bastante reciente, casi -diría- de no hace más de 20 años. Es en el 2010 cuando comenzó a separarse más nítidamente el autismo de la psicosis. Si no, se lo pensaba como un polo extremo dentro del grupo de las esquizofrenias.

Entonces, con la creación del TGD, trastorno generalizado del desarrollo, el autismo se lo llegó a considerar un trastorno que incumbía en una forma global y ligado al desarrollo. Y hubo distintas versiones del TGD, pero estaba dividido en cuatro categorías. Una era el autismo infantil de Kanner, que eso siempre perdura en esta descripción inicial; el síndrome de Asperger que, como tal, fue creado en 1980 por la madre de un niño autista que retoma los trabajos de Asperger y crea el síndrome de Asperger; el síndrome de Rett que es un trastorno neurológico genético que es con niñas y que da este efecto de autismo; y el TGD no especificado. El TGD no especificado era todos los casos que no eran nada de eso. El problema fue que cada vez fue creciendo más. ¿Por qué fue creciendo cada vez más el TGD? Eso hizo estallar la categoría. Porque el diagnóstico de psicosis desapareció de los manuales diagnósticos. Entonces, en la actualidad, si hay alucinaciones se habla de esquizofrenia en la infancia, pero si no, en ese momento ya se hablaba sólo de TGD. Mayoritariamente todos los casos iban a caer al TGD no especificado. Ahí el diagnóstico estalló.

Por eso esto tiene que ver con lo que dice Ian Hacking, un filósofo americano nominalista. Dice que existe una clase y están los individuos que forman parte de la clase. La posición puramente nominalista dice que la clase se mantiene siempre igual e incluye elementos. Como si tuviéramos un vaso y adentro están todos los caramelos que echamos, pero la posición de Ian Hacking es que estos caramelos cambian el vaso. Es distinto. O sea, que una vez que hay elementos dentro de la clase, se modifica la clase. O sea, si alguno de nosotros sale, entraría alguien que está en YouTube y ya no seríamos la misma clase. Seríamos la clase que es Mafalda, pero los elementos variaron, con lo cual no sería exactamente igual. Es la idea que cambia la clase.

De hecho, en la medida en que se fueron incluyendo más casos de autismo con distintas variaciones en la concepción, el autismo creció y fue modificándose. Por eso estalló el diagnóstico de TGD y se creó el trastorno del espectro autista. En el DSM-5, pasó a crearse el trastorno del espectro autista diciendo que era leve, moderado o grave. Y ahí estaba incluido el autismo infantil precoz, pero desaparece el síndrome de Asperger por distintas razones.

Ahora, este diagnóstico de TEA es tan importante que en este momento no se sabe a qué nombra por la cantidad de casos que aparecen con TEA. Hay muchos de los niños diagnosticados con TEA que son psicosis. Otros no son ni psicosis ni autismo. Existe la inhibición en las neurosis. Pueden ser niños con inhibición en el lenguaje. Ahora se estereotipó: “El niño no juega con otros, no se integra o no habla”, es autista. Entonces, lo que pasó es que se integró a los adultos autistas. Se volvió una cuestión identitaria donde gente se autopercibe autista. Dentro de este grupo de gente que se autopercibe autistas hay autistas, pero también hay gente que no es autista y que no alcanza con hablar del autismo generalizado -que nombra el quiebre del lazo y de la dispersión donde cada uno de nosotros está en su isla, en su cuadradito-. Ese autismo generalizado que nombra la sociedad contemporánea no es el diagnóstico de autismo.

Entonces, esto ya ha estallado al punto que hace unos meses Utah Frith, una psicoanalista de una orientación no lacaniana, quien hablaba del tema del autismo, ella misma llegó a decir que ya no se sabe a qué nombra el TEA. O sea, los individuos que aparecen en esa clase ya quedan tan mezclados que algunos son autistas y otros no.

Y del lado del psicoanálisis, los psicoanalistas también empezaron a examinar el tema del autismo con distintas orientaciones. Antes que nada, pusieron el énfasis en lo que llamaron «el muro», la muralla autista. El libro de Bruno Bettelheim se llama La fortaleza vacía. Simultáneamente, con la ego psychology, Margaret Mahler hablaba de las psicosis simbióticas que es un diagnóstico propio de psicosis en la infancia, el primero que se hace verdaderamente, que tiene mucho mérito en ese sentido, aunque desde una concepción un poco particular que pensaba que había que separar a la madre del niño. Desde una teoría yoica, también Bruno Bettelheim decía que como las madres eran malas porque no deseaban a sus hijos, había que separar a la madre del niño. ¿Qué decir? No comulgo con esa posición. No creo que sea la mejor idea. He visto que llegan las madres con sus bebés y que tomaba el pelo de su madre y repetía el movimiento hacia el pelo. Los padres son la mayor parte de las veces un objeto electivo. Los niños se apoyan en los padres. Estos se vuelven lo que puede llamarse «objetos mediadores» para su lazo con los otros, buscan sus brazos, su apoyo. No veo nada nocivo en eso, sino que me parece que es un apoyo importante para poder acceder al niño.

Pero hablaban de esto que es algo duro. Aparecieron los kleinianos hablando del «caparazón» tras Francis Tustin como algo duro. ¿A qué están llamado ese muro, muralla, caparazón? Es la idea de que uno intenta acercarse y el niño rechaza. No hay manera de aproximarse. Entonces, lo llaman un caparazón, algo duro con la idea de que habría que derribar ese muro para acceder al niño.

Del lado de la psiquiatría, se habló de las conductas estereotipadas del niño. Estas conductas estereotipadas hacen que se interese por ciertas cosas y no se interesan por el mundo. Por ejemplo, Francis Tustin hablaba del objeto autista, que no es un objeto, sino es la sensación. Por ejemplo, yo tengo esto en la mano y tengo la sensación de tener este objeto en la mano. Es lo que Francis Tustin llamaba «objeto autista». No es la materialidad del objeto, sino la propioceptibilidad, la sensibilidad autogenerada por el niño que hace que esté tan tomado por propioceptibilidad que se desentiende de los estímulos del mundo exterior. Entonces, esta idea del lado de la psiquiatría de derribar, sacar esas conductas estereotipadas, sacar estos objetos autistas de modo tal que se interese por el mundo. Es un error. Desde el psicoanálisis lo planteamos distinto.

Yo he visto un niño que sólo le gustaban los videos. Lo traen a los 10 años. Y el trabajo que había tenido en el tratamiento anterior fue sacarle ese interés por los legos para que se ocupe de otras cosas. Cuando lo vi en mi consultorio no hacía nada. Yo le volví a poner los legos porque su salida, su solución era el trabajo a través de los legos. Y a partir de eso se trataba de ampliar su mundo. No se trataba de quitarle la única respuesta y solución que encuentra. O sea, retirarle es ir contra el sujeto. No se trata de sacarle lo único que puede hacer para después enseñarle estereotipadamente, sacarle una estereotipia por otra para que obtenga conductas socializadas que tiene que aprender a repetir hasta el hartazgo: saludar, hacer una cosa, hacer otra. No se trata de eso porque, así, sólo los tomamos como objetos educables. Y nuestro interés es dirigirnos al sujeto siempre, dirigirnos al sujeto autista, al sujeto con autismo. Los padres me han hecho entender que el autismo no habla todo de sus hijos. Son sus hijos y tienen autismo. No hay que superponer un hijo con un diagnóstico. Me parece muy razonable esa observación que he recibido por parte de los padres.

Entonces, los nuevos movimientos psicoanalíticos que se generan a partir del 2010 en Francia con Maleval, con Éric Laurent, empezaron a hablar del «borde autista» y, también, Éric Laurent, «encapsulamiento autista» como una burbuja de protección. Cuando habla Maleval del borde autista habla del objeto autista, del doble, de los intereses específicos que son con lo que el niño logra armar su mundo. El encapsulamiento autista del que habla Éric Laurent dice que es como una burbuja de protección. Como los astronautas, ahora que acaban de ir al espacio. Ustedes vieron que todos tenían un traje. Entonces, sería un traje que recubre su cuerpo. Ese no es el cuerpo. Es el traje que lo recubre. Ese traje, con cápsula incluida puede llamarse encapsulamiento autista y es flexible, no es rígido. Y no se trata de quebrarlo. No se trata de ir contra el niño. Nosotros tenemos estas siguientes observaciones: el aislamiento del que tanto se habla en el autismo -que está caricaturado-, en realidad no es tal. Se ve a los niños en el esfuerzo en ponerse en contacto con el mundo. Es un trabajo a su manera, aun cuando pueden experimentar que el mundo es intrusivo. Tratan de ponerse en contacto con el mundo -por ahí el lazo con una madre, un hermano o un animal que tengan en la casa-. Encuentran distintas mediaciones para entrar en contacto.

De hecho, cuando un niño llega al consultorio, tira la caja de juegos y empieza a repetir y hace una secuencia de distintos movimientos con objetos. La sesión siguiente, él está en su mundo, ensimismado trabaja seriamente en lo que está haciendo. La sesión siguiente viene y repite exactamente lo mismo, pero escuchar al niño autista significa que en ese “exactamente” hay ligeras diferencias. Entonces, vamos a estar atentos a esas ligeras diferencias como para producir una expansión de ese encapsulamiento autista, lograr desplazarlo para que pueda incluir objetos y personas.

Por ejemplo, un niño venía, entraba al consultorio y tiraba toda la caja de juegos en un rincón que daba a la biblioteca y la ventana y en el medio ponía ese muro de juguetes, por así llamarlo. Yo quedaba del otro lado. Él se quedaba de ese lado y agarraba dos o tres objetos que movía siempre de la misma manera. Yo intentaba comunicarme con él, entrar en contacto. Yo los movía también y él me los sacaba. Se los cambiaba de lugar y él los volvía a poner en el mismo lugar. Un día, intenté ponerme de su lado. También me incluía en ese rinconcito, parada como pude porque era muy chiquito. Entonces, él se fue del otro lado. Era como el principio de incertidumbre de la física cuántica. No se podía medir la posición y la velocidad al mismo tiempo. Entonces, entendí que tenía que quedarme quieta en ese caso, con ese niño, en esa oportunidad. No es para todos los casos por igual porque son diferentes. Cada uno es singular. Eso es respetar la diferencia. Me quedo sentada y el niño en la sesión en lugar de ponerse en el rinconcito se queda del lado en que yo estaba, dándome la espalda. Y veo que se aproxima lentamente de espalda hasta que se pega a mi cuerpo y pone su cabeza sobre mi hombre. En ese momento, entramos en contacto. Todo lo anterior había sido un esfuerzo mío para conectarme con él, pero en ese momento estábamos los dos en el mismo encapsulamiento, los dos teníamos el traje para ir al espacio.

Hay un pequeño dibujo que se llama “Mon petit frère à la lune”. El otro día que hablaba de esto, lo pasaron también. Estaba yo en Salta dando clases. Es un dibujito animado donde se ve que el hermano dice: “A mi hermano le gusta la luna”. Pero todo el tiempo aparece el dibujito animado con el nene dentro de una burbuja. Entonces dice que a veces hace movimientos extraños y a la gente le da miedo, tiene miedo de que les contagie. Entonces, ella dice que con mi hermanito hay un juego que hacemos, que es el juego del bonete. Ella se pone un bonete y se pone a correr y el hermanito corre detrás de ella. Cuando lo hacen, los dos están dentro de la misma burbuja y se escucha la risa de los niños.

Entonces, ya ven que el tema del aislamiento es relativo. Hay que ver quiénes entran dentro de su encapsulamiento autista. Por eso digo que no hay que despreciar a los padres, hermanos, la familia porque muchas veces son la mediación necesaria para poder ponerse en contacto con el mundo. Entonces, ese es un aspecto.

El otro aspecto es lo que se llama conductas estereotipadas. Decir que se llaman «conductas estereotipadas» ya tiene un valor peyorativo. El tema es: ¿los vamos a ver como sujetos en hándicap, con déficit o los vamos a ver como sujetos que logran producir distintas respuestas para tratar de incluirse en el mundo? Por eso, más que hablar de conductas estereotipadas, dentro del psicoanálisis hablamos de «intereses específicos». Pueden cerrarse al mundo, pero hay algo que les interesa. Y ese es el hilo de Ariadna: partir de sus intereses específicos. También en un coloquito que estuve en Rennes, los llamaron las «pasiones» del sujeto autista. Y esto les puede interesar a las que son maestras, a los que están en el ámbito educativo porque también a partir de esos intereses específicos, los niños pueden ser escolarizados.

Yo recuerdo una película que se hizo hace muchos años. Se llamaba Otras voces donde contaba que a uno de los niños le interesaban los autos. Y con los autos le enseñaron geografía. Le iban mostrando las ciudades donde iban estando. O sea que hay distintas maneras de poder conectarse con el niño para lograr que se interese por el mundo. Por ejemplo, a un niño que yo veía le interesaban los mapas de los subtes. Entonces, todo el tiempo se las pasaba dibujando las líneas de trenes, los trenes con sus variaciones, las líneas de subte. En cierta oportunidad, me explicó en detalle -era un niño pequeño- cómo se engancha un vagón a otro y la preocupación que tenía con uno de los enganches -si se enganchaba o no- con un lenguaje técnico que yo soy incapaz de reproducir. O sea que era algo que le interesaba y de lo que él podía hablar con cierta autoridad, por así decirlo, porque tenía un saber sobre eso porque estaba interesado. Y un día, los padres dicen: “Bueno, se interesa demasiado en esto, vamos a hacer que se interese en otras cosas”. Y armaron como unos libritos -eso fue hace unos años- y me trae los libros de billetes que los padres le habían comprado. ¿Qué me muestra del libro? Abre y me muestra el primer mapa de subtes de la ciudad. O sea que, para interesarse, el interés específico lo lleva a leer ese libro interesándose a partir de sus intereses específicos.

Entonces, hablar de encapsulamiento autista y de intereses específicos es hablar de que el niño llega con una cierta homeostasis, con un cierto funcionamiento y lo que intentamos es logar que se desplace de este funcionamiento inicial para incluir personas y objetos de modo tal que pueda ampliar su mundo. Hay que saber que existen distintos tipos de sujetos autistas. Están los que nunca hablan y que no van a hablar jamás. No depende de su tratamiento. Hay sujetos que no pueden ceder su objeto vocal, no lo pueden hacer. Hay otros que hablan y pueden contar cómo la manivela en los trenes, etc. Tienen un acceso a la palabra. Van a universidades, incluso pueden llegar a tener una pareja. Es muy amplio. Por eso hay toda una discusión en la actualidad: ¿se puede hablar de la misma manera en los niños que no pueden hablar o que tienen dificultades?

Incluso con la comida. Una nena que sólo quería comer uvas. Nadie puede alimentarse sólo de uvas. O sea que era un problema para los padres. Ella sólo aceptaba uvas. O los que piden comidas muy específicas. Después, todo está muy estereotipado en las películas, en las series, pero hay que tomarlo en serio. No es una situación tan fácil para los padres en cómo cuidar a sus hijos.

Bueno, hay una gran variedad de presentaciones dentro del autismo, pero el intento es salir de esas homeostasis y poder desplazarlo para que el mundo sea más amplio.

Por otro lado, los niños autistas pueden presentar episodios de excitación psicomotriz. Hay un exceso en el cuerpo. O cuando no tienen un borde armado, pueden golpearse. He visto niños que se golpean contra el piso. Es un trabajo a hacer porque pueden lastimarse. O sea que no hay una intención heteroagresiva. El niño, en una crisis de excitación, tira los brazos -yo tengo el pelo largo- y se enganchó con su mano con mi pelo y nos fuimos al piso los dos, pero nunca tuvo la intención de tirarme. No hay una conducta heteroagresiva. Ahora que hay cada vez más de pasajes al acto de asesinatos en escuelas, dicen “Era autista”. No. No existe un autista que vaya a una escuela y empiece a matar a otro porque no hay conductas heteroagresivas. Los niños tienden a lastimarse ellos mismos por un intento de poner un límite a algo que no pueden regular, pero no hay ninguna atención agresiva hacia el otro. Por supuesto, van a tener toda la cursada para ver estas diferencias.

Pero quisiera hablar también de las psicosis, sino Tomás se va a enojar conmigo. Se supone que tengo que hablar del autismo y la psicosis en la infancia. Entonces, el autismo es muy tentador, pero no puedo hablar sobre eso.

Entonces, la psicosis, a diferencia del autismo, se puede diagnosticar y manifestar en distintos momentos de la vida. El autismo comienza en la pequeña infancia. Ustedes dirán: “¿Cómo? Si hay adultos que se autoperciben autistas. ¿Cómo es?”. Nunca empezó en la adultez. De hecho, la gran pregunta es cómo se las arregló para nadie notara que era autista, pero el inicio es en la pequeña infancia. En cambio, la psicosis puede desencadenarse en distintos momentos de la vida. Puede comenzar en la infancia. Puede aparecer en la adultez. Están los clásicos desencadenamientos en la pubertad cuando ahí algo cambia. Hay un desencadenamiento de las psicosis. Entonces, si en el autismo tenemos cierta continuidad, el autismo va hacia el autismo con una constancia de funcionamiento; en la psicosis tenemos momentos de apertura y de cierre. Está lo que se llama «desencadenamiento». Hay un corte. El mundo no funciona de la misma manera. Y esto trae bastantes cuestiones para examinar.

La primera cuestión, es el tratamiento. Cuando la psicosis está desencadenada tiene el movimiento inverso que el autismo porque tratamos de lograr una cierta homeostasis. Hay una cierta desorganización. El niño se presenta y desorganización. Y tratamos no de mover esa homeostasis inicial -porque no la hay-, sino de tratar de lograr una cierta estabilización con el tratamiento, que el psicótico pueda reducirse. Lo que pasa es que la complejidad de la psicosis en la infancia es que hay desencadenamientos. Desencadenamientos significa que, a partir de un momento, algo cambia.

Como una niña primero dice que el maestro iba a incendiar la escuela. No quería ir más a la escuela. Tenía cuatro años. Entonces, uno dice: “Está mintiendo. Se inventa historias. Está fabulando”. Y cuando realmente tuvo que comenzar el colegio, aparecía que alguien decía que era mala. O sea, la llevan a una psicóloga porque no podía dormir, no podía comer, estaba muy afectada. Primero con una cierta incertidumbre hasta que le dice al analista que consulta que una voz le dice que ella era mala. O sea que aparece la alucinación. Con la alucinación tenemos el franco desencadenamiento de la psicosis. Ya no es igual. Lo que sigue a continuación fueron interpretaciones delirantes, fabulaciones, toda una serie de fenómenos que conciernen a las psicosis.

Y hay que saber que a veces este fenómeno psicótico es difícil de encontrar porque existen también como porosidades. Por ejemplo, un niño puede soñar y creer que es cierto y seguir en la vigilia, en el dormir, al mismo tiempo, como si fuera lo mismo. Puede haber una confusión entre lo que sonó y lo que experimentó. Entonces, hay algo que hemos llamado «fabulaciones». ¿Por qué? Porque es muy difícil que un niño psicótico arme claramente un delirio. Un delirio implica un grado de estructuración mayor. Entonces, son ideaciones, ideas delirantes o pequeñas fabulaciones donde en sí mismo uno puede decir que se los cree. O sea, una niña que decía que veía esqueletos. Eso no podemos decir que sea un diagnóstico de psicosis. Por ahí se lo está imaginando. Se lo imagina y lo cree, pero en un momento dice que el esqueleto la miró. Ahí cambió porque ahí hay algo de significación personal. Ese esqueleto la mira, se refiere a ella, alude. Ahí tenemos un diagnóstico de psicosis. O cuando escucha la voz que se le vuelve audible ahí tenemos un diagnóstico de psicosis. Entonces, hay que poder buscar estos elementos particulares para hacer el diagnóstico diferencial.

Por otro lado, a veces los fenómenos son muy sutiles. Por ejemplo, una niña que tenía el cuchillo al lado y dijo: “Tuve el pensamiento de cortarme”. Estaba frente a un balcón: “Tuve el pensamiento de tirarme”. Entonces, uno puede decir: “Ah, está con ideas suicidas”. ¿Está con ideas suicidas porque está deprimida? ¿Qué relación tiene ella con esos pensamientos? ¿Ella los pensó o es lo que se llama en psiquiatría un fenómeno xenopático? «Xenopático» significa que es ajeno, que uno piensa algo y piensa que el otro lo dijo, como que esa idea no me pertenece, sino que es de otro. Entonces, le pregunté con un poco más de detalle: “Tú viste el cuchillo y tuviste ese pensamiento que podías cortarte. ¿Tú lo pensaste?”. No es para que ustedes siempre pregunten lo mismo. Les cuento una situación, puede haber otras. Ella me dice que no, que ese pensamiento le vino a la cabeza, que ella no le había pensado. Le digo: “Cuando estabas en el balcón, ¿pensaste en tirarte?”. Ella dice: “No. Apareció ese pensamiento”. Ella no sabía de dónde, no podía precisarlo, pero ese pensamiento no era suyo. Entonces, había una pequeña distancia y la posibilidad de subjetivarlo, de apropiarse de ese pensamiento. En esa distribución le resultaba ajeno. En un segundo tiempo va a decir que un niño le ponía esos pensamientos. Y es lo que se llama «síndrome de acción exterior» en psiquiatría. Es la idea de que hay un cuerpo exterior que pone los pensamientos. A veces es la idea de que hay algo exterior que hace que uno diga cosas. “¡Idiota!”, “¿Me dijiste idiota?”, “No. Yo no lo dije. Me hicieron decir que eres una idiota”.

Pueden aparecer estos fenómenos como puede aparecer la idea de que no tienen cuerpo. Un niño creía que si movía la cabeza se movía la capa de ozono. Otro niño decía que estaban todos muertos. Otro se tiraba al piso con los brazos en cruz. O sea que no necesariamente pueden tener alucinaciones, sino distintas manifestaciones de mortificación corporal. Y eso puede estar acompañado de ideas delirantes y fabulaciones con una cierta labilidad, con una cierta movilidad. Una niña decía que no podía tragar la comida porque un hada buena estaba jugando y tenía miedo de tragársela. Y había un hada mala que le hacía hacer cosas feas. Los niños toman temáticas infantiles. A veces se vuelve complicado porque recuerdo que un niño decía que le tenía miedo al lobo feroz. Después me encontré a otra niña diciendo que tenía miedo al lobo feroz. Entonces, digo: “¿Qué pasa con el lobo feroz?”. No me parecía muy actual. El lobo feroz y la caperucita la teníamos en otra época. Averigüé y efectivamente había un cómic que estaban viendo en los dispositivos que aparecía el lobo feroz. Así, había renacido el miedo al lobo feroz. Aparecieron muchos chicos temiendo al lobo feroz porque era algo que aparecía en un celular. Uno también podría haberse preguntado: “¿Lo vio o se lo inventó?”. Eso sólo no puede dar cuenta de un diagnóstico diferencial. Es todo un trabajo particular el tema de poder aislar los fenómenos elementales, los fenómenos psicóticos que nos permiten hacer un diagnóstico diferencial.

Por otro lado, el hecho de que un niño haga un desencadenamiento psicótico no significa que quede sin estabilizarse el resto de su vida porque puede haber estabilizaciones y que eso se cierra. Así como hubo una apertura, eso se cierre. Hay personas que desencadenan la psicosis a los 17 años o a los 20 o a los 50, ¿qué significa? ¿Antes no eran psicóticos? Sí, pertenecían a la estructura. La inclusión en la estructura de la psicosis se da de entrada, se da también en la pequeña infancia y no es por causa de los padres. Volvemos otra vez a repetirlo: no es por causa de los padres. Los padres no hicieron psicóticos a sus hijos, aunque los psicólogos se apasionan en decir: “A ver, ¿qué hizo la madre? ¿Qué hizo el padre?”. Dejemos a los pobres padres. Dejemos de torturarlos.

Entonces, es la inclusión del sujeto en la estructura que puede no desencadenarse. Entonces, hay cuestiones interesantes. En el primer libro que publiqué -tengo muchos libros de autismo y de psicosis- que se llama ¿De qué sufren los niños?, incluí un caso que había presentado en un curso que yo estaba dando por entonces de un analista que había tratado toda la infancia a un niño y, después, cuando la ve en la adolescencia, la ve que había desencadenado su psicosis. Y se preguntó: ¿qué pasó? Entonces, lo que hicimos en el curso fue ver todos los síntomas que presentaba en la infancia y ver todos los síntomas que presentaba en el momento de su desencadenamiento de la psicosis. Y vimos que había cierta ambigüedad en la presentación inicial. Por eso digo que no siempre es posible si no hay desencadenamiento de la psicosis entender verdaderamente si es psicosis o no. Ella no lo hubiera podido ver, pero después, con el libro de mañana es más fácil ver lo que pasó ayer. O sea, con el libro de mañana pudimos ver que esos fenómenos que tenían una cierta ambigüedad podían entenderse en el sentido de las psicosis.


*Conferencia para el Curso de Posgrado Anual 2026 “Autismo y psicosis en la infancia: perspectivas clínicas actuales”, organizado por el Hospital de día Mafalda. 2026/04/15. Inédito.

[1] Laurent É., La batalla del autismo, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2013, p. 233.

[2] Lacan J., “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 1998.

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