JACQUES LACAN, RETORNO SOBRE UN “HALLAZGO”
Por Éric Marty
2026/03/05
El escritor universitario Éric Marty ha leído el último seminario lacaniano que acaba de ser editado en Seuil, aquel de 1965-1966 titulado “El objeto del psicoanálisis”.
En los corredores de la primera sesión del seminario que Lacan consagra a “El objeto del psicoanálisis”, ese miércoles primero de diciembre de 1965, algo se fomenta, la fabricación en curso de su gran obra que va a aparecer en el cuarto semestre de 1966 y que será sobriamente titulada Escritos.
ESCRIBIR Y HABLAR
Así, aquel que, por así decir, no había publicado jamás, cuya mayoría de intervenciones eran imposibles de encontrar o de difícil acceso, comenzaba entonces el esfuerzo de retomar todo, de releer todo, de reunir todo, como si se tratase de lastrar el seminario con un pavimento editorial que hasta entonces no había estado en el horizonte de lo que él llamaba su práctica. Y, sin embargo, se lanza en ese proyecto para, antes que salga a la luz, desacreditarlo.
Desde la tercera sesión, aquella del 22 de diciembre, que él califica el acto de publicación como “poubellication”, donde el escrito publicado toma el “aspecto del basurero”. El público es un público advertido. La primera sesión del seminario fue excepcionalmente la oportunidad para Lacan de leer un texto en el momento de ir a impresión y que figurará desde entonces en el final de los Escritos. Nos anoticiaremos en el principio de la segunda lección, aquella del 8 de diciembre, que la asistencia estuvo decepcionada, como si la enseñanza de Lacan no tuviera verdaderamente sentido sino en ser una investigación operando, una “suerte de alboroto” dice, y, por ende, siendo la palabra lo contrario de un basurero. Señalemos, sin embargo, para plantear todos los meollos de esta cuestión que, de esa palabra, Lacan dice que es igualmente escritura: “Que escriba cuando hable no es para dudar”, dice, como lo pudo enunciar Sócrates.
LA PIEDRA ANGULAR DE UN PENSAMIENTO
El engorro de Lacan en cuanto a su libre es directamente esclarecido por el tema mismo del seminario que sostiene entonces, a saber, “El objeto del psicoanálisis”. ¿De qué se trata este objeto? Hay en el psicoanálisis lacaniano un verdadero objeto que se pasea, que se lo llama objeto a. Sin duda, una de las invenciones más singulares de Lacan y puede que sea su único “hallazgo”, como decía, lo que explica su profunda singularidad. De hecho, el seminario sin objeto en el sentido general del término, sino la búsqueda de un “no-objeto”, el objeto a, que va, a lo largo de 1965-1966, ser buscado en Dante, en Pascal e incluso su apuesta, en América también -ya que ese mismo año, en febrero a marzo, tiene lugar la primera estancia de Lacan en los Estados Unidos y en México-, también por supuesto en el famoso cuadro de Las Meninas de Velázquez y, entonces, justo en el basurero donde cae la escritura cuando se imprime, el libro también es un objeto a.
En cada ocasión, el objeto a quiebra cualquier unidad y su señalamiento, según Lacan, es el privilegio de la experiencia psicoanalítica. La apuesta de la enseñanza de Lacan y lo que constituye sin duda su dificultad, es aspirar a hacer de este objeto la pequeña piedra angular de un pensamiento, como lo dice en el inicio de la cuarta lección y que ilustra perfectamente el ejemplo del libro, a la vez rechazado y programado.
El objeto a es una noción muy vasta en la enseñanza de Lacan para ser definida de manera unívoca: su apelación casi algebraica tiene precisamente como función el permitir a las disciplinas seguir más fácilmente el trayecto como si este nombre -fácilmente identificable- compensara su parte indefinible. Digamos que el objeto a es menos el objeto del deseo que el objeto en el deseo como una suerte de resto, de desecho, de algo que ha caído de las experiencias fundadores del sujeto y que, por este hecho, lo cautiva: experiencias primitivas de destete, de adiestramiento esfinteriano, de la castración del cual el Edipo es la prohibición del incesto formando un nudo, experiencias en las cuales resurgen estos objetos a los cuales el sujeto se adhiere.
No estamos lejos de los objetos parciales o transicionales postfreudianos cuyas rúbricas clásicas son el seno o los excrementos a los cuales Lacan añade dos elementos: la voz y la mirada, de los cuales nos damos cuenta enseguida el salto que implican. Pasamos de una relación de demanda a una relación que moviliza el deseo y trabaja, así, en un terreno mucho más misterioso exigiendo una “teoría más compleja”, como lo dice Lacan en la lección del 25 de mayo. No se trata de examinar el objeto como una pieza suelta de un dispositivo imaginario donde el individuo juega con un objeto perdido. El objeto a es algo que toca a la verdad del sujeto. Por un lado, poniendo en evidencia el carácter ilusorio de su unidad. Y, así, porque este objeto primitivo aparece como un elemento de la estructura del sujeto, en lo que Lacan llama “la baraja de la partida que no se juega” donde se plantea la cuestión de saber lo que quiere hacer con este objeto para su deseo.
EN INTERCAMBIO DE UNA VIDA SIN DESECHO
La oscilación que recorren las palabras de Lacan reposa sobre la ambivalencia de este objeto. Es a la vez, en efecto residuo, desecho de las experiencias fundadoras que hemos citado, pero posee algunas virtudes, sin embargo, por ejemplo, que es objeto de una apuesta, como Pascal nos invita a hacerlo ya que la vida es esto, reducida al estado de objeto a que hay que apostar a cambio de una vida sin desecho, sin resto, sin objeto perdido, como Lacan lo explica en la sesión del 2 de febrero de 1966.
Pero es con un cuadro que se juega ese año la verdadera caza del objeto. Todas las lecturas de Las Meninas (1655-1657) de Velázquez, aquellas de Damisch, Arasse, Foucault o Sarduy, sin contar aquella de Picasso, son admirables, no siendo menos la lectura de Lacan. Se trata ahí de captar la mirada como objeto a de la pulsión escópica, por oposición a la visión del tipo “apaciguante, civilizador y encantador” y, para ello, abandona la perspectiva clásica.
Lacan sustrae la mira a toda dialéctica de lo visible y del mundo visual. Su suelo epistemológico es la geometría proyectiva en la cual -y no es para nada un azar- se inscriben tanto Möbius, aquel de la banda de Möbius donde derecho y revés se confunden, como Klein, aquel de la botella donde no es posible definir un exterior y un interior, geometría que permite pensar, en la relación al cuadro, una relación donde el sujeto está, si se puede decir, en exclusión interna a su objeto: es la mirada. La oposición entre el mundo de visión, mundo ilusorio donde el sujeto se sustenta en su unidad, y el mundo de la mirada, objeto a que lleva el corte donde el sujeto se divide, es una oposición sin cesar establecida por Lacan a lo largo de todo el seminario.
ENTRE EL PINCEL DEL PINTOR Y EL CUADRO
Con Las Meninas, la topología muy compleja de la obra, entra el punto de fuga de la perspectiva, línea de horizonte, descentramiento de la mirada por los intervalos sabiamente dispuestos (entre el pincel del pintor y el cuadro, entre el cuadro sobre el caballete cuyo reverso vemos y el cuadro que nos está cara a cara, entre el pintor, la niña y las Meninas), tiene por función subyugarnos, impedirnos ver en el sentido ordinario. Estos intervalos liberan así al cuadro de su función habitual de representar por lo que Lacan llama “trampas para ver”, donde nuestra mirada, en buen objeto a, cae, en esas idas y venidas que el cuadro instituye entre nosotros y lo que nos entrampa. Estos intervalos constituyen así los puntos de captura donde se aplasta de cierta manera la pulsión escópica que no cesa, en vano, de demandar al cuadro: ¡Haz ver!
Sin embargo, hay una variante en este escenario de emboscadas, y que nos abre así una posibilidad que ofrece el objeto a, es su petrificación bajo la forma del fetiche que es, lo sabemos, uno de los destinos del seno, del excremento, de la voz y de la mirada. Es esta variante que Lacan sugiere sin desarrollarla dando a la figura de la niña, cuyo vestido rojo está hecho para fascinarnos, el estatuto del fetiche.
La forma fálica del objeto a es tomada entonces en la lógica de la perversión. Situando como ilustración en la portada del seminario, en lugar de las Meninas de Velázquez, un cuadro de Balthus, Teresa soñando, cuya falda alzada deja entrever un calzonario inmaculado. Jacques-Alain Miller, impecable transcriptor de Lacan, toma acto de cierta manera de un discreto chiste del gran psiquiatra, a propósito de esta obra de Balthus: “este cuadro, es Las Meninas”… Ciertamente, pero a condición de prescindir de la caída donde se corre el riesgo de conducirnos de la mirada tomada como trampa del espacio del cuadro a la mirada de aquel que mira que, en sí, no duda a esculcar el cuadro, a pasar a través de la pantalla, como para animar ahí lo inanimado, es decir imponerle gozar.
CUESTIONAMIENTO INCESANTE DEL DESEO
El objeto a permanece al término del seminario muy misterioso. Pero nada lo hace más fascinante que cuando retroactúa sobre Lacan como lo hemos visto con el caso del libro asimilado a un desecho, un objeto caído, como el excremento cuando se prepara la gran Obra. Lo que atormenta a Lacan en el libro, visto como objeto a, es su facticidad, su dimensión de objeto: “se publica en alguna parte”.
Es en esta facticidad que se señala el lazo que une a la castración, el “alguna parte” que hace función de límite. Pero lo que salva el objeto a, es que puede ser el objeto de una apuesta, de un golpe de dados. Esta ahí toda la dimensión existencial que, inspirada de Pascal o de Mallarmé, nutre la enseñanza de Lacan, que es un cuestionamiento incesante sobre el deseo. Y, en la medida en que el objeto a, tal como el seno materno, es un objeto perdido, la apuesta, entonces, no puede sino abrir resultados increíbles.

Deja un comentario