LA CONSTRUCCIÓN DEL CASO EN PSICOANÁLISIS
Por Ana Viganó
2023/08/30
Antes de empezar a leerles algunas de las cosas que quería compartirles hoy, apunté para tratar de organizar unas ideas, quería decir algo que me viene dando vueltas y, como estoy en la Comisión científica y estamos recibiendo los casos una vez más -no es la primera vez que estoy en una Comisión científica de las Jornadas-, hemos pasado por distintas modalidades de lectura, de selección, de intercambio, idas y vueltas, hemos trabajado también con algunos colegas en esos espacios. Hay algo que ser repite siempre en términos de la construcción del caso. Por ejemplo, es común escuchar que hay una construcción del caso tal o cual y el lector lo que señala es que faltan las intervenciones del analista, por ejemplo, o del practicante; falta que se diga un poco mejor la transferencia, falta… Entonces, esta perspectiva de la falta es un problema ubicar qué es lo que falta en una construcción porque todo el tema de las construcciones de caso es que es muy complicado el asunto de la construcción y depende de cómo se construye y para quién se construye y lo que se hace con esa construcción. Va variando lo que uno va tomando en cuenta. Pensaba detenerme un momento y retomarlo un poquito al final para conversar acerca de lo que implica, por ejemplo, esto que falta y cómo se lo pone. A veces lo que la interlocución da es: “Faltan las intervenciones del analista”, entonces el practicante revisa su caso y agrega: “Tal vez le dije tal cosa”. O “corté la sesión en tal momento”. Y yo me pregunto si eso es suficiente para hacer la introducción de lo que “Cortes e interpretaciones” podría querer decir en un caso clínico o para decir sobre la transferencia, es decir que se diga hay que ver si efectivamente sirve para introducir esa cuestión.
Entonces, para decirlo un poco más, una vueltita más -y se los dejo para que lo vayan pensando-, por ejemplo, en relación con las maniobras de corte -nuestras Jornadas están en plural- ¿cómo poder distinguir entre las muchas maniobras que hay los cortes como una provocación del analista en la dirección de la cura? Es decir, cuando los cortes apuntan a acortar, por ejemplo, la sesión corta y lo que se corta como operación -más allá que se haga un corte de sesión o no-, lo que se corta en una dirección de la cura. Estas tres declinaciones, por ejemplo, con respecto del corte: los cortes, lo corto y qué se corta. Cuando decimos “hay cortes”, ¿qué es lo que se corta? ¿A qué apuntamos? ¿Qué hiancia pretendemos introducir y cómo la escribimos en un caso, por ejemplo?
Y respecto de la interpretación otra declinación: las interpretaciones. Efectivamente dichas por el practicante en la dirección de la cura -digamos- como unidades que producen efectos o no o la interpretación que la lectura del caso implica o la interpretación de un practicante que la construcción de un caso implica. La construcción implica una interpretación y también implica un corte para el practicante. En el momento en que construye -y esto sucede si estamos en la buena senda a lo largo de un análisis o la dirección de la cura que dirigimos- hay un corte para el practicante y una interpretación del practicante cuya brújula comanda, entonces, los pequeños detalles del devenir bajo transferencia de esa cura.
Entonces, esta primera cuestión que me tiene un poco concernida porque estamos en pleno trabajo de la Comisión científica con los casos. ¿Cómo ubicar estas cosas en los casos sin que necesariamente -no está prohibido, está muy bien si alguien lo quiere poner- tenga que estar “Y el practicante dijo esto y tal cosa”? Por supuesto, además, ¿cómo pensar que eso tuvo algún valor por la respuesta que el analizante da a esa cuestión?
Bien, primera propuesta que quería dejar planteada y que me gustaría que conversemos un poquito para los que han tenido práctica de presentación de casos clínicos y a ver qué piensan con estos.
Por otra parte, y en referencia también a los casos, recordar que todos somos casos. Todos en el universo somos casos. Hay una especie de universal que no nos gusta. ¿Y por qué podríamos decir eso para el ser hablante? Todos somos casos porque estamos enfermos de lenguaje. Al tener este parásito se traduce en la enfermedad del lenguaje que es una de las formas de decirlo: “No es posible decirlo todo”; otra forma de decirlo es “No hay relación sexual”, “No tenemos proporción” ni entre lo queremos decir y decimos, ni entre lo que anhelamos y lo que encontramos, entre el goce, la satisfacción y el modo de hacer jugar eso en el lazo social. “No hay relación sexual” es una consecuencia inmediata de la relación con el lenguaje. Cada uno frente a esta enfermedad del lenguaje por ser hablante encuentra una solución, una respuesta más o menos eficiente a esta enfermedad. Todos somos casos desde esta perspectiva, pasemos o no a hablar de ello. Nos convertimos en caso clínico justamente cuando esta solución tropieza, cuando algo vacila y deja al desnudo lo imposible de soportar que tiene esta enfermedad del lenguaje que es la no-relación sexual y lo real. Esta es la dimensión clínica del caso: cuando vacila la solución encontrada y aparece al desnudo lo imposible de soportar, uno de los nombres de lo real. Y si esta dimensión clínica se dirige a un analista -es decir si un sujeto le habla a un analista-, esta dimensión clínica incluirá también al analista en la transferencia. ¿Cómo ubicar esto en las construcciones y presentaciones de casos que hacemos?
¿Qué quiere decir hablar?
Lo que el hablar quiere decir es una pregunta fundamental para la práctica analítica. Hoy en día es un saber común, generalizado, el hecho de que hablar afecta y que requiere, además, otro a quien dirigirse, esto incluso aunque el Otro sea un chat -que nos complique las cosas en el futuro y no podamos distinguir si el Otro es una máquina o una persona-, pero es cierto que necesitamos hablar con el chat y por eso el chat se parece a una persona. Esto que sabemos -la cultura lo sabe ya- que el hablar produce efectos emocionales, psíquicos, que produce también afectos varios, y el modo mismo que toma el hablar es promovido por muchas veces por estos afectos. Agreguemos también que es un supuesto que el saber común de que hablar impacta el cuerpo. Todo el mundo piensa que hablar impacta el cuerpo y hay muchas interpretaciones de que hablar impacta el cuerpo -el horóscopo, los chakras, la digitopuntura- y que, cuando no se habla, el cuerpo queda marcado. El cuerpo que habla y al que se le habla es impactado por el mismo hecho de hablar, de lo que hablar quiere decir.
Lacan en su texto “Variantes de la cura tipo” sitúa las cosas de este modo. Dice: “entender lo que “querer decir” dice suficientemente que no lo dice”[1]. Si el hecho de hablar en cualquier circunstancia es capaz de producir efecto, se trata de saber lo quiere decir. ¿Qué quiere decir hablar y, para nosotros, qué quiere decir hablar en el contexto de un tratamiento analítico?
En lo que se dice, sabemos, hay un querer decir. Esto sitúa de entrada la cuestión más estructural, universal, una cierta una división subjetiva porque somos seres hablantes -sea cual sea el modo en el que esa división subjetiva- se presente. Si hay un querer decir en el hablar es porque hay un resto, un resto que no se dice, algo no dicho. Si el hablar está habitado por un querer decir es porque no se dice totalmente. Hay una división esencial al hablar ente lo que se quiere decir y lo que se dice efectivamente; o entre lo que dice y lo que no se dice y resta y se escapa. Esto que no se dice -los huecos en los dichos- tiene varias precisiones que se pueden ir desarrollando porque esto que cae, que fuga tiene distintos estatutos y estos se corresponden con cierto modo de concebir los tiempos lógicos de un análisis y sus correspondientes subjetivos. Simplificando las cosas, algo de lo que queda por decir puede corresponder, por ejemplo, a un tiempo en que es necesario ampliar el discurso: algo queda por decir y estimulamos a que se siga diciendo, se amplifique: desplegar el discurso. Eso que no se dijo aún se dirá más tarde porque el hablar requiere tiempo, se extiende en una dimensión temporal.
Y eso sucederá -si somos pacientes, si hay determinadas condiciones-, por ejemplo, el silencio del analista que da lugar a que el otro hable sin demasiadas interrupciones, excepto las del orden de la escansión y el corte “Dejamos aquí, seguimos la próxima”. También las de la interpretación desde la posición que Lacan en su primera enseñanza llamaba como la del “poder discrecional del oyente” -el que tiene el punto, la puntuación de su lado-. El silencio del analista cumple una función. Su silencio y su invitación a asociar lo que queda en juego. El silencio del analista cumple pues con una primera diferencia respecto de la vida cotidiana y de otras prácticas terapeutas que suponen un saber por decir al modo de una interacción, una conversación, una respuesta del lado del psicólogo o terapéutica, una indicación terapéutica incluso. No está prohibida para el analista esta perspectiva -si la calcula o tiene un sentido en la dirección de la cura del que puede dar cuenta-, pero su silencio y su invitación a asociar permite de entrada que la dimensión que lo que queda por decir se ponga en juego. Y que se ponga en juego, se desarrolle sabiendo que va a encontrar sus propios límites.
Una segunda forma muy amplia de entender de lo que queda por decir es la perspectiva de lo que entendemos con Freud de lo no-dicho porque no lo permite. Por ejemplo, lo que corresponde a lo reprimido.
Y una tercera la ubicamos como núcleo de todo discurso que no pasará a ser dicho porque ese núcleo no dicho es de un orden diferente al de la palabra, un cierto orden indecible o también, tomando por ejemplo a Agamben -de otra disciplina de referencia-, “la posibilidad de que la palabra nos permita situarnos en un instante frente a las cosas mudas” -me encanta esa referencia-, cosas mudas que vamos a retomar en unos minutos respecto de un poeta -Francis Ponge, que vengo trabajando si alguien me escuchó con los colegas de Cali- y la palabra que nos permite situarnos por un instante como un frente a. Se va empezando a conformar una especie de frontera o de límite o de limítrofe o de litoral -aún mejor-, literal.
El encuentro de Lacan con el pensamiento abre la posibilidad de pensar no la falta -lo que falta por decir como algo supuestamente colmable- sino el vacío -imposible de ser llenado por definición-. Lacan recupera lo indecible en estas coordenadas previo incluso a su valoración sexual, es decir previo incluso a la coloración de lo femenino/masculino en término de las tablas de la sexuación. Hay un indecible previo a eso, es decir hay un indecible hasta cierto punto asexuado incluso.
¿Cómo puede tocarse lo indecible por lo decible? Es la pregunta de Lacan desde un momento de la enseñanza en adelante. Y se lo pregunta a Cheng que es un pensador, poeta, filósofo chino. Él le contesta: “Por el vacío central”. El Tao es el vacío central u original del que emana -dice Cheng y nos explica la filosofía china- lo que se llama el “soplo primordial”. Ese soplo primordial es el Uno. El Uno declina luego en 2 soplos vitales que son el Ying y el Yang -más accesibles para nuestra lógica binaria, sexuada incluso-. El Uno es un soplo primordial emanado del vacío central. Luego surge el 2 es en sí mismo un par -Ying y Yang-. No es un 2 respecto del Uno. Esto en su paridad. Y el soplo de este vacío central opera como mediador entre el Ying y el Yang. Es una distancia interactiva, un vacío que mantiene la distancia entre ambos a la vez que los articula, pero sobre todo es un vacío que actúa.
Me parece importantísimo introducir esta cuestión para pensar lo que les planteaba al inicio respecto de los cortes: ¿qué se corta? ¿Qué se separa? ¿En qué aplicamos distancia? ¿Cuál es la hiancia que se espera y desde dónde? Aquí me parece que hay una perspectiva que podemos retomar.
Cheng no era analizante de Lacan, pero en su último encuentro Lacan le regala a Cheng una interpretación. Le dice: “Usted ha conocido una serie de rupturas en su vida. Usted sabrá transformar esas rupturas en un vacío mediador actuando, lo que le va a permitir relanzar su presente a su pasado y al final usted estará en su tiempo”.
Laurent lee esta frase-interpretación a Cheng en relación con el modo en que Lacan está pensando que de lo que se trata es qué y cómo hacer con la huella del objeto perdido. Porque se trata de que en este camino se encuentran las marcas de un goce que, como tal, es un goce esencialmente perdido desde Freud con Lacan y en adelante.
Tao, entonces, vacío central es camino sobre un fondo de vacío e implica también un hablar como enunciación, un trazo que no es del orden de la representación sino del orden del gozar.
¿Qué implica esta cuestión?
Miller en un texto que está en la bibliografía -que además hay muchísima bibliografía sobre este tema-, un texto que me gusta micho y me parece que es crucial para nuestras Jornadas, en “La interpretación al revés”[2] lo plantea a este asunto como una pregunta que no puede responderse en la estructura del lenguaje -de uno de los axiomas fundamentales de la primera enseñanza de Lacan, del inconsciente estructurado como un lenguaje-, allí no se puede resolver. Dice Miller que lo que Lacan llamó el objeto es el desecho último de una tentativa grandiosa que tenía Lacan: integrar al goce a la estructura del lenguaje. Y dice: “No se pudo”.
Allí se abre una nueva perspectiva y el lenguaje se relativiza apareciendo como una elaboración de saber sobre un concepto que inventa en ese momento Lacan -estamos más o menos a la altura del Seminario XX- que es lalengua. El término «significante» empieza a desfallecer ya que el significante está hecho para captar el efecto de sentido, S1àS2 -es un S1 en relación con el S2, no el Uno y el par 2-, pero como tal el significante tiene dificultades, sino imposibilidades, para dar cuenta del producto del goce.
En este punto coyuntural de la enseñanza de Lacan, Seminario XX, es que sitúa una carta que Lacan envía a un poeta, Francis Ponge, y que, además, está muy trabajada en varios textos en la Lacaniana #31 que se llama “Al pie de la letra”. Ahí está publicada la carta y hay varios textos que trabajan esa carta, una muy breve carta, urgente carta. Le escribe: “Me contesta hoy a las 8 o después de las 9 y media de la noche o mañana en la mañana” porque Lacan iba a dar una clase del Seminario en la que estaba urgido por ubicar la respuesta a la pregunta que le hacía a Ponge quien, por cierto, no se la contesta o se la contesta de un modo peculiar y más tarde de la fecha y el horario que Lacan le había previsto.
Lacan sitúa a Ponge en este momento y lo cita al menos dos veces en su enseñanza. Una en “Función y campo de la palabra y el lenguaje”, primera enseñanza, ya hay una referencia a Ponge como anticipación de lo que después va a volver a trabajar en el texto “Hablo a las paredes” de 1972 donde ahí lo cita y lo pone como ejemplo y referencia para pensar la resonancia como modalidad de intervención en el análisis.
Las últimas referencias de esto para después comentarles un caso clínico que es lo que quiero que pongamos en discusión a la luz de algunas de estas cosas.
Es que también el lugar de la larga palabrería puede volverse el de la decisión
Un subtítulo de un poema de Ponge que se llama “El prado”.
“Hay palabras que tocan y otras que no”. De hecho, se había puesto hace un tiempo de moda y no sé si nos sigue en nuestro campo -cada tanto tenemos modas en nuestra jerga-: “Me toca el cuerpo” era una frase repetitiva para decir que algo había sido realmente impactante y podía ser un testimonio de pase como una intervención. Al punto tal de que cuando repetimos esas cosas se vuelven un cliché que parece que pierden el peso que tenían. Pero hay palabras que tocan y otras que no. Es un hecho de experiencia y es también un hecho clínico.
La pregunta es justamente: ¿a cuál uso de la palabra podemos recurrir en el análisis para alcanzar tocar aquello que hay de más real de nosotros? Lacan se pregunta -como les digo- de un momento de la enseñanza en adelante todo el tiempo con muchas versiones. Y cuando se lo pregunta en 1972 -tomando la referencia igual porque está tal cual en una nota al pie de página de “Función y campo de la palabra”- se pregunta a qué raison y es un neologismo que mezcla las palabras «razón» y «resonancia» en francés: raison y réson. Y quiere dar estatuto a lo que está trayendo de otro campo y ponerlo en el análisis y quiere que lo escribamos con puntitos intermedios como si fuera una sigla. Es decir que le quiere quitar la relación al lenguaje más directo al sentido y entonces dice: “Escriban, por favor, r.e.s.o.n.”. Lacan se pregunta en 1972 en “Hablando a las paredes” y le hablaba a los psiquiatras también y sabía que hablaba solo en algún punto a qué reson es necesario recurrir para abordar lo real.
Los poderes de la palabra -descubiertos por Freud, conocidos por la cultura, valorados por Lacan- lo que sabemos es que existen o pueden existir si resuenan. No hay cualquier poder de la palabra. La palabra no tiene super poderes por sí misma. Los poderes de la palabra solo pueden existir si resuenan y la razón no es puro intelecto sino afectada por una resonancia en función de cómo cada cuerpo fue afectado.
La poesía de Ponge -a la que dice “Vayan a leerla y vengan y traigan lo de la reson- es una poesía que quiere hacer vibrar a la razón y por eso realiza una transmutación en resonancia donde lo que importa es la sonoridad de las palabras, la manera en que vibran, palpitan, estremecen, agitan; no lo que quieren decir, pero a partir de eso se puede captar la esencia de lo que es el objeto en cuestión.
Se trata de dar cuenta verbalmente… Les cuento. No sé si ustedes lo conocen, pero Ponge es un poeta que habla en toda su poesía de cosas cotidianas: el jabón, el perro, el pelo, el peine, la botella de agua, el prado del jardín… Todas son poesías de las cosas cotidianas. Y de ahí, él dice: “Todo partido por las cosas, no por las palabras. De las cosas tengo que ir a las palabras, pero para que las palabras palpiten la cosa”. Incluso cuando hace críticas de arte: “Yo no quiero hablar de la pintura con mis palabras. Yo quiero con las palabras pintar como los pintores pintan”. Transmitir del objeto a la palabra la resonancia, no el contenido, no el enunciado, no la definición, no la semántica, la resonancia. Se trata para él de dar cuenta verbalmente, en palabras de la donación del objeto ante el sujeto y la emoción que esa donación puede producir en la sensibilidad del sujeto. Pero no se trata de la sonoridad por la sonoridad misma ni en Ponge ni en el psicoanálisis. Se trata de que esta sonoridad toma valor de interpretación si dicho sonido consuena con el cuerpo afectado por el inconsciente o por el cuerpo afectado por la donación del objeto a las palabras.
Ponge conduce al lector, por ejemplo -una de las tantas definiciones para arribar a ese punto que nos es tan complicado a nosotros de aprehender-, al límite invisible -estoy citando a Philippe Sollers quien le hace una entrevista- de la palabra: allí donde ella puede reconocer su éxito relativo y su fracaso absoluto. “No-todo” traduciríamos nosotros. Con Ponge se tiene a la vez la sensación de estar a la vez en presencia del objeto y delante de su alteridad radical. ¿Podríamos hacer nosotros eso en la transmisión de un caso clínico? El de poder transmitir que estamos al menos por un momento en el que nos dejamos enseñar por eso en presencia del objeto que comanda el goce del sujeto analizante y delante de su alteridad radical.
El objeto en Ponge está y no está a la vez, presente y ausente al mismo tiempo. ¿Podemos hacer nosotros ese efecto en la clínica y luego en la construcción de hacer presente y ausente el objeto condensador de goce?
Al método que inventa Ponge para hacer su poesía en el que imprime del objeto a las palabras -esta donación, esta sensibilidad, el afecto que acompaña, etc.- lo llama «impregnación de la lengua» -eso que sería al r.e.s.o.n.- por los objetos, por las cosas. Nosotros hablaríamos de la impregnación de la lengua por el goce. Por un lado, como todo escrito -los poemas de Ponge están un libro- se presenta como algo congelado, cristalizada, se precipita; también así nuestros casos, son un producto de una precipitación; por otro, nos dice el escrito es vibración, estremecimiento y temblor. Las palabras resuenan en lo que está escrito como si fuera la primera vez, vuelven a encontrar en el poema el poder originario de la nominación -una formulación de Ponge-. Ponge lleva en su método -que Lacan nos hace ir a buscar y estudiar en “Hablo a las paredes”-las palabras hacia el momento mismo de su inscripción que tiene sus raíces en el objeto, en las cosas; ajustándose a la materialidad sonora y visual del objeto que impregna el lenguaje introduce un vacío en la lengua. El momento poético afortunado de Ponge es cuando de esa materialidad de las palabras y el vacío que introducen surge la nota diferencial de un objeto, es decir cuando la poesía puede hacer sonar la nota sonora del objeto, la resonancia del objeto.
Cuando Lacan escribe r.e.s.o.n. -como el neologismo y con esa escritura- subvierte de algún modo este proceso tomando los mismos condimentos. Lacan va de la materialidad de las palabras -que es con lo que nosotros nos encontramos en un análisis- a aquello que como agujero en el sentido puede introducirse o, dicho de otro modo, se espera un “algo más” que un sentido en el sentido. Ese “algo más en el sentido” en el sentido, es decir en el hablar mismo que tiene algún sentido, encontrar un algo más que eso es lo que distingue las palabras que tocan de las que no. Lacan considera en este punto que las intervenciones del analista -escuchen esto- son del mismo orden de las intervenciones parentales que nos han determinado en el encuentro contingente de un dicho y un no-dicho y el cuerpo. Es decir, n o se trata de mamá y papá, sino de lo que nos marcaron los Otros primordiales por primera y algo de eso esfuerzo de inscripción primordial -o acercándose a esto- se espera de las intervenciones del analista. ¡Es fuertísimo! No se trata tanto de los dichos de tal o cual –“Papá dijo”, “La abuelita dijo”, no sé qué-, sino del momento y de las consecuencias que un dicho o un no-dicho se invistió con un goce que quedó como un goce inaprehensible para el sujeto. Ese dicho se invistió de un goce inaprehensible para el sujeto, desconcertante, fuera-de-sentido. Y eso es una marca de inscripción original, limítrofe en el campo entre el cuerpo y las palabras o la lengua.
Miller en “La intervención al revés”, para ilustrar este momento, señala que Lacan va en búsqueda del fenómeno elemental de las psicosis como el paradigma de esta inscripción, de algo que está investido de un goce que sabemos que nos concierne –“Hay algo que está haciendo ruido en la radio” y el sujeto psicótico dice “Eso me concierne, eso tiene que ver conmigo. La radio me habla. Me está diciendo tal cosa”-, pero que en el momento del fenómeno elemental -cuando aún no se le ha dado el sentido delirante- funciona como un S1 suelto, funciona como ese impacto de inscripción que conduce a que tenga que venir el delirio a explicarlo, un fuera-de-sentido del orden de la perplejidad. Y eso es lo que Lacan va a traer como paradigma de este momento.
Se trata, entonces, siguiendo esta línea y si esto es posible -esto es un enorme trabajo para nosotros, pero bueno, vamos a discutir de esto-, se trata de ofrecer al sujeto en análisis la posibilidad de encontrar o rencontrar lo que Ponge plantea como “necesidad permanente de una palabra en estado naciente” -me encanta esta definición-, encontrar o rencontrar la necesidad permanente de una palabra en estado naciente, en estado de aquel que produce la necesidad donde lo que aparece es esa palabra investida de un goce que al sujeto lo ha ha desconcertado. Estas son las palabras que tocan. Estas palabras que tocan “en estado naciente” -como dice Ponge- por su impacto provocan -va a decir Lacan- un deseo irresistible de nombrar -van a ver acá que hay resonancias del cambio del Nombre-del-Padre de la primera enseñanza al padre del nombre, lo dejo solo apuntado- o simplemente -y no es poco- de decir de la enunciación -no del blablablá-. Estas palabras que tocan en estado naciente son causa del decir.
Bien. Hasta aquí las puntuaciones teóricas, un poco complejas, recorrido del que podrán tomar alguna cosa aquí, allá -a cada uno le habrá resonado o no algo de las cuestiones-.
*Intervención para la NELcf-Cochabamba vía Zoom. Inédito.
[1] Lacan J., “Variantes de la cura tipo”, Escritos, tomo 1, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2009, p. 318.
[2] Miller J.-A., “La interpretación al revés”, La Interpretación al Revés – por Jacques-Alain Miller – 1996 – PSICOANÁLISIS LACANIANO (psicoanalisislacaniano.com)
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