LO INDECIBLE DEL PASE
Por Gustavo Zapata
2023-05-13
Bien. Voy a abordar mis reflexiones de este párrafo[1] partiendo de tres puntos y la situaré en el momento actual de las Escuelas de la AMP, en general, y en de la nuestra, en particular.
El primer punto lo derivaré de lo que Miller llama “El primer tiempo de la fundación de la Escuela por Lacan”. Me parece que acá se pueden destacar dos coordenadas. Una, que Lacan situó la Escuela en el eje de la experiencia en el sentido de que la Escuela, en tanto fundada en la transferencia, requiere que quien la desee la atraviese haciendo jugar su subjetividad todo el tiempo. En ese sentido, es la segunda coordenada que despejo, el único requisito sería desear hacer la experiencia. Es una de las maneras de leer el deseo de Lacan, el de ofrecer a los psicoanalistas una institución fundada en los principios que soportan la práctica de quienes sirven al discurso analítico.
¿Qué ofrece entonces una Escuela al que toca su puerta? La posibilidad de un saber atravesado por la transferencia, sin cursus, ni recorrido ideal y sin programa, pero con una orientación y unos principios organizados alrededor de un vacío, el de la definición de qué es un analista.
El segundo punto está señalado en el segundo tiempo que Miller marca en el párrafo. Una vez insertado en la experiencia de la Escuela, que no es sin la experiencia de un análisis, el sujeto se ve confrontado con la tensión estructural entre el saber expuesto y el saber supuesto que habita el corazón de la experiencia -tanto analítica como de Escuela- y que da a la Escuela ese carácter de marco de real en juego en ese vacío que es “el analista no existe”. Así, al sujeto le corresponde avanzar, desde su propio rasgo singular y en su sendero original, una investigación orientada por ese real de la Escuela, a saber: ¿cómo se hace un analista?
El último punto. Miller enfatiza con fina ironía cómo Lacan, en ese “Acto de fundación” del ’64, prescinde por completo de la exigencia de un recorrido para insertarse en esa misma empresa colectiva que es una Escuela de psicoanálisis. Es una política elevada a la categoría de principio que repetirá en el ’80 cuando lanza la causa freudiana. El párrafo culmina con un aserto y una pregunta que aparentemente no tienen conexión entre sí. El aserto es: “[…] primero hay que tener espacio de la Escuela; después, dentro de ella, comienza la investigación”[2]. A continuación, distingue los dos grados con lo que Escuela selecciona a sus analistas: AME y AE, y formula la pregunta: “¿Qué deslindaban estas dos categorías?”[3]
Bien, lo que evoca para mí este párrafo se ordena en dos ejes. El primero, el de la Escuela como experiencia libidinal que ocurre bajo transferencia. Entonces, es una experiencia que tiene lugar por inmersión, algo que Miller ha señalado muchas veces -la última hace un par de años- y que refuerza la pregunta acerca de cómo y con qué medios las Escuelas ofrecen, ordenan y preparan esa experiencia de inmersión -que no puede servir para otra cosa que para producir analistas-. Más explícitamente en nuestra Escuela, ¿estamos haciendo el tratamiento de la tensión entre saber expuesto y saber supuesto de manera hacerla fecunda o estamos tomados por la deriva de una cierta escolástica de un saber riguroso, pero muerto, que trae de vuelta la exigencia del recorrido? Ese “Por favor, espérame” del que era un poquito del que habla Miller.
El segundo eje. Vista desde el ángulo cerrado del párrafo elegido, la pregunta final parece desconectada del desarrollo previo, pero si ampliamos la perspectiva en relación con el apartado “El analista no existe”, entonces queda debidamente enmarcada en la reflexión en torno al pase. Ambas categorías despejan, entonces, desde ese ángulo, lo que vendría a ordenar la serie de los analistas, ellos que consiguen transmitir un saber-hacer en la práctica, en lo singular de cada analizante, teniendo como horizonte el pase -en el sentido del pase clínico-, ellos mismos en la brecha de su realización y aquellos que consiguen transmitir cómo su paso por la experiencia analítica les permitió al final entrar al dispositivo de investigación -que ese el dispositivo del pase- y devenir analistas.
La selección que hace la Escuela de los analistas dentro de aquellos que declaran que son practicantes pasa, entonces, por mantener el pase en el horizonte como brújula en la dirección de la cura y como dispositivo de demostración de que hay un final para el análisis, en primer lugar, y que ese final puede, en últimos términos, acercarnos a una respuesta de “¿cómo se hace un analista?”, uno por uno, cada vez. Esto, a condición de evitar de que el pase quede atrapado en la criba de esa escolástica del riguroso saber muerto.
Hasta aquí.
*Intervención en la 4ta sesión del Seminario de Formación Lacaniana de la NEL vía Zoom. Inédito.
[1] Miller J.-A., “El concepto de Escuela”, El nacimiento del campo freudiano, Buenos Aires, Paidós, 2023, pp. 219-235.
[2] Ibíd., p. 226.
[3] Ídem.

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