Antecedentes Teóricos en la Obra de Rosine y Robert Lefort – por Mauricio Beltrán – 2022/06/29

ANTECEDENTES TEÓRICOS EN LA OBRA DE ROSINE Y ROBERT LEFORT

Por Mauricio Beltrán

2022/06/29


Mauricio Beltrán:

Rosine y Robert Lefort han sacado y transmitido elaboraciones y conceptos muy interesantes, interesantes y que tienen vigencia en la actualidad. A veces son referencias y antecedentes no explicitados. También muchos de sus conceptos se han revisado, se han presentado de otra manera, pero me interesa mantenerlos vivos, mantenerlos vigentes porque me parece que ambos han hecho mucho para el entendimiento y la posibilidad de un abordaje clínico del autismo y de la psicosis en la infancia.

Robert y Rosine Lefort fueron una pareja de analistas que, además de haber trabajado muchos años juntos, también constituyeron una historia de amor. Ellos murieron ambos en el 2007. Rosine lo hizo 12 días después del fallecimiento de Robert. Eso habla también de la reciprocidad y de la compañía que se hacían mutuamente. Ellos escribieron siempre juntos. En general, los libros se publican bajo el título de Rosine Lefort con coautoría de Robert Lefort. Y la práctica con niños me parece que está más encausada por Rosine y Robert más es el aporte teórico que en muchos casos hace.

Publicaron, en principio –dentro de lo que yo conozco- cuatro libros, aunque tienen muchas publicaciones diseminadas en diferentes libros que se fueron compilando. De los que yo conozco y que se publicaron como libros bajo la autoría de Robert y de Rosine Lefort, tenemos El nacimiento del Otro, que es un libro publicado en 1980; en segundo lugar, el libro Las estructuras de las psicosis: el niño lobo y el presidente, se publicó en 1988 –este libro no está traducido al castellano, está en francés-. Lo que tenemos de ese libro para tener una idea es la presentación que hiciera Jacques-Alain Miller en 1988 del libro. Se publicó en un pequeño libro que compiló Silvia Tendlarz, Estudios sobre el autismo, y el artículo de Miller se llama: “La matriz del tratamiento del niño del lobo”. Y ahí Miller ubica la importancia de la introducción de un menos en un mundo caótico que todo el tiempo estaba arrasando a este niño. Después veremos si podemos decir algo más y no solo esa pequeña punta orientativa. En tercer lugar, el libro que publicaron en 1996 –que está traducido al castellano- y se llama Marisa se hace una niña. Psicoanálisis de una niña de 26 meses. Y por último en el año 2003, hay una compilación de artículos de los Lefort que lleva por título La distinción del autismo, que no ha tenido su traducción al castellano todavía.

En principio, lo que voy a plantear es un acercamiento porque la clínica y las teorizaciones de los Lefort sobre la cuestión del autismo y de la psicosis es muy vasta. Espero al menos motivar algún entusiasmo que los lleve posteriormente a interesarse con mayor profundidad en algunas ideas que voy a intentar transmitirles el día de hoy. Hay una complejidad de los Lefort para comprender muchas de las ideas que plantean. Es que basan muchas de sus teorizaciones en casos de mucha extensión. A veces cuando uno no está empapado en los casos puede resultar difícil. Dedican, por ejemplo, en El nacimiento del Otro, un trabajo al caso de Nadia y a Françoise. Luego tiene un capítulo dedicado a la topología, otro a la metáfora y a la metonimia, las conclusiones y se acabó. Entonces, la teorización está como muy afincada a la clínica. Allí ya encontramos una complejidad para trasmitir las ideas si uno no está del todo empapado en esa clínica, en esos casos. Por eso también envié un trabajo que envié un trabajo que presenté en un congreso en la Universidad de Buenos Aires sobre Marie-Françoise como para que tengan ahí una pequeña orientación con respeto al devenir de esa cura en más detalle. Es un trabajo corto, pero que me parece que puede ser orientativo para comprender el devenir de la cura de Marie-Françoise.

Bueno, los casos más paradigmáticos son el caso Robert, conocido en el campo del psicoanálisis como “El niño lobo”. Es un caso que presenta Rosine en el Seminario I en presencia de Lacan. Y luego en diferentes publicando va revisando, reconceptualizando algunas ideas que distan bastante de la presentación que hace en 1953. Luego, dista más de la presentación que hace en el libro que le dedica a Robert, Las estructuras de las psicosis: el niño lobo y el presidente en 1988. En 1988, presenta el caso que trabajó en la época del ’50 y que presentó en el seminario de Miller. Los otros dos casos paradigmáticos son Nadia y Marie-Françoise. Ésta última constituye para mí el paradigma de la concepción que intentan transmitir los Lefort sobre el autismo. Sus concepciones se basan en gran medida en el caso de Marie-Françoise. Es una intervención corta, de unos meses, también en 1952. Es un caso institucionalizado en Parent de Rosan, en Francia. Incluso Maleval, cuando revisa un poco las concepciones de los Lefort, dice que terminan teniendo una perspectiva acotada del autismo porque sus concepciones mayoritariamente se remiten a ese caso. Es una niña pequeña e institucionalizada. Y bueno, Maleval ya trabaja con otra clínica y otra casuística, que son los autistas adolescentes, los autistas de alto nivel, los autistas que dieron testimonio. Maleval sugiere que a los Lefort les faltó empaparse de los testimonios que dieron los autistas en la década de los ’90, aunque para dar crédito a los Lefort hay que decir que ellos mencionaron en La distinción del autismo los casos de Donna Williams y Temples Grandin -conocidos entre los autistas de alto nivel-. A las personas con autismo no les gusta que las llamen «autistas de alto nivel». Los Lefort esbozaron la idea al final de sus elaboraciones de que habría personalidades -incluyeron a Edgar Allan Poe, el Conde de Lautremont, Dostoievski- dentro de los autistas, pero no terminaron esa idea. Y por último el caso de Marisa, al que le dedican un libro casi en su integralidad. Marisa interactúa con Robert. Robert también un papel en el devenir de Marisa.

Otro punto importante que debemos señalar es que los Lefort fueron variando su concepción del autismo a lo largo de los años.  Hay que decir que hablan del autismo en un sentido moderno del término -podemos decir- en la década de los ’80 cuando presentan el caso de Marie-Françoise en El nacimiento del Otro. Ahí hablan de autismo, pero hacen mayor hincapié en las elaboraciones y descripciones que había hecho Francis Tustin sobre el autismo que en las de Kanner. Kanner es una referencia ausente en los Lefort al menos en esta primera publicación. Kanner aparece recién en La distinción del autismo. Pero la referencia para empezar a pensar el autismo y la diferencia con la psicosis en la infancia, para establecer algún tipo de distinción, está en Frances Tustin. Frances Tustin no era alumna de Lacan. Ella trabajaba en la clínica Tavistock de Londres. Tenía una formación kleiniana, post-kleiniana. Ellos tienen la honestidad cuando hacen el diagnóstico diferencial de Marie-Françoise, ubican que se trata de una niña autista y al pie de página citan a la diferencia que hace Frances Tustin entre autismo y psicosis infantil. Francis Tustin hablaba de psicosis infantiles y así se llamó su libro, Autismo y psicosis infantiles, que había salido un tiempo antes de la publicación de los Lefort de 1980. Inicialmente estudian el autismo como un cuadro perteneciente a las psicosis en la infancia. Hacia el final, década de los ’90, empiezan a hacer un esfuerzo por captar la especificidad del autismo. Hay un artículo que está dentro de un libro que compiló el Campo Freudiano que se llama El síntoma charlatán. El artículo se llama “Autismo: especificidad” y ahí tratan de especificar la especificidad del autismo separándolo un poquito de las psicosis, aunque también Robert Lefort es uno de los primeros de los que habla del pasaje del autismo a las psicosis. Después de esto algunos colegas hablaron de la psicotización del niño autista. Recuerdo que Laurent lo dice con todas las letras que Robert Lefort es uno de los primeros en hablar en el pasaje del autismo a la psicosis. Entonces, me parece que como siempre, nosotros vamos articulando nuestras elaboraciones a la práctica. Pero ahí se produjo una tensión en pensar la especificidad del autismo, en pensar la psicosis como la salida del cuadro del autismo -al menos del cuadro de repliegue, del ensimismamiento tan característico de los niños con autismo-.

Lo que voy a tratar es de circunscribir algunas constantes y reiteraciones en las elaboraciones de los Lefort que podrían dar cuenta de cierta especificidad del cuadro del autismo.

Primer punto: “El rasgo de la destructividad.”

En un acercamiento inicial, podemos señalar que el primer rasgo que caracteriza para los Lefort del niño autista con el mundo exterior es el de la destrucción. Los Lefort dicen: “El mundo destruye o tiene que ser destruido”. El niño autista está en esa dicotomía: o destruye el mundo o el mundo me destruye a mí. En esa polaridad se juega gran parte del comportamiento generalizado y caótico, violento que observan en algunos niños autistas, específicamente en Marie-Francoise- que es siempre el caso que ven ahí como principal referencia-. Tengamos en cuenta que ellos también trabajan con niños institucionalizados. A veces la realidad de los niños institucionalizados -niños institucionalizados en ela década de los ’50, también hay que aclararlo-, que convive con enfermeras, terapeutas, profesionales, no es la misma realidad que la de un niño que llega de su casa, está escolarizado, tiene actividades, etc. Bueno, lo que ellos captan es esto: el rasgo de destructividad. Esto se deberían a la primacía de la pulsión de muerte. Esto es una idea fuerte en los Lefort que sostienen hasta el final de sus elaboraciones sobre el autismo: primacía de la pulsión de muerte que no ha podido ser atemperada por la estructura de lo simbólico. No hay demasiadas elaboraciones respecto al basamento teórico para sostener esta hipótesis. Yo encontré algunas en Freud que les quiero transmitir. Me parece que, de alguna manera, los Lefort comienzan a articular ahí la idea un poquito más a posteriori. Podemos establecer que Freud aborda esta cuestión en “El problema económico del masoquismo” en 1924. Allí comenta que:

Ees importante que la pulsión de muerte experimente una modificación de su fin destructivo. Para eso es importante que los procesos ligados a la vida orienten la mayor parte de la carga destructiva de la pulsión hacia el exterior con ayuda del sistema muscular.

Cuando esta modificación logra imponerse sobre la pulsión de muerte, Freud comienza a hablar de pulsión de aprehensión, voluntad de poderío, pulsión de apoderamiento. Sus manifestaciones se observan en el carácter violento que los niños imponen a ciertos objetos con los que se vinculan. Lo que resta de la pulsión de muerte en el aparato psíquico, aquello que no puede ser expulsado, aquello que no puede ser modificado, constituye para Freud el masoquismo erógeno. Está claro que Freud a esa altura no hablaba de la estructura de lo simbólico, pero en su lugar señala la importancia de la pulsión de vida que se mezcla con la pulsión de muerte tornándola en parte inofensiva para el organismo. Es interesante esta idea de mezcla o combinatoria pulsional porque muchos autores -lo encontré más en los kleinianos y post-kleinianos- explican mucho de los mecanismos defensivos que se ponen en juego en el autismo a partir de la desmezcla pulsional. Ahí solo prima la pulsión de muerte. Por ejemplo, el concepto de desmantelamiento de Donald Meltzer, que es un analista muy cercano a Tustin. El desmantelamiento es el mecanismo en el que cae el niño en el que parece que se desconecta. Muchos autores kleinianos lo explican como la desmezcla pulsional donde el niño queda ensimismado, obnubilado, atento a algún estímulo específico y muy particular.

 A partir de este punto -retomo a los Lefort- por qué resaltan tanto -y esto también es una constante- la primacía de lo muscular en muchos de los casos en los que trabajan y especialmente en Marie Françoise. La primacía de lo muscular, el comportamiento muscular de muchos de estos niños está determinado por la gran violencia mecánica que, por ejemplo, Marie-Françoise dirigía hacia los objetos dispuestos en el lugar. Ella los destruía, los arrojaba, los mordía, los trituraba; violencia que luego comenzó a dirigir hacia el cuerpo de Rosine Lefort. La rasguñaba, le jalaba el pelo, le apretaba la cara. Ahí Laurent señala que hay un “dejarse hacer” un poquito en exceso. No hay que dejarse hacer tanto. La primacía de lo muscular tiene que ver con eso, que se impone el cuerpo, se impone la realidad del cuerpo y el niño destruye las cosas. Así sucede en las primeras entrevistas con Rosine Lefort donde tira todo y después le pega 5 cachetazos “magistrales” -estoy citando textuales- a Rosine. La primacía de lo muscular es eso. Uno lo constata en los niños que entran al consultorio y arrasan, chocan las cosas, agarran, vacían, arrojan y uno está ahí con cara de palo no entendiendo absolutamente nada. Lo muscular de lo que hablan los Lefort -y mi referencia es Freud- es la de pura descarga y en este sentido una manifestación de una pulsión de muerte que no está ligada a una pulsión de vida -que no está ligada a la estructura de lo simbólico-. Esta manifestación del carácter destructor de la pulsión impide, para los Lefort, un acceso al Otro de lo simbólico en tanto no hay palabra que medie o detenga la pura descarga de lo muscular. Es importante señalar que ellos hablan de la “primacía de lo muscular” porque la primacía del cuerpo se impone a otros caminos de la pulsión: el camino que tiene que ver con lo escópico y el camino que tiene que ver con lo invocante. Lo muscular no da lugar a nada. Es una pura descarga. No hay un detenerse a ver, un detenerse a escuchar. A mí me sirve mucho la referencia a Lacan del Seminario I, en la que da cuenta de este tipo de presentaciones, en el capítulo 6. Lacan comenta el caso Dick y dice que está completamente en lo indiferenciado. No hay distancia. No hay diferencias. Melanie Klein dice que siente que es mueble para este niño. No hay registro del otro, no hay registro de los objetos. Todo es lo mismo.

Segundo punto: “El otro portador de objetos.”

Aquí ya empezamos a meternos en un camino un poco sinuoso en que los Lefort empiezan a servirse de conceptos lacanianos introduciendo una torsión muy singular que se sostiene en su práctica. Yo no tengo referencia de que Lacan hablara del Otro como portador de objetos, el Otro con mayúsculas. Ellos hablan de un Otro portador de objetos. Además de la primacía de lo muscular, en el autismo en general y en el caso de Marie Françoise -en particular-, esta primacía de lo muscular obstaculiza el despliegue de otro de los caminos que podría tomar lo pulsional para ser atemperado, para ser pacificado; un camino que debe pasar por lo escópico, por la mirada. Lo escópico -lo señalan en El nacimiento del Otro; no es algo que vayan a tomar en sus libros posteriormente-, como la capacidad de detenerse a ver, a contemplar -antes que a destruir-, un niño que se detiene ya puede establecer un campo de la visión de lo que tiene en frente; este detenerse a ver posibilita la constitución o el reconocimiento de una primera matriz -acá está la idea de matriz que después va a tomar Miller en la presentación del caso Robert- que los Lefort sintetizan con el matema: a + A. Ellos también matematizan su práctica y hablan de una primera matriz que los niños deben reconocer. La a minúscula puede ser el objeto imaginario, el alter ego imaginario del esquema Lambda a – a’, más un A, la del Otro. Esto da cuenta de que inicialmente el objeto, el pequeño otro, está adherido, está enganchado al gran Otro. Esa es la primera matriz: el objeto ligado, enganchado, sumado al gran Otro. Esta matriz hace del Otro un Otro portador de objetos. Tiene los objetos, objetos que pueden suscitar la atención del niño, promover su interés, objetos que se detiene a ver y que busca poseer. André Green -un colega contemporáneo de Lacan- señalaba que justamente la pulsión de vida tenía una función objetalizante, la pulsión de vida hace objeto, hace que me interese, hace que estimulen los objetos. En este punto podemos volver a leer la imposibilidad de la articulación entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte que los Lefort comienzan a caracterizar como un rasgo propio del autismo. ¿Por qué? Porque lo que van a señalar los Lefort es que esta matriz -la de un Otro portador de objetos- no existe como tal. En el autismo, ellos ubican otra matriz: es un pequeño otro -a-, separada radicalmente del Otro, A. Están los objetos, por un lado, está el Otro. No hay ligazón entre los objetos y el Otro. No se constituye ese Otro portador de objetos y ahora veremos en qué sentido es importante que esa matriz exista.

Entonces, esa matriz, ese Otro portador de objetos estaba presente en Nadia -que es el otro caso con el que comparan todo el tiempo a Marie Françoise-, pero no esa matriz no estaba presente en Marie Françoise. En ese punto radicaba en gran medida la distinción que permanece entre los cuadros. Nadia, a pesar de su pobreza simbólica y de su precariedad en los comportamientos, queda dentro de un cuadro de neurosis grave, mientras que Marie Françoise es caracterizada como autista con todas las letras. Nadia se interesaba por Rosine Lefort, la miraba, la contemplaba, se interesaba por los objetos que Rosine Lefort portaba, llevaba consigo. Ella los tomaba, se los pegaba al cuerpo, los exploraba con la boca, con las manos, llegaba a ocultarnos. Es decir que no solo los exploraba, sino que los exploraba en presencia de Rosine haciendo un nexo entre ese objeto que tiene en la mano y la presencia de Rosine. No será el caso de Marie Françoise. Nadia en ese punto producía una interrogación sobre los objetos, interrogaba los objetos. Esa es, incluso, la primera relación que tienen los niños con los objetos, el de interrogarlos. En la interrogación de los objetos se abre el enigma del objeto y la perspectiva simbólica.

Lo que nosotros vemos en el autismo es que el objeto es lo que es, que no hay interrogación. El objeto sirve para armar un parapeto, una defensa. Son autitos que se ponen en serie. Son hilitos, son objetos que se mueven sin cesar, que utilizan para hacer algún movimiento con la mano, que balancean, pero el objeto no es interrogado. Es lo que es. El objeto siempre tiene que ser otra cosa de lo que es. Lo simbólico me da la posibilidad de transformar esta lapicera en un cohete, de hacera volar. El niño autista tiene un interés en la lapicera por lo que pueda suscitar la superficie. No lo transforma en otra cosa. Es un objeto para apretar en la mano, para darle un tipo de consistencia a eso que intenta armarse como un cuerpo. Con Maleval vendrá algo de eso.

Entonces, Nadia producía esa interrogación a los objetos que Marie-Françoise no. Marie-Françoise no prestaba interés a los objetos de Rosine Lefort y tampoco le prestaba interés a Rosine Lefort sino más para ir a romper, para ir a marcar, para ir a tirar. Esa es la vinculación inicial que Marie-Françoise tenía con los objetos. ¿Qué significaba que Nadia ligara, enganchara, asociara los objetos -con los que se vinculaba- a la presencia de Rosine Lefort? Que podía inhibirse frente a estos, detenerse a ver. La presencia de la inhibición en Nadia y la ausencia de este comportamiento -la falta de inhibición- de Marie-Françoise es una distinción diagnóstica para los Lefort. Explica el estatuto que tiene el Otro en el autismo la ausencia de inhibición. La ausencia de inhibición es un rasgo que destaca Rosine para Marie-Françoise y que podemos observar en muchas primeras entrevistas con niños con este tipo de comportamiento -parecido al que tiene Marie-Françoise-. Es decir, cuando uno recibe a un niño, es una orientación; pero alcanza para hacer una distinción diagnóstica contundente. Pero cuando uno recibe a un niño, es importante observar cómo el niño se vincula con los objetos, cómo los mira, los agarra, los utiliza. Lo que observaba Rosine Lefort para Marie-Françoise -y que nosotros también podemos hacernos eco de esa observación- es que el niño avanza sobre los objetos más allá de la presencia del Otro, sin nunca ligar que ese objeto le pertenece al Otro. Se lo llevan a la boca, lo muerden, lo rompen, pero si alguien más está ahí, es alguien que puede estar o no estar -es indiferente-. Esa falta de inhibición en el comportamiento con los objetos da cuenta para los Lefort de que el Otro en el autismo no existe. Hablan de un Otro inexistente.

Tercer punto: “Nacimiento del Otro.”

Sin duda en aquella época -años ’80-, cuando sale el libro de los Lefort, la idea de «nacimiento del Otro» era un poco controversial en el campo lacaniano ya que se suponía y se sostenía que el Otro estaba de entrada. Laurent dedica algunas líneas en “¿Hay un final de análisis para los niños?” a esta idea de qué quieren decir cuando dicen «nacimiento del Otro». ¿Cómo es eso de que el Otro nace? ¿El Otro no está de entrada? Ellos introducen una pequeña torsión a partir de la idea de que el Otro es ante todo un Otro portador de los objetos. La posibilidad de tomar objetos del Otro sería también la posibilidad de marcarlo con una pérdida. El Otro se vuelve un Otro barrado, un Otro en falta, cuando el niño toma los objetos del campo del Otro. A su vez, el niño explora y tapona los orificios de su propio cuerpo con los objetos que toma del Otro, volviéndolos objetos significantes -otro concepto controversial-. ¿Cómo sería esa mezcla? Ellos hablan de objetos significantes. En un comienzo, los Lefort señalan que es importante que el cuerpo de un sujeto no esté agujereado, que no tenga la vivencia -ellos introducen una perspectiva topológica muy interesante que después retoma Laurent- de los orificios del cuerpo; que los orificios del cuerpo estén taponados por objetos significantes que tomó del campo del Otro. El niño queda desposeído, angustiado frente a los orificios de su cuerpo -lo que vemos también en muchos niños autistas cuando tienen que hacer caca, cuando tienen que hacerse la idea de que algo cae del cuerpo, cortarse las uñas, cortarse el pelo-, el niño queda frente a esa vivencia aterradora cuando hay algo del significante que no recubrió esos bordes, que no recubrió esos bordes. Por eso, para los Lefort es importante que el Otro sea un Otro portador de objetos, que el niño pueda tomar esos objetos y taponar, hacer borde a mis orificios y a partir de allí organizar una economía libidinal, una erogenización del cuerpo ligada al Otro y a los objetos y a los significantes que se han tomado del Otro. Es recién, en esta operatoria de articulación de los objetos significantes vinculados al Otro y al sujeto, que el Otro nace a lo simbólico. Es ahí cuando se puede hablar estrictamente para los Lefort de «el Otro de lo simbólico». Ese es el proceso que se produce en Nadia con el devenir de la cura y que se ve todo el tiempo obstaculizado en Marie-Françoise.

De la condición del Otro barrado, Lacan ya había dado cuenta de manera más alegórica en el Seminario VI a partir de la constitución del grafo del deseo. La culminación del grafo tiene signo de pregunta, es el punto donde un significante falta en el campo del Otro y produce una interrogación. El sujeto hace un cortocircuito por la vía del síntoma o por la vía del fantasma para no toparse con ese lugar angustiante donde el Otro no responde, donde el Otro no responde respecto del deseo y de qué somos para el deseo del Otro: “¿Qué me quiere?”, haciendo la referencia al libro de Cazotte, El diablo enamorado.

Lo que señalan los Lefort a partir de lo real de su clínica es que el Otro como sitio de interrogación, el Otro como punto del que voy a interrogar no aparece de entrada; primero sería un Otro que porta los objetos. Esto a veces pudo haber sido leído en una perspectiva un tanto ambientalista de la cual los Lefort se corren inmediatamente porque ubican que también tiene que haber una iniciativa de parte del sujeto, un ir a buscar esa interrogación. Maleval cuando revisa este punto señala algunas investigaciones de algunos colegas como Marie-Christine Laznik Penot -quien hace observaciones de niños con autismo- que dice que muy tempranamente el niño no tiene la iniciativa de ir a buscar, no busca ser calmado, no busca ser mimado, no busca ser mirado, pero uno podría decir que los Lefort también podrían sostenerse de esta idea. Tiene que haber esta búsqueda de esa interrogación que en muchos casos de niños con autismo no se -al menos si uno toma estas investigaciones que revisa Maleval de la psicoanalista Marie-Christine Laznik Penot- no se constata. No se constata ese ir a buscar, interrogar el campo del Otro. Esto para no caer en una cuestión ambientalista, de lo bien hecho-mal hecho. Sabemos que padre y madre son funciones.

Finalmente, para concluir este punto podemos ubicar otra de las cuestiones que establecieron con contundencia y que se tradujo en algunas posteriores de la cuestión del autismo -algunas interesantes y otras no tanto porque llevaron confusión- como el Otro de lo simbólico no puede articularse, atemperar lo pulsional, la pulsión de muerte ni involucrarse en el proceso de erogenización del cuerpo. Ellos hablan de del empalme del Otro y el cuerpo -que no termina de articularse-: es un proceso en el que siempre están articuladas palabras, miradas, sensaciones. Los Lefort plantea que el autismo en particular -por esta dificultad de empalmar el Otro de lo simbólico al cuerpo- y la psicosis en general son una a-estructura. ¿Qué significa esto? Que lo simbólico no termina de resolver la cuestión de la constitución de un cuerpo para los niños con autismo. De allí parte la referencia a la topología. Ellos dedican un capítulo muy tempranamente a la topología. Estamos hablando de 1980. Son pioneros para pensar la topología en el autismo. Luego, el que más bola le da es Laurent en “¿Hay un final de análisis para los niños?”, artículos de la década de los ’80-’90, de un Laurent muy joven. ¿Qué pasa cuando lo simbólico pareciera que queda por fuera, como parecen plantear los Lefort? ¿Cómo puede habitar el mundo un sujeto que ha quedado a las puertas de lo simbólico? Ellos de hablan de posturas muy singulares para hacerse un cuerpo, para habitar el espacio topológico en tanto en no tienen en cuenta el patrón de medida fálico. Recordemos que ante todo el falo es una respuesta a lo enigmático del deseo, y que señala el camino, una orientación -por el campo del ser, por el campo del tener-. Bueno, ¿cómo hace un niño para habitar un espacio sin tener estas referencias? Son costuras muy singulares, arreglos muy singulares, formas de corporeizarse muy particulares en los niños con autismo. Podemos señalar que para los Lefort, el autista mantiene una relación de exterioridad con el Otro de lo simbólico. Señalan que “a lo sumo puede ser experimentado como un otro real, un Otro completo, sin agujero, como una presencia inquietante, incluso -esto lo dicen en la década de los ’80- alucinatoria”.

Mi hipótesis es que este pasaje de lo simbólico a lo real -del Otro de lo simbólico todo, no de un significante solo que retorna como en la psicosis- es lo que sienta las bases de los desarrollos posteriores de Éric Laurent en torno al particular carácter alucinatorio que es el ruido de lalengua. Laurent hace una distinción. El niño autista está alucinado, está en la presencia de lalengua -como esa multiplicidad de equívocos- que aturde al niño y el niño se protege de lalengua. Lalengua es un concepto tardío de Lacan, pero hay que decir que a la altura de la década del ’60 cuando repasa un caso de Sami Ali dice que si el niño autista se tapa los oídos es porque se protege del verbo. Pero no es retorno de un significante a lo real al modo de la injuria como se observa en las psicosis, sino que es lalengua que el niño alucina y en la que parece estar tomado. Allí ya podemos pensar una distinción entre el autismo y la psicosis.

Cuarto punto: consecuencias a nivel de la constitución y de la erogenización del cuerpo

La concepción del cuerpo a la que acceden en el autismo la suponen de la ausencia de la mutación de lo real en significante. Lo real del cuerpo no se transforma en significante. La describen, por ejemplo, a partir de episodios muy singulares, pero principalmente a partir de los episodios de embadurnamiento de Nadia y Marie-Françoise y la distinción que establecen entre los mismos. Tanto Nadia como Marie-Françoise dejaban caer lo que comían, se embadurnaban la boca, hacían caca y se embadurnaban con ella todo el cuerpo. La clínica de los Lefort es a veces tan detallista que además de abrumadora es desorientadora, pero lo que hay que decir es que tenían una observación implacable. Ellos distinguen incluso el embadurnamiento de la una y de la otra. Nadia, quien no estaba dentro del autismo, se embadurna toda. Marie-Françoise se embadurna los bordes de los ojos y los bordes de la boca. En estos episodios de embadurnamiento se concibe que lo que se concibe al interior del cuerpo -la comida y los desechos corporales- lo extendían sobre la superficie exterior del cuerpo, sobre la piel. El autismo demuestra que ambas superficies -la interna y la externa- se reúnen estructurando el cuerpo como una superficie y no como un volumen con un interior y exterior separados. A estos fenómenos lo llaman fenómenos protoimaginarios en tanto forma de hacerse una imagen, de limitar una superficie corporal sin pasar por un imaginario establecido. Esto del imaginario establecido se lo robo a Laurent. No está dicho por los Lefort. Laurent es quien habla de la especial forma de hacerse un cuerpo sin pasar por lo imaginario establecido. No lo dice explícitamente, sino que lo sugiere en La batalla del autismo. En Nadia, ese embadurnarse el cuerpo la lleva a interesarse por la imagen en el espejo en presencia de Rosine Lefort. Ella va a verse y busca ser mirada en ese cuerpo que se ha armado con sus desechos. Está ligada nuevamente esa relación a los objetos que se desprenden del cuerpo porque ella pega su cuerpo a la presencia del Otro. En Marie-Françoise no es el caso. Nadia busca apoyo en la mirada de Rosine -en el espejo-, Marie-Françoise no -para ella es como una simple exploración de la superficie del cuerpo, un intento de armarse un cuerpo con eso que cae de su propio cuerpo-.

Encontramos ecos de este armado de un borde del cuerpo -aunque los Lefort no hablan de borde, sino de fenómeno protoimaginario– en las elaboraciones posteriores de Maleval. Por eso digo que los Lefort tienen una vigencia. Maleval señala que una forma de hacer un primer borde es el borde como superficie corporal y habla de armarse un cuerpo con lo que cae del cuerpo. Hay una referencia como muy ensimismada, no con lo que tomo del Otro, sino que me armo con lo que se desprende de mí algo en la boca, en los ojos -una superficie de continuidad-.

En esta descripción podemos pensar que Laurent se apoya para establecer que el espacio en el autismo es un espacio topológico que trasciende al del cuerpo circunscripto más allá de la forma que puede captar el niño en el espejo, de la polaridad contenido-continente. Este espacio topológico -el ejemplo clásico de Laurent- es el que puede llevar a un niño interesado -por ejemplo, en los aviones- a aterrorizarse al escuchar pasar a un avión por el cielo, como si no existiera distancia entre el avión y su cuerpo, como una superficie de continuidad donde no hay exterior ni interior. Como le gusta el avión, el avión se le vienen encima. Es un sin-medida que retumba sobre la superficie del cuerpo y hace de esa experiencia una experiencia de mucha angustia.

Es común escuchar en la actualidad hablar de estas presentaciones de niños profundamente aturdidos por lo que escuchan afuera -el afuera es un afuera nuestro-, pero pareciera que retumba sobre el cuerpo y también en los de Meltzer. Donald Meltzer también trabaja estas cuestiones: el niño que se pega al ojo del terapeuta y luego va y se pega al ojo de la ventana como si el ojo del terapeuta y la ventana estuviesen en la misma superficie de continuidad y eso estuviera ligado a la superficie de su cuerpo.

Quinto punto: primeras elaboraciones sobre la función del doble real.

En la actualidad escuchamos mucho hablar en las presentaciones de caso de colegas acerca de la importancia de la función del doble en el autismo. Se llega a decir que el analista tiene que tomar el lugar del doble en la transferencia, volverse un partenaire en la vía del doble, constituir un autismo de a dos siendo una especie de apoyo del niño con autismo. Los primeros en hablar de doble en el autismo fueron los Lefort con el caso de Marie-Françoise. La perspectiva dista un poco de la que presenta Maleval. Rosine tuvo ese lugar para Marie-Françoise así como algunos objetos que fue tomando: un muñeco de caucho, otro bebé de goma.

Hay antecedentes previos en los Lefort de este lugar de apuntalamiento que tienen algunos objetos, algunas personas para los niños con autismo en lo que es la orientación postfreudiana incluso. Margaret Mahler habla en términos muy ambientalistas de un tratamiento tripartito donde el terapeuta es una especie de sustituto materno que genera una función de apoyo para el niño. Incluso se ve en los casos de Mahler, en el libro que publica en el ’67, Simbiosis humana, vicisitudes de la individuación, como la terapeuta a veces hace eco de algunos comportamientos del niño y ahí podemos pescar algo del doble, como haciendo eco de lo que el niño dice. Por supuesto que Mahler apuntaba a restituir una función que no se habría dado de la buena forma en el caso de la función materna. Esa no es la perspectiva ni de los Lefort ni de Maleval cuando hablan del doble real. También en Bruno Bettelheim cuando analiza muchos casos, principalmente el caso Joey, conocido como el «niño máquina». Bettelheim empieza a ver cómo este niño comienza a salir de su ensimismamiento cuando hay cosas que lo inquietan y eso lo comienza a vincular con otros niños de la escuela. Tiene dos personajes especialmente que lo ayudan a salir de ese ensimismamiento, lo que podemos leer en la perspectiva del doble. Bettelheim habla de «alter egos imaginarios». A partir de la relación con Ken y Mitchel, Joey empieza a salir de su encapsulamiento. Esta era una idea que se estaba trabajando, una muy arraigada en la práctica clínica institucional y que los Lefort comienzan a ubicar por la vía del doble real porque hay algo de lo imaginario que ahí no termina de cuajar, que no termina de dar forma a lo real del cuerpo. El doble real en el que se apoyan muchos sujetos autistas puede entenderse para los Lefort como un tratamiento de ese Otro real, una declinación, un artificio del que el niño autista se sirve para evitar ese encuentro con el Otro que le resulta inquietante. Para los Lefort, esencialmente ese doble tiene como función el taponar los agujeros del cuerpo -es obstaculizante la función para los Lefort- e impedir todo acceso al campo de lo simbólico. Nuevamente, como el niño no toma los objetos, no liga los objetos del Otro al otro, lo que empieza a aparecer en Marie-Françoise es que agarra un muñeco y se lo mete en la boca y hace como forma de la boca; come con el muñeco. Son arreglos muy singulares. Se pega el muñeco a la mirada, armando una especie de ensimismamiento con el objeto. De esta manera, cada vez que Rosine la interroga -como algo del Otro-, ella va y tapona eso con el objeto con el que arma una especie de doble. En este punto es un obstáculo para el acceso para el Otro simbólico. No es el caso de Maleval, quien piensa que hay todo un camino para hacer sostenido desde la función del doble que pueden tomar algunos objetos, incluso el practicante o analista.

Sexto punto: esbozos de una distinción

Progresivamente, comienzan a establecer una distinción entre psicosis y autismo en una entrevista que les realizara el psicoanalista François Ansermand, antes del fallecimiento de Rosine. Rosine comenta que el autista apunta a la división del Otro y no hacia su completud como en las psicosis. Apunta a marcar al Otro con una pérdida. En esta distinción sigue priorizando la prevalencia de la pulsión de muerte, ir sobre el otro para marcarlo, en tanto el autista apuntaría en producir un agujero en lo real del cuerpo del otro mientras que el psicótico pareciera que se acomoda mejor, más fácilmente al otro. Esto no significa que sean niños adorables o educados, sino que se acomodan mejor al lugar del objeto del goce del Otro. Acá tenemos referencias a Lacan en 1969 cuando en la “Nota sobre el niño” indica que el niño psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma materno.

Otro punto que destaca Rosine Lefort en la entrevista que le realizara Ansermand es que en el autismo -este es un punto fundamental- no se observa el balbuceo típico con el que el niño va tomando posesión de la lengua. El niño toma posesión de la lengua a partir de ese juego, ese balbuceo, ese fraseo musical que hacen muchos niños. El balbuceo ya implica un trabajo de cifrado, de apropiación, incluso el intento de dominio y apropiación de la lengua. Ya hay un cruce al Otro de lo simbólico en su entonación, en afectividad. A pesar de esta dificultad de apropiarse del significante a través del balbuceo, los Lefort plantean una frase un tanto enigmática -luego Maleval le da un poco de elaboración- que dice que el autista no termina de apropiarse de la lengua del Otro, no puede inscribir la lengua a partir de un S1, pero es sensible al S2 -S2 que en las fórmulas lacanianas da cuenta del saber-. En ausencia del S1, el S2 no puede representar al sujeto, es decir de un saber que no representa al sujeto. Los Lefort hablan de un saber desubjetivizado. Uno lo constata muchas veces. Es como si los niños con autismo tienen un saber enciclopédico de determinados temas, pero como en automático, como si no pudieran más que estar repitiendo.

Yo tenía un paciente institucionalizado que tenía una capacidad extraordinaria. Uno le decía: “¿Qué día cayó el 8 de diciembre de 1874?” y respondía: “Martes.” “¿Qué día cayó el 10 de enero de 1870?” y decía: “Miércoles”. Eso se iba a constatar y todos estaban maravillados. Él rememoraba todo el tiempo. Saludaba así: “Hola, Mauricio. Hoy es 10 de febrero. Se cumplen 54 años del Boca 2 – River 1 en la cancha de Boca. Un avión se cayó en Atlanta”. Y evocaba cosas que le resultaban significativas y todos los días era eso. Eso es un saber desubjetivado.

El sujeto dispone de los significantes -dicen los Lefort y luego lo toma Maleval-, pero no los asume como propios. De ahí que los Lefort planteen una idea compleja de que en el autismo se constate en la forclusión de la Bejahung. La Bejahung para Freud es la afirmación primordial.

Acá tenemos otra referencia. Cuando Lacan le pide a Jean Hyppolite que comentara el texto de “La negación” de Freud, Hyppolite señala que la Bejahung se inscribe -lo tomo porque empalma con lo que venimos hablando de pulsión de vida/pulsión de muerte- en un primer mito del afuera y del adentro, un mito en la construcción del aparato psíquico. Lo que introduzco en mí constituye el adentro. Expulso el afuera. Lo que se incluye ha sido parte de una Bejahung, de una afirmación primordial. Lo que queda fuera va a ser una Asstosung, una expulsión primordial. Lo interesante es que para Freud esta primera polaridad entre lo que se incluye y se expulsa, se corresponde con la oposición entre pulsión de muerte y pulsión de vida. La afirmación -como sustituto de la unión- pertenece al Eros -a la vida- y la negación -sucesora de la expulsión- a la pulsión de destrucción. Es lo que escribe Freud en 1925.

De alguna manera, el postulado de los Lefort de la primacía de la pulsión de destrucción es consecuente entonces con la imposibilidad de una Bejahung, una afirmación primordial, correspondiente a la pulsión de vida. Dejaremos este desarrollo en este punto. Es interesante que mantengan esta referencia presente para seguir -a mi modo de ver- la propuesta de Laurent en relación a que el autismo se pone en juego una forclusión más radical. Laurent no habla de forclusión del Nombre-del-Padre, sino que habla de forclusión del agujero. Y antes de que Laurent hablara de forclusión del agujero, los Lefort hablan de forclusión de la Bejahung.

¿Qué puede llegar a significar que el autista sea sensible al saber, S2, sin haber producido esta afirmación primordial? Que en ausencia de esa afirmación primordial, de ese significante amo, de ese S1que ordene alguna especie de carretera principal, el niño con autismo puede obtener algún tipo de ordenamiento por la vía del S2, por el saber. Lo podemos ver en muchos casos de autistas que logran desarrollar una forma particular de incluirse en el mundo, en el lenguaje. Por ejemplo, en el cao de Owen Suskind. Él había logrado organizar su vida… El documental estaba en Netflix. Se llama Una vida animada. Ahora está en YouTube. El director es Ron Suskind, el padre de Owen. Dura una hora. Owen había podido armarse una vida, ordenarse una vida, incluso una enunciación alrededor de los diálogos de Disney. Él era fanático de las películas de Disney. Veía las películas de Disney hasta el hartazgo. Muchas veces la familia lo acompañaba. A partir de las películas de Disney, él pudo tomar la palabra al modo de lo que Laurent llama una enunciación artificial.

Séptimo punto: rechazo de la alienación significante

Este es un tema que está muy vigente en Maleval, pero que también viene de los Lefort. De esta elaboración respecto a la forclusión o ausencia de Bejahung y de la sensibilidad al S2 -a un saber que queda desubjetivado-, concluyen que en el autismo no se constata la operación de la alienación significante.

Dentro de la constitución subjetiva, Lacan plantea dos operaciones lógicas: alienación y separación en el Seminario XI. El rechazo de la alienación significante junto con la imposibilidad de tomar objetos del campo del Otro, separar objetos del campo del Otro, hacen de la cuestión del doble un elemento fundamental en el autismo. Esto ya lo habían trabajado en El nacimiento del Otro. Como el sujeto no se divide -porque los significantes que tomamos del Otro nos dividen-, la división del sujeto se produce en lo real del doble, en lo real de lo mismo. El niño no toma significantes del campo del Otro en el que puede reconocerse porque rechaza -y ahí tenemos la salida de la perspectiva estrictamente ambientalista- toda dependencia del Otro. El rechazo de la alienación significante excluye la posibilidad de la identificación primordial y el doble en el autismo es utilizado para obturar aquello que se manifiesta lo que se manifiesta como apertura al campo del Otro. Esto para los Lefort. No será el caso de Maleval. Allí donde debería abrirse la interrogación al campo del Otro, la figura del doble aparece para poner fin a esa interrogación y taponarla. Solo basta escuchar a un niño repetir frases de Buzz Lightyear, de Woody, personajes de Toy Story para dar cuenta de que no se dirigen a ningún Otro, como dice Lacan, no dirige ningún llamado. No se dirigen al Otro, se escuchan a sí mismos -como dice Lacan en la conferencia en Ginebra sobre el síntoma-. El autista se dirige a su doble, que es una especie de división en lo real de sí mismo.

Eso lo puede llevar a ubicar en algún momento ciertas coordenadas que lo ponen en comunicación con el Otro como cuando Owen -el de Una vida animada– grita incansablemente, repetitivamente, monótonamente grita: “Juicervoice” y en principio repite esa holofrase que no remite a nada mientras ve la película La sirenita. Es una palabra que inicialmente está por fuera del código del Otro. Pero su madre Cornelia interpreta como una frase que su hijo puede llegar a dirigirle. En vez de “Juicervoice”, interpreta “Just your voice”. A partir de esa holofrase que la madre de Owen toma a su cargo, se da inicio a un diálogo inédito con su pequeño hijo, tomando los personajes de Disney como dobles reales que sostienen una enunciación. Acá hay un pequeño invento. No es que Owen se dirigía camufladamente a la madre. Hay algo que él dice y el Otro anticipa un sentido y luego hay un consentimiento en el niño a ese sentido introducido por el Otro. Y se arma como una especie de diálogo entre Owen y sus padres en base a las películas de Disney.

La idea de holofrase radical es un concepto aportado por Laurent, holofrase en tanto no remite a ningún significante, pero que da cuenta de una situación de cuerpo. En el caso de Owen podemos interpretar que la frase se vinculaba con su estrecho mutismo porque no hablaba y cada tanto emitía sonidos que se vinculaban al estar viendo películas de Disney. Uno no podría decir que era ecolálico en el sentido que repetía frases armadas de la película de Disney. Era algo que le producía la película de Disney. Eso deviene una frase dirigida al Otro y en ese consentimiento, algo de un diálogo se instituye.

En este punto, para los Lefort -a diferencia de Maleval- la persistencia del doble no permitiría ninguna apertura posible al campo del Otro. Para Maleval, en cambio, es apoyándose en el doble que el autista desplaza su encapsulamiento y puede pasar a constituir un Otro de síntesis, un Otro del signo como en el caso de Owen.

Octavo punto: la estructura autista.

Bueno, iría cerrando la presentación con la estructura autista. Se produce un pasaje de la a-estructura -como presentaban en La distinción del autismo– a una estructura autista. Distingue tres rasgos como propios, específicos del autismo: 1. Primacía de la pulsión de destrucción -insisten con esta idea, de que algo en la pulsión de muerte no puede ser atemperado por lo simbólico-. 2. Presencia del doble, el doble como una forma de articular, de maniobrar con lo inquietante de la presencia del Otro, un Otro completo, un Otro que se presenta en lo real. 3. La ausencia de alienación significante.

Esos son los tres componentes de la estructura autista a partir de la cual luego devendrán los desarrollos de Jean-Claude Maleval. Es él el primero en tomar la idea del rechazo de la alienación significante. Las elaboraciones de Laurent irán más bien en relación con la topología que también introducen los Lefort.

Me permito cerrar aquí. Hasta aquí mi presentación.


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