El Objeto Autista – por Mauricio Beltrán – 2021/08/18

Voy a agradecer primero a Silvia Kleiban y a todo el equipo de Mafalda este año en dos oportunidades, lo que redobla la confianza y la responsabilidad que suscita preparar estas clases para la gente interesada en la temática del autismo.

Pensaba un poco que no se puede hablar de objeto autista sin hacer mención a la psicoanalista inglesa que lo describiera y lo conceptualizara por primera vez en 1972. Me estoy refiriendo a Francis Tustin en el libro Autismo y psicosis infantiles, un libro que después salió en castellano en la década del ’80. Tustin tiene una visión del objeto como un objeto protector, fundamentalmente defensivo y por eso es muy cautelosa y cuidadosa. En esa época había un empuja a librar o desprender a los niños de sus objetos y eso para Tustin resultaba muy contraproducente, pero no dejaba de destacar su condición profundamente patologizante. Esto quiere decir que para Tustin, el objeto tenía que terminar siendo cedido, tenía que caer en el trascurso de un tratamiento psicoanalítico. Ella decía: “Tranquilo, muchachos. No de entrada. El objeto cumple una función defensiva protectora para este niño”. Hay varios aspectos desde los que se puede abordar el objeto autista desde Tustin. Uno podría ser justamente esta función de protección que cumple el objeto ante lo que llama un traumatismo oral precoz, una separación prematura del niño del pecho materno que produce la vivencia de un agujero negro y el objeto autista viene a obturar esa vivencia de agujero negro en el niño. Y con ese objeto clausura ese agujero, pero también clausura su acceso al mundo circundante. Por eso Tustin proponía que este objeto debía caer finalmente. Ese es un aspecto en el que no me voy a detener. Voy a destacar aspectos más operativos para la clínica actual del autismo que desde la orientación lacaniana no consideramos que sea un objeto patologizante -para nada-, sino una herramienta de trabajo con el niño.

En ese punto, hay un segundo aspecto que toma Tustin -que me parece relevante- para contemplar otro tipo de función además de la función de protección y de obturación: ella plantea que a diferencia de otros objetos del mundo que rodea al niño, este objeto que toma el niño para obturar esa vivencia de agujero negro comparte ciertas características con la situación corporal del niño.

Tustin habla, por ejemplo, de estos niños como niños atmosféricos en tanto se confunden con el ambiente, se confunden con la atmósfera que los rodea, con el espacio. Hay una tendencia a describir a estos niños con estas problemáticas de esa manera en un gran repertorio de distintas orientaciones. Lacan sigue más allá cuando describe el caso Dick de Melanie Klein. Destacaba que este niño estaba enteramente en lo indiferenciado. Hay ahí una confusión del espacio con el cuerpo y con el niño. Para Tustin, los niños autistas se hacen un cuerpo, ganan tonicidad, ganan sustancia a partir de este objeto con el que se encapsulan y con el que clausuran todo acceso al Otro. Por eso habla de un uso idiosincrásico del objeto, muy singular, que en general no se relaciona con los usos y costumbres de los objetos. Esther Bick, una psicoanalista inglesa, en el mismo sentido en el que hablaba Tustin, describía la constitución de una segunda piel -en algunos casos de autismo- a través de la identificación adhesiva -decía ella- o la ecuación adhesiva -una especie de identificación inmediata a las características físicas del objeto. Y Tustin también hablaba de que los niños que portan objetos duros en generalmente constituye una especie de autismo caparazón. Y los niños que portan objetos blandos constituyen una especie de autismo confusional.

La clínica del autismo nos presenta lo que se habla desde los kleinianos, pero también Rosine Lefort lo toma para el campo lacaniano, de una identificación que no pasa por el significante, se habla de identificación adhesiva, de ecuación adhesiva. En campo de los kleinianos sería una identificación que no pasa por la representación, sino por las características físicas. Es una identificación que recusa del otro. Menciona al pasar algo muy interesante que estoy investigando. Ojalá que en algún momento tenga la oportunidad de desarrollarlo. Hay toda una perspectiva en la última enseñanza de Lacan que Jacques-Alain Miller la ultimísima enseñanza de Lacan, en donde Lacan acentúa la relación del parlêtre -ya no habla del sujeto del significante- con el cuerpo que no pasa por el Otro y los significantes. Lacan en su ultimísima enseñanza en lugar del Otro hay -dice-: “un principio de identidad totalmente distinto que es el cuerpo. No es cuerpo del Otro. No es un cuerpo recortado a partir de los significantes del Otro, de los tres tipos de identificaciones freudianas, sino que es un estatuto del cuerpo propio. En ese punto no se trata de identificación sino de pertenencia. Miller, haciendo la lectura de este ultimísimo Lacan, lo llama el Un-cuerpo y lo vincula estrechamente con lalengua -un concepto de Lacan del S. XX en adelante-.

Podemos entonces extrapolar esta perspectiva de la ultimísima enseñanza de Lacan a la condición de pertenencia que Tustin le asignaba a los objetos que el niño autista porta para intentar captar, capturar, incluso para su cuerpo, ciertas características físicas, concretas y materiales en una especie de transitivismo que no pasa tampoco por el espejo. No pasa ni por el significante ni por el espejo esta especie de identificación inmediata del niño con sus objetos. Hay una interlocución directa entre los autores que escriben los primeros casos de autismo, a veces sin que sea directamente entre ellos; Bruno Bettelheim también acentuó esta perspectiva cuando acentuó el comportamiento de Marcia, un caso de una niña de 11 años con la cual trabaja en la Escuela Ortogenética de Chicago -de la cual era el director-. A su ingreso -nos cuenta Bettelheim-, Marcia no poseía ningún objeto, solo emitía algunas palabras y tenía una conducta persistente de dedeo frente a los ojos. Explica que el dedeo es agitar el dedo frente a los ojos. Bettelheim también decía que era con dos dedos. Y Bettelheim dice: “Cuando comience a vincularse con ciertos objetos que le ofrecen en la escuela”, lo dice Bettelheim y yo lo comparto “con cierta cautela hay que propiciar el encuentro y la dinámica con los objetos. Cuando comencemos a ofrecerle los objetos […]”, los primeros que comienzan a ofrecerle en la escuela son una cinta de tela, observan que extendían sobre estas telas el mismo comportamiento que primero había realizado con su cuerpo. Es decir, con las telas hacía el dedeo, con la diferencia que la inclusión de esas telas de ese primer objeto le permitía mayor grado de variedad y elaboración de una actividad autoestimulante. Es decir, complejizaba el comportamiento, el uso de ese objeto. Y agrega: “Mientras que las heces que caía de su cuerpo había sido una parte de su cuerpo convertidos en objetos exteriores que ella manejaba, estas cintas habían sido originariamente objetos exteriores que al ser dedeados se convirtieron en parte de su cuerpo”. Yo digo que es un poco el pegaje que tienen que pasar ciertos objetos para incluirse en ese encapsulamiento en ese borde autista; pasar a incorporar las características de los movimientos que realiza el niño.

Entonces, a partir de esto podemos establecer un primer criterio de definición del objeto o de los objetos autistas que adquieren valor para estos niños por sus características físicas y concretas antes que por sus potenciales características representativas. Eso viene después en el mejor de los casos cuando el niño llega a hablar la lengua del objeto como mencioné en nuestro encuentro anterior. Es decir, lo que le interesa al niño es la sensación que le procura la lapicera en la mano. No le interesa hacer con esta lapicera una espada o un avioncito, sino la sensación que le genera en el cuerpo. A partir de esa sensación constituye una especie de autoidentidad con la que puede recortarse de esa especie de estado de indiferenciación o estado atmosférico o estado de confusión con el medio circundante.

Para Éric Laurent -podemos señalar- que los objetos en el autismo se presentan como objetos en forma de a. “Se tratan de objetos que dan forma al goce pulsional que se presenta desregulado, específicamente al goce que se vincula al deseo y a la demanda del Otro” y que cobra consistencia en el objeto voz y en objeto mirada, pero también en los objetos anal y oral; son objetos que se vinculan en una dinámica con el Otro. Como ya mencioné en la clase anterior, a partir del Seminario X, Lacan comenzó a abandonar la idea del cuerpo como imagen ligada al estadio del espejo, a la buena forma por un cuerpo ligado a las zonas erógenas y a las particularidades en que éstas se constituyen en el recorte de los objetos pulsionales -que no necesariamente pasan por la buena forma-. En este punto, lo que señala Lacan es que lo que anima el cuerpo es un no-visible, lo que no se refleja en el espejo. Es una diferencia sutil y fundamental que nos lleva a preguntarnos -siguiendo a Laurent-: ¿Qué es lo que captura el objeto o los objetos autistas del objeto pulsional desregulado que se pone en forma en su uso iterativo? ¿La voz? ¿La mirada? ¿Qué captura ese objeto del que un niño no puede desprenderse? ¿Lo que sale y lo que entra del cuerpo? Hay muchos niños que van al baño, por ejemplo, y que se aprietan o se aferran a un objeto. Ya veremos un poquito del caso de Bruno Bettelheim que es muy significativo en ese aspecto; como si trataran de regular lo que cae, incluso lo que entra, sosteniéndose de ese objeto. El objeto a -para Lacan- supone una extracción de goce que delimita una falta que motoriza el deseo. Esta extracción no se constata en el autismo. Lo que observamos en su lugar son intentos de tracción de goce en lo real que llevan adelante a partir de sus objetos en circuitos iterativos que se articulan con alguna parte del cuerpo, con algún segmento corporal. Este es el punto que, según Jean-Claude Maleval, no tuvo en cuenta Francis Tustin cuando describe la función de estos objetos: la función de animación libidinal del ser que poseen estos objetos en la medida en que regulan el exceso de goce. Al oficiar de reguladores del exceso de goce, hay algo del cuerpo que se atempera y que se anima de otra forma que cuando no poseen el objeto. Por eso Maleval plantea que, en lugar de hacerlos caer -como pensaba a largo plazo Francis Tustin- la dirección de la dirección de la cura debe apuntar a complejizar el uso del objeto autista. Él incluso habla del pasaje de un objeto autista simple a un objeto autista complejo. Lo que ofrece el objeto autista al niño que lo porta es una dinámica libidinal, sin la cual su cuerpo queda mortificado o invadido por una crisis de excitación mortificante. Es un aparato de extracción de goce que se localiza en el borde del cual el sujeto no puede separarse más que por la vía del dejar caer, de la crisis. No puede dejar el objeto y ya. Tiene que separarse de ese objeto mediante una crisis de excitación.

Entonces, ahí encontramos un segundo punto. El primero había sido focalizar en las características físicas del objeto antes que en las características representativas. El segundo punto entonces de la función de los objetos autistas -o que cumple la función de los objetos autistas- es la función de vitalización del cuerpo en tanto captan el exceso de goce que no pudo ser extraído y ponerlo a distancia. No es lo mismo el objeto autocentrado en el cuerpo, donde el niño se golpea, se araña, se lastima -estamos hablando en casos muy graves- y el goce puesto a distancia en un objeto donde el objeto se mueve y hay algo del cuerpo que se relaja. Maleval dice que cuanto más alejado del cuerpo, más posibilidades de abstraer el objeto, de volverlo interés específico y más regulado va a estar el cuerpo. La regulación de ese exceso produce una animación muy particular del cuerpo que “no pasa por ningún imaginario establecido”. Esto es una frase contundente de Éric Laurent.  Esta manera de regulación caracterizada por balanceos, dedeos, movimientos estereotipados, animación que cesa abruptamente o se interrumpe cuando la función del objeto se ve sobrepasada por aquellas situaciones que confrontan al niño o a la niña con un goce en exceso que no se deja atrapar por el objeto. Por eso, Laurent -en la década de los ’80- hablaba del objeto condensador de goce. Hay algo ahí que condensa, pero cuando no puede condensar el goce porque está en exceso, se tiene que desprender del sujeto. No alcanza con ese objeto.

Recuerdo, por ejemplo, el caso de una niña con la que trabajé en una institución hace muchos años. Apenas llegaba a la institución con el transporte, pasaba por la ventana de la cocina en que se ofrecía un envoltorio de galletitas Surtido o Terraguci -la amarilla o la roja-. No podían ser otras. Mientras caminaba hacia la sala, se iba despojando de su ropa y comenzaba a mover el envoltorio sobre su rostro extasiado de felicidad acompañando este movimiento de un golpeteo de su codo sobre el costado dorsal de su cuerpo produciendo un sonido muy particular. Este es un imaginario no establecido. Es la niña haciendo este movimiento y golpeándose con el codo mientras emitía un sonido rítmico. Eso es un imaginario no establecido. No es un imaginario que organiza el cuerpo según la buena forma. Así este movimiento y hacía un sonidito que era: “ah, ah, ah”. Cuando llegaba Susana, se sentaba en el suelo haciendo estos movimientos rítmicos podía estar un buen tiempo. Vemos aquí el cuerpo animado a través del objeto con ciertas secuencias de sonidos y de movimientos, pero en determinado momento arrojaba el papel y comenzaba a morderse la parte superior de la mano que antes lo sostenía mientras que con la otra se arrancaba mechones de pelo. La aparición de un nuevo envoltorio hacía cesar esa escena tan tremenda. Arrojaba el papel y se mordía la muñeca y se arrancaba el pelo con la otra mano. Hay nuevamente el intento de extraer algo del exceso que vivencia en el cuerpo que ya no captura el envoltorio con el que hacía este movimiento rítmico. Me parece un ejemplo muy interesante.

Situación similar, más o menos, vivía Bettelheim con Joey -el conocido niño máquina-. Circulaba por la institución con una serie de objetos diversos con los que parecía constituir una especie de maquinaria muy pesada que lo rodeaba, por eso lo llamaban el niño-máquina. Eran chapas, cables, focos. En compañía de estos pedazos de cosas que había tomado del mundo. Esto es algo que quiero destacar, que son pedazos de cosas. Quiero acentuar esta perspectiva porque es habitual que inicialmente el niño trate de hacer un circuito con lo que cae del otro, con los restos del otro. Mencioné los envoltorios, pedacitos de objetos u objetos destruidos. Difícilmente se interese por objetos que posean algún valor estético o algún valor emocional para el otro. Son pedacitos de cosas, restos. Parece que agarran lo que cae. Reitero, gracias a esos pedazos de objeto con los que constituía su máquina, podía comer, ir al baño, llegar a alguna mínima interacción con los pares y con los terapeutas, se acostaba a dormir rodeado de esas porquerías. Es un uso particular que daba a estos objetos para lograr cierta regulación -como la paciente del caso anterior- de los objetos pulsionales. Hablaba por una especie de tubo cuando largaba una palabra. Ahí vemos la puesta en forma del objeto voz, la regulación de la voz, hacer pasar la voz por un tubo. Apretaba un foco con su mano cada vez que iba a hacer caca al baño. Ahí también vemos cómo intenta regular algo de el objeto anal y objeto anal ligado a la demanda del Otro. El Otro pide que hagamos en un lugar determinado, bajo determinadas condiciones. Él, apretando ese foco, podía hacer caca y también pis, o sea desprenderse de las sustancias que caían de su cuerpo. Había constituido también un ritual para comer en el que involucraba a estos objetos junto a servilletas y sorbetes. Ahí también tenemos la puesta en forma del objeto oral.

En cada uno de estos objetos pulsionales a través de los objetos autistas se observa un modo de arreglo singular que no pasa por el Otro del lenguaje -no se come como establece la institución, sino que son reglas muy particulares que le permiten hacer todas estas necesidades básicas-. Lo simbólico en este punto no regula y de allí la autorregulación impuesta por el sujeto apoyado en sus objetos. Sigo a Maleval cuando señala que el objeto que el objeto autista es una especie de borde prêt-à-porter, listo para llevar, del que el niño autista puede servirse para encarar diversas situaciones sociales e individuales. Es la tercera función, entonces. Dijimos las características físicas, dijimos la vitalización del cuerpo. Tercera función: mediación protectora contra la angustia que suscita todo aquello que haga signo de la presencia del Otro, la voz y la mirada fundamentalmente. Y además cumple con la función de regular y modular los afectos. Cuarta función: modulación y regulación de los afectos. En tanto como señala Donna Williams -una autista de alto nivel-dice: “el termostato afectivo no funciona”, está como desregulado. Ella lo dice en primera persona. Esto quiere decir que sirven de soporte encarnado para la modulación de los afectos que desbordan el cuerpo, para poner en palabras, para regular, para encarnar algo de los afectos que, al no tener la regulación de lo simbólico, enloquecen el cuerpo. Así, por ejemplo, un niño que siempre porta títeres cuando llega a mi consultorio puede dirigirse a mí con tono y aspecto de enojo y decirme que “Felipe” -que es el nombre del títere y también del padre- está enojado. “¡Felipe está enojado!” me dice. La apoyatura en este objeto que funciona como doble le permite dar cauce a su expresión oral subsumida a los sonidos de los artefactos eléctricos al momento de conocerlo 5 años atrás. Él hacía ruido de aparatos eléctricos, de un ventilador de piel viejo que yo tenía en mi antiguo consultorio, del celular. Y después se interesa en cómo funcionan esos objetos, cómo se reparan los caloventores. Empezamos a ver videos de Youtube de reparación. Me acuerdo de que había una persona, un mexicano que decía: “Tenemos un caloventor barato”. Y él comenzó a repetir: “Tenemos un caloventor barato”. Y a partir de esa repetición de frases fue montando todo un discurso que hoy encarnan los títeres con los que modula los afectos. Habla de lo que le pasa a él y de lo que les pasa a los otros que lo rodean, al padre en este caso. Estos objetos le permiten mantener una comunicación indirecta tranquilizadora, constituir un puente con el mundo exterior. Dirigir nuestras intervenciones al objeto que encarna es la mejor manera de hacerse entender por el niño autista y volverse su partenaire. A falta de disponer de significante amo, los autistas no son capaces de cifrar la pérdida angustiante que introduce la lengua sobre el cuerpo. En cambio, pueden localizarla a la pérdida en un objeto que quede bajo su dominio. Esa sería la quinta función que yo quería destacar en el autismo.


Intervención en la quinta sesión el curso «Conceptos Fundamentales del Autismo y de la Psicosis en la Infancia» organizada por el Hospital del día Mafalda y el Equipo TGI.

Respuesta

  1. Avatar de Claudia Castencio

    El artículo dice «Lo simbólico en este punto no regula y de allí la autorregulación impuesta por el sujeto apoyado en sus objetos.» y «se observa un modo de arreglo singular que no pasa por el Otro del lenguaje «.
    Desde el momento en que siente la necesidad de autorregulación, no implica la entrada del Otro? Sino, no necesitaría de la autorregulación. El autorregularese implica que hay reglas y éstas vienen siempre del Otro. Gracias

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