El carozo del padre. Del superyó al mito de la horda…y retorno
Por Fabián Schejtman
2020/05/20
Fabián Schejtman:
Buenos días. Voy a hablarles hoy de “El carozo del padre”. Un subtítulo posible para esta clase es “Del superyó al mito de la horda… y retorno”. Efectivamente, tengo la intención de introducir aquí una noción que es clave en la obra de Freud que es la noción de «superyó». Es cierto que la noción de superyó aparece tardíamente en la enseñanza de Sigmund Freud. Encuentran ustedes en “El yo y el ello”. Allí tienen la presentación y el despliegue de esa noción como tal, pero no es menos cierto que pueden encontrarse antecedentes del superyó a lo largo de toda la obra de Freud. Encuentran notas en pie de página en La interpretación de los sueños, por supuesto, incluidas muchos años después.
Pero lo que quiero destacar es que hay vestigios del superyó, por ejemplo, en el modo en el que Freud aborda la paranoia en lo que llama el «delirio de ser notado», es decir esa sensación del paranoico de estar siendo perseguido por alguna mirada, por algunos comentarios. Si hablan de él, lo miran, lo persiguen, lo espían.
Es bien interesante que la noción de «superyó», Freud la extraiga del campo de la paranoia. Es decir, que él, en principio, aborde lo que usualmente se llama la normalidad a partir de esquemas de los patológico, a partir de nociones que él introduce y descubre en el campo de lo supuestamente patológico. Es mucho más fructífera esa vía en la enseñanza de Freud que una vía inversa que a veces él recorre también, que es más bien aplicar los esquemas de la supuesta normalidad a la patología. No, aquí el superyó proviene en principio de algo que él encuentra en el delirio de ser notado en la paranoia y luego generaliza. Dice: “Bueno, es una instancia que está en todos los seres hablantes”. Quiere decir que esto es compatible con la perspectiva que venimos introduciendo en el comienzo de nuestras clases señalando que no hay normalidad, que la patología es la regla. Si no hay normalidad y la patología es la regla, pues la patología nos enseña sobre cuestiones que están presentes en la supuesta normalidad en que creemos vivir.
Y bien, el superyó freudiano es estrábico. Uno podría decir, si se quiere, que es sartreano o es Kirchnerista, pero no en el sentido político del término, sino en el sentido oftalmológico. Efectivamente, el superyó en Freud tiene un ojo que mira en una dirección y tiene un ojo que mira en una dirección muy distinta.
Fíjense, por ejemplo, en “El yo y el ello”, Freud señala: “El superyó es el heredero del complejo de Edipo”, pero al mismo tiempo nos dice “es el abogado del ello”, “hunde sus raíces en el ello pulsional”. Bueno, no es lo mismo heredero del Edipo, abogado del ello. En “Moisés y la religión monoteísta” nos dice que el “superyó insta a la renuncia pulsional”, pero al mismo tiempo afirma en “El yo y el ello” que es un “cultivo puro de la pulsión de muerte”. ¿En qué quedamos, Sr. Freud? ¿“Insta a la renuncia pulsional” o “hunde sus raíces en el ello pulsional”? ¿Es el heredero del complejo de Edipo? ¿Es una instancia normalizadora o es un cultivo puro de la pulsión de muerte?

En “El yo y ello” continúa. Dice: “Es una función protectora y salvadora. En “Inhibición, síntoma y angustia”, le opone: “El superyó es la causa de la angustia”. Este es el punto. ¿Cómo entender el peculiar estrabismo de esta noción freudiana que, mirando hacia la normativización paterna del goce, hacia su domesticación, hacia su regulación, no cesa de echar vistazos al mismo en otra dirección? Esto anticipando a un Lacan que va a distinguir esas dos vertientes y va a recluir al superyó en la segunda, nada más. Ahí tienen a Lacan ubicando al superyó en nuestra columna derecha. Y reserva para la función normalizadora, reguladora dos instancias que son las del Ideal del yo o la del Nombre-del-Padre.
Jacques Lacan ubica al superyó como un empuje a gozar. Lo hace con todas las letras en su Seminario 20, en la página 11. Dice: “Nada obliga a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó es el imperativo del goce: ¡Goza!”. Y eso no está solamente al final de la enseñanza de Lacan. Lo encuentran ya en el Seminario 1 en la página 161. Dice: “El superyó es un imperativo […] es preciso acentuar […] su carácter insensato, ciego, de puro imperativo, de simple tiranía. […] El superyó tiene relación con la ley, pero es a la vez una ley insensata, que llega a ser el desconocimiento de ley.”

¿Cómo entender entonces ese estrabismo de la noción freudiana de superyó? Podríamos decir que Freud encuentra al superyó amalgamado en las neurosis con la función paterna. Es decir que encuentra ahí un mixto entre el superyó y la función paterna puesto que ahí en las neurosis, lo insensato de la voz del superyó se atempera por el Nombre-del-Padre, ahí donde Freud lo describe, en la riqueza y complejidad que supone el superyó en las neurosis, el superyó no es el puro real de la alucinación psicótica y más bien está ahí combinado, amalgamado con la función del padre.
Dicho, esto hay que señalar que, en el nivel clínico, en su práctica, de todos modos, Freud se topa con un superyó que más bien está del lado de un goce resistente a la interpretación analítica. Es concebido justamente como una resistencia. En “Inhibición, síntoma y angustia”, en la adenda que Freud escribe ahí, ubica al superyó como una de las cinco formas de la resistencia. Freud ubica tres resistencias del yo, una resistencia del ello -que llama compulsión de repetición- y tiene la resistencia del superyó como la necesidad de castigo. En lo que describe, por otra parte, también en 1923 en “El yo y ello” como «reacción terapéutica negativa», la satisfacción en el padecimiento justamente por esa necesidad de castigo que supone -insisto- un límite a la intervención analítica, una resistencia a la interpretación, resistencia del superyó.
Finalmente, convendría interrogar si mantenemos la frase “superyó, heredero del complejo de Edipo”, ¿qué es lo que el superyó hereda del complejo de Edipo? En esta dimensión que Freud está de su práctica, en lugar de repetir incansablemente esa fórmula “el superyó es el heredero del complejo de Edipo”, valdría la pena señalar que lo que el superyó hereda del Edipo es precisamente un resto de goce que, justamente, el Edipo produce paradójicamente él mismo. Es decir, es un goce producto de la castración que el Edipo introduce.
Lacan en el Seminario 20 señala que el superyó es correlato de la castración. Es la castración lo que limita el goce autoerótico. Bien, la castración le pone un límite al goce autoerótico, pero no-todo. Hay un resto de goce autoerótico, un resto de goce pulsional sobre el que se monta precisamente el superyó. Freudianamente, podemos entender la frase “El superyó hunde sus raíces en el ello pulsional”, hunde sus raíces en ese goce que la castración misma produce cuando limita el goce autoerótico. El superyó retoma ese resto de goce autoerótico producto del Edipo mismo. Podría decirse que lo que el superyó hereda del complejo de Edipo es precisamente aquello que el Edipo no controla del goce autoerótico y allí, entonces, se soporta la noción de superyó.
Ahora bien, Lacan, en su Seminario 17, señala que el complejo de Edipo es un sueño de Freud. Si el complejo de Edipo es un sueño de Freud, podríamos decir que su interpretación está en el mito de la horda, su interpretación se lee en el mito de la horda. Y voy a intentar ahora, enseguida, pasar del mito a la lógica de la horda primordial. Vamos a ver que Freud instaura ahí una lógica de dos tiempos que es muy sencilla, pero destaquemos que el mito revelado por Freud revela la cara gozadora del padre que la tragedia de Sófocles más bien oculta. Vamos a pasar del Edipo al mito de la horda, del sueño de Freud a su interpretación, del padre de la ley al padre del goce, del dios del pacto/alianza al dios oscuro, del padre al superyó. Veamos cómo se despliega esto en estos dos tiempos lógicos del mito de la horda primordial.
Los dos tiempos son fácilmente aislables a partir del parricidio y de la comida totémica. El tiempo primero es el tiempo del padre vivo, el tiempo del padre primordial. Lacan ubica ahí al padre real. Podríamos ubicar también a ese padre vivo como el “vivo” del padre en nuestro porteño, es decir el vivo que goza de todas las mujeres e impide el acceso de los hijos a ese goce. Él tiene el usufructo del goce de todas las mujeres. Podría llegar a pensarse que algo de la ley podría ahí ubicarse, localizarse, que está ahí impidiendo ahí el goce las mujeres para sus hijos. No obstante eso, Freud es muy claro en este punto: la ley como prohibición del incesto, como parricidio, se ubica a posteriori de matar al padre y de comérselo. En este primer tiempo, no hay ley en un sentido estricto; en este primer tiempo hay el puro capricho del padre primordial. Debiéramos distinguir el puro capricho de la ley. La ley que se va a instaurar en el segundo tiempo va a ser una ley que alcance a aquel mismo que la promulga, que alcance a aquel mismo que la representa. Es decir, que alcance al mismo padre. El padre en el segundo tiempo va a estar tocado por la ley. Por eso, lo vamos a ubicar como padre muerto, como padre simbólico. Pero, en el primer tiempo, es un padre que no está alcanzado por la ley. Y si no está alcanzado por la ley, eso no es ley, es puro capricho. Sería como esas patrullas policiales que van a contramano en las calles y les dicen a ustedes: “Usted está fuera de la ley porque va de contramano”. ¿Y el policía qué? Eso no es la ley. La ley supone que el representante de la ley también es alcanzado por la misma. Uno puede decir, entonces, que hay ley solamente cuando el padre se deja comer por la ley. Es por eso por lo que se instauran estos dos tiempos.
Freud dice que un día se juntan los hermanos, matan al padre y se lo comen. Parricidio y comida totémica. A partir de ese momento tienen ustedes al padre muerte, aquel que Lacan designa como padre simbólico y tienen la instauración de la ley, es decir la prohibición del incesto y la prohibición del parricidio. Esto se opera, dice Freud, por una felix culpa, la culpa retroactiva, la obediencia retroactiva -en realidad-, lo que viene a instaurar la ley de un modo firme. Los hijos se prohíben, como comunidad, acceder al botín. No hay el goce de todas las mujeres. Se instaura el “con una no, con las demás sí”. Es decir que la ley tiene una faz prohibitiva –“con una no”- y una faz prescriptiva –“con algunas sí”-. Esto quiere decir que hay un anudamiento para Freud entre la ley y el deseo. Vemos de esta manera de qué forma el deseo se soporta de la ley. Es una primera vía. Hay que destacarlo. La ley es causa del deseo. Se instaura la ley “con una no, con las demás sí” y el deseo nace como tal.
Vale la pena indicar que, en Freud, tenemos la vía inversa. Hay que destacar que Freud señala que la ley no recae sobre cualquier deseo, sino sobre deseos primordiales: matar al padre/prohibición del parricidio, acostarse con la madre/prohibición del incesto. Allí tendríamos la vía inversa: los deseos primordiales están antes y la ley recae sobre ellos.
A mí me parece que Lacan lo resuelve de un modo muy sencillo. En realidad, la ley y el deseo no son las dos caras de una misma moneda. Donde hay la ley, hay el deseo; donde hay el deseo, hay la ley.
Ahora bien, lo que habría que destacar que ahí donde el padre es comido, no todo es comido, no todo es asesinado. Es decir, hay un resto vivo del padre que se cuela luego de la operación del parricidio, luego de la comida totémica. Si el padre simbólico es el padre muerto, hay un residuo del padre de la horda, un resto vivo del padre real que se cuela como resto, que es producto de ese resto del asesinato del padre y de la comida totémica. Y ese real del padre, el carozo del padre es el superyó. Y es una instancia que empuja más allá del principio del placer. Como decía Lacan: “Nada obliga a gozar salvo el superyó”. El superyó es un empuje al goce puesto que no es otra cosa que un resto vivo del padre real, lo real del padre, lo que del padre no se digiere. Hay algo real del padre que no se digiere en lo simbólico. Hay algo real del padre que no termina de matarse. El superyó ahí, carozo del padre, es ¿qué cosa? Un objeto.

Bien, les propongo leer ahora leer a ese objeto que es el superyó como resto vivo del padre, como carozo del padre en un sueño de Freud que no es cualquiera. Es un sueño que tiene Freud poco tiempo después de la muerte de su padre y lo relata a su amigo Fliess en la Carta 50 el 2 de noviembre de 1986. Le dice Freud a Fliess:
“Tengo que contarte un lindo sueño de la noche que siguió al entierro. Estaba en un local y leía ahí un cartel: “Se ruega cerrar los ojos”. Al local lo reconocí enseguida como la peluquería que visito diariamente”.
Estas ya son las asociaciones que tiene Freud a partir del sueño. El sueño solamente dice eso, es el encuentro con ese cartel: “Se ruega cerrar los ojos”. Y las asociaciones lo llevan a reconocer ese cartel en el marco de esa peluquería que él visita diariamente. Y agrega:
“El día del sepelio tuve que esperar algo ahí y por eso llegué un poco tarde a la casa del duelo. Mi familia se mostró entonces descontenta conmigo por haber yo dispuesto que los funerales fuesen discretos y sencillos, lo cual luego se reconoció muy afinado. También me echaron un poco en cara el retardo.”
Es decir que a Freud le están echando en cara dos cuestiones: que pagó poco por el funeral del padre, que fue demasiado sencillo y que llegó tarde, además, al funeral.
Freud interpreta:
“La frase del cartel es de doble sentido y quiere decir, en ambas direcciones: “Uno tiene que cumplir con su deber hacia el muerto”. (Una disculpa, como si yo no lo hubiera hecho y necesitara indulgencia; y el deber tomado literalmente.) El sueño emana, entonces, de aquella inclinación al autorreproche que regularmente se instala en los supérstites.” Acá vienen las dos direcciones, una disculpa, es decir un “Hagan la vista gorda, déjenme pasar esta cuestión de que los funerales fueron sencillos, de que no puse demasiada plata para que mi padre tenga un buen ataúd”, en fin. Pero lo que nos interesa más es el deber tomado literalmente. El deber tomado literalmente es el deber aquí del supérstite, quien lo que tiene que hacer es cerrar los ojos del muerto. Cerrar los ojos tiene esta doble dimensión. Por una parte, “Hagan la vista gorda, perdónenme que fui un poquito tacaño, que no gasté demasiada plata en el funeral de mi padre. Perdónenme, por favor, que llegué tarde al velorio”, pero sobre todo “Se ruega cerrar los ojos” es “Hay que cerrar los ojos del muerto”. Lo que estoy tratando de destacar es que hay algo de la mirada del muerto que no se puede apagar. Ese objeto que es el superyó, carozo del padre, resto vivo de la operación de la comida totémica, aquí es una mirada. La mirada del padre de Freud que no termina de cerrarse. Recuerden ustedes que les hacía notar la conexión del superyó con el delirio de ser notado en la paranoia, esa mirada que nos persigue. Bien, no sólo al paranoico, sino que nos persigue a los seres hablantes en el punto donde no es seguro que no estemos siendo espiados. ¿Por qué? Por esa instancia moral severa que Freud llamó «superyó».
En este sueño se puede encontrar muy bien, entonces, en esa mirada al padre que no se apaga del todo. Hay algo del padre que no termina de morirse. Hay algo del padre que aun asesinado persiste vivo. El resto vivo del padre, su mirada, pero también su voz. Vean ustedes que estoy dando acá a la consideración de dos objetos a, la voz y la mirada. Son dos objetos a que Lacan ubica en el nivel de la participación en el superyó, en ese empuje a gozar superyoico.
Y bien, hemos partido del superyó, hemos pasado por el mito de la horda para ubicarlo como resto vivo del padre, como lo indigerible del padre, como lo real del padre luego de la operación del parricidio y la comida totémica y volvemos al superyó luego de pasar por esa lógica del mito de la horda para situarlo como un objeto: voz o mirada. Recordarán que en mi última conferencia ubiqué 5 versiones del objeto a. Bien, ¿cómo situar al superyó en relación con esas 5 versiones el objeto a planteadas por Jacques Lacan? Ahí tienen la mirada de Lacan. Ya no es la de Sartre. Ya no es la de Néstor Kirchner. Es la de Lacan respecto del objeto a.

Vamos a ubicar al superyó como un objeto causa de la angustia. Vamos a ubicar al superyó hundiendo sus raíces en el ello pulsional del lado de los objetos pulsionales. Hunde sus raíces en el ello pulsional y el superyó para Lacan es una voz o una mirada como objetos reales. Hay que distinguir esa perspectiva -insisto- del modo en cómo Freud encuentra el superyó ya amalgamado por la función paterna, ya velado por la función de la castración. Efectivamente, podemos ubicar, luego, una vez que ese objeto como real está velado, la dimensión cuarta del objeto a: el superyó en su dimensión pulsional hundiendo sus raíces en ello pulsional que es a3 -como lo planteamos en la conferencia-. Pero puede ubicarse velado causando el deseo. ¿Sorprende que el superyó funciona como causa de deseo? Si se lo pasa detrás, si se lo coordina con la función de la castración, si se lo amalgama con la función del padre. Y no solamente eso, puede ubicarse también en el nivel de los objetos del deseo -ya no como causa- o como del amor. Jacques Lacan, en algún lugar, nos dice que nuestra pareja es nuestra superyó-mitad, surmoi-tié -juega con el superyó y la superyó-mitad-, pero en el nivel mismo del amor. Velando la dimensión real del superyó, esa voz o esa mirada pueden quedar entre paréntesis en ese i(a), en esa dimensión a5.
De modo que tenemos lo que podríamos llamar una “trayectoria del superyó” desde su dimensión más real, es decir esa dimensión que Lacan ubica con ese ¡Goza!, como un empuje a gozar, y luego lo reencontramos tramitado por la función paterna, por la función de la castración como causa del deseo causando desde atrás. ¡Ojo! Cuando falla la función paterna, el superyó pasa adelante y se vuelve causa de la angustia tal como lo indicó Freud, pero también en la dimensión quinta del objeto a está presente en el objeto del deseo, en los señuelos o en el objeto de amor, velado, por supuesto, para que no nos demos cuenta de que el superyó, sin embargo, está ahí.
Hasta la próxima.
*Schejtman F., «El carozo del padre», intervención vía Zoom. Inédito.
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