Particularidades de la Transferencia en las Psicosis – por Bernard Vandermersch 2018-01-29

EPhEP, MTh4-ES13, 29/01/2018


Fui llevado a hablarles de cosas algo simples pero difíciles de justificar, sobre todo cómo manejarse con los psicóticos. Creo que había dado un subtítulo “Particularidades de la transferencia psicótica”, lo que justifica el problema de los métodos que provienen del psicoanálisis cuando se dirige a psicóticos.

Algunas observaciones introductorias: hoy en día la clasificación internacional no reconoce el adjetivo “psicótico” salvo cuando está aplicado a una categoría de síntomas. El término de “psicosis”, en sí, fue abandonado al igual que el vocablo “psicótico” tomado como sustantivo: “un psicótico”.

En efecto, este último término “psicótico” tomado como sustantivo reenvía a la hipótesis teórica de una estructura psicótica específica que puede, en última instancia, según esa hipótesis estructural ser atribuida a un individuo que no presentaría patología psiquiátrica evidente. No obstante, tendría una estructura psicótica. Entonces no es aceptable por el DSM, en consecuencia, mi observación sobre los “métodos con los psicóticos”, a falta de objeto, debería detenerse aquí, si hablara por la comunidad psiquiátrica internacional. Pero como hablo para los estudiantes de la EPHEP, voy a poder continuar un poco.

Entonces habría que intitular mi curso, si hablara a psiquiatras, “¿Cuáles métodos se puede utilizar para tratar síntomas psicóticos?”. Se ve con este título que enseguida uno se orienta hacia una vía pragmática de urgencia porque lo que el DSM-IV llama psicótico, es una cualidad específica de síntomas que se caracteriza por una ruptura con la realidad ordinaria. Además, aquí no se trata de métodos psicoterapéuticos sino psicoanalíticos y no del conjunto de tratamientos psiquiátricos (antipsicóticos, antidepresivos, electroshocks, tratamiento social, etc.). No es de eso de lo cual voy a hablar.

Entonces por qué “métodos” en vez de “técnicas”. Roland Chemama escogió ese término para significar que no se trata en psicoanálisis de una técnica neutra en relación al sujeto que la ejerce, sino de una vía terapéutica en la cual el deseo de ese sujeto está comprometido.

La etimología de “método” no es de hecho reconfortante porque de un lado métodos es “meta” “odos”, es el camino de al lado o de después. Eso quiere decir en griego “prosecución, búsqueda, doctrina, método” pero también “vía desviada, fraude, maña”. Ese meta griego está algo próximo del mit alemán que quiere decir “con”.

Yo escogería más bien: camino con. En cuanto al plural, se conforma con la variedad de casos, así como con la variedad de ideas sobre la psicosis y con nuestras experiencias personales con psicóticos.

Voy a narrar un caso de Sandor Ferenczi que puede ayudar a exponer el problema.

Sandor Ferenczi es uno de los primeros discípulos de Freud, uno de los más importantes. Narra el caso de un hombre joven, dice, superiormente inteligente en el cual se interesó durante catorce años.

“Venía a verme más o menos una vez por mes, me contaba sus penas como a un confesor, y generalmente se iba aliviado. Era un enfermo mental megalómano y perseguido pero que llegaba a controlar suficientemente sus síntomas para conservar su lugar en la sociedad. Se lo envió en razón de su inteligencia superior y de sus relaciones con personas de las altas esferas. (Ustedes ven el tipo de paciente). Redactaba informes para su jefe de servicio sobre las irregularidades y los errores de sus colegas tan bien que terminaba estando en malos términos con todo el mundo, todos se alegraban en todos los servicios cuando se podían deshacer de él y se lo cambiaba en la primera oportunidad.” He aquí cómo entonces Ferenczi presenta a su paciente.

“Después de una breve mejora de desplazamiento (es decir cuando cambiaba de lugar) todo volvía a comenzar como antes.”

Ferenczi resalta que él no sentía ningún deseo sexual, pero que tenía mucho éxito con todas las mujeres (lo que el paciente resaltaba) sin comprender por qué no les manifestaba ninguna afección. Ferenczi aprendió entonces en el curso de las entrevistas que su familia había tenido desazones materiales, lo que había alejado al chico de un padre muy amado antes. “El desplazó entonces en su imaginación el rol paterno sobre un tío que había alcanzado una situación eminente y una fama literaria. Pero comprendió rápidamente que no tenía nada que esperar de ese ser egoísta y entonces le quitó igualmente su afección. Después se esforzó por encontrar en la persona de sus superiores la imago paterna perdida y además redirigió sobre el modo narcisista su libido sobre sí mismo y sobre sus cualidades remarcables, saboreando sus propias producciones”. Ustedes ven que aquí Ferenczi sigue rigurosamente la doctrina freudiana sobre las paranoias.

Entonces sigue así: “Un colapso sobrevino en el décimo segundo año de nuestras relaciones. En razón de hechos con el jefe de servicio y una jubilación anticipada. Además, sucede que, en la misma época o algún tiempo antes, este paciente se puso a leer la literatura psicoanalítica y sobre todo mi artículo sobre la relación entre la paranoia y la homosexualidad. Esa idea le pareció primeramente cómica, luego un día me vino a ver en un estado de entusiasmo y excitación intensa y, con gran sorpresa, me expuso que estaba dispuesto a adoptar mi punta de vista retroactivamente. Comprendía por ejemplo por qué intentaba acercarse a mí hasta sentir mi aliento en su cara. Él sabía ahora también por qué acusaba a un hombre de edad de intenciones homosexuales desde su óptica; era simplemente su deseo que estaba en el origen de su pensamiento.”

Extrema satisfacción del analista que ve que al mismo tiempo confirmada su teoría y ve que el paciente sana de acuerdo a los mejores escenarios del psicoanálisis. Pero al día siguiente, todavía emocionado y un poco menos eufórico y muy ansioso, el paciente se queja de ser torturado por fantasías homosexuales insoportables. Vio enormes falos repugnantes, se imaginó a sí mismo en posiciones de pederasta con hombres, conmigo, -por ejemplo, conmigo, agrega Ferenczi entre paréntesis-. Después de algunas garantías de que esto disminuiría pronto, el paciente se calma, pero unos días después, la familia anuncia al médico que el paciente estaba teniendo alucinaciones, estaba hablando consigo mismo, se había aparecido el día anterior en la casa del famoso tío en ese momento y luego en el palacio de un magnate de su ciudad. Ferenczi va a visitarlo, lo encuentra en un estado catatónico profundo, parece reconocerlo, le tendió la mano y luego volvió a caer en su estupor catatónico. Cuando Ferenczi lo volvió a ver después de varios meses en el hospital, descartó sus ideas homosexuales con horror, negó su psicosis y ya no creía en absoluto en la relación causal entre sus impresiones psíquicas y la homosexualidad.

Después de eso, Sandor Ferenczi no vuelve a cuestionar la teoría freudiana. Solo muestra que después de haber “robado” (este es su término) el sistema de defensa del paciente, este último ya no pudo soportar esta repentina lucidez sobre su deseo. “Una mejora solo fue posible cuando logró una vez más difundir sus conocimientos adquiridos por el psicoanálisis y reconstruir su sistema persecutorio.” Añade:” Este caso nos animaría a adoptar la posición pesimista de Freud con respecto a la posibilidad de curar la paranoia mediante el psicoanálisis.”

Podemos ver claramente que Ferenczi creía, si no esperaba, en contra de la opinión de Freud de que la conciencia del deseo homosexual reprimido (tan raramente obtenido debe decirse), curaría al paciente. Sin embargo, constata, por el contrario, su colapso en un peor estado que antes, en un episodio esquizofrénico.

Con Lacan, terminamos reconociendo que el mecanismo de la paranoia no puede ser la represión. Es otra cosa. En su seminario sobre las estructuras freudianas de las psicosis, comienza hablando sobre el rechazo, el cercenamiento y la exclusión del significante paterno propuesto como mecanismo específico. ¿Esto nos permite otro enfoque psicoanalítico?

Entonces tendré que contarles sobre el método psicoanalítico. ¿Cuál es el problema? Este método se deduce del deseo del psicoanalista. Entonces, comencemos desde el principio: a fines del siglo XIX, un neurólogo científicamente capacitado (y formateado podría decirse), el Dr. Sigmund Freud adquiere un deseo que no lo abandonará, el de explorar un continente un poco extraño en el corazón de cada uno de nosotros y para ello no duda en ponerse a contribuir en particular analizando y publicando sus propios sueños (1899) Die Traumdeutung publicado en 1900. Es el comienzo de una nueva profesión a partir de un deseo inaudito hasta entonces.

El deseo de Freud no era ni pura o incluso esencialmente terapéutico. ¡Lo reconoció él mismo, en broma, en una carta a Fliess que dijo que era un deseo de conquistar!

“No soy en lo absoluto un hombre de ciencia, un observador, un experimentador, un pensador. No soy más que un conquistador por temperamento, un aventurero con curiosidad, la audacia y la tenacidad de este tipo de hombre”. Así es como le gustaba verse a sí mismo. Por supuesto, esto no resume el deseo de Freud, que de hecho no ha sido analizado en parte por él. Hay que decir que solo tenía a Fliess a su disposición como analista, lo que no era muy conveniente.

La primera condición de una cura es, por supuesto, que haya un paciente que le pida algo. También con el tipo de transferencia que lo hará posible. A saber, una dirección a un sujeto que no es un erudito, no “todo erudito”, pero que se supone que debe saber algo. Pero la fuerza impulsora detrás de la cura es otra cosa. Es el deseo del analista. Y este deseo es muy difícil de definir. No es un deseo puro en el sentido de que estaría totalmente separado de las consideraciones morales o sentimentales. Para mí, es el trenzado de una triple preocupación por la ciencia, el cuidado y la ética lo que subvierte cada uno de estos tres términos. También podemos decir que el deseo del analista es el de alguien que ha estado más allá de su fantasma fundamental, es decir, quién lo habría percibido, quién lo habría –decimos- atravesado, en cualquier caso, quien haya percibido su carácter artificial, le gustaría traer a alguien a vivir esta experiencia. Llegar, por tanto, a una cierto real más allá de todas las significaciones que se hayan impuesto al sujeto.

Se objetará que todavía es una fantasía desear que alguien pueda tener esta experiencia. En cualquier caso, esta es la razón por la cual el verdadero análisis es el análisis didáctico, y esto no debería ser alterado idealmente por arreglos de orden psicoterapéutico o sentimental, cuando se trata de formar a un analista. En la práctica, se lo tiene en cuenta de todos modos.

¿Puede el deseo del psicoanalista estar al servicio de pacientes psicóticos?

Si como lo recuerda Roland Chemama, lo inconsciente es lo que se realiza en una cura (no es lo que era antes lo que sigue siendo potencial, es lo que se realiza) gracias a la transferencia. ¿Existe esta transferencia en psicóticos? Y si es así, ¿puede esta transferencia soportar el deseo del analista? Marcel Czermack nos advierte: “los psicóticos no resisten bien la transferencia” (no la transferencia del analista, la transferencia del paciente).

Veamos de qué se trata.

La transferencia conocida como Lacan en Los cuatro conceptos del psicoanálisis es la puesta en acción de la realidad del inconsciente. Freud muestra que la realidad del inconsciente es la realidad sexual. ¿Qué es la realidad sexual? Diría que sería la interpretación mediante un fantasma que suple la imposibilidad de definir una relación entre los sexos que sería específicamente sexual. No hay saber innato sobre el sexo. Es un hecho que la actividad genital en el mundo animal es el sitio de un saber que se dice que es instintivo, a veces altamente sofisticado, pero relativamente estereotipado para una especie determinada. En el homo sapiens no hay nada como eso: bricolajes con las pulsiones llamadas por Freud sexuales, pero que en realidad son pulsiones orales, anales, escópicas y vocales que no tienen nada que ver con la actividad genital propiamente. Tenemos la prueba de ello por los fantasmas, especialmente los de los neuróticos que nos hablan al respecto, de las llamadas fantasías sexuales, que por falta de una señal específica que desencadenaría el proceso de reproducción, son responsables de sostener nuestro deber de reproducción al respecto a la especie, ponerse a su servicio. ¡Porque también sirve para eso el acto sexual!

Sin embargo, estos fantasmas a menudo dirigen este deseo a objetos perfectamente incapaces de cumplir esta función (la pedofilia y otras perversiones más raras).

Notamos que la puesta en acto de la sexualidad es a menudo la ocasión para desencadenar los primeros fenómenos psicóticos. Existe en la experiencia del goce sexual, al menos para los futuros esquizofrénicos y, más generalmente, en el encuentro con el otro sexo, un enigma que parece más radical en la psicosis que en la neurosis. Habría, por así decirlo, una especie de no-preparación psicótica para este encuentro. En otras palabras, no habría en la psicosis una interpretación ya allí, moderada, del callejón sin salida lógico que se relaciona con el origen y el sexo. Todo sucede como si, en realidad, los psicóticos hubieran pasado por alto estas preguntas.

La función del falo como un límite a la sujeción del Otro, el gran Otro, como el lugar del significante generalmente se encarna primero en la infancia mediante la madre y luego por aquellos que han tenido que ver con la educación del niño. El deseo de la madre o del Otro en general, en otras palabras, su falta, esta falta que la hace desear, es un hecho de estructura; es la traducción de una falta específica en el lenguaje humano que es su incompletud. Nada en el lenguaje garantizará la verdad última de las significaciones. Si ingresan a un diccionario, nunca saldrán con la última palabra. De ahí el hecho de que la carga de la verdad se transfiere a la enunciación; no puedo encontrar la verdad en el diccionario. Puedo encontrar una serie de significaciones, pero no la verdad: ¿estás diciendo la verdad? “¿Por qué me estás diciendo que vas a Limberg para que yo crea que vas a Cracovia cuando realmente vas a Limberg?” ¡Bueno! Está un poco gastado, de acuerdo, pero finalmente sitúa bien la pregunta de que la verdad está del lado de la enunciación.

La función del falo (es el significante fálico, no estoy hablando del pene) es, en resumen, sustituir este real bruto del lenguaje (esta falta en el lenguaje), el real sexual. Para Lacan, no existe una relación lógica entre los sexos, sino una relación específica de cada sexo con el falo.

Este establecimiento del falo como significante es contingente. Depende del efecto de una operación que introduce el significado sexual del deseo materno. Una operación que puede no ocurrir. Esta operación es la metáfora paterna, lo que Lacan llamó el Nombre-del-Padre y, posteriormente, los Nombres del Padre. El falo, por lo tanto, es una significación creada por esta metáfora. Viene así a detener la deriva que sería infinita frente a lo que el niño experimentaría como el capricho errático de un deseo materno en el que no podría encontrar su camino. El falo es como una especie de índice en la búsqueda del niño para identificar lo que está en juego en el deseo de la madre, ya que es a partir del deseo del Otro y de la madre en particular, que cada uno constituirá su propio deseo.

Nótese una cosa, se dice que Freud era monoideico acerca del sexo y que el psicoanálisis es un pansexualismo. Esto no es del todo cierto porque el falo no tiene sentido. A diferencia de otros significantes, él no se reenvía más que a sí mismo, debido a esto constituye un límite a la deriva del sentido. Corrige así, si se puede decir, el defecto estructural del lugar del Otro. Bloquea lo que sería la caída del sujeto en el desfile infinito de significantes. Es decir que todavía habría algo que, en última instancia, se referiría a una ausencia de significación última, es el falo, pero se trata de detener este tipo de desfiladero infinito.

El defecto de la metáfora es apenas aparente en el psicótico mientras el sujeto tenga el recurso para asentarse en deseos en espejo, en miméticos del deseo, a la imagen del otro, o deseos convencionales, y en los que no está realmente implicado.

Vimos en el caso reportado por Ferenczi que surgen alucinaciones del falo, un retorno del falo forcluido, el falo que no regresa en forma de significante ya que nunca se convirtió en un significante. Seguía siendo un pene. Estos grandes falos que deambulan y que alucina son penes, es el significante fálico que le fue imposible simbolizar.

En cuanto a las representaciones homosexuales que vio en ese momento, este paciente, sobre todo muestran una relación de dominante / dominado cuyo goce no es asimilable.

La relación con el padre parece haber sido solo una relación de rivalidad imaginaria con un todopoderoso y no una relación pacificada por una simbolización del origen del deseo.

Si se tratara de represión en el caso de Ferenczi, la aparición de la “verdad” no habría precipitado al paciente a este abismo sin fondo de la catatonia donde se convoca a todo su cuerpo para garantizar la consistencia del Otro, pero en forma de cadáver.

Estar implicado en este caso no es metafórico. Lo que estabilizará las cosas, para el paciente, es el regreso de su delirio, que devolverá al Otro un cierto deseo, ya sea como persecución hacia el paciente. Para él, al menos, no se dejará caer.

A menudo, incluso antes de la descompensación, podemos escuchar en discursos psicóticos, paranoicos, puntos de capitón paliativos de la ausencia de este polo fálico, por ejemplo, nombres propios que no se pueden simplificar. Pienso, por ejemplo, en un paciente que no podía decir más que la escuela secundaria (no sé cómo) … Eugène Sue, él no podía decir “cuando estaba en la escuela secundaria”, pero se vio obligado a decir “cuando estaba en Lycée Eugène Sue” (¡eso no es suficiente para diagnosticar la psicosis!). Pero cuando tienen esta necesidad y de forma permanente, ven que hay una especie de necesidad de capitonar el sentido y el sonido para que no haya demasiada deriva. También hay fórmulas fijas que se identifican en el discurso de estos pacientes, cuyo papel es indudablemente mantener una cierta solidaridad entre el sonido de las palabras y su sentido.

Es sin duda con el objetivo de huir de los equívocos de una lengua, como todas los lenguas imperfectas, y Dios sabe en francés cuántos equívocos hay. En ausencia del referente fálico, estos equívocos se vuelven peligrosos. Nosotros, cuando jugamos con palabras, siempre es para escuchar algo de lo sexual en alguna parte.

La transferencia del neurótico se hace bajo la hipótesis de un sujeto en el inconsciente. Un sujeto supuesto saber. Sujeto supuesto saber que el analista va a encarnar. Lo encarna hasta el punto de que puede haber cierta confusión entre su persona y este sujeto supuesto que habita en el lugar del lenguaje incorporado. La cura entonces, como dijo Lacan, es una especie de paranoia dirigida (paranoia “light” en general). Por ejemplo, el error de un analista, olvidando una cita, será fácilmente interpretado por el paciente como una prueba. ¡Hoy los pacientes pueden ser menos engañados! Tal disposición en cualquier caso no se encuentra en una psicosis desencadenada. Sobre el punto preciso que hace el delirio, se supone que el analista no debe saberlo. Él sabe o no sabe, pero el analizante lo sabe, con certeza “que sabemos”, que en algún lugar sabemos. Esto requerirá maniobras de evitación por parte del analista, como veremos un poco más adelante.

Por lo tanto, es una transferencia singular la del psicótico que no se basa en la fe en un sujeto supuesto saber, sino en la certeza de que en algún lugar sabemos. La fe no es certeza.

Cuando el creyente ya no está en la fe sino en la certeza, entonces tal vez esté delirando.

Hemos visto que, al comienzo del psicoanálisis, hay una transferencia. La de Freud sobre su amigo Fliess.

El sujeto de la certeza cartesiana: “Pienso, luego existo”, puedo dudar de todo, pero de pensar, estoy seguro de ello. De hecho, no es exactamente eso. Es ‘Él piensa, luego yo soy’, y lo soy cuando pienso como él. El tema de la certeza está en el Otro. Es Fliess para Freud. Para Freud, la salida de la transferencia fue cruel y larga. Las certezas de Fliess finalmente se revelaron a Freud como delirantes. Pero tomó su tiempo. E incluso cuando Fliess cometió un gran error al operar a un paciente y dejando una herida en su nariz que comenzó a supurar, Freud en sus cartas dijo: “pero no tiene nada que ver contigo, no es tu culpa, tengo plena confianza en ti “. Está claro que tiene muchos problemas para abrir los ojos. El resultado fue, por lo tanto, el desencadenante de una paranoia, no en Freud sino en Fliess. Es así que Freud podría decir: “He tenido éxito donde el paranoico fracasa”.

Pero la transferencia en análisis no solo concierne al saber del Otro sino más bien al saber inconsciente. En la neurosis, esta certeza de que el saber inconsciente está mitigado, no es absoluta. Es la del “fantasma”. Esta especie de semi-certeza que lo hace “verdadero” porque me conviene así, se ajusta a los caminos de mi goce. Es mi método en la vida, para retomar a Descartes.

Sin embargo, esta relativa certeza del fantasma no existe desde el principio. Es sustituida en un segundo tiempo por una certeza radical, la que surge de la primera captura del cuerpo en el lenguaje. En ese momento, la primera palabra de alguna manera mata la cosa, dejando una significación única y un sujeto abolido tanto como despertado por la palabra. Es el tiempo mítico de una certeza absoluta, pero sin sujeto, como serán las verdades lógicas más adelante. En lógica, se dice “es verdadero” o “es falso” pero no hay ningún sujeto allí.

Para llegar a una certeza menos absoluta, pero compatible con el deseo y la vida, la del fantasma, será necesario pasar por un tiempo intermedio. Un desvío a través de la incertidumbre en cuanto al deseo del Otro. ¿Pero qué quiere de mí? Ella me dice esto, me dice aquello, mi conejito, mi querido, pero ¿qué quiere que sea más allá de todo lo que dice? Es a lo que el sujeto responde primero por su desaparición. ¿Me puede perder? ¿Y si estuviera muerto? Saben que todos los niños juegan a esto: se van a esconder, se vuelve preocupante cuando nadie viene a recogerlos. En un primer tiempo él responde con “y si estuviera muerto, ¿puedes perderme? ¿Cuál es tu deseo a fin de cuentas?”. Posteriormente, el sujeto interpretará esta falta del Otro mediante la introducción en la pregunta “¿qué quiere de mí?” de un objeto parcial, un objeto pulsional, oral, anal, escópico; estos objetos entran en el fantasma como la causa del deseo, es decir: me hago lo que ella quiere que sea, ¿qué debo ser? Y en ese momento hay un objeto que estará implicado en el asunto, un objeto de goce entre la madre y el niño, la mirada, el pecho, las heces eventualmente, porque es el objeto de transacciones entre la madre y el niño que a veces dura un poco más de lo necesario. Hay madres que se pegan a esto… y es necesario también que el otro ceda en algún lugar, pero estos objetos pueden llegar a funcionar como objetos causas del deseo, cuando son cedidos de parte del otro. El seno como objeto que causa deseo es el seno destetado. Entonces me vuelvo este seno. De allí, me hago chupar, me hago cagar, esos goces particulares que muestran que en algún lugar estamos siendo este objeto para responder la pregunta del Otro. En el fantasma, ¡por supuesto! Y esto sigue siendo perfectamente opaco. Es solo que lo vemos en el comportamiento: hay personas que no paran de hacerse rechazar, por ejemplo, se preguntan por qué, pero es que en algún lugar están representadas por este objeto de rechazo.

Entonces, estos objetos son muy importantes, son parciales y representan de manera parcial el deseo del sujeto. No son objetos de deseo, son los objetos que causan el deseo como representación de este ser que me falta. Dado que el parlêtre es un ser que carece de ser, somos falta-de-ser.

Esto es lo que no sucede en la psicosis, al parecer, estos objetos están ahí, y especialmente la voz y la mirada, pero las voces psicóticas no son el soporte del sujeto, por falta de la noción misma de causa, porque en este punto el Otro no carece de nada. No hay pregunta posible sobre la falta del Otro, ya que el Otro aparece como sin falla.

El cuestionamiento del sujeto en tal o cual ocasión desencadenará una respuesta total. Es a él a quien se quiere, es él que está totalmente implicado y no cree que se espere que deje caer algo, un fragmento de goce. Porque cuando tiene que sostener nuestro deseo, es necesario dejar ir algo, no se puede tomar todo. No se puede tener la mantequilla y el dinero de la mantequilla, como decimos de una manera un poco más vulgar. Para el neurótico, se espera que suelte algo, lo que sea necesario de goce para acceder a su deseo. En el tratamiento psicoanalítico de las psicosis, la falla de este tiempo de incertidumbre no permite el establecimiento de esta hipótesis que es el fantasma.

Por hipótesis, Lacan llama a esta disposición paranoica más específicamente la holofrase entre el primer y el segundo significante. Es como si no hubiera ningún defecto en la primera articulación del sujeto. En otras palabras, el sujeto futuro no podría cuestionar el deseo del Otro por la buena razón de que no había falla, era evidente, punto.

En el tratamiento psicoanalítico de las psicosis, la falla de este tiempo de incertidumbre no permite el establecimiento de esta hipótesis que es el fantasma. Ahora es el fantasma que construye la historia del sujeto. Es también la razón por la cual el relato de su infancia por parte de los psicóticos no se parece a una historia subjetivada sino más bien a una historia en forma de observación de hechos objetivos.

En el análisis de Lacan, no solo hay más que una transferencia, la del analista. Pero este analista, de hecho, puede transferir sobre el saber del psicótico o del pre-psicótico y, por lo tanto, puede ser tentado, ya que la transferencia del analista sigue siendo una transferencia sobre el saber del paciente; eso le interesa a él.

Por lo tanto, puede ser tentador pedirle al paciente que diga un poco más, que sepa un poco más sobre su saber inconsciente. El resultado puede no tardar mucho: desaparición rápida y angustiosa del sujeto bajo una absoluta certeza. Experiencia de un hecho vivido delirante de significaciones personales. Lo que hoy se llama más bien un síndrome de referencia hasta que una significación delirante venga a enganchar al sujeto al Otro de una manera comprensible por él, por el sujeto: “Están celosos, lo que quieren es mi dinero, etc. …”, finalmente en general “se trata de mí, están celosos de mí, estoy tan bien”, como el paciente de Ferenczi.

La experiencia de Ferenczi, cada analista la ha podido conocer y experimentar. Ya Freud en su transferencia sobre el saber de El hombre de los lobos, por ejemplo. No es por nada en el episodio psicótico que presentó cuando Freud realmente quería preguntarle al hombre de los lobos: “pero fue en esa fecha que ocurrió este sueño, etc..”. En cierto modo, le pidió al hombre de los lobos que verificara la teoría, que trajera la piedra, la piedra angular que aseguraría la cohesión del todo. El hombre de los lobos hace un delirio en la nariz: hay un agujero. “Donde me preguntas, hay un agujero”. Por supuesto, si hubiera podido responder así, no habría estado delirando.

Entonces, ¿el psicoanálisis es de alguna ayuda? Acabamos de ver que el deseo del analista podría transformar un pre-psicótico en una psicótico o incluso agravar un psicótico confirmado.

¿Pero todo diálogo con estos pacientes sería inútil e incluso peligroso?

Intentemos hacer algo.

Primero, no es necesario haber hecho un análisis para mantener un diálogo respetuoso de su subjetividad con un paciente psicótico, aunque eso puede ayudar.

He conocido psiquiatras que no habían sido analizados pero que se conducían correctamente con psicóticos. En cualquier caso, hay pacientes que solicitan el diálogo, por diversos motivos. Por ejemplo, dar a conocer la intolerable situación que se les presenta. Ser escuchado es un alivio por un tiempo. Durante mucho tiempo, el paciente de Ferenczi se sintió aliviado por las entrevistas, duró doce años, durante los cuales mantuvo las cosas en marcha. También se puede tratar de obtener tal o cual favor, tal o cual reconocimiento, ventaja, y muy a menudo de manera directa. No son quisquillosos como los neuróticos. También podemos dilucidar lo que les está sucediendo porque hay personas que sienten curiosidad por lo que está sucediendo. Podría decirse que es posible dialogar en un buen tono científico, y esto aún más desde el propio análisis del analista, que le habrá permitido no proyectar su propio fantasma sobre la situación, en la tentación de dar sentido a lo que se viene a decirle y que es tan oscuro. La tentación, por ejemplo, de ver una represión de la homosexualidad en la paranoia no es una buena idea. Por lo tanto, eventualmente hace posible intentar con el paciente identificar las particularidades y quizás las fragilidades de su estructura.

En general, por lo tanto, también es necesario frenar nuestra tendencia a interpretar cuando sabemos que lo que se puede decir puede ser tomado por el paciente al pie de la letra, de una manera no-metafórica. Del mismo modo, tampoco debemos respaldar la idea de que entendemos lo que el paciente dijo en medias palabras en comentarios alusivos. Por ejemplo, no sé si ya he citado este ejemplo, pero encuentro que es muy bueno, de Nicolas Dissez, quien dice que tiene un paciente de las Antillas que tiene un delirio de filiación y le dice esto: 1997 fue el año en que mi madre adoptiva intentó darme un amante llamado Arnaud. ¿Sabe a qué me refiero?

-Bueno, no. Disculpas, pero no estoy seguro de entenderlo.

-Bueno, es porque le dije al revés el doctor: Arnaud es Noard.

Marc Darmon luego señala que, si hubiera sido una neurosis, la aparición del juego de palabras destinado a Arnaud / Noir en un sueño, por ejemplo, habría sido desconocida por el sujeto. Y es el analista quien habría tenido que leer “negro [noir]” en Arnaud, suponiendo que fuera pertinente, por supuesto. Entonces en el caso de esta mujer, se trata para el analista el rechazar la connivencia en la evidencia del sentido. Hay algo del sinsentido, esto es lo que el paranoico no acepta. Hay un momento en que el presidente Schreber (que es psicótico) grita “Todos los sinsentidos se anulan”. Todo tiene sentido. Pues no: para nosotros hay sinsentidos.

Este rechazo de connivencia en la evidencia de un último sentido, además, puede ayudar a la paciente a no perderse en alusiones que la consuelan en la certeza de que el Otro sabe. Este rechazo, por lo tanto, tiene como objetivo hacer una detención, a falta de la inscripción de lo imposible. Un saber entonces sobre el mecanismo de la forclusión como distinta de la represión es lo que le faltaba a Ferenczi y a Freud, por ende. Este Freud me molesta un poco porque descubre que en algún lugar del hombre de los lobos hay un mecanismo diferente y después ya no lo tiene en cuenta. En sus últimos artículos, siempre habla de represión, mientras que, en un momento, especifica que hay algo más allí, como si no se hubiera emitido un juicio, que no existiría la castración. Esto es lo que anuncia y luego, sin embargo, continuó hablando de represión. Pero bueno… ¡qué hombre de todos modos!

Un saber sobre el mecanismo de la forclusión como distinto de la represión faltaba a Ferenczi y esto justifica esta reserva sobre el furor para interpretar que, en el caso planteado, desafortunadamente había venido desde fuera del tratamiento leyendo un artículo del psicoanalista. Lo que nos coloca en una posición muy vergonzosa porque siempre se nos acusa de nunca exponer casos, pero cuando exponemos casos, los pacientes los leen y los culpan por haber hablado de ellos.

Que la forclusión caiga sobre el Nombre-del-Padre, es decir, lo que establece al padre como un significante, por lo tanto, en orden simbólico y no como un Coco[2] imaginario (no solamente, también es un Coco imaginario) puede evitar empujar al paciente a situaciones peligrosas para él, precisamente en todas estas áreas que se relacionan con la paternidad, la relación con el jefe, etc. Vieron cómo en Ferenczi termina con un asalto a su jefe.

La noción de suplencia a esta forclusión fue planteada por Lacan bastante tarde, pero ya está en el caso de Freud en la forma de la afirmación de que el delirio ya es un intento de cura. Pero no es solo el delirio el que puede ser una suplencia al abandono del sujeto. Por ejemplo, se dice que para Joyce su actividad literaria fue una suplencia. Sin embargo, no es seguro que Joyce fuera un psicótico en el sentido de la forclusión del Nombre-del-Padre. Pero finalmente, hay suplencias que justifican alentar al paciente en ciertas actividades donde éste se destaca. A menudo es por escrito y, a este respecto, siempre se debe tener cuidado cuando los psicóticos traen escritos para conservarlos y cuidarlos. En las psicosis es muy importante, pueden venir de lejos para reclamarlos entonces.

Un cuidado por varios, dos, lo que ocurre con bastante frecuencia cuando uno es psicoanalista, no médico, con psicóticos para los que también es necesario consultar periódicamente al psiquiatra, puede ayudar, siempre que estas personas lo consideren: esto permite paliar parcialmente los peligros de la transferencia psicótica. Esto hace una relación de tres, es protésico, no previene la psicosis, pero reduce el carácter frontal de la transferencia psicótica.

En resumen, el método con psicóticos, por lo tanto, es meta odos, el camino con, lo diría así, sin fascinación por el saber delirante, ahora que estamos advertidos por la experiencia de Freud, de otros y luego de nosotros mismos. Es, debe decirse, un camino que no va a ninguna parte, en todo caso que no tiene un final lógico.

Sin embargo, en una cura neurótica, que a menudo no llega a su fin, existe un final lógico. En la psicosis, no hay algo que haga posible decir: la cura para este psicótico ha terminado. Y, además, lo que sucede es que cuando estás a cargo de un psicótico que tiene transferencia contigo y las cosas suceden de manera moderada, ¡bueno, él permanece en tratamiento toda su vida! Este camino ”con” a menudo se convierte en una función psíquica, que se va a integrar de manera temporal o duradera según sea necesario para el sostenimiento del sujeto. Se debe tener un poco de cuidado, decir, por ejemplo: “bueno, bueno, me voy, irás a ver a tal”; puede funcionar muy bien si realmente hay una transmisión, pero también se puede experimentar como una liberación, y se puede justificar todo lo que quieran, para un psicótico, eso no está bien. Es suficiente una vez que esta transferencia está en marcha, es muy frecuente que una cita calme una ansiedad o un delirio que se reactiva. Pero obviamente no siempre es suficiente y casi nunca es suficiente en el caso de episodios agudos de psicosis maníaco-depresiva. Si ustedes ven a un melancólico que se hunde en la melancolía, que recae en la melancolía, podemos creer en el diálogo, pero vemos que dos días después, las cosas son peores. Ahí es necesario que tomar decisiones.

Así que insistí en la prudencia que era necesaria debido a las peculiaridades de la transferencia psicótica que espero haber tratado de explicar. Esto de ninguna manera impide el trabajo de elaboración con aquellos que se van. Este es especialmente el caso cuando uno sospecha que fue una ruptura contingente en el hilo de la historia del sujeto lo que favoreció la forclusión. Les señalo un libro de Françoise d’Avoine y Jean-Max Gaudillière titulado “Historia y trauma: la locura de las guerras” donde muestran el impacto psicotizante de la no transmisión del trauma en las generaciones anteriores.

Finalmente, la forclusión es ciertamente un concepto muy poderoso, pero es solo un concepto. Se ha desarrollado para dar cuenta de este retorno de lo Real, al menos en realidad, con un lado Real, de algo que no ha sido simbolizado. Si el paciente de Ferenczi de repente ve enormes falos después de lo que sucede, es que eso no ha sido simbolizado y vuelve a la realidad en forma de alucinaciones.

Eso es lo que explica esto: no es represión, es otra cosa, Lacan la llama forclusión. Pero eso no designa el ser de un sujeto, y menos aún la ausencia de sujeto en la medida en que no debería decirse que no hay sujeto en la psicosis. Por otro lado, indica que donde ocurrió, la forclusión, no se puede esperar una respuesta del sujeto, ya sea sintomática o no, sino solo una respuesta automática que coloca al sujeto en lugar del objeto para el goce del Otro: es decir, una alucinación, un delirio. Por lo tanto, es importante distinguir claramente el mecanismo de forclusión que explica, que da cuenta que el hecho de que algo no ha sido inscrito en el inconsciente del sujeto como resto simbolizado. Pero de repente, cuando el sujeto está expuesto a esta significación, y no tiene este significante a su disposición, éste vuelve desde el exterior. Esto no evita que el psicótico sea un sujeto, además, pero cuando sucede, no podemos esperar una respuesta del sujeto.

Preguntas.

– ¿Qué quiere decir cuando dice que algo no se ha inscrito en relación con esta forclusión, que solo sería un concepto?

– Digo que la forclusión es un concepto muy poderoso, pero es un concepto, es decir, algo que nos permite cernir un real. Pero aún se tiene que distinguir entre cuál es el concepto que está tratando de precisar algo y luego esa cosa misma. Lo que quería decir sobre todo es que la represión, no más que la desmentida descrita por Freud para la perversión, no explica esto: que en algún momento el sujeto está alucinado. Él escucha voces y estas voces no son suyas. De esto no puede dudarse. Entonces, hay un mecanismo que es diferente. La idea de Lacan es que lo que surge en forma de vo, es lo que no ha sido simbolizado, es algo que ha sido eliminado del orden simbólico, o que nunca ha sido simbolizado. Si se han registrado, las dos cosas son diferentes: bueno, afecta la función paterna, el Nombre del Padre. El Nombre del Padre que produce una significación fálica. La significación fálica es la castración, razón por la cual no todo es posible, lo que hace que todo no tenga sentido, que haya sinsentido. Todo no se puede decir, eso es castración. Esto es precisamente lo que a veces no funciona. Por ejemplo, un paciente talentoso, que ha trabajado bien, su jefe le ofrece a asumir una responsabilidad: llega a la oficina, está feliz, demasiado feliz, un poco eufórico, ¡maravilloso! Al día siguiente se le ocurrió: “Sí, ¡para eso debo morir!”. No hay un significante que respalde esta posición de autoridad. Tienen que escucharlo para tratar de entender. Hay algo que no le permite, que se le ocurrió: venir a este lugar allí para él debía ser identificarse con el primer significante, en cierto modo, y ya no ser representado por un significante para otros significantes. Pero si hubiera tenido este tiempo intermedio de incertidumbre, de preguntas, probablemente lo habría respondido con un problema neurótico: “Pero, ¡cómo! ¡No lo voy a lograr! Y entonces tendré responsabilidades, valdrá la pena de todos modos, pero mi esposa dirá que …” o de lo contrario tendrá un síntoma obsesivo. Pero en este caso no es eso: está contento porque piensa “Ah, eres un buen chico”. Y luego al día siguiente “sí, pero tengo que morir por eso”.

He aludido a estas cosas complejas que son elementos de la historia del sujeto que no se han transmitido, que han seguido siendo traumas en generaciones anteriores, como sucedió a menudo, en el siglo XX, en particular, y que entre los descendientes puede desencadenar una especie de forclusión. Es difícil, parece que, al trabajar más, encontrar los elementos faltantes de la historia, eso todavía permite al sujeto a veces orientarse más. Los síntomas son psicóticos en apariencia, hablamos de una gran confusión mental, pero en realidad no es lo mismo.

Les estaba diciendo que el término forclusión, el concepto de forclusión es bastante poderoso. Entre el hombre de los lobos que hace un bouffée delirante, un episodio delirante muy limitado, una pequeña paranoia sobre algo en su nariz que está dañado ocurre, y el presidente Schreber, que pasará gran parte de su vida en el manicomio -es espantoso, incluso si pudo mantener la posibilidad de escribir un libro sobre su historia, sigue siendo un gran delirio porque recaerá- hay una gran diferencia. En el caso del Presidente, lo que sabemos del padre era bastante terrible: es decir, lo que está del lado de la forclusión se redobla por el uso que el padre hace de su posición paterna, que es una posición absolutamente no mediatizada. Es él quien lo sabe todo, es el padre quien sabe lo que es necesario para la felicidad de los pueblos. Escribió muchos libros de texto para enderezar las piernas, pararse bien, con dispositivos, para mantener a los niños en posición vertical, y luego están los huertos para los trabajadores, los Schreber Garten, que siempre están en actividad en Alemania. Un tipo extremadamente reconocido también, en una familia muy reconocida. Aparentemente, tiene efectos psicotizantes, es mejor tener un buen padre, que cuida bien a la madre y a los demás, pero que no sea demasiado educativo; no un padre educador, dice especialmente Lacan. No es que no deba gritar de vez en cuando, si los niños están haciendo travesuras en el auto y molestando a 80 personas porque el bebé o el niño pequeño están gritando. También hay una diferencia entre este tipo de ausencia total de represión[3] que a veces vemos en los padres y en el padre educativo.

Bernard Vandermersch

Links: https://ephep.com/fr/conf%C3%A9renciers/vandermersch-b-dr-0


[1] Vandermersch, Bernard. Particularités du transfert dans les psychoses. [En línea]: https://ephep.com/fr/content/conf-ecrite/bernard-vandermersch-particularites-du-transfert-dans-les-psychoses

Traducción por Patricio Moreno Parra.

[2] Haciendo referencia al “Coco” como personaje que es perseguidor en los cuentos infantiles.

[3] Represión no en el sentido psicoanalítico.

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