El Agujero Negro de la Diferencia Sexual – por Marie-Hélène Brousse – 2019/05/02

EL AGUJERO NEGRO DE LA DIFERENCIA SEXUAL[1]

Por Marie-Héléne Brousse

2019-05-02


Daniel Roy logra una hazaña ordenando avances sucesivos, desde Freud hasta Lacan, sobre este tema de “La diferencia sexual”. Pintó el cuadro tal como emerge hoy en la Orientación Lacaniana desplegada por Jacques-Alain Miller con la ayuda de una brújula, el goce, concepto difuso. Lo hizo introduciendo en su enfoque los cambios importantes que tuvieron lugar en el discurso del amo y su reverso, el discurso analítico. Nos mostró cómo Lacan, tan sensible a los cambios en la modernidad, logra anticipar los movimientos en el discurso del amo antes de que aparezcan, demostrando así la fuerza predictiva del psicoanálisis cuando la clínica se une[2] a la lógica y la topología. Así que me sentí libre de para presentar algunas pistas de investigación adicionales para los próximos dos años.

La diferencia: el poder del binario

Sexual o no, grande o pequeña, la diferencia es uno de los fundamentos del orden lenguajero. Opera, porque es en primer lugar una operación, para, al mismo tiempo, separar y enlazar. Es un par que permite, ya sea metonómicamente o metafóricamente, un ordenamiento de significantes, de palabras, de conceptos, de imágenes, de sonidos. Vamos a leer a J.-A. Miller[3] y nos daremos cuenta del poder de la diferencia, y por lo tanto de los binarios, para poner orden en lo simbólico. Así es como funciona el vínculo social y todos los elementos humanos pueden reducirse a él.

El discurso de hecho extiende la operacionidad de la diferencia al orden social, a la familia primero, pero más generalmente a todas las estructuras institucionales: los vivos / los muertos, los ricos / pobres, los oprimidos / los opresores, los buenos / los malos, y, por último, pero no menos importante, los hombres / mujeres.

Pero la diferencia es también un modo de satisfacción que produce goce, tanto afirmándose, porque cada parlêtre goza de su diferencia, como borrándose. Es entonces el goce de la mismidad, el del “nosotros” contra los demás, una fraternidad que Lacan ha demostrado que es el fundamento del racismo. La misma es también la base del machismo. Desde el orden diferencial, uno se desliza hacia el orden segregado. No hay segregación que se aferre a una diferencia atribuida a los modos de disfrute. La diferencia, que subyace al orden simbólico y alimenta las satisfacciones imaginarias, tiene efectos reales.

La diferencia sexual, clásicamente binaria, está experimentando una agitación inédito. Una serie de movimientos de opinión tratan de arrebatarlo del binario S1 – S2 para pluralizarlo – LGBT – o borrarlo: rechazo de género o exigencia de lo neutral. Una de las tendencias de la época era favorecer el ‘o inclusivo’ -o a, o b, o ambos – al ‘o exclusivo’ – o a, o b, no ambos. Pero, el binario comanda, correlativamente a estos movimientos emancipatorios; también se desarrolla, en reacción, un movimiento conservador que se impone en contra en la política mundial: Bolsonaro, Trump, el surgimiento de religiones y sectas. En Francia, hemos visto este movimiento manifestarse en contra del llamado “matrimonio para todos”[4] volviendo a las representaciones de la diferencia sexual tradicionales del patriarcado.

Toda la enseñanza de Lacan aborda la cuestión de la diferencia sexual en los hablaseres, no a partir de la naturaleza, sino del lenguaje y del sujeto. Este cambio radical de punto de vista diferencia el falo del pene, por tanto, del significante de la del órgano, y culmina en Seminario XX, Aún. Pasando del sujeto al cuerpo hablante, la diferencia deja de ser organizada por el orden binario y da paso a una oposición no binaria entre el Todo, que incluye todos los seres hablantes de cualquier tipo que sean, y el no-todo, que precisamente ya no permite la diferencia binaria que debe consistir.

¡Pero no tan rápido! Empecemos por la clínica del niño, que todavía nace a menudo en la estructura familiar tradicional. D. Roy termina su texto con esta indicación dada por J.-A. Miller durante su discurso en la Primera Jornada del Instituto de la Infante: “Corresponde al Instituto del Infante restituir el lugar del saber del niño, de lo que los niños saben”[5]. Me oriento con esta recomendación, que aquí le da al genitor su sentido revolucionario en el sentido literal y, por lo tanto, al Instituto del Infante su poder. No lo que nosotros -los psi, los adultos- sabemos de los niños, sino de lo que aprendemos de la boca de los niños. Está ahí la revolución psicoanalítica operada por Freud con la histeria. Lacan ha aplicado esta fórmula de extracción del saber por la clínica analítica a la letra a lo largo de toda su enseñanza.

Cambios en las estructuras de parentesco o la segunda muerte de Layo

Un analizante relata en la sesión lo que le acaba de sucederle. Un domingo por la mañana, en la cama con su esposa, en la intimidad de su habitación, conversando de una manera relajada, llega su último hijo que, parándose al pie de la cama, le grita: “Tú, tú vas a tener una sorpresa”, y vuelve a su propia habitación. Luego regresa con su espada de plástico y, sin decir una palabra, propina el golpe más fuerte que puede en el edredón contra los genitales de su padre. Versión moderna de Edipo, fundamento de la estructura psíquica freudiana y del psicoanálisis. ¡Sorpresa de Layo, pero en análisis!

Añadamos otro elemento: a principios de la década de 1980, trabajando con aquellos que aún no se llamaban maestros de escuela, que habían traído dibujos de sus estudiantes de jardín de infantes como documentos de trabajo, se interrogaron, señalando que “hombre” y “mujer” no eran las palabras utilizadas por los niños de jardín de infantes para referirse a las diferencias de género -hoy diríamos de géneros- porque la lengua, si se le da la atención precisa que requiere en la práctica del psicoanálisis, es el saber insabido. La diferencia que aparecía era entre “padre” y “madre”: había padres y madres, no hombres y mujeres.

Estas dos viñetas clínicas me llevan a considerar que el discurso del amo ha cambiado. Por un lado, el género tiene prioridad sobre el sexo, por otro lado, como señala Lacan en repetidas ocasiones, el padre y el patriarcado han experimentado una disminución definitiva de las sociedades organizadas uniforme y globalmente hasta ahora por la economía capitalista, enfeudando el nombre al objeto. En el plano jurídico, por ejemplo, el derecho reemplazó a “padre” y “madre” por “parentales” y la noción de “parentalidad” modificó la distribución de la autoridad en la familia. Sin olvidar hablar de los “derechos del niño”.

La “parentalidad”, así como el llamado matrimonio “para todos”, muestra una mutación en las estructuras de parentesco y, por lo tanto, en los lazos familiares. Hemos pasado a un universal que se puede enunciar con la fórmula “para todo padre”, independientemente del género y el género. ¿Qué nuevo saber surge en el niño que se enfrenta a estas mutaciones?

En el momento del orden de hierro de lo social, ¿dónde se anida la diferencia sexual?

En “Televisión”, Lacan declaró en 1973 que “El orden familiar solo traduce que el Padre no es el genitor, y que la Madre sigue contaminando a la mujer para la cría de hombre”[6]. ¿Sigue siendo así? ¿Los hijos en el 2021 siguen cubriendo al hombre por el Padre y a la mujer por la Madre? Como Lacan anticipa en Seminario XXI, Les non-dupes errent, usando “el nudo borromeo como algoritmo”, “el orden de hierro de lo social” ha reemplazado el orden familiar patriarcal[7]. Adiós padre y madre, hola parentalidad: la castración se ha desplazado. La función fálica es paradójicamente sometida, del lado de las identificaciones, ya sea al órgano -identificación imaginaria- o al género -nuevas versiones de la nominación, que se ha convertido en autodenominación. Lo único que permanece estable es la diferencia en sí como una función engendrada por el lenguaje, y por lo tanto, de lo real de la elección que es la definición mínima de castración.

Le queda al niño, que se ha convertido en la base y ya no en el efecto de la familia, elegir su lugar en una diferencia que se ha pluralizado. ¿Cuál elegir? ¿Cómo lo hace? ¿Soy un hombre? ¿Una mujer? ¿Un bi o una bi? ¿Un o una trans o un cis? ¿Una o un tipo heterosexual, homosexual? Etc.

Dos observaciones. La primera acerca de este punto del lenguaje porque, al final, no hay más que este que no esté sometido a elección: hoy en día, la formulación aceptada ya no es transexual, sino transgénero. Esto marca que “trans” toca el ser del discurso y no la falta-en-ser, que es la consecuencia del agarre del lenguaje en el cuerpo en tanto que habla. Segunda observación: la tesis de Lacan según la cual las minorías son responsables de los cambios en las modos de goce de los hablaseres es válida. El término heterosexualidad surge en la lengua después de aquel de homosexualidad y aquel de cisgénero después del de transgénero. Por lo tanto, el niño en tanto “perverso polimorfo” es designado como inventor.

Las embrollos del falo y las satisfacciones singulares

A partir de ahora, no es evidente el uso del término “función fálica”. La diferencia sexual ha sido, desde Freud, de manera más o menos dichosa, abordada a partir del término falo, cuando es reducida simplemente a la anatomía del macho, es decir, al pene. En ese caso, se basa en una forclusión de la anatomía de la hembra. Ernest Jones y otros debatieron desde estas premisas[8]. Pierre Naveau ha dedicado un importante estudio a este período de la teoría analítica.[9]

El curso de J.-A. Miller de 2008-2009 titulado Sutilezas analíticas actualiza las cosas con rigor[10]. Hace concreta la expresión de Lacan en los Escritos: “[…] la caída de lo heteróclito sobre el complejo de castración.”[11], un término que prefiere, en este momento de su enseñanza, al término clásico del complejo de Edipo. El falo es un “metasignificante” que se refiere al “flujo vital”, a un “significante imaginario”, un “significante simbólico”, un significado, una significación, un sacrificio, un símbolo, un signo, un órgano, etc. Como señala J.-A. Miller, “Y ese mundo libidinal que creó, lo hizo girar en torno a un significante, el falo (φ), que también fue algo elocuente para todo el mundo (¡y cómo!), tanto más elocuente cuanto este significante es imaginario”[12]. El falo habla con todo el mundo y hace que los psicoanalistas se estremezcan. Desde el punto de vista del trabajo clínico, es, en el mejor de los casos, la explotación del principio de malentendido, fundador de la palabra; en el peor de los casos, un velo de ignorancia. Por eso J.-A. Miller reduce lo heteróclito de este metasignificante a un valor: el valor “menos” que hace límite al goce y, por lo tanto, hace posible el deseo. Está claro por qué Lacan había optado por “complejo de castración” en lugar de “complejo de Edipo”.

Tales complejos y el falo con una definición heterogénea fueron y son la ocasión de deslizamientos y prejuicios que intervienen en ciertas tomas de posición en el pasado, incluso reaccionarias, del psicoanálisis freudiano, luego postfreudiano, incluso lacaniano. Lacan siempre se cuidó de tales deslizamientos en el discurso del amo, a diferencia de algunos de sus estudiantes, como Françoise Dolto. Así, siempre diferenció el sujeto del individuo y del yo. Deshumanizó al padre reduciéndolo al nombre -el Nombre-del-Padre-, y equiparándolo con función metafórica; y la madre reduciéndolo al deseo. Nunca deja de recordar que esta operación, que tocó sobre la base del simbólico en psicoanálisis, fue una de las razones de su excomunión por el mundo analítico de la época, y la razón por la que nunca regresó a este Seminario titulado “Los Nombres-del-Padre”, interrumpido por el SAMCDA[13] y su “aire patrimonial”.

Sí, como lo hace J.-A. Miller, reducimos el falo al signo menos, a este valor común que permite a los cuerpos hablantes entrar en el comercio y el intercambio, ¿cómo abordar la diferencia sexual, si no por la singularidad de los modos de gozar? En un momento en que el estatus del niño en la familia ha cambiado, donde, de producto se ha vuelto fundamento, ¿cómo aborda el niño la falta, este “menos”, inevitable, consecuencia del lenguaje en los cuerpos y en el lazo del discurso? La elección de su modo de gozar singular, ¿cómo habla el niño de éste?

¿Mutante o híbrido? Teorías sexuales infantiles

Otras dos viñetas clínicas muestran el poder del saber que los niños inventan.

Una niña, desde los dos años, había impresionado a sus seres queridos por el hecho de que, para afirmar su feminidad, exigía que le pongan varios vestidos uno encima del otro, en la lógica de hacerse ella mismo el fetiche, y que había recibido como regalo a seis años un pequeño cuaderno con un candado -diario de una princesa-, rentabilidad capitalista del cuento de hadas. Uno o dos años más tarde, el objeto abandonado cayó en manos de un adulto curioso. Entre algunos dibujos escritos en páginas tras página, la siguiente frase: “El Príncipe Azul es un idiota”. ¡Caramba! No lo sabía, pero debería haberlo hecho. Es una evidencia. No sirve sino para despertar a la Bella Durmiente. Esto recuerda a la película Kill Bill de Tarantino, en la que el nombre de la heroína se quema en la banda sonora: mientras está dormida en un coma profundo, después de una bala disparada en la cabeza por el hombre que ama, sus “favores” son monetizados por el personal de cuidados. Un día, la bella durmiente de repente se despierta y degolla a esta versión capitalista del Príncipe Encantador, un idiota como se ve más tarde. Estos cuentos, por lo tanto, estos mitos, ¿a qué estructuras se refieren?

En Seminario XIX, Lacan comienza su desarrollo de las fórmulas de la sexuación, y, en el Capítulo VII, que J.-A. Miller tituló “The Passed Out Partner”, dice, refiriéndose a sus intercambios, o más bien a su negativa a intercambiar con Simone de Beauvoir acerca del título que había elegido –El segundo sexo– que “no hay segundo sexo”[14]. Define la sexualidad como una función:

“La función llamada sexualidad está definida se define, en la medida en que sabemos algo de ella -al menos sabemos algo de ella, como mínimo por experiencia- por el hecho que los sexos son dos […] No hay segundo sexo desde el momento en que entra en función el lenguaje. O, para decir las cosas de otro modo, en lo que concierne a lo que llamamos heterosexualidad, lo héteros -término que sirve para decir lo otro en griego- puede vaciarse en cuanto ser, para la relación sexual. Precisamente, el vacío que ofrece a la palabra es lo que yo llamo el lugar del Otro, a saber, ese en el que se inscriben los efectos de la susodicha palabra.”[15]

Entonces, ¿dos o no? ¿Sigue siendo válida la ley de la diferencia, que es la ley de la articulación S1 àS2?

Esta misma niña, dialogando con su hermano, le espetó un saber: “Ya sabes, no hay sino solo niñas y niños”. Sorpresa del hermano. “También hay ‘chicas niños’ y ‘chicos niñas’. Yoy una ‘niña chico’. El hermano respondió secamente que no había ningún reparo para él en encajarse en la clase de “chicos niñas”. El diálogo se detuvo. No hay relación entre los sexos, aun si multiplicamos las clases y tratamos de expandir las categorías. ¿Por qué? Tengo una idea. No es, al parecer, en una reiteración de la fórmula La mujer no existe que se deba buscarla, porque está claro que El hombre no existe. Nadie escapa al hecho de que, tan pronto como comenzamos a hablar de la diferencia sexual, nos vemos llevados por el discurso a hablar en términos de universal: “los” hombres, “las” mujeres y “los” otros. En resumen, no dejamos lo universal, que se caracteriza por la verdad mentirosa y por el sentido, por desgracia, más común, es decir, dominante. En y a través del lenguaje, la sexualidad pasa a través de los desfiles de la palabra y todo locutor se encuentra en la tabla de sexuación que aparece en el Seminario Aún del lado de las dos fórmulas de la sexuación costado hombre: hay una x tal que no ϕ de x, y para todos x ϕ de x.[16]

Para caracterizar los efectos de la diferencia sexual en el discurso y la palabra, el modelo de agujero negro se puede utilizar tal como astrofísicos lo definen en la teoría de la relatividad. Todo lo que entra en interior del agujero negro -toda la información, toda la materia- es asimilado al agujero negro, el cual se caracteriza por sólo tres elementos: su masa, su cantidad de rotación y su carga eléctrica. Todos los objetos que caen en él se vuelven entonces inaccesibles. Tan pronto como uno entra en el campo de la diferencia sexual, todo lo que define la singularidad de los modos de gozar y las posiciones subjetivas se vuelve inaccesible. El binario hombre/mujer neutraliza todas las demás diferencias y hace inaccesibles los cuerpos hablantes en la contingencia y la no-universalidad de su organización. El llamado lado femenino destacado por Lacan es un intento de hacer accesible lo que no es del costado hombre, regido por el régimen del uno de la excepción y del todo de lo universal. En el lado femenino, la diferencia sexual se vuelve totalmente “asimétrica”[17]. Lo femenino sólo es posible si excluimos cualquier idea de complementariedad, inclusión o aun de contradicción.

Por supuesto, la diferencia sexual sólo se puede formular en el campo de la identificación y del fantasma. Ser de un género sólo es posible del lado de la lógica del todo y de la excepción fálica. “El hombre, lo masculino, lo viril […] es una creación de discursos. »[18]. Agreguemos, la mujer es uno también, en función de ϕ, entendido como una medida de valor. Por cierto, podemos generalizar la fórmula La mujer no existe a El Hombre. El sexo es el efecto de un decir. ¿Qué palabras eligen hoy los niños para decir su pertenencia? ¿Tienen nuevas teorías sexuales?

La diferencia es (a)sexual: diferencias ligadas con la contingencia

La diferencia sexual en la vertiente del goce disfrute está relacionada con objetos plus-de-goce u objetos a. Esto la diversifica según el dominio de un objeto particular, un dominio cuyo origen se deriva de marcas contingentes en la historia del sujeto, pero que, precisamente, por ser dominio y fijación, genera una repetición y, por lo tanto, una necesidad[19].

Estos objetos tienen un elemento en común, que, a partir de Freud, el psicoanálisis ha cernido. Están relacionados con los orificios del cuerpo, con el pasaje aprehendido primeramente como pasaje desde el interior al exterior del cuerpo. Los objetos permiten a lo imaginario convertirse en una superficie con borde.

La consecuencia es que, vinculada a los orificios del cuerpo propio, la sexualidad es esencialmente autoerótica, incluso si estos objetos se colocan en el Otro. Se puede leer el actual aumento en el lazo social del discurso sometiendo a condiciones más estrictas el goce de un cuerpo por otro cuerpo, cuando, al mismo tiempo, la prohibición ancestral de la masturbación ha desaparecido. El fantasma, el motor del autoerotismo, sí, el acto, no. ¿La difusión del porno, el imperio de la imagen en las redes sociales, cambia -y si es así, cómo- el acercamiento de los niños a la sexualidad? ¿Un mayor puritanismo, combinado con una mayor crudeza de las imágenes y la liberación de las palabras, conduce a un cambio en la relación del sujeto con su (a)-sexualidad? ¿Los niños de hoy son más bien perversos polimorfos o más bien puritanos?

¿Y el amor?

En el Seminario XXVI, “La topología y el tiempo”[20], Lacan, en 1978, habla de la posibilidad de un tercer sexo, desde su elección para el “borromeo generalizado”: “No hay relación sexual, eso es lo que dije porque hay un Imaginario, un Simbólico y un Real, eso es lo que no me atreví a decir. […] ¿Qué es lo que suple la relación sexual? – continúa. Que la gente hace el amor. Hay una explicación para esto: la posibilidad de un tercer sexo”. Enigmático, haciéndosele difícil, vuelve a afirmar que “este tercer sexo no sobrevive en presencia de los otros dos”, que ellos competen del forzamiento, de la dominación. Así solo se sostiene del amor.

¿El amor se burla de la diferencia sexual? ¿Es, como con el odio, el lugar de lo posible donde deja de escribirse, donde es abolido en absoluta diferencia? ¿Deja, en el campo del amor, de ser dual y clasificatorio, por lo tanto, segregado? ¿Qué pueden enseñarnos los niños acerca del amor como acceso al tercer sexo?


[1] Texto original en francés. [En línea] http://institut-enfant.fr/2019/05/02/le-trou-noir-de-la-difference-sexuelle/. Último acceso: 2019/08/09. Traducción por Patricio Moreno Parra.

[2] Ver. J.-A. Miller. “Orientación Lacaniana”, enseñanza impartida en el marco del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, inédita.

[3] Cfr. J. Lacan. El Seminario, libro XIX, …o peor. Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 231.

[4] Cfr. Colectivo. Matrimonio y Psicoanalistas. París: Navarin/ l Campo Freudiano/La Regla del Juego, 2011.

[5] J.-A. Miller. « Le savoir de l’enfant », in Peurs d’enfants. París : Navarin, Nouvelle collection La petite Girafe n°02, 2011, p. 18.

[6] J. Lacan. “Televisión”, in Otros escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 558.

[7] J. Lacan. El Seminario, libro XXI, Les non-dupes errent. París: Asociación lacaniana internacional, lección de 1974/03/19, pp. 151-160.

[8] E. Jones. “The Early Phase of the Development of Female Sexuality”, “The Phallic Phase”, in Psychoanalysis, No.7, 1964.

[9] P. Naveau. “The quarrel of the phallus: 1920-1935”, una tesis realizada bajo la dirección de Jacques-Alain Miller en 1988 en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII. Inédito.

[10] J.-A. Miller. Sutilezas analíticas. Buenos Aires: Paidós,2014, lección del 2009/04/01.

[11] J. Lacan. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, in Escritos. México: Siglo XXI Editores, 2009, p. 782

[12] J.-A. Miller. Sutilizas analíticas. Buenos Aires: Paidós, 2014, p. 227.

[13] SAMCDA: Empresa de asistencia mutua contra el discurso analítico. Cfr. J. Lacan. “Televisión”, op. cit., p. 545.

[14] J. Lacan. El Seminario, libro XIX, …o peor. Buenos Aires: Paidós, 2014, p.93.

[15] Ídem.

[16] J. Lacan. El Seminario, libro XX, Aún. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 95 y sig.: el universo fálico está soportado por un elemento que no está sujeto a la función de castración.

[17] J. Lacan. El Seminario, libro XII, Problemas cruciales para el psicoanálisis. Lección del 1965/06/16. Inédito.

[18] J. Lacan. El Seminario, libro XVII, El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 58.

[19] N.d.t.: nécessité en el original.

[20] J. Lacan. El Seminario, libro XXVI, La topología y el tiempo. Lecciones del 1978/12/19 y 1979/01/16. Inédito.

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