Improvisación: deseo de muerte, sueño y despertar – por Jacques Lacan – 1981

Improvisación: deseo de muerte, sueño y despertar[1]

Por Jacques Lacan

1981

Enseñante, entonces principiante en el Departamento de la Universidad de Vincennes, tuve la oportunidad, en 1974, de plantear al Doctor Lacan una pregunta que yo resumiría en estos términos: ¿hay que situar el deseo de muerte del lado del deseo de dormir o del deseo de despertar?

El doctor Lacan, que estaba sentado en su escritorio, permaneció en silencio, y yo ya había desistido de escucharlo ya sobre esta cuestión, cuando al cabo de una media hora, me dio su respuesta de una manera bastante pormenorizada y que me llevó a tomar notas lo más completas posible. Es la transcripción de esas notas lo que entrego aquí.

Catherine Millot.

El deseo de dormir corresponde a una acción fisiológica inhibitoria. El sueño es una inhibición activa. Este punto es aquel donde se puede concebir que viene a a conectarse lo simbólico. Es sobre el cuerpo que se conecta el lenguaje, del hecho de la paradoja biológica que constituye una instancia que impide la interrupción del dormir. Gracias a lo simbólico, el despertar total es la muerte -para el cuerpo. El dormir profundo hace posible que dure el cuerpo.

Más allá del despertar

Lo que Freud imagina de la pulsión de muerte, conlleva que el despertar del cuerpo es su destrucción. Porque en el sentido opuesto al principio de placer, eso, él lo califica como un más allá: este más allá, es una oposición.

La vida, en cuanto a ella, está más allá de todo despertar. La vida no está concebida, el cuerpo no atrapa nada de ella, simplemente la transporta.

Cuando Freud dice: la vida aspira a la muerte, es en la medida que la vida, en tanto que ella está encarnada, en tanto que está en el cuerpo, aspiraría a una total y plena consciencia.

Se puede decir que es eso lo que se designa aun incluso en el despertar absoluto, hay todavía una parte de sueño que es justamente sueño de despertar[2].

Uno no se despierta nunca: los deseos conservan los sueños.

La muerte es un sueño, entre otros sueños que perpetúan la vida, aquel de residir en lo mítico.

Es del lado del despertar que se sitúa la muerte.

La vida es algo completamente imposible que puede soñar con un despertar absoluto. Por ejemplo, en la religión nirvanesca, la vida sueña con escaparse de ella misma. Lo cual no quiere decir que la vida es real, y que ese retorno es mítico. Es mítico, y forma parte de esos sueños que no se conectan sino del lenguaje. Si no hubiera lenguaje, uno no se pondría a soñar con la posibilidad de estar muerto. Esta posibilidad es tanto más contradictoria que incluso en esas apariciones no solamente míticas sino místicas, se piensa que se alcanza lo real absoluto, el cual no está modelado más que por un cálculo.

Se sueña con confundirse con aquello que se extrapola por el hecho de que se habita el lenguaje. Ahora bien, del hecho de que se habita el lenguaje, uno se conforma con un formalismo -del orden del cálculo, justamente- y uno se imagina que de lo real hay un saber absoluto.

A fin de cuentas, en el nirvana, se aspira a diluirse en ese saber absoluto, del cual no hay huella.

Se cree que uno será confundido con ese supuesto saber sostener el mundo, mundo que no es sino un sueño de cada cuerpo.

Que esté conectado con la muerte, el lenguaje sólo, a fin de cuentas, conlleva el de ello el testimonio.

¿Es esto lo que está reprimido? Es difícil afirmarlo. Es pensable que todo el lenguaje no esté hecho sino para no pensar la muerte que, en efecto, es la cosa menos pensable que hay.

Es por esto mismo que concibiéndola como un despertar, digo algo que está implicado en mi pequeño nudo SIR.

Yo estaría más bien llevado a pensar que el sexo y la muerte son solidarios, como está demostrado por lo que sabemos acerca del hecho que son los cuerpos que se reproducen sexualmente los que están sujetos a la muerte.

Pero es más bien por la represión de la no-relación sexual que el lenguaje niega la muerte.

El despertar total que consistiría en aprehender el sexo -lo que está excluido- puede tomar, entre otras formas, aquella de la consecuencia del sexo, es decir la muerte.

El no-sentido de lo real

Freud comete un error al concebir que la vida puede aspirar a retornar a la inercia de las partículas imaginadas como materiales.

La vida en el cuerpo no subsistes sino por el principio de placer.

Pero el principio de placer en los seres que hablan está sometido al inconsciente, es decir, al lenguaje. A fin de cuentas, el lenguaje permanece ambiguo: suple la ausencia de relación sexual y por este hecho enmascara la muerte, a la vez que es capaz de expresarla como una especie de deseo profundo.

Lo cual no quiere decir que no se tengan pruebas en el animal, en los análogos del lenguaje, de una conciencia de la muerte.

No pienso que de ella haya más en el hombre, por el hecho del lenguaje: el hecho de que el lenguaje hable de la muerte no prueba que haya de ella ningún conocimiento.

Es el límite más alejado al cual no se accede sino por lo real del sexo.

La muerte es un despertar que participa a la vez del sueño en la medida en que el sueño está ligado al lenguaje.

Que algunos deseos sean de aquellos que despiertan, indica que deben ser puestos en relación con el sexo más que con la muerte.

Los sueños, en el ser que habla, conciernen a esta ab-sencia (ab-sens), ese no-sentido de lo real constituido por la no-relación sexual, que no estimula de ello más que el deseo, justamente, de conocer esa no-relación.

Si el deseo es del orden de la falta, sin que se pueda decir que esa sea su causa, el lenguaje es aquello sobre lo que se prodigan las tentativas de establecer esa relación -su prodigalidad de igual signo que esa relación, no se alcanzará jamás.

El lenguaje puede ser concebido como aquello que prolifera al nivel de esa no-relación, sin que se pueda decir que esa relación exista fuera del lenguaje.


[1] J. Lacan. Réponse de Lacan à une question de Catherine Millot. Improvisation : désir de mort, rêve et réveil. L’Âne Nº 3, 1981, p. 3.

Traducción de Patricio Moreno Parra.

[2] N.d.t.: rêve de réveil, en el texto original.

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