Sobre Algunos Aspectos Contemporáneos del Cuerpo y del Goce – por Stéphane Thibierge – 1999

SOBRE ALGUNOS ASPECTOS CONTEMPORÁNEOS DEL CUERPO Y DEL GOCE[1]

Por Stéphane Thibierge

La célibataire, 1999


El goce no es el placer, contrariamente a una idea hoy corriente, donde cada uno es solicitado a gozar libremente. Se verá aquí recalcadas las consecuencias de un goce cada vez más impuesto al sujeto, fuera de la represión[2]: la angustia sentida de una desintegración del cuerpo y los efectos identitarios y segregativos que la acompañan.

Es el cuerpo que da al goce su soporte concreto, como sus límites reales: es siempre un cuerpo que goza, y no goza sino en la medida que puede soportarlo en los límites en los cuales conserva su consistencia. Más allá de ello, el cuerpo se deshace: el exceso de goce se convierte en imposibilidad real y, al extremo, se une a la muerte.

            La relación entre el goce y el cuerpo interesa directamente a la medicina, ya que es tomado en cuenta en lo que define la práctica y la reflexión del médico[3]. Igualmente, esa relación ha retenido la atención de la especulación filosófica y religiosa. La articulación de esos dos términos -no la única, sino aquella que ha hecho prevaler el ideal clásico- ha consistido en promover lo que sería una relación regulada o normativizada del cuerpo al goce. Una relación así se entendería como acceso del sujeto a una pacificación del goce, condición de la salud del cuerpo, de su conservación, incluso de su placer. Es lo que generalmente se espera de los preceptos de una sensatez, y las sensateces así entendidas reenvían a la idea de lo que sería un control del goce, y por ende del cuerpo. Se señalará, sin embargo, que ese ideal, que regularmente forma parte de la tradición médica, filosófica y religiosa, pudo ser igualmente denunciado por esas mismas tradiciones como engañoso, o imposible en sus objetivos.

            Vamos a proponer aquí algunas anotaciones sobre lo que el psicoanálisis permite articular hoy sobre esa cuestión: cómo el cuerpo soporta el goce y de qué manera éste está ahí expuesto. Habíamos dicho que los dos términos estaban ligados, en ese sentido es siempre un cuerpo que goza. Y sin duda podemos efectivamente definir un cuerpo como lo que realiza un modo singular de goce. Esa definición no supone necesariamente la idea de un dominio del cual el sujeto tendría que hacer un ideal. De hecho, la experiencia del psicoanálisis hace patente más bien que ni el cuerpo, ni el goce que lo determina son percibidos por cada uno como algo de lo cual tendríamos dominio. No es difícil demostrarlo a partir de los hechos de la experiencia común. Si nos representamos habitualmente que tenemos un cuerpo, también podemos constatar igual de habitualmente que no sabemos qué hacer con él, y por ende que el cuerpo está lejos de ser algo del orden de una familiaridad. El cuerpo y su real se impone más bien bajo el modo de excitaciones diversas o de exigencias más o menos coercitivas que el sujeto no reconoce del todo necesariamente como propias. Si “tiene” un cuerpo, es mucho menos a título de goce de propietario que del hecho que no puede evitar, o evitar siempre, aquello que recibe de extraño, incluso de francamente extranjero. Es decir que ese cuerpo no está en realidad jamás tan presente que bajo manifestaciones que serían percibidas por el sujeto como diversamente inoportunas o parasitarias. Eso explica cuán ordinario es, en el cotidiano de la clínica, ver al cuerpo tratado como un desecho que estorba, que sea como el envés o la envoltura oscura de un objeto enigmático el cual el sujeto, a falta de poder zafarse de él, va a hacerse el portavoz más o menos desconcertado.

            Ese cuerpo no es generalmente aquel que el sujeto se representa, sino que es seguramente aquel del cual habla. En aquello que nos dice de él, constatamos el grado de sentir ese cuerpo como otro, bajo determinaciones que aparecen, en grados variables, como extranjeras. Es sobre todo por esta razón que Lacan pudo designar bajo el término de Otro lo que parece determinar al sujeto y su palabra, en particular a través de lo que recibe de un cuerpo supuestamente suyo, pero que lo siente regularmente como totalmente otro. De hecho, ese cuerpo está muy, y desde el nacimiento, tomado y enganchado por las determinaciones del Otro: no solamente aquellas que llevaron los padres, sino también todos aquellos que, de una manera o de otra, anticiparon su venida. Esa inserción en el Otro explica por qué el sujeto humano se encuentra tan fácilmente avergonzado de un cuerpo del cual no sabe qué hacer.

            La actualidad concreta del cuerpo en su relación con el Otro reenvía directamente a lo que el psicoanálisis formuló bajo el término de inconsciente. El inconsciente designa en efecto esa toma del lenguaje sobre el cuerpo -y es el lazo del inconsciente al cuerpo que indica el término de goce. Se concibe entonces en que el goce no es el placer: es aquello por lo cual el sujeto experimenta la insistencia y la repetición a través de las formaciones del inconsciente -sueños, síntomas, actos fallidos- y según afectos diversamente marcados de placer o de dolor.

             El goce no es el placer, y lejos de ser buscado por sí mismo -según una representación favorizada por las formas de las condiciones contemporáneas del mercado y del intercambio- puede volverse fácilmente tolerable por el sujeto, pero cuando su insistencia lo confronta a una extrañeza de la cual no está en posibilidades de elaborar: es entonces que surge la angustia.

            Es en ese sentido que Lacan pudo, siguiendo a Freud, formular el principio de placer como: no demasiado goce, una manera de indicar que el goce no es tolerable sino en la medida que puede ser en una cierta medida temperada, o velado al sujeto.

            Uno de los principales términos bajo los cuales el psicoanálisis fue llevado a formular ese problema es aquel del narcisismo. El problema del narcisismo se dio a Freud como aquel de una cierta economía del goce, permitiendo dar cuenta de las diferentes modalidades según las cuales podía ser soportado. Es una de las principales preguntas que atraviesan el artículo de 1915 sobre el narcisismo[4]. Freud trata de determinar ahí, a partir de una revisión del término de libido, cuáles condiciones debe obedecer la economía de las investiduras libidinales, que había abordado primero como exclusivamente sexuales y objetales, para que pueda tomar efecto la consistencia -y entonces la investidura libidinal- de un yo.[5]

            La cuestión de la emergencia y de la subsistencia de un yo en la economía libidinal del sujeto recorta estrechamente aquella de la relación entre cuerpo y goce: ella indica en efecto las condiciones de un goce del cuerpo, según modalidades diferentes en la neurosis, la perversión o la psicosis. Nos detendremos aquí en lo que concierne a la neurosis, pero anotaremos que el cuerpo, como soporte del goce, no se entenderá entonces de la misma manera en las diferentes formas clínicas, según sea regulado por ejemplo bajo lo que Freud designa como el yo ideal y el Ideal del yo en la neurosis, o articulado en la estructura de un edificio delirante, bajo el modo de lo que nombra “parafrenia” en el artículo precitado.

            Lacan retomó y reformuló, en la concepción del estadio del espejo y sus desarrollos, toda la problemática del narcisismo tal como Freud había comenzado a elaborarla.

            La concepción del estadio del espejo muestra de una manera más general y más desplegada en estructura aquello que Freud había ya dejado ver: que un sujeto no puede soportar el goce sino en la medida en que queda más o menos silencioso, es decir que es regularmente reprimido y desconocido como tal.

            Lo que subraya Lacan es que esa represión y ese desconocimiento van a la par con la puesta en función y la consistencia de la imagen especular. En el doble invertido que le reenvía el espejo, el niño pequeño va a tomar la imagen de una matriz virtual de su propio cuerpo -imagen necesariamente anticipada en relación con el estado de impotencia y de descoordinación motriz en la que se encuentra realmente ese cuerpo. Es esa imagen que va a polarizar un narcisismo fundamental, es decir una carga libidinal suficiente para poder temperar lo que del cuerpo se manifiesta, insiste y se repite a título de goce.

            La carga libidinal de la imagen especular sostiene entonces principalmente a ésta, que sustituye el sentimiento de un cuerpo real -es decir atravesado y fragmentado por todo tipo de excitaciones endógenas y exógenas- hacia el vaticinio totalizante de una unidad virtual fijada por el niño en el ideal de dominio que presenta a su impotencia. Es por esa inversión virtual, pero constituyente de la representación del cuerpo como unidad, que la imagen sostiene su poder de captación narcisista. Lacan añade que ella funda de una vez para siempre el estatuto de señuelo en el que el sujeto humano reconocerá lo que sostendrá desde entonces como su yo.

            Se trata de una sustitución, y participa de la división que el psicoanálisis distingue al principio de la subjetivación. Lo que el niño inviste en efecto en la imagen, es otra cosa que lo real del cuerpo, y es precisamente la instalación y la consistencia de esa “otra cosa” que va a permitir hacer más o menos homogéneo al goce, si se puede decir, a la unidad y a la forma organizada del cuerpo. Más bien habría que hablar de un semblante de homogeneidad: ya que el goce, intrínsecamente, no es homogéneo a la forma imaginariamente representada, es decir unitaria, del cuerpo. Y si el cuerpo es efectivamente el soporte de él, lo es menos en el sentido de que sería una forma adaptada -de la manera en que se conciba la adaptación- que en el sentido en el cual lo soporta, en los límites diversamente bien o mal tolerados.

            Pero eso supone que el goce pueda ser temperado en una cierta medida, que encuentre un punto de detención, y esa regulación no vendría del cuerpo real -ya que la sola dimensión real desde ese punto de vista es la muerte. El goce no puede encontrar otro límite además del real sino el de la interdicción, es decir de una ley, y aquella ley no tiene con el goce ninguna especie de relación. Es un punto que merita ser subrayado, como una de las razones del carácter siempre más o menos raro o extraño que reviste para un sujeto su propio goce.

            Esa interdicción recae sobre la madre en tanto que objeto de goce, y la ley que prevalece supone que el niño renuncie a una posición privilegiada a los ojos de lo que satisfaría a la madre. Esa ley indica en el cuerpo en sí un punto de falta, sobre todo el punto de incidencia de una función supuesta por el niño al padre como aquel que satisface a la madre: es la función fálica.

            En otros términos, la regulación del goce del cuerpo que traduce la instalación de la imagen especular pasa por una renuncia del sujeto a la integridad de ese cuerpo. Es lo que el psicoanálisis resume bajo el término de castración, tanto para la niña como para el niño. Tanto para el uno como para el otro, la zona del cuerpo propio llamada fálica y la función que ahí se adjunta van a caer en principio bajo el efecto de una represión primera que conllevará desde ahí, con más o menos eficacia, aquella de los otros objetos pulsionales: seno, heces, así como la mirada y la voz.

            La castración tal como la resumimos brevemente tiene varias consecuencias. En primer lugar, la limitación del goce que hace posible se traduce por un fenómeno cuya evidencia no es del todo tan inmediata como parecería: se trata de la orientación sexual de ese goce. No es natural, en efecto, que las modalidades de goce se orienten, para el sujeto humano, en la dimensión de lo sexual. Podemos constatarlo subrayando en el catálogo de las perversiones la variedad de las aberraciones aparentes de la sexualidad humana, o el carácter de enigma radical que representa la sexuación en las psicosis, o aún las dificultades comunes de la vida sexual ordinaria. Es decir que ese modo privilegiado de regulación que encuentra el goce en las vías de la sexuación no responde en el humano a ninguna garantía natural. Depende de condiciones específicas que las anotamos más arriba, y que no son para nada garantías: sea que ellas hayan hecho mella al principio, sea que se encuentren comprometidas a la prueba de las tensiones o de los impases de la vida social o individual.

            La castración hace posible que se constituya la imagen del cuerpo tal como la evocamos, como forma unitaria y virtual donde se proyecta y se desconoce lo real múltiple, fragmentado y parasitario del goce. La unidad y permanencia de esa imagen, como su efecto de belleza, no se conciben en efecto sino como sustituto y representación de la falta que toma, por medio de la castración, ese goce primero. La imagen así producida, por engañosa que sea, no conlleva menos efectos reales y, desde cierto punto de vista, saludables ya que funda una representación unitaria del cuerpo. Digamos que resume al narcisismo que determina la relación ordinaria del sujeto a su cuerpo: es como unidad y como totalidad que se lo aprehende. Pero el mismo narcisismo comanda el desconocimiento y la represión de los efectos del inconsciente, y del goce que conlleva: esos efectos serán recibidos como una serie de discordancias que amenazan en grados diversos la unidad de la imagen o del yo.

            La castración, por la represión que pone en juego, determina una falta que es irreductible, es decir que ningún objeto podrá colmar jamás. Es por ello por lo que permite el acceso del sujeto, en la medida en que quiere conocer algo, al deseo y a la trama de metáforas que, en su palabra, intentarán articular ese deseo. Pero es también en lo que, por el sujeto así determinado, no hay manera de relacionar un objeto que sería el correcto para el deseo.

            Se ve entonces de qué manera y por cuáles vías lo que llamamos el goce puede ligarse al cuerpo. Tal como lo recordamos rápidamente, indican de hecho cómo un cuerpo puede soportar el goce en los límites en los que conserva su consistencia.

            Esos límites, como se lo puede ver, no presentan para el sujeto humano un carácter de garantía. El sujeto, el sujeto de la palabra, no muestra adaptación específica al goce. Las vías en las cuales puede hacerlo tolerable son precarias, incluida ahí la más frecuente, que consiste en desconocerlo sistemáticamente recurriendo a una imagen, es decir sobre el yo, antes que tomar en cuenta sus efectos, manifiestos a través de los diversos síntomas que el inconsciente determina en su repetición.

            Esa precariedad de nuestra relación al goce se adjunta sin duda a la estructura que nos constituye como sujetos del lenguaje, ya que es ella que despoja a nuestro ethos, y a la ética en general, el aseguramiento de cualquier garantía encontrada en la naturaleza. Pero ella depende en consecuencia también de las modalidades sociales según las cuales el goce es aprehendido. Son esas modalidades que definen concretamente aquello que llamamos los valores o las mutaciones de una cultura. La nuestra permite, desde esa óptica, algunas anotaciones, que tocan dos aspectos característicos de la manera en la cual una sociedad recibe y trata lo que concierne al goce: son las modalidades de la represión que ella permite, y el acceso a un goce sexual que autoriza. Vemos entonces en qué esos dos aspectos están ligados.

            El psicoanálisis ha podido mostrar en qué la función de la represión era correlativa a un modo específico de inscripción. Lo hizo precisando sobre todo cómo lo reprimido hace retorno bajo formas que llaman a la lectura: sueños, síntomas, actos fallidos, etc. Y la hipótesis del inconsciente está estrechamente correlacionada a esa función de inscripción de la represión.

            Las modalidades de represión presentan por ese hecho una gran afinidad con la escritura, y más precisamente con lo que constituye de su suporte elemental, es decir, la letra. Freud subrayó cómo un síntoma se descifra a la manera de un rébus: un conjunto de sílabas, y en última instancia un ensamblaje de letras. La letra entendida como lo que designa los elementos significantes inscritos a título de la represión es una noción de primera importancia para el psicoanálisis, en una acepción que puede aplicarse a las culturas sin escritura propiamente dicha. En efecto un sueño, por ejemplo, no se presenta menos como un conjunto de elementos para interpretar, y por ende para leer, de diferentes maneras posibles, según la sección que proponga la lectura.

            Es en la medida misma en la que la represión se inscribe que hace posible de la parte del sujeto una cierta consideración de sus efectos: hay ahí un margen de operación, y es eso lo que explica la importancia que podemos dar a todo lo que concierne, bajo formas variables, el estatuto de la inscripción, de la letra y de su aprendizaje, así como de su manejo, en una cultura dada. Esas son las condiciones de lo que permite a la vez la represión y un trabajo sobre la represión, por el cual el sujeto puede eventualmente conocer algo de lo que determina su goce.

            Además, constatamos que las condiciones de la represión, en las sociedades contemporáneas, no se presentan más según las modalidades que las ordenaron de cierta manera durante un tiempo. Hay sin duda varias razones para ello: pondremos de relieve aquí algunas de las más evidentes.

            Primeramente, podemos anotar un hecho cuya importancia Lacan subrayaba y las incidencias subjetivas en la intervención de 1966 que citamos. Ponía de relieve cómo el espacio estaba cada vez más atravesado por redes de ondas diversamente entrecruzadas, haciendo pulular en la dimensión de cada uno voces y miradas distribuidas en un aparataje técnico que hacía de ellos apéndices exteriores de goce de ningún cuerpo. Lo que se encuentra llevado al primer plano a favor de esa proliferación de voces y de miradas, no son efectivamente la mirada y la voz temperadas por la represión, es decir integrables al goce del cuerpo. Son más bien la mirada y la voz como objetos anónimos y acéfalos, es decir bajo los tipos de los cuales la represión es llamada a temperar y a hacer tolerables. Pero su emancipación generalizada, tal como lo vemos de manera cada vez más acelerada, de hecho, impone al sujeto algo del orden de lo no-interpretable: “alguna cosa, -dice Lacan-, que no es un ojo, y que aísla la mirada como presente.”; también podemos decir: algo que no es una palabra y que aísla la voz como presente. No hay necesidad de señalar la carga de angustia y la incitación llevada al pasaje al acto que conlleva esa omnipresencia de la voz y de la mirada en el espacio contemporáneo.

            Es claro que tanto la cantidad como la naturaleza de las informaciones que están al alcance de un niño a través de los diferentes medios y en la vida corriente no favorizan la represión. Es lo que el acceso a un sujeto puede ser llevado, en diverso grado según las culturas, en una iniciación progresiva, y que está actualmente disponible en directo y constantemente: basta con prender la televisión. También es lo mismo en lo que concierne a la sexualidad, pero aún más en lo que concierne a las relaciones sociales en general: la distancia es cada vez más grande entre los mensajes enviados y la represión del destinatario. Además, es precisamente la consideración de esa represión que permite a un mensaje ser interpretable o simbolizable. Pues si no, no puede ser recibido sino directamente, es decir inmediatamente como conminatorio, incluso traumático.

            Esos hechos pueden estar correlacionados a lo que se observa actualmente en las dificultades que los niños encuentran en aprender el manejo de la letra y del escrito. Sin duda, eso se debe a diversas razones, que no abarcan todos los fenómenos que acabamos de evocar. Pero es instructivo escuchar a un buen número de niños o de adolescentes enunciar que eso no les interesa. Ese desinterés puede aclararse por la afinidad evocada más arriba entre la función de la represión y aquella de la letra y el escrito. Si es verdad que la letra es un soporte electivo de la represión, y su manejo un punto de apoyo el cual el sujeto dispone para elaborar e interpretar esos elementos, es concebible que las carencias de la represión reaccionen sobre la relación con su aprendizaje. De ahí que las condiciones de la represión están comprometidas por el emplazamiento constante de lo que aquel está convocado a llevar. No es muy sorprendente que el saber y el manejo de la letra puedan ser considerados como inútiles o secundarios. Pero eso contribuye a dejar al sujeto sin los medios de elaborar las condiciones de un goce ahora cada vez más impuesto.

            Las consecuencias de esas modalidades contemporáneas de la represión sobre la manera en la cual puede ser aprehendida hoy la dimensión sexual del goce son muy fáciles de distinguir sin que sea necesario de detenerse en ello. La sexualización del goce, lo dijimos, es uno de los principales modos de protección del sujeto contra el “exceso” de goce. Pero ello supone la represión, es un objeto electivo de ella. Los logros o las carencias de aquel conducen en lo que sucede a un resultado aparentemente paradojal.  En efecto, tienen por consecuencia que el goce en la dimensión sexual, con sus correlatos de sexuación propiamente dicha, es decir sobre todo la diferencia de los sexos, sean recibidos como secundarios y contingentes, o sea como fuertemente intolerables: lo que parece paradojal, en la medida en la que lo intolerable es aquí designado en lo que también contribuye a hacer tolerable el goce para el sujeto, es decir lo que está concretamente soportado por el cuerpo. Se puede avanzar sin gran riesgo de error al enunciar que lo que es así promovido y llamado más allá de la diferencia sexual y del goce correspondiente sería insoportable de otra manera. Pero, también es cierto que el goce en su dimensión sexuada no es del todo, digamos, algo garantizado: es precario, y no conlleva garantía natural alguna.

            Los fallos de la función de la represión, como la relativa ausencia de consideración de esa función en las formas modernas del intercambio y de la comunicación, traen consecuencias que no medimos con exactitud, pero de las cuales podemos distinguir las más sobresalientes.

            El sujeto contemporáneo recibe de manera cada vez más rápida una cantidad de mensajes que no se relacionan con la palabra de alguien, sino de un aparataje de miradas y de voces recortadas y entregadas en tiempo real, sin dirección específica[6]. La prensa está llevada a hacer pasar el escrito a segundo plano, para adjuntarse mejora al sonido y a la imagen. Esos mensajes tienden entonces a ser recibidos sin poder ser interpretados, pero a menudo directamente de manera conminatoria o traumática como lo señalamos más arriba. De ello resulta una angustia diversamente marcada pero perceptible, que lleva a diferentes pasajes al acto individuales o colectivos, o generalmente a una culpabilidad aumentada, favorizando las formas clásicas de la sumisión.

            De ahí resulta también, correlativamente, una fragilización del dispositivo narcisista encargado en principio de amortiguar la relación del sujeto al goce. Es ese dispositivo que hemos mencionado, el que permite el goce real, substituyéndolo la investidura libidinal con una forma unitaria y organizada del cuerpo, y esa sustitución no es posible sino bajo las condiciones que determinan la represión. Es verdad que la imagen del cuerpo así constituida es virtual y engañosa, como la ilusión de dominio que conlleva. El goce viene regularmente a recordar su carácter heterogéneo a la forma del cuerpo, sobre todo a través de las formaciones y los efectos del inconsciente. Pero cuanto menos ese semblante puede hacer soportable al sujeto lo que hay de su goce real, tal como lo que no se sitúa en la familiaridad del yo o de la consciencia, hace aparecer el lugar que Lacan especificaba como lugar del Otro. Incluyamos que la dimensión de ese semblante, en la medida misma en la que la represión es la condición, puede permitir a un sujeto interrogar tal represión, y por ende las determinantes de su goce. Es lo que en la función de la imagen especular no es unívoco, y hace posible también un retorno del sujeto sobre aquello que lo divide.

            La falla de esa función y sus representantes, tal como de él hemos tratado de indicar algunos aspectos contemporáneos, expone al contrario al sujeto a un goce del cual ya no tiene los medios para recibir los efectos como índices de su propia división. Es más bien, como extranjero e intrusivo que serán percibidos, según lo que podemos constatar a través de la multiplicación de las reivindicaciones identitarias y segregativas: un solo rasgo -poco importa cuál- opuesto realmente a todos los otros, para hacer cuerpo. Esos efectos del goce aparecerán así cada vez más violentos, más impuestos y para decirlo más naturales, lo que los hará menos accesibles a la interpretación.


[1] Thibierge, Stéphane. « Sur quelques aspects contemporains du corps et de la jouissance », in La Célibataire, número 2. París : EDK, pp. 23-32.

[2] Represión en sentido de “refoulement”, de Verdrängung.

[3] Eso al menos hasta una época reciente, que ha visto el objeto y función de la medicina progresivamente reducidos al rango de las prescripciones técnicas, en los cuales los medios como la significación ocurren poco entre el médico y el enfermo. Lacan subrayaba ya este hecho en 1966, en una mesa redonda sobre “El lugar del psicoanálisis en la medicina”, con sorpresa indignada de varios auditores. Declaraba justamente: “El médico no tiene nada de privilegiado en el orden de ese equipo de sabios diversamente especializados en las diferentes ramas científicas. Es del exterior de su función, sobre todo de la organización industrial, que les son dados los medios al mismo tiempo que las preguntas […] La colaboración médica será considerada como la acogida para programar las operaciones necesarias para mantener el funcionamiento de tal o tal aparato del organismo humano, en las condiciones determinadas; pero después de todo, ¿qué tiene que ver todo eso con lo que llamaremos la posición tradicional del médico?”.

[4] Freud, Sigmund. “Introducción al narcisismo”, in Obras Completas¸ tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2011.

[5] Recordemos que el yo designa en Freud una función de para-excitación, representada como la proyección de una superficie envolvente encargada de amortiguar las cantidades de excitación recibidas del interior (en particular las mociones pulsionales) como la del exterior (la realidad). El yo es así una instancia llamada a mantener el goce del cuerpo en sus límites soportables, lo que no es posible sino con un desconocimiento por el sujeto.

[6] Sin dirección, pero no sin destino, ya que las técnicas modernas de marketing y de informaciones no determinan jamás al azar, como se sabe, la presentación del mensaje ni su punto de impacto sobre el destinatario.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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