Una anguila en política
Por Jacques-Alain Miller
2005/06/23
Jacques-Alain Miller:
Ah, el psicoanálisis y la política. Habría que decir algo al respecto porque el inconsciente no conoce el tiempo, pero el psicoanálisis sí. El psicoanálisis da lo que Stendhal llamaba la osadía de no ser como todo el mundo, pero hoy en día, todo el mundo aspira a no ser como todo el mundo.
Lacan, ciertamente, no era como todo el mundo y le sucedió que se le reprochara de no ser como todo el mundo. Y él, ¿qué decía de la política? Enseñaba en relación con esto sobre todo la desconfianza, desconfianza frente a los ideales, los sistemas, las utopías de las cuales el campo político está sembrado. No encontramos una sola palabra en él que pueda hacer pensar que conllevaba la idea de que podría haber una ciudad radiante, que estuviera situada en el pasado y proyectada en el avenir. No tenía nostalgia ni esperanza, sino una gran sobriedad en lo que concierne a la política con numerosos señalamientos que van de la ironía al cinismo con sarcasmos y risitas burlonas que subrayaban que la política es cómica y que, al mismo tiempo, es asesina.
Cuando leía las Memorias del Cardenal Dorrest, lo que retiene es lo que dice el cardinal, que siempre son los pueblos que saldan los gastos del evento político. Incluso, Lacan describe el conquistador que llega siempre, con palabras en la boca, al trabajo. La alienación al trabajo para Lacan era un hecho, pero el cual no introducía propiamente hablando una revuelta colectiva porque para él era un hecho de estructura: la lucha de clases anima solamente a explotarlas, a rivalizar sobre quiénes serán los explotadores. En resumen, se podría decir que, en el campo político, Lacan estaba en contra de todo lo que podría estar a favor.
Además, la política procede por identificación, manipula palabras-amo, imágenes y, así, busca capturar al sujeto mientras que la operación propia del psicoanálisis va sentido opuesto, va en contra las identificaciones del sujeto, las deshace una a una, las hace caer como las cáscaras de una cebolla y, por este hecho, dirige al sujeto a su vacío. Esto es lo que le permite, al mismo tiempo, despejar el sistema que, sin que lo sepa, ordenaba sus elecciones y su destino.
Visto así, se puede decir que el psicoanálisis es el reverso de la política.
El inconsciente es otra cosa. Lacan decía de buena gana que el inconsciente es la misma cosa que la política porque el inconsciente no es una sustancia que estaría escondida en el individuo, encerrada y que se trataría de forzar. El inconsciente es algo que se produce en una relación y es por lo que se tiene acceso a él en una relación que es la relación con el psicoanalista. Así, en la vida mental de alguien, hay siempre alguien más que está implicado ya como modelo, como objeto, como sostén o como obstáculo. La psicología individual es siempre, de entrada, psicología social. Si el hombre es un animal político es porque al mismo tiempo es hablante y hablado por los otros. Es un sujeto de lo inconsciente lo que hace que reciba siempre de otro, del discurso que gira en el universo las palabras que lo comandan, que lo representan y que lo desnaturalizan.
Así, a partir del psicoanálisis, se aprende algo del poder, sobre el poder que se puede tener sobre alguien. Y se ve que no se necesita mucho para imponerse, que se necesitan palabras bien escogidas esencialmente. Y la publicidad que se volvió una industria esencial para el consumo, desde hace mucho tiempo, ha sacado partido, provecho de lo que el psicoanálisis ha permitido percibir. Y la política, en las democracias, en las nuestras, ya no puede volverse hacia lo que todavía se llama ciudadanos sin pasar por la publicidad. Hay que constatar que el marketing político se ha vuelto un arte, incluso una industria que produce en grandes cantidades eslóganes, emblemas, pequeñas frases y, en función de los datos recogidos, con ayuda de encuestas de opinión, de sondeos finos y de grupos de discusión donde, primeramente, se escucha lo que se dice para aislar las palabras que van a poder imponerse a la opinión. Y es sorprende que, lejos de ocultar sus manipulaciones, se les exhibe ya que ahora el público sabe que existen y quieren conocerlas, quieren visitar sus corredores.
Entonces, se pone en escena no solamente la decoración, sino que también se hace un espectáculo con el reverso de la decoración, al menos uno de los reversos de la decoración. Así, los practicantes de la política son los primeros en saber que la política no es ya asunto de grandes ideales, sino de pequeñas frases y ellos se sirven de ellas. Y también, parece que los ciudadanos quieren que sea así. El hecho de que la política no esté ya idealizada no es un malestar de la democracia. Es sin duda su destino, su lógica y, si puedo decir, es su deseo. Se debe constatar, muy generalmente, la decadencia de lo absoluto en el campo político. Y hay que alegrarse, es el opuesto del fanatismo, pero eso no abre la vía a la discusión racional del interés por ciudadanos desapasionados. Es el reino de la opinión, el reino acerca de la opinión y el debate público se desarrolla ahora en el elemento de la increencia y del engaño, de la manipulación dirigida y consentida y, de cierta, manera es la regla del juego. Y deplorarla también hace parte del juego. Y no hay nadie para decir que esto es abyecto, salvo algunos imprecadores que se los ha reducido a la impotencia. Cuando ocurre que uno de estos tiene talento, se lo felicita por el picante que aporta al debate público y esto es tomado en el movimiento mismo de la civilización. Esto pone en evidencia por todas partes el carácter artificial, construido de todas las cosas en este mundo: el lazo social, las creencias, las significaciones. Y el psicoanálisis participa en esto ya que no ha habido discurso más potente para hacer vacilar los semblantes de la civilización.
Así, aquel que practica el psicoanálisis lógicamente debe querer las condiciones materiales de esta práctica. La primera es la existencia de una sociedad civil en propio sentido, distinta del Estado. El psicoanálisis no existe ahí donde no está permitido hacer ironía; no existe donde no está permitido el poner en duda los ideales. Así, el psicoanálisis es claramente muy incompatible con todo tipo de orden totalitario. Así, en tanto que la división del trabajo, la democracia y el individualismo no hayan ejercido sus estragos, no hay lugar para el psicoanálisis. No obstante, no se puede decir que el liberalismo sea la condición política del psicoanálisis ya que, en Estados Unidos, por ejemplo, si el psicoanálisis lacaniano interesa mucho a los intelectuales, su práctica efectiva no hace más que subsistir.
Freud mismo consideraba que le psicoanálisis se había desnaturalizado al atravesar el Atlántico y que los emigrantes que la habían expandido habían dejado tras de sí a Europa como un mal recuerdo y que no tuvieron más remedio que conformarse a los valores lo que antaño se llamaba la american way of life. Ya no se la llama así.
Así, el psicoanálisis como tal, ¿es revolucionario o reaccionario?
Es un Jano. Es un espejismo. Se hace un uso de él en los debates de sociedad, se le hace decir que está a favor y en contra. Lo que está verdaderamente implicado en su doctrina es que un psicoanalista está ahí para hacer psicoanálisis, accesoriamente para hacer avanzar el psicoanálisis y expandirla en el mundo. Y si interviene en el debate público o sobre las medias, por ejemplo, con este fin, está bien.
El psicoanálisis ciertamente no es revolucionario. Ciertamente está más bien llevado a resaltar las invariantes que a situar las esperanzas en los cambios de orden político. Cree operar a un nivel mucho más fundamental del sujeto donde los puntos del espacio-tiempo están en una relación topológica y no métrica donde lo más lejano se revela a menudo como lo más próximo. Un psicoanalista es así voluntario del partido “nada de nuevo”, el cual profesa que mientras más cambia, más es la misma cosa salvo que no puede ser sino peor porque se creyó que sería mejor.
El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es subversivo, lo que no es igual. A saber, él va contra las identificaciones, contra los ideales, contra las palabras-amo -todo el mundo lo sabe-. Cuando uno ve partir a unos de los cercanos a análisis, uno teme que deje de honrar a su padre, a su madre, a su cónyuge y al buen Dios. Se quiso hacer un psicoanálisis adaptativo más que subversivo, pero no se tuvo éxito verdaderamente. Ahora, hay que tener cuidado. Mientras más cambia, más es la misma cosa sin duda, pero cambia, aun así. Que permanezca como la misma cosa quiere decir que lo que se gana de un lado, se pierde del otro y que esto no se reabsorbe. Así, si es subversivo, el psicoanálisis no es, no obstante, progresista, pero esto no quiere decir que sea reaccionario.
Entonces, ¿está desesperado? Digamos más bien que un psicoanálisis lo opera a uno de la esperanza, procede a la ablación de la esperanza. De ahí resulta un aliviamiento cierto. Por este hecho, no solo los psicoanalistas no son militantes del psicoanálisis, salvo a veces, y no es forzosamente por su dicha, sino que están llevados a fastidiar a los militantes. Y de ha resultado que están muy regularmente superados por las consecuencias de su operación que hace vacilar todos los semblantes y, en particular, todas las normas que, hasta el presente, temperaban la relación sexual insertándola en la familia en la procreación.
¿Y los psicoanalistas hubieran querido que los semblantes de antaño se sostengan hasta el final de los tiempos? Bien, para nada. El psicoanálisis ha producido desgastes sensacionales en la tradición. Y a estos desgastes han venido a conjugarse las posibilidades inéditas ofertadas por el progreso de la biología, por la procreación asistida, por la clonación, por el desciframiento del genoma humana, por la perspectiva de que el hombre pueda convertirse en un organismo genéticamente modificado, de tal manera que se debe constatar que el Nombre-del-Padre no es ya lo que era.
*Miller J.-A., «Une anguille en politique», intervención en RadioFrance. Inédito.

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