OJEADA ACERCA DE LA NORMALIDAD

Charles Melman[1]


Quisiera tratar de argumentar de qué manera la noción de normalidad está evolucionando, y por lo tanto de qué manera el concepto de nueva salud mental está cambiando.  Nuestra tarea es querer saber de qué manera ella cambia entonces, y si estamos decididos o no a adaptarnos, a adaptarnos a sus nuevas exigencias. Diré muy rápidamente que nuestra tradición en lo que concierne a la salud mental se inscribe dentro de un contexto que llamaré, para resumir, “humanista”, en el sentido que está fundado sobre la idea que es la facultad de la libre elección, la facultad de libre albedrío que define a la humanidad.  Se inscribe dentro de una tradición que, extrañamente, es a la vez tan cristiana como revolucionaria. Es entonces la facultad de un individuo de ejercer su propio albedrío, su libre elección, lo que caracteriza lo que puede definirse como lo que es la salud mental.

Esa libre elección viene principalmente a ejercerse dentro de ese campo esencial que constituye el goce en tanto está compartido por una comunidad social, y la manera en la que esa libre elección se ejerce dentro del campo que acabo de evocar. Se escucha que en lo que concierne a ese campo que era hasta aquí el nuestro, había quienes, dentro del campo del goce compartido por una comunidad social determinada, se consideraban perfectamente satisfechos, favorecidos; otros que en cambio podían sentirse frustrados; otros que en cambio se defendían de ese ejercicio del goce; además de los que podían ser llevados simplemente a la exclusión. Un cierto número de nosotros puede leer perfectamente, dentro de estas diversas maneras de declinar la relación a este goce compartido por una comunidad social, las diversas expresiones clínicas del sufrimiento psíquico que viene así a inscribirse. Creo que a esa definición que acabo de proponerles no le falta fuerza, en la medida que pueden observar enseguida cuán incómodos estamos por venir a inscribir el campo de la patología de las conductas que, después de todo, no son sino modalidades de goce particulares y que parecen señalar, siendo no solo en su forma, digamos una expresión perversa, sino que, no obstante, pueden remarcar avatares de realidad inscritos, preestablecidos dentro de lo que ese dispositivo acaba organizando así para cada uno de nosotros.

Pongo un ejemplo que calificaré de neutro para no molestar mucho: si toman la cuestión de las sectas de manera que vean de inmediato que, en la medida en que se trata justamente de un tipo de goce compartido por una colectividad dada, se vuelve extremadamente difícil, tanto para el clínico como para el legislador, afirmar que sería el libre arbitrio de cada uno de los miembros de la secta que se encontraría así suprimido.  La cuestión sería, desde luego, (y ahí quiero llegar) saber si hoy aún tomamos ese trazo como propiamente específico del carácter propio que llamamos la salud mental. Podría darles otros ejemplos que conciernen desde luego el ejercicio de las perversiones, incluso un cierto número de exigencias de reconocimiento legal operadas justamente a partir de eso que llamamos merecidamente como punto de vista clínico y no moral, la perversión, y ahí incluso, desde luego en la medida donde está inscrita entre las virtualidades imaginables de ese goce compartido por un grupo, la dificultad a negarla, la dificultad a oponérsela.  Al contrario, está bien claro que una conducta que es visible, que no se inscribe en el registro de un goce esperado, anhelado, organizado por aquel goce, está muy claro que se nos aparece enseguida justamente como desfase y, por lo tanto, frente a un campo que llamamos patológico.

Me parece que la mutación que estamos presenciando hoy es reconocer que la comunidad social ya no se reúne en torno a lo que sería un goce común y así normalizado, nos guste o no, sino que dentro del contexto de este liberalismo que es el nuestro, cada uno se cree legitimado a vivir el tipo de goce, de satisfacción que le es personal, y por lo tanto, al mismo tiempo, la comunidad social ya no se encuentra reunida por lo que sería la normalidad de un goce  en relación al cual vendrían a inscribirse subjetividades particulares. Al contrario, lo que hoy vendría a organizar nuestro grupo es el lugar que cada uno viene a ocupar ahí en la ejecución de las tareas sociales, es decir teniendo en cuenta lo que pueden ser sus capacidades funcionales de los requisitos exclusivamente sociales y que son esperados de él. Digo exclusivamente sociales en la medida que, como se ve con la evolución del código de la familia, es la vida privada misma, la vida familiar en sí, que tiende a entrar en el campo de los requisitos sociales. Hoy se debe tomar un lugar igual de efectivo en la esfera privada de la vida como en el campo de las actividades profesionales. En consecuencia, lo que se ha convertido en patológico, por supuesto, es la incapacidad para llevar a cabo estas tareas sociales, todo lo que hoy en día se caracteriza por ser una falta de cumplimiento de esas tareas “sociales”, haciendo al contrario del libre albedrío, del cual hablé antes, la capacidad de sumisión y de productividad. Y aquel que, como el desafortunado psiquiatra, quisiera justamente oponerse a estas tareas sociales que se esperan de él, sin duda corre el peligro de parecer retrógrado, de aparecer arcaico, de parecer fuera de tiempo.

En esta perspectiva, está claro que las investigaciones que están enteramente organizadas alrededor de la evaluación de conductas, de comportamientos, y que apuntan a la reeducación de las conductas y los comportamientos, son perfectamente homogéneas con la mutación de la cual sostuve que asistimos. La única decepción que tengo es que esas conductas se encaminan bajo el término de “neurociencias”, y eso hay que recalcarlo, y me siento apenado que no haya sido ya señalado, que se trata de neuro-pseudociencias, en la medida en que tengamos que sostener que el abordaje científico de la psique no podría reducirse simplemente en lo que son las conductas sociales y que no podemos tener como ideal, como hombre perfecto, lo que hoy en día simplemente daría testimonio de sus capacidades de productividad. Permítaseme avanzar, quiero decir simplemente de presentarlas bajo ese término me da escalofríos, encuentro extremadamente preocupante que, en una sociedad democrática y liberal, volvamos a encontrarnos con exigencias de productividad que fueron hace mucho tiempo las mismas que las de las sociedades totalitarias.

Así, bien las llamo neuro-pseudociencias en la medida en que debemos sostener, y no solo por razones éticas o políticas, sino por razones propiamente médicas, debemos sostener que el psiquismo de un individuo no se reduce para nada al cumplimiento de las funciones sociales que se esperan de él, y sabemos de qué manera, diría, son sencillamente una parte de su existencia, de una vida que no es solo la de la productividad. Por esta razón me lamento que aquel término de “neurociencias” tenga tan fácilmente un gran éxito ligado a la confianza que le otorgamos, cual niños, al poder de la ciencia. Me lamento que pueda difundirse con tanta facilidad. Facilidad que desemboca evidentemente en hacer de la “Psiquiatría” una empresa de reeducación.

Me permito decir a mis, entre comillas, “Colegas”, ya que puedo decir que no me reconozco más con ellos en muchos de los rasgos ni con el diploma del cual ya no sé muy bien para qué sirve, que ellos se han convertido en reeducadores. Tuve la alegría de escuchar y de participar en la jornada de estudio de una gran sociedad de psiquiatría provincial, no voy a mencionar su nombre, y allí pasé todo el día mientras que justamente mis colegas se contentaban (debían encontrar aquello sumamente insoportable) con ir a escuchar a su alumno y en seguida largarse. Yo me pasé todo el día tratando de informarme, y escuché a jóvenes internos brillantes venir a hablar de la anorexia y la bulimia de una manera asombrosa, hablaban simplemente de escribir protocolos, cifras, resultados obtenidos después de un trabajo que no se lo podría denominar sino un trabajo de reeducación. Si otro nombre es posible para ese tipo de trabajo, quisiera que se me lo diga. Y eso mismo vale para la locura, y desde luego para un gran número de otras dificultades. Y entonces, me dirán, si hacemos reeducación motriz, ¿por qué no haríamos reeducación psíquica? Es verdad, pero, en fin, se debe, no obstante, creo, si se hace reeducación psíquica, por lo menos tener una vaga idea, una pequeña ojeada político y filosófico sobre la cuestión.  ¿Qué se hace? ¿Para llegar a qué? ¿Dónde buscar? ¿Qué se quiere? ¿Qué es, para ustedes, la salud mental?

Así, por un lado para esta nueva concepción: los trastornos de “capacidad” y su evaluación y rehabilitación, y por otra parte una serie de estados que son los que Freud había aislado de buena manera como estado de bienestar, es decir, el nivel más bajo de tensión psíquica. Eso es el bienestar, es cuando yo no estoy preocupado por las cosas que me obsesionan, que están ahí, que me atormentan, que no logro disipar: una tristeza, por ejemplo. Entonces, hoy en día ven en su diván a una mujer joven, inteligente, amable, bella, todo en favor de ella y que tiene un mal de amores… Ella va a ver a su médico de cabecera porque está resfriada… ¡Adivinen la receta con la que va a salir! Es decir, por supuesto, de Lexomil y eso le parece a ella, y ese es el problema, absolutamente normal el tomar Lexomil para su mal de amores. Así que tomé este ejemplo ridículo porque es el más sorprendente, el más sorprendente entre una serie de otros trastornos del estado de placer psíquico, del nivel más bajo de tensión, que puede ser el duelo, el trauma, la disputa… Entonces, lo que hoy en día puede llegar a alterar el nivel más bajo de tensión psíquica es percibido como algo patológico, y merece ser tratado. Les hago observar, en este sentido, que la única manera en la cual hoy se acepta la elevación, las oscilaciones de la tensión psíquica, es con la condición de que se produzca como un shock de tipo lúdico. Es necesario que surja de lo lúdico, del entretenimiento cualquiera que sea, del juego, dicho de otra manera, de cualquier cosa que se pueda detener aplastando un botón. Entonces aplasté el botón, estaba muy agitado, muy conmovido por lo que pude ver, en lo que, por simpatía histérica, participé. Y luego aplasto el botón y estoy tranquilo, puedo ir a la cama, el asunto está resuelto.

Luego están, desde luego, en todo esto las depresiones. Me parece que no somos capaces de señalar que, si en realidad hoy en día hay un sorprendente número de estados depresivos, no es sólo porque los motivos de satisfacción para cada uno se hayan vuelto mucho más escasos, sino que es la insignia de la dignidad de cada cual la que hoy falta. ¿Con qué insignia puedo reconocer que, en definitiva, estoy bien, soy como se debe ser, que puedo estar contento conmigo mismo? ¿En qué momento, con qué signo sé actualmente que hice lo que debía, y de igual manera con aquello de lo que se trata mi ejercicio profesional o mi vida privada? ¿De qué situación puedo salir satisfecho mí mismo, de haber sentido que he cumplido mi tarea como es debido? Es entonces, en esas situaciones en las que diría que estas insignias se han vuelto muy difíciles de aislar, esas medallas en las que los sujetos se sostienen, ¡y bueno! está claro que es difícil tener permanentemente el sentimiento de certeza de la capacidad o de los esfuerzos. De hecho, como tenemos la sorpresa de constatarlo, hoy en día en los jóvenes se preguntan, sobre una de nuestras mayores preocupaciones: la jubilación…Es genial, aquello ha sido observado por sociólogos, periodistas: cuando se les pregunta a los jóvenes acerca de lo que está en la jerarquía de sus preocupaciones predominantes, es la manera de salir de allí lo más rápido posible, aunque sólo sea para poder entrar en el campo de la diversión. Me encanta al caminar ver a todos estos jubilados cuán felices están allí riéndose, divirtiéndose…

Así que, si hay efectivamente una mutación de lo que llamamos la salud mental, es decir de nuestras exigencias cuando se trata del hombre, podemos ver cómo la normalidad se reduce hoy en día a la capacidad de un individuo para realizar las tareas que se esperan de él. Ese es su objetivo, no obstante, y no importe lo que el sujeto piense.

Estas observaciones que tienen algún alcance, algún interés como para argumentar que efectivamente, por lo tanto, se trata de un nuevo síntoma, se trata de una nueva clínica donde, tanto las neurosis como las psicosis “corren el peligro” de ser realmente reducidas o incluso eliminadas en favor de estas nuevas manifestaciones de forma gradual. ¿Por qué reducidas o eliminadas? Porque la libre elección, el libre albedrío del que hablaba hace un instante, aquella facultad del libre albedrío (tengo la posibilidad de decir “sí” o “no”), es un proceso complicado porque implica justamente la facultad de pasar por un “no” radical, un “no” formador, una prohibición mayor y organizadora principal de lo inmediatamente posterior, que el desafortunado Freud había escrito bajo el título de la prohibición del incesto, de la ética, de lo que se quiera. El libre albedrío requiere la capacidad de decir “no”, pasa primero por el “no”, es la consecuencia famosa de su artículo sobre la Verneinung, primero hay que poder decir “no” para enseguida poder decir “sí”. Saber lo que acepto, lo que admito, o lo que niego, lo que creo que no tiene que estar allí, es de esta manera un proceso muy complicado, como lo sabemos, y que lleva, también lo sabemos, a elecciones de objetos que son –y he ahí lo que les falta, creo, a los conductistas- elecciones de objetos que no son más que sustitutos de lo que el objeto inicial, organizador, designa.

En la situación actual, el deseo se encuentra ligado al poder de excitación de un cierto número de objetos, o a los efectos farmacodinámicos eventualmente de un cierto número de objetos que, por su especificidad de atracción, son susceptibles de producir excitación, incluso eventualmente dar satisfacción. Procedimiento completamente, radicalmente diferente, además del hecho que altera justamente aquella facultad que evocaba ahora mismo, la facultad de libre elección, la facultad de decir “no”. Es un punto en el que se tiene el sentimiento de que en el campo social hay un cierto número de “sí” y de “no” de los cuales no sabemos cómo están fundados. Se tiene más bien la impresión que hay allí quienes dicen “sí” y que hay otros que dicen “no”, pues es necesario que un cierto juego, al menos en el campo político, se perpetúe, sino ya no se sabría verdaderamente hacia quién dirigirse, pero con la idea desagradable de que en realidad estos ” sí” y estos “no” ya no están, diría, marcados por una especie de decisión mayor.

Es en ese contexto en donde interviene el colega de psiquiatría entre, por un lado los ancianos que tienen la alegría de partir a la jubilación, y por otro los jóvenes que están, yo diría, tomados en las obligaciones de adaptación social.

Y finalmente, para concluir, me gustaría decirles esto, que el déficit de la seguridad social que hoy en día se carga sobre todo en la espalda de los médicos, lo adelanto y lo voy a defender, y lo voy a escribir de manera suficientemente explícita y calculada por supuesto, es que la falta de seguridad social es una fantochada. ¿Por qué? ¿Cómo? El 10 % del PIB (Producto Interno Bruto) que los franceses gastan en su salud es una fantochada, ¿verdad? Y aumenta de manera constante cada año de manera proporcional al crecimiento del PNB (Producto Nacional Bruto), ¿es eso posible? ¿Por qué? Pues porque en el interior, unas sumas considerables (casi el presupuesto del Estado) están involucradas aquí, y el problema es la coordinación de estas cantidades.

Así que lo que se exige, lo que se espera de los médicos es que se conviertan en puros responsables de contabilidad y que borren la preocupación que por desgracia ha sido de ellos cuando se dedicaron a esta profesión, es decir, una vocación, cuando estos desafortunados tienen una vocación; se espera de ellos que renuncien a ella para ser funcionarios, administradores y contadores. Voy a concluir con estas palabras: las cosas siempre han salido mal cuando un Estado exige a sus médicos que se sometan a su servicio, ¡siempre! Es absolutamente indispensable que en esta óptica, en su funcionamiento, los médicos sean libres de tener como objetivo primario las preocupaciones del paciente. Si acto seguido hay el problema político de repartición de cargos, corresponde a los políticos encargarse, no a los médicos. ¡El médico no tiene que ser el policía de la Seguridad Social! Que la política asuma sus responsabilidades, pero la tarea del médico es primero su paciente, de lo contrario, que  vaya a dedicarse a otra cosa…

[1] Ex-psiquiatra en hospitales, psicoanalista.


Texto extraído de: Melman, Charles. “Vistazo sobre la normalidad”, in Revista abcdiario Revista de Psicoanálisis, No 2. Quito: sle., mayo 2014.

Traducción por: Patricio Moreno Parra