Por Marie-Hélène Brousse

Barcelona, 5 de abril del 2018


     Entre 1993 y 1995, Jacques-Alain Miller despliega las consecuencias clínicas de la orientación de los discursos contemporáneos definiendo la noción de “forclusión generalizada”. Puesta primeramente en marcha por Lacan a partir de Freud, nombrada como cimiento epistemológico de las psicosis en tanto que forclusión del Nombre-del-Padre, Lacan la había aplicado a otro significante, aquel de La mujer. Planteemos hoy que todos los nombres, todos los significantes pueden tener ese destino.

     Desde el 2005, Jacques-Alain Miller produce otra invención clínica en el campo de la psicopatología psicoanalítica introduciendo el término de “psicosis ordinarias”. La clínica diferencial de las psicosis, así desarrollada, permite así al psicoanálisis anticipar las transformaciones de la subjetividad de la época.

     Varios casos clínicos me guían para introducir los elementos que quiero en ocasión de este Congreso. Ellos evidencian las causas y las consecuencias clínicas del Un-dividualismo[1] del siglo XXI -es una expresión de Jacques-Alain Miller-, aquella del Uno-completamente-solo, la victoria de un Uno cualquiera sobre el Uno de la excepción. Ya que, como Jacques-Alain Miller lo desplegó, lo cito: “El Uno-completamente-solo está solo en su goce (intrínsecamente autoerótico) como en su significancia (fuera de semántica).” El declive del Otro, en tanto que lugar de la norma y de la prohibición y en tanto que único y deslumbrante, y el ascenso de formas nuevas de religión no lo contradicen. “Quien se apoye sobre el hermano y la hermana o aún sobre el tirano, el totalitarismo toma su fuerza en la potencia del goce y no en aquella de la ley”.

     Si el discurso del amo ha cambiado, su función permanece idéntica. Como lo dice Lacan en octubre del 68: “Es una función de dominación, aquella del nombre quien ocupando el lugar del agente funciona siempre como un imperativo”. El sujeto que encontramos, por el encuadramiento del discurso analítico, testimonia de las modalidades de reorganización subjetiva del final del reino de la norma en el discurso del amo contemporáneo. La psicosis ordinaria, admitiendo y esa es mi tesis -es ahora a la psicosis ordinaria a la que me voy a referir-, del lado de las identificaciones. En el lugar del agente, antes ocupado por el nombre viene a alojarse la función y su correlato, el uso no sin el nombre. Lo “ordinario” se define como “lo que se hace habitualmente” e implica un “todo el mundo lo hace”, es decir un universal de grupo y comanda un “nosotros”. Lacan había señalado esa sustitución de la función “nombrar a” a aquella del Nombre-del-Padre en el seminario del 19 de marzo de 1974.  Ahí afirmaba que “El social ha tomado prevalencia de nudo y literalmente hace la trama del tiempo de existencia ya que sostiene ese poder de ‘nombrar a’, un punto que después de todo, sin restituir un orden, un orden que es del hacer, es el orden de ‘nosotros’”.

    La identificación por lo social no pasa por el Ideal del yo, desaparecido con la universalidad de la ley, fundamento de la identificación simbólica. Solo queda en funcionamiento un yo ideal megalomaníaco conectado a las imágenes reales y un superyó promotor de un goce que no por ser social deja de ser un goce autista. La identificación se reduce a la consistencia imaginaria y viene en lugar de la división subjetiva. El “nombrar a” de las identificaciones al social es pues uno de los resortes de la psicosis ordinaria. Así, ese sujeto para quien: “Tener un trabajo, estar en pareja con una chica de su edad, son las dos condiciones que le permiten estabilizarse durante los largos períodos con los cuales alterna otros períodos de desacoplamiento, de pérdida de esa identidad fusional en beneficio de una identidad alternativa”. Esos sujetos son particularmente vulnerables a las variaciones del social tal como lo organizan las condiciones de vida profesional y familiar. Cuando recurren a la psiquiatría, reciben frecuentemente el diagnóstico de “Bipolaridad”.

     El sujeto al que evoco se agarró de este diagnóstico. Le dio un sentido, e hizo metáfora del diagnóstico recibido. El invierno estaba deprimido, durante el verano estaba estimulado. El tiempo y las estaciones le permitían inscribir su subjetividad en una norma congruente a una versión del Otro universal, la ley de la naturaleza, un real que no era social. Una mujer joven, que alternaba también en períodos de estudio con momentos que la ponían en peligro en su vida sexual, habiendo recibido el mismo diagnóstico, también se nombraba con él. Propongo entonces decir que el éxito del diagnóstico en general es aquel de la bipolaridad, particularmente porque restaura dos elementos que la norma procuraba: una nominación contra una variabilidad del uso, y una suplencia al binario S1àS2 como una metáfora minimalista. Eso permite al sujeto poner en palabras un goce invasor que se presenta para él como no-dialectizable: psicosis ordinaria, del lado del goce.

     Esos dos sujetos eran presas de lo que describían como “conductas adictivas” del que el control se les escapaba, consumo de drogas o alcoholización. Detallaban la lógica de esto mediante un “ser como los compañeros”. La identificación imaginaria entonces estaba siempre presente pero ese pasaje al acto permitía satisfacer un superyó sumido en la pulsión directamente. Ahí donde la división subjetiva y la falta en ser fallan, la repetición en serie de los pasajes al acto viene a tomar el lugar del deseo que no hay. Entonces, en sus vidas, estaba el agujero, -cito: “[…] en el que el resbalón del sujeto fuera que lo hace caer”.

     Un poco de lógica, ahora. La diferencia entre la norma y el nombre, y lo ordinario se liga a la lógica y con más precisión a los operadores de existencia, por un lado, de universalidad, por otro lado. “Existe un nombre” renvía al Uno de la excepción que garantiza la universalidad del conjunto al mismo tiempo que está delimitado por la excepción. El operador “Existe” anuda el simbólico en tanto que un nombre hace agujero con lo real que Lacan define como “la ex-sistencia”. “Existe” permite tratar el hecho que, como Lacan lo recuerda en el seminario XXIV: “Las palabras no son la consecuencia de las cosas”, y que el lenguaje no envía sino al sentido y a la significación, jamás al referente, que no existe. Si la norma “nombre” desaparece, el juicio de existencia desaparece también. Queda entonces el juicio del universal que juega solo su partida bajo la forma de un “sentido común” que se escribe como universal. En ciertos casos, sucede entonces que el sujeto en los juicios “Todos los…” sobre los cuales regula su posición cuando el mundo se vuelve defectuosa, se siente empujado a encarnar por sí mismo la excepción, y eso llega a ser peor.

     Me voy a detener ahí. Solamente voy a añadir una frase. Si tendría el tiempo, hubiera propuesto un pequeño desarrollo sobre una palabra inventada por George Perec de una noción que se llama “lo infra-ordinario” y la habría utilizado sin duda para hablar de la psicosis ordinaria. Voilà.


[1] Nota del traductor: el término original en fránces es “Un-dividualisme”, que condensa el “Uno” e “individualismo”.

Traducido por Patricio Moreno Parra