Las estructuras freudianas de las psicosis infantil y Margaret Mahler[1]

Éric Laurent

Traducido por Patricio Moreno Parra


                Este trabajo se inscribe en lo que, durante un año, fue el tema de trabajo de la Sección clínica del Departamento de Psicoanálisis de París VIII: las estructuras freudianas de las psicosis infantiles y mostrar dos cosas con ese propósito. Primero, que entonces como ahora, psicosis no significa caos sino la actualidad de las líneas de fuerza de la estructura. Segundo, que el fondo del fenómeno puede abordarse por el automatismo mental, como para la psicosis en general.

                Seguiré el trayecto de un testimonio del cual no se puede sospechar la parcialidad: el de Margaret Mahler. Más exactamente sobre el sujeto sobre el cual ella habla más en su publicada bajo el título de Psicosis infantil. Recordemos que se trata de un autor cuyas descripciones de la psicosis infantil hacen autoridad en el mundo anglosajón.

                Stanley tiene seis años, viene a la consulta ya que no se lo puede aceptar en la escuela donde estaba igual de bien que mal. Cuando se le hace leer, se pone fuera de sí, en un estado de excitación extrema, sobre todo delante de una página precisa de su libro de lectura. Delante de una doble página donde figura de un lado un bebé y del otro un panda. El bebé llora, sus juguetes están fuera de su cuna, fuera de su alcance. El panda está en el zoológico, detrás de las barreras de su jaula, un tazón de sopa a su costado. Articulando estas dos imágenes, un texto dice: “La mamá piensa: “ese bebé se parece al panda gordo del zoológico sentado en la jaula.””

                El troncho de la palabra para Stanley, quién habló al año y medio y después se calló, consiste en que él nombra “panda” a todos los bebés que él encuentra, en particular bajo la forma de imágenes o de muñecos. Si nos servimos del esquema de los dos espejos, presentado como la forma generalizada del estadio del espejo, podemos decir que lo que se puede escribir a, son los juguetes ocultos al bebé, quien está él mismo en posición de i(a). Del otro lado del espejo, separación que marca muy bien la doble página, encontramos la imagen i(a) completada con el alimento.

                Para apaciguar lo que es señalado como angustia de despedazamiento de Stanley, el primer movimiento del terapeuta es de hacerle alimentar a los bebés. Así, lejos de calmarlo, el hecho de alimentar esos bebés que llama “pandas” lo refuerza en su estado de desamparo con chillidos. Mahler interpreta este fenómeno como un proceso no pulsional en la medida en que escapa a la homeostasis: el hecho de alimentar no apacigua los llantos del niño. Hay que suponer, nos dice ella, un proceso que escapa a toda causalidad, un proceso puramente sincrónico donde comer y llorar se producen de forma conjunta. Sería esa aniquilación de la causalidad donde residiría la estructuración específica del cuerpo psicótico. Al borde de reconocer la eficacia propia de la estructura, la autora apela curiosamente a los estadios cognitivos de Piaget para encontrar ahí una fixión adecuada. Piaget construyó, lo sabemos, un mito cognitivo del desarrollo que comprende una génesis de la causalidad. De buena gana daríamos acto de la desaparición de una dimensión de la causalidad, a condición de reconocer que se trata ahí no de alguna cognición sino de causalidad psíquica. Si Stanley no para de llorar mientras come, es porque él no llora en lugar del bebé que no tiene sus juguetes, sino que se funde en la rivalidad con la imagen completa del panda quien le quita todo alimento. Es solo al despedazarse en la imagen del bebé que llora que escapa a la precipitación en ese panda, la sola palabra que le queda para designar su terror del goce de morir, de ser atiborrado, lo que toda la historia de la alimentación confirma. La desaparición de la función de la causa no tiene nada de caos piagetiano, ella actualiza la función de causa del deseo.

                Recordemos cómo esa causa del deseo, esa bobina que regresa a su lugar, es puesta en juego por el niño freudiano del Fort-Da. Hace de su cuerpo una bobina, después pone en ese lugar la imagen de ese cuerpo. Freud lo sorprende en efecto delante del espejo “haciéndose desaparecer”. Él habita la imagen estructurada por una hiancia en el intervalo significante del Fort-Da.

                Ahora, ¿cómo procede nuestro pequeño Stanley? En el curso de la terapia, dos tipos de fenómenos se alternan:

  1. Se fascina por otra página del libro de lectura donde, gracias a un dispositivo de recortes, pueden turnarse un bebé que llora y un bebé que ríe, y es tirando una pequeña ceja.
  2. Cuando no hace eso, cae en un estado de estupor. Pero cuando parece que está del todo ausente, si toca el cuerpo del terapeuta o si se le dirige ciertos vocablos como bebé, que Mahler califica como término etológico de “desencadenamientos”, grita y llora, lo que lo lleva al estado ya presente en lo anterior.

La interpretación mahleriana de los dos fenómenos consiste en tomarlos como dos procesos “restitutivos” para salir de un caos. El niño dominaría la imagen de su cuerpo repitiendo la alternancia de la ceja: bebé que llora/bebé que ríe, y sus gemidos serían la defensa contra la ausencia de toda excitación. Si partimos de esa perspectiva, cómo no evocar en la alternancia de los dioses Ahriman y Ozmud para Schreber, alternancia que contemplaba fascinado en le parque de Sonnenstein. Los aullidos, lejos de ser una defensa, son el análogo del milagro del grito schreberiano. El niño grita cuando el significante se le retira. Su voluntad de enganchar su cuerpo al cuerpo de la terapeuta nos señala precisamente el caer simbólico que le acecha. Es cuando toman su valor, y la función del desencadenante “bebé” que designa el colmo alienante de i(a) y los fenómenos de grito, límite y borde de la complacencia corporal a la función significante.

                Más generalmente, los efectos de alternancia, de switch, de interruptor, fascinan a Stanley y toman un lugar cada vez mayor en la terapia. Mahler señala dos etapas esenciales.

                Había en el cuarto un teléfono mural que sonaba cada vez que entraba el cliente siguiente. Stanley hace de él un objeto de miedo y de fascinación. En un estado de espera ansiosa, se hace la pregunta: “¿Qué hará el teléfono mural hoy cuando el tiempo se agote?”. Cuando el terapeuta dice: “Sonará”, Stanley responde: “No sonará”. Para vencer ese poder de la negación, el analista intenta enseñar la causalidad eléctrica de todas las formas. Entonces Stanley, forzado a reconocer que suena porque se apoya un botón, enuncia: “No fue tan fuerte hoy porque sabía que nosotros esperábamos que suene”. El autor interpreta eso como “la proyección de la espera ansiosa sobre una máquina sin vida”. Sin duda, pero tenemos también ahí, en esa interrogación sobre el saber de la máquina, del automaton análogo de las interrogaciones de Schreber sobre el saber de su Dios. Ocasión para no echar a perder el encuentro, la tyche, de Stanley con el autómata.

                Había en efecto en esa ciudad un ciclista autómata que le fascina. Era un rótulo publicitario para una cerveza, la cerveza Esslinger. A partir de lesa legografía, Stanley compone algunos elementos de su lengua fundamental, por ejemplo, smear-linger donde aparece la función de la mancha. Lo que, para un fenómeno de fascinación, no es sin razón estructural. Llega un día sin aliento, muy excitado, donde su analista y le dice: “Es mi mayor día de suerte, se detuvo”. Es después de ese episodio que se precipitará durante varios meses sobre todos los botones eléctricos disponibles donde su analista. Terminará por quedarse particularmente en la nevera donde, con los parpadeos de la pequeña luz, se da cuenta de lo que llama spoiled baby food, al mismo tiempo comida de bebé echada a perder y comida de bebé echado a perder. De la misma manera, en la pulsación de la apertura de la cubeta del baño, se interroga sobre la desaparición de los porotos verdes particularmente largos que comió recientemente.

                Mahler hace justamente de esos fenómenos el corazón de su razonamiento. Nos muestran bien en efecto que Stanley monta sus pulsiones como máquinas, y que, además, eso no le sirve para su placer. Es lo que, para ella, especificaría la psicosis. Evoca de igual manera la analogía de esos fenómenos con aquellos que Tusk describía en su máquina para influenciar. La diferencia, nos dice ella, es que el adulto es influenciado por una máquina porque proyectó su cuerpo fuera de él mientras que el niño es él mismo la máquina. Demos de buena gana acto a Mahler saludando su notación clínica, a condición de no olvidar que, en ese montaje pulsional, ese automatismo mental, todos estamos inmiscuidos. No hay pulsión que no sea montaje.

                Lo que hay de valor en la demostración de Mahler es mostrarnos cuánto la psicosis llamada “infantil”, lejos de ser un caos, pone en juego la estructura. Lo que hace la singularidad de Stanley es que, todo él como máquina, es objeto a, atraído y repelido por el significante. Más que poner el acento sobre una diferencia de sentido de la proyección entre el niño y el adulto, es suficiente tal vez reconocer los fenómenos de atracción y de rechazo del Otro. Repartiremos así bajo la escritura de $ y a, de un lado los fenómenos de pulsación y del otro la excitación y el estupor que afectan a Stanley. Su testimonio nos empuja a reconocer el imperio del automatismo mental en la niñez. Si se le aparece a aquella que se ha ocupado de ello como típico de la psicosis simbiótica, es para indicarnos que no hay otra simbiosis sino con el significante. Podríamos reconocer entonces, en las dos sub-fases que Mahler distingue cuando se produce el establecimiento de esa simbiosis, la lógica de la alienación y de la separación.

                Cuando nada se separa entre el niño y la madre, no es solamente con la simbiosis con lo que nos vemos. Es más aún con el carácter transbiológico de la maternidad, si admitimos que no otro hay materno sino la lengua, lugar donde el niño tomará cuerpo y hará de él su hábitat; lo que no es posible sino con la puesta en juego de la alienación y la separación. La psicosis simbiótica según Mahler, es el automatismo mental. Reconocer la dimensión de él es darnos el espejismo del autoerotismo, palacio de espejos donde brilla el ser delante del significante. No es sino el lugar donde se produce el ser y después la muerte del sujeto.


[1] Artículo aparecido en Ornicar?, n.20-21, 1980.