LA PRIMERA, UN MISTERIO EN PLENA LUZ[1]

Por Clotilde Leguil

Testimonio del Pase

Barcelona, 2 de abril del 2018


Intitulé a mi testimonio: “La primera, un misterio en plena luz”.

     “La muerte de mi madre ha dejado un agujero. No quiero más caer ahí dentro.”, es lo que respondí al analista hace 18 años, en nuestro primer encuentro cuando me preguntó qué es lo que esperaba del análisis. Había perdido a mi madre dos años antes, y me cuestionaba cómo hacer perdurar su herencia. En tanto hija amada, me sentía llamada a esa tarea tan pesada, tal como sentía llamada durante toda mi adolescencia a intervenir entre mis padres durante sus escenas nocturnas. Tenía 22 años cuando mi madre me dio la mala noticia de su enfermedad y, ese año, se jugó un sentimiento de sacrificarle mi vida, tratando completamente de salvar mis ambiciones. Después de una separación con un hombre, cuando lograba entrar a la Escuela Normal Superior, me sentía disgustada del saber que no respondía a mi pregunta de ser mujer.

     Me dirigí a un primer analista. Mi vida amorosa había tomado el giro de un torbellino de encuentros en los que me perdía. Un afecto de supervivencia me acompañaba. Estaba vacía del Otro. Después de la muerte de mi madre, seguía con un estrago por lo que ella había dejado entre mis hermanos y yo: una casa sin dividir, disputas, reproches, críticas.

   Después de mis estudios de filosofía, intenté encontrar una primera salida dirigiéndome hacia el teatro. Lugar en el cual entraba en el universo de mi padre, jefe operador de cinema. Es en esa época en la que encontré aquel que vendría a convertirse en el hombre de mi vida. Él comenzaba sus estudios de medicina y quería convertirse en especialista en reanimación. Me hacía reír mucho. Sin embargo, la pasión de amor no era suficiente para sacarme del agujero en el que había caído.

     Entonces, entré en análisis en un recorrido que iría a durar 16 años, tres veces por semana. Los diez primeros años de análisis se consagraban a sacarme del estrago materno. Ese estrago había comenzado cuando la vida amorosa de mi madre comenzó a invadir la vida familiar.

     El primer análisis freudiano me había permitido encontrar la escena traumática que había constituido el primer tiempo de mis repeticiones que no cesaban. A la edad de 10 años, cuando estábamos reunidos en la orilla en el mar, fui despertada en plena noche por lo que escuchaba: cuchicheos, forzamientos, discordia. ¿Habían olvidado que yo estaba allí? El afecto que sentía en mi cuerpo me arrancó un grito. Mi madre salió del cuarto y vino a acostarse al lado mío, dirigiéndose a mi padre, dijo: “Mira lo que has hecho. Tiembla como una hoja”. Ese grito arrancado abrió la vida a lo que iba a no cesar de no escribirse.

     Durante mi adolescencia y hasta la separación de mis padres, cuando tenía 17 años, no cesaba de intervenir entre ellos. El afecto de supervivencia no parecía haber surgido en esa época. Había sido una pequeña niña feliz. Me convertí en un joven que quería brillar pero que tenía a menudo un aire sombrío. El uso que hacía de la verdad no cesaba de volverse contra mí. Mi relación amorosa se desarmaba por mi queja en relación con la visión que tenía de la acogida que me era hecha por mi familia política.

La relación a la Otra mujer se había cristalizado sobre otra bella joven, bella imagen que atraía, que me parecía acoger más calurosamente.

     En las primerísimas sesiones, me quejaba de sentirme muy frágil. La respuesta del analista: “¿Frágil? ¿Usted?”, introdujo un espacio de cuestionamiento entre ese afecto y mi madre. Cuando esperaba de esa familia política un signo de amor, ahí cuando mi familia se había deshecho al mismo tiempo que mi madre murió. Mi analista me susurró un día: “¿Una segunda oportunidad?”. Comprendí que no habría segunda oportunidad. En plena tormenta, un sueño donde me veía golpeada condujo al analista a decir: “Tres veces por semana”, siendo que había comenzado a estudiar. Yo, quien todo el tiempo tenía saldo negativo en el banco, tenía que ganarme la vida. Me comprometía en análisis separándome de ese lugar en el que tomaba todo a mi cargo. Iba a darme cuenta de la parte que tenía en los conflictos con mis hermanos doblegándome a lo que mi madre había esperado de mí, que me ocupe de ellos. Buscaba saldar una deuda sin saber en qué momento la había contraído.

     Mientras que ocupaba en hacerme desaparecer de la escena del Otro en el momento en que encontraba un conflicto, aprendí a sustraerme. Los diez primeros años de análisis me permitieron ya no caer en ese agujero, aquel de lanzarme con todo mi ser en la disputa con el fin de intentar remediarla.

    El nacimiento de mi primer hijo tan deseado tocó ese afecto de supervivencia. Por la primera vez, tenía la impresión de estar enraizada en la vida. Sin embargo, la conmoción fue intensa. Convertirme en madre despertó la falta de mi madre. Angustiada por el grito del niño, tuve un gran alivio el día que, al mes, mi hijo me sonrió por la primera vez.

     En una sesión, me di cuenta de que había dado más dinero al analista. Le reclamé lo cobrado demás al día siguiente. “Se perdió”, me dijo. Aprendí a no dar todo, dándome cuenta de que no recuperaría lo que había perdido.

     Una vez, falté a una sesión, al no poder dejar a cargo a mis hijos. “Muy bien. Usted me pagará esa sesión”, me dijo el analista. Al día siguiente yo le exclamaba: “Yo, que nunca he faltado a una sesión y que estuve sobre el diván el día anterior a mi parto, yo soy muy seria”. “Usted es una mujer muy seria” fue la respuesta inesperada del analista. Esas palabras tocaron mi cuerpo. Mi ausencia contaba. Y eso no me fue reprochado. Fui nombrada mujer por primera vez, sin que se me lo reprochase. Siempre muy seria en mi trabajo, no muy seria en el amor.

     Mientras tanto, el deseo había surgido. Volvía al saber siguiendo los cursos el más-Uno de la Escuela. Fui tomada por una nueva pasión. Escribía mi primer libro “Los enamorados” sublimando el torrente sobre el amor y la feminidad. Mi matrimonio fue un momento de franqueamiento. Cambiaba de apellido. Siendo que a menudo decía “No”, por fin decía “Sí”. Aceptaba lo que se me proponía, los proyectos se multiplicaban. Encontré una energía que había visto hace largo tiempo cuando mi padre iba a los rodajes. Tuve la suerte de tener una hija. Su nacimiento fue un momento de alegría intensa, regalo de la vida.

     Esa primera secuencia de análisis se abrochó con un sueño que me hizo reconocerme como pasador. Estaba en un anfiteatro subterráneo con un hermano, una ópera se presentaba en la cual no escuchaba las voces. Era Carmen. Escuchaba el tema de Carmen. No venía. Salí del anfiteatro diciéndome: “No escuché tocar el aria[2]”. “Ah, el aria”, exclamó el analista. Fue una verdadera salida. Por fin, la identificación a la enamorada que sufre y hace sufrir cayó. No tenía ya que colmar ese gran aire que no existe. No hay relación sexual. Respiro al fin.

     Un aborto espontáneo, mientras esperaba un tercer hijo fue transformado en otra cosa. Cuando pensaba que me sería imposible hacer una tesis, en nueve meses escribí mi tesis sobre Sartre y Lacan. “Otra forma de dar a luz”, me dijo el analista. Al cabo de diez años de análisis, logre salir de la indivisión con mis hermanos. La pesadilla terminó. ¿Qué más me podría suceder?

     Siendo que había seguido el hilo de mi deseo, he ahí que comencé a abordar el continente del goce. Ya nada me era claro. La manera del más-Uno de la Escuela me había dado luces dirigiéndose hacia mí en tanto que intelectual y mujer, me había conmocionado. Me sentía lista para dar sin límites. Un fantasma de comunión intelectual se activó. Un sueño en el que el analista cortaba trozos de lengua venía a decir una imposibilidad de hablar. Otro sueño, en el que veía la boca cerrada de otro analista que actuaba con autoridad me dejaba sin voz. Un sueño me permitió salir de ese impasse. Estoy en la sala de espera de ese otro analista, abre la puerta, pestañeo los ojos, en el momento en que la luz irradiaba. Estoy cegada. Me pregunto cómo voy a poder hablarle siendo que no puedo abrir los ojos. “Deslumbrada” fue la interpretación del analista. Ese viraje del “cegada” en “deslumbrada” tuvo un efecto de apertura. Me acordé de una escena cuando niña a la salida de escuela al Jardín de Plantas con mi madre, de pronto estuve deslumbrada por unos proyectores. En el pie de una estatua, un equipo de filmación estaba presente. Cuál fue mi sorpresa de ver ahí a mi padre radiante rodeado por sus técnicos. Me dirigía a ese otro analista en control, comenzaba a enseñar en el Departamento de Psicoanálisis, esclarecí a Lacan como mi padre había esclarecido su pasión.

     Una segunda hija nació después de mi tesis. El analista me dice un día: “Usted es una mujer de la luz”. Esa nominación venía a decir lo que se me había escapado. Si había sido una hija de la sombra, marcada por la noche negra del traumatismo, me convertía en una mujer de la luz. Tenía el sentimiento de haber terminado mi análisis del punto de vista de mi vida de mujer. Me faltaba ser parte de una Escuela de psicoanálisis.

   Me topaba entonces con el efecto producido en mí por la voz de las mujeres autoritarias que me dejaban desamparada. Hice un sueño en el que otra mujer con voz autoritaria llegaba a leer una carta que yo no podía leer ya que veía doble. Mientras era pasador, hacía varios sueños de “atravesar fronteras”. Un sueño de un tren en Constantinopla que veía pasar muy rápido me dejó confusa. Sabía que los gritos habían hecho efracción en mi cuerpo, pero no captaba por qué la voz autoritaria de la Otra mujer había tenido tal efecto sobre mí. Un afecto de mal humor que no pasaba. Un síntoma de claustrofobia apareció. Estaba en un impase. Fue entonces que me decidí a dirigirme al más-Uno de la Escuela para descifrar ese punto ilegible. Última secuencia de dos años.

     Me presenté a él como habiendo perdido el hilo de mi análisis, tetanizada por la voz autoritaria de la Otra mujer. Cuando veía una madre y su hija en la sala de espera, las lágrimas me sumergían. Fui tomada por la emoción en una sesión con una joven paciente que me hablaba del “trozo de cuerpo arrancado” que era para ella la muerte de su madre. Era porque llegaba a la edad de mi madre cuando me había dado la mala noticia. Siendo así que hablaba de la importancia que mi madre daba a lo que decía cuando niña, el analista me dice: “Ella le adoraba”. Retomo: “Ella me adulaba”. Pronuncié esa palabra por vez primera. “Adular”. La analista me confió la responsabilidad de una revista de psicoanálisis, lo que me forzó a confrontarme al grupo. Hice entonces un sueño en el que unos perros labraban y yo pedía a los propietarios de los perros que los callasen. Eso me hizo decir que el analista aplicó conmigo el método freudiano de despertar los perros que duermen.

     Al cabo de algunos meses, perdí a mi padre. Su muerte hizo recordar una historia paterna de la cual había hablado poco. Cuando murió, hubo en París una serie de atentados. Hablaba de su historia, de él, que había tenido que abandonar la Hungría a la edad de 29 años, huyendo del totalitarismo para refugiarse en Francia. Me preguntaba si iba también a deber partir a otra parte. Me preguntaba lo que me definía verdaderamente. El analista gruñía. Un sueño hizo venir un nuevo significante. paseaba en las callejuelas de una ciudad extranjera con mi hija. De pronto, me doy la vuelta. Mi hija desaparece. La llamo, escucho su voz. Había caído en el fondo de una alcantarilla[3]. Ella dice: “Estoy ahí”. Su voz no está angustiada. “Hija perdida”, “Alcantarilla”. Estoy ahí. El final del análisis estaba ahí pero no lo sabía aún. El sentido me disgustaba y no esperaba ya nada.

     Fue entonces que el final se precipitó. Me quejé una vez de sentirme perdida en el frío invierno de París con mi última hija en carriola. “Es verdaderamente la pequeña niña de los cerillos”, dice el analista. Una visión nocturna me despertó en plena noche. En el frío de la noche, gente pasando de espaldas. De pronto, la cara de una pequeña criatura de frente, entumecida por el frío, marcada por la sangre. No sé quién es esa criatura. Pienso en la Ronde de nuit, de Rembrandt y en la pequeña criatura que ilumina el cuadro. Me digo: “Es una paciente”.

     En una Jornada de la Escuela, el testimonio de pase de uno de mis colegas en relación con lo que sucede con el primogénito me sacude. La sesión que sigue tuvo una estructura de llamado. Hice la experiencia del inconsciente real, no recordar lo que se sabe. Siendo que no tenía aún un año, mi madre había olvidado darme agua en un viaje a la montaña. Ella se preocupó ya que, al estar deshidratada, mantenía la boca cerrada y ya no quería beber. Por vez primera, hablaba en la misma sesión de una historia paterna. la primera hija nacida de mis abuelos paternos murió, antes del año, por haber bebido un agua nauseabunda cuando la familia había sido obligada de salir de Bélgica, fragilizada políticamente. Al final de esa sesión, digo: “Me siento totalmente en la miseria[4]”. Salgo. Comprendo que mi historia de agua y mi miseria resuena. Del “dénuement” al “dénoument” en francés, no falta sino una letra: “O”. Con esa letra había encontrado el hilo de oro del goce. Me daba cuenta por vez primera que tenía en tanto que primera ese nombre identificado a esa pequeña hija perdida sin poder hablar de ello alguna vez.

     Las asociaciones hicieron serie alrededor de la letra “o”. Era de un tipo de RH O negativo, lo que me había valido una transfusión de sangre en el nacimiento, lo que hizo decir a mi madre que tenía una sangre rara. Un sueño en el que hacía saborear mi sangre al analista me hizo ver el goce de hacer saborear mi “sin[5]”, mi castración. Una extraña alergia al agua, cuando estaba en duelo me vino a la memoria. Pude decir que, si había sido marcada por un menos, también había sido marcada de un más. Acordándome de la manera en que mis tías húngaras me bendecían, marcándome una cruz sobre la frente. El analista se ríe. Ese más era también el plus-de-goce articulado a la hija perdida. La “o” era también un cero, lo que resurge finalmente.

   Durante un evento muy dichoso organizado por mi marido, digo en sesión: “Soy dichosa y puedo decirlo”. El analista interrumpió la sesión. Sí, lo decía por la primera vez.

     Un último sueño, hecho en su ausencia, me condujo a ya no esperar su retorno para presentarme al pase. Hago una maratón, llego primera a la meta, pero no hay nadie ahí para verme, excepto mi marido. Me doy la vuelta. Es una carrera que hice completamente sola. Quiero subir a la tarima. Mi marido me dice que no es necesario.

   El significante “La primera” se extraía como el significante de mi existencia. el recorrido que había hecho completamente sola era aquel del análisis, el partener-analista siendo borrado. La meta era también aquella de la pulsión que se escribía “O menos”.

     Cuando tomé la decisión de llamar a la Secretaría del pase, en el día del aniversario de la muerte de mi padre, angustia y asco me paralizaron. Llamo a mi marido. “¿Qué me acontece?”. “Es la angustia antes del acto. La angustia jamás te ha detenido. ¡Anda!”. Y yo fui.


Traducción por Patricio Moreno Parra.

[1] Leguil, Clotilde. La première, un mystère en pleine lumière. Presentaciones del Pase en el XI Congreso de la AMP. Barcelona, 2 de abril del 2018.

[2] Nota del traductor: grand air también significa “al aire libre”.

[3] Nota del traductor: en el texto original “bouche d’égout”.

[4] Nota del traductor: “dénuement” en el original.

[5] Nota del traductor: “sang” (sangre) y “sans” (sin) son homófonos en francés.


Texto original en francés: https://psicoanalisislacaniano.com/la-premiere-un-mystere-en-pleine-lumiere/