¿LA PRÁCTICA DE LA CURA PERMITE SITUAR MEJOR LAS MUTACIONES ACTUALES DEL GOCE?

Por Roland Chemama

La célibataire, 1999[1]


El analista no está mal situado al escuchar lo que serían las nuevas relaciones al goce. El goce sexual en efecto perdería actualmente su lugar de referencia, al contrastarse con nuevos dispositivos de los cuales la toxicomanía da la estructura.

La idea se extiende, en Francia, en los años que seguirían a 1968. ¿Qué queremos? En resumen, todo. Concretamente, el permiso -o la obligación- de acceder, de inmediato, a todas las formas de goce.

            Aquí no vamos a decir nada sobre la manera en la cual ese programa fue realizado, durante varios decenios, y tampoco nada que testimonie hoy de esa desafección de ese señalamiento. Un libro como Las partículas elementales de Michel Houellebecq hace entender todos los rechinamientos de una máquina que comenzaría a construirse. Sin duda es por ello a lo que se debe una parte de su éxito.

            Sin embargo, lo esencial está en otro punto. ¿Habría que, a través de esas peripecias ideológicas y literarias, saber escuchar una mutación del goce? En resumen, el sujeto contemporáneo gozaría de otra manera. Y el psicoanalista, como ninguno, podría percibir a nivel individual lo que constituye al mismo tiempo un síntoma social: los efectos a veces desastrosos de las nuevas formas de relación a nuestro goce.

            No obstante, ¿cómo se podría especificar a éstas? A veces se evoca, por ejemplo, el desarrollo de las toxicomanías. Hay que reconocer sin embargo que el uso de las drogas no data de ayer. ¿Habría que insistir sobre el aspecto cuantitativo de ese tema, sobre la multiplicación del número de toxicómanos? Eso sería insuficiente, sin duda. ¿Habría entonces que subrayar que la toxicomanía tiene un sentido nuevo? Eso sería más interesante. Pero toda la cuestión sería entonces saber cómo juzgar esos nuevos sentidos.

            Aquí vamos a decir que lo mejor, para el analista, es partir de su propia práctica. Lo que es esclarecedor son las dificultades de la cura en sí misma. Son esas dificultades que hacen situar en qué relación al goce puede estar tomado el sujeto.

Vamos a dar una idea de lo que el analista entiende cuando habla de goce.

            El goce no es el placer. Es algo esencial que hay que situar en primer lugar, si se quiere comprender que el síntoma puede satisfacer a alguna cosa. Una chica joven que se encierra en su anorexia sin duda no encuentra en eso ningún placer. Pero ¿cómo se negaría que su síntoma constituye una forma de goce? Se dirá entonces que el término de ‘placer’ conserva para nosotros su sentido más común, sentido que conlleva siempre, aún si ahí no nos ponemos en guardia, la idea de la disminución de una tensión. Beber es un placer, si ese acto apacigua la tensión ligada a la sed. No se puede negar, no obstante, que la bebida pueda tener otros efectos, y que el alcoholismo, por ejemplo, pueda dar la idea de la búsqueda de un goce que excedería los límites del placer.

            La cuestión es entonces aquella del límite. Aquella puede parecer natural cuando el cuerpo se niega a ir más lejos. Pero puede ser completamente de otro tipo. Desde ese punto de vista se sabe que lo propio de la civilización es el hecho de regular el goce sexual. Para nosotros el goce sexual no va sin un límite, una ley, una renuncia, una pérdida. Llamamos falo al símbolo de lo que puede ser perdido. Y decimos que es a partir de una renuncia -renuncia sobre todo al goce incestuoso- que el sujeto puede desear, que no cae en el abismo del goce del Otro. Pero también podemos establecer que algo puede conducir al sujeto a intentar buscar otras vías de goce, vías que puede percibir como ilimitadas. Entonces llamaremos ‘goce Otro’, siguiendo a Lacan, ese goce que no se reduce al goce fálico. Lacan se sirve de ese término en usos algo diversos, que es inútil enumerar aquí. Anotemos solamente que la ausencia de un límite hace mucho más aleatorio la inscripción de un deseo.

            De allí podemos proponer esto: si el analista tiene alguna idea de lo que constituirían las nuevas formas del goce, es en tanto que en la cura en sí algo hace obstáculo a lo que constituiría la inscripción del deseo del analizante. Un obstáculo radical. No se trata, precisamente, de lo que viene a hacer límite, y que llamamos castración. Ahí donde hay castración, prohibición, el deseo reprimido puede entonces retornar, por ejemplo, en el sueño o en el acto fallido. Aquí todo parece ocurrir más bien como si el acceso al deseo sexual se encontrase entrabado de manera mucho más radical. Adoptando ese punto de vista, nos veremos llevados a acercarnos a cosas aparentemente muy diferentes.

            Es cierto que en lo que pensamos más rápidamente son los fenómenos como la toxicomanía. Pero ¿qué es lo importante aquí? ¿Acaso el uso de la droga con sus efectos más peligrosos? ¿O no es la configuración en la cual viene a inscribirse el uso de la droga, la configuración que testimonia el hecho que el sujeto no quiso, o no pudo, alcanzar un goce más balizado?

            ¿Qué puede parecernos más significativo en la toxicomanía? Es el hecho de que un sujeto puede investir un objeto que estaría siempre disponible, y cuyo efecto sería de alguna manera químicamente determinado. Es un objeto que va a privilegiar, en una relación que excluye la incertitud y el carácter discontinuo del deseo sexual. Además, si el uso de las drogas ha existido siempre, lo que se ha modificado durante los últimos decenios, es que esa prioridad de un goce no sexual en relación con un goce sexual se difundió en la escala social, que ha podido aparecer hasta cierto punto como un valor socialmente reconocido. Es Charles Melman que pudo decir que, con la toxicomanía, el goce sexual comenzó a competir, por primera vez en la historia, su valor de goce dominante, su lugar de referente obligado de los otros goces.

            De ahí tal vez podamos no quitarle la especificidad al objeto droga, que es desde entonces diversificado. Si, por ejemplo, lo asociamos al alcoholismo, no es en el punto de vista de los que gestionan la salud pública que pretenden evaluar peligros para recalcar que, por ejemplo, el haschisch sería menos peligroso que el alcohol. Lo que es más importante para nosotros es que la cura va a poner en relieve en los sujetos alcohólicos una relación al goce muy próxima a aquella del toxicómano.

            Podríamos presentar aquí algunos casos, que tendrían todos ellos una estructura algo parecida. Un sujeto, por ejemplo, viene a la consulta, en un dispensario, para hablar de las dificultades que concierne su inserción social al igual que sus relaciones afectivas. Tiene una formación en informática, pero sin nunca haber logrado un puesto de trabajo estable. Denuncia expresamente el juego social que hay que jugar para conservar un lugar en una empresa. También afirma que se trata de parecer competente antes que serlo, que se trata de manejarse en relación con el poder antes que de trabajar. En el momento en el que viene a consultar, tiene un trabajo a medio tiempo en una asociación más o menos instituida por su madre. Por ende, tiene con su madre una relación que es un poco invasiva. Tiene algunas relaciones con mujeres, pero no se siente capaz de tomarlas muy en serio. Si tal o cual mujer que ha frecuentado quiere llevar con él una verdadera vida en común, tal vez con hijos en común, terminaría esa relación. La relación con su pareja actual está poco investida, la siente como la repetición indefinida de querellas sin gran interés, en la cual aparecerá rápidamente que esas relaciones camuflan una falta nunca acotada como tal.

            De todas maneras, durante un cierto tiempo no deja escuchar sino una queja social. En la asociación donde trabaja, y de la cual su madre se retira poco a poco, algunas personas no lo quieren y lo persiguen. Se lo llama por teléfono sin cesar, no se lo deja en paz. Sobre ello hace alusión al discurso que comienza a difundirse sobre la perversión social -el “acosamiento moral” como lo ha podido llamar. Sería la víctima del perverso. Notemos que no es seguro que esté en una situación realmente tan difícil. Pero más bien parece encontrarse en una posición donde no le es posible preguntarse si es por algo por lo que está en esa situación y si podría tener algo de parte en eso que le ha pasado. Podemos anotar que el cuadro -un dispensario, donde se espera que una ayuda psicológica sea dada de manera incondicional- facilita esa posición de víctima irresponsable de lo que le sucede.

            Sin embargo, es interesante ver que aun en un caso de este tipo -reducido aquí a elementos mínimos- las cosas pueden venir a tomar otro giro. Aquí, en todo caso, el rechazo de validar tal cual la queja inicial, el mantenimiento de un cuestionamiento analítico permitió un desplazamiento. Retrospectivamente, parece que eso fue posible tomando en serio lo que a la vez hace escollo para el sujeto, y lo que al mismo tiempo le compete. Entandamos aquí que el trabajo analítico permitió que se perfile, en el nivel de una realización artística, la mirada que podía constituir el objeto causa de un deseo para aquel hombre. Es inútil aquí decir por cuáles vericuetos de su historia individual esa mirada se encontraba a la vez producida y enquistada. Lo esencial es que lo que pudo surgir hizo aparecer al mismo tiempo la dimensión de la castración, esa dimensión bajo cuyo fondo aparecía el objeto causa de deseo, dimensión que se encontraba hasta ahí, como lo podemos captar retrospectivamente, cuidadosamente evitada. Desde ahí las cosas se aceleraron. Aquel hombre pudo afrontar, y al mismo tiempo pudo abandonarse menos al uso de la bebida, que era destinada en cierta manera, a hacer pasar los días de una vida desprovista de todo compromiso. Se subraya así que solo es cuando el goce fálico fue verdaderamente situado en su lugar que, al mismo tiempo, el goce Otro pudo ser interrogado.

            Es así como las cosas, generalmente, se presentan en una cura. La droga o la bebida no pueden ser situadas como goce, y por ende cuestionadas, sino a partir del momento en el que el sujeto se encuentra confrontado al imperativo fálico, no solamente al nivel de las investiduras afectivas y sexuales, sino a aquella de las realizaciones que se presentan ordinariamente como sublimaciones. Pero entonces, hay que subrayar en qué punto los discursos sociales actuales van en el sentido contrario de ese cuestionamiento. En efecto, esos discursos niegan la diferencia de los sexos y aquella de las generaciones y desconocen, al mismo tiempo, el valor diferente de un objeto (sea éste el del arte o de la religión) que no sería compatible con el objeto de intercambio mercantil, con el objeto consumible y siempre disponible.

            Se tiene sin duda aquí la posibilidad de articular, en esta primerísima aproximación, algunas observaciones que conciernen casos que, en apariencia son muy diferentes, se demuestran estructuralmente muy próximos. Por ejemplo, ocurre que en una misma fratría varios niños comienzan a drogarse. A veces uno de ellos no lo hace, pero muy a menudo viene a decir algo, en su relación al deseo, que se encuentra relacionado con las dificultades parecidas a aquellas de sus hermanos. Su vida aparece vacía de sentido, tiene la impresión de andar en círculos, procrastina toda decisión, todo compromiso, evita toda relación sea afectiva o sexual. En resumen, lo que en sus hermanos tiene consecuencias muy visibles, aparece aquí en otra forma. Como si la relación particular a esa configuración donde se prevalece un goce Otro se presentase aquí en creux, con ese valor particular que el recurso al análisis constituye tal vez una manera de tomar velocidad en lo que de otra forma podría aparecer como un destino muy previsible. Pero es sobre todo a partir de lo que es susceptible de hacer obstáculo en la cura en sí que el cuadro que esa relación al goce se dibuja mejor. En efecto, a cada momento la palabra cae en el riesgo de ser ella también desinvestida, los enunciados tienden a empobrecerse, el sujeto se vuelve indiferente a la marcha en la que se comprometió. No vamos a abordar aquí que eso necesariamente puede ocurrir en la conducción de la cura. Parece más importante subrayar que actualmente las mutaciones del goce también pueden producir esa relación particular al síntoma, relación que hace hablar de manera corriente de depresión o de enfermedad depresiva.

            Actualmente, cuando el analista evoca las mutaciones del goce, o de las formas de goce, o de la relación del sujeto al goce, constata la cuestión de la perversión. Puede hacerlo a diferentes niveles: sea que se considere que desde antes hasta hoy los sujetos ya participaban en prácticas perversas, sea de una nueva forma de relación social que es en sí misma perversa.

            Aquello no es sin fundamento, por supuesto. Se puede postular, simplificando, pero sin equivocarse demasiado, que es perverso el sujeto que piensa que se puede acceder al objeto de goce directamente, objeto del cual el sujeto está ordinariamente separado.

            El sujeto humano se detiene generalmente con cierta rapidez cuando está en la vía del goce. Si no fuera el caso, no se sabría hasta dónde iría. Como dice Lacan, comienza con el cosquilleo y termina con la quemadura con gasolina. Es por eso por lo que la satisfacción del sujeto está ordinariamente más codificada, pasa por los desfiladeros del significante, se dice entre líneas. Pero en esa operación algo cae, lo que Lacan llama el objeto a, y que se presenta a partir de los objetos parciales freudianos: seno y heces, pero también mirada y voz. Ese objeto a es a la vez inaccesible, prohibido, pero a la vez constituye lo que es lo más deseable. Sabemos que generalmente el sujeto no puede tener acceso a él sino por la vía del semblante. Cuando el objeto aparece en la realidad más bien produce angustia. El perverso, al contrario, lo presentifica: sea que él mismo se haga objeto a, por ejemplo, objeto desecho en el masoquismo; sea que lo suscite en el Otro, por ejemplo, cuando el exhibicionista trata de suscitar la mirada.

            ¿A propósito de la toxicomanía se puede evocar la perversión? Claro que sí, aun si, como lo dice Charles Melman, no es una perversión “natural”, es decir una perversión que concerniría uno de esos objetos que tiene relación con uno de los orificios del cuerpo. Sería una perversión particularmente representativa de nuestra modernidad: el toxicómano, ya lo dijimos, fuerza hasta el límite el ideal consumista que quiere que todo goce sea accesible, a condición de que se tenga los medios de comprarlo.

            Sin embargo, no hay que hacer negligencia de lo que el toxicómano dice. Denuncia directamente a la sociedad de consumismo, y los ideales del pequeño burgués. Obviamente, eso no le impide inscribirle en ellos. Pero es sin duda al menos el índice de un desplazamiento -incluso de un clivaje- que puede favorizar el compromiso de un trabajo analítico.

            Y también, se prefiere tal vez reservar mejor el concepto de perversiones a las perversiones sexuales. En efecto, si se atestigua que la relación al goce Otro tiene algo de desexualizante, no está prohibido que el desarrollo contemporáneo de ciertas formas de perversiones sexuales constituye, entre otras, una tentativa para ir al encuentro de esa desexualización. Así, el hombre homosexual, por ejemplo, viene a afirmar que todo goce es fálico -aun si por ese quehacer conlleva el falo- significante del deseo y de la castración -al pene, al órgano masculino.

            Lo que, nos parece, es lo más importante para comprender algo de ese tipo de fenómeno es la noción de clivaje. Sin duda es fundamental si se quiere situar la manera en la cual las modalidades nuevas del goce pueden hacer la cura más difícil -no obstante, sin hacerla imposible.

            Freud, se sabe, hacía del concepto de clivaje un concepto esencial para dar cuenta de la perversión, y primeramente del fetichismo. La elección de una faja como objeto fetiche podía querer decir al mismo tiempo que una mujer tenía un pene y que no lo tenía: clivaje entre denegación y reconocimiento de la castración.

            Sin duda, se puede generalizar ese tipo de aproximación. Es verdad que en la perversión sexual el saber de un sujeto sobre el objeto que viene a asegurar su goce parece impedirle tener acceso a la condición ordinaria del ser hablante, la división subjetiva. Mientras que el sujeto, desde que habla, puede constatar que dice otra cosa de lo que cree decir, el goce del perverso vendría a cerrarse en un goce sin falla. Sin embargo, la experiencia parece mostrar que el análisis puede, en ciertos casos, sacarlo de esa posición enquistada.

            Por ejemplo, tomemos el caso de un sujeto homosexual, un sujeto que le dio un lugar muy particular a las sesiones de fotografía en las cuales invitaba a sus parejas, aun las más ocasionales. A menudo nos decimos que hay en la perversión una relación a un objeto inanimado que evoca entonces, más allá de una castración que sería denegada, la muerte. Sin duda, era precisamente eso de lo que se trataba aquí, debido a la forma en la cual este paciente describía sus fotos. No obstante, él mismo no podía percibir esa dimensión antes de toda una elaboración. Ella se impuso en relación con un sueño en el que se había sorprendido al surgir la imagen de la bandera de Córcega. Hablar de la representación de un moro, evidentemente, ello venía a presentificar completamente de otra manera los amantes de Magrehb que eran de su preferencia.

            Se podría mostrar cómo, después de ese sueño, surge un recuerdo que jamás había sido acotado hasta entonces, aquel de la visión, a una edad muy precoz, de una persona de su familia que acababa de morir, y cómo una asociación se impuso entre ciertos rasgos de las fotografías y ciertos aspectos de esa visión macabra, que posteriormente se revelaba haber sido erotizada. Uno se podría contentar aquí con subrayar cómo un sujeto, aun perverso, puede en casos de este tipo encontrarse sorprendido: allí donde se creía asegurado de una relación erótica al objeto, su saber se pone a tambalear. Tal vez ese es el sentido más fuerte que se puede dar a la noción de clivaje: aun el saber perverso más asegurado no puede obstruir, de hecho, la división subjetiva.

             Además, esa acotación puede tener otra dimensión diferente. En efecto, de allí que hayamos aprendido a situar los dos términos de un clivaje, el que permite al sujeto afrontar la división subjetiva y lo que lo empuja a denegarla, y tal vez seamos un poco más capaces de conducir curas que conlleven problemas difíciles, aún en sujetos que no son perversos.

            La manera en la que funciona nuestra sociedad probablemente ha modificado las demandas que nos son dirigidas. Es sin duda a partir de ello que se podrá, en efecto, constatar un tipo de perversión social. El sujeto puede no ser perverso, pero se ha hecho de él un tipo de instrumento que asegura un goce anónimo, aquel del orden que nos gobierna. Puede muy bien haberse amoldado a ese funcionamiento, aun más, puede sacarle una satisfacción. Obviamente, si viene a consultarnos es porque experimenta un cierto malestar. Pero ese malestar no es suficiente para engancharlo verdaderamente al análisis. Podemos ver aquí cómo dos tipos de preguntas están fuertemente ligadas: ¿cómo procedemos en nuestra práctica a las dificultades de este orden? Pero también, ¿pueden esas dificultades hacernos captar modalidades actuales de goce?


[1] Chemama, R.  « La pratique de la cure permet-elle de mieux situer les mutations actuelles de la jouissance ? », in La Célibataire, número 2. París : EDK, pp. 33-40.

Traducido por Patricio Moreno Parra