La interpretación y más-allá

Sophie Marret-Maleval

2016-01-06

“En el discurso analítico, se trata siempre de lo siguiente: a lo que se enuncia como significante se le da una lectura diferente de lo que significa[1]”, anota Lacan en el seminario Aún. Este enunciado figura en la tercera lección, intitulada “La función de lo escrito”. Casi al nivel de una perogrullada, recuerda que la experiencia analítica toma su fuente de la interpretación, o sea de un uso del significante. Sus implicaciones son de esta manera mayores considerando la precisión que aporta en cuanto a la diferencia de letra y significante, abriéndose en una práctica de la interpretación que se avanza más allá del alcance freudiano.

“Pero sucede que lo que le enseñara a leer no tiene entonces absolutamente nada que ver, y en ningún caso, con lo que ustedes de ello pueden escribir[2]”. La experiencia analítica está situada entonces entre lectura y escritura. La lectura está aquí situada en relación con el significado: “[…] el significado no tiene nada que ver con los oídos, sino con la lectura, la lectura de lo que uno escucha de significante[3]”, mientras que la escritura está referida a la letra. Lacan reconsidera en efecto los términos de la lingüística saussureana, separándose de la aproximación del significante como “imagen acústica del signo”. Despacha la noción de referencia que ligaría el lenguaje a una realidad prediscursiva (apuntando a recordar que “Los hombres, las mujeres y los niños no son más que significantes.[4]”), “La palabra referencia solo puede situarse a partir de lo que el discurso constituye como vínculo. El significante como tal no se refiere a nada que no sea un discurso, es decir, un modo de funcionamiento, una utilización del lenguaje como vínculo[5]”, privilegiando desde entonces la noción de discurso, del lenguaje como vínculo, en el cual sitúa dos efectos: el significado por un lado (“El significado es efecto del significante. Se distingue aquí algo que no es más que el efecto del discurso, del discurso en cuanto tal, es decir de algo que funciona ya como vínculo.[6]”), la letra y la escritura por el otro (“La letra es, radicalmente, efecto de discurso […] Es que lo dicho antes cobra sentido después.[7]”, pero también “Todo lo que está escrito parte del hecho de que será siempre imposible escribir como tal la relación sexual. A eso se debe que haya cierto efecto de discurso que se llama escritura.”[8]). La imposible escritura de la relación sexual se sostiene en parte de que “Un hombre busca a una mujer a título […] de lo que no se sitúa sino por el discurso […]”[9], es decir que no goza del cuerpo de su partenaire como tal, sino que el goce parte de las trazas sobre el cuerpo, del significante fálico, y que ella depende del objeto a que la causa, así es como lo precisa en los albores de este seminario. Por otra parte, ella se sostiene en la inexistencia del significante de La Mujer que hace de la escritura de una relación lógica entre los sexos (sea entre dos significantes si el segundo existiría) imposible.

La letra es efecto de discurso. Lacan sitúa su función al nivel de la barra entre el significante y el significado, sin la cual “[…] ninguno de los efectos del inconsciente se sustenta sino gracias a esa barra […]”[10]. “La barra es precisamente el punto donde, en todo uso del lenguaje, existe la oportunidad de que se produzca lo escrito”[11]. Si se sigue la lógica de ese capítulo, se deprenden entonces dos ejes. El primero: lo que se lee, el significado como efecto del significante y que se debe a una ausencia de relación con el significante, lo que se encuentra materializado por la barra de lo arbitrario saussureano y de dónde se deduce también la imposible escritura de la relación sexual que se sitúa en el registro de los efectos del discurso corriente, del vínculo entre los significantes. El segundo: lo que se escribe, que no es para comprender, y “Todo lo que está escrito parte del hecho de que será siempre imposible escribir como tal la relación sexual”[12], lo que viene a marcar una vez más la materialidad de la barra.

Dar “otra lectura que aquella que significa” a “lo que se anuncia de significante”, ya no puede pretender desde aquí una práctica de la interpretación que apuntaría a la verdad, a la reabsorción de la barra, de lo que se escribe. La práctica de la interpretación convoca más bien la inexistencia de la relación sexual, lo que no cesa de no escribirse. El enunciado invita a una comprensión casi literal. Se trata de abrir a otra lectura diferente de una práctica de la significación, que tome en cuenta los efectos de la barra. Cuando Lacan puntúa, además, la disyunción entre lectura y escritura, parte de la constatación de un hiato entre lo que se enuncia de la construcción en la práctica analítica y las letras con las cuales invita a escribir la teoría (en este caso S(Ⱥ), a y φ). Lo que puede escribirse allí está más allá del sentido. Si queda conmovido por un apoyo posible sobre las matemáticas para escribir la teoría analítica en ese instante, no obstante, hace aparecer claramente, situando la escritura como efecto del decir, otra dimensión de la práctica analítica que aquella del sentido, patente en lo que allí se escribe. La praxis analítica está situada entre lo que se lee y lo que se escribe, entre el acceso de la inexistencia de relación sexual y la incidencia de la letra. El acento está desplazado sobre la función de borde de ciertos significantes que apuntan al objeto como lo evocó algunos meses antes en “Lituratierra.”[13]

Así lo indica en el capítulo siguiente: “Seguir el hilo del discurso analítico tiende nada menos que a quebrar, encorvar, marcar con una curvatura propia, una curvatura de la que ni siquiera puede sostenerse que sea la de las líneas de fuerza, lo que produce como tal la falla, la discontinuidad. Nuestro recurso es, en lalengua, lo que la quiebra.[14]”, o sea la letra de la cual Lacan indica que “revela en el discurso lo que, no por azar ni sin necesidad, se llama gramática.”[15] Una concepción de la interpretación se deduce de allí, que no ignora la referencia a lo escrito ya que subraya: “ […] rehusarse a la referencia a lo escrito es vedarse lo que, entre todos los efectos de lenguaje, puede llegar a articularse.”[16] De una parte, entonces, conviene a lo que se puede articular, de la otra, como lo hace notar: “Esta articulación se hace en lo que resulta del lenguaje, hagamos lo que hagamos, ya sea un supuesto más-allá o más-acá.”[17] Es decir que el uso de la letra conduce sobre la vía de lo Real, según las coordenadas que da previamente: el objeto a y la inexistencia de relación sexual. ¿Se trata de leer qué cosa?, precisa un poco después, “[…] nada que no sea sino los efectos de esos decires. Vemos muy bien cómo esos efectos agitan, remueven, preocupan, a los seres que hablan. ”[18] y les hace servir para dar “[…]un asomo de vida a ese sentimiento llamado amor”[19].  Precisa “la otra lectura” que convoca: se trata de hacer uso de los efectos de los decires para “civilizar” el goce por el amor, que es lo que permite hacer ahí sentido[20], pero también de apuntar a un deseo viviente. “Es necesario que, por intermedio de ese sentimiento, eso conduzca a fin de cuentas […] a la reproducción de los cuerpos.”[21]

Desde esa óptica, Lacan subraya de qué uso del sentido depende el discurso analítico: “En efecto, un discurso como el analítico tiende hacia el sentido. […] Lo que el discurso analítico hace surgir es justamente que el sentido no es más que semblante. Si el discurso analítico indica que este sentido es sexual, sólo puede hacerlo dando razón a su límite. No hay en ninguna parte última palabra sino en el sentido en que palabra es ni palabras (mot es motus), o sea, mutis, sobre lo cual ya he insistido. Pas de réponse, mot (no hay respuesta, ni palabra), dice alguna parte La Fontaine. El sentido indica la dirección hacia dónde va a encallar.”[22] “[…] el goce solo se interpela, se evoca, acosa o elabora a partir de un semblante.”[23], anota una vez más. Esa es la razón por la cual la práctica lacaniana es una práctica del significante.

Sin embargo, recuerda Jacques-Alain Miller, “la edad de la interpretación está detrás de nosotros. Es lo que Lacan sabía, pero no lo decía: le hacía escuchar, y nosotros comenzamos solamente a leerlo”[24], precisando que “la interpretación no es otra cosa que el inconsciente, que la interpretación es el inconsciente mismo”, es decir que el inconsciente “se soporta […] enteramente en la diferencia […] que se repite entre lo que quiero decir y lo que digo”[25], la interpretación analítica viene segunda. Sin embargo, dice “el inconsciente también quiere ser interpretado […] deseo de tomar sentido, no habría analista”[26]. Propone comprender la interpretación como desciframiento, “Pero descifrar, es cifrar de nuevo. El movimiento no se detiene sino sobre una satisfacción”[27].  Una práctica del sentido que no quedaría “al servicio del principio del placer”, o sea que apunte al sinthoma, el punto de conexión del lenguaje y el goce debe entonces desmarcarse de una interpretación a la manera del inconsciente. Propone otra vía, aquella de la interpretación al revés que “consiste en retener S2, no agregarlo a los fines de cernir S1. Es conducir al sujeto a los significantes propiamente elementales sobre los cuales ha, en su neurosis, delirado”[28]. Conviene apoyarse sobre un “desciframiento que no dé sentido”, sobre el corte que separa S1 y S2, ahí donde el vocablo designa su límite y conduce sobre la vía del objeto, como una ventana sobre los límites del decir. Es una vez más por la vía de una lectura a lo que se escribe que se llega a lo que no cesa de no escribirse, la inexistencia de la relación sexual en lo que discurre de una precisión de las coordenadas del síntoma, o sea de lo que cada uno goza.

Convendría también subrayar cómo Lacan abría la vía a la práctica analítica de las psicosis. Jacques-Alain Miller y Éric Laurent recuerdan que el inconsciente interpreta muy particularmente en la psicosis y que se trata, lo más a menudo, de apuntar a los puntos de detención del sentido, de “estabilización de la metáfora”, o sea, como Éric Laurent propone, el introducir comas, el aislar, el separar los significantes[29]. Como los muchos engarces del goce, les significantes pueden igualmente servir a fines de nominación y permitir un capitonado, una “resolución”[30] de éste por el sentido.


[1] J. Lacan. El Seminario, libro XX, Aún. Paidós: Buenos Aires, 2016, p. 49

[2] Ídem.

[3] Ibid. P. 45

[4] Ibid. P. 44

[5] Ibid. P. 41

[6] Ibid. P. 45

[7] Ibid. P. 47

[8] Ibid. P. 46

[9] Ibid. P. 44

[10] Ibid. P. 46

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] J. Lacan. Otros escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, pp. 19-29

[14] J. Lacan. El seminario¸ libro XX¸ Aún. Buenos Aires: Paidós, 2016, pp. 57-58

[15] Ídem., p. 58

[16] Ídem.

[17] Ídem.

[18] Ibid.., p. 59

[19] Ídem.

[20] J.-A. Miller. Piezas sueltas. Buenos Aires: Paidós, 2013, pp. 27-40

[21] J. Lacan. El seminario, libro XX, Aún. Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 59

[22] Ibid.., p. 96

[23] Ibid.., p. 112

[24] J.-A. Miller. “La interpretación al revés”, in La Cause Freudienne no32, París: Navarin, febrero 1996, p. 5

[25] Ídem.

[26] Ibid., p. 6

[27] Ídem.

[28] Ibid., p. 7

[29] E. Laurent. “Interpretar las psicosis en el cotidiano”, in Mental no 16, 2005, pp. 9-24

[30] Cfr. J.-A. Miller. Piezas sueltas. Buenos Aires: Paidós, 2013.