LA INTERPRETACIÓN ORDINARIA[1]

Éric Laurent[2]

Traducido por Patricio Moreno Parra


Primero, quisiera agradecer a los organizadores de este extraño seminario anglófono creado en París: Marie-Hélène Brousse, Jean-Pierre Klotz y Thomas Svolos. Han hecho todo para mantener una buena atmósfera característica de esta asamblea, además de su modo de composición habitual.

Según el programa, estoy encargado de extraer las conclusiones de este seminario. Sin embargo, pienso que precisamente la forma misma de este seminario nos prohíbe absolutamente sacarle conclusiones. Es una tarea que me parece contradictoria. Lo que podemos hacer, al contrario, es continuar ampliando perspectivas gracias a los usos nuevos que hemos podido extraer, en el trascurso de esta última semana, sobre la manera en la cual podemos utilizar el significante “psicosis ordinaria”. La mayoría de ustedes estarán sin duda convencidos de las ventajas de la ampliación del término de psicosis que el programa de trabajo que llamamos “psicosis ordinaria” permite hacer.

Así, no deseo hacer conclusiones, sino más bien extraer en voz alta algunas consecuencias de esa ampliación, especialmente sobre el punto de la interpretación. Ya que, como lo subraya Jacques-Alain Miller, es una cosa orientarnos sobre el binario clínico neurosis/psicosis y otra cosa pensar en la perspectiva de la psicosis “generalizada”. Manteniéndonos en el encuadre del Nombre-del-Padre, la interpretación se hacía en su nombre. Si pasamos “más-allá del Edipo”, ¿cómo se ordena entonces la cuestión de la interpretación?

La primera manera de comprender la interpretación con el Nombre-del-Padre es que, en ese encuadre, podemos tener conflictos y significaciones edipianas. Lo esencial es que esa interpretación tiene sus límites. Se puede contar con el valor fálico del goce para interpretar esos valores más oscuros del goce que se sitúan siempre más-allá de los significantes.

En el interior del campo de la psicosis y sus extensiones, ¿cómo interpretar si no tenemos al Nombre-del-Padre para estabilizar las significaciones?

En la orientación lacaniana, la interpretación se localiza en una tensión entre dos polos de su ejercicio. En una parte, es la actividad más libre del analista[3].  Por otra parte, está regida por reglas estrictas[4]. Esos dos aspectos de la relación de la interpretación y las normas pueden anudarse en una proposición que formularía que la interpretación es sin estándares, pero no sin principios. El principio se enuncia: no hay metalenguaje.

No hay un nivel que sería un lenguaje objeto -el material-, y el nivel de la interpretación que sería de un nivel distinto y que sería aplicado sobre el segmento de “material”. Se puede concebir todo tipo de formas de esa aplicación. Eso puede ser un largo segmento de “material” y una pequeña interpretación o bien una interpretación tan extensiva como el “material”. Sea lo que sea, en una concepción de ese género, los dos niveles son cuidadosamente distintos. Esa concepción de la interpretación aplicada a un lenguaje objeto es la más difundida en las orientaciones psicoanalíticas.

De ello tenemos un ejemplo en el último libro publicado por Heinz Kohut, How Does Analysis Cure?[5] En su sexto capítulo, Kohut opone la concepción kleiniana del psicoanálisis, especialmente en su variante argentina, a la teoría del self. Quería oponer dos maneras de formular una interpretación: sea en la lengua kleiniana, sea en la lengua de la self-psychologie. Ese capítulo responde a la tentativa de Robert Wallerstein, quien intentaba fundar el eclectismo de la IPA, lo que llamaba sus diferentes lenguas de la interpretación, en el Congreso de la IPA de Montreal en 1987, considerándolas como metáforas de un mismo referente clínico.

La tarea esencial de un presidente de la IPA es siempre la misma: se trata de proponer una esperanza común a las comunidades de los practicantes que hablan de psicoanálisis de una manera muy distinta. Wallerstein hablaba de “fundamento común”, Kernberg pensaba en la unidad por la contratransferencia, Widlöcher por la empatía y Eizirik, quien acaba de terminar su mandato, lo hizo por las neurociencias. La tarea del presidente de un tal cuerpo fragmentado es de proponer el sueño de unidad.

El término de “metáfora” para describir una práctica de la interpretación es un resultado de la apropiación en los años ’70, en el psicoanálisis de la Costa Este de los Estados Unidos, de los trabajos de Lacan. Para el psicoanálisis, el vector de ellos ha sido la revista Psychoanalytic Quarterly. Es un modelo epistemológico bastante simplista, que parte de un punto de referencia tan asegurado como accesible, el Common Ground que es la teoría clínica. Metáfora quiere decir que hay allí un significante, que se traduce en las diferentes lenguas, todas renviando al mismo punto.

Es a aquello que va a responder, en 1991, Horacio Etchegoyen, quien considera esa posición peligrosa[6]. Para él, una interpretación verdadera no es una metáfora que renviaría a un mismo referente clínico. Para él, una interpretación verdadera renvía a un real. Según sus términos, “se necesita que ella dé cuenta de una realidad psíquica que existe en ese momento en el inconsciente del paciente”.

Es una proposición del tipo: “La frase P es verdadera si y solamente si P es verdadera”. Etchegoyen sostiene que la interpretación es verdadera si y solamente si ella describe exactamente lo que hay en la cabeza del sujeto en el momento en que es hecha. Es todo el problema de una teoría de la verdad que afirma en una correspondencia entre el yo inconsciente y la realidad. Es construir una instancia como lugar de lo que da la adecuación sin resto de la pulsión y el significado. Decir que hay un lugar donde alguien tiene algo en la cabeza, es oponerse a aquel decir según el cual la pulsión es acéfala. Esa concepción de una realidad psíquica como lugar donde se podría hacer inventario de lo que contiene implica una topología que separa el adentro y el afuera por un estricto límite. Ella se opone a la topología lacaniana del sujeto y del Otro regida par la extimidad.

En el capítulo VI de su libro, Kohut cuenta la secuencia siguiente, que se le dio a conocer en control por una analista que él presenta como una sudamericana de orientación kleiniana: “En el final de la sesión, esta analista informa a su paciente que, próximamente, ella estará obligada de anular una sesión. Al día siguiente, la paciente se queda en silencio y distante y ella no responde cuando la analista le invita a hablar. El analista le dice entonces que el anuncio que ella hizo en la sesión precedente la transformó del seno bueno que ella era en seno malo. Adjunta que, después, la paciente está consumida por la ira; quiere destruir el seno malo mordiéndolo, lo que provoca una inhibición oral que le impide hablar”.

Kohut, en cuanto a él, pines que habría sido mejor decir las cosas en términos de self-psychology o bien de ego-psychology. En la ego-psychology, no se va enseguida hacia el objeto, se pasa por el conflicto edipiano. Se dice entonces a la paciente: “Usted sintió el anunció que hice ayer de la misma manera que cuando su madre cerraba la puerta de su cuarto para acostarse con su padre”. Helo ahí el conflicto edipiano: la paciente está loca de ira al ver que su madre se interesa en otra cosa más que en ella.

En los términos que la self-psychology emplea con las personalidades narcisistas, o lo que llamaríamos “psicosis ordinarias”, habría que reformular las cosas en términos de interpretación centrado sobre el self, hablando de la estima de sí. En la teoría de Kohut, la self-steem del analizante narcisista no soporta el conflicto, ya que no ha elaborado el conflicto edipiano hablando con propiedad. Entonces, habrá que formular: “Su amor propio fue mermado por la noticia que le anuncié ayer, de la misma manera que el día en que su madre, fría y distante, había despedido a la cocinera tan calurosa quien le permitía de venir a ayudarla en la cocina, y quien hacía elogios de usted”.

El analista que da a conocer la interpretación kleiniana, aquella centrada sobre el objeto, not que después de la interpretación, la paciente estaba más relajada. Había vuelto a hablar más libremente y se dio cuenta que había pasado toda la sesión anterior apretando los dientes. Kohut hace este comentario: sea cual fuere el efecto positivo de la interpretación, hay que notar la distancia entre el mensaje que fue justo y la teoría, falsa.

Para él, el mensaje esencial es: “Usted está profundamente trastornada por el hecho de que una de sus sesiones haya sido anulada. Tomo acto de ello, es legítimo, usted tenía el derecho”. La teoría de Kohut -su mensaje fundamental- es la empatía; la acogida del otro. El psicoanálisis cura con la sonrisa de la madre. Es ese fundamental que Kohut considera como lo esencial de la operación psicoanalítica.

Etchegoyen se opone a las preposiciones de Kohut. Conserva de ellas la oposición entre teoría y formulación, pero a la inversa. La teoría era certera, aquella del seno bueno y del malo, pero la formulación del analista no era correcta, por varias razones. La primera regla de la interpretación, según él, es partir estrictamente de los enunciados del paciente. Así, no hay que evocar la sesión anulada ya que no fue evocada por la paciente. Había solamente que poner palabras sobre ese silencio: “Algo le atormenta, y usted es incapaz de expresarlo”. Y ahí, “Si ella hubiera dicho que se callaba porque desde la sesión anterior su mandíbula estaba contracturada y si ella hubiera añadido algunas palabras mordaces en dirección al analista, entonces habría habido verificación”. Del hecho que la mandíbula fuera evocada, el objeto oral está presente en la realidad psíquica. La prueba es aquella de la relajación. Ahí solamente, se podía decir: “Usted sintió el anuncio del día anterior como si el seno le habría sido retirado, y reaccionó por el miedo y quería morderlo, apretando sus dientes y profiriendo palabras que también pueden morder”.

Etchegoyen continúa: “Si alguna vez el analizante hubiera dicho que mientas ellas se callaba pensaba en un incidente desagradable que hubiera tenido lugar la noche anterior con su hija de cinco años que había querido quedarse en el cuarto de sus padres en lugar de ir a dormir en la suya; que la paciente hubiera terminado por colerizarse y la hubiera enviado a la cama por la fuerza y si ella hubiera añadido que ella estaba ya colérica porque saliendo de la sesión, se había peleado con un chofer de taxi que no habría querido darle el vuelto, entonces ahí, no habría dudado en decirle que esa ira de la cual me hablaba a propósito de su hija era su manera de informarme al anuncio que le había hecho […]; que se hubiera peleado con el taxi porque no quería darle algo; y que, hablando de su hija, expresara su propia reacción infantil: ella sentía que era su madre que la cazaba violentamente de su cuarto para poder acostarse con su padre”. Y finalmente: “Si el analizante me hubiera contado un sueño, reproduciendo la situación infantil traumática en la que su madre había despedido la gentil cocinera”, habría dicho: “En efecto, era como su madre…”

Pero Etchegoyen añade: “Jamás habría tenido el morro de decir ‘su madre fría e indiferente’, ya que una interpretación debe siempre recaer sobre el sujeto, y jamás sobre los personajes del entorno. Ahí, mi desacuerdo es formal”. Este tipo de desacuerdo evoca las querellas que han atravesado el movimiento psicoanalítico. ¿Se debe o no recibir los padres de un niño, del entorno del sujeto? Es difícil enunciar proposiciones universales, positivas o negativas, sobre lo que hay que hacer. Hay siempre casos que harán objeción a esas prescripciones. Se ve la ventaja de la indicación de Lacan que nos dice que la interpretación debe recaer solamente sobre el objeto y el modo de goce. Eso puede conllevar la apuesta del entorno.

Regresemos a Etchegoyen. Según él, el problema no es discutir sobre la profundidad de esas interpretaciones o de su eficacia, es de saber si se cree o no que ella reenvía realmente a una cosa, un estado de ánimo, a state of mind, que se formula en la realidad psíquica del paciente. Cuando formula una interpretación: “El trabajo analítico establece condiciones de verdad en la realidad psíquica. […] En ese momento, la interpretación cesa de ser una figura de discurso, y toma una significación precisa e isomorfa con lo que acontece realmente en la mente (mind) de quien la recibe”. En esa pequeña frase, todo está dado. Primeramente, “las tables de verdad se introducen en una realidad”. Luego, utilizando los términos de “isomorfo” y “condiciones de verdad”, Etchegoyen ampara una teoría denotativa de la verdad. Esa concepción permites así a Horacio Etchegoyen mezclar hasta una suerte de positivismo lógico de la interpretación. En efecto, en un momento dado, la interpretación tiene una significación aislable y apunta a una correspondencia asegurada. Lacan dirá en un cuadro epistemológico más vasto que el analista “añade su lógica” al discurso inconsciente del paciente.

El desacuerdo recae sobre el hecho que con una teoría según la cual hay adecuación entre la interpretación y lo que acontece “realmente” en la cabeza, cuando se apunta a la pulsión, se encuentra las aporías mismas que Lacan denunciaba en la Dirección de la cura. La interpretación no es un isomorfismo, ella “hace escuchar”. Lo que se trata de hacer escuchar está determinado por la dirección de la cura. La interpretación es creacionista, determina lo que hay que hacer escuchar al analizante. En el caso del hombre de los sesos frescos, “había que hacerle escuchar que roba la nada”.

Desde “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”[7], Lacan sitúa la interpretación lejos de un metalenguaje. Es una dimensión de la palabra donde se anudan, de manera especial, palabra y lenguaje. A partir de la valorización de “La instancia de la letra” y en detrimento de la función de la palabra, Lacan reformula su tesis fundamental bajo la forma: “El deseo, es su interpretación”. Esa formulación se opone a la definición de un deseo inconsciente que define el nivel de un lenguaje objeto y la interpretación de ese deseo inconsciente como el lenguaje que lo descifraría desplomándolo. Decir que el “deseo es su interpretación”, viene a hacer coincidir los dos niveles. No se puede ya entonces separar el deseo inconsciente del nivel de la interpretación. También es decir que la interpretación desplegada se sostiene de un deseo, del deseo del analista de interpretar, llegado el caso

Otra manera de reformular el principio de interpretación es decir que la interpretación es una puntuación. Es un hecho que Jacques-Alain Miller ha extraído con fuerza. Ella se sitúa al mismo nivel del inconsciente estructurado como un lenguaje. La interpretación hace puntuación, ya que ella está situada al mismo nivel que el discurso inconsciente. El inconsciente es un lenguaje con puntuaciones. Preguntábamos a Umberto Eco, en una época que era el consentido de los medios, con su Nombre de la Rosa: “¿Quién es usted en la novela?” El respondía: “Soy el punto y coma”. Darse el lugar de aquel que puntúa, darse el lugar de la puntuación misma, es una respuesta muy lacaniana. Es una interpretación-puntuación formulada en abismo.

Jacques-Alain Miller enuncia esto de manera impresionante diciendo que el analista es el editor del texto del analizante. Es esa otra reformulación de la tesis de Lacan que figura en el Seminario XI: “El analista hace parte del concepto de inconsciente”. Él está estructurado de la misma manera. No hay inconsciente sin puntuación, sin su editor, sin aquel que lo hace aparecer. El inconsciente no es una cosa que está ya allí. Aparece en el curso de la práctica misma del psicoanálisis, lo que hace posible el surgimiento de ese inconsciente de su nivel llamado interpretativo. Es por ello que la estructura del sujeto es aquella de una banda de Möbius y no de una superposición de planos sobre dos niveles sobre los cuales podría haber aplicaciones.

Esta estructura: “No hay metalenguaje” es crucial en la pregunta del lugar del Otro. El Otro es un lugar con propiedades extremadamente extrañas. En “La dirección de la cura…”, Lacan dice: “La interpretación, para descifrar la diacronía de las repeticiones inconscientes, debe introducir en la sincronía de los significantes que allí se componen, algo que bruscamente haga posible la traducción”.[8]

El lugar del Otro es un lugar mágico, siempre es posible que un elemento nuevo surja cuando no está ahí. Es un lugar donde eso se inscribe de tal manera que, a partir de la sincronía de los elementos significantes, siempre es posible hacer surgir otro que, a partir de entonces, va a hacer posible la traducción de la secuencia. Freud habla del blog mágico, de las que pequeñas pizarras de los niños donde un texto se borra y sin embargo queda inscrito, para mostrar las relaciones de lo consciente y de lo inconsciente. Lacan provee al Otro de una topología más compleja. Es un lugar mágico en efecto, ya que tiene la estructura de la banda de Möbius. A partir del otro lado, siempre es posible que otro significante y que haga traducible la cadena. Situar la interpretación como traducción es a la vez muy freudiano -en la carta 52 a Fliess, Freud habla de elementos discretos que se traducen de tiempo en tiempo- y muy radical. Es una subversión de la interpretación como lengua suplementaria. El sujeto puede reconocer desde entonces lo que era extranjero como siendo parte de él. Es de un tipo de traducción del sujeto en el texto de lo cual se trata -y no de un mensaje, de una lengua en otra lengua. El sujeto es un lugar tan mágico como el Otro. Puede añadirse en una frase sin cambiar el sentido de ella y sin embargo cambiándola toda. Lacan se interesó, por ejemplo, en las palabas que salpican la lengua, no queriendo decir nada, sino señalando la enunciación. Entre el “Me temo que (no) venga”[9] y el “Me temo que venga”, algunos gramáticos estiman que, del lado del sentido, no hay ninguna diferencia. Lacan con Damourette et Pichon estima al contrario que el “no expletivo”, aquel que podríamos no utilizar, que puede añadirse siempre a un grupo verbal que exprime el anhelo o la necesidad, es el lugar del sujeto de la enunciación. Esa estructura es aquella del conjunto russeliano.

Jacques-Alain Miller había escogido resaltarla afirmando la tesis: “El inconsciente interpreta”, y no el analista. El inconsciente interpreta, y especialmente en la psicosis, ya que la psicosis más que la neurosis, resalta la estructura del lugar del Otro. El lugar del Otro se presenta primero como esa propiedad de un conjunto russeliano, es decir que un elemento suplementario puede añadirse siempre al conjunto de ese lugar donde inclusión y exclusión se anudan de manera muy particular. El Otro está provisto, en la enseñanza de Lacan, con la metáfora paterna que califica lo que es del registro de la neurosis. La metáfora paterna, el Nombre-del-Padre, viene entonces a asegurar la consistencia de la significación en el Otro. El padre es primero aquel que introduce el límite, aquel que sostiene el lugar del “Es así porque es así”. Si abordamos la estructura del Otro desde el punto de vista de la neurosis, no se ve cuánto la interpretación se hace en nombre del Nombre-del-Padre. El Nombre-del-Padre permite que haya un punto límite al complemento S1 por S2 y hacer que la palabra se detenga gracias a esa función. Hay un silencio incluido en la lengua que hace que el texto inconsciente pueda encontrar una respiración que permite al sujeto, como lo decía el presidente Schreber, “no pensar en nada”, de poder soplar. Eso quiere decir poder actuar, sin estar estorbado permanentemente por su “pensamiento”, por la formulación alucinatoria que le invade.

No es por azar si, en las reflexiones sobre el psicoanálisis, la pregunta que hacía Wittgenstein a Freud recaía sobre el punto de detención. No es por azar si Wittgenstein, psicótico, que no creía absolutamente en el padre, haya escrito toda su obra para saber dónde detenerse. Lacan siempre estructuró la cuestión de la interpretación, a partir de las psicosis, sobre todo, a partir del momento en el que pluralizó los Nombres-del-Padre. Lo que Jacques-Alain Miller llamó la “segunda metáfora en Lacan” consiste en cómo el goce está tomado a cargo por el Otro. Es la misma lengua la que significantiza el goce transformándolo en trozos de goce, como el objeto a, a la vez elemento de goce y que sin embargo se comporta como una letra. Puede entrar en cadena, puede entrar en serie, puede ser sustituible, puede estar en lugar de causa.

¿De qué interpretación se trata?

Si hablamos de interpretación en la psicosis, es en efecto que el sujeto psicótico nos precede siempre. Interpreta de modo original. Cree en su interpretación. Está listo a imponerla al mundo. Pasa por la experiencia de las palabras impuestas, que son interpretaciones que se imponen a él. Interpretar la psicosis es reconocer el inconsciente “a cielo abierto” como un dispositivo interpretativo, como un trabajo donde el inconsciente se retraduce sin cesar. Se trata entonces, para no dejarse llevar en el movimiento delirante, de recentrar el sujeto sobre los fenómenos elementales, los S1 aislados que se imponen al sujeto psicótico. Atestigua, para un cuerpo donde advienen fenómenos de goce, del incesante trabajo de esa producción, que ese goce viene del cuerpo propio en el esquizofrénico o que ese goce sea el goce del Otro malo- lo que es la suposición del paranoico. Ese trabajo incesante tiene puntos de homeostasis: puntos de detención y de suspensión. Aún en las más sorprendentes psicosis interpretativas, en lo que Lacan llamó “la estabilización de la metáfora delirante”, hay un momento cuando el sujeto encuentra momentos de calma, de apaciguamiento después de haber pasado momentos de trabajo interpretativo, de trabajo productivo exhaustivo.

En la estabilización de la metáfora, el significante y el significado (en la primera formulación de la metáfora), el goce y el Otro (en la segunda formulación de esa metáfora) encuentran una manera de sostenerse juntos, el objeto a encuentra un lugar. Es al ponernos nosotros en la escucha de la psicosis que encontramos los elementos que ahora hacen apuesta de la segunda clínica de Lacan. Se trata de buscar cómo pueden sostenerse juntos significante y goce en las variantes no-estándar que presentan las diferentes psicosis. En el momento de la Convención de Antibes[10], Jacques-Alain Miller nota que la metáfora como estructura puede acoger y poner en función elementos clásicos -pero puede también acoger elementos no-estándar, raros, puramente individuales. El Nombre-del-Padre es un estándar en nuestra civilización, pero la metáfora puede articular muy bien elementos que no pertenecen sino a un sujeto. Esos elementos, los encontramos por ejemplo en Joyce, que quiere hacerse refundador de una lengua. Se puede encontrar en esos elementos singulares elementos muy variados: es, para el sujeto, una suerte de fábrica por la que un elemento muy típico, muy particular, se pone en función. Podemos empujar la cosa hasta el punto en que un nombre, que es un nombre común, se pone en posición de nombre propio para el sujeto. Como lo dice Lacan en “Subversión del sujeto…”, un nombre propio es un significante extraordinario donde el significante y el significado se equilibran, se estabilizan. El nombre propio es una metáfora delirante lograda, ya que el nombre propio tiene en la lengua propiedades extraordinarias: no se traduce. En ese sentido, la operación nombre propio es del orden de la metáfora lograda. Ella fija; ella articula de una manera tal que la traducción puede detenerse. No traducimos más lejos. Es eso. Eso nombró. Es también la estructura del fenómeno elemental.

En la psicosis, debemos cumplir un movimiento doble. Por un lado, acompañamos la toma del goce por la lengua, el trabajo interpretativo, la producción en el lugar del Otro del trabajo psicótico. Eso no se hace sin nosotros, que somos portadores del discurso analítico. El discurso analítico transporta con él el lugar del Otro. Lo instala y le da su función. Autorizamos, por la instalación del lugar del Otro, el lugar que permite la traducción. El trabajo de traducción continúa, pero al mismo tiempo, por otro lado, es necesario que sepamos que a lo que apuntamos es obtener una estabilización, una homeostasis, una puntuación. Pudimos suponer de manera muy estricta, aún caricatural, la idea de que se hace hablar al neurótico y que se hace callar al psicótico. Es una oposición caricatural, ya que no se trata de hacer callar. Se trata de estabilizar, de apuntar a lo que introduce la posibilidad de corte, que la lengua ya no sea compactada, holofraseada. Que no haya simplemente una sola secuencia de significantes S1,S2…Sn sin las comas. Se trata de obtener la posibilidad de comas. Entonces, esas comas, en la sesión, las hacemos. Apuntamos al sinthome. “Una práctica que en el sujeto apunta al sinthome no interpreta a semejanza del inconsciente. Interpretar a semejanza del inconsciente, es quedarse al servicio del principio del placer”. [11]

Apuntar al sinthome, es subrayar, regresar sobre significantes, aislarlos, separarlos de la cadena, darles todo su lugar, ponerlos en desconexión en relación a la cadena significante. Imaginemos un diálogo ficticio con el presidente Schreber. Le diríamos: “¿Usted ha dicho ‘alarido’, ‘milagro del alarido’? Dígame más de ello”. Definimos el significante ‘alarido’, lo arrancamos de la serie de centrarse sobre el “milagro del alarido”. El sujeto es invitado a decir, en su particularidad, cómo se defiende del milagro por una invención particular. El presidente Schreber habría hablado del uso de su piano entonces. Centramos la interpretación sobre el par ordenado (S1,a).

La toma a cargo del goce por el lenguaje encuentra un uso particular para el sujeto que no puede contentarse de las soluciones comunes, que no puede apoyarse en el lenguaje público y en los procedimientos estándar para estabilizar las significaciones. El esfuerzo puede tomar formas variadas, como en el caso de Armand presentado por María J. López[12], en el cual, dice ella, no hay delirio evidente, pero en el que toda su actividad es delirante. No hay alucinación, pero está en la búsqueda de un sonido muy particular a través de todo tipo de instrumentos musicales. La particularidad de ese sonido tiene una consistencia casi alucinatoria. El lenguaje está acompañado para él de vibraciones, el sonido del Otro, que se le presenta a través de instrumentos musicales. Al final de su recorrido, encuentra su lenguaje fundamental con el gaélico, la lengua original supuestamente hablada por el rey Arthur.

Todavía encontramos otro tipo de esfuerzo en el caso presentado por Tom Svolos, donde la estabilización de la angustia psicótica del paciente se hace por una identificación megalómana a Abraham Lincoln. “Es posible vivir atormentado y ser un gran hombre”. Es una manera de fijar al sujeto, de ir contra la dispersión en la lengua. Se trata de utilizar la propiedad del corte, introducir el silencio de la letra: “No tenemos necesidad de ir más lejos, ahí estamos”.

También puede ser el caso de un niño psicótico que tiene tres elementos: una cubeta, agua y golpearse. Se toma un elemento en la serie: la cubeta. Se lo toma por la mano, se lo lleva cerca del agua, se lo llena, se lo vacía, y después se lo ve llenarlo y vaciarlo de manera incesante. Y después, se pone una segunda cubeta, una tercera, y se les pone una dentro de la otra. A partir de significantes aislados, se construye una serie. El método es el mismo: se extrae un elemento que hace parte de la cadena de goce del niño. Eso puede ser su mirada esparcida delante de la ventana. Ahí, algo sucede entre la ventana y él, tratamos de extraer la mirada, de poner la mirada en función.

La puntuación consiste en obtener algo como un apaciguamiento. Las construcciones más inverosímiles y las más inventivas que hacen los sujetos psicóticos se sostienen mediante equilibrios donde el cuerpo está implicado. Es lo que intentamos obtener de múltiples maneras.

En la interpretación en la psicosis, no nos dejamos llevar por una palabra loca en nombre del hecho que “El delirio es una vía hacia la curación”. No se deja a un sujeto delirar hasta su agotamiento, sea del maníaco o sea del paranoico. Sabemos que la nominación, darle un nombre, puede consistir en golpear al otro. El “Eres eso” es una forma de nominación. Lacan hizo valer mucho el “Eres eso” es la vez “Tuer”[13]. Esa homofonía renvía al significante como asesinato de la cosa por el nombre que la designa, que esté presente o ausente, viva o muerta. El pasaje al acto hetero-agresivo o autoagresivo es también una manera de dar un nombre. Nos servimos de los elementos significantes que nos da el sujeto. Se trata de lo que dice, pero también de los elementos significantes de su conducta, de sus acting out. También son elementos que permiten guiarnos en el diálogo con el sujeto sobre lo que hablar quiere decir. Apuntamos al efecto de silencio, de pausa, de estabilización. Llegado el caso, la sesión es lo que hace con sujetos psicóticos un momento de pausa, de silencio, de no pensar en nada.

Un colega atestiguaba de un modo de sesión límite con el sujeto psicótico que, en sesión, no le dice nada, se sienta y no le dice nada. Al cabo de un momento, el analista lo conduce muy ceremoniosamente hacia la puerta. Y el sujeto le dice: “Y bueno, fue una buena sesión hoy”. Es un caso de figura extrema, es un pasaje en el límite. Este sujeto está tomado en un trabajo de producción importante, pero durante la sesión, hay un momento en el que no piensa en nada, un momento donde no dice nada y es para él lo que introduce la función de pausa. Es un momento, en la jornada, de no pensar en nada alrededor de un significante-amo. Este dispositivo tan extraño da la idea que la interpretación lacaniana debe apuntar a un silencio, debe incluso incluir el silencio. Cuando su artículo sobre la interpretación fue publicado en Argentina en una recopilación, Jacques-Alain Miller lo había nombrado “Entonces shhh…”[14]. Es también eso lo que nos dice la palabra, según la cual “el silencio que sigue una sinfonía pertenece a la interpretación. Una interpretación debe conllevar su silencio o su enigma. El equívoco interpretativo no quiere decir que se trate de una interpretación donde no se comprende nada, de una interpretación abierta a todos los sentidos como decía Lacan. El equívoco no quiere decir que todos los sentidos sean posibles. El equívoco quiere decir que el juego sobre el sentido es suficiente para que haya silencio, para que el significante pueda descomponerse, pueda quebrarse, para que no se produzca ni la concatenación sin fin ni la significación fijada.

Es lo que hace que cuando un sujeto psicótico venga a vernos, nos pongamos a la escucha de la psicosis para aprender de él los elementos no-estándar que hace funcionar como puntos de detención. Escuchándolo, nos preguntamos que hace capitón para él. Debemos aprender del sujeto psicótico cómo logra no pensar en nada, cómo logra introducir el silencio y poder nosotros mismos saber cómo podemos ayudarlo a introducir, a manejar el corte. Cortar en la flota significante, es llegar a hacer que se sostenga sola, a obtener el “Es eso”. Es así que nos acercamos a la estructura del significante completamente solo (tout seul). “El significante unario, como tal, fuera de sentido, quiere decir que el fenómeno elementario es primordial. El revés de la interpretación consiste en cernir el significante como fenómeno elementario del sujeto, y como antes de que sea articulado en la formación del inconsciente que le da su sentido de delirio”. [15]

Hay que llegar a encontrar el trazo por el cual nos acercamos a la separación, hay que apuntar al punto de separación. ¿Cómo podemos ayudar al sujeto a que pueda separarse? Puede ser, por ejemplo, escogiendo el silencio, autorizándolo a escoger el silencio. Como lo hemos visto, eso puede ser tomando una posición muy directiva, por ejemplo, cuando el sujeto está perplejo o al borde de la despersonalización. Entonces, hay que subrayar, decidir sobre el sentido posible de un vocablo, de una expresión. En todo caso, debemos inventar lo que debe llevar a la interpretación como separación con el Otro.

Ya en el “Entonces sshhh…”, se diferencian la interpretación como corte que produce perplejidad y la puntuación que está del lado del Nombre-del-Padre. “La cuestión no es saber si la sesión es larga o breve, silenciosa o parlanchina. O bien la sesión es una unidad semántica, aquella donde el S2 viene a hacer puntuación a la elaboración -delirio al servicio del Nombre-del-Padre- o bien la sesión analítica es una unidad asemántica que reconduce al sujeto a lo opaco de su goce. Eso supone que antes de ser abrochada, sea cortada.”[16]

Más allá de la repartición estricta puntuación-neurosis y corte-psicosis, digamos que la interpretación-corte es una interpretación compatible con la segunda clínica de Lacan que permite englobar la primera. El discurso del analista es esta operación de corte del inconsciente. Apunta a producirlo.

El lugar del analista se define entonces como haciendo parte del concepto del inconsciente. En su interrogación del acto analítico, Lacan nota que la verdadera originalidad del método analítico no es de haber producido una clasificación nueva, sino constatar que el analista está ya en la historia del sujeto. Cuando el analista se interroga sobre un caso, cuando hace una anamnesis de él, cuando lo prepara, cuando comienza a acercársele y cuando entra con el analista…, él estaba, el analista, ya ahí en tal punto de la historia del sujeto. Eso quiere decir que estando ya ahí para ese sujeto, en el Otro, las marcas por las cuales se apoderó del lenguaje común para transcribir sus experiencias siempre particulares, incluso singulares. Esas marcas siempre estuvieron ahí, inscritas en una serie de fenómenos que van desde el fenómeno elemental a la fijación erógena, al trauma, al uso cuasi neológico de las palabras comunes. Encontramos siempre ese trazo particular de un uso que jamás fue pensado por alguien antes. Por el discurso analítico, es posible poner esos elementos en función. La interpretación, en esa perspectiva, es hacer uso de esos elementos que estaban ya ahí y servirse de las particularidades de lo que es siempre una falla en el Otro y su fracaso al encargarse del goce como tal. Esos fracasos serán nuestros puntos de partida y nuestro horizonte. Para parafrasear a Beckett, nos permitirán de errar aún mejor.


[1] Exposición original presentada en lengua inglesa en julio del 2008 en París. Texto traducido al francés publicado en la revista Quarto, #94-95, bajo el título: “Retour sur la psychose ordinaire”.

[2] Éric Laurent es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana, ex-presidente de la AMP y enseñante de cátedra de la Sección Clínica del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad París 8.

[3] J. Lacan. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, in Escritos, tomo I. México: Siglo XXI Editores, p. 573

[4] Ibid., pp. 572-582

[5] H. Kohut. How does analysis cure ? University of Chicago Press, 1984.

[6] H. Etchegoyen. “Psychoanalysis during the last decade: clinical and theorical aspects”, in Psychoanalytic Inquiry, volume 11, no 1, 1991, pp.88-106

[7] J. Lacan. “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, in Escritos, tomo I. México: Siglo XXI Editores, p. 227-310

[8] J. Lacan. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, in Escritos, tomo I. México: Siglo XXI Editores, p. 573

[9] Cf. J. Lacan. El Seminario, libro IX, La identificación. Inédito. Curso del 1962/01/17.

[10] La psychose ordinaire – La convention d’Antibes, Agalma, colección publicada por Jacques-Alain Miller. Seuil, 1999.

[11] J.-A. Miller. “L’interpretation à l’envers”, in La Cause Freudienne, 32, février, 1996, p.11

[12] M.J. López. “Le Cas Armand”, in Quarto, #94-95, Retour sur la psychose ordinaire.

[13] En francés, “Tu es” (Eres eso) es homofónico al “Tuer” (matar).

[14] J.-A. Miller. “Entonces sshhh”, in Minilibros, Eolia Barcelona – Buenos Aires, 1996.

[15] J.-A. Miller. “L’interprétation à l’envers”, in La Cause Freudienne, 32, février, 1996, p.12

[16] Ibid., p. 13