Por: Carolina Koretzky[1]

Traducido por: Patricio Moreno Parra


                Lacan no cesó, durante su enseñanza, de hacer valer la inadecuación del objeto con lo que sería una forma de satisfacción que excluya la falta. Sea que se trate del objeto de la demanda con respecto al deseo, o del objeto de la pulsión tal como Lacan la define en 1964. En ese Seminario, el fracaso define el lazo entre la pulsión y su objeto: la pulsión yerra el objeto, ella se contenta con hacerle un tour, “la meta no es otra cosa que ese retorno en circuito.”[2]

                En el Seminario Aún, ese fracaso propio al objeto está correlacionado a la no-relación entre los sexos. Lacan afirma que ese fracaso “es la única forma de realización de esa relación”, lo que lo lleva a esta orientación clínica: no se trata de analizar por qué tiene éxito sino de descubrir por qué fracasa. He ahí por qué la definición del objeto se vuelve: “El objeto, es un fracaso”.[3]

Encuentro con el Otro, el cuerpo

                Un encuentro puntual con un hombre que ella no volverá a ver jamás conmocionó la vida de Inés y puso en duda su matrimonio en el momento que viene a verme. El significante “los inocentes” se junta a su pareja: ambos músicos, se encontraron muy jóvenes, alrededor de una misma pasión, la música. Primera experiencia sexual para los dos, él era “el hermano”, el igual, el amigo perfecto en una relación armoniosa donde todo goce sexual le era desconocido. El encuentro inesperado despierta en ella un enigma; ella dice, en la primera sesión: “No sabía que yo podía ser aquella mujer”; “Encontré alguien en mí misma que no conocía”. Ella atraviesa lo que es, para una mujer, ser Otra a ella misma.

                Ella intenta primeramente reconstruir su pareja a partir del discurso maternal: “Los hombres son animales, hay que educarlos”. Nada sorprendente que esa primera idea para salvar su pareja haya sido entonces prestada de las obras de educación sexual. Quedarse o separarse, par Inés todo está marcado de imposible y en ese entre-dos la división subjetiva se vuelve viva y dolorosa. Por una razón que no le es conocida, con su marido, Inés sacrifica su goce sexual, pero ella no subjetiva que es por ello que ella escogió -ella no quería saber nada de ello, ella supo algo de ello, ella ya no es la misma. A la pregunta insistente dirigida a su analista – ¿quedarme o separarme? -, la analista no respondió sino mediante una invitación al del desciframiento del síntoma y de las coordenadas de elección de ese hombre. Para separarse -elección que Inés decide hacer finalmente-, se necesitó que Inés se separe de dos discursos: el discurso materno, que sostenía que “hay siempre una solución antes de separarse”, al cual se juntaba el imperativo paterno según el cual “Es solo un hombre, toda la vida”. La decantación gradual de los significantes-amo, esa toma de distancia, al precio, ciertamente, de una destitución subjetiva, invita al sujeto a ser otra cosa que una marioneta halada por los hilos que desconoce.

Lo que rompe la armonía

                La separación comienza y se calca como el encuentro: “en una perfecta armonía”, decía ella. Todo se desarrolla sin la menor disputa, sin la menor pasión.

                Hasta el día que recibo a Inés presa de una inmensa angustia. El conflicto es el siguiente: en la división de los bienes tan lograda, un objeto hace surgir un problema: un piano, caro, que fue comprado con el dinero común del vivir juntos. Inés dice estar tomada en un dilema: o bien ella es “mezquina” (si ella pide la mitad del precio del instrumento) o bien ella se vuelve “víctima de una injusticia” (si ella no lo hace). No hay salida, es el colmo de la angustia.

                Es evidente que el piano hace excepción a la regla de repartición equitativo de los bienes. Su angustia es mayor frente a ese objeto cuyo valor es imposible de evaluar y que no entra libremente en la circulación de los bienes. Para Inés, el instrumento de música no puede sino errar su inclusión en el sistema de intercambio. Ella llega y testimonia un fracaso.

                Lacan explica en el Seminario La angustia: “en el campo de la pertenencia, hay dos tipos de objetos -los que pueden compartirse, los que no pueden”[4].  Así, aquellos que no pueden compartirse circulan entre aquellos que se comparten, y sola la presencia de la angustia permite reconocer su estatuto de objetos a. Estamos en presencia de un primer eso fracasa: eso fracasa en hacerlo entrar en la partición de los bienes.

                Eso fracasa para Inés, “porque un piano -la cito-, no se lo puede vender y distribuirse el dinero porque no será jamás el mismo piano”. La invito a asociar con el fin de cernir un poco más ese objeto. “Un instrumento musical -concluye-, es como un diente molar”. Sorprendida, le interrogo: “Me hice reparar un molar, pagamos los cuidados dentales con la cuenta en común, ahora parto con mi molar, no lo vendo para pagar la inversión”. En efecto, cuando hay un divorcio, sería muy sorprendente incluir, en la separación de bienes, los implantes que el cuerpo ha recibido. En ese esfuerzo de atrapar lo que angustia a Inés, se llega a la fórmula: un instrumento musical, es como un diente molar.

El mantenimiento del fracaso

                El término de extimidad tiene aquí su peso: un molar, es un objeto que pertenece al cuerpo, pero es desprendible de él, situándose en la boca sobre un borde moebiano interior-exterior. Entonces, si para Inés un instrumento musical es un molar, ese instrumento es una parte del cuerpo potencialmente desprendible. Su agresividad y su “pasión”, hasta entonces bien escondidas, surgen bajo la forma de la “propietaria del molar” que muerde el objeto precioso que el otro intenta tomárselo.

                En el campo armonioso de la partición igualitaria de bienes, invito a Inés a acercarse a ese objeto que hace irrupción. Pero ese objeto que la angustia no es el piano, tampoco es la muela. Ella intenta atraparlo con ese “como” una muela. Ese objeto no tiene sustancia concreta. En el discurso analítico, el objeto que nos interesa es aquel que ninguna sustancia tangible viene a dar consistencia. Ese objeto que surge es el fracaso mismo. En Inés, ese fracaso surge justamente en el seno de la ilusión de una relación armoniosa, relación que ella busca sostener aún en plena separación.

                El objeto analítico es, en el sentido de Aristóteles[5], esa falla, esa finta, esa brecha, ese fracaso. La dirección de la cura, dirección sostenida por el discurso analítico, no busca suturar la brecha que acaba de abrirse con una rápida solución terapéutica y que, en el nombre de la relación sexual, apuntaría a restablecer una armonía perdida: haga esto, dele aquello, quédese con lo otro. Se trata, en el fondo, de hacer surgir el objeto en su esencia de fracaso. Después de esa sesión, Inés se marcha sin tener otra respuesta que ese acercamiento de no-relación.


[1] Carolina Koretzky es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana y enseñante en la Universidad París 8 Vincennes – Saint-Denis.

[2] Lacan, J. El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós: Bueno Aires, p.186

[3] Lacan, J. El Seminario, libro XX, Aún. Paidós: Buenos Aires, p. 73.

[4] Lacan, J. El Seminario, libro X, La angustia. Paidós: Buenos Aires, p. 103.

[5] “El objeto es una falla. La esencia del objeto es una falla.  Notarán que hablé de esencia, igual que Aristóteles. ¿Y entonces? Quiere decir que esas viejas palabras todavía son utilizables”, Lacan, J., El Seminario, libro XX, Aún, op. cit., p. 73. En este punto preciso Lacan convoca a Aristóteles que, buscando la manera en la cual el ser podría decirse en el lenguaje, llega a diez categorías. Ellas son expresiones sin afirmación o negación y que designan únicamente lo que es. La primera, la ousia, traducida generalmente por “esencia”, es lo que no se dice de un sujeto sino es un sujeto, “es el sujeto último, que no es atributo de lo que sea”. Aristóteles, La Metafísica, libro Δ, cap. VIII. Entonces, el objeto es (en el sentido de Aristóteles) una falla.