EL NIÑO Y EL SABER[1]

Por Jacques-Alain Miller

2011-03-19


El Instituto Psicoanalítico del Niño se inauguró hoy con esta serie de trabajos sobre los miedos de los niños. La elección de este tema estaba justificada, ya que el texto principal que Freud consagra al niño, y si no al psicoanálisis del niño, al menos a su inscripción en el discurso analítico, es el análisis de una fobia que, como saben, toma la apariencia de un miedo, un miedo irracional a los caballos. Este Jornada inaugural, por lo tanto, puede considerarse como una conmemoración de este gran texto.

¿Qué tema para la segunda Jornada que tendrá lugar en dos años? ¿Qué tema que haga dupla con “Los miedos de los niños” y que haga con él un efecto de sentido?

El miedo es patético, es un afecto. Entonces, vamos a buscar un término que le sea opuesto de manera polar. Debe ser un término que pertenezca al registro que llamamos del significante. Esto se justifica aún más como una fobia, pues ésta se siente en el nivel de afecto, pero se analiza en el nivel del significante. Y es hasta el punto de que, en la cura del pequeño Hans, la fobia pudo ser definida por Lacan como “un cristal significante”. Un cristal significante es una formación del inconsciente formada por un número limitado de significantes del cuales el niño explora todas las permutaciones posibles. Una fobia no es un miedo, no se reduce de ningún modo a un miedo. Una fobia, como se revela en una cura de la orientación analítica, es una elucubración del saber sobre el miedo, o bajo el miedo, en la medida en que es su marco significante.

Es a partir de esta reflexión muy simple que hice la elección del tema de la siguiente Jornada, “El niño y el saber”. Este tema, a su vez, plantea las reflexiones que doy para abrir un campo y no para cerrarlo. En los dos años que nos separan de esta próxima Jornada, aquellos que se refieren a este nuevo Instituto del Niño tendrán tiempo para explorar este campo.

Una vez dicho esto, encuentro que el niño y el saber son dos palabras que van muy bien juntas, porque el niño es, por así decirlo, la víctima totalmente designada del saber.

¿Qué es un niño?

¿Qué es un niño en efecto? No es demasiado tarde para plantear la pregunta.

Un niño es el nombre que le damos al sujeto siempre que nos dediquemos a la enseñanza, bajo el ángulo de la educación. El niño es el sujeto a educar, lo que quiere decir el sujeto a dirigir, a liderar, como confirma la etimología, que nos remite al latín ducere, que es un verbo derivado del dux sustantivo, el jefe.

Así, el niño por excelencia es el sujeto dado al discurso del amo/maestro a través de la vía del saber, es decir, por intermedio del pedagogo. Aquí también, la etimología nos recuerda que “pedagogo” era el nombre del esclavo encargado de conducir a los niños.

Por lo tanto, el saber de lo que se trata puede desfilar como amo/maestro, pero es solo a título de semblante. El verdadero amo, el amo que es la verdad de este semblante, no lo vemos, y esto es lo que Lacan tradujo en su álgebra escribiendo debajo del significante S2, una barra, y debajo de S1: S2/S1. El amo está oculto bajo la apariencia de un saber-amo, que no es sino un saber de esclavo para conducir a los niños, que de alguna manera son esclavos del esclavo.

El niño, cuestión de poder

Como Lacan ha llamado el discurso de la Universidad, podemos considerarlo como la estructura general de todos los dispositivos donde el saber se encuentra en una posición de semblante y cuyas miras son, en efecto, de poder. Y el niño de hoy es un tema de poder y tenemos que decir dónde nos inscribimos frente a este espectáculo.

Así, las actuales controversias sobre educación son parte integrante de la política. No se trata sino de la producción de los sujetos. Se trata siempre de reducir, comprimir, controlar, manipular el goce del llamado niño para extraer un sujeto digno de ese nombre, es decir, un sujeto subyugado.

Y estamos presenciando esto, que está creciendo: una competencia de saberes, una rivalidad de tradiciones, una lucha de transmisiones, que se dan al mejor postor para determinar qué saber prevalecerá sobre el otro en la producción de sujetos, bajo qué empresa el niño caerá, para merecer convertirse en lo que, en ciertos saberes, se llama un ciudadano. Esto es particularmente evidente cuando se trata de enseñar historia.

¿Qué historia, nos estamos preguntando? ¿Debemos enseñar aquella del país de residencia, el de Europa, el del mundo, el de la tradición étnica y / o religiosa a la que pertenece un niño?

El niño tomado en el triángulo de los saberes

Simplifiquemos la pregunta dibujando un triángulo de saberes, cuyos vértices son el estado, la familia y los medios de comunicación:

-El Estado, porque estamos en Francia y en este país hay una llamada tradición republicana que prescribe un cierto orden de saber a transmitir, un orden de saber cuyos fundamentos se estableció durante la Tercera República.

-La familia, porque también es la comunidad étnica y / o religiosa, cristiana, judía, musulmana, la comunidad que quiere sujetos que perpetúen sus prácticas y creencias.

-Los medios de comunicación en cuanto que la diversión también transmite un saber que modela al sujeto, y uno se pregunta repetidamente sobre las implicaciones que tiene el espectáculo sobre el sujeto a educar, en particular, es especialmente intenso en relación con los espectáculos de violencia.

Una política de los saberes

Michel Foucault acuñó el término “biopolítica” para designar la producción de seres vivos en la medida en que se ha convertido en una cuestión de poder. Del mismo modo, ¿por qué no hablar de “epistemo-política” para designar las políticas de saber que conciernen, especialmente al niño y que buscan darle una identidad, por ejemplo, la identidad que algunos llaman “nacional”. La cuestión es saber, en relación con el niño, cuando los poderes compiten entre sí, de qué significantes-amo será marcado. En cualquier caso, para que el sujeto pueda recibir una marca identitaria, es necesario que el goce del niño sea descompletado, que sufra una pérdida, que se lleve a cabo la ablación. Esta es la operación principal del saber-semblante. Nadie duda que esa operación se encarna en una práctica como aquella de la escisión, pero ésta no hace sino manifestar que todo saber conlleva una escisión, todo saber logra una ablación en el niño, exige que éste consienta a una pérdida.

La enseñanza y los objetos del psicoanálisis

La imagen tradicional de la educación es aquella de la nutrición y la alimentación. Esto está bien expresado por el pequeño nombre latino dado a la Universidad, que se encuentra en Rabelais, pero anteriormente en los romanos, para otros trabajos: Alma mater, la madre nutricia. Ya podemos corregir esta imagen pensando, ya que el tema de hoy está bien hecho para recordar, que esta alimentación puede revertirse muy bien en voracidad y si, en la boca de la madre cocodrilo, parece que se puede poner un pequeño palo, no se lo puede poner en las fauces del aparato escolar y  universitario, o es necesario que el niño se haga él mismo este pequeño palo.

El psicoanálisis nos incitaría más bien a sustituir este modelo oral de transmisión de conocimiento por una referencia anal. La transmisión de saber siempre requiere que el sujeto se vacíe de su interior, que abandone lo que le pertenece, que se purifique de los desechos que contiene. Y no es por azar que tengamos el testimonio del afecto de los primeros estudiantes de la Universidad de París, en el momento de su institución, en el siglo XIII, ya que tenemos las cartas que escribieron a sus familias: declararon que estaban en la mierda.

La voz y la mirada no están menos involucradas en la relación del niño con el saber. Es necesario que una voz lleve el saber. Los psicólogos que han calibrado los resultados escolares testifican que esto va mucho mejor cuando la voz del maestro está ahí para ser soporte del significante. Por otro lado, la educación apunta a incorporar en el sujeto la mirada del Otro, de modo que el sujeto mismo se observe, se controle, se guíe, como si fuera el Otro. Es necesario que el niño incorpore algo del Otro y, por excelencia, lo que debe incorporar es la mirada del Otro.

Hago un retrato algo patológico de la escuela, pero está claro que lo que se llama psicoterapia es, de hecho, del mismo registro que la pedagogía. La psicoterapia es pedagogía, siempre que uno acentúe el aspecto curativo de la educación, y yo, más bien, acentué su aspecto patológico o patógeno.

El Instituto Psicoanalítico del Niño

Depende del Instituto Psicoanalítico del Niño el despejar en la educación la función que desempeña el deseo del Otro. Esto también significa cuestionar el goce de los pedagogos, su goce infame que opera a través de semblantes de saber sobre el goce del niño. La virtud de los pedagogos a menudo es solo el vestirse de un goce que, incluso si no lo saben, puede describirse como sádico, con los efectos de la angustia que experimentan los educandos.

Depende del Instituto del Niño el restaurar el lugar del saber del niño, de aquello que los niños saben. Y ellos saben, siempre saben más de lo que sospechan los adultos, éstos últimos ya convertidos en cretinos efecto de su educación completa:

-ya saben más sobre el lenguaje, por anticipación, como lo ha señalado el lingüista;

-por supuesto, ellos saben secretos familiares;

-conocen el deseo de los padres, aunque solo siendo síntoma de ello;

-conocen el deseo de los pedagogos;

-no se equivocan sobre el semblante del saber que se les impone y sobre el halo de la ignorancia con el que se rodea a estos saberes y dónde estos encuentran su fundamento.

El respeto del saber del niño

El saber del niño, en el sentido del saber que tiene, no es ese saber de semblante, de esos saberes artificiales, que se montan en discursos con la misma matriz que el discurso de la Universidad. El saber del niño es saber auténtico, sea sabido o insabido, y es en este sentido que forma parte del discurso analítico.

Diré la palabra “respeto”: en el discurso analítico se respeta el saber del niño.

El niño entra en el discurso analítico como un ser de saber, y no solo como un ser de goce. Su saber es respetado como el de un sujeto de pleno ejercicio, porque es un sujeto de pleno ejercicio y no “sujeto a venir”, como lo es a los ojos de la pedagogía, y es un saber respetado en su conexión con el goce que lo envuelve, que lo anima y del que incluso se puede decir que se fusiona con él.

La cura no es una educación. En primer lugar, porque recibimos en psicoanálisis sujetos traumatizados por el saber del Otro, y por su deseo y goce, que el saber, los cuales deseo y el goce del Otro han tomado, para algunos niños, el valor de real. Se trata de que estos, ellos sí, sean guiados, pero no guiarlos hacia el dux, no a creer en el líder, sino guiarlos a que el Otro no existe.

Es el niño, en el psicoanálisis, el que se supone que debe saber, y más bien es el Otro el que debe ser educado, es el Otro el que debe aprender a sostener. Cuando este Otro es incoherente y desgarrado, cuando abandona el tema de esta manera, sin brújula y sin identificación, se trata de esclarecer con el niño un conocimiento de su mano, a su medida, que puede servirle. Cuando el Otro asfixia al sujeto, es con el niño hacer que regrese y respirar.

La tarea del psicoanalista

En todos los casos, el analista está del lado del sujeto y para él es tarea el guiar al sujeto, al niño, a jugar su partida con las cartas que le han sido distribuidas. Esta es una prueba para el analista, que controla la exactitud, la veracidad de su posición de analista, ya que no puede operar con el niño sino a condición de no ser siervo de ningún conformismo, y en primer lugar, no ser un siervo del conformismo psicoanalítico, del conformismo del saber psicoanalítico.

Desde hace unos años, en un determinado mundo psicoanalítico, hemos sido testigos de la transformación de las metáforas paternas en estándar, y lo que conlleva la supremacía de la función del padre sobre el deseo de la madre se convierte en la expresión de un machismo primario al mismo tiempo que la castración se vuelve una figura de una norma.

El saber del psicoanalista no es ese, es el que tiene que elucubrar a ras del síntoma, lo más cerca posible de la colocación originaria y original del síntoma. Lo que Lacan llamó sinthome es un circuito de repeticiones, un ciclo de saber-goce que se desencadena a partir de un acontecimiento de cuerpo, es decir, la percusión de un cuerpo por un significante.

En el que llamamos niño, tenemos la suerte de poder intervenir antes de que los efectos de retroacción de esta percusión hayan tomado la forma de un ciclo definitivamente estabilizado, e incluso si lo es, queda un margen que aún permite orientar el ciclo del sinthome, para que el sujeto pueda encontrar allí para él, bajo medida, orden y seguridad.

Lo que se espera de la próxima Jornada del Instituto del Niño, acerca de “El niño y el saber”, no es elaborar, aislar como una especialidad al psicoanálisis infantil, es, por el contrario, contribuir al discurso analítico como tal.


Traducción por Patricio Moreno Para.

[1] Presentación del tema de la segunda Jornada de estudio del Institut Psychanalytique de l’Enfant.

Cfr. J.-A. Miller. Peurs d’enfants. París: Navarin Éditeur, 2011, pp. 13-20.