MENTE Y CEREBRO EN EL NUEVO MILENIO

Por Iván Sandoval Carrión

2002-11-14


ADVERTENCIA: Esta fue la conferencia magistral inaugural del congreso. Su lectura estuvo puntuada por comentarios que yo hacía sobre mi texto cada segundo o tercer párrafo. La extensión final de esos comentarios debió tener una extensión semejante a la del texto y tal vez un interés mayor; lamento no poder reproducir ese segundo texto aquí. La conferencia despertó efusivos elogios por parte de los psiquiatras y suscitó algunas preguntas. El comentario que más recuerdo fue el de un joven psiquiatra de los postgrados más recientes, quien, hablando en nombre de sus compañeros dijo sentirse desolado porque esta conferencia le planteaba serios cuestionamientos sobre su práctica, que hasta ese momento no le había producido ninguna inquietud.

El título de esta conferencia que designa el tema-eje de este congreso plantea de inicio una dificultad básica en su formulación. En efecto, permanentemente escuchamos en estos foros las consabidas admoniciones en contra del famoso dualismo cartesiano y la recomendación de que consideremos a mente y cerebro como unidad. Las admoniciones fáciles se repiten sin tomar nota de que por algo tenemos dos palabras, dos significantes que se enuncian por separado y que están articulados y a la vez distinguidos por una conjunción. Si fuera tan sencillo superar el dualismo esencial a este asunto, ¿para qué hablar de “Mente y cerebro”? Bastaría con hablar de cualquiera de los dos y estaría implicado el otro. O mejor, inventaríamos un neologismo, un nuevo significante para referirnos a la unidad; no tengo mucho conocimiento de otras lenguas, pero me temo que en ninguna existe un significante único que reúna a los dos que conocemos.

Decía que es de rigor en estos eventos formular advertencias en contra del supuestamente desafortunado dualismo cartesiano, como si Descartes hubiera sido el que separó algo que estaba unido por naturaleza. Para cuestionar estas admoniciones panfletarias, sería importante revisar la obra del filósofo francés, especialmente sus “Meditaciones Metafísicas” y su “Tratado del Hombre”. En estas obras vamos a encontrar que en el siglo XVII, este autor intenta articular una relación que ha estado presente en la humanidad desde las primeras observaciones de la práctica médica y de la experiencia humana: el vínculo entre las vicisitudes, accidentes y eventos que ocurren a los sujetos a nivel encefálico y los efectos sobre su vida anímica y cognitiva. Descartes se interroga por la relación entre lo que llama la “res cogitans”, la cosa pensante, y la “res extensa”, la cosa material, como dimensiones distintas de la existencia humana sujetas a lógicas diferentes y de distinta sustancia. El planteamiento cartesiano que da lugar a la acusación de dualismo, no hace sino proponer por primera vez en la ciencia moderna, a la que epistemológicamente da inicio, el problema de la subjetividad versus la ciencia, problema que está implicado en el título de este congreso, problema hasta hoy irresuelto y siempre soslayado por la ciencia, problema que tampoco será resuelto y será nuevamente evitado en esta asamblea.

La lectura del texto cartesiano permite encontrar una pregunta fundamental, la misma pregunta que se plantea la neurociencia cognitiva de comienzos del tercer milenio, la pregunta por la mente: ¿qué pasa entre el input y el output? ¿qué pasa entre el estímulo y la respuesta? ¿qué es eso que media y se interpone de modo sutil, fugaz y casi imperceptible entre el fenómeno perceptivo y la conciencia?

La experiencia ordinaria de los sujetos les hace suponer que la percepción y la conciencia son una sola y la misma instancia. La experimentación actual de la ciencia cognitiva, la lógica del pensamiento científico y sobre todo la consideración del problema de la subjetividad, ponen en evidencia la existencia de una brecha instantánea entre el acontecimiento fisiológico perceptivo y la experiencia subjetiva de la conciencia, entre la conducción nerviosa y la cognición, entre el cerebro y la mente. No por nada los mismos que hablan del dualismo cartesiano sin haber leído una línea de sus tratados, son los que sostienen que la psiquiatría es un campo de la práctica médica, con identidad y fundamento epistemológico propio e independiente de la neurología clínica.

Descartes plantea la pregunta del millón, la pregunta por el “entre”, la pregunta por el sentido de la conjunción “y” ubicada en ese resquicio. Sabemos que el maestro intentó resolver su pregunta de un modo que hoy resulta ingenuo, proponiendo que existe un lugar anatómico preciso para esta interacción entre la biología y la cosa pensante: la glándula pineal. Los dibujos del texto cartesiano hoy son clásicos, pero el locus propuesto por Descartes está descartado, por supuesto. La razón del descarte no se funda en que se piense que el lugar está en otro punto de la anatomía cerebral, sino más bien en el hecho de que la actual neurociencia cognitiva, aunque ha confirmado el fundamento localizacionista y conexionista de la mayor parte de funciones mentales, no intenta sin embargo proponer que la conciencia y la subjetividad pueden ser reducidas a un locus anatómico único y puntual.

En este punto de mi discurso, es pertinente examinar un equívoco que debe haberse producido como efecto de mis argumentos. Más de uno habrá pensado que estoy sosteniendo una disyunción entre la mente y el cerebro, como sustancias distintas y desarticuladas de existencia potencialmente independiente en la peor línea de alguna escuela pre-presocrática. No hace falta haber superado el dualismo y haber logrado el pretendido monismo materialista para asumir lo que es evidente: que el fenómeno mental sólo puede ocurrir en un sistema nervioso y en un sujeto determinado, que no puede existir la conciencia sin materia, que en el ser hablante la mente demanda un cerebro funcional.

Retomando el hilo del discurso, volvemos a la conjunción y con ello encontramos en el panorama filosófico y científico contemporáneo, básicamente dos modos para considerar el problema de la relación mente-cerebro, porque es un problema evidentemente. Podríamos resumir estos modos de la siguiente manera:

EL MODO CAUSAL: el funcionamiento del cerebro produce el fenómeno mental en una secuencia lógica y causal, aunque aparezca como simultánea. El causalismo supone una modalidad actual e inevitable para algunos de subsistencia del dualismo. Este principio causal puede ser abordado de varias maneras. En el extremo más ingenuo de este pensamiento está el razonamiento secretorio del tipo: “si el hígado produce diferentes sustancias y cuando enferma produce distintas hepatopatías, entonces el cerebro produce la vida mental y cuando enferma, eso son las enfermedades mentales”; creo que no debemos avergonzarnos si algunos de los que estamos en esta asamblea hemos reflexionado de esa manera alguna vez, después de todo somos médicos y eso suena como un pensamiento médico. En el extremo más sofisticado de la lógica de la causalidad están la mayor parte de los filósofos de la ciencia cognitiva en la actualidad, los que se ocupan del problema de la conciencia, un problema que vuelve a estar de moda. El tema de la mente ha sido más bien desplazado al enigma o al problema de la conciencia, actualmente ya no se habla de “mente” sino más bien de “conciencia”. Estos autores están de acuerdo en que la conciencia es una experiencia subjetiva, en primera persona, cualitativa y singular de la que sólo se puede saber algo a través de la palabra del sujeto, ¿cómo es posible entonces que una cadena cuantificable de eventos físico-químicos objetivos, mensurables, observables y universales produzca el fenómeno de la conciencia específico para un sujeto particular? ¿Cómo se produce el salto de la biología a la subjetividad? Hoy en día estas preguntas son abordadas por diferentes autores, entre los más destacados de ellos podemos mencionar a Gerald Edelman, Roger Penrose, Francis Crick y John Searle. No voy a hacer en este lugar un apretado y temerario resumen de las teorías de estos autores y más bien remito a los interesados a la lectura de sus obras.

EL MODO FUNCIONALISTA: El funcionalismo intenta proponer un abordaje monista materialista que zanje la brecha mente-cerebro y supere el dualismo planteando que los estados mentales son estados funcionales, y los estados funcionales son estados físicos del tejido cerebral. El problema del funcionalismo es que algunos de los autores que lo proponen evitan el análisis de la conciencia como una experiencia subjetiva, porque los diversos estados físicos del cerebro son más bien limitados y monótonos, frente a la gran diversidad de la experiencia fenomenológica singular de la conciencia. Los autores representativos más connotados de esta tendencia en la actualidad son Hilary Putnam y Daniel Dennet. De este último autor es recomendable su obra “La conciencia explicada”, en la que Dennet, además de proponer sus teorías, hace un inventario actualizado de las ideas de distintos autores sobre este tema. Me parece que una versión reduccionista y simplificada del funcionalismo anima el ejercicio profesional de la mayor parte de los colegas psiquiatras que conozco, algunos de los cuales explican a sus pacientes la causa de sus malestares como modificaciones en las condiciones físico-químicas de sus cerebros y algunos de estos pacientes se dan por satisfechos con estas explicaciones de su doctor, para tranquilidad de éste.

¿Por qué la conciencia se ha puesto nuevamente de moda como la piedra de toque de la relación mente-cerebro? Lo que pasa es que en otra época pensábamos que la conciencia como problema de la ciencia se limita a las experiencias perceptivas y a las funciones mentales parciales, y creíamos que la conciencia como conciencia de sí mismo, como experiencia subjetiva, era un tema propio de la filosofía antes que de la ciencia. La investigación actual en neurociencias propone que esta división se sostiene en alguna medida, pero plantea que la conciencia de sí mismo ya no es tema de la filosofía, sino más bien el desafío supremo de la investigación y de la construcción teórica para la neurociencia cognitiva del siglo XXI.

Frente a este reto, ¿cuál es el panorama de la investigación actual en neurociencias? Para contestar a esta pregunta me remito a la lectura de un libro de texto básico y muy actualizado, que debe ser lectura obligada para todos los asistentes a este evento, me refiero a “Neurociencia y Conducta” de Eric R. Kandel y su equipo de colaboradores. Kandel fue laureado con el premio Nobel de Medicina y Fisiología en el año 2000 por sus investigaciones, y es uno de los dos o tres psiquiatras e investigadores en neurociencias que ha ganado el premio de la Academia Sueca. El libro de Kandel es un texto atractivo, comprensible y entretenido para cualquiera a quien le interese el tema, es un libro de neurociencias, no de filosofía de las ciencias. Al revisar inicialmente el índice encontramos una omisión significativa: no hay ningún capítulo ni subtítulo que se ocupe sobre el tema de la conciencia; la razón de esta falta la encontramos en la introducción del capítulo 34, el que trata sobre el lenguaje. Esta introducción ha sido escrita por el mismo Kandel y en ella el admirable investigador confiesa y admite con humildad que a pesar de los adelantos tecnológicos en los medios de imagen e investigación y a despecho del gran saber acumulado en las últimas dos o tres décadas sobre el cerebro, la ciencia actual está todavía muy lejos de haber esclarecido el tema de la conciencia como experiencia subjetiva superior de los seres hablantes. Este pronunciamiento es doblemente significativo por estar colocado en la introducción de la sección en la que se habla sobre el lenguaje, el aprendizaje y la memoria. De todos modos, la posición de Kandel es estimulante y alentadora: estamos lejos, pero tal vez en este siglo o en el próximo se sepa un poquito más.

Frente al mismo reto, ¿cuál es el panorama de la psiquiatría como práctica clínica? Me temo que es mucho menos alentador que el de las neurociencias y el de la filosofía de la ciencia cognitiva. Mi impresión desalentadora contradice lo que se escucha permanente en los corrillos psiquiátricos: “que la OMS ha dicho que la psiquiatría será una de las 3 especialidades más importantes en la medicina del siglo XXI, que la psiquiatría es una especialización en franca expansión, que cada vez hay más estudiantes de medicina interesados en la psiquiatría, que en el mundo actual la psiquiatría es una especialidad fundamental, y así por el estilo”. Yo no comparto este entusiasmo por la psiquiatría del siglo XXI, no porque yo piense que va a desaparecer, sino porque me parece que la psiquiatría actual no es una práctica clínica, sino una práctica “descliniquizada”. Este significante de la “descliniquización” de la psiquiatría no me pertenece, es un término acuñado hace más de veinte años por Paul Bercherie, un francés epistemólogo de la psiquiatría, quien ha planteado la muerte de la clínica psiquiátrica y la reducción de la práctica psiquiátrica a lo que es actualmente: un ejercicio burocrático diagnóstico y prescriptivo que no tiene mucho que ver con lo que es realmente una práctica clínica.

A pesar de que hemos sido convocados por la Asociación Ecuatoriana de Psiquiatría para hablar de mente y cerebro, me parece que el tema está completamente ausente en los fundamentos del ejercicio clínico de nosotros, los psiquiatras ecuatorianos. No tengo la experiencia de otros lugares, pero me aventuro a suponer que no es demasiado diferente. Si el problema mente-cerebro confluye en la interrogación por la conciencia como experiencia y emergente del sujeto, debemos admitir que nuestro ejercicio profesional en el comienzo del tercer milenio está estructurado para no escuchar al sujeto singular, y más bien para limitarnos a recoger los ítems sintomáticos que nos permitan hacer un diagnóstico siguiendo las normas de los dos manuales del esperanto psiquiátrico que sostienen nuestro trabajo clínico: el DSM-IV y el CIE-10.

Ya que hablamos de diagnósticos, dicen que había una época, antes de que yo fuera psiquiatra, o a lo mejor incluso antes de que yo naciera, en la que un psiquiatra en un día ordinario de trabajo en su consulta recibía a una diversidad de pacientes y se planteaba una gran variedad de diagnósticos distintos para ellos. Hoy en día, el repertorio diagnóstico de los colegas es limitadísimo, la mayor parte son depresiones, una que otra psicosis, algún trastorno de angustia y muy de tarde en tarde un trastorno obsesivo compulsivo; las adicciones y alcoholismos no cuentan para esta reflexión. ¿Será que ya no se ven las entidades que describieron los Clérambault, los Kraepelin, los Bleuler, los Esquirol, los Schneider y hasta los Henri Ey? ¿O será más bien que estos son los tiempos de la clínica del fármaco, según la cual sólo se diagnostica aquello que se puede prescribir? No dudo que a la psiquiatría le espera un futuro auspicioso en el siglo XXI si mantiene su hipoteca con los laboratorios farmacéuticos. Pero es un futuro que no me interesa, porque me parece aburrido y monótono.

Cuando Bercherie planteó el estado de descliniquización de la psiquiatría, no lo hizo pensando que su reflexión vaya a tener algún efecto sobre la práctica clínica de los psiquiatras franceses en el sentido de una “recliniquización”. Bercherie más bien piensa que aquello que los psiquiatras contemporáneos ya no utilizan, esto es, la clínica clásica, puede ser un material de lectura y análisis interesante para otros clínicos, como los psicólogos clínicos, los psicoterapeutas y los psicoanalistas. En este punto, me permito mencionar que así como inicialmente dije que es de rigor en estos foros denunciar el dualismo cartesiano como obsoleto y anticientífico, es igualmente de rigor en estos eventos lanzar proclamas por la reivindicación de la práctica de los psiquiatras como la única científica y autorizada, y en contra de la práctica de los psicólogos y de otros “psi” como supuestamente chapucera y anticientífica. Lo que los psiquiatras ignoran es que aquellos psicólogos y charlatanes “buitrean” precisamente en ese resquicio, en esa rayita que escribimos entre la mente y el cerebro, en esa “y”, en esa conjunción que para mí es la parte más interesante del título de este congreso, y por eso ellos también tienen pacientes, algunos de los cuales llegan allí desertando de los consultorios de los psiquiatras.

Al igual que Bercherie, yo tampoco tengo ninguna expectativa de que los psiquiatras modifiquen la estructura de un ejercicio clínico ya establecido desde hace algunas décadas. Creo que eso ya no va a cambiar. Los psiquiatras no pueden esperar nada nuevo de su propia clínica, sólo pueden recibir algo distinto de las neurociencias. A lo único que aspiro es a que los psiquiatras, además de sostener una actividad académica siempre actualizada en el plano de la información sobre neurociencias y psicofármacos, se planteen además la curiosidad por mantener regularmente eventos en los que se permitan escuchar otros discursos y en los que tal vez puedan cuestionarse su condición de sujetos, aunque escotomicen esa condición en sus pacientes.


Lecturas Recomendadas :

BERCHERIE Paul: “Psychiatrie: la fin de la clinique”. Entrevista con Nicolás Francion en la revista L’Ane, Le Magazine Freudien, Número 2, verano de 1981.

BERCHERIE Paul: “Los fundamentos de la clínica”, Manantial, Buenos Aires 1984.

CRICK Francis: “La búsqueda científica del alma”, Círculo de Lectores, Barcelona 1994.

DENNET Daniel: “La conciencia explicada”, Paidós, Buenos Aires 1995.

DESCARTES Renato: “Meditaciones Metafísicas”.

EDELMAN Gerald: “The remembered present: a biological theory of consciousness”, Basic Books, New York 1989.

KANDEL R. Eric et al.: “Neurociencia y conducta”, Prentice Hall, Madrid 1997.

PENROSE Roger: “Las sombras de la mente”, Grijalbo, Barcelona 1996.

SEARLE John R.: “El misterio de la conciencia”, Paidos, Barcelona 2000.