INTERPRETAR AL NIÑO[1]

Intervención en la segunda Jornada del Instituto del Niño

Por Jacques-Alain Miller

2013-03-23


Tchouang-tseu tenía la idea que cuanto menos mejor, que hay que ser zen, de alguna manera. Por mi parte, encuentro el desajuste que hay entre una vida limitada y el saber ilimitado, que lejos de llevar a agotamiento, pueda dar un cierto dinamismo a la existencia. evidentemente, con una vida con un límite, no se llega a alcanzar el saber ilimitado, pero se trata, se hace como si. En lo que me concierne, más bien estoy agotado cuando no lo intento.

En un texto intitulado “Tal vez en Vincennes…”, Lacan da como último objetivo, después de la lingüística, la antifilosofia en la cual “Con todo gusto intitularía así la investigación de lo que el discurso universitario debe a su suposición “educativa”. Señalaba que la historia de las ideas ahí no podía hacer nada. Proponía entonces que se haga una “recopilación paciente de la imbecilidad que lo caracteriza (al discurso universitario)”. Esa recopilación debía permitir, lo esperaba, el “[…] ponerla de relieve en su raíz indestructible, en su sueño eterno”.[2]

Creo que Lacan siempre manifestó un cierto odio por la pedagogía, lo que está en conformidad con lo que Freud exponía en la imposibilidad de gobernar y de enseñar, y de analizar también. Lacan emplea sin duda la expresión de “suposición educativa” porque en la “educación”, hay le dux: aquel que comanda. Hay algo profundamente común entre gobernar y enseñar. Es la idea en la cual vamos a dirigir las cosas. Se las dirige con dispositivos significantes. Estamos entonces condenados a perder el quantum de libido que Lacan volvió manejable llamándolo el pequeño a. Cuando se juega le dux, se encuentra necesariamente con ese factor. Eso le cae muy bien al analista: es en todo caso lo que diagnosticaba Freud y lo que Lacan intentó sobrepasar. Intentó hacer que el psicoanálisis franquee el muro del significante para llegar a captar, a maniobrar ese objeto a.

Escoger un título

Disgresiones

Voy al tema. Desde el 5 de marzo, escribo todos los días un blog en un sitio web, aquel de la revista de Bernard-Henri Lévy, con la dirección laregledujeu.org. Ahí me gusta suministrar el blog. El arte del blog tal como yo lo practico consiste en hacer progresar digresiones pasando de un tema al otro, es un estilo de dar saltitos en el que se debe ver el ánimo de ir de una idea a la otra. Uno más bien se pone en la posición en la que son las ideas que caen del cielo. Es un estilo inspirado en la asociación libre en lo que el decir-todo está como horizonte. Se las extrae en una suerte de recurso infinito y se da el sentimiento al lector, al menos lo espero, que en efecto el saber es infinito y al mismo tiempo al alcance de la mano. Si tengo un maestro en esta materia, es Laurence Sterne, el autor de Tristram Shandy, quien dio la definición de la escritura que, bien reflexionada, es aquella que me conviene: writing is a kind of conversation -escribir es un tipo de conversación. Es de eso de lo que soy más próximo. Después de todo, el Seminario de Lacan, ¿qué es sino una conversación, bajo la forma de un monólogo sin duda, pero en el que el público está al menos muy presente? Es algo cercano a esas costumbres del narrador que se ve por ejemplo en Les Diaboliques de Barbey d’Aurevilly: el tipo se para, su codo sobre la chimenea, y comienza a contar una historia. Escribo algo que toma esa forma de los monólogos de Lacan.

Pretexto

Entonces, se me da a mí el escoger el título de las Jornadas del Instituto del Niño. En la prensa es todo un oficio, al menos toda una especialidad, en todo caso un arte: encontrar títulos. Dicho esto, hice escuela; hay otros formuladores de títulos.

Gérard Genette, que era alumno de Barthes y autor de una obra crítica importante, clasificaba el título en lo que llamaba el peritexto. Tenía razón porque el título es periférico al texto. Es un borde del texto. Es también la cara bajo la cual un libro, un artículo, se presenta, primeramente. Es un significante suplementario que tiene a menudo la función de punto de capitón, en el que el significado se cose al significante.

Prefacio

Por sí solo, el título es ya un prefacio. Es de alguna manera San Juan Bautista quien anuncia el texto, mayor que él. El título es a la vez el anuncio, el resumen, y como el doble del texto en reducción. Sin embargo, se puede inclinar esa dialéctica. Se puede decepcionar la espera. Por ejemplo, ¿quién adivinaría que el título La Défense de l’infini, novela, anuncia una compilación en la que se encuentra “Les aventures de Jean-Foutre La Bite”, ¿al lado de “Con d’Irène”? Aragón no logró acabar el libro del cual solo fragmentos de él fueron publicados.

Lacan con su título “Kant con Sade”[3], nos fuerza a imaginar La crítica de la razón práctica y La filosofía en el tocador cambiando sus títulos. Entonces, dice que lo más erótico de las dos obras, es La crítica de la razón práctica; es la podría entonces esperar bajo el título La filosofía en el tocador. Al contrario, el texto altamente teórico de Sade tendría por título La crítica de la razón práctica. Intenten eso con diferentes cosas, puede ser bastante divertido. Las flores del mal, si llaman Confesión de un niño del siglo, de repente se pierde algo.

Artificios

Hay artificios postmodernos para jugar con los títulos. Por ejemplo, si ven a Borges; su ficción intitulada “Pierre Ménard, autor del Quichotte” reposa sobre el aglutinamiento del título de Cervantes con el apellido de otro autor. O vean al lógico tan divertido que comenté antes, Raymond Smullyan, quien dio como título a su libro What’s the name of this book? O también tienen a alguien que llamó a su libro Escritos, lo que es verdaderamente muy neutro, muy plano, una suerte de descripción materialista de la cosa. Es un juego interesante. En este último ejemplo, el texto existe y el título se adjunta. El título se convierte entonces en una interpretación del texto, más exactamente una auto-interpretación del texto. Pero la situación inversa se presenta muy bien, y cada vez más a menudo. Hay alguien, un editor, quien tiene la idea de un título, y busca alguien para redactar el texto que va con él. Ahí, el título precede. Si editan guías, por ejemplo, para aquella de Roma, ustedes van a buscar la persona que pueda redactarlas para ustedes. Es un fenómeno muy importante al cual Martin Heidegger hizo un lugar en un texto esencial que se llama “La época de las concepciones del mundo”[4]. Hacia 1930, subraya que desde entonces los editores piden libros a los autores. Hace de ello un trazo importante de lo que llama “la época de la técnica”.

Poema

Para mí, un título no es un descripción, es más bien un poema. Es un poema en reducción. Debe ser duro y cortante, como un lema o un proverbio. Festina lente, Semper fidelis, Dios y mi rey: he ahí tipos de poemas condensados y extremadamente poderosos. De un cierta manera, un buen título hace creer en la unión armónica del significante y el significado.

Cuando se trata de un coloquio, estamos en esa hipótesis en la que se da un título antes de tener el texto. Con el título, se suscita los textos. Ahí, hay que medir el grado de dispersión deseado. Se puede dar un título que permita a los textos ser extremadamente variados. Todo el mundo puede aportar lo que quiera, es el albergue español. O también pueden estrechar el título.

Interpretar al niño

Entonces, ¿qué título dar a la próxima Jornada del Instituto del Niño que tendrá lugar en 2015? Lo que me ha guiado es una cosa muy simple. Habiendo transcurrido mucho tiempo, en el curso de varios años, hasta lograr que saliera el Seminario VI de Lacan, mi idea fue que tendríamos que sostener esta Jornada a la sombra, o a la luz de El deseo y su interpretación.[5]

Entonces, podríamos retener: El niño y su interpretación. Así, jugaríamos con el equívoco: es el niño el que interpreta el mundo y, al mismo tiempo, lo interpretamos a él. Desde mi punto de vista, eso implicaría una dispersión muy grande de los trabajos. Preferí dar una dirección clara con el fin de que los trabajos no fueran tan dispersos y, entonces, poner el verbo en infinitivo y su complemento: Interpretar al niño. Es simple y poco habitual. No se usa tanto “interpretar al niño” porque no se está muy seguro, con el niño, de que se interpreta…

El psicoanalista instrumento

Al mismo tiempo, hay que encontrarle un destino a la expresión sempiterna “el psicoanálisis con niños”. Hay que encontrar otra cosa, ya que no es el con lacaniano, sino un con de compañía. Eso quiere decir: el psicoanálisis trata a los niños. Mientras que el “con lacaniano”, el que figura, por ejemplo, en “Kant con Sade”, es un con instrumental.

Lacan lo repite en el Seminario -pero no sólo allí- cuando se remite a Aristóteles: el hombre piensa con su alma.[6] Y él explica que ese «con» es un instrumento. Me refiero a Acerca del alma,[7] que Lacan había comentado, y más especialmente a un pasaje que, al contrario no cita, donde Aristóteles dice: “el alma es comparable a la mano”,[8] eso sirve para algo. Es como una aprehensión. Esto hace pensar, además, en lo que Heidegger llama «el-ser-bajo-la-mano»,[9] que es el ser del útil, o del instrumento, del cual hace una teoría completamente esencial en su ontología y en su crítica de la ontología.

Lacan en el filme Televisión, en el momento que emplea la expresión, a propósito del analista –“gente que se analiza con él”–, hace un gesto con la mano. Me pregunto cómo caracterizar ese gesto. No es una torsión de manivela, más bien es una especie de trasiego suficientemente curioso. Es verdaderamente el analista instrumento.

Cuando se trata de niños, es el analista el que es un instrumento. Deberíamos decir: “El niño con el analista”. Pero, justamente, ese no sería un muy buen título, porque verdaderamente no sería ni claro ni contundente. El analista es un instrumento, ciertamente, pero cuando se trata de niños, es también allí que se retrocede. Esto es lo que hace la diferencia del análisis con el niño, es que se sirve de él menos que el adulto. El analista es menos instrumento ahí. Está obligado a tomar iniciativas. El instrumento está obligado a tomar más iniciativas que con el adulto. Esto va muy bien con el concepto de instrumento, porque estamos rodeados de instrumentos que toman iniciativas. Tan pronto como ustedes ponen el GPS, enseguida les da órdenes.

De la señalización a la transformación

Interpretar al niño, ésta sería la ocasión para reflexionar sobre nuestra práctica, no precisamente para normalizarla o estandarizarla sino, más bien, a título de intercambio de experiencias. ¿Acaso, verdaderamente, interpretamos? Hay terapeutas que lo dudan… Y, sobre todo, eso nos obligaría a salir de la interpretación según el modelo de la traducción, del desciframiento. No hay que olvidar que Lacan redujo el término freudiano de inconsciente -como se tradujo a Freud. Dijo que lo conservaba porque era la tradición pero que, de hecho, el término parlêtre[10] sustituiría un día al de inconsciente. Para la interpretación, hay algo de este orden. Es un término tradicional. Se dice: son psicoanalistas, interpretan. Pero, evidentemente, nuestra práctica interpretativa va más allá, precisamente cuando concierne al niño. Hay que distinguirla del modelo texto encriptado / texto en claro. De algún modo, entra en la interpretación todo lo que tiene valor de mensaje, o incluso de señal enviada. Lo que se espera, es que uno de esos mensajes tenga un valor transformacional. Finalmente, la interpretación, si la tomamos en su más amplia extensión, va de la señalización a la transformación. Se está en el entre-dos.

El niño entre enunciado y enunciación

En el grafo de Lacan, habría que empezar a interesarnos nuevamente. Cuando di un seminario para menores de treinta años, en todo caso la mayor parte, me di cuenta de que no lo conocían, y que tenían incluso una cierta dificultad para introducirse en él. Ahora bien, incluso si luego vinieron los cuatro discursos, etc., el grafo de Lacan permanece, no es superado en lo absoluto. Lacan continuó refiriéndose a él, incluso si sobre ciertos puntos las definiciones cambiaron. Encontrarán en el capítulo IV de El deseo y su interpretación que intitulé “El sueño de la pequeña Anna” -sueño bien conocido- esta propuesta de Lacan: “el niño está capturado por entero en el juego de las dos líneas”.[11] Digamos de los dos pisos. Lo dice del niño, en un momento preciso, pero podríamos darle un valor más grande. Es el niño en tanto que capturado en el juego entre enunciado y enunciación.

Hay muchas cosas de Lacan que van en este sentido, en particular, al comienzo del capítulo V, donde dice: “En el niño, algo no ha sido aún acabado, precipitado por la estructura, no ha sido aún distinguido en la estructura”.[12] El contexto indica que eso remite a la distinción entre el yo {je} del enunciado y el yo {je} de la enunciación, especialmente cuando encontramos, al menos dos veces en el Seminario, el ejemplo que devino famoso con el Seminario 11: “Somos tres hermanos, Pablo, Ernesto y yo”.[13] El sujeto, por un lado, se cuenta como uno en la serie, en la clase de los hermanos –en efecto, él es un hermano, por lo tanto, si contamos los hermanos, él es uno de los tres hermanos, es indiscutible– y, por otro lado, no consigue distinguir lo que él es en tanto que uno, pero uno solo (un tout seul). El sujeto de la enunciación, aquí, es el uno solo, el que habla y el que se des-cuenta.[14] Allí, podemos oponer el uno que se cuenta en la colección de los que tienen la cualidad de hermano, que tienen este predicado, al uno solo: un uno que tiene que des-contarse, no figurando en el espectáculo del mundo. De cierta manera, él es una suerte de menos-uno, el uno solo. Tan pronto como reflexionamos sobre este ejemplo, estamos en las últimas elaboraciones de Lacan sobre el Uno solo que intenté desarrollar en el último curso que di.[15]

Nuestra red: el grafo

Por otro lado, la gran dignidad de este grafo es, sin embargo, la forma más aprehensible, la más munderna {mouderne}[16] –según la expresión que empleo en mi blog[17] para mofarme de los modernos– de la estructura, porque es una forma en red. La forma más elegante y más económica de los cuatro discursos permutativos no tiene este elemento de conectividad. Entonces, la noticia viene.

En Le Monde de ayer,[18] en dos páginas, nos anuncian el milagro según el cual salió a la luz la red del modo por defecto que muestra que el cerebro nunca está en reposo. Pero la idea de que hay una actividad cerebral permanente ya estaba presente, la encontramos en los electroencefalogramas a finales de 1920. Es algo ya conocido. Y no remito a Descartes, que decía: “el alma piensa siempre”.[19] Es la tradición filosófica. Por lo demás, las investigaciones mundernas sobre lo que los americanos llaman the default mode network, o red de modo por defecto, han durado unos treinta años… No veo el descubrimiento especial que justificaría la atención de todo el mundo. ¿Qué pretenden alcanzar con esto? Es más económico decir que es una estructura que es reticular, de la misma manera que la que presenta Lacan en el grafo. Por supuesto, Lacan conocía las investigaciones de la época sobre la estructura matemática del cerebro. Reflexionó al principio sobre la cibernética. Incluso su esquema L es un esquema eléctrico donde se interponen elementos. En otras palabras, la reflexión en red pertenece a la esencia del lacanismo. Y podemos decir: “Eso que ustedes llaman la red, the default mode network, para nosotros, es el grafo de Lacan”.

Para avanzar aún más en este sentido, se nos repite, de nueva cuenta, que los estudios médicos por imagen {imagerie médicale}[20] serían El descubrimiento. Al buscar en Google “estudios médicos por imagen”, encontré esta definición: “Su objetivo es crear una representación visual inteligible de una información de carácter médico”. Eso es la imaginería {imagerie}.[21] Frente a la imaginería médica, podríamos ubicar a la lingüistería psicoanalítica. Ella sería definida como “la expresión lingüística más o menos inteligible de una información de carácter psicoanalítico”. Ellos tienen la imaginería médica, nosotros tenemos la lingüistería psicoanalítica. Además, eso es más barato para la Seguridad Social.

Cinco iniciativas

Situar al Ideal del yo

¿Cuál es el contenido de la información que nos interesa? Es, a grosso modo, un mensaje de sufrimiento o de malestar. Pero, sin duda, no es lo suficientemente científico. Precisemos, entonces, que es un mensaje de bien-estar negativo, the Negative Well-Being – NWB. En lo que concierne al niño, no tomamos solamente los mensajes de bien-estar negativo del sujeto sino, igualmente, los mensajes de bien-estar negativo, los malestares, provenientes de los padres, provenientes de los vecinos, provenientes de la escuela. Si, para los adultos, embragamos suavemente,[22] para los niños, tomamos en cuenta los mensajes provenientes del entorno, justamente porque hay algo que no se ha precipitado, en el sentido de Lacan, en la relación del sujeto del enunciado y de la enunciación. ¿Qué es lo que no se ha precipitado? No hablamos de interiorización, en tanto que no estamos muy seguros de que haya un interior, pero, en la tradición analítica, hablamos de introyección. Cuando eso se ha precipitado, podemos decir que el Ideal del yo se ha introyectado. En el niño, el Ideal del yo, según sea la ocasión, se pasea por fuera, lo que puede explicar que tomemos en cuenta las opiniones del entorno.

Interpretar a los padres

Un primer sentido a darle a Interpretar al niño es, entonces, “interpretar a los padres”. Devolvamos un poco de dignidad a esto examinando seriamente el lugar que allí le concedemos. En general, hablamos un poco apresuradamente de cómo tratamos con el padre, la madre, que ellos mismos no eran muy normales, etc. Cristalicemos este concepto.

Capturar en la red

Hay el primer piso del grafo, donde lo que Lacan llamaba, en aquella época, las necesidades, recibe la huella del lenguaje y donde el código del Otro debe dominar y romper, hacer pasar esas necesidades por los desfiladeros del significante. Hay, en efecto, en la clínica de niños, el sujeto que no respeta el código, no pasa por el código. Llegada la ocasión, nos las vemos con sus gritos, con sus jaculatorias. El problema que encontramos aquí es un problema de captura. ¿Cómo capturar algo del sujeto en este “código”? El analista se encuentra en posición de validar el código del Otro, de validar las reglas. Digamos que allí, interpretar al niño, es del orden de la captura. Tratemos de obtener ejemplos de estas capturas.

Extraer al sujeto

En el nivel superior del grafo, Lacan emplea el término de $ (S barrado) para designar un momento de constitución del sujeto, momento a partir del cual él hará la definición esencial del sujeto. En aquella época, el $ está reservado al fantasma de cierta manera. Sin eso, el sujeto es un sujeto hablante que, una vez que funciona la etapa ulterior, debe surgir para asumirse como uno entre otros sujetos hablantes. Eso múltiple es, de algún modo, la condición de su existencia como sujeto hablante. Entonces, puede ocurrir que ese sujeto sea sepultado bajo los significantes del Otro. Y allí, tercer modo de interpretación que podríamos distinguir, interpretar al niño es «extraer al sujeto». Hay que distinguirlo, verdaderamente, de la captura de la necesidad.

Criticar la alucinación

En el capítulo IV del Seminario, consagrado al sueño de la pequeña Anna, tienen ustedes una presentación muy simple -que Lacan complejizará más tarde pero que es muy útil- de las relaciones entre el principio de placer y el principio de realidad, proceso primario y secundario.[23] Es para Freud el telón de fondo que Lacan retomará haciendo sus propias reservas cuando dice: “la realidad […] se construye […] sobre un fondo previo de alucinación”.[24] ¿Cómo, el proceso secundario, va a poner a prueba lo que tiene lugar en el proceso primario? El proceso secundario asegura una función crítica con respecto al proceso primario, una función de juicio.

Ahora bien, en la práctica con niños, tenemos casos donde hay una suerte de break down del proceso secundario. Hay un modo de la interpretación que es, en cierta medida, una crítica de la alucinación. Pero, además, es preciso hacerla de la buena manera. Podríamos dar múltiples ejemplos. De hecho, el psicoanálisis enseña, después de todo, una cierta maniobra.

Hay dos prácticas diferentes de esta crítica de la alucinación. O bien, se juega al «guardián de la realidad»[25] –como se expresará Lacan más tarde del psicoanalista haciendo como si asumiera el proceso secundario, el juicio, etc; o bien, enseña cómo maniobrar con la alucinación, es decir, que comunica un procedimiento. En este caso, podríamos desarrollar interpretar al niño en tanto que «comunicar un procedimiento», especialmente para el sujeto alucinado.

Hay, evidentemente, un momento muy importante, que Lacan aísla en su Seminario –que es el momento de la represión–, cuando él opone, en lo que llama las situaciones de inicio, el momento en el que el sujeto piensa que el Otro sabe todos sus pensamientos –en tanto que sus pensamientos están en el lugar del Otro, y el momento en el que descubre que el Otro no sabe, y es a través de esto que la represión entra en el inconsciente. En todo caso, es una vía, un trazo: el hecho de que el Otro no quiera reconocer cualquier cosa es aquello por lo que el mismo inconsciente se abre, y se abre a recoger lo no-reconocido.


[1] Miller, Jacques-Alain. « Intepréter l’enfant », in Le savoir de l’enfant. París: Navarin Éditeur, 2013, pp. 15-26.

[2] Lacan, Jacques. “Tal vez en Vincennes…”, in Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 335.

[3] Lacan, Jacques. « Kant con Sade », in Escritos, tomo 2. México: Siglo XXI, 1984.

[4] Heidegger, Martin. « L’époque des conceptions du monde », Chemins qui ne mènenent nulle part. París : Gallimard, 1986.

[5] Lacan, Jacques. El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós, 2017.

[6] Lacan, Jacques. El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación. Op. cit., p. 28.

[7] Aristóteles. Acerca del alma. Madrid: Gredos, 2012.

[8] Ibid., 432a, p. 380.

[9] Heidegger, Martin. El ser y el tiempo. México: FCE, p. 82. En la edición en español, figura como «el ser a la mano». [N. del T.].

[10] Lacan, Jacques. El Seminario, libro XXIII, El sinthome. Buenos Aires: Paidós, 2015.

[11] Lacan, Jacqus. El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación. Óp. cit., p. 90.

[12] Ibid., p. 94.

[13] Ibid., p. 85.

[14] En el original: “décompte”. El que se resta de la cuenta. [N. del T.].

[15] Miller, Jacques-Alain Miller. El Uno solo, inédito.

[16] El autor parece estar jugando con las palabras moderne (moderna) y mondaine (mundana). [N. del T.].

[17] Cfr. http://laregledujeu.org/?s=Jacques-Alain+Miller

[18] Cfr. Gozlan, Marc. «¿Qué hace el cerebro cuando no hace nada?», Le Monde, edición del viernes 22 de marzo de 2013 (fechada el sábado 23).

[19] Descartes, René. Meditaciones metafísicas seguidas de las objeciones y respuestas. Madrid: Gredos, 1986, p. 391.

[20] Resonancia magnética, rayos X, electroencefalogramas, etc. [N. del T.].

[21] Imagerie también se puede traducir como imaginería. En literatura, la imaginería consiste en un recurso que permite la creación de figuras mentales a través del lenguaje. Sin embargo, también remite a ciertas formas de la representación de temas religiosos, lo que nos arroja, en el contexto de este artículo, a la imaginería científica. [N. del T.].

[22] Nos moderamos. [N. del T.].

[23] Lacan, Jacques. «El sueño de la pequeña Anna», in El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación. Op. cit., pp. 73-92.

[24] Ibid., p. 79.

[25] Lacan, Jacques. «Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad», in Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 380.

Traducción por Patricio Moreno Parra