Goce sobre un borde[1]

Michel Grollier[2]

“En los años ochenta, trabajé durante cinco o seis años, en un hospital del día, con niños autistas. En ese contexto, avancé en 1992 que, en el autismo, el retorno del goce se efectúa […] sobre un borde […] Varios inicios de tratamiento atestiguan, precisamente, que ese borde forma un límite casi corporal infranqueable, más allá del cual ningún contacto parece posible con el sujeto.”[3]

Kanner encuadró su síndrome con un número limitado de puntos de anclaje fenomenológicos, la inmutabilidad y el aislamiento, adjuntando una relación singular al lenguaje. Los primeros clínicos interpretaron esos fenómenos en términos de límites, sobre todo en límites del cuerpo. Querer hacer salir al pequeño autista de su “burbuja” condujeron a algunos a cuestionar todos los apoyos de ese encerramiento, sobre todo esos objetos a los cuales el pequeño se aferraba. Pero hacer la constatación de que el pequeño autista no parece tener cuerpo, en el sentido de que un sujeto lo encuentra y lo inventa, debe formular una pregunta. Para ese serhablante, ¿qué deviene lo viviente en acción, el goce que infiltra el mundo? Éric Laurent evoca una “presencia opaca del goce” obtenida por su filtro mediante un “borde”, lugar de una topología singular que permite una cierta alteridad en la relación al mundo. Es mediante diversos objetos que el niño se haría una piel, exteriorización del Otro por contigüidad. Esta dimensión de contigüidad a tomar la dimensión de “borde” tan específico en el autismo. El “borde” se convierte entonces en el lugar de todas las manifestaciones de lo viviente para el sujeto autista. Es lo que vendría en el lugar del límite, de la frontera, definida ésta por el significante y la prohibición. La alteridad puede así alcanzarse en esas construcciones imaginarias haciendo surgir, en lugar de la imagen especular, el doble imaginario que se confunde con el sujeto, verdad de lo que hace cuerpo para él.

El goce puede así canalizarse dando lugar a acciones competentes, que se pueden identificar como soporte mínimo de un acto subjetivo. El precio a pagar para el sujeto se sitúa en una alienación radical a objetos -objetos llamados autísticos- que dan al borde su potencia. Extraña topología donde el objeto viene a hacer signo del goce.

Que la alienación significante no pueda enseguida subvertir esa alienación al signo hace problema al serhablante. Pero que este objeto pueda ser vivido como doble ilustra el desplazamiento imaginario que permite la introducción de una parte de significante, ese doble que permite una cierta representación del sujeto viviente. Eso se capta bien cuando el objeto en cuestión es una muñeca o una marioneta que el pequeño utiliza para representarse como sujeto al mundo, o también para situarse como partenaire, tomando en cargo enunciados. En fin, algunos llegan a inscribir ese borde en el campo significante, produciendo algo del orden de un saber, competencias que permiten una interacción sofisticada con el mundo humano. Era el caso de T. Grandin, su máquina de abrazar que servía a la vez de soporte de su ser, de punto de apoyo para el encuentro con el partenaire con quien se asimilaba (la vaca) y útil de inscripción en el campo social en nombre de un saber que habla de ese borde complejo (investigador en etología).

En el abordaje del sujeto autista, la cuestión de los límites y del borde debe ser una guía y no un obstáculo para un encuentro posible. Los comportamentalistas apoyándose en ese punto, buscando erradicar esos objetos mientras que los mismos autistas los reivindican en su uso inventivo. No se trata para nosotros el buscar perforar lo que se presenta como defensa, sino de intentar acompañar los movimientos de lo que hace borde, a la vez límite, distancia y pantalla -para que estos se complejicen y permitan un apaciguamiento de ese goce. Esto no va sin bricolajes y tanteos que acompañan, que intentan reglar y humanizan el encuentro con estos pequeños autistas.

Producir un filtro

Madi está atravesada por enunciados ecolálicos. En nuestro primer encuentro, hace caer las tapas de los marcadores que sostiene y luego se aburre de ellos. El padre interviene y dice: “Recoge las tapas”. Madi hace eco con un “Recoge las tapas”, sin ningún interés. El padre repite la orden forzándola con un tono autoritario y la niña la retoma con una pequeña tensión. Después de la tercera orden, la niña, manifiestamente perdida, se pone a correr en círculos repitiendo sin cesar “Recoge las tapas”; circulación en zigzag, mirada alocada y frase imperativa repetida. Alcanzo a tomar a la niña y la calmo ofreciéndole otro objeto, una hoja destinada al marcador que ella sostiene aún. Las palabras son vividas como verdaderos objetos sonoros fuera de sentido. En el paso del tratamiento, decido no hablar más, sino marcar mi presencia con ruidos u onomatopeyas. Se trata de hacer de esos objetos sonoros fuera de sentido un borde que condense el goce en la interfaz de nuestras presencias.

Un día, Madi se aproxima a mí y dice “Siéntate”. Capto que más bien quiere que me pare. Repite ante mi sillón “¡Siéntate!” y yo interpreto que quiere que la ayude a sentarse. Ante la satisfacción lograda, comprendo que el sistema funcionó, a partir de lo que interpreté como una demanda. Esa forma primaria de interacción se aproxima bastante a efectos esperados de comunicación y serviría para demostrar que, usando vocablos como signos, los niños autistas están paradojalmente en la comunicación, ¿pero hacia qué? En lo que sigue, Madi se agarra de sillones y se pone a dibujar la lengua, ella hace trazos sobre su lengua con cierto júbilo. Al efecto de comunicación, Madi responde barrando su lengua. Me interpongo, hasta deber recuperarlos todos. Después, debo alejarme del teléfono que la invade. Se trata de subrayar el exceso de goce encontrado en los objetos que la rodean, manera de decir “no” a esos excesos de goce alojados en esos objetos, pero eso no es sin efectos. Madi se pone a rechinar fuertemente los dientes y se aproxima a mí. Ella dice “No se debe que morder” y evito la mordedura sobre mi pierna. Ella recomienza diciendo “No se debe morder”. Ese retorno muestra que el vaciamiento de goce que intenté operar sobrepasó lo que le era soportable.

Ella regresa al cuarto, intenta morder su reflejo en el vidrio para finalmente encontrar un pequeño objeto sobre mi escritorio, una pequeña cesta rectangular con hilos en trenza que ella va a llamar “la bota”. Primero, muerde la bota, frotando sus dientes contra el hilo, después descubre que puede ver a través de ella y jugar a verme mediante ella. Ella acaba de elegir un objeto con función de filtro. Instala un juego de presencia-ausencia, ocultando sus ojos detrás de la bota; yo participo, y ella expandirá el juego. Constato que durante todo ese período que, si cojo la bota y tarde en devolvérsela, o bien si ella no puede recuperar el objeto, ella dice “¡Ay, ay!” y parece sufrir.

Ella concluirá la sesión volteando metódicamente mis sillones y luego los pondrá derechos para así volver a comenzar. Detengo la sesión en la segunda vuelta. Un cierto tratamiento simbólico se produce para ella. Entre el objeto filtro y los movimientos de voltear-enderezar de los sillones, se deslizó la aparición-desaparición de la mirada. El objeto filtro queda como parte prensil de su ser, es más bien éste que permite la mirada, de ahí cierto sufrimiento de Madi en perderlo. ¡He aquí pues en un objeto, un borde  que vale como cuerpo para la niña!


[1] M. Grollier. “Jouissance sur un bord”, in Quarto No 108 Autisme! Bruxelles : septembre 2014, pp. 34-35

[2] Michel Grollier es psicoanalista en Rennes, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana.

Exposición presentada en las 42º Jornadas de la Escuela de la Causa Freudiana “Autismo y psicoanálisis” el 6 y 7 de octubre del 2012 en París.

[3] E. Laurent. “Les spectres de l’autisme”, La Cause freudienne, No 78, pp. 56-57

Traducido por Patricio Moreno Parra.