Conferencia en la Fundación Freudiana de Medellín

Por Ronald Portillo

11 de agosto de 1987


            El cartel es el término vital al interior del campo del psicoanálisis que, como saben, es introducido por primera vez por Lacan. Antes de Lacan nadie hablaba de este término y llama la atención que fuera precisamente en el Acta de Fundación de la Escuela Freudiana de París (1964), cuando aparece este término por primera vez y lo que concierne al cartel. Se define allí muy claramente y va a ser objeto posterior de reelaboración. En este momento el cartel constituía principalmente una de las condiciones para adherirse a la Escuela.

            El cartel es allí planteado, en esta Acta de Fundación, como el órgano de base de la Escuela y como el fundamento de la participación de cada uno de los integrantes, en la vida de la Asociación misma. En este sentido, el cartel se define como una especie de compromiso con la Escuela. Así queda establecido en la primera página del Acta de Fundación. Lacan dice al respecto lo siguiente:

Aquellos que vengan a esta Escuela se comprometen a cumplir una tarea sometida a un control interno y externo. Se les asegurará de vuelta -continúa Lacan- que nada será ahorrado, para que todo lo que hagan de valedero tenga la resonancia que merece y en el lugar adecuado.[1]

            En esa misma primera página, Lacan define el marco en el cual habrá de realizarse esta tarea. Establece allí, entonces, que para la ejecución de este trabajo -dice-, adoptaremos el principio de una elaboración sostenida en un pequeño grupo. Cada uno de ellos, los grupos -dice- tenemos un nombre para distinguir estos grupos, se compondrá de tres personas al menos, cinco a lo sumo, cuatro es la justa medida, Más Uno encargado de la discusión y la salida a reservar el trabajo de cada uno.

            Este pequeño grupo de Lacan propone para la realización de un trabajo personal, que será sometido a control en la Escuela, es justamente el cartel; segundo tipo de saber, un saber que se obtiene de la experiencia psicoanalítica misma ya sea como analista o como analizante, es decir, se trata del saber del inconsciente. Saber textual o referencial y saber del nombre. Se puede, entonces, afirmar que el eje central de la transmisión del psicoanálisis resulta de la conjunción del saber doctrinal de los textos, extraído de los textos, con el saber, un saber extraído del desciframiento del inconsciente del sujeto. En ambos casos, el saber referencial y el saber del inconsciente, el saber está ahí en el lugar del Otro. sea del Otro del texto, sea del Otro del inconsciente.

            Es justamente el cartel, el cartel se inscribe entonces en un marco muy específico. Lacan establece desde el comienzo de la fundación de la Escuela su intención indeclinable de constituirlo, en la Escuela, en el órgano de base cumpliendo con particularidades muy específicas:

  1. Que se restaure en el campo que Freud abrió el arado de su verdad.
  2. Que conduzca de nuevo, la praxis original que él instituyó bajo el nombre de Psicoanálisis, al deber que le corresponde en nuestro mundo.
  3. Que, por una crítica asidua, denuncie en ella las desviaciones que amortiguan el progreso del psicoanálisis degradando su empleo.

Este movimiento de reconquista o de restauración de la verdad freudiana que guía a toda escuela de orientación lacaniana, lo que Lacan llama un “objetivo de trabajo” es inseparable de la formación psicoanalítica que se dispensa en la Escuela. Esta conexión indisoluble está acentuada por Lacan en el preámbulo del Acta de Fundación cuando precisa que la fundación de la Escuela promueve de entrada la cuestión de su relación con la enseñanza, lo que confiere una garantía a ese acto de fundación. Aclara inmediatamente que esto no quiere decir que la Escuela dependa de los que imparten la enseñanza puesto que la enseñanza se continúa fundamentalmente fuera de la Escuela.

            Sabemos que la enseñanza del psicoanálisis no es otra que la que enseña el inconsciente. Es la verdad que emerge en un psicoanálisis permitiendo la verificación de los postulados freudianos. Esta enseñanza principal la que evidentemente se realiza fuera de la Escuela. Es esta enseñanza en la instancia del cartel, como un lugar de realización de un trabajo de elaboración de la transmisión analítica. Cuando digo que esta enseñanza se realiza fuera de la Escuela es porque esta enseñanza se realiza fundamentalmente en el diván, en el diván del psicoanalizante. Además, aparece el cartel como esa instancia, como ese lugar de elaboración teórica del psicoanálisis.

            Es un trabajo que va a adquirir un estatuto de enseñanza y lo va a adquirir en la medida en que esté sometido a un control, tanto externo como interno. Externo al cartel, la enseñanza implícita en el funcionamiento de un cartel se realiza igualmente fuera de la Escuela, como se puede apreciar. Las concepciones de Lacan sobre la formación del analista van en el sentido totalmente opuesto por las que rigen las instituciones psicoanalíticas tradicionales. Un analista que, por lo demás, solo puede autorizarse él mismo necesita establecer su propia enseñanza dado que su formación es algo muy importante para dejarla solamente en manos de una Escuela. La enseñanza es un problema de analista, de cada analista en particular. Esto nos conduce a preguntarnos inexorablemente sobre aquello que supone una enseñanza, es decir, la transmisibilidad, la transmisión de la enseñanza.

            En el campo del psicoanálisis, la posibilidad de transmisión de la enseñanza puede ser objeto de fuerte cuestionamiento porque si bien el psicoanálisis puede ser equiparado con una peste, como decía Freud en el viaje a EE. UU. con Jung, invitado a la Universidad de Clark, si puede ser una peste no se puede decir que sea enteramente transmisible como sí lo es la peste propiamente dicha. No se puede transmitir el savoir-faire del analista, el saber-hacer. Cada analista es su estilo, parafraseando la afirmación de Lacan “El estilo es el hombre”, en el sentido más laxo de la palabra “hombre”. Freud nos muestra desde el principio de su obra que sus conclusiones teóricas parten de la experiencia clínica. La teorización freudiana es un esfuerzo progresivo y sostenido por tratar de dar cuenta de la clínica psicoanalítica. Podemos decir con Lacan que Freud trataba de dar cuenta desde el cuerpo simbólico de su teoría, de lo imposible de soportar del síntoma, es decir de lo real de la clínica. Es éste el punto central de la enseñanza del psicoanálisis. La enseñanza es lo que la clínica enseña. Ésta es la razón por la cual resulta absurdo intentar sistematizar en un marco curricular la enseñanza. La enseñanza psicoanalítica es una cuestión del propio psicoanálisis. Solamente a él le corresponde extraer una enseñanza de su propia clínica, por la que él tiene que pasar, propia en tanto lo referente a él, como analizante y como analista. Cuando él instaure su práctica y la seria dificultad que entraña la transmisión del psicoanálisis. ¿Cómo hacer pasar entonces el saber psicoanalítico? ¿Cómo transmitirlo? Los institutos afiliados a la Internacional del psicoanálisis responden con el establecimiento de normas y de reglamentaciones que conducen al analista en formación por la vía rígida de un cursum, con pretensiones académicas de jerarquización: 1ero, 2do, 3ero, 4to, tentativa de transmisión de un saber que se realiza predominantemente intramuros. De la misma forma prospera allí, en esos institutos, la ilusión de que los docentes encargados de la enseñanza son los verdaderos detentores de un saber que le podrá ser transmitido al candidato a analista, así lo llaman, en la medida en que éste transite sin chistar mucho, sin cuestionar, el camino que le han trazado previamente.

            La postura de Lacan en relación con la enseñanza del psicoanálisis transita por otro camino: no cursos, no academismo, no jerarquizaciones, no intramuros, no didacta, no ausencia de cuestionamiento, no vía trazada desde el comienzo, etc. Se puede decir que la orientación psicoanalítica lacaniana se soporta en un vector inmodificable el cual es el tratamiento de lo real como sinónimo de lo imposible, es decir, de lo que se resiste a la simbolización significante. Precisamente en la introducción del cartel como el sitio en donde sin ninguna distinción de la Escuela, tanto de miembros como no-miembros, realizarán un trabajo de base, de la elaboración psicoanalítica. Ella está enmarcada por esta orientación que apunta a lo real. El cartel como elemento necesario para la formación del analista se presenta como una de las vías posibles de tratar de reducir la imposibilidad real de la transmisión del saber psicoanalítico. El cartel constituye entonces un intento de operar sobre lo real en juego. En la enseñanza, Lacan otorgó una particular importancia al cartel al considerarlo como el lugar en que puede desarrollarse un trabajo de elaboración que instaure la verdad freudiana que es enorme, pero no sólo intentaba rescatar algo del pasado del psicoanálisis sino, en una buena medida, aspiraba a que este microórgano grupal asegurara la supervivencia del psicoanálisis.

            El cartel es la punta de lanza de lo que se conoce en las discusiones psicoanalíticas de orientación lacaniana como el psicoanálisis en extensión, o lo que es lo mismo, concierne a la extensión de la difusión del psicoanálisis, al multiplicar los sitios en donde se hable de psicoanálisis, porque éste es el trazo unario, si se quiere, del cartel. Se obtienen fundamentalmente dos efectos. Por un lado, el tratamiento significante de lo real, siempre presente en el campo que Freud descubrió y, por otro lado, una difusión o una siembra de la semilla psicoanalítica. Que la preocupación de Lacan por el cartel estuvo presente hasta el final de su enseñanza, lo testimonia su último seminario institucional, llamado el Seminario de la Disolución de la Escuela Freudiana de París, realizado en 1980, en donde insiste sobre lago que considera esencial, lo que considera el cartel de 4 miembros. Poco tiempo después, en marzo de 1980, Lacan ajustaba la formalización del cartel en los siguientes términos, que son los que sirven de guía en las escuelas psicoanalíticas que se orientan en su enseñanza:

  1. Cuatro se escogen para proseguir un trabajo que debe tener su producto. Preciso: producto de cada uno y no colectivo.
  2. La conjunción de los cuatro se hace en torno a un Más-Uno quien, si es cualquiera, debe ser alguien. A su cargo está velar por los efectos internos de la empresa a incitar la elaboración de ésta.
  3. Para prevenir el efecto de pega, una permutación deberá producirse al término fijado de 1 año, 2 máximo.
  4. No se puede esperar ningún progreso sino a partir de una exposición periódica a la luz pública tanto de los resultados como de las crisis del trabajo.
  5. El sorteo asegurará la renovación regular de las referencias creadas con el fin de vectorizar el conjunto.

Además de la consideración de estos puntos, en el curso de esta exposición, mi intención será la de centrar tres aspectos fundamentales atinentes al cartel:

  1. El cartel como grupo.
  2. La transferencia de trabajo.
  3. La función del Más-Uno en el cartel.

Sobre otras consideraciones teóricas quedarán irremediablemente fuera. Esto es algo que concierne a la estructura misma del lenguaje. Siempre hay algo que queda fuera. Aspectos prácticos y técnicos en la constitución o el funcionamiento del cartel. Si tienen a bien hacerme preguntas las responderé al final.

             En el Acta de Fundación, Lacan consideró al cartel como un grupo. Ahora veamos qué es un grupo para el psicoanálisis. El texto principal que Freud escribió al respecto es “Psicología de las masas y análisis del yo”. Allí, Freud diserta de una manera magistral la estructura del grupo a partir de dos instituciones caracterizadas por tener un alto grado de organización: la Iglesia y el ejército, por tener una duración secular y por ser artificiales. En ambas masas o grupos, catalogados por Freud como “paradigmáticos”, rige un mismo espejismo, la misma ilusión. Poseen un líder que se supone ama por igual a todos sus integrantes. La relación de cada uno con su jefe constituye al mismo tiempo la causa de un lazo que los une a todos.

El mismo comportamiento de un miembro del grupo hacia el jefe, Freud lo encuentra en el hipnotizado con el hipnotizador, en el marco del vínculo hipnótico. Ese vínculo es considerado por Freud como una formación mínima de masa, como una masa compuesta por dos integrantes. Tanto al jefe de la masa como al hipnotizador se le ofrece una entrega enamorada irrestricta que abarca la sumisión, algunas veces humillante, como pasa en algunos ejércitos que se caracteriza por la obediencia a ultranza, por la pérdida total de la iniciativa propia y por la ausencia total de toda crítica hacia el jefe, hacia el líder.

A partir de esta relación, Freud establece la diferencia entre la identificación y el enamoramiento. En la primera se realiza un volcamiento de las propiedades del objeto sobre el yo, siguiendo un movimiento de regresión libidinal. En el enamoramiento, al contrario, el objeto es el que resulta investido por la libido. En la servidumbre enamorada, como Freud la llama, que caracteriza la relación del individuo al líder y/o hipnotizador, éstos (los líderes) adquieren el rango de un objeto que va a ser cargado masivamente de energía pulsional. La conclusión freudiana se refiere a la consideración del grupo como un estado hipnótico o de enamoramiento en donde varios sujetos han colocado un objeto, a uno y el mismo, en el lugar del Ideal del Yo. Así, la definición estructural psicoanalítica del grupo puede ser resumida en la imbricación, conjunción en un punto del Ideal del Yo y del objeto a. Gracias a esta sustitución del Ideal por el objeto pasa a imperar una característica propia de la realización pulsional: se produce el silencio de la pulsión. Es el silencio de la crítica ejercida normalmente por el Ideal. El Ideal normalmente nos critica. En el momento en que lo colocamos ahí como objeto de la pulsión se calla y, por lo tanto, todo lo que está colocado en ese lugar. El líder colocado en el lugar del objeto, todo lo que el líder va a hacer o decir, es visto como lo justo y lo adecuado, visto como tal por el sujeto. Entonces, se produce el silencio de la pulsión. Lacan dicen en el Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis que el Ideal del Yo es un punto ideal situado en alguna parte del Otro desde dónde el sujeto es visto como le gusta ser visto, lo que va a permitir al sujeto sostenerse en una situación dual que lo satisface en el plano del amor.

Ahora bien, que en el grupo el objeto se ponga en el lugar del Ideal del Yo para producir la fascinación colectiva, implica la conjunción del registro de lo real, el registro del objeto, con el registro de lo imaginario, la imagen del ideal. Hay un goce que extrae el sujeto de ese espejismo, de superponer al líder del grupo como objeto en el lugar del Ideal del Yo. Éste es el punto de real o de goce que entrelaza, que enlaza a los integrantes de un grupo. A este aspecto de satisfacción obtenida de la imagen del Ideal, Lacan lo llama la obscenidad imaginaria presente en los efectos de grupo, los que se cuida muy bien en diferenciar de los efectos de discurso, fundamentalmente del discurso psicoanalítico.

Lacan insistió mucho en recordar que el psicoanálisis se instituyó en la medida en que pudo diferenciarse de la hipnosis. Forma parte de la historia del psicoanálisis. La hipnosis que, como hemos visto, presenta una estructura idéntica a la del grupo.

El resorte fundamental de toda operación inscrita en el discurso psicoanalítico es asegurar, contrariamente, el mantenimiento de la distinción entre el objeto de satisfacción pulsional y el Ideal del Yo. Eso es el resorte fundamental de toda operación psicoanalítica, es decir, el asegurar el distanciamiento I(A) ßà (a), entre el Ideal del Yo y el objeto a, elementos que, en el grupo debido a su misma estructura, superponen en un mismo punto. La experiencia no es un estado de enamoramiento hipnótico, hay que ir contra de eso.

Sobre ese fondo de los grupos, pasamos ahora a cuestionar acerca del estatuto de grupo que Lacan le otorga al cartel en el Acta de Fundación de la Escuela Freudiana de París.

            Como decía desde el comienzo, allí el cartel es planteado como un grupo en donde va a ser constreñido el principio de una elaboración en la ejecución de un trabajo. Cabría preguntarse entonces, ¿cómo puede un grupo ser calificado de psicoanalítico? La interrogación no atañe solamente al cartel sino, más bien, a la institución psicoanalítica misma, a una Escuela.

            Lacan nos da algunas pistas para responder a esta aparente paradoja. En El Atolondradicho (1972), en un texto donde se plantea nuevamente la relación entre el grupo y el psicoanálisis, Lacan afirma lo siguiente: “Mi tesis es desbrozar el estatuto de un discurso donde sitúo el real y lo sitúo en el vínculo social al que se someten los cuerpos que este discurso lo habita”[2]. Excluido por su misma estructura del discurso psicoanalítico pude constituirse en lugar de ejecución de un trabajo. Lacan da cuenta de estos mismos interrogantes y dice a continuación en el mismo Atolondradicho: “No obstante puede fundar un vínculo social limpio de toda necesidad de grupo, sopeso del efecto del grupo según lo que añade de obscenidad imaginaria, al efecto de discurso”[3]. El grupo tiene igual un efecto de discurso más la obscenidad imaginaria. La obscenidad imaginaria se da por obtener un goce de la imagen del Otro, confundir el objeto en el lugar del Ideal del Yo. Este texto base de Lacan nos permite extraer algunas hipótesis:

  1. La llamada necesidad de grupo es un efecto producido por lo que Lacan llama obscenidad imaginaria. Se trata de un término que nos reenvía al texto freudiano Psicología de las masas y análisis del yo en la medida que plantea igualmente la relación de pulsión, objeto de la pulsión a la imagen.

La obscenidad imaginaria es la que resulta por la colocación del objeto a, de plus-de-goce con el Ideal del Yo. Todo miembro del grupo obtiene goce de esa operación.

            Cuando Lacan se refiere a la imposibilidad de los analistas de formar grupo se está refiriendo precisamente a esta obscenidad como sinónimo de un real, el goce en lo que funda al grupo y del orden de un real.

            Lacan considera que el discurso psicoanalítico puede fundar un vínculo social al limpiar al grupo de esta obscenidad imaginaria, es decir, al vaciarlo de goce y tal vez ese goce al ser limpiado del grupo. Ese grupo pasa a formar un vínculo social vaciado de goce. Sabemos bien cuál es el agente de esa limpieza o de ese vaciamiento de goce en el discurso psicoanalítico. Precisamente la obscenidad imaginaria se produce en la medida en que se reduzca ese distanciamiento: la separación entre el Ideal del Yo y el objeto. En ese caso, habrá una transformación de ese objeto, aquí como plus-de-goce, será transformado por medio de una maniobra de la transferencia en un objeto igualmente “a” como causa del deseo.

            En análisis, como el analista está colocado como semblante de a, causa del deseo, no como objeto de goce, dos consecuencias van a emerger por esta intervención sobre el grupo. En primer lugar, en la extracción de goce del grupo, la formación de un grupo limpio de ese goce obsceno. En segundo lugar, íntimamente ligado con el anterior, la transformación entonces del efecto de grupo en efecto de discurso, o lo que es lo mismo, este efecto de discurso es igual a un efecto de sujeto tachado ($).

             En relación con el cartel, podemos decir que en un grupo que al serle extraído la carga de obscenidad imaginaria, posibilita la ejecución de la elaboración de un trabajo psicoanalítico. Del imposible del grupo, el discurso psicoanalítico va a extraer un efecto de discurso gracias al vaciamiento de goce. ¿Y de qué manera se va a presentar el discurso psicoanalítico en el interior de un cartel para vaciarlo de goce? Se presenta en los miembros que lo conforman, cada uno de los integrantes del cartel están a diversos títulos atravesados por el discurso psicoanalítico, fundamentalmente en la medida que pueda haber alguien que puede ser analizante.

            El psicoanálisis está continuamente operando en cada integrante, como objeto causa de deseo. Entonces, lo que en un análisis ocupa el lugar de causa de deseo es el analista. En el Cartel, es el psicoanálisis lo que lo ocupa, causando el deseo de trabajar en cartel. Al no existir un líder, pues el Más-Uno no es un líder, es alguien que está reducido a ser un miembro y debe hacer igual que todo el mundo, un trabajo de base, se diluye esta posibilidad de que el objeto a como plus-de-goce venga a ocupar el lugar del Ideal del Yo. Al contrario, al no haber líder se produce un distanciamiento entre los dos. Este movimiento debe caracterizar a toda praxis, lo mismo que a toda institución que se catalogue de psicoanalítica, por eso la idea de permutación, de la no-estabilización de nadie en ningún lugar para que nadie sea colocado en el lugar de líder. Por eso la carga de dirección no constituirá una jefatura cuyo servicio prestado se capitaliza, dice Lacan.

            Textualmente, dice Lacan, este trabajo de base es el que se realiza en el cartel gracias al efecto producido por el discurso psicoanalítico. El cartel es un lugar de elaboración donde se produce un procedimiento semejante al de la experiencia psicoanalítica en la que el sujeto analizante es causado al deseo de dedicarse a la tarea de producir los significantes que han marcado su historia. Los integrantes del cartel tienen como labor una producción de significantes teórica que al dar cuenta de la historia o de la génesis, o del estado de conceptos actuales, haga avanzar el psicoanálisis. Esta es la razón de ser de una Escuela psicoanalítica para Lacan. Se funda sobre el cartel.

            De lo anterior se puede considerar el cartel como la expresión del discurso psicoanalítico. Cuando en un cartel está desplegándose la elaboración de un trabajo propio de cada uno de sus integrantes, cuando el Más-Uno está cumpliendo su función, igualmente se puede decir que el psicoanálisis está causando el deseo. Se trata entonces de un cartel inscrito en el discurso psicoanalítico. Contrariamente, cuando hay obstáculos en la elaboración, cuando se presentan las crisis de trabajo, que Lacan recomienda presentar a cielo abierto, es muy posible el efecto de grupo, la colocación de objeto a en el lugar del Ideal. Hay una obtención de goce allí entonces. Creemos que el goce se está presentando en un cartel en la medida de que se presentan obstáculos a la elaboración de un trabajo. Así, cuando en el análisis se presentan obstáculos al trabajo psicoanalítico, el goce se está haciendo presente.

            Lacan recomienda varias medidas a seguir para hacer frente a los efectos de grupo, a su aspecto de obscenidad imaginaria, algo normal. Se encuentran esas sugerencias en esos puntos de afinamiento que ustedes ya conocen. Su sugerencia de someter la exposición a cielo abierto, tanto de los progresos como de las crisis de trabajo, obedece a una tentativa de someter el obstáculo que se produce por el encuentro sostenido, por la inercia de lo real a la acción del significante. Hablar de eso, someter eso a la operación simbólica de la palabra, hablar no solamente dentro del cartel, sino hablar de las crisis de eso delante de la Escuela, someterlo a un control externo.

            De igual manera, la obligación de realizar una permutación de los integrantes, los de un cartel, con los de otro cartel, después de un tiempo de funcionamiento. Lacan dice:

“Para prevenir el efecto de pegamiento, apunta a un manejo posible de lo real, del goce presente dentro de los efectos de grupo porque sabemos que entre los efectos de grupo está sostenido el de colocar el objeto en el lugar del Ideal.”[4]

Por eso el pegamiento, la relación de los miembros del grupo pasa por la relación con el líder colocado en ese lugar. La producción de un goce presentificado por el objeto a, la producción de un plus es lo que caracteriza al discurso del amo.

            Saben que en el discurso del amo la producción está abajo y a la derecha:

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Esto es lo que caracteriza al discurso del amo. La producción es la producción de un plus-de-goce. Lo que le interesa al amo es obtener la plusvalía que produce el esclavo. El discurso del capitalismo habla suficientemente de esto, es una producción de goce. El plus-de-goce está tomado por Lacan de Marx, de la plusvalía, el plus de valor. El cartel se sitúa precisamente en un lugar de cruce del discurso del amo y del discurso del analista:

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El cartel se bambolea, oscila, está allí en el punto de cruce en tanto grupo. El cartel obedece al discurso del amo, comandado por un S1 cuyo lugar como Ideal pasa a ser comandado por un objeto de plus-de-goce. El cartel, en tanto lugar de elaboración de la teoría psicoanalítica, pasa a ser un efecto de del discurso psicoanalítico, creándose por supuesto el discurso psicoanalítico. Este entrecruzamiento del cartel que está marcado fundamentalmente por ese intercambio de lugares en el discurso del amo y el discurso del analista.

            Es un poco abusivo lo que voy a hace. Hay una confusión entre el Ideal ocupado por un S1, significante unario, trazo unario, un acercamiento entre los dos en el discurso psicoanalítico hay un alejamiento. Es necesario un entrecruzamiento. Ese intercambio de lugares supone una sustitución de lo uno por lo otro, lo que lo inscribe en el registro de la metáfora, que es la sustitución de una cosa por otra, de un significante por otro. En este caso la sustitución, o la colación del objeto en el lugar del Ideal. Podemos decir que, en este sentido, es la expresión del grupo. En el discurso del analista implica un distanciamiento o un distanciamiento de uno a la relación al Otro, justamente está en el registro de la metonimia, el registro del desplazamiento. El registro de la sustitución es el de la metáfora. Esta relación de vecindad que presentan estos dos discursos en el seno del cartel es lo que explica que en ocasiones se convierta en escenario de tensiones y de contradicciones. Es sabido que el analista tiende por la esencia misma de su ejercicio al aislamiento, una tendencia que puede crear una situación de exclusión en relación con la transmisión del saber psicoanalítico, tanto de una producción teórica como de una reflexión sobre su práctica pues se necesita del Otro para dar cuenta. Esta situación convierte entonces al analista en alguien aislado. El hecho mismo de estar en el sitio de su praxis lo convierte proclive a caer en la tentación del discurso del amo. Es por eso que Lacan, en esta acción que el cartel se propone, como el espacio de un pequeño grupo, en donde en un primer momento se pueda realizar esta transmisión, tan necesaria al psicoanálisis, esta característica del cartel es la que permite operar como una instancia de mediación entre el psicoanalista solo y el funcionamiento de la Escuela. El cartel está entre los dos como factor de mediación. Por eso no se necesita que los integrantes del cartel sean miembros de la Escuela. Hay quienes están interesados por el psicoanálisis y el psicoanálisis en particular les permite salir de ese aislamiento y confrontar con un pequeño grupo en el que es mucho más fácil hablar que ante mucha gente, confrontarse con las concepciones, con la teoría y una reflexión teórica de su propia práctica. El cartel se erige de esta manera, como una pantalla de doble faz, de doble cara que permite exponer, tanto al interior como al exterior de una institución psicoanalítica, las razones que apuntalan la doctrina del psicoanálisis, de la práctica del psicoanálisis.

            Es la preocupación permanente que adelantó la enseñanza de Lacan al interior de la Escuela, al exterior, pues allí hay personas que no desempeñan como psicoanalistas, ni tampoco forman parte de la Escuela. La constitución de la Escuela va a tener la misma conformación de la Escuela en el sentido de esta doble constitución: analistas y no analistas. En los dos casos, se trata de una proveniencia del exterior, esa de la praxis psicoanalítica o fuera de ella.

             A las condiciones que permiten el despliegue de la sustentación de la razón psicoanalítica, por supuesto, se efectúa no solo en el cartel sino también en otro tipo de actividades: conferencias, trabajos, sesiones públicas, todo eso que permite entonces sustentar la razón psicoanalítica. Lacan le dio el nombre de transferencia de trabajo, a lo que pasaremos inmediatamente.

             La postulación del cartel, como el órgano de base de una Escuela psicoanalítica, plantea la problemática del psicoanálisis en extensión, cuyo soporte está representado por la articulación de la enseñanza y de la transmisión de esa enseñanza. El cartel se perfila en el Acta de Fundación como uno de los marcos posibles en donde puede realizarse esta articulación indisociable del objetivo de trabajo que imprime el movimiento lacaniano de reconquista de la teoría freudiana. La transmisión de la enseñanza psicoanalítica obedece a una lógica que se apoya en el tipo de saber que está en juego. El saber por transmitir en psicoanálisis está soportado para nosotros en dos categorías:

  1. Un sabe textual o referencial, fundamentalmente presente en los enunciados de Freud y de Lacan, y
  2. Un segundo tipo de saber, un saber que se obtiene de la experiencia psicoanalítica misma, o como analista, como analizante, es decir, se trata del saber del inconsciente.

Se puede afirmar entonces que el eje central de la transmisión del psicoanálisis resulta de ensamblar un saber textual o referencial y un saber del nombre; resulta de la conjunción de un saber doctrinal extraído de los textos con un saber extraído del desciframiento del inconsciente del sujeto. En ambos casos, en el del saber referencial y del saber del inconsciente, el saber está en el lugar del Otro, del gran Otro, sea el Otro del texto, sea el Otro del inconsciente. Este Otro del saber conforma el constituyente ternario que Lacan identificó en la Proposición del 9 de octubre de 1965 como aquel a quien se le supone un saber que, como saben, es la formación pivote en la que se articula todo lo concerniente a la transferencia.

            Tanto en el saber referencial como en el saber inconsciente hay una suposición de un sujeto en relación con el saber. En el caso del texto suponemos que es el autor el que sabe. En el caso del análisis, suponemos que es el analista el que sabe. Sobre ese elemento del S.s.S., Lacan dirá que es el pivote de todo lo que se articula en relación con la transferencia. La transferencia de la enseñanza en psicoanálisis implica, por tanto, la suposición de un saber del Otro. El hecho mismo de suponer un saber sea referencial, sea del inconsciente, funda del concepto de transferencia, concepto que Lacan cataloga de fundamental entre los cuatro. La transferencia hecha a un sujeto, al que se le supone un saber, se constituye en consecuencia en el hecho fundamental para que el psicoanálisis pueda transmitirse. Para que el saber del texto sea elaborado o el saber del inconsciente sea descifrado, muchos textos de Lacan requieren también ser descifrados, solo lo pueden ser en la medida en que se suponga un sujeto que detente un saber sobre la verdad que ellos contienen. Esto es precisamente lo que nos enseña la estructura del discurso psicoanalítico, un saber supuesto, bajo la barra de lo que causa el deseo.

            Son las dos condiciones para que un saber pueda operar. Primero, que esté supuesto, justamente que esté colocado bajo la barra, lo ocupa el lugar de la verdad y justamente del saber, pero en la medida en que esté supuesto. Éste es el lugar de la verdad, abajo y a la izquierda en el discurso del analista. En la estructura del discurso de Lacan, el saber supuesto, en el lugar de la verdad conforma la función que posibilita el engranaje entre la transmisión y la enseñanza, conexión que solo podrá esperarse en el campo de la transferencia. Ahora bien, sabemos que toda transferencia se sustenta en una demanda, en el caso de un análisis, para que un sujeto lo demande es necesario que el sufrimiento del síntoma sobrepase en un determinado momento al sujeto, señalaría la conveniencia de buscar ayuda para el sujeto. El analista surge entonces como un gran Otro que puede venir a brindar esa ayuda. Busca a alguien que detente un saber sobre su síntoma y el analista en este caso va a ser instituido como una encarnación del saber del Otro, que otorgará al sujeto la solución de su sufrimiento para el paciente, que se transformará progresivamente en analizante, demanda obtención de esa significación por la vía del saber, reincidiendo de este modo, la relación del sujeto al Otro del saber, que es el Otro del significante. precisamente en este campo de la demanda se equivalen el sujeto de la experiencia psicoanalítica, el analizante con el sujeto del cartel, llamado también sujeto cartelizante o cartelizante.

            El sujeto analizante demanda del saber del Otro del inconsciente, la significación de su falta. El sujeto cartelizante demanda del Otro del saber textual o referencial una enseñanza. En las dos situaciones se trata de una demanda que presenta como destinatario al Otro del saber. Esta demanda transitiva de saber, por supuesto, deberá serle devuelta al sujeto en cada caso, tanto al analizante y al cartelizante puesto que el analizante y el cartelizante deberán ser los encargados de realizar el trabajo que les permita encontrar los significantes primordiales S1 que den cuenta del saber inconsciente de ellos como sujetos, o del saber referencial que demanda. En el cartel, al igual que en un análisis, la demanda basada en una suposición de saber funda la transferencia y, en al medida en que sea bien manejada, producirá una división del sujeto tachado ($) que lo conduce a una producción significante S1 que permitirá el desciframiento del inconsciente, o la elaboración de la teoría psicoanalítica implicada en el texto en cuestión. Para justamente diferenciar la producción significante que un sujeto analizante pone al servicio de una cura, lo que llamamos desde Lacan el trabajo de transferencia, para diferenciar esta producción significante que pone al sujeto analizante la cura, su cura, de la tarea que realiza un sujeto cartelizante a favor de la transmisión psicoanalítica, Lacan utiliza la expresión transferencia de trabajo, trabajo de transferencia, contrapuesto al trabajo de transferencia tal como lo escribe en la nota adjunta del Acta de Fundación, que dice así: “la enseñanza del psicoanálisis solo puede transmitirse de un sujeto a otro por vía de una transferencia de trabajo”. El cartel conforma un lugar en donde gracias, precisamente al establecimiento de la transferencia de trabajo, se puede realizar una transmisión del saber psicoanalítico. De la misma manera el análisis constituye el lugar donde, gracias al establecimiento de un trabajo de transferencia, se puede realizar una transmisión del saber del inconsciente. El cartel constituye, por tanto, una pieza fundamental sobre la que reposa la transmisión de la enseñanza en la Escuela.

            Hay una ética presente en el funcionamiento del cartel que se desprende de la división subjetiva causada en el cartelizante por el saber textual supuesto en los enunciados de Freud y de Lacan. Esta división muestra la inscripción del sujeto cartelizante en el discurso psicoanalítico. Compone en el cartel, como hemos anotado, a la instauración de la transferencia marcada por el trabajo que se despliega en el cartel. La causación de la división subjetiva ($) equivale a que el sujeto cartelizante sea “trabajado” por el texto al igual que en un análisis el sujeto del cartel es un sujeto del deseo.

            Hay dos vertientes o fases que discurren en el curso de una cura bajo transferencia: la primera aparece ligada al trabajo de elaboración que va a ser desplegado en el tratamiento analítico la que permite la emergencia del material asociativo, necesario para el desarrollo del tratamiento, lo que constituye, lo que llama Freud, el “motor de la cura”. Lacan hace coincidir esta faz, esta clave de la transferencia con lo que él llama “momento de apertura del inconsciente” en el Seminario XI. Es un correlato de la causación del deseo del sujeto, un correlato de la inscripción del sujeto ($), sujeto dividido.

             En la segunda vertiente, la transferencia aparece como un freno al avance de la cura. Constituye un punto de obstáculo o de resistencia. Se pude identificar la transferencia con la resistencia. Es el amor de transferencia que viene a paralizar las asociaciones. Este aspecto de la transferencia está ligado no al inconsciente como momento de apertura sino al ello, ese reservorio de las pulsiones. Esta otra faz del lado de la transferencia, Lacan la hace corresponder a un momento de cierre del inconsciente y el registro (esta cara no está ligada al sujeto) es la dimensión del objeto, es el objeto plus-de-goce. Se extrae un goce que se opone al trabajo de transferencia. Presentifica un goce que se opone al pase por el significante, propio de la división subjetiva que caracterizaría la transferencia puesta al servicio de la cura. Es en este momento donde es aún mas necesario el imperativo categórico freudiano: donde ello era (goce pulsional), yo (en tanto sujeto del deseo) debo advenir. Los mismos momentos de cierre y de apertura, de resistencia de transferencia y de trabajo de transferencia, de goce y de deseo, surgen a nivel del funcionamiento de un cartel. La transferencia de trabajo, referida en este caso a la elaboración teórica sobre el psicoanálisis, puede servir para producir un momento del inconsciente en una cura, o lo que es lo mismo, es idéntico al surgimiento de un efecto de sujeto, sujeto de deseo. Contrariamente, cuando surgen dificultades en el desempeño intrínseco del cartel, lo que Lacan llama “crisis de trabajo” es porque está operando una resistencia y es válido pensar que la inercia del objeto a como plus-de-goce está torpedeando la elaboración sostenida de la transferencia de trabajo y aquí una intervención se impone.

            De la misma manera que en el desarrollo de un análisis es necesario que en un momento de cierre del inconsciente, de taponamiento con el objeto a, se realice un nuevo arranque de las asociaciones libres, se impone en el marco de un cartel que las crisis de trabajo sean sometidas igualmente a la acción significante de la palabra. Esta es la vía para poder salir de la vertiente de resistencia y avanzar en la consecución de un trabajo. A esto apunta precisamente Lacan con el cuarto punto de formalización de un cartel: ningún progreso se puede esperar sino de la exposición a cielo abierto tanto de los progresos como de las crisis del trabajo.

            Un matemático francés que trabajó con Lacan y le colaboró en muchas cosas, dice esta frase aplicable a la estructura del cartel: “Si un grupo no puede soportar la ausencia de uno de sus participantes es porque tiene la característica borromea”. Lacan formalizó la estructura del cartel a partir de las características de borromeo que le atribuye. El matema correspondiente a esta estructura borromea del cartel fue establecido por Lacan en 1975 a propósito de unas jornadas de la E.F.P.. El matema es el siguiente: x + 1.

            A este respecto dice lo siguiente: se obtiene la individualización completa retirando ese uno (1), que en el nudo borromeo es cualquiera, es decir, lo que queda en la x en cuestión no es más que el uno por uno, es decir (+1), Más-Uno, que se descubre ser siempre posible como lo que anuda toda cadena individual. La teorización sobre los nudos que constituye una de las áreas de la topología matemática se convirtió en una de las disciplinas que más se difundió en los últimos años en la enseñanza de Lacan.

            Hay un nudo particular que tiene que ver con la función del cartel. Se trata del llamado “nudo borromeo”, llamado así en honor de una familia florentina del renacimiento que simbolizaba con él su alianza con otras dos familias. Lacan se sirve de este nudo para ilustrar o representar en el espacio la presencia en el inconsciente de sus tres registros: lo simbólico, lo imaginario y lo real. El nudo borromeo original está compuesto por el anudamiento de estos tres aros, anudamiento que va a tener la particularidad de que, si uno de los tres anillos se suelta, se obtiene la liberación, la individualización de los otros dos.

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El número mínimo de aros exigible para el nudo que presenta esta calidad es de tres. Pero la cantidad de aros puede ser infinita. De aquí surge esta proposición de la estructura x + 1 en donde x puede corresponder a cualquier número de aros, no menor de tres y el Más-Uno (+1) a la calidad borromea, al alma, porque si uno de los anillos se deshace los otros quedan sueltos.

            En los dos primeros puntos de afinamiento del cartel, como vimos, en 1980 se precisa tanto la x como la función del Más-Uno. Lacan dice:

  1. Cuatro se escogen para proseguir….
  2. La conjunción de los cuatro se hace en torno de un Más-Uno…

Es decir, x = 4; Más-Uno (+1) para que tenga la calidad borromea. Podríamos preguntarnos por qué cuatro es el número elegido para los integrantes de un cartel puesto que el Más-Uno como función está situado fuera del grupo. Lacan afirma que la palabra “cartel” evoca el número cuatro, al tiempo que alude o representa igualmente con este término a una expresión, algo como gozne o bisagra. De estos dos datos del cartel se va a soportar la función del Más-Uno, es decir, lograr la conjunción de los cuatro a su alrededor, sirviendo así de gozne o de bisagra para su articulación

            Lacan utiliza el nudo borromeo de cuatro anillos, 3+1 en su Seminario R.S.I. para representar la constitución de todo lazo o nudo social en donde el anillo del Nombre-del-Padre, es decir, la nominación operación del Nombre viene a conformar el cuarto anillo necesario para que la relación borromea se establezca. A los tres aros de lo real, lo simbólico y lo imaginario, presentes en el inconsciente, Lacan agrega un cuarto que viene a anudar a los tres anteriores. Tenemos que ese cuarto nudo es el Nombre-del-Padre.

            En la nominación del cartel, presente tanto en el tema de trabajo de cada uno de los integrantes como en el nombre del trabajo colectivo del cartel, que es el Nombre-del-Padre, haciendo función de nominación, viene a anudarse a la consistencia imaginaria del grupo, a la dimensión simbólica omnipresente en el lenguaje y a lo real que continuamente escapa a la elaboración simbólica en el cartel. Es decir, lo que ex–siste que escapa a la elaboración simbólica, lo real. Por eso Lacan dice: “a pesar de que ustedes no sean sino tres, eso hará cuatro”. De allí viene la expresión del Más-Uno. Dice Lacan que el cuatro es eso que por medio de un doble bucle soporta lo simbólico, eso de lo cual está hecho, a saber, el Nombre-del-Padre.

            La nominación es la única cosa de lo que podemos estar seguros de que hace anillo, agujero, en el sentido de la intervención de lo simbólico sobre lo real. Y es un doble bucle porque ya hay un elemento simbólico presente acá en este anillo simbólico y, el Nombre-del-Padre, es otro elemento simbólico, es otro elemento significante de la nominación. Entonces es algo así como si se necesitara un segundo elemento simbólico que venga a hacer anudar a todo esto, como si éste fuera un primer significante y este fuera un segundo significante.

            En el curso posterior de la enseñanza de Lacan, él va a proponer otros elementos que van a tener precisamente la misma función de anudamiento del cuarto anillo, la misma función de anudamiento del Nombre-del-Padre: el sinthoma, LȺ mujer, el arte de Joyce.

            El 5 de enero de 1980, el cartel es planteado como un nudo borromeo que obedece a una estructura de 4+1. El quinto anillo está representado como un (+1) que, al ser catalogado como alguien, dice Lacan, nos reenvía retroactivamente a la consideración de la (+1) persona del Acta de Fundación. Alrededor de la (+1) persona se va a producir la conjunción de los cuatro integrantes del cartel. La formalización del cartel como x+1 indica además que la calidad borromea está presente en todo elemento integral. A este respecto Lacan lo expresó muy bien: se trata de que cada uno de los integrantes del cartel se imagine ser responsable del grupo, tener como tal, como él, como el (+1) que responder del cartel. No va a imaginar eso en forma equivocada, equivocada, además, porque de hecho lo que hace nudo borromeo está sometido a esta condición: que cada uno efectivamente y no simplemente imaginariamente lo que sostenga todo el grupo, lo que explica por qué en determinado momento, si no está presente alguno de los miembros, el cartel no puede funcionar.

            Como hemos podido apreciar, la función del Más-Uno se revela compleja y llena de múltiples aspectos, por lo cual no se puede dejar de lado la conexión que realiza entre el grupo del cartel y el discurso psicoanalítico. Además, de que cada uno de los integrantes del cartel está de alguna manera atravesado por el discurso psicoanalítico. La función del Más-Uno está representada por su constitución, por su erección en el significante que ejerce la representación del grupo del cartel como tal ante el psicoanálisis. Lacan lo precisa de este modo al señalar al Más-Uno como el encargado de vigilar los efectos internos y de provocar la elaboración de un saber psicoanalítico al interior del cartel.

            El matema de la transferencia puede venir aquí a ayudarnos a ilustrar ese punto de la función del Más-Uno.

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La S mayúscula de la transferencia de trabajo, representante de los sujetos que conforman el cartel, está dirigida a Sq, S cualquiera, que debe ser alguien que cumpla con la función del Más-Uno, precisando por su intermedio al psicoanálisis como un punto que está más allá del grupo, como lo que constituye el punto de destino del trabajo del cartel. En el interior del cartel, el Más-Uno cumple de este modo una función de conector entre el grupo y el discurso psicoanalítico. De igual manera, el Más-Uno debe favorecer la identificación de cada uno de los miembros del cartel a la función de sostén de grupo, a la función de anudamiento borromeo que permite que los integrantes del cartel no se desaten. La función del Más-Uno viene a mostrar aquí lo que hace consistir al cartel como grupo. Lo que une a sus integrantes no es potestad del registro imaginario, en su conjunción con el goce real sino el elemento borromeo del nudo, es decir, el Más-Uno. Gracias a la función del Más-Uno en tanto Nombre-del-Padre despeja una vía de aproximación posible al componente de lo real de goce presente en el cartel como grupo. Ésta es la razón por lo que el Más-Uno tiene a su cargo la dirección de la empresa del cartel, pero es necesario insistir en que el verdadero Más-Uno del cartel es aquello que en su seno cumple simultáneamente la función de causa y de destinatario, es decir, el psicoanálisis mismo.

            Lacan plantea que su intención con relación al cartel era la de hacer que el psicoanálisis se sostuviera allí como un sinthoma, es decir, como el anillo que cumple la función borromea del Más-Uno como sucede en la psicosis. El sinthoma como lo que puede anudar los anillos sueltos de lo real, lo simbólico y lo imaginario en un momento dado. Entonces, con esta afirmación, el psicoanálisis como síntoma, versión de la afirmación freudiana del psicoanálisis como peste, Lacan aspiraba a que cumpliese la misma función ejercida por la nominación que hace el Nombre-del-Padre, es decir, la función de anudar de manera borromea lo real, lo simbólico y lo imaginario en el campo del inconsciente fundado por Freud.

            Lacan estableció en uno de sus seminarios: “Una cosa solo existe a partir de ser nombrada”. Nombrando el psicoanálisis, hablando de él, se asegura su existencia, su supervivencia y ésta es la pretensión lacaniana del cartel.


[1] Cfr. J. Lacan. “Acta de Fundación”, in Otros Escritos. Paidós: Buenos Aires, 2012, p. 247

[2] Cfr. J. Lacan. “Acta de Fundación”, in Otros Escritos. Paidós: Buenos Aires, 2012, p. 498

[3] Cfr. Ibidem., p. 499

[4] Ibidem.