DE LA ESTRUCTURA AUTÍSTICA[1]

Por Jean-Claude Maleval

2017-08-12


“Podría haber en esta tierra varios caminos de
Varios senderos a lo largo de la rivera de las palabras”
Deshays[2]

            La noción de estructura subjetiva autística fue introducida por Rosine y Robert Lefort en los años 1990. Despejaron ciertas características mayores, a partir de la cura de Marie-Françoise, relatado en 1980 en su texto “El nacimiento del Otro[3]”, a saber, a ausencia de alienación significante, de lalengua, de S1 y de objeto a. Sin embargo, para aprehender la complejidad de la clínica del espectro del autismo, disponían únicamente de la noción de división del sujeto en el real del doble. La explotación de esa hipótesis en “La distinción del autismo[4]” en el 2003 no aporta una contribución decisiva a la clínica de los autistas de alto nivel. Para despejar más precisamente la estructura autística, algunos pasos suplementarios parecen necesarios. Los elementos del cual disponían pueden contribuir a ello: nuevos documentos clínicos, estudios sobre la cognición de los autistas y el despejamiento del concepto de borde.

            Hoy nos parece posible aprehender la estructura autística a partir de tres características mayores:

-Una retención inicial de los objetos pulsionales.

-Una estructuración del sujeto en Otro de signos.

-Un aparataje del goce por el borde.

            La hipótesis de la existencia de una estructura autística refuerza la noción de espectro del autismo introducida en el 2013 por el DSM-5 para sustituirse a los “Trastornos invasivos del desarrollo”. ¿Es fundamentado postular posibilidades de pasaje de las formas más severas del autismo kanneriano a la socialización de los autistas de alto nivel? La trasformación de Donald Gay Tripplet, el caso no 1 del artículo prínceps de Kanner, es el más demostrativo y el menos refutable de esas posibles evoluciones. Observado en los años 1930 en el Hospital John Hopkins de Baltimore, en el 2010 disfrutaba de un apacible retiro en el Mississippi. Después de haber trabajado como cajero en el banco de sus padres, vivía de manera independiente y solo, conducía siempre su vehículo, y continuaba cultivando sus hobbies: el golf y los viajes[5]. A los tres años, Grandin era una niño muda, colérica, fijada sobre objetos giratorios, buscando estar en soledad y jugando con sus deyecciones. Ella considera, como muchos especialistas, que “la severidad de los síntomas hacia la edad de dos o tres años a menudo no tiene relación con el pronóstico”[6].

UNA RETENCION INICIAL DE LOS OBJETOS PULSIONALES

            Hoy es casi consenso que los dos signos más precoces del autismo son perceptibles muy tempranamente, el primero, hacia los 3 meses, la huida de la mirada; el segundo, hacia los 9 meses, la falta de atención conjunta. Esto último significa que cuando el niño apunta a un objeto con el dedo, no utiliza su mirada para atraer la atención del adulto hacia el objetivo de interés. Esos dos signos son del mismo orden: el niño autista no utiliza su mirada para comunicar. El fenómeno no es anecdótico: eso persiste aún en la mayoría de los autistas de alto nivel.

            Además, no son solamente interacciones escópicas evitadas por el pequeño autista: son todos los objetos que están movilizados en los primeros intercambios con los padres que son más o menos rechazados o retenidos, a saber, la voz, las heces y el alimento.

            Kanner anota primeramente la frecuencia de un rechazo precoz de los alimentos. La retención del objeto anal no es menos frecuente que aquella de la mirada y de la voz. El recurso a las lavativas es a veces necesario para evitar la oclusión intestinal.

             Por otra parte, una proporción importante de autistas permanecen mudos en sus primeros años rechazando así ceder su voz a las expectativas del Otro. Algunos sufren de ese rechazo, que va más allá de su voluntad; otros parecen retenerlo por prudencia. “¿Por qué no hablamos normalmente? -se pregunta Higashida en su computadora-. No lo sé. No es porque no queramos, es que no podemos, y sufrimos por ello.”[7]

            A Sellin le sucede el pronunciar algunas palabras, pero no puede precisar lo que determina su mutismo:

“…a veces puedo decir una cosa improvisadamente

Estoy muy sorprendida yo misma de lo que pudo

Producirse. No tengo explicación.

Pienso simplemente que es una prueba que la

Facultad de hablar existe

Queda por encontrar un medio de salir del mutismo.”[8]

            Ciertos autistas pueden testimoniar que ceder la voz es vivido como una angustiante pérdida de sustancia que equivaldría a una mutilación: “Como nos lo dirán algunos niños anteriormente mudos -nos dice Bettelheim-: no hablan porque eso vaciaría su cerebro.”[9]

            ¿Por qué la retención de la mirada? Porque, lo dice uno, es muy inquietante. ¿Por qué evitar la defecación? Por miedo, confía otro, que los pulmones exploten. ¿Por qué el mutismo? Por miedo, para algunos de vaciarse el cerebro.

            Todos esos fenómenos sugieren fuertemente que el autismo se arraiga muy temprano en un miedo de entrar en interacción con los otros, que no compete de una incomprensión de las relaciones sociales, sino de una angustia irracional que el sujeto no domina. El niño autista rechaza inicialmente el hacer entrar los objetos pulsionales en el intercambio; es lo que dice Donna Williams, subrayando que en su infancia todo lo que giraba “alrededor del acto de dar y de recibir” le “era totalmente extraño”[10].

            En el origen del autismo se encuentra una retención de los objetos pulsionales, que suscita un problema de la comunicación, ya que su cesión está en el fundamento de la entrada en la relación con el Otro. Los primeros gritos del autista son monocordes, sin modulación, en los bebés sorprendentemente tranquilos, o bien son frecuentes los aullidos que nada detiene. En los dos casos, los padres no están en posición de interpretarlos como demandas.

UNA ESTRUCTURACIÓN DEL SUJETO EN OTRO DE SIGNOS

            El grito del niño al no ser trasformado en llamado, un enganche al Otro no se opera, de manera que, como lo había anotado los Lefort, la incorporación significante no tiene lugar. De ello atestigua el testimonio convergente de los autistas para subrayar una escisión entre su intelecto y sus emociones. Desde 1944 Asperger estaba conmovido de ello. “Esas personas -afirmaba- son […] autómatas de la inteligencia. Es por el intelecto que se hace la adaptación social con ellos. Es necesario explicarles todo, enumerarles todos […]; deben aprender las tareas diarias como deberes de escuela y ejecutarlas sistemáticamente”.[11]

La no-incorporación del signo

            Los niños autistas -precisa Williams- están “secretamente atrapados en una afectividad mutilados”; “tienen sentimientos y sensaciones, pero que se desarrollaron en el aislamiento. No pueden verbalizarlo de manera normal”[12]. “El cerebro -confirma Harrison- no recibe los mensajes del cuerpo, aun si el cerebro y el cuerpo hacen su trabajo cada cual por su lado”[13]. Grandin no duda en comparar su manera de pensar a aquella de una computadora. “Recientemente asistí, lo comenta ella en 1995, a una conferencia en la que una socióloga afirmaba que los seres humanos no hablaban como computadoras. Esa misma noche, le conté a esa socióloga y a sus amigos que mi modo de pensar se parecía al funcionamiento de una computadora y que podía explicarles el proceso, etapa por etapa. Estuve un poco desconcertada cuando me respondió que era personalmente incapaz de decir cómo sus pensamientos y sus emociones se conectaban. Cuando pensaba en algo, los datos objetivos y las emociones formaban un todo […] Dentro de mí, están siempre separados”[14]. Afirma que “es una arborescencia algorítmica compleja” que le permiten tomar decisiones, y que aquellas no están comandadas por sus emociones, pero “nacen del cálculo”[15]. Un autista Asperger utiliza una fórmula impresionante para describir un constante trabajo de intelección cortada del viviente: le es necesario permanentemente para orientarse en la vida social “pensar su vida y vivir su pensamiento”[16].

            Todos los autistas que tienen un distanciamiento sobre su funcionamiento constatan, como Tammet, no comprender las emociones. “Eran cosas que me pasaban -afirma- es todo, no vienen de ninguna parte”[17]. Insisten sobre su incapacidad en atrapar y expresar el goce y la vida emocional mediante el lenguaje. “Podía decir lo que pensaba -afirma Williams-, […] pero no lo que sentía […] Estaba emocionalmente constipada”. Para expresarse, le era necesario parlotear con un aire desapegado y fortuito, “todo otra manera de hacerlo -precisa ella- habría tropezado con el obstáculo de las emociones”[18].

            Todo indica que lalengua, esa pura materialidad significante, separada de toda significación, propia para cifrar el goce, no logra extender sus raíces en el cuerpo del autista. Sin embargo, es indiscutible que está sumergido en un baño de lenguaje, y que a veces llega a apropiarse con mucha capacidad. Los autistas más severos no están fuera del lenguaje. Lacan lo subrayaba desde los años ’80: si el autista se tapa las orejas “algo que está hablándose”[19]. Las enunciaciones espontáneas de ciertos autistas mudos confirman plenamente esa constatación. Conviene entonces considerar la hipótesis que la entrada en el lenguaje de un humano pueda operarse de otra manera que pasando por el significante incorporado. ¿Cómo es eso factible? Lacan da una indicación preciosa cuando anota que la lalengua procede a “la muerte del signo”[20]; ¿habría que deducir de ello que el signo se mantiene viviente para el autista?

¿Cómo adquirir el lenguaje por el signo?

            El rechazo inicial del autista, tan a menudo mudo en sus primeros años, de hacer entrar la voz en el intercambio, lo conduce a una apropiación solitaria del lenguaje, que pasa con frecuencia por lo escrito. ¿Es posible incorporar un lenguaje cortado del goce vocal? Ciertamente, responde Lacan. La experiencia ordinaria -anota- es que todo lo que el sujeto recibe del Otro por el lenguaje, lo recibe de forma vocal. Además, añade, “la experiencia de los casos que no son tan raros, aunque se evoque siempre casos sorprendentes como aquel de Helen Keller, muestra que hay otras vías más que la vocal para recibir el lenguaje. El lenguaje no es la vocalización. Vean a los sordos”[21].

            Aunque sorda, muda y ciega, Helen Keller (1880-1968) llegó a obtener en 1904 un diploma universitario y redactó después de ello una docena de libros. Su adquisición del lenguaje fue táctil, primeramente. He aquí según su testimonio el cómo el misterio del lenguaje le fue revelado. “Alguien estaba […] lanzando agua, y mi institutriz sujetó mi mano bajo el chorro de balde que lo vaciábamos. Mientras disfrutaba la sensación de esa agua fría, miss Sullivan trazó en mi mano libre la palabra ‘agua’ […]. Me quedé inmóvil, toda mi atención concentrada sobre el movimiento de sus dedos. De pronto me vino un recuerdo impreciso como algo desde mucho tiempo olvidado y, de un solo golpe, el misterio del lenguaje me fue revelado. Sabía, ahora, que a-g-u-a designaba ese algo fría que corría por mi mano”[22]. Tal aprehensión del lenguaje puede ser calificada de puntillista e intelectual. Se distingue de la entrada por el balbuceo, rico en oposiciones estructuradas, ya que los lingüistas han constatado que las propiedades de la lengua materna ya se disciernen ahí: el balbuceo de un bebé japonés no es aquel de un inglés, ni de un francés. Además, es portador de las primeras emociones: el júbilo, el sufrimiento, el llamado que busca a esbozarse ahí. La diferencia es neta entra una entrada en un lenguaje que está de entrada estructurado y tomado por las emociones, y aquella que la aprehende de manera puntillista e intelectual. Ella comporta además consecuencias importantes.

            Subrayemos que, a pesar de los déficits cognitivos extremos, Helen Keller no tenía nada de autista. Ella experimentaba la necesidad de comunicar y por ello inventó un lenguaje de gestos. Ningún índice en ella de trastornos de la alimentación, o de la defecación, y sobre todo una voluntad encarnada de comunicar, lo que la condujo a la adquisición del lenguaje articulado. Aunque sean muy graves los déficits cognitivos, ellos no pueden generar un autismo de Kanner si el sujeto no manifiesta un rechazo de los intercambios sociales fundado en una retención de los objetos pulsionales.

            Lo es, en cambio, para los autistas para los cuales el canal táctil es una fuente importante de informaciones. Un autista mudo, que se comunica mediante computadora, afirma utilizar “una máquina como ustedes utilizan su voz”, y constata que “los usuarios de la palabra no imaginan el teclado como una fuente de comunicación”. Sin embargo, dice ella, “hacer formas bajo los dedos imprime en mi cabeza la imagen real como referencias reales dejadas sobre un camino terrestre […] Recolecto todos los elementos de un rompecabezas táctil hecho en tres dimensiones y cuento con una memoria descomunal para ligar bien las piezas entre ellas. […] Adhiero mejor a todos los usos de las cosas cuando mis manos sopesan las formas”.[23]

            En la ausencia de las estructuras gramaticales, una aproximación táctil del lenguaje se hace de manera puntillista, de manera que el niño es incitado a buscar la articulación de los vocablos en el mundo exterior. Helen Keller relata muy precisamente ese fenómeno. “Dese que pude deletrear ciertas palabras -escribe- mi institutriz me dio pedazos de cartón que tenían vocablos en relieve. Comprendí rápidamente que cada uno de ellos representaba un objeto, un acto, una cualidad. Tenía un marco en el que podía arreglar las palabras en pequeñas frases, pero me ejercitaba primeramente en situarlas sobre los objetos que representaban. Encontraba sucesivamente, por ejemplo, pedazos de cartón ‘la-muñeca-está-en-la-cama’, y yo colocaba cada palabra sobre su objeto. Después ponía la muñeca en la cama con las palabras está-en-la-cama. Eso hacía una frase y establecía en mi mente la relación entre los vocablos y el acto que, por su asociación, expresaba. La señorita Sullivan me contó que un día coloqué el vocablo ‘niña’ sobre mi delantal, luego me metí en el armario y, sobre el estante, alineé las palabras está-en-el-armario. Nada me divertía tanto como ese juego. Mi Institutriz y yo jugábamos eso horas enteras. Hacía así frases con todo lo que contenía la habitación”.[24]

            Tal aproximación del lenguaje tiende hacia una correspondencia biunívoca de la palabra (o grupo de palabras) y de la cosa. Para el autista de alto nivel, esa correspondencia responde a su expectativa, como lo subraya Nazeer “un sentido/una palabra” sería para ellos ideal.[25]

            ¿El autista aprendería el lenguaje como los sordos? Mottron discierne enseguida una diferencia: “la socialización de los sordos se hace por gestos -escribe-, la socialización de los autistas se hace mediante el escrito”. La preferencia de estos últimos por un abordaje no-social del lenguaje no deja nada de dudas.

            Sin embargo, su aprehensión del lenguaje presenta todavía otra particularidad mayor. Temple Grandin lo describió con gran precisión: “Pienso en imágenes. Para mí, las palabras son como una segunda lengua. Traduzco todas las palabras, dichas o escritas, en películas coloreadas o sonorizadas; desfilan en mi cabeza como video-cassette. Cuando alguien me habla, sus palabras se transforman inmediatamente en imágenes”[26]. Ella subraya que otro autista de alto nivel funciona de manera análoga conservando una imagen visual de todo lo que leyó o escuchó. Se trata de Vieniamin Cherechevski, del cual Luria estudió su “prodigiosa memoria” durante una treintena de años. “Cuando Vieniamin escuchaba o leía una palabra, ésta se transformaba enseguida en una representación visual del objeto correspondiente. Esa imagen era muy vívida y quedaba sólidamente fijada en su memoria”[27].

             Si las palabras constituyen la segunda lengua de Grandin, ella sugiere que las imágenes serían la primera. La intuición no puede ser sin fundamento. La inquietud que experimentan los autistas al ceder el objeto voz tiende, no solamente a volverles inicialmente mudos, sino también a incitarles a más o menos taparse las orejas frente a los dichos que le son dirigidos, de manera que las imágenes les son un canal menos inquietante para comprender su mundo, ya que son accesibles de una apropiación solitaria, de lo cual atestigua su apetencia por lo icónico, los pictogramas, las representaciones de empleo del tiempo, los directorios con fotos, etc.

Especificidad del signo forjado por el autista

            A pesar de la atracción de los autistas por un lenguaje de gestos, el signo que utilizan no es aquel de los sordomudos. Cuando entran en el lenguaje, está compuesto de una forma sonora estrechamente ligada a una imagen del referente de origen visual o táctil, menos frecuente lo es la gustativa o la olfativa. La forma sonora puede ser un vocablo, una frase, un fragmento de lenguaje, un fonema, una cifra, etc. El signo del autista oscila entre la puesta en íconos de formas sonoras, cuando el sujeto traduce estos últimos en imágenes, y la nominación de íconos, cuando la forma sonora toma sentido a partir de un ícono. “Se toma de ‘lo visual’ -afirma Harrison- para transitar hacia el lenguaje verbal y coordinar los dos”[28]. Un signo[29] así corresponde a la definición que da Lacan en 1961: representa algo para alguien[30]. A diferencia del significante, no borra la huella de la cosa, ya que subsiste una imagen de ésta; además no produce un fading del sujeto, no capta el goce y no se presta para nada al equívoco.

            El signo, subraya Jacques-Alain Miller, “si somos rigurosos en el empleo del término, está siempre en correlato a una presencia, mientras que el significante es articulación […] El signo en su uso propio -precisa- está correlacionado a una presencia de ser, mientras que el significante está siempre correlacionado a una falta-en-ser”[31]. Es justamente lo que se constata con el autista: no está en fading bajo el Otro de signos, sino es presencia inmediata a aquel. He aquí cómo la madre de Jake Barnett describe su posicionamiento: “Lo que es cierto -afirma- es que a menudo se acuerda de todo lo que aprendió un día, y esas informaciones le están inmediatamente disponibles cuando tiene necesidad. Todo el mundo, aún sus profesores de física se sirven de fichas de fórmulas. De ellos encontramos algunos en la red y ejemplares en plastificados son vendidos en las librerías universitarias. Los estudiantes son alentados a trasportarlos con ellos por todo lado, también pueden utilizarlos durante los exámenes. Nadie en el mundo sería empujado a aprenderse de memoria las fórmulas de la cual podría tener necesidad para resolver un problema matemático o científico de nivel superior. En cuanto a Jake, nunca utilizó una ficha de fórmulas en toda su vida”[32].

Las notables capacidades de memorización regularmente encontradas en los autistas condujeron a M. Malher desde los años 1960 a sostener que ellas ponían en evidencia un fracaso de la represión[33]. A propósito de Dick, niño autista de 4 años, seguido en la cura por M. Klein, Lacan no retrocedió a decir en 1954: “He ahí un caso donde es absolutamente manifestó que no hay ningún tipo de inconsciente en el sujeto”[34]. Es lo que Grandin, a una edad adulta, examinando su funcionamiento, no duda en afirmar en varias ocasiones: “Ignoro por qué no tengo inconsciente -escribe- pero pienso que está ligado al hecho que mi ‘lengua materna’ se compone de imágenes y no de palabras”[35]. Si tomamos al inconsciente a partir de la represión freudiana, su opinión no es sin pertinencia; en cambio, si tomamos en cuenta, con el último Lacan, la economía del goce aparece como difícilmente sostenible: la creación de un borde para aparejar el goce no compete ni de un aprendizaje, ni de un proceso voluntario, aunque los autistas tengan la ilusión de tener de ello un dominio. Además, la retención inicial de los objetos pulsionales se impone antes de toda elección voluntaria posible. La ausencia de fading del sujeto autista no equivale a la abolición de su inconsciente.

Los signos con los cuales el autista memoriza poseen dos diferencias mayores con los significantes que constituyen el inconsciente freudiano. Por una parte, y es esencialmente lo que describe Grandin, hablando de “pensar en imágenes”, se quedan parasitados por el referente, no borran la huella de la cosa representada. Por otro lado, no tienen la propiedad intrínseca de la lalengua de hacer de depósito al goce, lo que todos los autistas subrayan notando la ausencia de conexión entre el lenguaje y la vida emocional. Los Lefort ponían el acento sobre este punto: “en la estructura autística -afirmaban- el significante falta para convertirse en cuerpo y falta así a hacer afecto”.[36]

El significante es articulación, no tiene sino valor diferencial; el signo está aislado y se relaciona únicamente con una imagen. El significante que emerge del balbuceo está a la expectativa de confirmación por el Otro de la sensación que le suscita; al contrario, el signo utilizado por el autista se presta fácilmente a una aprehensión solitaria fundada sobre una imagen visual o táctil. La hiperlexia de varios entre ellos es de ello una confirmación asombrosa. Cuando su hijo tuvo cuatro años, la madre de Barnett constató que sabía leer. Además, ella no tenía ninguna idea de la manera en la que lo había aprendido. Supuso que había que darle el crédito a un dibujo animado que a su hijo le gustaba.

Es frecuentemente subrayado que los autistas poseen una propensión a una comprensión literal de manera que tienen horror al equívoco. “No me gusta -afirma Tammet- cuando las mismas palabras pueden reenviar a dos cosas totalmente diferentes”. Los autistas querrían, como lo subraya Nazeer, una codificación que haga corresponder cada sentido a una palabra.

Por su ambigüedad sonora, y por su aptitud a entrar en las redes de oposiciones, el significante se presta al equívoco, a la metáfora, al humor, a la ironía. El signo lastrado de la imagen no posee esa propiedades. Queda completamente anclado en la situación de aprendizaje. “Si aprendía algo de pie en una cocina con una mujer un día de verano -relata Williams- la lección no evocaba nada si me encontraba en la misma situación en otra habitación con un hombre en un día de invierno”[37]. Una de las consecuencias mayores de ello es la dificultad a menudo observada en cuanto a la generalización de lo adquirido.

En esas condiciones, ¿cómo llegar a formar conceptos? Uno de los medios puestos en obra por Grandin consiste en reunir bajo una misma forma verbal un conjunto de imágenes particulares. “Por ejemplo, en mí, el concepto de perro está inextricablemente ligado a cada uno de los perros que he conocido en mi vida. Es como si tuviera un archivero con la fotografía de todos los perros que he visto, y no cesa de enriquecerse en medida que añado nuevos ejemplos en mi videoteca. Si pienso en los daneses, el primer recuerdo que aparece en mi cabeza es aquel de Dansk, el perro del director de mi colegio. El segundo danés que vi es Helga, que vino después de Dansk. El tercero es el perro de mi tía en Arizona. La última imagen es aquella de una publicidad para forros de asiento para carros en la que vi un perro de esa especie”.[38]

Para atrapar los términos abstractos, los autistas no poseen otro recurso que el intentar ligarlos a imágenes. Para comprender el proverbio “Piedra que rueda no cría musgo”, Grandin explica a Sacks: “es necesario que imagine el video de una roca que se desprenda del musgo resbalando una pendiente antes de poder pensar en lo que esas palabras ‘quieren decir’”.[39]

La adquisición de los conceptos relativos -anota Peters- es difícil para los autistas, “ya que palabras como ‘grande’, ‘pequeño’, ‘estrecho’, ‘sobre’, ‘del otro lado’, toman su sentido en relación con el contexto y en relación con que tienen con las otra palabras de la frase”. Nota muy justamente, para hacer comprender a un niño autista los conceptos de ‘grande’ y ‘pequeño’, “habría que poder comunicarle su significación partiendo de una percepción “literal”: esto es ‘pequeño’, tomado en sentido absoluto, y aquí ustedes ven el sentido invariable de ‘grande’. Desgraciadamente, eso es imposible”[40]. La dificultad con los términos abstractos y con los términos relativos está en la misma fuente para una gran parte: la no-disponibilidad de un recurso al valor diferencial del significante.

Sin embargo, pensar con signos no presenta únicamente inconvenientes. No teniendo capacidades de combinación y de sustitución del significante, la aptitud del signo para la abstracción es menor, de manera tal que se impone una suma intensa y continua de elementos poco conectados entre ellos. De ello resulta una estimulación de la memoria muy característica.

Ciertos autistas traducen inmediatamente las palabras en imágenes. De ahí que es suficiente una imbricación un poco más estrecha de los elementos del signo para que surjan fenómenos cinestésicos, conduciendo a Tammet por ejemplo a percibir que nació “un día azul”.

Las capacidades mnémicas excepcionales de Tammet y de Cherechevsky toman su fuente en un tratamiento del signo que le permite transformar una serie de palabras o de cifras en un rango de imágenes de las cuales no tiene necesidad de memorizar. Le es suficiente grabarlas parar tener una vista clara y estable disponible a voluntad[41]. Tammet pudo memorizar y restituir los 22500 decimales del número pi porque los números se transformaban para él paisajes que el eran fáciles de retener[42]. Borrando la huella de la cosa, el significante corta todo acceso a l alas sinestesias; al contrario, el signo posee una potencialidad de adjuntar una imagen y eventualmente sensaciones a la forma sonora.

En concordancia con las propiedades del signo puestas en evidencia más arriba, los estudios de psicología cognitiva postulan que en los autistas hay “un rol preponderante de los aspectos perceptivos”. Su investigación de las reglas para organizar un caos inicial parece darles una gran capacidad para detectar las regularidades en las cosas percibidas. En resumen, según Mottron, una de las características de la inteligencia de los autistas se sostiene en que presentan en ciertos dominios “un sobrefuncionamiento perceptivo”[43]. Por convergente que sea esa tesis con la aprehensión del autismo como un sujeto del signo, deja fuera de su dimensión todo lo que resalta en el espectro autista sobre la economía del goce.

La “fragmentación coherente” del Otro de los signos.

            Los significantes son tomados de entrada en sistemas que los organizan; mientras que los signos del autista son inicialmente aprehendidos uno por uno. Sin embargo, no se quedan aislados, no son solamente términos-etiquetas, el sujeto los organiza en su memoria de una manera que le es propia, y que le permite hacerlas entrar en relaciones de oposiciones mutuas. Cuando Grandin es obligada a recurrir a íconos talles que “una paloma o un calumet” para representarse la noción abstracta de paz, no es solamente por aparejamiento de esos vocablos a la imagen de un referente: ella las inserta en relaciones de oposiciones con otros pájaros para la paloma, y para el calumet con otros objetos que se fuman.

            Debido a la apropiación aislada de cada signo, el autista está en búsqueda de reglas para organizar las relaciones de los unos a los otros. Encuentra la relación principal entre ellas en el orden de las cosas, de ahí la importancia que da a la inmutabilidad (sameness).  Quebrantar ésta conlleva al frágil ordenamiento de los signos.

            El aparejamiento de la forma sonora con una imagen hace un signo, según Harrison, “una dato aislado”, o según Dawson; “un elemento indivisible de información”[44]. Su registro es más complejo que aquel de las fotografías: la percepción de esos sujetos -contesta Mottron- “no es estática”, puede ser “multimodal (sinestesias) y autoriza manipulaciones sobre el material memorizado”[45]. En efecto, parece que los signos son ubicados en conjuntos organizados de diversas maneras, propias de cada uno.

            Harrison da una descripción muy detallada de la construcción de su Otro de signos. Ella caracteriza su memoria por “una fragmentación coherente” que presenta las características siguientes: “el registro de cada dato -escribe- es muy preciso y se hace con una estructura estática. Cada imagen es minuciosamente diferenciada de las otras. Todos los detalles de cada dato son retenidos tal como fueron percibidos. Sin matiz alguno. Y cada dato esta aislado al principio para enseguida ser clasificado al mismo tiempo que se mantiene independiente. El registro es comparable a la realización de un rompecabezas. Finalmente, se ve todas las piezas únicas que nos permiten enseguida ver la imagen global. Las piezas están asociadas y no en interacción. La imagen global del rompecabezas (también llamado “mapa geográfico”) se agranda sobre la marcha, según la cantidad de piezas que se logre adjuntar, sean las piezas en las cuales se encuentra cierto sentido con el fin de ligar las unas a las otras. Esas pequeñas imágenes globales constituidas de varios fragmentos de información, muy bien definidos los unos en relación con los otros, se funden en un gran mapa geográfico en cada registro.”[46]

            Muchos artistas describen la rememoración como siendo la lectura de una copita mental de ese tipo. Grandin propone una analogía similar invocando “un programa de animación gráfica”, y precisando que su memoria está constituida por una gran parte de un stock fotográfico de páginas impresas.

            Los signos memorizados por los autistas más severos parecen quedarse poco organizados -de ahí la importancia que toma para ellos algunas regularidades discernidas en el mundo de las cosas. Sin embargo, mientras más progresan sobre el espectro del síndrome más se desarrolla su capacidad para movilizar y combinar los signos. Algunos se vuelven aptos en la creación de obras imaginativas, pero es sobre todo en los dominios científicos y técnicos que encuentran más fácilmente el despliegue de una inventiva.

            El sujeto del signo no está en capacidad de operar un ciframiento del goce por el S1 que permite extraer un objeto a. Sin embargo, el signo constituye un símbolo que opera una muerte de la cosa, permite evocarla en su ausencia, de manera que, aun si guarda una huella de la cosa representada, el autista resulta a pesar de todo un sujeto afectado por el traumatismo de la lengua, de lo que testimonia el agujero real angustiante al cual está cuando ha construido borde alguno.

            Es posible que la propensión del autista a poner en imágenes los elementos sea uno de los elementos que le llevan a representar el lugar de su dinámica en un objeto que apareje su goce. Éste último es tan específico del sujeto del signo que la clínica ha impuesto la introducción de nuevos conceptos para rendir cuenta de ello: “el objeto autístico” de Tustin, “el interés específico” de los modernos manuales de psiquiatría, y el “borde” para la aproximación lacaniana. Éste último constituye la construcción defensiva mayor para el autista que busca salir de su solitud. La retención de los objetos pulsionales y el Otro de los signos caracterizan la estructura autística. Precisar la acepción de este término cuya equivocidad no complace a los autistas es ahora necesario.

APAREJAMIENTO DEL GOCE POR EL BORDE

            Los psicoanalistas que han trabajado con niños que presentan formas severas de autismo constatan de manera concordante que a menudo éstos están preocupados por los agujeros, sean los agujeros de su cuerpo, o aquellos de su ambiente.

            El primer niño autista que encontré en un hospital, después de haberse fugado por los corredores, comenzaba invariablemente las sesiones taponándose con plastilina todos los agujeros de la habitación y luego su pupo. Tal observación es muy común. Los autistas pre-kannerianos están preocupados particularmente por los agujeros, aquellos de su cuerpo, pero también por aquellos de su ambiente. Los agujeros de los W.C. o aquellos de los lavabos frecuentemente suscitan su inquietud. Éric Laurent subraya “una intolerancia al agujero” en los autistas[47]. El encuentro de éstos moviliza angustias de pérdida, según Tustin, como “un agujero negro lleno de criaturas amenazantes”[48]. Malika lo confirma cuando, confrontada a un agujero en una silla, se pregunta, inquieta, “¿no va a salir una muñeca apabullada si no tapas[49] ese agujero?”, de manera tal se pone a taponarlo plastilina, comentando: “Tapone el agujero para que no salga ninguna muñeca apabullada de adentro”. En una sesión precedente había dicho: “Perder la caca, es estar apabullado” y en otra se preguntaba: “Cuando la muñeca está apabullada, ¿tiene agujeros?”. Malika no había elegido objeto autístico. Sin embargo, la plastilina utilizada como tapa-agujeros parece emparentarse con la función de cápsula de ese objeto tal como lo concebía Tustin.

Nacimiento del borde

            La insistencia de esta psicoanalista inglesa sobre un proceso de encapsulamiento con la ayuda de construcciones de objetos producidos por el niño autista a incitado a Éric Laurent desde 1992 a considerar el retorno del goce sobre un borde[50] constituía un elemento mayor del funcionamiento autístico. Sin embargo, la aprehensión del objeto autístico por Tustin como haciendo obstáculo a toda asunción de la pérdida condujo lógicamente a Tustin a considerar éste como un objeto patológico. Además, muchas encarnaciones del borde, como un ventilador, una máquina de lavar, llaves, etc. no inducen a privilegiar la imagen de un caparazón. De hecho, más bien parece que éste presenta el riesgo de inducir al error.

            Atrapar el nacimiento clínico de un borde es un medio privilegiado para discernir sus funciones. Desde esta óptica, Bettelheim y Tustin han recogido dos documentos excepcionales. El primero constata como decisivo en el progreso de la Laurie, una niña muda de 7 años, el momento en el que ella comenzó a rasgar papel en cintas largas y hacer con ellos fronteras. Esas “fueron sus primeras actividades espontáneas, deliberadas, y sobre todo, simbólicas. Ellas eran verdaderamente su invención, su creación a partir de materiales externos, con el fin de dominar las tensiones internas”[51].  Esta actividad comenzó un día inmediatamente después que ella fue al baño. Durante horas, a partir de hojas de papel, ella producía largas cintas rasgando concéntricamente a partir de un borde hasta que llegó al centro. Ella perfeccionó este procedimiento comenzando por un recorte del centro seguido de su rechazo acompañado de una expresión de disgusto[52]. Con la ayuda de estas cintas de su fabricación, creó fronteras entre su mundo propio y el resto del mundo.

            El borde así creado se funda en una pérdida dominada que permite generar un objeto protector utilizado, no como caparazón, sino como frontera. No tapona un agujero: lo cierne.

            El procedimiento utilizado por David, en niño caparazón de Tustin, es algo similar. Se trata de un niño mayor que Laurie. Tiene 14 años, de manera que la puesta en imágenes se muestra más elaborada. La creación se extiende en varias sesiones, pero ella responde a la misma secuencia anterior. El fenómeno toma su fuente en la cesión de un objeto corporal, las heces para Laurie, el pus de un absceso para David. Con el fin de tratar ese agujero angustiante, el primero opera la pérdida de un objeto “repugnante”, el segundo concretiza el objeto que sale de él, confeccionando “un monstruo con ojos de muerte”. Así, uno erige una frontera protectriz directamente tomada del agujero: mientras que la otra confecciona una armadura para protegerse “del monstruo en el agujero”[53]. A pesar de las prevenciones en relación con el objeto autístico, Tustin nota que el hecho de revestirlo constituyó un “progreso” en la cura[54]. Además, cuando se examina esa armadura de cartón, de la cual las fotos están insertadas, se nota que no es un caparazón compacto: está constituido por dos partes, una cara y una mano, ellas están devanadas, no ligadas entre ellas, mientras que el rostro lleva una huella de agujeros, ya que tiene ojos, una boca y orejas. Tustin no repara el hecho que esa armadura es porosa.

            Una de las funciones iniciales del bordes es proteger del agujero, pero no en el sentido de taponarlo, el objetivo es más bien de circunscribirlo. Cerniendo el agujero real, el borde permite transmutar éste en una falta, menos inquietante, con la cual el sujeto puede compensar.

            La constitución del borde recae sobre una primera sustracción de goce que introduce en la economía del sujeto, lo que Éric Laurent nombró un “en-forma”, no del objeto a, sino de un objeto perdido. Que el borde sea un objeto que se puede perder, se lo constata inmediatamente cuando se observa la propensión del autista a pegarse a las formas iniciales de aquel, o a nunca separarse de él. Introduce un corte en el goce, lo pone a éste a distancia, e instaura un lazo del sujeto al objeto. Es un operador de captura y de tratamiento del goce, encarnado en un objeto concreto, en una imagen, en una persona, o en un conjunto temático de signos. Si el psicótico tiene el objeto en su bolsa, el autista, conserva el objeto perdido a la mano, alojado en un en-forma.

            Muchos de los intereses específicos parecen responder a la misma lógica que la de los primeros bordes: sacan su fuente de un trauma del cual desarrollan un saber protector. Un niño autista que presenció la muerte de su abuelo por paro cardíaco durante un paseo no lloró su muerto, sino que desarrolló un interés por las enfermedades cardíacas, y leyó todos los libros que pudo encontrar sobre las patologías del corazón.

            Tres elementos a menudo intricados son constitutivos del borde: el objeto autístico, el doble y el interés específico. La máquina de Joey, considerada como lo que le provee la electricidad que le hace funcionar, es a la vez un objeto autístico del cual no puede separarse, él mismo siendo una máquina, y la fuente de su interés específico, ya que se volverá electricista. Un punto mayor común reside en la excepcional investidura libidinal en cada uno de los elementos. Todos son el objeto de una intensa pasión.

            La crítica mayor de los cognitivistas en la óptica de la aproximación psicoanalítica consiste el subrayar que el niño autista se interesa mucho en su ambiente, aun si lo hace de manera lateral, de manera que el autismo no tendría que ser aprehendido como un proceso de retraimiento social. La retención de los objetos pulsionales objeta a esa crítica, es poco contestable que exista una fuga inicial de las interacciones sociales. Al contrario, es exacto decir que la creación del borde no está al servicio del encapsulamiento. Los testimonios de los niños autistas convergen para afirmar que sufren de su solitud y que trabajan para intentar volver a unirse al mundo.

El borde centro motor del goce

             El retorno del goce sobre el borde, según la expresión de Éric Laurent, consiste en un tipo de desvío sobre ese objeto de un goce en exceso que produce entonces una animación del sujeto. Durante muchos años, fue necesario que Joey esté conectado sobre su máquina, en la Escuela Ontogénica de Chicago, para poder funcionar gracias a la electricidad que suponía que le preveía. Con la ayuda de ésta, lograba aparejar el goce pulsional: ella hacía posible la defecación calentando las heces, regulaba la alimentación cuando le acompañaba al comedor, era portadora de un altoparlante para tratar la voz, y conllevaba varias bombillas eléctricas que captaban la mirada.

            Dándose la ilusión de estar conectado con una máquina, o con un doble, el niño autista se consuela de su sentimiento de no estar vivo, de no tener energía propia, y se descarga de tener que tomar decisiones. Las emociones sentidas por el autista, no siendo interpretadas por el signo, son aprehendidas como el ascenso de una marejada angustiante. Hacerse la marioneta de un borde que capitaliza el goce es una manera de intentar librarse de él. Varios han explicado haber querido ser una máquina o un robot para no experimentar emociones.

            Del hecho de la no-cesión de los objetos pulsionales, la dinámica deseante no se construye, lo que incita a veces a los observadores a hacer referencia a una “enfermedad de la voluntad”[55]. El autismo, afirma Donna Williams, había sido mayor que el menor anhelo personal. “Mis primeros ‘anhelos’ -dice- fueron copiados de aquellos otros (a menudo inspirados por la televisión)”. De niña, se experimentaba como “sin fundación”, de manera que “se parecía a una persona bajo hipnosis, totalmente abierta a una programación, o a una reprogramación, sin identificación personal.”[56]

            En las curas individuales de autistas severos, cuando el terapeuta llega a hacerse aceptar, el niño lo sitúa como centro motor de su goce, instaura una relación fusional con él, de manera que se convierte un doble dinámico.

            Peter, un niño autista de diez años, según su terapeuta “vivía toda relación como un abandono de su identidad y como una fusión con la otra persona”[57]. “Al principio -escribe Mira Rothenberg-, yo era su fuerza, su salud, su contacto con la realidad, su creador y su salvador. […] Estaba frente a frente de mí en un estado de profunda y total dependencia. […] Yo le daba mi energía y le dejaba depender de mí y nutrirse de mi fuerza […] Él nunca quería asumir ninguna responsabilidad en la vida, como si no se interesara más que a su mundo imaginario. Cuando le pedía escoger, siempre respondía: “¿Qué es lo que Mira prefiere?” […] Aún en su sufrimiento, rechazaba toda responsabilidad. Gritaba, lloraba y era necesario ser un poco detectivesco para llegar a descubrir dónde le dolía. Jamás lo decía”. Repetía a menudo: “Mira debe decidir por Peter. Eso le hace bien. Eso le hace sentir bien”[58]. Esta viñeta clínica pone particularmente en evidencia que el tratamiento de la falta es remitido al borde protegiendo así al sujeto de tomar el riesgo de comprometer su deseo.

            La conexión se vuelve más discreta y menos permanente a medida que el espectro del autismo avanza hacia el polo donde éste a veces se vuelve socialmente invisible. No obstante, una autista sueca de alto nivel, como Gunilla Gerland, relata el tener todavía necesidad de un apoyo sobre un borde para iniciar sus conductas. “Muy a menudo -escribe-, es más fácil si tengo a alguien conmigo cuando debo hacer algo por la primera vez, ya que puedo, de cierta manera, fiarme de su sistema nervioso. Para ello, me he servido de la gente. He podido hacer semblante de pedir su compañía cuando en realidad, tenía necesidad de una escolta. Me las he arreglado para llevar alguien conmigo para visitar un museo o una galería a la que nunca había ido antes, con el solo objetivo de poder regresar de ahí sola más tarde sin dificultad. A veces, hubiese querido, como un computador en una red, poder conectarme con el sistema nervioso de alguien más para servirle de él en tales circunstancias, en lugar de tener que llevarle conmigo, y estar obligado a encontrarlo y actuar al mismo tiempo.”[59]

            La ayuda a la que Temple Grandin recurría con su máquina para abrazar era intermitente también. Era suficiente que se aloje en ella durante un cierto tiempo para obtener ahí una regulación de su goce. La construcción de ese borde complejo amerita que nos detengamos en ello porque parece poner en imagen el encapsulamiento autístico concebido por Tustin. En un primer análisis, la estancia en esa máquina, cuyas paredes debían abrazar estrechamente a Grandin, parecían permitir operar un retorno del goce fusional compartido que caracteriza el lazo a los bordes iniciales. Además, ella confía que esa máquina toma su fuente en “un tipo de caja que parece un ataúd”[60], y ella toma su modelo de lo que se convirtió una especialista mundial, a saber, según sus propias palabras, “una de las máquinas para matar más eficaces del mundo”[61]. Grandin no guarda en secreto que ella se aloja en aquella caja como lo hace una vaca, y que ese animal es para ella un doble. Además, cuando sale de él, es para ir hacia la muerte. Que esa máquina tenga función de tratara el trauma de la muerte por las salidas reiteradas de su protección, Grandin no está lejos de concebirlo. “La mayoría de la gente -escribe- no se da cuenta que la muerte en los mataderos es mucho dulce que la muerte natural. Los animales salvajes mueren de hambre o son víctimas de los depredadores o bien fallecen a causa del clima. Si tuviera elección, quisiera más bien pasar por un sistema de matanza industrial antes que de hacerme arrancar las tripas por los coyotes o los leones.”[62]

            Una de las características del autista de alto nivel es la de estar advertido de un vaciamiento del goce excesivo del borde. Las cortes reiterados operados por Grandin en la fusión restaurada con el borde parecen haber contribuido a ello. No es sino tardíamente, en 2010, que menciona que su máquina se rompió y que ella no la reparó. A pesar de todo subsisten dos intereses específicos que mediatizan sus relaciones sociales, uno por las trampas de ganado y el otro por el saber acerca del autismo.

El vaciamiento del borde

            El vaciamiento del borde se produce en ocasión de decisiones mayores asumidas por el autista de proceder a una pérdida que recae sobre él. La propensión del sujeto del signo a recurrir a las imágenes le permite a veces escenificarla. La cesión de goce aun puede advenir cuando el sujeto toma el riesgo de deshacerse temporalmente de su sistema de protección con respecto a los intercambios sociales, lo que equivale a una desinvestidura parcial de la función del borde.

            Williams sufría durante mucho tiempo de la presencia de sus compañeros imaginarios que le permitían ciertamente una adaptación social pero que hacen persistir una cierta vivencia de su “mutilación psíquica” cuando ella se conectaba con ellos. Es por lo que discernió que su evolución debía pasar por la desaparición de la “parte de ella misma” que ellos representaban. En la adolescencia, intentó separarse de Willie. “Decidí matar a Willie -escribe-, ese otro yo mismo siempre en cólera”. “Se me había dado -relata- una muñeca que tenía un pequeño niño vestido con un jean y una camisa. Yo lo envolví en un pedazo de tela roja escocesa, un material que mi abuela amaba […] Me busqué una pequeña caja de cartón que pinté de negro. Esperé que no haya nadie en la casa, después partí hacia el estanque de peces en el cual sumergí mi personificación simbólica de Willie en su ataúd negro, borrando minuciosamente toda huella del funeral”[63]. Carol y Willie, esos dos elementos del borde de Williams le proveían una “protección anestesiante”[64] que le permitía “suprimir” las emociones[65]. El asesinato imaginario de Willie no fue realizado inmediatamente: todavía fueron necesarios varios años antes que su desaparición sea asumida, pero revela cómo un autista de alto nivel llegó a tratar su borde: por un vaciamiento progresivo de lo que le constituye por lo cual disminuye el goce que está adherido a ello.

            Williams subraya la importancia que toma para ella la cesión de uno de sus bordes, su primer libro, aceptando separarse de él mediante la publicación. La noticia de la aceptación de su manuscrito la sumergió en una viva inquietud. “Las vidas de Carol, de Willie y la mía iban a ser expuestas a través del mundo. Yo era la persona más evasiva que conocía y en poco iba a ser la más pública […] Tenía pena de pensar que se trataba de mi libro. Perdía todo control, otros iban a leer mis palabras. Tuve ganas de encontrar cada ejemplar, rasgarlo y de quemar sus pedazos.”[66]

            Algo decisivo para ella fue el descubrimiento tardío que “para pensar y sentir, una cosa debía tener un sistema nervioso”[67]. Le fue muy difícil el aceptar que los objetos estén muertos, “sin conocimientos, sin sentimientos, sin volición”. Ese vaciamiento del goce del borde, que ella asocia a la desaparición de sus compañeros imaginarios, le dio el sentimiento de ser abandonada por las cosas que le habían aportado seguridad. Sin embargo, persistió en tener ciertos objetos a distancia de esa nueva lógica material, en particular dos peluches bautizados “Oso Orsi” y “Perro viajero”. Éstos le servían para establecer “puntos con el mundo exterior”[68]. Esto es un índice que el vaciamiento del borde es un trabajo progresivo que se opera por una reiteración de cesiones de goce.

            Este proceso puede insertarse en la cura de un niño autista e introducir ahí escansiones decisivas. Dibs produce de ello una representación cuando finaliza su psicoterapia por una captura de su voz y una escenificación de su pérdida. “Escúchame bien, magnetófono -dice. Tu vas a capturar y guardar mi voz […] Voy a hacer una grabación larga y la guardaremos para siempre y por siempre. Será solo para nosotros dos”[69]. Insiste sobre el hecho que su psicoterapeuta debe guardar la grabación: “Acomode esta cita -dice-, póngala en la caja y acomódela, y guárdela solo para nosotros dos”[70]. Esa asunción de una cesión de goce se acompaña de una puesta en juego de la dimensión de la falta en su relación al Otro. sabe que las vacaciones de verano van a interrumpir su psicoterapia que llega a su fin. “¿Acaso voy a hacerle falta?”[71]. Ahora, algo puede faltar tanto al sujeto como al Otro, y sin embargo no está perdido, sino captado por un continente que permanece accesible. Dos años y medio después de la finalización de la cura, cuando su terapeuta encuentra a Dibs, constata que desarrolló un interés específico en el dominio de la botánica, derivado del árbol que fue uno de sus objetos autísticos.

            La evolución del trabajo de Joey, en niño-máquina de la Escuela Ortogénica de Chicago, muestra una sucesión de elaboraciones del borde, que pasa de máquinas temibles a formas cada vez más humanas y acogedoras. Kenrad, que tiende a remplazar la máquina por el tratamiento del goce anal es todavía todo poderoso y peligroso, su defecación es un acontecimiento cósmico inquietante. Mitchell, a quien Joey se junta, es un niño protector con él, cuya defecación no produce ya explosiones y destellos. Valvus, el compañero imaginario que es su sucesor podía ponerse en regla por sí mismo, podía abrirse o cerrarse como una valva cuando era necesario. Con él, Joey logró un control de su propia eliminación que le angustiaba tanto. Se observa netamente que el progreso de las encarnaciones del borde se hace por vaciamientos reiterados del goce excesivo atribuido a aquel. Así, parece que, borrando los dobles, Joey pudo lograr reducir su borde a su interés específico que constituía para él las máquinas eléctricas ya que había hecho de ello una profesión, la de ocuparse de ellas.

            El Otro de los signos que no conoce la represión induce regularmente el desarrollo de capacidades mnésicas excepcionales. Ciertos autistas hacen un interés específico de sus talentos en ese dominio, del cual tratan de sacar algunos provechos y algunos intercambios sociales. Entre sus diferentes oficios “provisionales”, Vienamin Cherechevsky intentó hacer una carrera de mnemonista, haciendo un espectáculo. Sin embargo, le sucedió el encontrarse saturado por su memorización sin límite. No logrando borrar las huellas que le habían sido dadas en las tandas precedentes, temía que ellas se superpusieran, lo que le conduciría a hacer errores. Entonces, intentó ponerlas por escrito y quemar los trozos de papel sobre los cuales escribía lo que debía olvidar. No obstante, esa pérdida concreta puesta en imágenes no funcionó. “Había tenido esa noche -comenta- tres tandas consecutivas. Me sentía fatigado físicamente y me preguntaba cómo llevar una cuarta tanda. Tenía la expectativa de ver las surgir las cifras de las tandas anteriores…Estaba lleno de angustia… ¿Vería en un instante aparecer el primer pizarrón? Me decía: quiero-no quiero…Y durante ese tiempo el pizarrón no siempre aparecía. La razón era comprensible: ¡es porque no quiero! ¡Ah! Entonces si yo lo quiero no aparecerá… ¡Entonces, simplemente era necesario tomar consciencia de ello!”. Cosa sorprendente -comenta Luria-, ese procedimiento resulta eficaz. Si se concibe que se trata de una decisión asumida de despegarse de una parte de su borde, introduciendo una falta pacificante en él, el fenómeno aparece menos sorprendente. La modificación de la posición subjetiva de Vieniamin que acompaña ese despegamiento salvador parece confirmarlo: “Me sentí entregado de un solo golpe -constata. La certitud de estar a salvo de mis errores me dio confianza. Hablo con más facilidad, me permito el lujo de hacer pausas, sé que puedo impedir la aparición de las imágenes. Me siento perfectamente bien”[72]. Logró así tomar a su cargo una parte del goce que atribuía a su borde.

            El vaciamiento del borde permite a los autistas de alto nivel remediar el problema inicial de la comunicación que toma su furente en la retención de los objetos pulsionales. Grandin lo expresa muy claramente: “algo -escribe- sucedió a lo largo del proceso que desconectó el ‘hilo’ en su cerebro qui vincula un hijo a su madre y a los otros seres humanos que le ofrecen su afecto. No es sino en el momento en el que era algo mayor y algo competente para construir la máquina para abrazar que la conexión fue reparada”[73]. Si el enganche al Otro es restaurado, pareces sin embargo que debe persistir el ser mediatizado por un borde, lo más frecuente reducido al interés específico. “La invención es el único ‘remedio’ del sujeto autista, subraya Éric Laurent, y debe, cada vez, incluir el resto, sea lo que sigue estando en el límite de su relación al Otro: sus objetos autísticos, sus estereotipias, sus dobles.”[74]

Que la evolución del borde se produzca por saltos creativos generados por la asunción de una pérdida, y que las angustias iniciales del autistas tomen su fuente en la retención de los objetos pulsionales, son nociones que permanecen necesariamente extrañas a los acercamientos cognitivistas, aún a los más pertinentes que incitan a apoyarse en los “puntos fuertes” para el tratamiento, es por lo que, a displacer de los especialistas, la aproximación psicoanalítica se mantiene como imprescindible para orientarse en el trabajo con los autistas. Ella conduce a diferenciar una estructura que produce un bordaje del goce de aquella que produce un rechazo o una invasión. Una y otra siendo todavía siendo algo que hay que distinguir de aquella que produce la caída del objeto a

            Las angustias ligadas a la cesión de los objetos pulsionales incitan a los autistas a una apropiación solitaria del lenguaje, que conduce a sobrevalorar en ese proceso las percepciones visuales y táctiles, generando así un privilegio por el signo. De ello resulta una alienación en otro de signos, organizado en gran medida con ayuda de elementos externos, que hacen posible el tratamiento de la separación por un en-forma del objeto perdido. Si es verdaderamente así, el autista aportaría una confirmación inesperada de la enseñanza de Lacan, según la cual el humano se estructura en el lenguaje, revelando que existe otra manera de lograrlo que por medio del significante.


[1] Texto base de la presentación de J.-C. Maleval el 12 de agosto del 2017 durante la V Semana del Autismo en Bogotá-Colombia, organizado por la FAPOL y por los Observatorios de políticas del autismo.

Traducción del texto por Patricio Moreno Parra.

[2] A. Deshays. Libres propos philosophiques d’une autiste. Presses de la Renaissance. Paris. 2009, p. 28.

[3] Lefort R. et R. Naissance de l’Autre. Seuil. Paris. 1980.

[4] Lefort R. et R. La distinction de l’autisme. Seuil. Paris. 2003.

[5] J. Dovan & Zucker C. Autism’s First Child. Atlantic Magazine. October 2010. http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2010/10/autism-8217-s-first-child/8227/

[6] Grandin T. Penser en images. [1995] O. Jacob. 1997, p. 66.

[7] N. Higashida. Sais-tu pourquoi je saute ?  Les Arènes. 2014, p. 46.

[8] B. Sellin. La solitude du déserteur [1995]. Laffont. Paris. 1998, p. 25.

[9] B. Bettelheim. La forteresse vide. Gallimard. Paris. 1969, p. 89.

[10] D. Williams. Si on me touche, je n’existe plus. Robert Laffont. Paris. 1992, p. 66.

[11] H. Asperger. Les psychopathes autistiques pendant l’enfance [1944]. Institut Synthelabo. Le Plessis Robinson. 1998, p. 86.

[12] D. Williams. Si on me touche, je n’existe plus, op.cit., p. 301.

[13] B. Harrisson. L’autisme : au-delà des apparences. ConsulTED. Rivière du loup. Québec. Canada. 2010, p. 311.

[14] T. Grandin. Penser en images, op.cit., p. 162.

[15] Ibid., p. 120.

[16] N. Damaggio. Une épée dans la brume. Syndrome d’Asperger et espoir. Anne Carrière. Paris. 2011, p. 168.

[17] D. Tammet. Je suis né un jour bleu. [2006]. Les Arènes. 2007, p. 118.

[18] D. Williams. Si on me touche, je n’existe plus, op.cit., pp. 88-89.

[19] J. Lacan. Discours de clôture des Journées sur les psychoses chez l’enfant. Quarto. 1984, 15, p. 30.

[20] J. Lacan. La Troisième. Lettres de l’Ecole Freudienne de Paris, 1975, 16, p. 189.

[21] J. Lacan. L’angoisse. Le séminaire. Livre X. Seuil. 2004, p. 317.

[22] H. Keller. Sourde, muette, aveugle. Histoire de ma vie. Payot. 1928, p. 48.

[23] A. Deshays. Libres propos philosophiques d’une autiste, op.cit., p. 100.

[24] H. Keller. Sourde, muette et aveugle, op.cit., p. 52

[25] K. Nazeer. Laissé entrer les idiots. Oh Editions. 2006, p. 26.

[26] T. Grandin. Penser en images, op.cit., p. 19.

[27] Idem.

[28] Harrisson B. L’autisme : au-delà des apparences. ConsulTED. Québec. 2010, p. 46.

[29] En Televisión, en 1973, Lacan introduce una nueva concepción del signo, en la búsqueda, según Jacques-Alain Miller, de un término que subrayaría la complementación del significante por el goce. [Miller, Jacques-Alain. “El sinthoma, una mezcla de síntoma y fantasma”, in La Cause Freudienne, No 39, p. 17] No es a esa acepción del signo a la cual se hace referencia aquí.

[30] J. Lacan. El Seminario, libro IX, La identificación. Sesión de 1961/01/24.

[31] J.-A. Miller. « Biologie lacanienne », in La Cause freudienne, 2000, 44, p.34.

[32] K. Barnett. L’étincelle. La victoire d’une mère contre l’autisme. [2013]. Fleuve Noir. 2013 p. 312.

[33] M. Malher. Psychose infantile. [1968]. Payot. Paris. 1973, p. 86.

[34] J. Lacan. Les écrits techniques de Freud. Le séminaire I. Seuil. Paris. 1975, p. 100.

[35] T. Grandin. L’interprète des animaux. O. Jacob. 2006, p. 112.

[36] Lefort R. et R. La distinction de l’autisme. Seuil. Paris. 2003, p. 87.

[37] D. Williams. Quelqu’un, quelque part [1994] J’ai Lu. Paris. 1996, p. 91.

[38] T. Grandin. Penser en images, op. cit., p. 29.

[39] O. Sacks. Un Anthropologue sur Mars [1995]. Seuil. 1996, p. 369.

[40] T. Peters. L’autisme. De la compréhension à l’intervention, Dunod. Paris. 1996, p. 68.

[41] A.R. Luria. Une prodigieuse mémoire. Étude psycho-biographique. Delachaux et Niestlé. Neuchâtel.1970, p. 35.

[42] D. Tammet. Je suis né un jour bleu. [2006] Les Arènes. 2007, p. 187.

[43] L. Mottron. Une autre intelligence. Mardaga. 2004, p. 60.

[44] Ibid., p. 193.

[45] Ibid., p. 186.

[46] Ibid., p. 91.

[47] É. Laurent. La bataille de l’autisme. De la clinique à la politique. Navarin. 2012, p. 68.

[48] F. Tustin. Autisme et protection. [1990] Seuil. Paris. 1992, p. 238.

[49] Ella utilizaba aquí el “tú” en lugar del “Yo” (je) como lo hacía frecuentemente.

[50] É. Laurent.  « Discussion », in L’autisme et la psychanalyse. Presses Universitaires du Mirail.1992, p. 156.

[51] B. Bettelheim. La forteresse vide [1967]. Gallimard. Paris. 1969, p. 188.

[52] “En el último estadio de esa evolución -anota Bettelheim- ella rasgaba el centro de la hoja de papel desde el comienzo, lo botaba, siempre con una expresión de disgusto, y entonces solamente rasgaba la hoja concéntricamente dirigiéndose hacia el centro, ahora vacío. Era impresionante constatar la dirección con la cual ella levantaba, aparentemente sin esfuerzo, el centro exacto de la hoja de papel y con la cual llegaba siempre exactamente a ese punto cuando había acabado de rasgar”. (B. Bettelheim. La forteresse vide. Op.cit., p. 187)

[53] F. Tustin. Autisme et psychose de l’enfant. [1972] Seuil. Paris. 1977, p. 47.

[54] F. Tustin. Autisme et protection, op.cit., p. 168.

[55] C. Park. Histoire d’Elly. [1967]. Calmann-Levy. Paris. 1972, p. 283.

[56] D. Williams. Quelqu’un, quelque part, op.cit., p. 12.

[57] M. Rothenberg. Des enfants au regard de pierre [1977]. Seuil. 1979, p. 246.

[58] Ibid., pp. 277-279

[59] G. Gerland. Une personne à part entière. AFD. Mougins. 2004, p. 232.

[60] T. Grandin. Ma vie d’autiste. [1986] O. Jacob. Paris. 1994, p. 51.

[61] T. Grandin. Penser en images, op.cit., p. 238.

[62] Ibid., p. 238.

[63] D. Williams. Si on me touche, je n’existe plus, op.cit., p. 113.

[64] D. Williams. Quelqu’un, quelque part, op.cit., p. 159.

[65] Ibid., p. 143.

[66] Ibid., p. 124.

[67] Ibid., p. 97.

[68] Ibid., p. 100.

[69] Dibs Axline V.. Développement de la personnalité grâce à la thérapie par le jeu. [1964] Flammarion. 1967, p. 197.

[70] Ibid., p. 199.

[71] Ibid., p. 210.

[72] A.R. Luria. Une prodigieuse mémoire. Étude psycho-biographique, op.cit., p. 61.

[73] T. Grandin. Ma vie d’autiste, op. cit., p. 128.

[74] É. Laurent. La bataille de l’autisme, op.cit., p. 65.