DISCURSOS Y MALOS GOCES[1]

Por Éric Laurent

Intervención en el Foro ZADIG, 2018-12-01


Sucede que intervengo al final de la jornada. No es para clausurar al jornada, sino más bien para prolongarla, para marcar puntuaciones, resonancias. Como los juegos de lo que no puede escribirse como líneas sobre el agua, contrariamente a la arena, que nos ha hecho ver Sigalit Landau. Estos juegos sobre las líneas del agua nos hablan primeramente de los intentos de alzar muros en el Mediterráneo que Marine de Haas ha hecho valer para nosotros, o las tentativas de alzar las fronteras en el mar de Irlanda como el Backstop de Theresa May.

Hay resonancia, resonancia entre discursos. Este vocablo ha sido promovido por Lacan, recalcando que, para el ser hablante, no hay formas de vida sin discurso que nos hagan vivir, que nos guíen, que nos indiquen cómo vivir. Estos discurso nos hacen vivir, pero hay también discursos que nos hacen morir, que nos asesinan. En los discursos hay todas las formas posibles de formular el anhelo de muerte. Explícita, implícita, alusiva…Todo lo que la retórica permite decir y no decir entre líneas. Todos los recursos que Vincent Stuer ha recordado. O todos los deslizamientos de sentido de las palabras que ha realzado Guillaume Le Blanc, o Youri Lou Vertongen. El argumento del coloquio se apoyaba sobre las paradojas de la retórica de ciertos discursos que matan: “Su carácter es insidioso, ya que no tienen nada de vehemente. Los agentes de esos discursos que matan se presentan como grandes servidores del Estado, incluso como héroes modernos que sacrifican su humanidad para hacer su deber” decía Gil Caroz en su texto. Estos agentes pueden ser estatales o supraestatales, como se lo ve especialmente en el discurso tomado de las instancias de la UE, que se expresa en nombre de los valores comunes, dejando en el nivel de las particularidades nacionales los intereses pasionales. Gemma Calvet hizo escuchar la dimensión ética que reside en el corazón del discurso de Europa. Pero sin embargo el hecho de sostener un discurso político apoyándose sobre esos valores no es sin presentar paradojas.

Los efectos paradojales de Europa y su discurso de los valores

Es lo que había notado Jean-Claude Milner en su libro del 2003[2] sobre Las tendencias criminales de Europa democrática. Como Europa deja al nivel de las naciones las malas pasiones nacionalistas y la responsabilidad de la guerra, no habla sino de paz. Medio por el cual, esa paz del cual habla la pone en una gran dificultad para comprender el mundo en el que hay guerras. Se ve en particular en la gran dificultad que tiene para intervenir en las guerras laberínticas del Medio-Oeste.

Milner hacía recalcar esta paradoja, pero también Hans Magnus Ezenberger quien, en su bello libro El dulce monstruo de Brujas (2011), presentaba a la vez los enormes méritos de la burocracia brujéense, y las fuentes del rechazo del cual pudo ser objeto. Citaba con mucho elogio los libros del escribano austríaco Robert Menasse quien habla de la realización de la burocracia finalmente a la altura de aquella que había logrado construir Joseph II en Austria en su tiempo.[3]

Mas hay un pero, la expansión de esa buena burocracia es también no democrática. Ya que la UE, la separación de los poderes está abolida. El Parlamento es elegido, pero no tiene la iniciativa de las leyes. Esa prerrogativa es a la iniciativa de la Comisión. Además, la Comisión es la institución en la cual no hay legislación democrática. La triada Parlamento-Consejo-Comisión, con todas sus cualidades, tiene no obstante un aspecto democraticida. Ahí se sitúa la originalidad de ese poder extraño que encarna el discurso de la UE como tal y su pedagógica insistencia que le sostiene como lugar de dulce retórica democrática.

Discursos que quieren explícitamente asesinar: USA

Al contrario, la retórica americana, que Vincent Stuer oponía de manera muy justa a la falta de retórica europea, puede ser mucho más brutal, sin dulzura alguna. Hay en los Estados Unidos discursos que quieren asesinar. Aquel que, el 28 de octubre, disparó en la sinagoga de Pittsburgh, matando a once personas un día de Sabbat diciendo: “Todos los judíos deben morir”. Lo escribió sobre las redes sociales antes de pasar al acto.

Medio por el cual, Howard Fineman, de la cadena NBC, saca las siguientes lecciones: “Sin disminuir el sufrimiento y la muerte de quien quiera que sea, es triste constatar que, frente a la disolución de los valores sociales y políticos, los Judíos juegan a menudo el rol de los canarios en las minas de carbón”. Y continúa y hace de ese pasaje al acto el “signo de la visión cínica e implacable del presidente Trump […] quien rasga una sociedad ya sometida al estrés del cambio generacional, demográfico, tecnológico, económico y social”.

En definitiva, esa violencia a cielo abierto hace a los Estados Unidos que el odio, como Jonathan A. Greenblatt, Presidente de la Anti-Defamation League, lo sostuvo en un articulo reciente “se convierte en mainstream”[4]. El surgimiento del odio en primer plano es también un punto que un profesor de neurociencias, Richard A. Friedman, retomó. En un artículo interesante de neurociencias aplicadas,

“Cuando alguien -dice- como el presidente Trump deshumaniza a sus adversarios, los sitúa más allá de la vulneración de la empatía, les quita su protección moral y hace más fácil el hacerles daño. Si tienen dudas sobre el poder de la palabra político para fomentar la violencia, entonces recuerden la experiencia clásica del psicólogo de Yale, Stanley Milgram, quien al principio de los años ’60 estudió la disposición de un grupo de hombres que obedecían a una figura de autoridad […] [Mostraba] cuan fácilmente puede ser empujada a hacer cosas terribles simplemente obedeciendo órdenes”[5].

Es ahí donde “words can break the bones”, según el proverbio que Gianfranco Pasquino nos recordaba.

La denuncia del odio puede convertirse en mainstream de varias maneras, en ellos discursos políticos americanos. Pero una de las particularidades de la retórica americana es el espejo entre de un lado el discurso político o discurso del amo, que se sostiene en la esfera pública, y el del otro, el discurso universitario que se sostiene sobre los campus y que se quiere; perfectamente, o le mejor posible, expurgado de los discursos que matan o excluyen. En Europa también tenemos esa oposición, entre los discursos que están en la calle y los discursos que están en la universidad. Como aquí, en este Fórum, nadie entre los participantes sería partidario de los discursos que matan. Están afuera. Pero incluso ahí, esa operación no es sin restos.

Las paradojas del discurso universitario

La universidad se arraigó en sostener un discurso vaciado de esas pasiones odiosas y sin embargo los estudiantes no se sienten sin embargo ligados los unos a los otros por el amor como lo habría querido Simone Weil, invocada en nuestro Fórum. Lo políticamente correcto se esforzó para reinar, con más sinceridad ciertamente que el discurso de Kurz citado por el Pr. Wolfgang Petritsch. Sin embargo, el sentimiento de soledad de los estudiantes no ha sido jamás tan grande. La generación postmillennials, nacida después de 1995, la generación “Gen-Z”, desarrolló primeramente angustia y una mayor hipersensibilidad. Las tazas de suicidio han aumentado de manera espectacular en las universidades americanas desde los años 2011-2012 (+25% en los varones y +70% en las mujeres)[6]. Es por ello que la tarea de lo políticamente correcto es sin fin. Después de haber intentado tocar al nivel de las grandes categorías de los discursos que matan o excluyen, se intenta ir más lejos para desminar los poderes deletéreos de los discursos.

Recientemente, una palabra ha hecho su aparición sobre los campus americanos: “la microagresión”. El profesor Derald Wing Sue, de la universidad de Columbia, en New York, publicó en el 2010, Microaggressions in Everyday Life. Race, Gender, and Sexual Orientation. El investigador define así las microagresiones: insultos o actitudes “intencionales o no” que “comunican mensajes hostiles o despectivos que apuntan a las personas sobre la única base de su pertenencia a un grupo marginalizado”. La extensión del campo de la microagresiones, que parece fundado para algunos, y portador de esperanza, es para otros más bien una generatriz de exceso y va a agregarse a ello en términos de segregación entre comunidades.[7]

Los partidarios de dos posiciones se afrontan. Se encuentra ahí una pregunta que hace debate en el seno de los politólogos americanos, y que también interesa a Europa. Se trata de la política de las identidades, y de la oposición que puede engendrar entre comunidades de discursos una por una, con la cuestión de un bien común o de un universal que se desvanece.

Las comunidades de discurso y el bien común

Lo sabemos, la campaña de Hillary Clinton estaba completamente fundada sobre la identificación de diferentes minorías (Black o Latinos), las mujeres, y las minorías sexuales, que precisan cada uno los derechos suplementarios que añadiría si fuese elegida. Era una política de las identidades. Su slogan de campaña “Stronger together” ponía en exergo esa yuxtaposición identitaria. La adición de las fuerzas. De su lado, Bernie Sanders centraría su campaña sobre un punto común: las desigualdades económicas, los daños de los bancos que expropian a diestra y siniestra desde la crisis de los subprimes, y los daños de Wall Street. Retomaba el movimiento Occupy Wall Street, reprochando a Hillary su muy gran propensión a hacer conferencias para esos mismos banqueros.

Después de las elecciones presidenciales, un artículo del politólogo Mark Lilla de la Universidad de Columbia, consideró que el fracaso de la Sra. Clinton era aquel de una orientación política fundada sobre una política de las identidades, que había que renunciar a ella, que había que pasar a otra cosa y que había que definir un bien común para Estados Unidos como tal, en el cual se pueda reconocer el conjunto de los demócratas americanos[8]. En definitva, reprochaba a esa política de las identidades el ser dispersiva.

Frente a esa amenaza de dispersión, ahí donde Lilla no ve más que un impase, Judith Butler, ve al contrario una salida. En su último libro[9], traducido al francés bajo el título Rassemblement, pero que en ingles se llama Towards the Performative Theory of Assembly, continúa con su teoría llamada “performativa” de la sexuación y lo hace al nivel de los grupos. Sitúa la necesidad de los agrupamientos comunitarios o comunitaristas definidos a partir del hecho que no puede ser reconocidos por el discurso común. Esa imposibilidad de representación los define y define al mismo tiempo la posibilidad de un lazo social hecho a partir de los excluidos de la representación. Subraya la fuerza de los movimientos de tipo Occupy.

“Estar ahí, sostenerse de pie, respirar, desplazarse, quedarse inmóvil, hablar, callarse son varios aspectos de un agrupamiento espontáneo, de una forma imprevista de performativo político. Conlleva que los lugares públicos desborden con gente, que la gente venga a comer ahí, a cantar ahí, a dormir ahí, y que rechacen ceder ese espacio…yo seré transformado por las conexiones con los otros”[10].

Es lo contrario del agrupamiento operado por la banca central del odio que encarna el populismo trumpiano. Un agrupamiento del amor que podría arreglárselas de toda referencia a un universal compartido. Ella resuelve el problema del pasaje entre las identidades vulnerables y las reivindicaciones de los derechos políticos superponiendo estos dos niveles por el agrupamiento performativo expandido. La articulación de estos niveles es crucial para saber si en efecto para protegernos de los discursos que matan, ¿los derechos a los cuales podemos hacer llamado son los derechos de los ciudadanos o los derechos del hombre?

Contra los discursos que matan. Derechos de los ciudadanos. Derechos del hombre.

Nuestra época es no solamente aquella de los discursos que matan sino también aquella de guerras de hecho, de guerras sin declaraciones, de guerras entre estados disfuncionales, o fallidos, otras guerras llevadas por hiperpotencias lastimadas, o guerras de religión, todas las guerras que envías sobre las rutas del exilio de los migrantes por millones. Los derechos de los migrantes pasan al primer plano de las preocupaciones de nuestras democracias y estos derechos van en contra los discursos que matan y las consecuencias de las guerras. Pero ¿cómo situar el nivel de articulación entre, precisamente los derechos de aquellos que han salido de su país y no de los nuevos conciudadanos? Algunos como Giorgio Agamben hacen de ello la prueba del fin de la democracia parlamentaria liberal remplazada por el estado de excepción permanente declarando privado de derechos aquel que ya no es ciudadano de parte alguna. Ve ahí la actualización de la figura del desterrado en Derecho Romano, del homo sacer[11]. Duda del poder de los derechos del hombre para acoger el sacer, aquel que separa. Al contrario, J.-C. Milner muestra que esa cuestión del migrante, de aquel que no es ya ciudadano, que renueva la lectura de los derechos del hombre y del ciudadano. Considera, al contrario de la crítica marxista que denunciaba los derechos del Hombre como el puro semblante burgués, que esos derechos están perfectamente encarnados y tienen que ser encarnados como los derechos del ser hablante tomado por su cualidad de ser hablante[12]. Y aproxima esos derechos del Hombre a los derechos del cuerpo del ser hablante de lo que Lacan promovió en su última enseñanza bajo el nombre del parlêtre que tiene un cuerpo. Dice:

El hombre de la Declaración anuncia el hombre/mujer del freudismo: a diferencia del hombre de las religiones y de las filosofías, no es ni creado [aquel de las religiones] ni deducido [aquel de las filosofías], es nacido: en eso consiste su real”.[13]

Constata:

“Frente a los campamentos de refugiados, el lenguaje marxista es frívolo. ¿Los derechos comenzarían con los excrementos y las secreciones? … Aun así, se les ha retirado a los individuos sus méritos y desméritos, sus acciones inocentes o culpables, sus obras, en una palabra, lo que les queda tiene derechos. Andrajos, desechos, tumba, la mayoría de las religiones, de las filosofías y de los heroísmos desconocen esa parte maldita.”[14]

En efecto, esta consideración del migrante que se encuentra tomado en esos campos, en el cual el dispositivo de acogida que puede volverse, como lo subrayó Guillaume Le Blanc, carcelario muy rápidamente, se une al acento que Lacan manifestaba sobre su distancia en consideración a la creencia en la historia. Al final de su seminario sobre Joyce, anota esto:

“Joyce rehúsa que algo de la historia de los historiadores se supone tomar como objeto. Tiene razón pues la historia no es más que una fuga, de la cual solo se cuentan los éxodos. Por su exilio, sanciona la seriedad de su juicio. Solo participan en la historia los deportados: puesto que el hombre tiene un cuerpo, es por el cuerpo por lo que se le tiene. Reverso del habeas corpus”.[15]

Es en efecto el problema que presentan los migrantes, aquella condición que es la nuestra, de sumergirse en una historia que es de huida. Aun si no se trata de que el 3% de la población mundial, como lo anotaba Francois Herrand citado por Martin Deleixhe esta mañana, es esto tada la importancia que se juega en el pacto para las migraciones de las Naciones Unidas, que fue …entre 190 países y finalizada el 13 de julio del 2018, y que debe ser aprobada formalmente en Marrakech el 10 de diciembre. Uno a uno, los gobiernos de Europa central dijeron su posición, que no votarían, les siguieron otros países europeos como Italia y obviamente por los Estados Unidos. Sin embargo, este pacto será sin duda firmado por un número bastante importante de países. Las Naciones Unidas preparan, después del pacto sobre los migrantes, un pacto sobre el asilo y el derecho de asilo como tal.

Los populismos de hoy y aquellos de los años treinta

La oposición de los discursos de los populistas frente a toda norma sobre la acogida de los migrantes es fundamental. Más allá de este punto, habría que situar la diferencia entre el populismo contemporáneo y los populismos de los años treinta sobre la designación de un buque emisario. Un politólogo, Raphaël Liogier, recientemente propuso:

“El populismo actual es completamente original, teñido de angustia colectiva frente a la globalización (que sea bajo la forma de la “inmigración rastrera”, del “capitalismo sin frotera”, de “la islamización del mundo”), y sobre todo postideológico. Contrariamente a los años 1930, en el que se nutría de sólidas doctrinas marxistas o raciales, el populismo de hoy, heredero de la pérdida de credibilidad de las grandes ideologías que marcaron el siglo XX, es en efecto opiniológica.”[16]

En este sentido, la invención de Orban por la demonización personal de Soros, tal como lo mostró Kinga Goncz se inscribe en la serie. Si nos anti-inmigrantes, en Hungría donde son tan pocos, mientras Soros puede ser designado como causa de todo mal. Esa invención nominativa hace parte de la lista de los objetos variables de los populismos ideológicos. Lioger concluye:

“Es en eso que se lo puede calificar de populismo líquido: se revela fluctuante en definitiva (el contenido doctrinal, sus lógicas de exclusión pueden cambiar de objeto, yendo del musulmán al Rom, pasando por el Judío, el periodista, el inmigrado y el homosexual, según las combinaciones más volátiles), y en la forma (las opiniones cosmopolitas, las angustias colectivas, las frustraciones circulan desde ahora vía Internet a escala planetaria sin control ideológico claro, creando un efecto de inmediatez”.[17]

Añadiría sin embargo que no podemos regocijarnos tan rápido de esta diferencia. El populismo líquido, aquel del líquido contemporáneo, puede cambiar de enemigos todos los días, no es menos productor de un efecto del uno. Produce lo que otro politólogo llamó una “banca central del odio”[18]. En efecto, puede cambiar, pero se combina. Ciertamente, se obtiene de manera diferente el nacionalismo tribal, el esfuerzo de regeneración de una sociedad pretendida como decadente, del cual habla el fascismo de los años ‘30 agrupándose alrededor de un jefe y de una doctrina sólida. No hay sentido del sacrificio ciertamente en el populismo trumpiano, pero un llamado a goce sin límite de gozar de la multiplicidad de los enemigos a combatir, de aquellos que no gozan como yo.

La necesidad de retórica y las fake news

Tenemos necesidad de una retórica para hacer frente a esos efectos, a esa retórica del odio como Vincent Stuer lo ha hecho anotar, y también para hacer frente a los fake news que Michael Dougan ha subrayado tan bien. Ciertamente, la proliferación de esas falsas noticias es favorizado por el declive de las ideologías que nos eran comunes, de los grandes textos, como decía Lyotard, o de lo que hacía bien común, bajo la forma de un ideal. Pero, sin embargo, la ausencia de grandes textos comunes tiene otra consecuencia además de la fragmentación. Es que todos los textos comunes hoy están siendo remplazados por una única exigencia, aquella de ser científica, aquella de reinar por las pruebas, por lo evidence based. Y en efecto, hay algo poderoso en la desegregación de la ciencia. La ciencia nos libera de nuestras particularidades. Como lo dice Jacques-Alain Miller:

“Si la ciencia es desegregativa en sus consecuencias técnicas, es porque su discurso explota un modo muy puro del sujeto, un modo universalisado del sujeto. el discurso de la ciencia está hecho para y por todo quien Pienso, luego existo. Este discurso anula las particularidades subjetivas, que lloran y se rebelan”.[19]

Entonces, en un primer tiempo, liberación, desegregación, construcción de un espacio de razón común. Después, en un segundo tiempo, insurrección de los goces, el cálculo acentúa lo que resiste a su inclusión, provoca la insurrección de aquellos que se rehúsan a TINA, a There Is No Alternative. Si la razón dice que no hay otra alternativa, mientras volteo la mesa de la razón. La globalización produce la revuelta de los marginalizados por cuenta del mercado universal que es un puro cálculo. Es tanta así en Europa como al interior de Estados complejos la resistencia de las naciones particulares como Irlanda, Cataluña, Escocia. Es también la historia europea que regresa como un búmeran para separar los diversos pueblos tomados de la colonización que se encuentran sumergidos en los mercados comunes. En América, son los pueblos indígenas que, de la Tierra de Fuego hasta Alaska, reivindican el reconocimiento de una cultura y de derechos que no pueden reabsorberse en el universal. Finalmente, en todo lado, los goces particulares se rehúsan a ser uniformes. También, la ciencia y su discurso intentan recrear una suerte de sabiduría donde todo podría agregarse, como por ejemplo las neo-sabidurías de las fiestas californianas de tipo Burning Man. Donde la contemporaneidad se propone dar en espectáculo el tratamiento de todos los goces en une parade del orgullo tecnológico. Pero me parece que los goces quedan separados, incluidos en las diversas sectas que quieren reagruparlas o yuxtaponerlas en otro de síntesis New Age.

El populismo de los años treinta y lo múltiple del goce de hoy

Lo múltiple del populismo contemporáneo hace convergir los múltiples cóleras o rabias sobre un mismo líder que se encuentra en la posición de goce sin límites, este objeto que homogeniza los goces que Freud había aislado en su Massenpsychologie, un falo real dice Lacan. Las redes sin líder, como los Chalecos amarillos en Francia, sea cual sea su heterogeneidad, tienen necesidad de un objeto unificante. Es entonces el buque-emisario que ponen en común: Emmanuel Macron.

Pero hay también en nuestros populismos y en nuestars civilizaciones, un principio de deshomogenización que está en marcha, aquel que se escucha en el lazo que se estableció entre los derechos de las mujeres y los derechos de las minoridades sexuales. Ellas producen un efecto desegregativo que desplaza la situación de los años ’30. El surgimiento de las mujeres en la elección americana es sorprendente. Las estratagemas de la historia son grandes; se esperaba la primera mujer presidenta, y tenemos a Trump. Pero, al contrario, en el midterm, dos años después, es por lo bajo, es bottom up, que surge una redefinición del lugar de las mujeres en la política democrática.

La separación entre hombres y mujeres nunca ha sido tan grande en la política americana como en estas elecciones de midterm. “

“Nunca la separación entre el voto femenino y el voto masculino ha sido tan grade: más de veinte puntos; 60% de las mujeres que haya hecho estudios universitarios votaron por un candidato demócrata, según los sondeos después de la salida de las urnas. Las tazas de participación de las mujeres, de los jóvenes de menos de treinta años, de los miembros de minorías étnicas, ha sido particularmente elevado en esas elecciones muy particulares, que, de habitud, no movilicen sino un tercio de los electores, contra 49% este año”.[20]

Del lado de los electores, hay un efecto desegregativo, y también del lado de los elegidos. La nueva ola de los elegidos americanos es para muchos cuestión de la armada, donde las mujeres son admitidas después de veinte años. Para los elegidos, femeninos o masculinos, el estado de servicio a las armadas es crucial. O bien hay que haber sido trabajadora social. Como por ejemplo Kyrsten Sinema (demócrata, Arizona). “Con 42 años, la nueva senadora -que había sido la primera elegida del Congreso abiertamente bisexual”. Y ella hace de su bisexualidad un argumento para explicar que podrá muy bien trabajar con los demócratas, y con los republicanos.

Está también Deb Haaland (demócrata, Nuevo-México). Indio, hija de militar, ya que muchos indios han sido enrolados en las tropas americanas. Ella mismo sostenido el coming-out de su hija que milita abiertamente para los derechos LGBT en los Estados Unidos y ha sido elegida en ese Estado, Nuevo México, que no tiene reputación de ser tan liberal como los Estados de la costa este. Como ellos hay otros que producen ese efecto desegregativo, extraño, como Ilhan Omar (demócrata, Minnesota), quien, musulmán, logró hacerse elegir sobre un programa bastante próxima de Sanders. Los efectos desegregativos están ahí. Es lo que cambia en relación con el discurso populista de loas años ’30. Tomaba también como ejemplo el hecho del sábado pasado, los Chalecos amarillas en Francia manifestaban al mismo tiempo #metoo francés. ¿Serían los Chalecos amarillos de un lado y las comunidades feministas y LGBT del otro, irreductibles el uno al otro? No me parece. Habrá intersecciones entre los discursos comunitarios y los discursos inestables frágiles, este discurso que se mata a sí mismo, que se autodestruye, como este discurso de los chalecos amarillos siendo absolutamente a-representativo. El representante de los chalecos amarillos recibido por el Primer ministro francés deseaba que la entrevista sea filmada y pública. Era, paree, para protegerse. Explicaba a la prensa postulando que, si los “representantes” del movimiento vinieron en poca cantidad, es que habían recibido amenazas de muerte. “90% de las amenazas veían de otros chalecos amarillos”, agregaría. He ahí una declaración muy de la época: un ciframiento preciso, las redes sociales, el discurso que quiere matar. Contemos más bien sobre el efecto civilizador del discurso feminista para obtener un efecto desegregativo y vivir lo más posible sin Gremlins como lo deseaba Guillaume Leblanc, que ponía el acento sobre el principio de hospitalidad. Los fórums europeos, como aquel, son la ocasión de perseguir los intercambios entre el discurso psicoanalítico y los otros discursos, en la medida en que consideramos que hay un obstáculo al principio de hospitalidad generalizado. Hay el Gremlin de nuestro propio goce al cual no llegamos a dar hospitalidad. Es un resto ineliminable, que es el motor de la experiencia psicoanalítica y de los síntomas que no cesan de producirse. Nos provocan sin cesar a articular buenas respuestas, más allá de la necesaria retórica que tenemos, con otros, que elaborar.

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[1] Intervención en el Foro europeo Zadig en Bélgica, Los discursos que matan, que tuvo lugar el 1ero de diciembre en Brujas. Texto extraído de: http://www.hebdo-blog.fr/discours-jouissances-mauvaises/

[2] Milner, J.-C. Les penchants criminels de l’Europe démocratique. Lagrasse, Verdier, 2003.

[3] Enzensbergerg H. M., Le doux monstre de Bruxelles ou l’Europe sous tutelle . París : Galliamard, 2011.

[4] Grennblatt, J. A. « When hate becomes mainstream », The New York Times, 31 de octubre del 2018, disponible en Internet.

[5] Friedman, R. A. « The neuroscience of hate speech », The New York Times, 31 de octubre del 2018 , disponible en Internet.

[6] Lesnes, C. « Illégitime défense »¸ Le Monde, 1ero de diciembre del 2018.

[7] Ibid.

[8] Lilla M. “La gauche doit dépasser la ideología de la diversité ». Le Monde, 8 de diciembre del 2016, disponible en Interent.

[9] Butler, J. Rassemblement. París: Fayard, 2016.

[10] Citado por Eric Aeschimann in “¿Cómo vivir en este mundo?”, L’Obs., 8 de diciembre del 2016.

[11] Agamben, G. Homo sacer. París, Seuil, 2003.

[12] Milner, J.-C. Les penchants criminels de l’Europe démocratique, op. cit.

[13] Ibid.

[14] Ibid.

[15] Lacan, Jacques. «Joyce el Síntoma» (1979), in Otros Escritos. París: Paidós, 2012, p. 595.  

[16] Liogier, R. « Populisme liquide dans les démocraties occidentales », in Babie B. y Vidal D. (s/dir.), Le Retour des populismes, L’état du monde 2019. París : La Découverte, 2018, p. 40.

[17] Ibid.

[18] Expresión de C. Salmon.

[19] Miller, J.-A.. “Las causas oscuras del racismo”, Mental, no 38, noviembre del 2018, p. 145.

[20] Lacorne, D. « Midterms: « Les femmes ont exprimé leur ras-le-bol de l’esprit haineux de Donald Trump », Le Monde, 8 de noviembre del 2018, disponible en internet.


Traducido por Patricio Moreno Parra