Marie-Hélène Brousse

Traducido por: Patricio Moreno Parra


La mujer, objeto escondido

¡Revienta los ojos! El objeto escondido son las mujeres. Gineceo, harem, casa, cocina, altos muros, terrazas, balcones, ventanas, celos: tantos territorios para ver sin ser vistas. La calle, las terrazas, los cafés, los mercados, los transportes en común, tantos territorios conquistados desde apenas dos siglos. “Género malo”, “mala vida”, mujeres fáciles, mujeres arrogantes, mujeres extraviadas, dice el espacio público. Frágiles conquistas territoriales, a menudo amenazadas de incomodidad o de prohibiciones, por el mundo. Los debates sobre el bikini/burkini, el velo islámico, el burka tomaron el relevo del “atuendo correcto” en las iglesias. Nada de shorts, nada de escotes, aún en la espalda, nada de piernas cruzadas. La desnudez femenina se despliega sobre los muros y en las publicidades, como antes lo era permitida y admirada en la estatuaria: mujeres de papel o mujeres de mármol, sublimes, elevadas al ideal. Pero la mujer de carne, de hueso, con los pelos púbicos o bajo las axilas, mujeres ordinarias, no ideales, las no-“Barbies”: difícil, muy difícil. Recordemos el escándalo producido por los lienzos de Modigliani. Para las mujeres también, por supuesto, es difícil. Entonces, es difícil hacer con el cuerpo femenino por los seres hablantes en general.

El esconder es una solución, solución tan ineludible como esconder un objeto le da una consistencia simbólica que ninguna evidencia material le puede der: la consistencia del enigma del lado del sentido, y aquello de lo prohibido del lado de la ley –de manera que, en los dos casos, el sujeto hablante, incluso gritante, es transformado en objeto causa del deseo: deseo de saber o deseo de poseer. La mujer existe, entonces, a condición de ser escondida.  La mujer, no las mujeres. La “mujerescondida” es la solución que el lazo social ha encontrado para transformar en objeto a ciertos entre los sujetos hablantes. “Busquen la mujer”: entonces ella está escondida -es La causa, es el objeto a.

El axioma lacaniano La mujer no existe hizo volar en pedazos esa solución milenaria -para los happy few que de ahí se agarran, se entiende.

Hay tanto saber-hacer con el imperativo “mujer, escóndete” como hay sujetos hablantes.

La lección clínica del velo

Tomemos la actualidad: velo islámico un tema que moviliza en la más grande confusión la derecha, la izquierda, la extrema izquierda y la extrema derecha, los laicos y los religiosos, los extremistas y los centristas, los hombres y las mujeres, incluso los veteranos y los niños, sin hablar de los adolescentes, los inmigrantes y los “de cepa”, los intelectuales y el Café del Comercio, en resumen, Babel zumba. Al principio, la explicación de esa práctica fue puesta a la cuenta de la amenaza física o psíquica que pesa sobre ellas o ellos quienes, sin esa amenaza, la hubieran rechazado. Sin duda eso fue y aún es a veces el caso. Pero rápidamente se volvió claro que las mujeres, a menudo jóvenes, y no necesariamente de la tradición musulmana adoptan el velo o el fular con todo agrado. Nótese que no dije libremente, ya que un sujeto es siempre un efecto de discurso, el término de libertad nunca fue pertinente en el campo del sujeto. ¿Qué beneficio hay en usar velo en el territorio francés? A primera vista, ninguno, más bien molestias, miradas maliciosas y problemas administrativos en un país más bien administrativo.

Pero pensándolo mejor, el beneficio es doble. De un lado, convertirse en el estandarte de una comunidad en la cual, haciéndola salir de las sombras por un acto, la velada se convierte en la heroína; y, por otra parte, hacer existir La mujer mediante un sabio juego de velos que las miradas, aquellas de los hombres como de las mujeres, se tintan de envidia, de celos o de rechazo. En los dos casos, el objeto se convierte en sujeto haciéndose subir en la escena del mundo en el rol de La Mujer, la verdadera, la única, el atrapa-miradas virtuoso. Esa doble ganancia de identidad, en la época de los significantes-amo que son “minorías” y “diversidad” y de la auto-segregación, bien vale algunos inconvenientes… La fuerza de ese ejemplo cabe a su efecto de interpretación. Aclara el lugar del objeto a, siempre escondido entre los objetos comunes[1], y muestra que La mujer que no existe funciona como un objeto a en la “lógica colectiva”, según un término de Lacan[2].

Pero, ¿hay un objeto escondido de las mujeres? ¿Un objeto escondido de esos hablentes que son los humanos, cuando están en posición de objeto?

El objeto escondido de una mujer

Metamos ahora en el singular la fórmula y utilicemos el artículo definido, ya que cada uno está en relación a su síntoma, que le constituye como Uno-todo-solo, en la ocurrencia Una-toda-sola.

El símbolo del margen que me separa de mi deseo

Freud, quien era más tan misógino como muchos hombres y mujeres de su época, subrayaba la importancia en las mujeres del Penisneid, del hijo, y de las “cosas materiales” de la vida doméstica. Constataba la dificultad de pensar el complejo de Edipo en lo femenino. En Lacan, quien hizo volar en pedazos la equivalencia entre el pene y el falo, por una parte, y vislumbrando la sexuación a partir de la lógica de la inconsistencia y no a partir de la diferencia biológica o social por otra parte, la cuestión del objeto dentro de la sexualidad femenina se encuentra totalmente modificada. Es en efecto, a partir de dos regímenes de goce, el uno fálico y el otro no-todo fálico, que la relación a los objetos debe ser considerada.

Entonces, hay que diferenciar los objetos de manera tal que su entrada en el fantasma los inscribe igualmente en la realidad cotidiana, es decir en lo corriente de los intercambios, y los objetos ya no hallándose en una lógica de lo universal, restos, trozos de objetos escapando a toda universalización.

Del lado fálico, Lacan muestra en su Seminario V que los sujetos llamados “mujer” en el discurso del amo son, como los hombres, en relación con el falo definido como el “símbolo general de ese margen que me separa siempre de mi deseo”[3]. Pero ellas saben de entrada entre el órgano-pene y el significante que entra en circulación en el comercio humano, desde el Edipo, como “significante de poder”[4].  No teniendo que confrontarse ni al órgano ni a separarse de él, el falo no tiene el estatuto de una propiedad que preservar, más bien lo tienen los objetos a adquirir que son susceptibles de situarse en la función de “significante de la falta”[5]: el órgano del otro o su propietario –Penisneid en Freud-, el hijo y ella misma en tanto “que ella se exhibe y se propone como objeto del deseo”[6]. Sea en el registro del tener: un hombre que sea un hombre, un hijo que sea de ella, una función que ella ejerza, pero también en el registro del ser, ella misma, o la Otra mujer, o Dios. Esos objetos están singularizados por las marcas de las primeras marcas significantes sobre el cuerpo y tomados en el escenario fantasmático.

En un análisis, se declinan según cadenas significantes y por ahí pierden el valor que sostienen del brillo fálico y del universal. Aparece su lazo a un goce tan singular como contingente, sin otro valor que él mismo[7]. Quedan los objetos, pero desconectados de un todo cualquiera. La tabla de la sexuación que hace Lacan al comienzo de su capítulo VII del Seminario Aún es muy claro sobre este punto.

El falo a la locura

Y entonces, ¿el objeto escondido de “una mujer”? ¡Es el falo antes que nada! Está él mismo escondido desde la Antigüedad, y hace misterio. Además, como lo dice Lacan en su intervención en Baltimore: “¿Dónde está el sujeto? Es necesario situar el sujeto como un objeto perdido. Más precisamente, este objeto perdido es el soporte del sujeto”[8]. El falo como objeto perdido, es el soporte del sujeto hablante cuando es “una mujer”. Hasta la locura a veces…

Y cuando Lacan, en el Seminario X, vislumbra el objeto bajo la forma de estadios[9], sitúa el estadio fálico en posición central en relación a los otros, oral, anal, escópico y voz. La función del objeto a “está representada por una falta, a saber, la falla del falo como constituyente de la disyunción que junta el deseo al goce”. Si ese estadio tiene una posición extrema, es que la falta toca ahí la sexualidad y se convierte en central por allí. Ya que, contrariamente a la oralidad o la analidad, no hay instrumento único del goce, ni objeto correspondiente al goce. Queda la falta designable por un significante (-ϕ). En la sexualidad humana, no hay relación entre el deseo y el goce; el goce no está en el Otro, el objeto fue ahí localizado, ya que el goce es del cuerpo y en el cuerpo. Pero el significante fálico permite creer y objetivar el goce sexual como localizable en el Otro. A menudo la queja de las mujeres en análisis toca la falta de palabras de amor con los objetos elegidos, palabras necesarias para que el goce, o una parte de él, “condescienda” al deseo. De cierta manera, podemos ver en este estadio del objeto fálico, tal como lo define Lacan, una anticipación del axioma no hay relación sexual…que pueda escribirse.

Sí, pero hay el falo, bajo todas sus formas, que permite escribir la falta y su contrario. Operador de la dependencia y de la pérdida, hace lazo social. Es el objeto al que las mujeres son fieles, el objeto que ellas se hacen.

En fin, no siempre, no todo el tiempo y no toda…


[1] Lacan, J., El Seminario, libro X, La angustia. Paidós: Buenos Aires, 2007, p. 103.

[2] Jacques-Alain Miller cita este término y los desarrollos que de él hace Eric Laurent en su texto “La teoría de Turín”, disponible en: http://www.causefreudienne.net/theoriedeturin/

[3] Lacan, J. El Seminario, libro V, Las formaciones del inconsciente. Paidós: Buenos Aires, 2004, p. 281.

[4] Ibíd.., p. 282.

[5] Ibíd.., p. 292.

[6] Ibíd., p. 358.

[7] Cf. Lacan J., El Seminario, libro XX, Aún. p.95.

[8] Lacan, J. “Sobre la estructura en tanto que mixtura de un Otro preliminar a todo sujeto posible”, in, La Cause du désir, número 94, “L’objet caché”.  Navarin Éditeur: Paris, 2016.

[9] Cf. Lacan, J., La angustia, op. cit., p. 317-318.