DEL SINTHOMA COMO COLLAGE SURREALISTA

Por Aurélie Pfauwadel

Testimonio del pase en Barcelona,

durante el XI Congreso de la AMP el 3 de abril del 2018


            Una expresión me surgió en un sueño algunos meses antes del final de análisis. “La pasión del acercamiento” me sirvió durante el procedimiento del pase para designar la manera en que llego a atrapar lo que podía ser mi sinthoma. Una acometida necesaria que organicé como modo de vida. El mérito de esa fórmula, “La pasión del acercamiento”, es de nombrar, no un ser, sino un movimiento consagrado al infinito. El sintagma constituye una mixtura de pasividad, ya que lo propio de la pasión es de imponerse al sujeto, de atravesar lo propio, y de actividad deseante.

            En relación al goce después del final de análisis y después del pase, hablar de su solución singular se responde a esa pregunta y, tal vez, deja sin embargo en mi caso solo la escena del fantasma y la identificación a Santa Aurelia, que trae consigo el fingir no gozar bajo la mirada del Otro.

            Recordemos, a propósito del término “pasión”, que Lacan hacía de la falta en ser del sujeto el campo por excelencia en el que se despliega la pasión del neurótico. El pathos de mi sufrimiento neurótico resultaba del sentimiento de haber sido abandonada por mi padre mucho antes de su efectiva partida de la casa y de una decepción amorosa edipiana que el análisis me permite designar como “desgarro de la mirada”. El mundo fálico había comenzado una espiral de recuperación del objeto mirada con el fin de asegurarme el amor del padre.

            Los tres últimos años de análisis revelaban la función pulsátil de la mirada que hacía sostenerse el montaje fantasmático. El surgimiento de una mirada ciega a la relación sexual por la apertura de una puerta constituye el núcleo de mi escenario fantasmático. A la irrupción de goce clandestino respondía la petrificación de mi cuerpo medusado por la mirada severa de la Otra mujer. Mientras que el índice pulsional de mi identificación masculina pasaba por ser la pequeña que miraba hacia las mujeres hermosas, mi mirada amarga se palidecía de envidia en relación a las otras mujeres fálicas que daban la imagen de una completud cerrándose sobre el objeto pequeño a.

            Con el objetivo de encontrar un verdadero pasaje fuera de la dialéctica de la falta, característica de mi pasión histérica, puedo decir retroactivamente que el análisis debió cumplir tres operaciones principales:  primeramente, agujerear; segundo, reunir; tercero, separar.

Entonces primero, agujerear al Otro de la abnegación al Padre y de la Otra mujer ciertamente, pero, sobre todo haciendo operar una perforación en el Otro del saber totalizado. La atracción por los hombres de saber, susceptible de satisfacer a mi madre, satisfacer así a la Otra mujer, rencarnado en mi yo ideal era muy fuerte. Mi paso fue sobre las rutas de la desidealización para poder finalmente deslastrarme de la ecuación “saber = falo”, y deshacerme del espejismo del hombre de saber que en realidad yo quería ser. La transferencia que se terminaba según la modalidad de “Ella lo sabe” se desanudará en un “Ella no sabe” señala la caída del sujeto supuesto saber en el momento que yo creía que el análisis me iba a revelar un saber sobre un goce femenino supuestamente inaccesible. La muchacha operada por la mirada, así fue formulado el fantasma. Esa dualidad entre dos mujeres, la mujer misterio superyoica de un lado y la mujer sexuada del otro, llevaron a una escisión de dos inmanente al Uno del cuerpo. En resumen, la Otra mujer no existía.

            Segunda operación: reunir. La escritura efectiva de mi tesis fue decisiva en la conclusión de mi análisis, no como un diploma más, sino como producción efectiva de un objeto. El psicoanálisis no era ya un continente negro que en otrora me situaba a distancia. Se me hizo necesario reunir un saber y un goce íntimo para franquear la inhibición y poder perfilar mi enunciación en el no-todo del saber psicoanalítico. Un día en el que evocaba una proposición de trabajo que se me hizo, el analista me dice: “Si se la solicita así, eso viene de la relación que usted tiene con el objeto”. Ahí, antes de ese momento de satisfacción primera, yo me quejaba siempre antes de la falta y de la no-relación, y ahora el analista señalaba una relación efectiva, un “Hay algo”.

            Tercera operación: la separación. Me separé del analista durante un período en el que estaba escribiendo mi tesis, absorbida por una debilidad azuzada, en ese momento de escritura particularmente intenso y voluminoso. Y me doy cuenta hoy de ello.  Esperé durante algún tiempo la convicción que no había más que comprender pero la apuesta era que yo me autorice a hacer un acto de separación. En la última sesión, recojo una frase dirigida en un sueño al analista: “No estoy de acuerdo con usted”, y al cumplir ese paso me ponía en desacuerdo con ella. “Lo que hacía sostener al dispositivo -me digo en esa última sesión- era lo que me acoplaba a su acuerdo”, con el equívoco “a-cuerpo”[1]. Fue un momento en el que hacía cuerpo con mi propia escritura, en el que estaba suficientemente atiborrada, corporificada por el objeto que estaba produciéndose, que estaba escribiéndose y entonces pude soltar la mano del otro.

            Entonces, ¿qué hay de las aventuras y las vicisitudes del goce fuera de ese acercamiento y ese saber del Otro y fuera del fantasma? En el final, un sueño recolectaba el trayecto recorrido en análisis.  Me hacía desalojar de la posición de objeto precioso del padre por Chucky, el malvado muñeco de las películas de horror. Me peleaba con la horrible cosa y una frase muy extraña concluía el sueño: “No todo el mundo tiene esa pasión del acercamiento”. Más allá del lugar de objeto de padre, convertido siempre en mi pasión del ser, viene ese significante improbable de una película que nunca vi: “Chucky”. Arrugándolo un poco, leo “Chouky”. Con ese significante completamente fuera de sentido, retomo a mi monstruosidad del lado del ojo voraz pero también del corte que designa el campo de la feminidad. “Chucky” nombra un real irrepresentable, prácticamente éxtimo. Es la extrañeza misma de la expresión “la pasión del a-cercamiento” que tuvo para mí valor de uso continuando todavía con el acercamiento al real sin que sea jamás alcanzado, jamás acabado por la escritura, por la enseñanza y mi práctica de analista. Esa energía inagotable que sacrificaba por mi pasión por el objeto del otro encontró entonces su punto de aplicación en un sinthoma aliviador.

El deseo de hacer el pase se inscribió en ese impulso que empuja siempre a ir cada vez más lejos y que funciona para mí en mi actividad. Mi solución singular conlleva también la elección de un partener que soporta eso en todos los sentidos del término. La pasión amorosa no es la menor de las maneras de acercarse en cuanto mujer.

El pasaje del seminario XI en el cual Lacan compara el circuito de la pulsión a un collage surrealista, un montaje que parece no tener ninguna cabeza es bien conocido. La imagen que se le asemeja es, cito: “[…] la imagen adecuada sería de un dínamo enchufada a la toma de gas, de la que sale una pluma de pavo real que le hace cosquillas al vientre de una hermosa mujer que está allí presente para siempre en aras de la belleza del asunto”[2]. Además, me gusta esa citación ya que mi apellido es Pfauwadel y en alemán significa “la pluma del pavo”, aquella que adorna un sombrero.

El objetivo de Lacan es demostrar que ese artificio está, en tanto que realidad, estructurada por referencias gramaticales. Encuentro esa cita esclarecedora para mostrar el devenir del goce, fuera del cuadro del fantasma, que viene a encuadrar su circuito ilegible. El análisis hace pasar de un montaje surrealista a otro, más satisfactorio. Mi sinthoma pasa concretamente por la puesta en marcha de un dispositivo orientado pero que ha sido reducido y que conlleva pedazos de escritura, esquirlas de mirada y bridas del objeto voz en mi actividad de enseñanza en un compromiso de cuerpo en el cual me distingo. En resumen, por la construcción de una ex-sistencia que guarda un circuito de los elementos heterogéneos y disparejos.


Traducido por Patricio Moreno Parra (comentarios a pachuko84@hotmail.com).

[1] Nota del traductor: acuerdo es “accord” en francés, lo que es homófono a “a-corps”, a cuerpo.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2005, p. 177.