Paseo por el campo elidido
Por Gérard Wajcman
2026/03/22
Lacan dio título a su seminario de 1966, El objeto del psicoanálisis. Formulado de esta manera, en singular, el término «objeto» podría tomarse con una intención abstracta que sugiriera que el objeto del psicoanálisis debe entenderse como designando, por ejemplo, el inconsciente. Dado que la noción de objeto tiene su lugar en Freud, correlacionada con la pulsión o el amor, cabría esperar que Lacan tratara aquí este objeto original. Ya sea amor o pulsión, el objeto se toma esta vez con una mira concreta. Entendido en estas coordenadas, el Seminario debería entonces titularse «El objeto en el psicoanálisis» e incluso podría llamarse en plural «Objetos en el psicoanálisis». Tomado en esta mira concreta, en la obra de Winnicott, el llamado objeto transicional será rechazado en una letanía de objetos domésticos más o menos materiales: desde el oso de peluche hasta la gorra de lana, pasando por la esquina de una manta o un edredón. Al inagotable catálogo de muestras textiles de peluches se suman los objetos más inusuales y también, a veces, la emisión de algunos fonemas tarareados por el niño pequeño — la sabia observación clínica de Winnicott sobre el balbucio que no pasa desapercibida para Lacan. El objeto se multiplica así en todas direcciones y se distribuye en todos los departamentos de los grandes almacenes.
Finalmente, Lacan llega a reducir la orquesta sinfónica de objetos a un cuarteto: pecho y heces, mirada y voz. El cuarteto del objeto a. Partición del objeto en cuatro modos, cuatro positivaciones de la falta, así es como Lacan conjuga la mira abstracta y la concreta, lo múltiple y la unidad del objeto.
Pero la cuadriga de objetos, que tira la carroza del sujeto, carece de un objeto. O más bien, se añade un objeto que falta para ver. Un objeto desaparecido. Sin embargo, este objeto resulta desempeñar un papel estructuralmente esencial, constituyendo, en el fantasma, nada menos que el marco de la relación del sujeto con el mundo. Así, dado como equivalente a la hendidura de los párpados, la entrada a la pupila o el orificio estenopeico, Lacan deja espacio en el discurso analítico para un objeto tan fundamental como paradójico que, aunque sostiene la relación escópica del sujeto con el mundo, está en sí mismo elidido. Así es como Lacan abre la ventana de la ventana que, en este Seminario, se convierte en objeto del psicoanálisis.
La ventana es el marco del quadratin, ◊, el objeto, no eludido, que relaciona el sujeto y el objeto. La ventana del fantasma.
Por tanto, un año después, en la «Propuesta del 9 de octubre de 1967… » Lacan llegaría a designar al fantasma como una «ventana sobre lo real»[1], desplegando así en su campo la definición de la pintura como una ventana abierta dada por Léon Batista Alberti en su tratado De Pictura de 1435.
Y así, en el momento en que abre la ventana de la ventana, con fines de ilustración, Lacan, el 11 de mayo, comienza su prodigioso comentario sobre Las Meninas de Velázquez. Si Luca Giordano hubiera podido ver en esta pintura «la teología de la pintura», Lacan verá en ella la teoría analítica en la pintura.
Basta decir que, en El objeto del psicoanálisis, con la ventana albertiana, Lacan introduce acertadamente una obra de arte, con su pintura al revés que manifiesta una estructura möbiana, en el cuerpo de la doctrina del psicoanálisis, como fundamento de una teoría analítica de la ventana, que desde entonces es una referencia para el cruce del fantasma y el fin del análisis.
Esto convierte al propio Velázquez, además de ser un artista de primer orden, en un eminente psicoanalista del siglo XVII. Lo cual, estemos de acuerdo, constituye todo una hazaña.
*Wajcman G., Promenade au champ élidé – L’HEBDO-BLOG
[1] Lacan J., «Proposition du 9 octobre 1967 sur le psychoanalyst de l’École», Autres écrits, Seuil, París, 2001, p. 254.
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