La Fábrica Del Estilo – POr Jacqueline Dhéret – 2026/02/08

La fábrica de estilo

Por Jacqueline Dhéret

2026/02/08


Prestarse a la transferencia, por parte del analista, implica una maniobra que Lacan pudo decir, no sin humor, que compete del engaño[1]: la asociación libre hace entrar al analizante en el tiempo de un saber que espera. Las cadenas significantes se ponen en su lugar; Sus construcciones no están exentas de sorpresas: surgen efectos de equívocos que no pueden encontrar cabida en ellas. En un análisis, no logramos extraer un saber unificado y normalizado.

En el camino, el analizante aprende sobre el límite incluido en lo simbólico, incapaz de afrontar la brecha que la mordida del significante ha introducido en la vida del cuerpo. La pulsión insiste, se mide, mientras que el síntoma es la repetición y no se permite ser totalmente captado por lo que el inconsciente cifra y descifra. Se desprenden significantes amos, que identifican al analizante como objeto de goce, se escriben dichos que han sido prescritos. Más allá de esto, vibra una reiteración silenciosa, y la mortificación introducida por la articulación significante es impotente ante el silencio; ello tira de lo que, en lenguaje, hace comando, de lo que nunca ha entrado en el lenguaje. Este real fuera de sentido que sufre de lo simbólico, esta lalangua, circula en el lenguaje. Una moterialidad que alberga lo pulsional y sus objetos. Ya no estamos del lado del saber inconsciente, sino de lo que Jacques-Alain Miller[2] ha elaborado como el inconsciente real.

Le debemos a Lacan haber considerado el inconsciente como aquello que se añade a marcas contingentes, oscuras y descompuestas, verdaderos momentos de auditivación verbal. La entrada en el lenguaje abre efectos de significado a partir de inscripciones contingentes que sellan y fijan un goce, por definición oscuro e inalcanzable. Estas impresiones, descritas por Lacan en «Radiofonía» como «goce encajado de la que se tira«[3], le llevaron a distinguir la noción de marca introducida por Freud de la de impresión más cercana a la letra. La huella se abre a desplazamientos y el inconsciente, descrito como idiota por Lacan, puede grindar… ¿El análisis nos permite hacer algo diferente con nuestro síntoma que disfrutarlo en modo de molienda, empezando por la repetición? ¿El final de la cura es la purificación, la sanación? Lo vivo se opone a esto porque la pulsión está ahí.

Lo que llamamos singularidad implica la posibilidad de que el sujeto tenga un nuevo uso de estos arañazos, tan pronto como se deshaga la inclusión de goce en el aparato del lenguaje que le dio refugio. Estos momentos de rareza sacuden, pero paradójicamente abren a efectos de interpretación y equivocidades que pueden compartirse, que pueden circular. Con Lacan, nos alejamos de la metáfora freudiana de la pizarra mágica que decidiría la repetición que goza el síntoma. El inconsciente lacaniano se abre a una nueva disposición: uno puede hacer algo diferente con el propio síntoma en lugar de gozarlo en este modo. Para ello, debemos pensar en términos de pequeñas deformaciones, variaciones y arrugamientos que involucran al cuerpo. Podemos lidiar con las mutaciones del síntoma cuando surgen nuevas formas. A lo largo del trayecto, algo parcial de la pulsión se utiliza en la lengua única que le da refugio; un estilo se despliega más poético, al borde de una pequeña ironía que, sin descuidar el semblante, ya no depende del Otro. Nada podría ser más personal…


*Dhéret J., La fabrique du style – L’HEBDO-BLOG

[1] Cf. Lacan J., «Propos sur l’hystérie», Quarto, n° 2, septiembre de 1981, pp. 5-9.

[2] Miller J.-A., «La passe bis», La Cause freudienne, n° 66, mayo de 2007, p. 207-213.

[3] Lacan J., «Radiophonie», Autres écrits, París, Seuil, 2001, p. 419.

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