El Analista, la Técnica y la Teoría – Por Charles Melman – 1984/06/01

El analista, la técnica y la teoría

Por Charles Melman

1984/06/01


La tecnología siempre ha tenido mala reputación. Entre los griegos ya se asociaba con astucia, artificio, prestidigitación y manipulación. Gracias a ellos, sabemos por qué. ¿No existe, de hecho, alguna maldad, incluso una pretensión peligrosa, en querer un truco de la mano para pretender igualar, por sus fabricaciones, la fuerza presente en la gran obra universal y cuya producción, natural esta vez, muestra ante nuestros ojos su perfección (la realización de la Idea) y su orden (zoológico, botánico, aritmético, geométrico)?

Junto al Gran Artesano, el nuestro muestra una hermosa audacia, aunque, como señala Aristóteles en un ejemplo que interpretaremos como sintomático, para obtener un parterre no hay forma de plantar los cuatro pies en la tierra fértil…

No es necesario que un analista note cómo la producción solo se evalúa en relación con la reproducción, y el poder del artesano o del árbitro se estima tanto por la calidad del producto como por su afirmación de dominar o imitar el orden simbólico propio de toda generación.

¿Pero deberíamos explicar por la persistencia arcaica de tal relación la modestia o prudencia de los analistas hoy en día al hablar de su técnica, o incluso al admitir que, en su práctica, hay técnica? Es cierto que el sistema de la cura les confiere un poder que puede arriesgarse a parecerles también debidamente demiúrgico si les da la facultad de generar un nuevo hombre y cómo, en este caso, no debe reservarse, ni siquiera mantener la preocupación de exonerar la propia responsabilidad. Por eso sin duda esta reticencia a tratarse a uno mismo como una técnica, o incluso, lo que es aún más importante, la adopción de un estilo en la cura que consiste más en neutralizarse que en ser neutral, en flotar en sus corrientes que en dirigirlas, en prohibirse participar plenamente en ella en lugar de reconocer la causa. A lo que se objetará que esta abstención es, al mismo tiempo, un proceso técnico, entre otros. Cuando Winnicot pone fin a la cura diciéndole a su paciente que solo es un juego que ahora debe renunciar para poder participar en la realidad, en el «exterior», utiliza un proceso técnico —en este caso una sugerencia— para liberarse de su responsabilidad por el suspense en el que lo deja.

Esta referencia nos lleva así a enfatizar que la negativa a implicar la intervención de una técnica o, al contrario, la afirmación de que era solo una técnica, es un procedimiento elocuente de retirada, cuyo alcance veremos.

Porque, como señala excelentemente Marcel Czermak, la teoría puede ser alabada y recitada indefinidamente, sin consecuencias, protegiéndose el sujeto de su división para afirmar la salvaguarda de su exterioridad.

La técnica entonces se señala manifestando la verdad de ser una simple puesta en escena de la teoría, es decir, su realización en lo Real.

Quizá así podamos entender mejor la reticencia de los analistas a considerar cuál es su técnica si pone en duda su concepción de la cura y su final. Aunque el deseo de no ser considerado y de exonerarse de su responsabilidad es, como hemos mencionado, una forma elocuente de no esperar demasiado.

Pero, ¿por qué no admitir, de forma más sencilla y aún más generosa, la reserva de los psicoanalistas respecto a su técnica como expresión de la preocupación de no contaminar la cura con sus propios prejuicios, de dejar que el paciente invente para sí mismo los medios para un resultado que finalmente sea auténticamente personal?

Sin duda, es apropiado aquí distinguir cuáles podrían ser los ideales privados de un analista particular de su deseo de que haya análisis. Porque si el deseo de un sujeto encuentra su llamado del Otro, nada podrá hacer posible que escuche el deseo de que un psicoanálisis termine excepto el propio analista, convocado aquí en este lugar del Otro.

Por eso su técnica, ya sea activa o abstencionista, no dejará de entenderse como una que toma partido respecto a este deseo.

Es cierto que nos gustaría, que esperamos, una relación con el Otro que pueda ser directa, simple y franca, excluyendo el proceso y el retraso.

Para lograrlo, la imagen de una madre lo suficientemente buena y pura como para que nada, el sexo, ensombrezca la relación con ella. La Virgen carece de artificios. Es bien sabido que la disimulación y el desvío entran al mismo tiempo que el sexo y, sobre todo, que la maquinación de la que es el ingeniero se revela al sujeto. Porque con la castración y la sustitución del placer fálico por lo imposible de la relación sexual, descubre que, sin saberlo, ha tomado su lugar en un tiovivo; Él, cuyos trucos le hacen subir y bajar según un programa secreto del que solo puede adivinar la muesca definitiva: la que prescribe una salida sin remedio para, cuando llegue el momento, entregar su montura al apuesto sucesor convencido, como él en el pasado, de embarcarse en un equipo aventurero.

Bajo el pretexto de tener valor instrumental, el procedimiento técnico puede así parecer la revelación en la Real de un equivalente de este orden simbólico que nos dispone y del cual somos propiamente marionetas apasionadas, nosotros mismos los instrumentos obligatorios.

Pero, en este caso, se revela no ser otra cosa que la teoría misma, la adquisición del famoso truco propiamente dicho para aplicarlo depende quizás sobre todo de la aceptación de esta revelación por parte del sujeto, o de su propio destino.


*Melman Ch., L’analyste, la technique et la théorie – Association Lacanienne Internationale

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